Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.

Advertencia del autor: Insinuaciones de infidelidad, y sexo. Tuve que bajarle varios niveles al lemon para que no quedara tan morboso. Les recuerdo que los personajes de la Red Ribbon Army son criminales, y trato de caracterizarlos acordemente.


El rumor de la lluvia era ahogado por el bullicio nocturno de los bares y tiendas de conveniencia, de los cláxones y los respingos eléctricos del neón.

A diferencia de la Ciudad Prohibida de Mifan, la Capital del Este bullía pasada la medianoche. Los adolescentes se congregaban afuera de los locales, riendo a carcajadas, abrazándose unos a otros entre el juego y el desenfreno característico de la juventud. Unas latas de licor, unos cigarrillos, colores estridentes y modas estrafalarias; besos y presentes, repartidos en "verdades o retos".

Violeta dibujó una media sonrisa debajo del paraguas antes de entrar a uno de los estrechos edificios, y encaminarse a su piso solitario. Su departamento espartano le dio la bienvenida al prender la luz.

Un maullido de recibimiento era la calidez absoluta en aquella noche de lluvia.

—¿Tú también volviste de una escapada nocturna, eh?


«CLARIDAD»

VII: Engaño

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Un darkfic de Una Aventura Mística

por

Esplandián

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«Engañar al que engaña es doblemente entretenido.»

Jean de La Fontaine


La Universidad de la Capital del Oeste produjo a dos de los grandes genios y lideres mundiales en materia de tecnología e innovación.

El primero era el conocidísimo Dr. Briefs, inventor de las revolucionarias cápsulas Hoi-Poi y fundador de Capsule Corporation. Era la suya una historia de triunfo sobre un estudiante de ingeniería, viviendo en un reducidísimo departamento debajo de unas escaleras, que anhelaba encontrar la solución perfecta de almacenaje para su colección de revistas sucias.

El segundo, el Comandante Red, era el primer inversionista de Capsule Corporation, quien tuvo la visión de diversificarse y fundar el consorcio de telecomunicaciones, industria bélica y subcontratación militar más grande del planeta: la Red Ribbon Army, también conocida como la Armada de la Patrulla Roja.

Ambos hombres eran genios fidedignos, pero a diferencia del Dr. Briefs que era amigable y accesible en toda entrevista —y en general gozaba del cariño del público—, el Comandante Red era sarcástico y desagradable hasta límites criticables.

El público perdona cualquier pecado —ignorancia, soberbia, frivolidad, estupidez—, excepto uno: ser feo, además de tuerto y bajito. Se podía ser una, pero no las tres cosas a la vez. Razón por la cuál su presencia mediática se veía reducida constantemente.

Su baja estatura, su pasado de víctima del bullying escolar, su adicción al tabaco, y su temperamento colérico eran características más adecuadas al perfil de un pintor o un escultor: del tipo que en un arranque envía su propia oreja en un sobre postal a alguna ex-amante; del tipo que muere antes de llegar a los 40 (de sífilis y/o de cirrosis)… Sin embargo, el planeta de un Dios de la Destrucción brilló en su nacimiento, de tal manera que el destino hizo de él no un artista, sino un emprendedor con un buen ojo (¡y sólo uno!) para los negocios.

Su oficina en la Ciudad Capital del Este ostentaba en su arquitectura el estilo Art déco, con su impronta en líneas duras y solidas: pisos de negro granito pulido, mármol, cortinas de terciopelo y oro, y una araña de cristal cortado pendiendo desde lo alto. La monumentalidad de su estudio y galería personal albergaba obras de todos los periodos y artistas, muchas comisionadas por él.

Aunque su vida la dedicaba a la industria de la guerra, era un conocido patrón de las artes.

—Comandante Red, ¡no se mueva!

Ironía que uno de los hombres más poderosos del planeta obedeciera al retratista-cabra que, entre balido y balido, lo mantenía en la inmovilidad necesaria para dar los toques finales a su obra. La realidad es que muy pocos se atreverían a contrariar a una cabra de pupilas rectangulares, especialmente cuándo ésta observa con detenimiento los abismos más profundos del alma humana…

El pintor, con el aire bohemio ensalzado por sus diminutas gafas y barbita de chivo rubio cenizo, hizo una cabriola de felicidad.

