La pregunta que palpitaba en la mente de Bakugou Katsuki durante los últimos quince minutos era la siguiente:

«¿Quién cojones es el responsable de esto?»

Confiaba en que, una vez sabida la respuesta, pudiera retirarse como héroe oficialmente para asesinar a ese payaso.

Las risas a su alrededor volvieron a borbotear desde todas las mesas, como lanzadas al espacio. Ella quería estar rodeada por sus estrellas, las que casi brillaban como su mirada. Y antes se apuntaba Bakugou a clases de ballet que permitir que a esa mujer le faltara algo. Así pues, movió cielo y tierra para que la ceremonia superara las expectativas de Uraraka Ockako.

En primer lugar, el restaurante para el convite se hallaba lo suficientemente cerca del mar para que las olas sirvieran de acompañamiento a la banda. La arena estaba a su disposición por si ella se cansaba de bailar en la pista y decidía pasear descalza por la costa. Frente al segundo escenario, el central —pues el lateral estaba ocupado por la banda—, se desplegaban las mesas con manteles blancos, de elegante algodón. Sobre este, las velas mostraban tonalidades rosas pastel y azules marino —Bakugou había insistido en imitar los colores del traje de la heroína—. La cubertería, además, era de plata y con bordes de oro. Mismo material utilizado para bordear detalles de los puros y de los perfumes repartidos a los invitados.

Por último, sobre sus cabezas, exhalaba la inmensidad del cielo nocturno de Nueva Zelanda. Sus constelaciones brillaban con una intensidad inefable; mas, apenas se comparaba con las olas jugando entre las rocas de las otras islas. Aquello era un espectáculo con sublimes alturas y mágicas espumas, dibujando en la oscuridad los besos del mar a la noche.

—Pero es que estábamos todos hasta el culo de drogas.

Bakugou se encogió más en su asiento. Las risas de los invitados a la boda parecían un puñetazo en el estómago. Por ello, su expresión estaba por completo fruncida: morritos hacia afuera, arrugas en la frente, nariz apretada, cejas juntas. Sus ojos apuntaban directamente al individuo sobre el escenario, sin disimular ni un ápice las ganas que tenía de cortarle los huevos. El traje, cuya corbata naranja no podía aflojarse más, se le estrechaba cuanto más apretaba los brazos cruzados. El apetito se le había cerrado.

—De hecho, creo que nunca antes nos hemos drogado tanto. Y mira que lo hemos intentado, eh.

A pesar de que Uraraka tuviera la mano apoyada en su rodilla —como si eso pudiera detenerle—, la castaña tenía dificultades para contener la risa. De igual forma, los invitados no lograban detener las carcajadas.

—En fin, hay un momento en la vida de todo grupo de amigos que se ha drogado en el que se os pasa por la cabeza tener una orgía. Y nosotros estábamos en ese momento—. Kirishima hizo una pausa, esperando a que la siguiente oleada de risas se extinguiera. Luego, señaló a alguien del público. —¡Miren la yaya, ella sabe de lo que hablo!

En efecto, Fuyumi Uraraka acababa de levantar su copa en honor a las palabras del pelirrojo.

—¡A ver cuándo me invitas a una copa!

—¡Cuando usted guste, yaya!—le respondió el pelirrojo, guiñándole un ojo. Más carcajadas retumbaron por la playa. Se dirigió a Uraraka con complicidad: —Ah, qué maja es tu abuela, novia—. E ignorando, como un profesional, las miradas de su mejor amigo, continuó: —¿Por dónde iba? ¡Ah sí! Pues Bakugou, que es como el líder de nuestro grupo, se convierte en nuestro puto objetivo. Quiero decir, ¿lo habéis visto? Santa mierda… ¿Calentamiento global? ¿Efecto invernadero? ¡Qué coño! Es Bakugou existiendo.

Uraraka acabó dejando la rodilla de su recién marido para taparse la cara, pues las lágrimas de la risa le estaban arruinando el maquillaje. Por su parte, él gruñó más insultos inteligibles.

—Evidentemente, esto ocurrió cuando Ochako pasaba todavía de nuestro héroe. Porque, no sé si lo sabéis, pero a Ochako le daba absolutamente igual este pringado. En cambio, él estaba coladísimo por ella. Dios, me está asesinando con la mirada desde ahí. ¡Bakubro! ¿Acaso estoy mintiendo?

El aludido, aun con la atención de todos los presentes, replicó:

—Lo que estás es cavando tu propia tumba, Pelo Mierda.

Kirishima utilizó una de sus arrebatadoras sonrisas. Su carisma natural no cedió ante el humor de su mejor amigo, de modo que, enseguida, tenía al público conquistado de nuevo.

