Nota de traductora: ¡Hola mis amores! Antes de que se vayan a leer de lleno este cap, les comento que el cap 7 fue subido en un momento en el que FF tuvo problemas y no lo mostró, por lo que es posible que se hayan perdido esa actualización. Por lo que les sugiero que lean el cap anterior, y luego vengan a este.

Les mando un abrazo, en especial a la gente de Perú, que sé que está pasando un momento muy difícil. Mis mejores deseos para ustedes.

Y bueno, sólo falta un capítulo más y termino este proceso de traducción tan laaaargo. Así que no queda mucho más por esperar. Besos!


Miroku parecía estar recuperando la consciencia más seguido que sólo despertar, actualmente.

Esta vez, fue una palpitante cabeza que no era extraña, el sofocante aroma del incienso, y el sonido delator de la pesada respiración de Mushin. Cielos, ese hombre necesitaba hacer un mínimo esfuerzo en su estado si no quería morir antes del siguiente cambio de estaciones.

Se frotó la frente de manera irritada, quejándose contra lo que estaba seguro se convertiría en una migraña, y recostó su cabeza, entrecerrando los ojos ante la suave luz. Era su antigua habitación en el templo de Mushin; la reconoció ahora, aunque las persianas habían sido cerradas para ocultar el cuarto casi en la oscuridad, iluminado sólo por velas. Unas usadas exclusivamente en templos y otros sitios sagrados, las identificó como tales, vendidas por su habilidad de calmar el espíritu, y le frunció el ceño a Mushin, quien aún se sentó contra la pared, inclinado hacia el báculo roto que él le había llevado. ¿Qué estaba pensando este hombre?

—¿M-Mushin-sama…?

El monje gruñó desde su ubicación contra el muro, levantando la cabeza al final para mirarlo con los ojos caídos.

—Al fin despierto, ¿hum?

—¿Qué…?

—Te desmayaste —le informó Mushin ininterrumpidamente, volviendo a mirar el báculo después de un golpe —. En el Estanque de Sanación Sagrado, de todos los lugares. Hachi te cargó todo el trayecto de vuelta aquí- con pánico, debo agregar. Se merece un trago.

Miroku frunció el entrecejo.

—Lo que, estoy seguro, puede encontrar fácilmente aquí, por cortesía tuya.

Mushin sólo gruñó a eso, terminándolo que fuese que había estado tratando de hacer antes de mirarlo de frente por completo, los rasgos ocultos en las parpadeantes sombras de la habitación. Le recordó a Miroku mucho al hogar de Kaede, esos últimos días, con Sango, e hizo una mueca, tratando de no pensar demasiado en eso.

El monje mayor trabajó por unos largos minutos, los dedos volando sobre el shakujō en la tenue luz y casi en silencio, hasta que al fin lo puso a un lado y se dio vuelta de cara a él completamente. Sus ojos se encontraron, la mirada de Mushin inquisidora, algo que Miroku soportó sólo unos pocos segundos antes de apartar la vista, inquieto, y su maestro suspiró.

—Creo, Miroku —dijo gravemente —que es mejor que me digas cómo pasó esto.

Y, exhausto, dolorido, sin razón para mentir, y desanimado mentalmente hasta la derrota- Miroku lo hizo.

La historia tomó al menos media hora, según su estimación; omitió sólo las cosas que el Tessou había hecho contra Sango que no eran suyas para contar. Hubiera sido bastante horrible para él decirlas en voz alta, pero incluso si las había visto con sus propios ojos, la forma en la que el Tessou había ido tras ella era claramente personal y algo que él no hubiera sentido correcto decir, aún a Mushin. Esa era una historia que Sango decidiría si contar- o no.

Todo lo demás, sin embargo, lo murmuró en la cercana oscuridad de su habitación, mirando la cara de Mushin alternamente, que se volvía más y más serio a cada minuto, y al suelo.

Al final, terminó, y se fue apagando hasta un silencio amortiguado.