—Listo, ¡ya he terminado!

—¿Listo? ¡Déjeme verla, Dr. Goat!

Goat, satisfecho, desmontó el lienzo de su caballete con toda la delicadeza que le permitían sus pezuñas.

—Oh, ¡es maravillosa!

—Muchas gracias, señor—las gracias seguramente vendrían con un jugoso cheque de por medio.

—La dignidad del Comandante Supremo es bien conocida en todas partes—intercedió con zalamería el apuesto, oscuro, y altísimo Oficial Mayor Black. Al contrario de Red, Black era mesurado, paciente, y destacaba fácilmente sin proponérselo. Su porte y prestancia eran tan notorios, que no era extraño que los reporteros lo hicieran sobresalir un poco más en los medios impresos, o en las entrevistas, que a Red.

La sombra que proyectaba sobre el líder supremo lo hacía bullir con furia a la menor oportunidad.

—¿Cuántas veces te he dicho que no te acerques a mi, no lo entiendes?

—Perdone, señor— se disculpó Black, con sumisión.

Desde una esquina, cruzada de brazos, Violeta observa la escena. ¡Le era imposible creer que ese era el decidido segundo al mando que supervisaba a generales, coroneles y otros oficiales de alto rango! Claro que si hubiera reparado en esos detalles con anterioridad, no estaría quebrantada cómo lo estaba…

Descruza los brazos al sentir aquel ojo restante, inteligentísimo, de Red reparando en ella. Él hombre le sonríe como un pirata, o un gánster, o un villano de película a punto de pulverizar a un agente secreto infiltrado en su base.

El Supremo Comandante, ataviado en la regalía militar ecuestre en oro y carmín, tapizado de condecoraciones, con un ojo cubierto por un negro parche, parece un pelirrojo Napoleón moderno después de una campaña: su elección para ser inmortalizado en su reconocida megalomanía.

—Excelente, habrá que preguntarle también su opinión a la dama. Dígame, Coronel Violeta, ¿qué le parece? —sentado en su trono de caoba finamente tallado, le llama con un gesto autoritario de su mano enguantada. Violeta camina con movilidad limitada, a causa de los tacones que lleva. No le interesa la obra, pero una orden era una orden.

Se inclina sobre el Comandante, percibiendo su aliento a tabaco y colonia. Él no se queja de su cercanía, no de la misma forma que lo hace con Black. Le roza la mano apenas cuando le señala los detalles de la pintura. Extraño…

En su honesta opinión, las alturas y proporciones de el Supremo Comandante Red y del Oficial Mayor Black estaban intercambiadas. Violeta no sabía mucho de arte, pero el hombre-cabra había pintado la relación de sumisión y dominación entre esos dos hombres a la perfección. Los deseos de uno, y la opresión del otro…

—Es muy interesante, Comandante—fue lo único que atinó a decir.

—¡Realmente justifica la fama que el Dr. Goat tiene como un gran pintor del arte moderno!

Lo que no justificaba era el precio obsceno de la pintura, que equivalía a los salarios de varios oficiales de alto rango combinados.

—Black, acude a la junta con Tamagoro Katayude cómo acordamos. Yo tengo otra junta más urgente en tres horas y media. Espero a un invitado especial el día de hoy… ¡vete, y escolta al Dr. Goat para recompensarle como corresponde!


A Violeta le hubiera gustado cruzar palabra con Black —aún quedaban algunas de sus pertenencias en su departamento—, pero no había manera sin parecer débil. Ella había tomado una decisión, y no se acobardaría: ya había pedido su transferencia a otra unidad que no fueran las oficinas centrales de la Red Ribbon para evitar la incomodidad.

—Coronel Violeta, necesito que me acompañe el día de hoy en lugar del Oficial Mayor Black. ¡Veo con gusto que vino vestida para la ocasión, con mi sugerencia!

Su "sugerencia" en realidad equivalía a "orden" cuando se trataba del Supremo Comandante Red.

Los tacones eran incomodos, al igual que las medias de seda sujetadas por un liguero de encaje. El qipao verde oliva, bordado por un dragón dorado envuelto en llamas, mandado hacer para la ocasión por su jefe. El vestido estaba lo suficientemente ceñido al cuerpo como para hacerla sentir vulnerable al limitar su movilidad junto con los tacones altos que hacían juego.

