Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de Priscilla West.
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CAPITULO 9
Estábamos de pie entre los pilares de mármol impresionantes de la biblioteca, observando, hacia afuera, los edificios de ladrillos rojos de Harvard Square. Era otoño y las hojas rojas y amarillas que caían revoloteando bajo el sol menguante creaban un escenario pintoresco para una discusión estúpida sobre un posteo en mi muro de Facebook.
—¡Solo dime quién es! —gritó el hombre, su cabello castaño, peinado perfectamente justo arriba de los ojos azules brillantes, como siempre. Junto con los anteojos sin montura, parecía un modelo de J Crew.
—Es un amigo de una clase. ¡Nada más!
Era la tercera vez que discutíamos esa semana. Nunca fuimos una pareja que peleara mucho, pero, por algún motivo, hacía poco que nos habíamos empezado a pelear cada vez más. Un año mayor que yo, él se había graduado antes y había obtenido un empleo en la empresa de abogados de su padre en Boston. Desde entonces, me visitaba regularmente en el campus, por lo que yo me sentía agradecida, pero saber que yo estaba rodeada de otros chicos atractivos de mi edad parecía ponerlo más celoso.
Miró alrededor.
—¿Me juras que no hay nada más?
Odiaba tener que lidiar con esta parte de nuestra relación. Ya habíamos tenido esta discusión (algún chico que me saludaba con la mano o me decía "hola", alguno con quien compartía apuntes de clase o que me invitaba a algún evento social) y siempre terminaba con lágrimas y resentimientos. En ambos. Llegó al punto en que decidimos compartir las contraseñas del teléfono, del correo electrónico y de Facebook.
—¡Por dios! ¡Sí!
Echó otro vistazo alrededor y levantó la mano, con el meñique extendido.
—Está bien. Promesa de meñiques.
Por más que fuera infantil, me alegraba que la discusión hubiera terminado. Durante los últimos meses, se había estado poniendo como loco por cualquier chico que siquiera me mirara y era un verdadero problema. Esperaba al menos haber evitado cualquier otra cosa más extrema. Pero, al mirarlo a los ojos azules fríos, no estaba segura. Eché un vistazo alrededor con timidez, pero el campus estaba prácticamente desierto ya que los exámenes finales habían terminado hacía unas semanas.
Extendí el meñique y lo entrelacé con el suyo, deseando que el gesto lo tranquilizara. Los ojos le resplandecieron y me dio un tirón para acercarme hacia su pecho, al tiempo que me doblaba el dedo salvajemente. Jadeé, todo el peso del temor con el que había cargado durante semanas finalmente subió a la superficie de mi mente. Mientras el dolor brotaba, lágrimas tibias me inundaron los ojos. Levanté rápidamente la otra mano para poder soltar la mano lastimada de él, pero tenía demasiada fuerza.
—Nunca me mientas, Isabella. Nunca ¿Me entiendes? Nunca.
Mi mundo se empañó mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Desesperada, intenté gritar por ayuda, pero, cuando abrí la boca, me la cubrió enseguida con la mano. El mundo se volvió gris.
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Me desperté gritando. Hecha un manojo de nervios, no reconocer el entorno no me ayudaba. ¿En dónde estaba?
—Isabella —me dijo una voz conocida—, fue solo un sueño. Estás bien.
Me volví hacia Edward que se encontraba junto a mí. En el rostro se le reflejaba la preocupación y su mano me envolvía el hombro con ternura. Caí en la cuenta de lo que había sucedido. En su mayor parte, tenía razón, había sido un sueño. No había sido solo un sueño, pero por ahora estaba segura.
—Debe de haber sido una pesadilla terrible. ¿La recuerdas?
La recordaba de muchísimas maneras. Había sido el punto de ruptura con James. Durante mucho tiempo, nuestra relación había parecido buena, pero cuando comenzó a ser agresivo, rápidamente se volvió desagradable. Eso había sido hacía más de dos años.
—Edward, creo… —se me entrecortó la voz. No había necesidad de confesarle esta historia justo ahora. Apenas lo conocía; había lidiado con el asunto de James yo sola durante dos años sin problemas, podía seguir lidiando con él un poco más.
