"Su lado (2)"

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No quería mostrarse como alguien pretencioso, o carente de tacto, pero admitía que el cliente cara de inútil llamaba su atención a niveles inimaginables.

No sabía lo que le atraía de él con exactitud, pero no repudiaba el sentimiento. Por mucho, lo abrazaba con los brazos abiertos.

El cliente, le gustaba mucho.

Y cada vez que venía a la cafetería, Katsuki se arrimaba a atenderlo, de paso fingiendo desinterés en la presencia del cliente, a pesar de que el molesto bombeo de su corazón lo hacía flaquear.

Katsuki lo veía con ojos luminosos durante toda su estadía en la cafetería hasta que se marchaba.

Según él, no era muy evidente con sus miradas anhelosas, o sus atenciones exclusivas. Todo era normal, según su punto de vista.

Nadie se daría cuenta de que le gustaba el cliente cara de inútil.

Sin embargo, un buen día su compañera Tsuyu, mejor conocida como cara de rana, rescató su desbocada atención por el cliente de los cabellos verdes y enormes ojos verdes, que visitaba el café alrededor de las seis de la tarde, diciéndole:—Bakugou, no es por ser entrometida ni nada, pero— Se detuvo al ser recibida por su mirada fría. Ella enarcó una ceja, sonriendo.—¿Te gusta ese cliente?— Señaló a la cabellera verdosa que estaba sentado en la misma mesa con el mismo maldito capuchino de siempre.

—¡¿Hah?!— Enrojeció visiblemente. Tsuyu sonrió en travesura. —No, maldición. No— Katsuki miró trabajosamente hacia los lados, huyendo de la mirada traviesa de su compañera. —¿Qué te hace pensar esa estupidez?

—Bueno, eres muy evidente, Bakugou— Reiteró ella.

—¿Yo?

¿Por qué no lo podía negar? carajo.

Se sentía jodidamente vulnerable si le hacían ese tipo de preguntas.

—Estás loca— Le dijo a Tsuyu, quien no borraba su sonrisa divertida.

—Si te da tranquilidad, no diré nada— Aseguró. —Pero a cambio, sé más sincero cuando lo atiendas, porque es bastante evidente que tratas de ocultarte con tu actitud— Katsuki ruborizó instantáneamente, sintiéndose tragado por la tierra.—Y si no me equivoco, el muchacho se ve muy perceptivo. No durará mucho para deducir tus intenciones.

—Cállate— Siseó, desmintiendo su rubor. —Me lo dices como si no lo supiera, estúpida. Por supuesto que lo sé— Rezongó, enderezándose detrás del cajero.

—Bien, si lo sabes. No seas tan obvio— Aconsejó ella, luego de dar por terminada la extraña charla que se suscitó entre ellos como un aviso de que Katsuki debía de mostrarse menos duro consigo mismo, justo como su padre había dicho días antes, con respecto a sus sentimientos.

No ser tan duro consigo mismo no era tan sencillo como todos lo hacían parecer. Y tal vez, no lo lograría por su cuenta de un día para otro. Tomaría tiempo no ser tan duro consigo mismo, pero si eso conllevaba poderse relacionar de mejor manera con el cliente cara de inútil. Entonces, que así fuera.

Sin embargo, para su desgracia, sus demás compañeras de trabajo oyeron la conversación que tuvo con Tsuyu y ahora todas los molestaban con su enamoramiento por el cliente cara de inútil.

Mina y Ochako lo tuteaban todos los malditos días en que asistía al trabajo. Y las burlas no se quedaban ahí, sino que aumentaban cuando el cliente del cabello rizado aparecía en el café.

Eran tantas las veces que lo molestaban, que llegaba a desear que el cliente no viniera al café, pero no podía detener esos deseos en sí mismo, puesto que desea que el cliente siguiera asistiendo a su trabajo.

Se consolaba con el hecho de que mientras el cliente apareciera frente a su vista, sus preocupaciones no valían nada. Además, gustaba contemplarlo durante el rato que él permanecía en la mesa de siempre, tomando el café de siempre.

Eso sí, el tipo se vestía de lo más anticuado que pudiera imaginarse.

El sujeto llegaba con unos abrigos antiquísimos, con el pelo enmarañado, unas notorias bolsas debajo de sus ojos (no siempre las tenía) y llevando consigo un conjunto variado de libros de pasta dura.

Libros que leía luego de inspeccionarlos con la yema de sus dedos iniciales.

Katsuki no evitaba pensar que si el cliente, por alguna razón, o por lo que sea, supiera la cantidad de veces que él lo ve, dejaría de venir al café. Porque las veces en que mira al sujeto son demasiadas.