—Le agradezco el vestido, Supremo Comandante. No creo que hubiera podido escoger por mi cuenta una indumentaria adecuada para una reunión con el Primer Ministro de Mifan —sí, adecuada si con ello el Ministro la confundía con alguna de las mujeres que ofertaban sus servicios a deshoras, debajo de algún farol o establecimiento dudoso...

Red no tuvo reparo alguno en recorrerle las piernas con una mirada de descaro absoluto. Extrañamente, a ella no le resulto ofensivo tal gesto.

—Creí que le sentaría bien, Coronel Violeta. Es usted una mujer hermosa, si me permite decirlo.

—Me halaga—en realidad, si lo hacía.

—Quería saber exactamente que era lo que había perdido Black con su estupidez. Si sospechaba que era corto de miras, ahora lo confirmo. An Azuki palidece ante usted: hay una amplia diferencia entre una niña y una mujer.

Tal vez, esa fue la primera y última vez que tuvo una reacción genuina con el Comandante Red. Hasta ese momento, lo había visto sólo cómo un hombre acomplejado e iracundo. Ahora se sorprendía siendo seducida por sus halagos, descubriendo la perspicacia de aquel hombrecillo: era un individuo observador e inteligente, con cierto atractivo si se ignoraba su estatura.

—¿Cree que no sabía lo que había entre ustedes dos, Coronel? ¿Entre usted y Black?

Era un secreto a viva voz en los cuarteles. Tenían más de una década juntos.

—«Había» es la palabra perfecta, mi Comandante.

Como lo sospechó, el «mi» antes de «Comandante» pareció turbarlo tanto como su frialdad. Quizá el hombre estaba tomando demasiado en serio la indumentaria de militar ecuestre, con su banda y su regalía, y sus medallas; quizá, amante de los juegos como era, se percató que habían entrado en una partida inesperada. Un «mi» estratégico de una coronel que buscaba ganar la guerra después de la batalla pérdida…

—Leí su solicitud de transferencia también. La aprobaré con gusto. Me siento parcialmente responsable de su situación. No debió ser placentero enterarse por los tabloides.

Inusualmente generoso para ser el Comandante, que fiel a la forma de su crueldad, tuvo que recordarle aquel cuchillo clavado en su corazón.

«Mira, hermana, ¡éste si que se parece a tu novio!»

«Captan a la ex idol An Azuki con nuevo galán: ¡Vé, vé, cohete vé! ¡Vuela hacía su corazón!»

Verlo y negarlo, y desear que no fuera.

—¿Por qué sería usted responsable de los actos de otros, mi Comandante?

—La gala de beneficencia para los niños huérfanos de Isla Papaya fue sólo una excusa para invitar a An Azuki. Le encomendé a Black que cuidará de ella, sin dejarle en claro mis intenciones — aunque claramente le molestaba, no parecía demasiado sorprendido con el resultado—. Al final del día, soy un hombre práctico, y prefiero quedarme con mi mano derecha y dejar tal desliz pasar. Black no es precisamente el crayón más brillante de la caja.

Violeta lo observó largamente: aún en la mediana edad, Red tenía la resignación del adolescente poco agraciado, rechazado tras una confesión a la chica de sus sueños. Sí, era el líder de la Armada de la Patrulla Roja, hombre temido si los había, pero también era un fan de An Azuki: del tipo que sabía su devoción por ella imposible.

El hombre de escasa estatura le evade la mirada, en una mezcla de vergüenza e impotencia. Y al final esa impotencia se transmuta en una cólera callada y latente.

Red toma de su cinturón una daga plateada, finamente decorada, admirando cada detalle. Tenía esa misma expresión absorta que ponía frente a los cuadros y las esculturas que adornaban su oficina, el mismo escrutinio con el que examinaba a sus oficiales.

Él cierra su ojo restante, lo abre de nuevo, y lo enfoca en una estatua blanca de la diosa de la belleza, y el amor lujurioso, que surge de una concha de mar como una perla. Parece extraño el gesto de pudor de una mano de piedra sobre una desnudez rotunda.