Fue la primera vez que él explicaba lo que había pasado, del principio al fin. Había tenido que detenerse en momentos, juntando los aún ocasionalmente confusos o borrosos recuerdos, y otras veces simplemente para armarse del valor suficiente para seguir, explicando a su maestro cuán terriblemente mal había fallado en detener a un demonio de usarlo como un arma para masacrar inocentes.

Para cuando concluyó, su voz estaba ronca, y apenas miraba aún a Mushin a los ojos. En el silencio, su maestro se recostó con un largo suspiro, aún serio y callado, sin trabajar más en el báculo que había dejado a un lado hacía un rato y ahora sacudiendo su cabeza suavemente al suelo.

—Deberían haberte traído aquí mismo —murmuró tristemente al fin, los ojos aún abajo —. Podría haber hecho un exorcismo- salvándote de un montón de problemas. En lugar de darle la tarea a la chica taijiya… entrenada en exterminar demonios, no exorcizar espíritus… —Sacudió su cabeza de nuevo, y Miroku lo miró con el ceño fruncido.

—Me gustaría pensar que la forma en la que las cosas resultaron no es exactamente como ninguno de notros esperaba —señaló —. Probablemente, fuera su intención traerme aquí; ellos sólo no pudieron.

Aquí, o más seguro, donde Kaede-sama… La última vez que estuvimos aquí, no tuvieron la mejor impresión tuya.

Mushin chasquéo la lengua otra vez, claramente reservándose apenas su opinión para un momento más apropiado.

—Y , ¡deberías haberme dicho, muchacho! —Musitó, mirando justo este lado antes de golpearlo en la cabeza. —Aún no estás en tu sano juicio, ¿es eso? Ir al Estanque Sagrado en esas circunstancias es peligroso, deberías saberlo; nunca te habría enviado si te hubieras explicado. Es probable que sea la razón por la que te desmayaste. Tu Sango mató al demonio, pero nunca se hizo un exorcismo apropiado. Aún había restos de esa cosa en ti- el estanque trató de purificarlos. Deberían haber sido exorcizados de ti primero —Mushin volvió a sacudir su cabeza, gruñéndole —. ¿Qué estabas pensando, Miroku? ¡Deberías saber eso!

Él pestañeó, frotándose la cabeza de nuevo. Mushin estaba en lo correcto, debería haberlo sabido. Conocía que el estanque tenía Fuertes poderes de purificación, y sabía que, a menos que fuera apropiadamente exorcizado y sellado, podía haber algo del Tessou aún aferrado a él. Las almas de los demonios eran extraordinariamente tenaces. ¿Cómo había permitido que eso se le pasara por la cabeza? Maldición, había señales todo el tiempo del espíritu de un demonio aferrándose a él- la repentina desconfianza de Kirara hacia él, recuerdos confusos y bloqueados, la sensación general de enfermedad o de que él estaba mal… era ridículo que no hubiera hecho la conexión hasta ahora, de hecho.

—Yo… Supongo que he tenido mucho en mi cabeza últimamente —masculló débilmente.

Era una excusa terrible, pero no podía pensar en otra razón. Había estado completamente enfocado en Sango desde que el Tessou había sido asesinado- cielos, se sentía como meses atrás. Tanto que había cambiado, y tan rápido. Se sentía como si mucho hubiera cambiado y pasado desde entonces; honestamente, había olvidado que sólo había sido una semana, y aún existía el peligro de que quedaran restos del espíritu del Tessou persistiendo.

Suspirando, sacudió la cabeza a sí mismo y con cuidado se empujó hasta quedar sentado, tratando de enfocarse en algo más que los errores pasado. Se retorció de dolor, agarrándose el pecho de nuevo, aún mirando a Mushin.

—Bueno, ¿y ahora? —Preguntó. —Pasando frío en el estanque, debería purificarlo todo, ¿cierto? —Se las arregló para sonreír con esto, y Mushin rodó los ojos.

—Lo más seguro, pero lo mejor es que pequemos de precavidos, ¿no crees?

Miroku se quejó de nuevo. Así que, tendría un exorcismo al estilo Mushin por el que esperar a futuro. Sabía por experiencia que Mushin de hecho sabía lo que estaba haciendo, o cualquiera de sus exorcismos reales que había hecho no habrían funcionado- pero sólo había visto a Mushin haciéndolos en jóvenes y lindas chicas. Eso no alentaba exactamente su confianza.

