A/N: segundo aporte del día 04/10, y último hasta mañana, aquí se toca el tema diario


30 de Septiembre / 01 de Octubre de 2026

Como Yuuki Shouzou, retirado, se permitió empinar un poco el codo esa noche, hablando con su hijo y su yerno sobre tecnología, acabó por emborracharse, algo que a Kazuto le hizo gracia. Él mismo había experimentado borracheras en Aincrad años atrás, con el único propósito de saber cómo se sentía, o de razonar por qué alguien se pondría así.

Llegó a la conclusión de que o bien lo hacían por mucha tristeza, como él hizo tres o cuatro veces dentro de SAO, o bien por mucha felicidad, que debía ser el caso del hombre de la casa.

Como consecuencia de su estado, y de la hora que se había hecho sin quererlo realmente, Kouichirou convenció a su madre de que no había problema con dejar al invitado durmiendo en casa.

- Puedo volver a esta hora, no pasa nada. - había intentado excusarse él, pero no se lo habían permitido.

Así que le destinaron la habitación para invitados del primer piso. También le permitieron tomarse un baño, ofrecimiento que, aunque había tenido uno antes de salir de su casa, cuando su novia le dirigió una mirada asesina, aceptó sin chistar.

Después de asearse, se permitió mentirle a Asuna sobre haberse lavado los dientes con el cepillo que estaba en el baño. No parecía que se hubiera usado recientemente, pero aun así no quiso metérselo en la boca. En su lugar, solo hizo uso del enjuague bucal que encontró detrás del espejo sobre el lavamanos, como para que no se pudiera decir que no se había atendido.

En la habitación para invitados no había la gran cosa. Un escritorio con una barra de luz encima, actualmente apagada, contra la pared que daba al exterior de la casa, con una ventana en medio. Enfrente, contra la pared opuesta, había una cama de una plaza, con una almohada que se veía tremendamente cómoda.

Se halló a sí mismo sobre ella poco después, pensando en lo anormal de toda la cena.

Desde luego, no había esperado que el día acabara con él quedándose allí, ni mucho menos con sus suegros conociendo a Yui. No sabía si decir que la habían aceptado, pero, desde luego, habían empezado con buen pie. Seguramente necesitarían tiempo para convencerse de que era tan real como cualquier niña, incluso si no había sido creada por ellos.

Sintió una punzada detrás de los ojos mientras se daba vuelta y hundía la cara en la suave y cómoda almohada, moviendo sus pensamientos al cuerpo robótico que le habían dado a Alice. Desde que lo había visto, no había parado de imaginar cómo sería finalmente traer a Yui, y que, encima de eso, no requiriera de cámaras, parlantes y micrófonos. Quizás era mucho soñar por el momento. No disponía del dinero ni del conocimiento para fabricar con sus propias manos algo como eso.

Suspiró y entrelazó los dedos detrás de su cabeza, con la oferta de la madre de Asuna viniéndole a la mente. Ciertamente era tentador. Siempre había querido poder meterse al Instituto de Tecnología de Tokyo, pero era verdad que tenía sus dificultades con ello. Tendría que cambiar de casa, llevarse sus cosas, que, aunque no eran muchas, tampoco eran pocas, pensar en tener lugar para su moto, algún nivel de privacidad por si invitaba a Asuna, un trabajo, o dos, y, encima de todo eso, alguna remota tranquilidad para poder estudiar.

Era mucho pedir para su capacidad de ahorro, que consistía en las sumas que le daba Kikuoka por sus colaboraciones, que, aunque sustanciosas, ni de lejos cubrían el daño psicológico que sufría por ello.

Pero era verdad que le debía a ese hombre el no ser un vegetal. A él y a la tecnología de inmersión que desarrollaron desde el Medicuboid de Kayaba Akihiko.

Por eso, y por hacer esperar a su novia lo menos posible, tomaría la oferta de su suegra. Renunciaría a su orgullo, por una vez. Podía permitirse recibir ayuda.

- Sólo espero que no me creas débil por eso, Asuna. - susurró, tan bajo que parecía que solamente estaba moviendo los labios.

Como invocada por él, ella llamó a su puerta.

- ¿Kirito-kun? ¿Te dormiste ya? -

Su voz sonó baja, y eso le sugirió que no estaba allí "legalmente", sino que se meterían en algún lío si la veían, por lo que se apresuró a abrirle la puerta y dejarla entrar, mientras bostezaba, inevitablemente cerrando los ojos, y se tapaba la boca.

- No. - dijo, terminando su exhalación de doce segundos y lentamente abriendo los ojos. - ¿Pasó al... go? - se quedó sin aliento.