Pero, el cliente no tendría que saber eso. Así que Katsuki no dirá nada, porque no necesita hacerlo. De modo que mantiene la fachada de que no lo perturba nadie (bueno, al menos eso es lo que cree), para no mostrarse tan obvio con la intención de que le gusta el cliente. Aparte, esas son las maneras en las que Katsuki actúa frente a lo nuevo: mostrando cero interés a lo desconocido, aunque por dentro esté sacado de onda.

Comoquiera, no advertía el hecho de que sus sentimientos se reflejaran en su cara, como si estuvieran tallados por piedra y roble. El pecho se le comprime cuando voltea a ver al cliente. El corazón hace un movimiento, similar a un apretón. O un vuelco. Y Katsuki no sabe con exactitud cómo describir lo que siente, porque es tan genuinamente nuevo. Y el sentimiento es tan jodidamente molesto que lo cabrea.

Sus sentimientos se abotonan, se revuelven en su pecho en una mezcla que ya le resulta familiar. No diría que es agradable observar excesivamente a un cliente, siendo así que podría llegar a incomodarlo. Y se repite: si lo miras, ya no vendrá el cara de inútil.

Empero, siente que es observado también por el cliente en sus momentos de distracción, o cuando prepara una orden.

—¿Soy yo o el cliente te está viendo?— Lo solapa Mina, codeándolo.

—¡¿Hah?!— Katsuki retrocede sonrojado.

¿Por qué le suceden este tipo de situaciones tan ilógicas y estúpidas?

Mina sonríe mañosa. No le extraña, pues ella no ha parado de molestarle con eso desde que lo pilló viendo al cliente en una de esas incontables veces en las que lo hizo.

—Dale trato especial— Sugiere ella, riéndose.

—Cállate y lárgate de aquí— Contesta.

—Por si no lo sabes, trabajo aquí— Dice irónica. —Así que no me puedo ir.

—Argh— Despotricó, desviando su mirada hacia otro punto; todo menos observar a su compañera, quien lo choteaba con la persona que le gusta. Esa era una de la cualidades de Mina: Ver todo como un chiste.

Por lo general, ella no toma las cosas con seriedad (como una persona normal debería de hacerlo, piensa Katsuki), y en cualquier situación de la procedencia que sea, se entromete y hace de las suyas. Y para joderla, no mejora las cosas, sino las empeora.

Es con justa razón de que Katsuki no sigue las sugerencias de su compañera de trabajo, mucho menos contarle sus pensamientos, porque sabe que si lo hace, será meterse en un lío que difícilmente tendrá solución.

Además, Katsuki es reservado con sus sentimientos. En vez de platicarlos, los guarda para sí mismo.

—Deberías de darle un descuento por venir tan seguido— Vuelve a aparecer Mina frente a él.

Katsuki se percibe enrojecer como un tomate, volviendo a desviar la mirada en un desesperado intento por deslindarse de sus mañas.

—No— Responde Katsuki. —Y déjame en paz, ojos de mapache.

Mina se ríe en travesura.

—Ah— Suspira. —¿O quieres que alguien de nosotras lo atienda en tu lugar?

—¿Qué basura has dicho?— Se sintió retorcer ante la realización de que alguien de sus compañeras podría llegar a atender al cliente cara de inútil.

Mina lo miró con cara de haber dado en el blanco, lo que ocasionó que Katsuki se diera la vuelta, para ignorarla.

—Ay, no quieres que nadie de nosotras lo atienda— Canturreó ella, entre risitas. —Qué lindo eres Bakugou.

Tan pronto como eso salió de su boca, Katsuki se abochornó.

—Tsk— Chasqueó la lengua, encogiéndose de hombros, debido a la vergüenza que le causaba hablar de quien le gustaba.

—Dale trato especial para que siga viniendo.

—¡Deja de joder!— Gritó y en cuanto lo hizo, fue sorprendido por una voz que colisionó con la suya.

—Ehm, disculpa— Tanto él como Mina se giraron a ver al cliente del cabello rizado frente a la caja registradora. Y para incrementar su bochorno, el cliente le hablaba a él.

Katsuki se recompuso en menos de un segundo, poniéndose detrás de la caja registradora.

—¿Qué necesita?— Preguntó lo más natural que pudo, esperando que por nada del mundo, se notara su nerviosismo.

El sujeto no se vio perturbado por su grito, lo cual, supuso que era algo bueno, ¿no? Es decir, no puso cara de repulsión cuando lo oyó gritar. O mostrarse de esa manera con sus compañeras de trabajo.

