AFORTUNADAMENTE, sus compañeras de piso estaban trabajando cuando llegó y pudo derramar todas las lágrimas que había estado conteniendo. El día anterior había sido el día más feliz de su vida, pero ese día le parecía el peor. Había vivido tres meses sabiendo que podía perder el empleo por lo que había pasado entre Edward y ella, pero nunca se había imaginado que la situación llegase a ser tan dolorosa y humillante. Además, seguía sin entender que el anillo hubiese aparecido en el bolsillo de su uniforme. La habían calificado de ladrona y ramera, y no lo habían hecho solo sus compañeros, lo había hecho el propio Edward. Sin embargo, todavía era peor cómo la había mirado, como si no hubiese esperado otra cosa de ella.
Había visto por primera vez al hombre que todo el mundo decía que era, frío y despiadado, pero no era el Edward que ella conocía. Se desvistió para ponerse la camiseta que usaba para dormir, se soltó el pelo y se encontró algo entre los mechones. Era una flor. El tallo estaba retorcido, pero la flor seguía estando perfecta. Se acordó de lo que le había dicho él, que le había dejado las flores para que supiera que estaba en el hotel, y estuvo tentada de aplastar la rosa y tirarla a la basura, pero no pudo. Era lo único que le quedaba de él, el único recuerdo tangible de un momento en el que la vida había sido casi perfecta. Por eso, la metió entre las hojas de su diario, lo cerró y lo guardó debajo del colchón para conservar esa belleza efímera. Las cosas no habían mejorado por la mañana.
Si acaso, las cosas empezaron a empeorar durante los días siguientes. Había sido increíble trabajar en el Grande Lucia y Benita tenía razón, conseguir un trabajo en un hotel de su categoría iba a ser difícil, si no imposible. No contestaron las llamadas telefónicas que hizo o le dijeron que mandara un currículum y referencias.
Sabía que tenía que ir a la biblioteca para usar el ordenador, pero hasta eso le parecía desalentador.
–¿Ha habido suerte? –le preguntó Teresa, su compañera de piso, cuando volvió de otra búsqueda de trabajo infructuosa.
–No. No contratan a nadie ni en los cafés.
–Tienes un mensaje de una mujer que se llama Bernadetta. Ha dicho que la llames, es posible que sea algo de trabajo…
¿Bernadetta…? Frunció el ceño al leer el mensaje y la llamó. Bernadetta era la jefa de Alice y quien le hizo trabajar como una mula aquella noche en el salón de baile. Quizá se hubiese enterado y estaba llamándola para ofrecerle trabajo. Fue una esperanza vana y muy fugaz porque le bastaron dos minutos de conversación para darse cuenta de que, efectivamente, Bernadetta se había enterado de que la habían despedido y de que estaba hablando con ella solo porque tenía que hacerlo.
–El sultán Jasper me ha pedido que te llame –le explicó Bernadetta. Yo le dije que no sabía si se te podía confiar algo tan confidencial, pero él se empeñó.
–No entiendo
. –Ha pedido a Matrimoni di Bernadetta que organice su boda.
–¿Su boda? ¿Con quién va a casarse?
–Con Aliceb, pero ella no lo sabe todavía.
Bella, completamente atónita, se quedó con el teléfono en la mano.
–¿Con Alice …? –preguntó Bella aunque Bernadetta ya estaba en otra cosa.
–La boda va a ser el sábado en el Grande Lucia. Como eres amiga íntima de Alice, el sultán quiere que estés allí. También quiere que te ocupes de que el sábado esté en casa cuando él la llame.
–¿Ella no lo sabe?
–Es una sorpresa.
Tenía el corazón desbocado. Jasper iba a pedirle la mano a Alice, su Alice.
–¿Significa eso que Jasper es el padre de Lucia?
Sin embargo, Bernadetta no la había llamado para charlar.
–¿Podrás garantizar que Alice esté en casa el sábado?
–Haré todo lo que pueda.
La cabeza le daba vueltas mientras Bernadetta le daba instrucciones. Jaspern, al parecer, había pensado en todo, hasta en proporcionarle una vestimenta adecuada para una boda real.
–Tienes que ir a ver a Rosa. Está haciendo el vestido de Alice y también tendrá algo para ti.