Ahí estaba su pareja, con las manos tras la cintura, las mejillas levemente rozadas, la mirada clavada en la suya, las cejas levemente apretadas en un gesto de vergüenza, mordiéndose el labio inferior y metida en un camisón casi idéntico al que supo usar en Aincrad, pero algo más largo, para su desgracia.

- Este... - empezó la chica. - No pasa nada si no quieres, pe-pero... - jugó con sus dedos índice delante de su cara. - M-Me preguntaba si podríamos dormir juntos. -

Reprimió un brutal impulso de agarrarla de los brazos y tirarla a la cama, recordándose que no estaban solos en la casa, y que probablemente lo colgarían del mástil más cercano si hacía eso y los encontraban.

- N-No hay problema. - respondió, apartándose de la puerta. - ¿No crees que nos van a matar si nos encuentran juntos en la mañana? -

Asuna entró, cerrando la puerta tras de sí, tomó la mano de su novio y lo guió hacia la cama. Dejó su teléfono sobre la mesita de al lado y se giró hacia él, tirando de su antebrazo para sentarlo a su lado.

- Tú déjame eso a mí. - le susurró mientras se acurrucaba entre su cuello y su hombro.

Kirito miró de soslayo a la chica pegada a él, viéndola frágil por primera vez en mucho tiempo. La rodeó con un brazo y la dejó apretarse contra su cuerpo.

- ¿Qué sucede, Asuna? Cuéntame. - le acarició la cabeza.

Cuando se le pegaba tanto era por uno de dos motivos: o bien por la simpleza de buscar un momento romántico, o bien porque se sentía mal por algo. Y estaba casi seguro de que era por lo segundo.

- Me gusta lo fácil que es para nosotros saber cómo se siente el otro. - dijo, desde la calidez de su cuello. - Seguramente ahora estás pensando que, o quiero un lindo momento más para atesorar, o me pasa algo. - levantó la cabeza y lo miró a los ojos. - ¿No? -

El chico asintió con una leve sonrisa.

- Siempre sabes lo que me pasa por la cabeza. - le alborotó los cabellos, que se había atado en dos colas, costumbre que había tomado no hacía mucho para dormir.

Ella le ofreció el mismo trato y luego suspiró, relajándose.

- Mamá me dijo mientras te duchabas que todo lo que dijo fue de verdad. - sus ojos pasearon un poco por el suelo y se detuvieron en sus pies, que empezó a mover para distraerse.

- ¿No le creías? - preguntó sin pensarlo, pero en seguida lo descartó. - No, no ha de ser eso... - se llevó la mano libre al mentón, sopesando posibilidades mientras Asuna seguía ensimismada en sus pies y lo pateaba juguetonamente. - "Nos vamos a mudar los dos cerca de la universidad y vamos a estar tan ocupados entre eso y algún trabajo que casi no vamos a ver a los demás", ¿es eso lo que estás pensando? - le devolvió las suaves patadas que le pegaba, tratando de que no se metiera del todo en la conversación.

- Palabra por palabra. - confesó. - No me malinterpretes, me alegra que podamos ir hacia nuestros sueños, Kirito-kun, es sólo que... - miró hacia el lado opuesto a él. - Digamos que no seré la única chica sintiéndose mal, pero sí la única a la que dará algo de tranquilidad. -

Kirigaya Kazuto, en sus escasos dieciocho años de vida, veinte si quería contar los dos que recordaba de Underworld, nunca jamás había sentido, de la manera en que lo sentía ahora mismo, que caminaba sobre un hilo tan fino que el más mínimo movimiento equivocado rompería su equilibrio.

Acarició el costado de Asuna mientras buscaba qué contestar. No había una respuesta fácil. Este era un problema que ella siempre había decidido ignorar hasta ahora, y que él había preferido no sacar a flote, porque daba por sentado que ella sabía que no le interesaba nadie cuyo nombre no fuese Yuuki Asuna.

- Fue tonto de mi parte. - decidió empezar. - Suponer que no te molestaba, quiero decir. - carraspeó, la garganta se le estaba oprimiendo en exceso. - Yo no... -

- No es... - ella apretó el puño. - No es que me moleste que te quieran. - confesó, mirándolo de frente. - No puedo esperar que no lo hagan. Siempre nos tienes presentes y por todos nosotros hiciste algo, Agil-san y Klein-san incluidos. - miró al techo por un momento en un gesto involuntario. - Y... Te conozco, Kirito-kun. "No soy nadie para manejar sentimientos ajenos, sólo puedo manifestar los míos" es lo que crees al respecto. - respiró hondo de nuevo, intentando no dejar salir sus emociones al respecto, pensando que sería injusto, ya que ella misma había preferido pasar de esta conversación por mucho tiempo.