—Te daré una o dos semanas hasta que saquemos el resto del demonio: tu cuerpo aún está exhausto de la primera vez en el estanque. Mientras tanto, trabajaré en arreglar tu shakujō. —Entonces, Mushin frunció el ceño, agitando uno de los rotos extremos a él de nuevo. —¿No me dirás que esos amigos tuyos te enviaron solo, simplemente para reparar esto? Ellos parecían extremadamente protectores contigo la última vez que los recibí. No me los imagino dejándote ir sólo justo ahora, Miroku.

Él se avergonzó, las circunstancias de su vuelo hasta allí en medio de la noche regresaron a él de nuevo.

—Ah… bueno… sobre eso, Mushin-sama…

Mushin le dio una mirada y se quejó.

—No saben que estás aquí, ¿no?

—… Nop.

Mushin se quejó otra vez.

—Asi que, ¿me estás diciendo que ese hanyō orejas de perro va a venir a derribar mi puerta en cualquier momento?

Miroku hizo una mueca ante la posibilidad. Dudaba que InuYasha estuviera buscándolo; podía protegerse a sí mismo, después de todo, y ahora mismo, la búsqueda de Naraku y los fragmentos de la Perla de Shikon sobrepasaba todo lo demás. La única que sería impulsada a buscarlo en estos momentos sería Sango- si ella no estaba aún asqueada por lo que él había hecho. Pero Sango todavía estaba herida. Incluso con Kirara, no había forma de que ella fuera tras él al menos por una semana.

Para entonces, planeaba haberse ido hacía mucho.

En lugar de esforzarse y explicarle la no presencia de su grupo ahí, simplemente soltó una carcajada y se encogió de hombros, sacudiendo la cabeza a su maestro.

—Volé aquí en Hachi, Mushin-sama; InuYasha no puede rastrear mi olor.

Mushin lo miró con recelo antes de abandonar el tema- pero, era claro que estaba seguro de que pasaba más de lo que le estaba diciendo. La desconfianza de su maestro era perfectamente acertada, por supuesto; eso no quería decir que tenía que confirmarla. Miroku bostezó y apartó la mirada, frotándose la cabeza de nuevo, escuchando a Mushin retirándose otra vez para nuevamente comenzar a trabajar en su báculo. Un cómodo silencio cayó, permitiéndole a Miroku simplemente recostarse y cerrar sus ojos, relajando su modo a un estado de meditación.

Esperaba que estar lejos de los demás lo ayudara a aclarar su mente; desafortunadamente, era tan difícil para el enfocarse como antes, y se quejó.

Sólo date tiempo, pensó para sí mismo, sacudiendo la cabeza. Sanar de lo que había pasado era un pensamiento irrisorio, pero la distancia que había infundido entre él y Sango la ayudaría.

Eso era lo que importaba. Él simplemente tendría que aprender a vivir con ello.

Eso fue en lo que se dio vueltas por las siguientes largas horas: aprender a vivir con lo que ya no podía tener, incluso si aún anhelaba estar con ella.

Debió quedarse, en algún punto, dormido, porque cuando abrió sus ojos otra vez, Mushin ya no estaba presente, y el anterior dolor de cabeza palpitante había sido reducido a sólo un apenas notorio dolor. Suspiró en la casi completa oscuridad, hacienda una mueca a la insoportable sensación de las aún rotas costillas.

Y entonces, un suspiro que vino de la nada e hizo que su corazón se detuviera.

—Te encontré, bonzo.

Él pudo haber esperado de manera diferente- pero sinceramente tenía la esperanza de nunca escuchar esa voz de nuevo.

Y, ciertamente, no tan pronto.

Miroku lentamente inclinó su cabeza para mirarlo, aún en shock completo y sin palabras.

InuYasha estaba apoyado en la puerta, los brazos cruzados, las orejas sacudiéndose con enfado. Sus ojos destellaron cuando la mirada de Miroku encontró la de él y el hanyō se alejó de la pared, aún mirándolo con el ceño firmemente fruncido en su lugar.