Me sujetó fuertemente contra su pecho descubierto. La calidez y la fuerza resultaron reconfortantes inmediatamente.
—Está bien. Tómate un minuto. Estás segura aquí.
Le pasé el dedo alrededor de uno de los aros de las tetillas, que comenzaron a aumentar el tamaño con el roce. De nuevo, tenía razón. Necesitaba un minuto porque el corazón me latía muy rápido. Cuanto más lo pensaba, más difícil me resultaba creer que James realmente se había presentado en mi apartamento.
Empezó a acariciarme el cabello hasta la nuca. Lentamente, comencé a sentir que me relajaba. Edward estaba siendo increíble en cuanto a esto. Hubiese sido fácil despertarme y luego voltearme para dejar de pensar en esa inquietud, pero la manera en la que me abrazaba contra sí y me reconfortaba era perfecta.
—¿De qué se trataba tu pesadilla? —me preguntó.
Pensé en contarle, pero simplemente no podía. Era demasiado pronto en nuestra relación o lo que fuera que tuviésemos. Si le contaba, probablemente sentiría que le estaba soltando una carga demasiado grande, demasiado pronto. Ya me estaba tratando diferente de cómo las trataba a sus otras mujeres. No quería presionarlo.
—De nada —le dije.
—Te sacudías bastante fuerte por un sueño que no se trataba de nada.
—Solo digo que no me acuerdo.
No dijo nada por unos minutos y continuó acariciándome el cabello. Finalmente habló.
—Si no quieres contármelo, simplemente dilo, pero por favor no me mientas. Odio que me mientan.
—Está bien, no quiero contarte.
—¿Por qué?
—Porque es nuestra segunda cita y las cosas ya están yendo demasiado rápido tal como están.
—Cuanto más alimentas la expectación, más quiero saber. Quiero estar cerca de ti. Pensaba que era eso lo que querías. No solamente citas informales y sexo.
No dije nada, pensativa. Me parecía tierno que quisiera estar cerca de mí, pero esto simplemente era demasiado pronto. Quizás podría inventar algo. Le estaría mintiendo de nuevo, pero al menos esta situación se resolvería.
—No tiene sentido obedecer las reglas arbitrarias de la gente acerca de las citas ni de cualquier otra cosa, en realidad —me dijo—. Te sientes segura con alguien o no. No importa cuánto tiempo han estado juntos.
Respiré profundamente.
—Realmente tienes tu propia manera de pensar, ¿verdad?
—Decirle a la gente a dónde ir con sus reglas arbitrarias es uno de los mayores motivos por los que estoy donde estoy. —Me acercó más hacia él—. El cual, debería agregar, es un lugar bastante maravilloso en este momento.
Sonreí, pero continué sin decir nada. ¿Podía confiar realmente en que no se marcharía corriendo cuando descubriera mi pasado con James? Decía todas las cosas adecuadas y en realidad no tenía motivos para creer que me estuviera mintiendo, pero parecía demasiado bueno para ser verdad. Mi lado precavido tronaba para que fuera más lento.
Y, sin embargo, probablemente no tendría una oportunidad para contarle acerca de Mary que fuera mejor que este momento. Si reaccionaba mal, al menos sabría que él me había pedido que le contara.
Me aparté suavemente. Aquí vamos.
—Mi ex novio se presentó hoy en mi apartamento.
Apretó fuerte el entrecejo.
—¿Esto tiene que ver con el sueño?
—Era sobre él.
Asintió, aún entornando los ojos.
—¿Entonces todavía sientes algo por él?
Me estremecí y él me apretó el hombro.
—No, no. Nada de eso. Es solo que…
Se me entrecortó la voz de nuevo. Me miró, la preocupación se reflejaba en su rostro. Comencé a llorar y tuve que inhalar profundamente varias veces para calmarme lo suficiente y poder hablar.
—Era un poco violento —logré decirle.
La boca de Edward se afinó hasta formar una línea apretada y noté que se le movía la mandíbula. Inhaló bruscamente y los rasgos se le transformaron de una manera que nunca había visto. ¿Pensaría que yo era débil o, peor, vulnerable porque me habían maltratado?
—¿Qué quieres decir con "un poco"?
Como no le respondí nada, negó con la cabeza.