Otra vez, él se quedó en silencio unos momentos antes de responder, abrazándola y tratando de decirle corporalmente que podía llorar si quería.

- Asuna. Sé que hoy es tu cumpleaños y quizás te atrevas a pensar que digo lo que digo por no arruinarte el día, pero... -

- No, eres demasiado seco y tosco para hacer eso. - se rio levemente y tiró de su camiseta térmica un poco.

Kazuto la acompañó en la carcajada y luego empezó a jugar con su cabello.

- No hay lugar en mi corazón más que para ti, Asuna. - le susurró al oído. - Nunca lo ha habido. Incluso cuando no te conocía, sólo había ese espacio, con esa forma, y nadie encajaba. - la agarró de las mejillas y la hizo retroceder un poco. - No me di cuenta en aquella mazmorra del primer piso que cupiste ahí desde el principio perfectamente, pero lo hiciste. -

La cara de su novia se desarmó en una expresión idéntica a cuando le propuso matrimonio en la habitación de su casa del piso sesenta y uno, y a él se le derritió el corazón igual que aquella vez.

O peor.

- Kirito-kun... - la oyó susurrar.

Se había hecho el tonto lo suficiente. Lidiaría con la cuestión.

- Es verdad que no siento que tenga derecho a decirle a nadie qué debe sentir. Pero supongo que siempre pude haber dicho que no podía devolverles el sentimiento. - la chica vio en sus ojos acerados aquella mirada que adquirían cuando entraba en un modo en el que no podía detenerlo, no importaba qué hiciera o pasara.

Supo lo que esa mirada le decía.

Mañana mismo me ocuparé de ello. No tendrás que guardarlo dentro tuyo nunca más.

Y no supo cómo sentirse al respecto. ¿Estaba bien? ¿Estaba mal? ¿Ninguna de las dos? Después de todo, aunque sus amigas no ocultaran sus sentimientos, tampoco habían propiciado adrede ninguna situación, y él mismo hacía todo lo posible por evitar tales momentos.

Al final, decidió hacerse la tonta. Como su novio había hecho. Ya se había hablado, habían llegado a un curso de acción, ahora quedaba ver el desenlace.

La voz de Kazuto interrumpió la distopía de su corazón.

- Asuna. - la llamó, y ella, escuchando cómo dijo su nombre, sabía lo que le diría a continuación, cómo se lo diría y qué haría después, así que se levantó y se sentó sobre su regazo, con una pierna a cada lado de su cuerpo.

El repentino movimiento de su parte hizo que su novio se quedara tieso, pero solo eso. No tembló. No tartamudeó cuando volvió a hablar. No se vio avergonzado por la manera en que se encontraban. Sólo se vio totalmente embelesado por la belleza que tenía encima.

- ¿Sí, Kirito-kun? - preguntó, mientras, envalentonada por lo que escucharía en breve, le besaba el cuello y la línea de la mandíbula.

Él enredó su mano en su cabello sin ningún aviso ni segundos miramientos.

- ¿Sabías que eres la cosa más hermosa del universo? - le devolvió los besos mientras tiraba apenas de sus pelos, obligándola a exponer su cuello, sintiendo cómo se apretaba más contra él.

Se rio suavemente al escucharla suspirar, disfrutando enormemente del contacto. Asuna se elevó un poco y le rozó la cara con el pecho descaradamente, preguntándose momentáneamente desde cuándo se comportaba con tan poco pudor, pero descartando enseguida el pensamiento, no dispuesta a interrumpir el momento.

- ¿Ah, sí? - le preguntó socarrona. - ¿Por qué lo dices? - se dejó caer y puso su cara muy cerca de la del muchacho, sus narices se rozaban, los dos sentían el aliento del otro darse en la boca. - ¿Es por mi cara? - se apartó apenas, para darle un vistazo de su rostro. - ¿O es por...? - sonrió maliciosa, notando algo. - Ya sé por qué. - se burló yendo a quitarle la camiseta.

Kazuto no malgastó el tiempo tampoco, consciente de lo que le pasaba. La necesidad de desnudar a su mujer y tomarla crecía violentamente, hasta el punto de cegarlo. Se lanzó sobre sus labios cual león hambriento sobre su presa y la mordió casi de inmediato, algo que le ganó un suspiro y lo envalentonó aun más, atreviéndose a lamerla.

Arriesgarse al mástil valdría totalmente la pena.

