Capítulo 9
LA MÚSICA siempre conmovía a Sasuke. Gracias a la pasión de su padre por ella, la música había desempeñado un papel fundamental en su educación. Y, en aquel momento, Sarada había liberado emociones en su interior de las que ni siquiera era consciente.
Debían de llevar años reprimidas, mientras él se dedicaba a la empresa sin permitir que nada lo distrajera, trabajando mucho para que su padre pudiera jubilarse. Por aquel entonces, creía que las emociones eran un lujo egoísta. Sin embargo, en aquel momento, mientras Sarada hacía magia con el violín, se dio cuenta de lo vacía que estaba su vida.
Y su hija la estaba llenando de una emoción que amenazaba con desbordarse. Sasuke se había perdido los once primeros años de la vida de Sarada. No la había visto nacer ni la había tenido en sus brazos; no había celebrado su primer cumpleaños ni la había observado dar sus primeros pasos; no había oído sus primeras palabras ni la había animado en su primer día de escuela.
–¿Sasuke? ¿Sasuke?
Alguien le sacudía el hombro. Sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas y se las secó rápidamente.
Su ayudante se inclinó para hablarle.
–Perdona la interrupción –susurró el hombre– pero tenemos una emergencia en una de las plantas. Hay un incendio. Lo hemos contenido, pero nos gustaría que vinieras.
–Voy contigo –contestó él al tiempo que se levantaba. Sus trabajadores eran como una familia para él. Cuando lo necesitaban, él estaba a su lado.
Al levantarse, su mirada se cruzó con la de Sarada. Fue una décima de segundo, porque el destino quiso que terminara el solo justo cuando él se ponía en pie. Todo el mundo se había levantado a aplaudirla.
Ella le sonrió, y el mundo se le iluminó. Fue una sonrisa inocente y feliz, que él le devolvió. Sostuvo la mirada de su hija mientras Sakura le tiraba del brazo.
Se soltó con brusquedad de su mano, una intromisión no deseada en su piel desnuda. Se puso a aplaudir a su hija sin hacer caso del evidente deseo de su ayudante de que se marcharan. Podía permitirse unos segundos para que Sarada entendiera lo mucho que le había gustado su actuación.
Sakura volvió a tirarle del brazo con insistencia, y, por el tono de su voz, parecía angustiada. Pero le llegaba desde muy lejos y no podía distraerse. Su atención se hallaba centrada en su hija como si, en aquellos escasos segundos, quisiera compensar los once años de separación.
–Sasuke...
–Ya voy –dijo con brusquedad a su ayudante.
Volvió a mirar a Sarada antes de marcharse.
Sakura siguió sentada, inmóvil, mientras el público iba saliendo. Se había condenado ella sola. De todas las maneras posibles que Sasuke tenía de enterarse de la existencia de Sarada, aquella había sido la peor. ¿Cómo se habría sentido al descubrir que la mujer con la que había hecho el amor era tan poco de fiar como el canalla de su padre?
Había notado cómo Sasuke rehuía su contacto y la forma en que miraba a Sarada, como el líder de la manada de lobos al reconocer a su cachorro.
Sarada era una chica inteligente. ¿Cuánto tiempo tardaría en darse cuenta?
Como Sakura no la había oído nunca manifestar la necesidad de tener padre, comenzó a preguntarse si no habría sido para proteger sus sentimientos, los de Sakura. Siempre habían sido un equipo de dos, pero ahora lo eran de tres, aunque no formaran un equipo, y Sakura no se lo había explicado.
Se estremeció cuando Sarada llegó corriendo a su encuentro balanceando la funda del violín con total despreocupación. Sin embargo, todo estaba a punto de cambiar para ella. Al recordar lo que eso le había supuesto a ella a los dieciocho años, con casi el doble de edad de Sarada, se hundió un poco más.
–¡Mamá! ¿Te ha gustado el concierto? ¿Te has dado cuenta de que me he equivocado en una nota?
–Creo que has tocado maravillosamente –respondió Sakura con sinceridad, aunque apenas podía respirar.
–He tocado para ti –dijo la niña abrazándola.
Esa era la señal que Sakura necesitaba. No era una madre inútil, sino simplemente una madre que había hecho las cosas lo mejor que había podido. Era indudable que volvería a equivocarse, pero intentaría corregir sus errores, sobre todo si afectaban a Sarada.