—No importa, ¿dónde vive? —los ojos se le encendieron con una promesa violenta.
—No, quiero decir, no sé. No lo lastimes, Edward, no vale la pena.
—Tú deja que yo decida si vale la pena o no.
Comencé a llorar desconsoladamente. Esta no era la reacción que yo esperaba. Edward parecía listo para machacarle a golpes la cabeza a James. Me parecía tierno que quisiera protegerme, pero ponerse violento no ayudaría en nada. Yo odiaba la violencia.
Cuando me vio llorar, las líneas marcadas en su rostro se desvanecieron. Respiraba con rapidez, pero el fuego de los ojos se le había extinguido casi en su totalidad.
—Lo siento. No quise disgustarte. ¿Qué te hizo, exactamente?
Negué con la cabeza.
—Por favor, no me pidas que te especifique los detalles. Ya terminé con él y ya no puede hacerme daño. —¿Cómo le explicaría que me había visto atrapada en una relación con un hombre que tenía un trastorno límite de personalidad? ¿Que era tan dulce al principio y muy atento, pero que luego estallaba de un momento a otro? ¿Que lograba mantener su integridad para los de afuera, pero conmigo no? ¿Cómo se sentía mortificarse por querer dejar a alguien que tenía un problema mental legítimo que realmente no podía evitar?
—Está bien. Tienes razón. No es necesario escarbar en el pasado. —No dijo nada más y yo agradecía que no me presionara más con esto, aunque percibía tenía más preguntas en la cabeza.
Apoyé nuevamente la oreja sobre su pecho y lo cubrí con el brazo. Después de un momento, me abrazó para acercarme más a él y me apoyó la mano sobre las caderas.
—No le he hablado en años y, de algún modo, sabe dónde vivo. Es perturbador.
—¿Qué sucedió cuando fue a tu apartamento?
—Tanya abrió la puerta y él le dijo que me buscaba a mí. Ella me envió un mensaje con su descripción y lo reconocí de inmediato. Cuando fui a ver cómo se encontraba ella, le dije que no abriera la puerta de nuevo.
—Suena como si pudiera ser peligroso. Deberías quedarte aquí conmigo hasta que solucionemos esto. O puedo alojarte en un hotel.
Esto estaba yendo demasiado rápido. No se lo había contado para que me resolviera el problema.
—No, Edward, no puedo pedirte que hagas eso.
—No me lo estás pidiendo, yo me estoy ofreciendo.
No dije nada. Él suspiró.
—Bien. No habrá hotel, entonces. Te conseguiré un equipo de seguridad. Conozco un par de chicos de Blackthorn Security, casi no notarás su presencia.
Negué con la cabeza.
—Piénsalo. —Me observó intensamente por un momento antes de hablar de nuevo—. ¿Puedes ir a la policía?
—Lo dudo. No harán nada en Cambridge.
—Cifras. Nunca sirven para nada. ¿Cómo se llama? —Cuando vio la expresión en mi rostro, agregó—: No le haré nada, lo prometo.
No le hubiese dicho nada, pero su expresión solemne me tranquilizó. Edward no era la clase de chico que hacía promesas a la ligera.
—James Witherdale. Yo lo llamaba James.
Asintió lentamente.
—¿Dónde lo conociste?
—Salimos durante toda la época de facultad. Al principio era muy bueno, pero gradualmente se fue volviendo más posesivo y celoso.
—¿Te lastimó?
—Por favor, no lo hagas. —Inhalé profundamente, intentando reprimir las náuseas que comencé a sentir al recordar el sueño.
Edward no dijo nada y nos quedamos sentados en silencio durante algunos minutos.
—Por favor, permíteme que te consiga un equipo de seguridad. Apenas lo notarás y pueden salvarte la vida.
—Edward, te conté esto porque tú querías saber, no para que me resolvieras el problema. Puedo ocuparme de mis asuntos. —Le temía a James, pero realmente no quería parecer débil delante de Edward, como una mujer que necesitaba que la salvaran. ¿Qué sucedería si yo contaba con él y luego desaparecía? Solo podría culparme a mí misma.
La mandíbula se le movía de nuevo, pero no dijo nada por un minuto.