—¿Sabes en cuántos problemas me metiste? Escapando por tu cuenta así… tch —InuYasha sacudió la cabeza y comenzó a caminar hacia adelante, mirándolo con enfado ahora —. Kagome casi me mata cuando me atreví a sugerir que estabas bien por tu cuenta, y creo que Sango estaba a punto de salir tras de ti.

A eso, el corazón de Miroku se saltó un latido, y se sentó erguido con pánico. Él sabía que Sango estaría frustrada y molesta- pero ya, ¡¿hasta el punto de perseguirlo?!

—Ella-Ella no vino, ¿verdad, InuYasha?

Él no respondió al principio, en su lugar sólo se dejó caer suavemente sobre sus rodillas junto a él y observándolo con curiosidad, las orejas sacudiéndose otra vez.

—… No —dijo finalmente, agitando la cabeza —. Kagome la convenció… Estás a salvo si es de ella de quien estás huyendo, Miroku.

La fría, objetiva forma en la que habló… Miroku no pudo evitar apartar la mirada, sus puños tensos y su corazón cayendo como una roca. ¿Huyendo? ¡Él no estaba huyendo de nada! Él estaba tratando de ayudar a Sango, eso era todo.

Cuando dijo tal cosa, InuYasha simplemente se quejó.

—Estás huyendo, Miroku, sin importar si lo reconoces o no. Pero si eso es lo que quieres decirte a ti mismo, entonces adelante.

Lo dijo sin dejar lugar a debate, sin retroceder incluso a la incrédula mirada que Miroku le dirigió, y al final el monje giró su mirada lejos, la ansiedad aumentando. Se movió para empujarse hacia arriba otra vez, las costillas rotas siendo contenidas, y mantuvo su cabeza apartada, mirando hacia el piso. Su boca se sintió seca, por alguna razón, su respiración difícil de encontrar, como si quisiera hablar, pero no pudiera pensar en lo que quería decir, y se mantuvo en silencio.

InuYasha, ¿por qué viniste hasta aquí?

—Mushin nos dijo lo que pasó —el hanyo dijo después de un rato, rascándose con una de sus garras, viéndose tan incómodo como él se sentía —. ¿Te sientes mejor?

—E-Estoy bien —Miroku murmuró, de nuevo, sin mirarlo.

Si era sólo para incomodarme, lo lograste, pero… esa no es la razón por la que estás aquí, ¿no?

—No lo pareciera.

Sango no te envió, no habrías venido… Kagome no lo hizo, no estarías aquí sin ella si fuese el caso… ¿por qué me buscaste, InuYasha?

¿Por qué viniste?

Por fin, se volteó para mirar a su amigo a los ojos.

La muda preocupación que encontró ahí hizo que su intestino se retorciera, y sus puños se tensaran de nuevo.

No me mires así. No me mires como si hubiera algo mal, porque si lo haces, entonces tendré que enfrentar el hecho de que no todo está bien.

—¿Por qué viniste hasta aquí, InuYasha?

Fue el turno de InuYasha de apartar la mirada, con más dignidad de la que él había tenido, quizá, con menos aire de obvia evasión, pero podía ponerle cualquier nombre; no cambiaba el hecho de que el hanyō estaba evitando mirarlo. Estiró sus garras otra vez y tronó sus nudillos en una onda de dolorosos clics sonoros.

—Podría preguntarte lo mismo, ¿sabes?

Heh. Ambos estamos dando rodeos, ahora.

—Mi shakujō necesitaba reparación —devolvió por igual —. Ahora parece ser tan buen momento como cualquiera.

—Y Hachi podría sólo haberlo traído volando aquí sin tu intervención —señaló InuYasha —. Aún habría sido reparado, y Sango no estaría con la mirada como si quisiera asesinar a alguien. Probablemente, tú.

De nuevo. Sango.

InuYasha la estaba mencionando deliberadamente, y, como a propósito, aún su nombre le hacía doler algún lugar profundo en su pecho, estaba funcionando.