–Me muero de ganas de volver a oíros tocar –afirmó cuando varios amigos rodearon a Sarada–. Sois maravillosos. Te quiero, cariño –dijo cuando la niña salió corriendo con ellos.
Sakura vio que se dirigían al bufé, llenaban los platos y se iban a sentar a la sombra de los olivos. Respiró hondo y se dijo que, pasara lo que pasara, podría solucionarlo. Llevaba haciéndolo once años. Haría lo que fuera para proteger a Sarada.
¿Y Sasuke?
Lo había perdido antes de llegar a conocerlo. Ya no podría formar parte de su vida, aunque él, seguramente, formaría parte de la de Sarada. Era esta quien debía decidirlo. Sakura se apresuró a cruzar el campo de juegos para reunirse con los niños.
–¡Allá va! –gritó Sarada señalando el cielo mientras Sakura se acercaba.
Sakura miró hacia arriba en el momento en que un helicóptero la sobrevolaba. En él iría Sasuke dondequiera que lo necesitaran.
Volvió a invadirla el sentimiento de culpa. Tal vez no tuviera de nuevo la oportunidad de hablar con Sasuke salvo a través de un abogado, cuando ella había planeado que Sasuke y Sarada se conocieran en cualquier sitio menos ante un tribunal.
La idea la estremeció. No tenía excusa, pero al creer que Sasuke la había abandonado, poco después que su padre la hubiera rechazado, se juro que no volvería a amar ni a poner en peligro el corazón, y había mantenido el juramento hasta que nació Sarada, cuando descubrió el inmenso amor que sentía por ella.
Como su padre había rechazado a Sakura a una edad tan vulnerable, se despertó en ella un deseo abrumador de proteger a la niña de semejante dolor.
Al mirar atrás, vio que el mundo al que su padre aspiraba estaba vacío y se basaba en lo que la gente tenía en el banco, en vez de en su propia valía. Esto, a su vez, había provocado que recelara de la riqueza. En su fuero interno sabía que Sasuke no era de esa clase de ricos, que no solo había trabajado duro para conseguir lo que tenía, sino que hacía buenas obras con ese dinero. Pero el glamoroso mundo en que vivía la inquietaba, un mundo al que nunca pertenecería, aunque era posible que, con el tiempo, Sarada lo hiciera.
–¿Y bien? –preguntó Sarada, expectante.
–¿Y bien, qué?
–¿Te cae bien Sasuke Uchiha? –explicó con impaciencia–. Lo he visto sentado a tu lado.
–Claro que me cae bien –contestó Sakura sonriendo y con un nudo en el estómago.
–Eso está muy bien, porque viene para acá.
¿Qué?» Sasuke no podía estar allí. Se acababa de marchar en helicóptero.
–Mis amigos y yo estamos encantados de que te caiga bien, porque queremos un helado y esperamos que él nos lo compre.
Ojalá fuera la vida tan sencilla. Pero se necesitaba a un niño para que señalara lo evidente: había helado y alguien con dinero suficiente para comprárselo.
–Quédate aquí con tus amigos mientras voy a ver lo que opina de tu sugerencia.
–Tienes que acostumbrarte a llamarlo por su nombre si esperas acercarte a él.
–Muy bien –contestó ella con una sonrisa forzada.
No podía perder más tiempo. Debía salir a su encuentro antes de que llegara adonde estaba Sarada y ella se diera cuenta de que pasaba algo.
–¡Sasuke Uchiha! –gritó Sarada–. Se llama igual que la isla. No se te puede olvidar.
Sakura no lo olvidaría. Respondió a su hija:
–Vuelvo enseguida. Quédate aquí y veré qué puedo hacer.
–No vuelvas pronto. Tenemos cosas que hacer. Puedes quedarte con él. ¡Hasta mañana!
Mientras Sakura oía las risitas infantiles a sus espaldas, pensó que tenía que solucionar aquello antes de que las cosas empeoraran. Debía llegar a un compromiso con Sasuke para no acabar peleándose ante un tribunal. Pero cómo iba a enfrentarse a Sasuke y a sus abogados era algo que desconocía.
Pero lucharía a muerte por Sarada.
