-Estas semillas les harán muy bien –explicaba el Maestro Yo-. Apenas prueben una quedarán completamente sanos.
-¿Está seguro que esto va a funcionar? –cuestionó una incrédula Yin.
Ella, al igual que su hermano, se encontraba sobre su cama en deplorables condiciones. Se encontraban envuelta en vendas por todo su cuerpo, que cubrían cortes y magulladuras. Aún no entendían cómo habían sobrevivido a la trampa del castillo abandonado. Pero tras la última escena en donde ambos hermanos terminaron dándose un beso mientras eran aplastados por los muros, terminaron en la protección de su hogar, y vivos.
-¡Por supuesto que va a funcionar! –exclamó el panda-. El vendedor de la otra dimensión me aseguró que así era. Ahora niños, cómanselas y descansen. Mañana estarán mejor para completar su misión.
Cada uno de los conejos tenía una semilla del tamaño de un haba en sus manos. Apenas podían mantenerlos sujetas en sus manos debido a las fracturas en sus brazos. Era un doloroso último esfuerzo para llevárselas a la boca, pero valdría la pena ante el fin definitivo del dolor. Yin aún cuestionaba la efectividad del remedio. Yang esperaba el momento definitivo para arriesgarse con el remedio.
Tras la última respuesta de su maestro, pudo ver como Yin probaba la semilla. Era el momento de intentarlo él también. El Maestro Yo tenía razón. El dolor se fue tan rápidamente que por un momento temió haber muerto. No era así. Se sentía como nuevo. Podría en ese instante pararse de un salto y patear traseros.
-¡Increíble! –exclamó Yin-. ¡Realmente si funciona!
-¡Es verdad! –exclamó Yang-. ¡Me siento como nuevo!
-Muy bien chicos –respondió su maestro con una enorme sonrisa-. Descansen. Mañana tendrán un duro día –agregó frunciendo el ceño-. Por mientras iré a ver mi novela.
Antes que los chicos pudieran replicar el panda se había ido.
Nuevamente ambos se encontraban solos. Apenas se dieron cuenta de aquello, el ambiente se densificó como si hubieran soltado gas tóxico. Había mucha habitación que mirar para impedir el contacto visual. Yang volvió a sentir suficiente energía como para de verdad poder salir de allí.
-¿A dónde vas? –le preguntó Yin desde su cama al ver que su hermano se dirigía a la salida.
Él se volteó y no pudo evitar el contacto visual. Se percató que extrañaba su voz. Hace mucho que no se dirigían la palabra. No la merecía. La vergüenza recayó sobre su espalda cargada con todas esas imágenes de sus sueños. Quería y podía salir huyendo, pero su mirada lo atrapó.
Se quedó quieto, estático, sin saber a dónde ir. Aunque solo fueran sueños, lo sentía tan real. No podía mirarla sin recordar que hace poco la tenía en cuatro. Se le caía la cara de vergüenza.
-L-lo siento Yin –respondió afligido mientras abría la puerta y se iba de la habitación.