—Quiero un croissant, por favor— Pidió el cliente, tendiéndole una sonrisa amable. Bastaba una de esas malditas sonrisas para hacer su cabeza bullir en un hervidero de sensaciones indescriptibles. —Ponlo en mi cuenta— Dijo, mientras sacaba la cartera del bolsillo del abrigo. Y mientras lo hacía, Katsuki se centró en observar rápidamente la serie de pecas que rodeaban sobre sus mejillas.

Son muchas, pensó minucioso.

Me gustaría tocarlas.

—Sí— Marcó en la cuenta del cliente la orden del croissant sin ver la caja registradora, debido a que sus ojos miraban celosos los puntos que abarcan en sus mejillas. Y el sentimiento lo arrebata, porque las quiere tocar.

De la yema de los dedos surgió un cosquilleo por lo mismo. Por quererlo tocar. Aunque sea tocarle las pecas. Una sola peca. Un fragmento de peca.

Se maldijo a sí mismo por su debilidad, pero resultaba más que complicado no ansiar a ese maldito cliente de las pecas hermosas.

Katsuki recibió la cantidad exacta del precio del croissant, mediante el corto pero intenso intercambio de roces que experimentó al tocar piel con piel con el cliente.

Por lo general, se tocaban cuando el cliente pagaba la orden, pero entre más tiempo pasaba, más intenso se volvía la sensación del roce de su piel contra la suya, lo que lo llevaba a percatarse de lo incapaz que se volvía con él.

De seguro el cliente no tenía ni la menor idea de la bomba de sensaciones que él experimentaba cuando rozaban sus pieles con dinero de por medio, o cuando sus ojos conectaban y el amplio sonrojo que aparecía en sus mejillas. Katsuki juraba que el cliente no estaba en lo más mínimo percatado de todo lo que pasaba con él, por lo que no tenía que ocultarlo tanto.

—Gracias— Respondió el cliente, dispuesto marcharse.

—Sí— Replicó Katsuki, ligeramente sonrojado debido al contacto y a la amabilidad del cara de inútil que tanto lo estremecía.

Nuevamente cayó rendido a su merced.

—Más obvio no puedes ser— Choteó Mina, sobresaltándolo. Aún seguía ella a su lado.

—¡Ya lárgate!— Alegó él; mientras su cara arde.

—Uy— Burló ella, desafiante. —Hubieras visto la cara que hiciste. Parecía que le pedías con los ojos que te apapachara.

—¿Huh?— Carraspeó.

—Me das vergüenza, Bakugou— Canturreó santurrona.

—¿Qué has dicho, maldita?— Frunció la cara, irritado.

—Uy, yo, nada.

—Más vale no mentirme, estúpida— Advirtió.

—No, no miento— Resopló ella, cantarina. —No es para tanto, Bakugou. No te lo tomes todo tan a pecho

—Hm— Gruñó seco, dando por terminado el tema, puesto que buscaba prolongarlo con tonterías sin sentido que sólo lo harían sentir peor. Además, se miraba a sí mismo revoloteando en las nubes, traspasando una y mil fronteras, solamente por haber podido intercambiar roces con el maldito cliente.

—Sólo sé sincero con él, para que tenga interés en ti— Aconsejó su compañera.

—Tsk— Chasqueó la lengua, dando a entender que la había escuchado.

Mina lo codeó, sonriendo. Y después se retiró a trabajar limpiando las mesas vacías.

Katsuki se dirigió a mirar al cliente, en lo que lo habían dejado solo, antes de ocuparse en preparar el croissant.

Sin mucho hincapié en sus movimientos, tomó un amplio y frenético suspiro, para bajar el ritmo de sus latidos que no se detenían por lo que apenas sucedió entre el cliente y él.

De alguna manera, funcionó respirar para colmar sus nervios. Sólo esperaba que sus ansias no lo llevaran a explotar en un frenesí sensorial que lo impida reaccionar con lógica y razonamiento.

Por si acaso, omitió todo rasgo de emoción visible en su rostro, previo a llevarle al cliente el croissant preparado y caliente en el plato que usaban para colocar el pan.

No entrevería el sentimiento que el cliente provoca en él como una emoción instintiva.

No dejaría que lo descubriera por un estúpido descuido como mirarlo anhelosamente cuando le entregara el pan.

Tan sólo, pedía que el cliente no se diera cuenta de su intención, para así seguirlo viendo todos los días y desear, como no había deseado tanto en su vida, que el sentimiento que tenía por él, algún día fuera recíproco.