–¿Rosa…?
Rosa sería amiga de Alice, pero sus modelos estaban muy lejos del alcance de ella.
–Todo está cubierto –siseó Bernadetta entre dientes–. Si hay algún problema, dímelo. Tengo que insistir en que no puedes decirle nada a Alice.
–No, claro.
Era una noticia emocionante y asombrosa, pero no podía contársela a nadie. Llamó a Alice, quien sintió mucho que hubiese perdido el empleo y le preguntó si podía hacer algo para ayudarla.
–¿Podrías ayudarme con el currículum? –le preguntó Bella–. No tengo ordenador y lo he intentado en la biblioteca, pero no sé hacer los márgenes.
–Claro, pásate por aquí.
–Me pasaré el sábado –entonces, se acordó de una cosa–. Tengo que ir al médico a las nueve, me pasaré después.
No era mentira, tenía que ir al médico para que le recetara la píldora. Con una boda real el sábado, le habría gustado ser más previsora y haberse tomado ya unas píldoras para no tener el período ese día. La boda sería una ocasión fantástica para olvidarse un rato de los problemas, pero estaba cada vez más desanimada a medida que pasaban los días. Le costaba sonreír e incluso entrar en una boutique muy exclusiva para una prueba privada. Aun así, la sonrisa le brotó más fácilmente cuando, por una vez, se encontró ante tantos vestidos para elegir.
–Este será perfecto para ti –dijo Rosa mientras levantaba un vestido. Era un vestido impresionante de un color gris plateado que le recordó a los ojos de Edward. –Pruébatelo –añadió Rosa–. Y ponte los zapatos para que el efecto sea completo.
Bella entró en un vestidor muy lujoso y se quitó la falda y la blusa. Luego, intentó ponerse el vestido por la cabeza antes de descubrir la cremallera disimulada.
–¿Ya te lo has puesto? –le preguntó Rosa. El vestido era increíble. Tenía una caída preciosa y acentuaba su figura, pero le preocupaba una cosa.
–¿No es un poco excesivo para una boda? –preguntó Bella mientras salía. Sin embargo, Rosa ya había pensado en eso.
–Sí, pero tengo un sobrevestido de chifón que le va muy bien. Iré a por él. ¿Qué talla de zapatos usas?
Bella se la dijo y, una vez sola, se levantó el pelo para decidir si debía llevarlo recogido o suelto. Entonces, se miró la silueta y comprobó que tenía… busto. Evidentemente, Rosa hacía milagros con la tela, pero no podía negarse que su pequeño busto era algo más abundante. Decidió que sería por la píldora.
–Toma.
Rosa le dio una tela clara que Bella se puso por encima del vestido antes de ponerse los zapatos. Era preciosa y daba muy buen resultado aunque restaba un poco de belleza al vestido.
–Estás fantástica –comentó Rosa–. Estoy deseando ver la cara de Alice cuando vea todo lo que ha preparado Jaspern.
–¿Hay muchos invitados? –preguntó Bella un poco más tarde, después de elegir una ropa interior increíble por primera vez en su vida.
–Solo la familia y los amigos íntimos.
Por primera vez, pensó que Edward podría estar allí. Sabía que Jaspern y él eran amigos. Observó a Rosa mientras le envolvía las bragas plateadas y el sujetador de encaje y se juró a sí misma que Edward no vería esas prendas. Sin embargo, aunque normalmente la idea de verlo la habría trastornado, la mañana de la boda se despertó preocupada por algo más que por la posibilidad de verlo. Una vez en el cuarto de baño, después de haberse duchado, intentó sofocar la punzada de nervios que le atenazaba las entrañas porque todavía no le había llegado el periodo.
El estrés podía retrasar esas cosas. Ella no lo sabía con certeza, pero se lo había oído a sus amigas y aventuró esa posibilidad cuando fue a ver al médico esa mañana. El médico se limitó a darle un frasco.
–He tomado la píldora todos los días –comentó cuando volvió con la muestra y el médico hizo la prueba.
–¿La tomas puntualmente?
–Siempre… –Sophie tragó saliva al acordarse de la mañana cuando la despidieron–. El otro día me retrasé un poco, es posible que no la tomara hasta la hora de comer.
