Capítulo 8

Scott regresó del baño nuevamente como pudo guiándose por las paredes. Sintió un delicioso aroma a desayuno o, a lo que creía, podían ser tortitas y café.

Jean se acercó a él y lo ayudó a acomodarse en la silla. Él no opuso resistencia.

—Huele rico—dijo una vez sentado.

Ella simplemente sonrió como si recibiese el mejor halago del mundo.

Él probó grandes bocados degustando la comida.

—Estás muy hambriento.

—Ser el guardaespaldas de alguien a veces agota las energías.

—Y bromista. Te ves de muy buen humor—reconoció mientras bebía café.

Como para no estarlo si estaba siendo consentido desde anoche y lo recibían con este maravilloso desayuno.

— ¿Dormiste bien?

—De maravillas. Solo me preocupa Jax que no recibió su alimento anoche—dijo bebiéndose el café en segundos.

Jean sonrió. Le encantaba este nuevo Scott. En realidad le gustaba de todas las maneras posibles.

— ¿Tienes más café?—pidió alzando la taza.

— ¿Repetirás el café?

— ¿Puedo? Por cierto... ¿qué hora es?

—Las doce y diez.

— ¿Qué?—preguntó asombrado—. ¿Tanto dormí?

—Dijiste que de maravillas—dijo encogiéndose de hombros.

—Falté a la comisaría—dijo afligido.

—Me gusta el Scott que rompe la rutina.

—Y a mí me gusta que me digas Scott y no detective. Oye, me sirves agua. Creo que bebí bastante café.

Jean fue a la canilla, juntó un vaso con agua y se lo acercó.

Él bebió un sorbo y apartó el plato vacío con la taza del café.

— ¿Qué pasó con mi ropa? ¿Dónde está?

—Te la lavé—respondió ella.

Se sorprendió tanto que sin querer se derramó agua encima. Jean se acercó con un trapo y se agachó para secarlo. Sintió como él sin quererlo se concentraba en ella. El aliento que él desprendía le causaba cosquillas en el cuello.

— ¿En serio? No tenías por qué—se sintió apenado.

—No iba a dejar que te vayas lleno de sangre.

— ¿Y mi bastón?

—Está en la habitación. Ya la arreglé y fregué el piso. Estaba todo lleno de sangre—dijo con una mueca.

Scott recordó la pelea.

—Lo siento por tus cosas.

—Descuida, si puedo compraré otra bola de cristal. No es especial, solo es una intermediaria. El verdadero poder reside en mí.

— ¿El casero y tú...?—se le escapó.

—No somos nada—respondió.

—No me refiero a eso. Ayer mencionaste algo así como que te drogó—se atrevió a decir.

—No quiero hablar de eso.

—Confía en mí, Jean. No se lo diré a nadie—dijo con voz suave.

—No.

— ¿Recuerdas tu promesa? La mantuve. Puedes confiar en mí.

Así sucedía pues Jean sentía que en él podía confiar.

—Bueno... está bien—comenzó a decir tomándose su tiempo pues era una larga historia—. Cuando llegué a esta ciudad realmente no tenía dónde hospedarme. Contaba con tan poco dinero que no podía darme el lujo de pagar un hotel. Anduve buscando pisos de alquiler y nadie quería aceptarme por los pocos fondos que tenía. Además me imagino que ya conoces los rechazos que sufren las personas que se dedican a la adivinación—Scott se sintió mal pues él también la había juzgado—. Bueno, este hombre, si se le puede llamar así, Logan, no le importó que le pagara poco. A decir verdad cuando empecé a vivir aquí desde hace un año tenía fijo un monto pero poco a poco fue incrementándolo hasta que empecé a atrasarme. Pronto comenzó a extorsionarme con que me acostara con él y ya no le debería nada.

—Maldito—dijo Scott apretando los puños.

—Luego una noche vino amigable lo cual era bastante sospechoso. Me confié y lo hice pasar. Conversamos mientras yo preparaba té. Supongo que algo habrá arrojado en mi taza mientras me distraje. Porque... lo siguiente que recuerdo es que... amanecí desnuda junto a él.

—Qué basura—Scott no podía creer lo que le había hecho a Jean.