Sasuke estaba muy tranquilo cuando se acercó a Sakura. El trabajo tenía ese efecto en él: le aclaraba las ideas cuando otros aspectos de su vida se le complicaban. Había dado instrucciones precisas sobre qué hacer con respecto a las consecuencias del incendio. Todos los trabajadores recibirían los cuidados y la compensación que merecieran. Nunca escatimaba en lo que se refería a las familias.
Y ahora debía enfrentarse a Sakura. Cuando se hubieron alejado unos metros de los niños, le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Observó que Sarada los miraba y le sonrió.
Pensó que el conglomerado multinacional que controlaba no era nada comparado con la complejidad de las relaciones humanas. No sentía animosidad hacia Sakura. No sentía nada. Pero había tomado una decisión. Aunque Sakura hubiera estado once años retrasando el momento de contárselo, el punto fuerte de Sasuke era tomar decisiones rápidamente cuando tenía los datos a su disposición.
Condujo a Sakura hasta su helicóptero y observó que ella caía en la cuenta de que tenía dos helicópteros. En realidad, poseía una flota.
Abrió la puerta para que Sakura se montara, la ayudó a ponerse el arnés y le explicó cómo funcionaban los auriculares. No había tensión ni ira en su voz. Ella palideció, como si esa forma de tratarla fuera peor que si estuviera furioso.
El corto vuelo los llevó a la casa de la playa. Allí se decidiría el futuro.
Mientras el helicóptero volaba sobre la mansión de Sasuke, Sakura tuvo una buena perspectiva de la misma: los cuidados jardines, la piscina de dimensiones olímpicas y las pistas de tenis. Incluso había un campo de golf. La motora de Sasuke se balanceaba suavemente en el mar, frente a la casa.
El corazón se le aceleró al comparar todo aquello con la sombría calle de Londres y la habitación en que vivían.
Y no solo le suponía una amenaza el estilo de vida de Sasuke, sino también su aguda inteligencia. Sasuke le había dicho que había tenido una serie de ventajas, y así era. Pero había sabido aprovecharlas para que la empresa de su padre tuviera un éxito increíble. Mientras unos iban en autobús a trabajar, él pilotaba un helicóptero como si fuera un coche, pensó ella al tiempo que aterrizaban suavemente.
¿Qué pensaría Sasuke de la obsesión de Sarada con las tiendas de segunda mano? ¿Creería que se debía a que la falta de recursos de Sakura la había condenado a llevar ese tipo de ropa? ¿Entendería a su hija?
¿Estaba Sakura en un error y demostraba su egoísmo al pensar que Sarada era exclusivamente su hija? ¿Se equivocaba al negarse a reconocer que Sasuke había desempeñado el mismo papel que ella en su concepción?, pensó mientras él le quitaba el arnés y bajaba del helicóptero.
Sasuke podía ofrecer a la niña mucho más que ella. Sarada tenía que limitarse a ensayar una hora diaria en Londres, cuando estaba en casa. Era lo que le habían dicho los dueños de la habitación. ¿Cuánto podría hacerlo en una casa tan enorme como la de Sasuke?
Mientras se dirigían a la puerta principal, Sakura miraba a su alrededor, asombrada ante la belleza de las flores y plantas. Sasuke podría comprar a Sarada el violín que se le antojara a la niña, se dijo mientras él abría la puerta tecleando un código en el panel que había a uno de los lados.
Sakura estaba cada vez más nerviosa. Sasuke tenía todo el poder del mundo; ella, ninguno. Él disponía de un equipo de abogados; ella ni siquiera tenía dinero para llamar a un abogado a Inglaterra desde Grecia.
¿Estaba a punto de perder a Sarada?
«¡No!», se dijo. No lo haría mientras le quedara un hálito de vida.
Entró en el vestíbulo y miró a su alrededor, muda de asombro. Era mucho más de lo que se había esperado: el espacio, la luz, el lujo sencillo que la rodeaban... Todo era de un gusto extremado. Y estaba vacío, como si esperara que alguien se mudara y le insuflara vida.
Aquella no era la forma en que Sasuke se había imaginado que Sakura conocería la casa. La habían mirado desde la playa la vez anterior que habían estado en la isla porque debían volver para el concierto de Sarada. Acaban de hacer el amor y él había tenido la alocada idea de entrar con ella en brazos para, después, hacer el amor por todos los rincones.
No sería así.