—Total, que estamos en ese antro perdido de la mano de Dios, con esas dos put-… digo, prostitutas…, pensando en cómo conseguir que Bakugou acepte una orgía con Denki, Jiro, Sero, Mina y conmigo cuando… por la puerta principal… —se escapa de los oyentes alguna risa expectante—…vemos entrar a los mafiosos que andábamos buscando tres días. Literalmente, fuimos destinados a ese pueblo para localizar y detener, en concreto, a ese par.

La sorpresa erupciona en todos los rostros. Incluso los de la banda, que habían dejado de tocar hace rato, se encontraban inmersos en la historia.

—A ver, técnicamente ya no estábamos de servicio a esa hora. Pero, ya sabéis, la responsabilidad de ser un héroe va más allá del horario laboral, etcétera. Aun así, no los reconocimos porque, básicamente, llevábamos más drogas en el cuerpo que Charlie Sheen un domingo por la mañana.

—Voy a matarlo—escuchó Uraraka susurrar a su marido. —Y luego conseguiré resucitarlo, solo para matarlo otra vez.

Ella le acarició cariñosamente el pelo de la nuca.

—La gente se está divirtiendo.

—Sí. Tus padres, los que más—respondió, sarcástico.

En efecto, tenía una perspectiva perfecta de los gestos de desaprobación y trágica ofensa de sus suegros.

—Ignóralos—murmuró, poniendo los ojos en blanco. —Todos los demás lo estamos pasando genial… Por cierto, ¿cómo es que nunca me contaste esta historia?

—No necesitabas saber lo que viene a continuación…—Con el dedo índice y el pulgar, se tocó el puente de la nariz. La heroína distinguió el creciente flujo de rubor en sus mejillas.

—Sero, que es ese de la sonrisa rara que está en nuestra mesa, tuvo la idea del strip póker. Para quien no lo sepa, es un juego de cartas cuyo único fin es que la gente se desnude.

—¡Sonrisa rara, tu madre!—le contestó una voz ebria del Bakusquad. Todos los integrantes del grupo daban golpes en la mesa y comentaban partes de la historia entre carcajadas malamente contenidas.

—¡Sigue, Kiri!—insistió Ashido, también, con obvias señales de haber bebido. Poco a poco, su hermoso vestido de purpurina se iba desajustando de su cuerpo. Primero, se bajó los tirantes y, ahora, comenzaba a bajarse la cremallera para estar más cómoda. Los tacones estaban encima de la mesa.

El resto del Bakusquad no poseía mejor aspecto.

—Nosotros no teníamos ni idea de quiénes eran los que habían entrado, así que seguimos a nuestro rollo. Le proponemos a Bakugou el juego de cartas, y él acepta porque, ya os digo, yo creo que no sabía ni cómo se llamaba en ese momento. Podríamos haberlo disfrazado de princesa y presentarlo al Got Talent. Joder, ¿por qué no lo hicimos? Bueno, da igual. Nos vamos a la mesa más oscura que tenía esa taberna, porque sí, querido público, pensábamos hacerlo allí mismo; cuando estos señores tan chungos se acercan. ¡Querían jugar con nosotros…! Y claro, no les íbamos a decir que no.

Kirishima bebió un poco de su copa mientras estallaban más carcajadas. Sus dientes puntiagudos brillaban tras su sonrisa satisfactoria.

—El juego avanza y pasa lo que tiene que pasar: nos vamos quedando poco a poco sin ropa. Ah, y no dejábamos de beber alcohol. O sea, estábamos borrachos como cubas, hasta el culo de drogas, con ganas de follarnos a Bakugou y jugando al strip póker con dos líderes de la mafia.

»—Pero ahora viene lo mejor. Porque uno de los mafiosos le hace una jugada maestra a Bakugou. ¡A Bakugou! Los que seáis de parte de la novia, solo tengo que deciros que es más peligroso ganarle a las cartas que darle un beso a un tiburón blanco. Así que tengo que admitirle al mafioso sus agallas. En serio, no he visto a nadie con más huevos que cuando vi a ese desconocido ordenándole a Ground Zero que se quitara los calzoncillos.

—¡No me jodas!—exclamó la madre del susodicho.

—Me cago en su puta vida—. Bakugou le lanzó la copa a su madre, al grito vikingo de: —¡Deja de beber, bruja borracha!

—¡No me toques los cojones, Katsuki! —le respondió ella, tras esquivar la copa y tirarle uno de los cubiertos de plata y oro. El rubio lo evitó por los pelos. —¡A callar!

—Aquí, el novio—siguió Kirishima— se levanta de su silla y le tira los calzoncillos a la cabeza del mafioso. Con mala hostia. Todo esto diciéndole: «¿Los quieres, hijo de puta con suerte? Pues toma, toma. Quédatelos, y te los metes por el culo».