—En ese momento enloquecí de nervios e iba a llamar a la policía. Pero...—dijo con las lágrimas a punto de salir de sus ojos—. Él fue más rápido, me arrastró de los cabellos y me golpeó—añadió sollozando—. ¿Entiendes? Le tengo pánico.

—Jean... cuanto lo siento—respondió Scott lamentándose de hacerla recordar todo eso—. Yo... no sabía...

—Por eso nadie puede saber de mis dones de adivinación—lo interrumpió—. Por eso tengo pocos clientes ya que no todos me prometen que guardarán el secreto. Por eso no me alcanza para pagarle la renta. Y...—las lágrimas ya descendían de sus ojos—. Por eso sigue atormentándome.

— ¿Nunca se te ocurrió denunciarlo?—se atrevió a preguntar.

—Sí. Muchas veces—reconoció secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero sería capaz de matarme. Lo sé. Así que no digas nada, por favor—le pidió.

—Está bien. Tranquila—dijo abriendo sus brazos.

Jean no dudó un segundo y se abrazaron. Entre sus brazos sentía protección y a alguien que la comprendía. A su lado ya no se sentía absolutamente sola en la ciudad.

—Jean...

— ¿Qué?—preguntó ella apoyada en su pecho.

—Me estás lastimando el brazo.

—Lo siento—dijo separándose.

— ¿Qué hora es?—preguntó.

—La una. ¿Te vas?

—Tengo que ver cómo se encuentra Jax. Además, tengo que inventar alguna excusa por haber faltado más de medio turno al trabajo.

—Me encanta el Scott rebelde. Ese que se salta las normas.

—Sabes... creo que a mí también.

Además, también debía reconocer que al lado de Jean el tiempo parecía volar.

— ¿Me das mi ropa?

—Sí. Aquí tienes. Ah, también toma tu bastón.

—Voy a cambiarme.

—Tranquilo. ¡Siéntete como en casa!—gritó esto último desde la cocina.

Así era como se sentía cerca de ella. Todo era natural y espontáneo. Caminó hacia el baño y se puso la camisa y el abrigo. Olían a jazmín, como ella. Al menos se iría acompañado de su perfume. De pronto, le llegó el mal recuerdo de aquel sujeto y todo lo que le había hecho. Si volvía a cruzarse con él, no tendría compasión. Se prometió protegerla. Después de todo era tan delicada como una flor. No permitiría que nadie le hiciera marchitarse.

Cuando lo vio entrar a la cocina se percató de que traía desabotonado el primer botón de la camisa.

—Déjame acomodarte—dijo aproximándose.

Jean le abotonó correctamente. Desvió su mirada a sus ojos azules. Los contempló profundamente. Parecían dos orbes en los que podría perderse por largas horas transmitiéndole paz.

—Olvidas tus anteojos—recordó.

—Pero están rotos.

—Es mejor que te cubras.

— ¿Con los vidrios señalados?—preguntó confundido.

—Es que… no quiero que te vean salir de aquí—dijo ella con preocupación.

— ¿Por qué?

—Tengo miedo, Scott—reconoció.

—No te preocupes, yo te protegeré.

—No, no es por mí—lo abrazó—. Sino por ti—le dijo mirándolo a los ojos.

Lo soltó y se fue al dormitorio a traerle los anteojos. Él los tomó, le hizo caso y se los puso.

—Me tengo que ir, Jean.

—Bueno. Te acompaño—dijo caminando detrás de él.

Él se fue marchando, pasó por la habitación y se dispuso a abrir la puerta.

— ¡Scott!—gritó ella desde el pasillo.

Él se giró y escuchó pasos corriendo hacia él hasta que ella se colgó de su cuello besándolo. Scott le correspondió rodeándola con sus brazos. Se dieron el tan ansiado beso lleno de ese sentimiento que ambos reprimían hasta que se separaron unos centímetros por falta de aire. Pareciera que ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar porque volvió a besarlo y Scott se separó.

—Vamos... vamos despacio con esto—dijo agitado tratando de recobrar aire.

Ella sonrió emocionada y se abrazaron.

—Adiós, Scott—dijo suspirando apoyada a la puerta.

—Adiós, Jean.