–¿El otro día? –el médico frunció el ceño–. Sophie, estás embarazada.
–No me lo creo –Bella sacudió la cabeza–. No puede ser. El médico la examinó y el miedo de ella aumentó. –Diría que estás de unas doce semanas.
–¿Cómo es posible que no lo supiera? Empezó a llorar, pero ese médico era mucho más amable que el de su pueblo y le explicó tranquilamente que algunas mujeres no tenían síntomas.
–La gente comentaba que el uniforme me quedaba un poco estrecho, pero yo no le di importancia.
Tenía que asimilar muchas cosas y salió de la consulta del médico completamente desconcertada, pero tenía que ir a casa de Alice.
–Hola –Alice le sonrió cuando vio los ojos hinchados de Bella –. Conseguirás otro trabajo.
–Pero me encantaba ese.
Prefería que Alice creyera que las lágrimas eran por haber pedido el empleo y su amiga se puso a escribirle el currículum.
–Necesitas una referencia –comentó Alice –. ¿Por qué no me pones a mí? Puedo decir que me has ayudado a organizar algunas bodas.
–Eso no es verdad del todo –Bella suspiró. –Bueno, ¿por qué no me pones como referencia personal por el momento?
Alice hizo que todo pareciera fácil e imprimió varias copias del currículum, pero le pudo la curiosidad y no pudo evitar preguntarle qué estaba haciendo en la habitación de Edward .
–Ah… –Bella se puso a la defensiva–. Entonces, ¿crees que le robé el anillo?
–¡Claro que no!
–Nunca robaría, pero, si lo hiciera, no sería un anillo ridículo con perlas y una esmeralda, serían diamantes.
Alice se rio justo cuando sonó el teléfono y fue a contestarlo. Bella vio que su amiga se quedaba pálida y que se iba al dormitorio para hablar en privado. ¡Tenía que ser Jasper ! Unos minutos después, Alice volvió a salir y dijo que tenía una migraña.
–Te ha llegado muy de repente –comentó Bella mientras Alice la acompañaba a la puerta.
–Sí, es lo que suele pasar.
Prometieron volver a verse pronto y Bella se marchó. Aunque estaba contenta por su amiga, también se sentía tremendamente sola. Alice también era madre soltera, pero tenía un empleo y su madre vivía allí, en Roma. Además, tenía a Jasper . No pudo evitar preguntarse qué esperanza le quedaba cuando no tenía nada de todo eso. No tenía nada, menos el orgullo siciliano, y hasta eso iba a escasearle ese día. Sin embargo, lo intentó. Se arregló y se maquilló más por necesidad que por ganas. Se maquilló poco, pero lo justo para que nadie pudiera darse cuenta de que había estado llorando. Además, y por una vez, llevó el pelo suelto, aunque lo hizo para que, con un poco de suerte, le tapara el rubor cuando entrara en el hotel.
El vestido era maravilloso, pero una vez que sabía que estaba embarazada, le pareció espantosamente evidente. Efectivamente, el busto era más abundante y tenía una ligera curva en el abdomen. Se alegró de poder ponerse el sobrevestido que disimulaba hasta el más mínimo indicio de que su cuerpo había cambiado.
Tomó un taxi, algo que ya era un lujo para ella, paró delante del Grande Lucia y Ronaldo avanzó para abrirle la puerta al pasajero.
–Benvenuto… Ronaldo titubeó y el cálido recibimiento se convirtió en un saludo tenso e incómodo.
–Bella …
–Ronaldo…
Se bajó del taxi y se quedó un instante alisándose el vestido, aunque, en realidad, estaba intentando reunir valor para entrar. Fue hasta la puerta giratoria de latón y entró en el vestíbulo que conocía tan bien. Sin embargo, no le pareció conocido, no oyó su nombre, ni vio las sonrisas y saludos con la mano que solía ver mientras lo cruzaba. Al contrario, todos sus excompañeros fingieron que estaban muy ocupados y miraron hacia otro lado. Sin embargo, eso podía soportarlo, se dijo mientras daba su nombre a la entrada del salón de baile.