»—¡Pero que el mafioso, ni corto ni perezoso, se los guarda en el bolsillo! Y, claro, todo el Bakusquad animando a nuestro líder para que se liara con él. Porque sí, querido público, eso es lo que hacen los amigos de verdad. No espero que lo entendáis, nuestra relación es muy especial…

Puede que las carcajadas más estruendosas fueran las de la madre de Bakugou. La yaya de Uraraka daba palmadas en la mesa de la euforia. La novia, por su parte, no podía dejar de sacudirse en la silla de tanto reír: tanto le dolían las costillas. En alguna parte del convite, las mesas con alumnos de la clase 1º A estaban colmadas del mismo ánimo.

—Y joder. Jo-der. ¿Pues no se sube Bakugou a la mesa y le grita al dueño del bar que ponga música decente? —Aquí ya, ni siquiera Kirishima puede aguantar su risa. —¡Y el maldito dueño, no sólo le pone Toxic de Britney Spears, sino que se sienta con nosotros a mirar! ¡Os lo juro como que estoy aquí de pie!

Por su parte, Bakugou sólo quería saber si algún día podría mirar a esta gente a la cara de nuevo.

—Fue Jiro la que, intentando grabar la escena, se dio cuenta de que esos dos eran delincuentes. Porque, aquí nuestra Ear Jack se guarda las fotos de los criminales en el móvil—. El héroe dio otro trago de su copa.

»—El final de esta historia es como parece: el Bakusquad se queda sin orgía pero detiene a los líderes de una banda criminal de pura potra. Y sí, seguíamos drogados cuando los llevamos a la oficina más cercana. Menos mal que Denki conduce mejor borracho que sobrio.

Tardaron tiempo los invitados en calmarse. Cuando ocurrió, Kirisima concluyó su discurso dirigiéndose a Bakugou:

—Querido amigo, cuando me dijiste que te querías casar, me alegré. Luego, me puso triste pensar que ya no te veríamos hacer más stripteases. No obstante, me di cuenta de que no hemos perdido a un amigo, sino que hemos ganado a otra miembro del grupo. Así que— Kirishima señaló con la copa a Uraraka y le guiñó un ojo—, amiga, bienvenida al Bakusquad.

La mesa del grupo en cuestión comenzó a vitorear las palabras del pelirrojo, refirmando su decisión. La gente, aunque no entendía muy bien por qué Uraraka lloraba y se dirigía al escenario a abrazar al mismo Kirishima, aplaudió efusivamente.

Bakugou se dio cuenta, lúgubre, de que mientras su mujer formara parte del grupo, él no podría matar al «Pelo Mierda».

—Lo tenía todo planeado—farfulló para sí.

—Ochako.

La voz de su padre interrumpió su conversación con Tsuyu y Yaoyorozu. Estas se miraron y decidieron disculparse para regresar al tumulto en la pista. Dejando, de este modo, intimidad a Takeshi y a Hanako para hablar con su hija.

Una vez solos, Uraraka se adelantó.

—Antes de que digáis nada, quiero que sepáis que me alegro de que hayáis venido.

Sus palabras desconcertaron a su padre.

—¿Por qué no íbamos a hacerlo?

Su madre, sin embargo, calló.

—¿En serio? Papá, lleváis intentando boicotear lo que Katsuki y yo tenemos desde… ¿siempre? Nunca le habéis dado ninguna oportunidad. Ni a él, por conocerle; ni a mí, por enseñaros qué veo en él.

Takeshi torció la expresión. Luego, se aseguró de que el resto de los invitados estaban fuera de su alcance acústico para hablar.

—Puede que jamás comprenda lo que tienes con ese chico, Ochako. Pero, después de…—hizo un gesto, señalando todo lo que les rodeaba—…esto, veo que… te quiere mucho. No: está loco por ti. Te mereces algo mejor, desde luego. Pero se desvive por ti. Creo que… aunque no es lo que me gustaría, puedo vivir con ello.

—He hablado con su madre hace un momento. Esa maleducada es igual que su hijo. Puede que no sea culpa del chico ser así, sino que se lo han inculcado. Si hubiéramos sabido que ese carácter no es… cosa suya, pues, lo habríamos entendido mejor.

La madre no mencionó el hecho de que se negó a conocer a la consuegra durante mucho tiempo. No obstante, los tres lo sabían.

—Lo que tu madre intenta decir es que, a lo mejor, no es tan… malo en el fondo. Contigo, al menos.