La condujo al estudio, una habitación espectacular. Una pared de cristal daba a la bahía; el escritorio estaba hecho de una larga pieza de madera, y en él solo había un ordenador. La superficie del escritorio era tan suave como el cristal. Él mismo lo había diseñado y fabricado.
Al ver que Sakura pasaba el dedo por encima, recordó el placer que había experimentado trabajando con las manos. La sencillez de las cosas le proporcionaba placer. Igual que la sinceridad.
Respiró hondo y se volvió hacia ella.
–Sasuke, yo...
–Por favor, siéntate.
–Prefiero quedarme de pie, si no te importa.
La voz de Sakura parecía una goma tensa a punto de romperse. No le dio lástima. Más allá de saber que, si ella se venía abajo, las cosas se retrasarían, no sentía compasión. Se puso de espaldas a la ventana mientras ella seguía al lado de la puerta. Vio que estaba dispuesta a enfrentarse a él, pero era él quien tenía todas las de ganar. Y ambos lo sabían.
A pesar de que no había olvidado que Sakura se negaba a concederle los mismos derechos que ella tenía sobre Sarada y que su nombre no aparecía en el certificado de nacimiento de la niña.
Al pensarlo, le pareció que pudiera ser que Sakura se guardara un as en la manga.
Ella había cerrado los puños. La sangre se había retirado de sus mejillas y sus ojos parecían enormes en su rostro ceniciento. Sasuke se enfrentaba a los problemas siempre del mismo modo: siendo incisivo y sin emocionarse. Haría lo mismo en aquel caso.
–No la conoces –dijo Sakura en voz baja–. Y Sarada no te conoce. No puedes aparecer de repente en su vida y reclamarla.
–No sabes lo que puedo hacer.
–¿Tratas de intimidarme? –preguntó ella con el ceño fruncido.
–No, solo intento reclamar lo que me pertenece.
–¿Y después?
–Eso ya lo veré. Tengo que encontrar una solución.
–Tenemos que encontrarla.
–Tú ya has perdido la oportunidad de hacerlo. Ahora me toca a mí. Sería mejor que te sentaras, Tenemos que apartar nuestras diferencias y considerar qué es lo mejor para Sarada.
–Yo solo pienso en ella –le aseguró Sakura con pasión.
–Yo no he tenido la oportunidad.
Sakura lo había decepcionado profundamente. Era tan superficial como el resto de las mujeres. Se guiaba por su propio interés. Cabía la posibilidad de que nunca le habría contado que tenían una hija si él no hubiera ido al restaurante griego de Londres.
Le dolió pensar en los años perdidos. Tuvo que dar la espalda a Sakura durante unos segundos y aprovechó para servir dos vasos de agua helada y centrarse en algo mientras su rabia disminuía.
–¿Por qué no estás enfadado? –preguntó ella.
Él estuvo a punto de soltar una carcajada.
–¿Es que no tienes sentimientos?
Sasuke vertió sin querer el agua sobre el escritorio. ¿Que si no tenía sentimientos? Aquella situación había hecho temblar los cimientos de su vida.
Agarró un paño y secó el agua antes de volverse a mirarla.
–Puede que tú te puedas permitir el lujo de tener sentimientos, pero yo no. ¿Qué idea se tendría de mí en los negocios si me lanzara contra mis competidores y tomara decisiones guiado por la pasión?
–Esta no es una decisión de negocios. Se trata de Sarada, nuestra hija.
–Me alegro de que, por fin, lo recuerdes –afirmó él con desprecio.
–¿Así que lo único que pretendes es ganar, como sueles hacer?
–Ni mucho menos.
Ella no podía hacerse una idea de su conmoción. Él solo conocía el amor sin complicaciones, sin límites; el que ofrecía un padre a su hijo, el amor incondicional que sus padres le habían dado. Un amor sin exigencias, que lo sacrificaba todo. Y él no había podido experimentarlo con Sarada.
Y el amor que ya sentía por ella era infinito. Era como si los once años se hubieran compactado en un solo día de amor por su hija. Se había perdido once años de la existencia de Sarada, que ya eran irrecuperables. Desde la noche previa a su concepción a la noche previa a su nacimiento, cuando no era más que una lucecita esperando a iluminar la vida, hasta ese momento en que, en su despacho, había estado hablando de ella con su madre.
Todos aquellos momentos se habían perdido para siempre.