Dolían las miradas de soslayo, los susurros y que no le hicieran caso, pero era un dolor soportable. Lo que no podía soportar su corazón era saber con certeza que Edward estaba allí. Lo sabía aunque no lo hubiera visto. Sentía algo por dentro cuando él estaba cerca y podía notar sus ojos clavados en ella cuando volvió a dar su nombre para que la acompañaran a su sitio en la mesa. Estaba segura de que estaba allí. Efectivamente, Edward estaba allí.
Había retirado la oferta por el hotel y habría estado encantado de no volver a pisar ese sitio, pero el negocio era el negocio, como le había dicho a Jasper , y seguían siendo amigos. Por eso, después de felicitar al sorprendentemente nervioso novio, estaba sentándose para esperar a la novia cuando apareció Bella . Estaba impresionante y vio que titubeaba un poco cuando la acompañaron hacia donde estaba él.
–Soy amiga de la novia –le dijo a la mujer que la acompañaba–. Debería estar en el otro lado. Sin embargo, no era una boda como todas las demás y fue a donde la llevaron, lejos de donde habían sentado a la realeza.
–Los plebeyos nos sentamos juntos –comentó ella mientras se sentaba al lado de Edward , quien esbozó una sonrisa tensa.
–Por el momento –replicó él mirando al frente.
Edward decidió que se marcharía en cuanto hubiese terminado la ceremonia. Su olor lo abrumaba, era como si se hubiese derramado un frasco de perfume por encima, aunque sabía que no lo había hecho. Olía a ella misma y tenía que olerlo mientras se sentaba completamente inmóvil a su lado. Entonces, se abrieron las puertas del salón de baile y todos se levantaron. Bella se giró para mirar a su amiga, pero notaba los ojos de Edward clavados en el cogote.
–¡Lo sabías! –le dijo Alice solo con los labios. Bella sonrió e hizo un esfuerzo para no derrumbarse cuando Jaspern besó a la pequeña Lucia. Quería decirle a Edward que estaba esperando un hijo, quería que hubiese esperanza para ellos, pero no la había. En ese momento sabía que no la había habido nunca, que nunca iba a haber acabado bien. Quería estar contenta por su amiga, pero estar en una boda con el corazón hecho añicos y al lado del hombre que se lo había hecho añicos era un infierno personal e insoportable.
Era muy fácil ver que Alice y Jasper estaban enamorados y eso parecía resaltar lo desesperanzada que era su situación.
–¿Cuánto dura la ceremonia? –preguntó él en un momento dado.
–¿Y yo qué sé? –contestó ella. Bella notó más que oyó que él dejaba escapar una ligera risa amarga. Era una tortura de verdad. Sin embargo, Alice y Jasper estuvieron casados por fin.
Cuando los invitados fueron a ocupar sus sitios en las mesas, Bellan miró dónde tenía que sentarse y vio que era al lado de él. Era una tortura que decidió ahorrarse.
–Alice …
Dio un beso a su amiga, le dio la enhorabuena y buscó la mejor manera de decirle lo que tenía que decirle.
–¿Vas a marcharte? –se adelantó Alice .
–Es que…
Se sentía mal. Quizá fuese algo mental porque sabía que estaba embarazada, pero tenía náuseas y se sentía mareada, y completamente fuera de lugar.
–Lo entiendo, Bellan.
Había oído los rumores y, en su caso, le habría parecido espantoso tener que estar sentada al lado de Jasper cuando todo su mundo se había desmoronado.
–Toma –Alice tomó la tarjeta de Bellan de la mesa y escribió algo–. Es el número privado de Jasper , ponlo de referencia.
–No puedo.
–Sí puedes, Bella.
–Lo usaré solo si estoy desesperada.
Se sentía desesperada, pero no por el trabajo. Quería ir a donde estaba Edward y exponerle su situación. Quería decirle que no se había llevado su ridículo anillo y quería contarle lo que había averiguado hacía unas horas. Miró alrededor y lo vio inmediatamente, hablando con una rubia despampanante, o, mejor dicho, ella hablaba con él, quien también miraba alrededor hasta que se encontró con los ojos de Bella . Ella se dio media vuelta y se dirigió hacia los cuartos de baño, pero no llegó. Miró hacia el mostrador de recepción, donde estaba Anya.