Uraraka estudió las palabras de sus padres en silencio. En realidad, ninguno de los dos le estaba pidiendo perdón. Mas, sabía que era su intención. Tras analizar el arrepentimiento en las expresiones de ambos, concluyó con tristeza:

—Me gustaría perdonarte a ti y a mamá, aquí y ahora. De veras que sí. Pero no puedo. Todavía, al menos.

Takeshi se sobrecogió visiblemente. Dolido, se expresó en un tono entre suplicante y exigente:

—Tienes que perdonarnos, Ochako. Somos tus padres.

Otra vez con la misma cantinela…

—Sí. Lo sé. Pero eso no significa que esté lista para hacerlo ahora. Las cosas no funcionan así. Además, pienso que no sólo os tenéis que disculpar conmigo—. Dicho eso, señaló con el mentón a la pista, en dirección al Bakusquad. Su marido estaba en el centro de sus amigos, bailando con Ashido de un modo casi obsceno, mientras los demás los vitoreaban y reían.

Los padres de la muchacha tardaron mucho en responder. Tanto que, por un momento, la joven pensó que no lo harían.

—Lo entiendo.

—Sí. Yo también lo entiendo, cariño.

La tensión engarrotada en los hombros de Uraraka pareció disiparse en un suspiro. El murmullo y el aroma del mar, desde el otro extremo del jaleo, parecía calmarla de un modo supraterrenal.

—Gracias.

—¡El novio, el novio! ¡El novio cojonudo!—Gritó Kaminari, al tiempo que Kirishima subía sobre sus hombros a Bakugou. El resto de jóvenes comenzaron a hacer palmas. —¡Como el novio, no hay ninguno!

Pronto, las jóvenes los imitaron, guiadas por la voz de Ashido:

—¡La novia, la novia! ¡La novia cojonuda!

Uraraka, en apenas unos segundos, fue secuestrada por una avalancha de las chicas de la academia y algunas compañeras de trabajo. Enseguida, y subida a los hombros de Hagakure, fue trasladada al centro de la pista.

—¡Como la novia, no hay ninguna!

Entre risas y un albedrío eufórico, la joven desposada sonrió a Bakugou. Este correspondió su expresión con timidez en mitad del jaleo.

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento.

—¡Que se besen, que se besen!—exigió la yaya desde el segundo escenario, donde había conseguido subirse para beber con la banda. Inició una jauría de ánimos para que se cumpliera su deseo.

Pronto, los novios estaban en el suelo de nuevo, empujados el uno sobre el otro. Las manos de Bakugou volaron a la cintura blanca de su vestido; y su rubor se acrecentó al hallar la silenciosa adoración con la que le observaba su esposa.

—¡Tened cuidado, bestias!—Bakugou dejó de mirar a Uraraka para levantar, amenazante, el puño hacia sus compañeros. Nadie pareció amedrentarse, sino que continuaron sus ánimos.

—¡Vamos, Bakubro, métele la lengua!

—¡Pero en la boca, eh! ¡Que hay testigos!

—¡Va, dejaos las tonterías y besaros!

—¡Que no engañáis a nadie! ¡Que la novia no es virgen!

—¡Dejad algo para la noche de bodas!

—¡¿A qué esperáis?!

Tanta atención solo provocó que el esposo respondiera con agresividad:

—¡¿Queréis cerrar la puta boca, panda de subnormales?! ¡Otro comentario más y os tragáis las copas!

Más risas y ánimos; música de alegría joven; frescura de la noche prometedora y novicia; juego y cantos desaforados; amigos y calor de eterno recuerdo…

—Katsuki—susurró ella sólo para él, derritiéndolo con su mirada de miel. —¿Les damos lo que quieren?

Uraraka realizaba, sin saberlo, ese hechizo de bohemia parisina. Con ello, lo trasladaba al universo de su carita de luna, donde quería sumergirse imperecederamente. Bakugou sonrió entonces de esa manera secreta, arrogante y seductora. Como si estuvieran solos, colocó los dedos —un tacto suave, lento, níveo— en las mejillas ardientes de ella.

—¿Se lo damos?—suspiró la novia, apenas tocando sus labios.

Él bebió sus palabras como néctar de dioses.

—Sólo para que se callen.

—Sí… para que se callen.

Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado

y decora las aguas de tu río

con hojas de mi otoño enajenado.


Notas de Kolapso:

El poema pertenece al hermosísimo "Soneto de la dulce queja" de Federico García Lorca.

Las relaciones humanas son lentas y, muchas veces, tímidas. Los padres de Uraraka han dado un gran paso, aunque parezca poco. No creo que su orgullo les permita disculparse, pero, al menos, van encaminados.

Espero que la historia de Kirishima os haya sacado una sonrisa, al menos.

¡Gracias por llegar hasta aquí! Comentad si os ha gustado. ¡Adoro leeros!

¡Hasta el próximo Kacchako!