—¿Coronel Violeta, sabe lo terrible que es tener una inmensa sensibilidad estética? —se señaló a si mismo con la punta de la daga, erguido en su escasa estatura, como si señalara al peor de los esperpentos—¿El ser consciente de cada imperfección?

Todos sabían de las murmuraciones y las burlas y las bromas dirigidas a la baja estatura del Supremo Comandante. Aunque a Violeta jamás le habían causado gracia.

—Lo ignoro— respondió la coronel en su voz atona. Aunque fuera su jefe, le aburrían sus monólogos dramáticos sobre «estética», «arte», y otras preocupaciones de gente rica.

El líder de la armada con sólo sus dedos hábiles lanzó la daga hacía la estatua de la Venus recién nacida de la espuma: la sola fuerza de su mano logró romper el mármol con un golpe de una fuerza monstruosa.

Violeta no se inmutó ante tal muestra de poderío. El General Blue, ahora transferido a la armada de Mifan, era capaz de cosas mucho más impresionantes…

—Deidad vana es el poder, o la sabiduría, cuando el amor es negado—se lamenta Red caminando de vuelta y sentándose en el trono de caoba tallada—. Coronel, por una vez hábleme honestamente, cómo mujer. Estoy cansado de que todos me adulen… todos excepto usted…

La coronel se mantuvo firme: ¡ahora eso era una espada de dos filos! Realmente al Comandante Red le encantaba la adulación: su frágil ego probablemente no soportaría crítica alguna a cualquiera de sus notorios defectos. Eso era una trampa en toda regla.

—Vamos, Violeta, sé que piensa que me gustan los halagos y la adulación: pero hoy quiero una dosis de verdad. "El Gigantón" de Black tiene su propio harem de mujeres bellas como usted, ¿y yo a nadie? ¿Por qué Kami-Sama no es justo?

«Su propio harem». ¿De modo qué ésta no había sido la primera ocasión en la que Black le engañaba?

Ese comentario final logró turbar a Violeta: una furia gélida y distante le llevaba por fin a encaminarse a tomar una decisión que hasta entonces sólo había contemplado vagamente.

Los signos estaban ahí: el qipao nuevo, los zapatos, el juego de liguero, medias, y ropa interior de encaje para combinar no eran una elección al azar de su Comandante. Cómo tampoco lo era la calculada ausencia de Black…

El Comandante Red quería jugar. Bien.

Violeta no se había movido de su lugar desde que Black y Goat habían dejado la galería y estudio privado de Red. Los pasos que da, moldeados por los tacones, resuenan sobre el piso de granito pulido. Ella se inclina junto a la pila de mármol, y recobra la daga plateada.

La coronel se reincorpora, lo entallado del qipao delimitando la sinuosidad de sus curvas y resaltando sus piernas. Sin pretensiones camina sobre la alfombra roja que conduce a la silla de madera tallada en la que se sienta el comandante.

A una distancia prudente, ella se inclina frente a él, igualando su rostro a la altura del de Red. Con su mano, ofrece la daga argenta al hombre…

—El Oficial Mayor Black no me "tiene". Si Kami-Sama es justo, o no… no veo utilidad de preguntárselo. La justicia la puede ejecutar con sus propias manos.

Red podría jalar la hoja, y cortarle la mano. Sin embargo, él recibe la empuñadura delicadamente y acepta. Vuelve, en cambio, a enfundar la daga.

—El castigo sólo es acorde a la naturaleza del crimen, Coronel—le sonríe torvamente debajo de su bigote—. ¿Le gustaría vengar la traición que sufrimos? ¿Atrás del biombo, en el diván, y mientras me deshago de este traje de utilería?

¡Ese hombre paticorto y pelirrojo en verdad era un diablillo! Seguro tenía todo planeado desde un principio. Probablemente su soliloquio sobre ser rechazado por las mujeres también era parte del acto.

Pero eso no importaba: ¡lo que importaba es que iba a nivelar el tablero de juego con Black! ¡Y con su muy admirado Comandante, ni más ni menos!

Detrás del biombo, ella se desabotonó el qipao en menos de un minuto y se reclinó en el diván cómo esas divinidades desnudas de los cuadros de Red, aunque con más ropa.

Acostumbrada a las barracas, los soldados, y la falta de privacidad, mostrar su cuerpo en paños menores no era nada del otro mundo.