Antes, habrían charlado, pero, en ese momento, Anya no la miró a los ojos. También estaba Inga, sacando brillo al latón de las puertas y hablando con Ronaldo. Nadie le hacía caso. Antes, se había sentido como en casa, pero ya no. Se marchó y no fue solo por la boda. Había llegado el momento de que aceptara que no tenía nada en Roma y que tenía que volver a su tierra. Su desaparición no pasó inadvertida.
–Discúlpame –le dijo Edward a la rubia despampanante. No tenía ni idea de quién era esa mujer, pero eso no era ninguna novedad. La diferencia era que, ese día, el anonimato no tenía ningún atractivo. Quería hablar con Bellany saber qué tal le había ido. Quería saber que todo le iba bien para poder marcharse tranquilamente. Sin embargo, no podía encontrarla.
Se sentó y observó que había desaparecido la tarjeta del sitio que había a su lado. Él era como era y ya había comprobado que habían puesto a Bella a su lado. La mesa se llenó, el sitio de ella permaneció vacío y él decidió que quizá hubiese pedido que la cambiaran de sitio. Se dijo a sí mismo que había sido una decisión sensata, aunque no le sentaba bien. Sin embargo, cada vez tuvo más claro que no se había cambiado de mesa, que se había marchado de allí.
–¿Dónde está Bella? –preguntó a la pareja de recién casados cuando terminaron la comida y los discursos.
–Creo que fue un poco excesivo para ella –contestó Alice mirándolo a los ojos–. Le habría resultado muy complicado quedarse cuando todo el mundo la ha etiquetado de ladrona y es motivo de habladurías muy dolorosas. Le agradezco mucho que haya asistido a la ceremonia.
Más tarde, Edward no pudo evitar hablar un rato con Jasper .
–Creo que es posible se haya tratado a Bella con un poco severidad.
–Vaya, ¿tú contratas a ladrones? –Jasper arqueó las cejas, pero captó la preocupación de su amigo–. No le pasará nada.
–No encontrará trabajo.
–Me extrañaría. Acaban de informarme de que voy a ser su referencia.
Si el sultán Jaspern de Zethlehan era su referencia, a Bellan no le pasaría nada. Él podía relajarse y olvidarse de ese desafortunado incidente… pero no podía. Había invitadas muy guapas por todos lados, pero se acostó antes que el novio y la novia… y solo. Además, se despertó antes de que saliera el sol, como hacía siempre.
–¡Adelante! –exclamó cuando le llevaron el desayuno a las seis en punto. Cerró los ojos para que no le dieran conversación. Algunas cosas no cambiaban nunca. Aunque habían cambiado…
–¿Quiere que se lo sirva?
Él abrió los ojos y vio los ojos azules de Inga, la doncella que le caía mal a Bella.
–Largo.
Edward hizo un esfuerzo para dominar la rabia porque había entendido lo que había pasado. Tardó menos de una hora en confirmar lo que había intuido. Estuvo con Dario y Benita mirando cintas de seguridad antiguas.
–Siempre me sirven el desayuno a las seis, menos aquella mañana.
–Lo pidió a las siete –replicó Benita mirando el impreso del pedido.
–No.
Estaba seguro de eso. Lo único que había cambiado había sido el shakshuka, y había acabado estampado contra la pared. El desayuno lo pedía siempre a las seis e Inga se lo había llevado justo a esa hora. Volvieron a sacarlo de la habitación dos minutos después. Bellan no era una ladrona, pero lo más desconcertante era que se hubiese preocupado en investigar para que se hiciera justicia con su doncella.
–¿Recuperará el empleo? –preguntó Edward.
–No la despidieron solo por haber robado –contestó Benita encogiéndose de hombros con incomodidad.
–Si acostarse con los clientes es el criterio para despedir a las doncellas en el Grande Lucia, la tasa de desempleo en Roma va a dispararse. ¿Quiere que le dé nombres? –preguntó Edward en tono tajante. Benita cerró los ojos un momento antes de contestar.
–No hace falta.
–Perfecto. Entonces, ¿va a contratar otra vez a Bella ? Benita asintió con la cabeza y, una hora más tarde, Edward se montó en su helicóptero con la conciencia tranquila… casi. En absoluto