—Está bien. ¿Tienes por lo menos algo para defenderte si intenta atacarte? ¿Gas lacrimógeno, un cuchillo, un revólver o lo que sea?
La cabeza me dio vueltas ante la idea de tener un arma mortal. ¿Qué clase de persona creía que era?
—No. ¿Por qué diablos tendría un revólver?
—Mañana te conseguiremos algo. No un revólver, pero algo.
Me encogí de hombros al tiempo que lágrimas tibias comenzaban a brotar de mis ojos y me recorrían las mejillas. Me escuchaba, pero parecía muy preocupado por este asunto. Ya me arrepentía de haberle contado. No se estaba escapando, lo cual era bueno, pero no quería que se sintiera obligado o que pensara que yo era demasiado débil para encargarme de esto por mi cuenta.
Todavía rodeándome con los brazos, me giró para que mi espalda estuviera apoyada y él quedara sobre mí, los ojos verdes buscaron los míos.
—Isabella, me alegra que me hayas contado esto. Podemos manejarlo como tú quieras, ¿está bien?
Asentí, aunque las lágrimas seguían cayendo copiosamente. Mientras la carga de toda la situación comenzaba a soltarse de mis hombros, me di cuenta de cuán estresada había estado.
Edward secó las lágrimas que me rodaban por las mejillas con besitos suaves. La manera en la que los músculos se le abultaban al acunar mi cabeza con los brazos, era reconfortante. Realmente no quería lidiar con esto ahora mismo.
—Olvidémonos de esto por el momento —le dije—. Mañana podemos ir a la tienda como sugeriste. Preferiría no pensar más en ello esta noche.
—Está bien. —Siguió besándome las lágrimas del rostro, esparciéndome besitos sobre la frente.
Me volteé y, con la pierna, sentí su pene a través de la ropa interior. Incluso cuando no lo tenía erecto, el tamaño de su paquete era impresionante.
No estaba excitado, pero yo comenzaba a estarlo. Necesitaba distraerme de la situación. Se me ocurrió cómo quería distraerme cuando extendí la mano hacia abajo para tomarlo a través de su ropa interior.
—Creo que sé cómo quiero manejarlo —le dije.
Me miró inseguro.
—¿Estás segura? Si quieres simplemente podemos ir a dormir.
—No quiero. Te quiero dentro de mí. Quiero despejar la mente. —Le deslicé el calzoncillo por las piernas y se lo liberé de los pies. No se resistió.
Apenas lo hice, me envolvió con los brazos musculosos y me besó la boca apasionadamente, mientras deslizaba la mano por mi torso hasta mi ropa interior, al tiempo que yo le acariciaba el pene. La forma en que respondió con tanta rapidez a mi roce hizo que mi parte íntima se calentara.
—Puedo hacerlo —me susurró al oído, su mano rondando mi sexo que ardía de deseo—. Tomémonos nuestro tiempo.
El sexo fue lento y profundamente apasionado. Edward se mantuvo cerca de mí, acunándome, pecho contra pecho, mientras entraba y salía de mi cuerpo. Cuando acabamos juntos, fue lo más cerca que me había sentido de otra persona. Después de eso, se encargó del preservativo y regresó para alzarme sobre su regazo.
—Eso fue increíble —me dijo.
—Coincido contigo. Estoy agotada. —En realidad, me encontraba en un verdadero éxtasis posterior al coito.
Inhaló profundamente.
—Isabella —me dijo—, nunca dejaré que nadie te lastime.
Resultaba conmovedor que aún estuviera pensando en la situación de James.
—No tienes que protegerme, Edward.
—No me lo estás pidiendo, pero lo haré.
Me moví un poquito hacia arriba, de modo que mi mano descansó sobre su pecho, y observé su rostro franco. Fue en ese momento que me di cuenta de que realmente yo creía en lo que me decía. Quizás Edward era mi tipo después de todo. Al cerrar los ojos y acurrucarme más en su abrazo, lo último que vi fue la luz de mi teléfono celular, la única luz en la habitación. Brilló un momento en la parte posterior de mis párpados y luego se disipó, para dejarme disfrutar de la calidez del momento.
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La historia de Isabella y de Edward continúa en: Entregarse a lo Secreto.