—¿Estamos un poco desesperados, Coronel?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Cuánto tenemos antes de la reunión con el Ministro?

—Dos horas— respondió cortante.

—Bien.

Aún con el uniforme militar puesto, Red la descalzó tranquilamente. Beso los ortejos de la coronel, acarició el empeine…

—Qué desperdicio. ¡Black en verdad es un bruto!

Ella permitió que la recorriera con sus manos gruesas. Era agradable la sensación de esos dedos regordetes deslizandose desde su pantorrillas a sus muslos. Una parte de ella se acobardaba a concretar su venganza, y la otra deseaba borrar con otro cuerpo la huella de Black.

A Red lo devoraba la impaciencia.

Violeta dejó que el qipao resbalara desde sus hombros hasta sus manos, para ponerlo con cuidado sobre la estatua de un sátiro, tan desnudo cómo ahora estaba el comandante frente a ella.

Con parsimonia, fue Violeta quien lo miro tan lascivamente como le fue posible: de entre su vestido colgado en la estatua extrajo un pequeño cuadrado plástico.

La diferencia de estaturas no sería un problema.

Después de atender a la responsabilidad. Ella prosiguió al intentar remover su sostén, pero las manos del comandante la pararon en seco.

—Sólo las estatuas se presentan desnudas.

Esa cercanía era intoxicante —la colonia varonil, y el olor a tabaco—, aquel cuerpo más reducido que el suyo que la presiona contra su solidez. Violeta abrigaba una morbosa inquietud por llevar a un hombre paticorto y tuerto a la cama… más de eso no traicionaba nada…

—¿Siempre es usted tan fría, Coronel?

Violeta, con la punta de su dedo índice, toca el parche de él como un mero desafío. En ese interludio, el deseo físico va en aumento. Ella lo mira con la boca entreabierta, ofreciéndole la mirada, segura que el Comandante confundía el deseo que abrigaba ella de seducirlo por el de un abandono.

«Me gusta, por que no sé que está pensando y sospecho que no quiero saberlo.»

Ella de rodillas, y él de pie sobre el diván antiguo.

«Me gusta, por que se guarda sus opiniones, pero no me adula.»

Pequeño y regordete cómo es, la atrae hacia sí con un corto, pero fuerte brazo. Ella lo permite sin oponer resistencia, dispuesta a olvidar a quien la ha herido.

«Pero me gusta principalmente por que también está dispuesta a cobrar un ojo, por un ojo, por un ojo…»

Ellos: dos amantes despechados.

«…y quiere que duela… y usted y yo, vamos a hacer que duela…»


No fue bueno. Fue menos que mediocre, posiblemente el peor sexo de su vida. Le tomaba con ferocidad esperando que ella no se percatara de su falta de habilidad. Y justo cuando comenzaba a disfrutarlo, a acelerar el ritmo conjunto, escuchó un mugido moribundo a sus espaldas.

Realmente temió que el Comandante hubiera muerto…


Fiel a la forma, siendo el fumador compulsivo que era, Red prendió uno de sus costosos puros.

—¿Le convido uno?

—No, gracias. Estoy tratando de dejarlo—acto seguido, hurgó en su qipao para encontrar una esfera de goma de mascar.

Violeta terminó adolorida, pero de alguna forma estaba satisfecha. Sería capaz de liberarse de Black ahora, pensó: era la revancha que necesitaba sin saberlo, y aunque Red no había sido bueno, sería capaz de olvidarlo también y de seguir adelante.

—¿En qué piensa, Coronel?

—En que me ha dejado sin aliento, Supremo Comandante. He quedado absolutamente satisfecha— recordó haber usado la misma frase con Black numerosas veces, cuándo la afirmación era meritoria.

—Le dije que no tenía porque adularme. ¿Por qué quiere mentirme cuándo jamás lo ha hecho antes? Yo sé que no la satisfice apropiadamente. ¡Puedo hacerlo mucho mejor que eso!

El candor del rojo paticorto le tomó desprevenida.

—De acuerdo—confesó desanimadamente—. No quedé satisfecha. Lo admito.

—¡Ya está! Mi ego no es tan frágil como muchos imaginan. Y bien, ¿qué evidencia dejaremos para que encuentre nuestro buen Oficial Mayor Black?