Cuando, horas más tarde, se hallaron los dos satisfechos, con los cabellos de Asuna desparramados por la cama y cayendo de la misma al suelo, y su cuerpo desnudo a medias subido al de él, con sus piernas enredadas y sus brazos rodeando los de uno la figura del otro, ella finalmente puso una alarma en su teléfono mientras se tocaba los labios hinchados, sensibles y carmesí después de dejarle jugar tanto con su boca.

Dormiría allí, pero se despertaría media hora antes que el resto de la casa, para volver a su habitación y hacer como si nada hubiera pasado.

Acomodó su cabeza en el pecho de su novio, dejando su oído sobre su corazón, como solía hacer cuando se acostaban juntos en ALO.

Mientras se preparaba para intentar dormir, pensando que tendría un día pesado, ya que le quedaban apenas cuatro horas de sueño, sintió cómo Kirito le corría los cabellos que le caían sobre la cara.

- Asuna. - le dijo, para nada como cuando la había llamado rato atrás. - Ya sé que no lo grito a los cuatro vientos ni lo digo muy seguido, pero... - se removió y trató de susurrarlo en su oído. - Te amo. Te amo con toda mi alma. Y nada ni nadie va a cambiar eso. Jamás. - le besó la frente y volvió a acomodarse como estaba.

El cuerpo se le llenó de una calidez muy conocida que, aunque la recorría relativamente seguido cuando estaban solos, siempre añoraba.

- Mi vida también es tuya, Kirito-kun. - buscó su mano y se aferró a ella como si en eso le fuera la vida. - Y no te preocupes por lo que hablamos antes. No tienes que hacer nada. - sin sacar la cabeza de encima de su corazón, se acomodó para ver hacia arriba y mirar esos ojos acerados que siempre la hacían querer prenderse de él.

- Nunca me dio esa impresión. - le respondió, sonriendo. - Pero lo haré de todos modos. Tengo que crecer en algún momento. Y es algo que yo mismo causé, ¿no? Al no tratarlo. -

Asuna le acarició la cara lentamente, con los ojos cerrados, imaginando cómo se verían en unos años en la universidad, qué tan distintos parecerían... Pero qué tan iguales seguirían siendo. Si doscientos años, aunque no los recordara, no les habían quitado estas sensaciones, nada lo haría. Era cierto.

Pero decidió dejarlo hacer lo que quisiera.

- Como quieras. - retiró la mano y se abrazó a su torso, bajando la cabeza para estar cómoda. - Van a decir que eres un hombre sin corazón. -

Kazuto se rio.

- Tendrán razón. Mi corazón está en nuestro hogar en el piso veintidós. - declaró sin más.

Ella no reaccionó más que con una amplia sonrisa, que él, aunque no vio, supo que tenía.

- Disculpa que te monopolice. - dijo, con tono claramente de burla. - No me apetece compartir. -

- A mí tampoco. - le oyó decir, e, indignada, se enderezó un poco, pegándole un manotazo en el hombro.

- ¡Yo no soy cercana a ningún otro chico! - espetó.

- Pero sí a una cierta idol famosa de realidad aumentada... - la molestó sin piedad.

- ¡Ey! - su novia, ofendida y abochornada, lo miró con las mejillas incendiadas y ojos iracundos.

- Lo siento, lo siento, ya lo sé. - se disculpó con una sonrisa apologética. - No pude resistir verte enojada, siempre te ves mil veces más linda así. -

Asuna sólo se crispó más.

- ¿Ah, sí? - siseó. - Duerme solo, entonces. -

- No serías tan cruel. - la desafió, a lo que la vio levantar las cejas con violencia y furia reprimida. No alcanzó a salir de la cama antes de que él tirara de ella de nuevo al lugar en el que había estado momentos atrás. - No te vayas, sólo bromeo. -

- Tonto. - bufó. - Retiro lo que dije antes. No van a decir que eres un hombre sin corazón, van a decir que eres un monstruo. - pero ya tenía una sonrisa enorme en la cara. - Un monstruo al que le gusta jugar con los sentimientos de las demás chicas. -

- ¿De cualquiera que no se llame Yuuki Asuna? - sugirió, siguiéndole el juego, y la aludida asintió alegremente. - Que así sea. Seré un monstruo entonces. -

- Ah. Pero no cualquier monstruo. - se pegó más a él. - Serás mi monstruo favorito. -

Con ese último comentario, y los dos con una leve sonrisa fijada en sus bocas, las piernas de uno enredadas con las del otro, los brazos de Kirito rodeando a Asuna y viceversa, finalmente cayeron dormidos.