—Sango siempre está enojada conmigo, por una razón u otra. Parecido a Kagome contigo, InuYasha.

—No es nada parecido; ¡no me compares contigo! —Gruñó de regreso. —¡Tú haces cosas para cabrearla! Yo sólo hago lo que normalmente y a veces encuentro a Kagome estrellando mi cara contra el suelo a causa de eso.

Miroku sonrió irónicamente.

—Esa es la razón por la que estás aquí, asumo. ¿Kagome?

—Keh —la orejas de InuYasha se retorcieron de nuevo, un indicio de irritación, pero miró con cuidado hacia la puerta para asegurarse de que la colegiala no estaba en ninguna parte a la vista antes de responderle —. Seh. Tal vez… Al principio. Luego, hablé con Mushin… —InuYasha hizo una pausa, mirándolo con extrañeza —No tienes intenciones de volver, ¿verdad?

No era una pregunta.

Y, por la forma en la que InuYasha lo miraba, incluso si Miroku intentara mentir, no lo aceptaría.

—… Sólo me iba a dar unas pocas semanas —murmuró, las manos tensas con ansiedad otra vez —. Necesitaba mi shakujō reparado. Le tomaría a Mushin-sama unas pocas semanas. Y al final de eso, si aún pienso que sería lo mejor para Sango, entonces… bueno, no me encontrarían aquí, y me mantendría alejado —miró a su amigo a los ojos, sin importar cuán difícil era, y se forzó a continuar —. Sí, InuYasha; no habría vuelto.

InuYasha simplemente levantó una ceja.

—¿Qué, sin despedida? ¿Sin desearnos suerte? Pensé que querías a Naraku muerto, también.

Miroku suspiró. Levantó su mano maldita, flexionando sus dedos, mirando como las cuentas sagradas cerradas, se movían alrededor de su muñeca.

—Por supuesto que sí. Pero con los Saimyōshō siguiéndonos a donde quiera que vayamos, no soy de mucha utilidad, ¿no? Mi Kazaana es mi mejor atributo, y sin eso, soy un simple humano. Sin mucho lugar en una pelea contra demonios.

—Todavía parece que lo has manejado bien hasta ahora. Estás poniendo excusas, Miroku.

Excusas. Excusas, excusas, excusas. Por supuesto que lo hacía. Sólo tenía la esperanza de que InuYasha las aceptara un poco más.

Cuando Miroku no respondió, el hanyō suspiró nuevamente y entrelazó sus dedos tras su cabeza, dejando la espalda contra la pared.

—Enfréntalo, Miroku; estás huyendo. De- ¿Qué fue lo que dijiste, porque era lo mejor para Sango? ¡Ja! Suerte de que no está aquí para escucharte decirlo o estarías muerto ahora mismo, Miroku. ¿Mejor para ella? ¿Mejor? ¡Nunca la había visto tan enojada! Y mejor te cuidas de Kirara; aunque Sango te perdone, es probable que esa gata quiera destrozarte la próxima vez que muestres tu cara. Y no esperes que te ayude con eso; tú causaste esto, ¡lo sabes!

Le tomó todo su autocontrol a Miroku no responderle.

InuYasha no había estado ahí, se recordó enérgicamente a sí mismo entre cuidadosas respiraciones sopesadas. Había peleado contra InuYasha al principio, sí. Él había visto la destrucción que el Tessou había causado en esa pobre aldea. Y había estado ahí pocos minutos después de que Sango hubiese matado al demonio y él corriera de ella, incapaz de enfrentar lo que había hecho.

Pero aún no sabía lo que había pasado.

Después de todo, lo que InuYasha sabía que el Tessou había hecho- esos crímenes por sí solos serían lo bastante devastadores para siquiera tratar de vivir con ellos. Pero ir tras Sango en la forma en la que lo hizo; lo que le había hecho a ella- no podía siquiera pedirle a ella que viviera con eso y aún permaneciera a su lado en la batalla o en la vida. Había visto la mirada en su rostro cuando lo vio a su lado… ese instante arrojado de miedo que paraliza el corazón…

Nunca podría pedirle que sufra eso.

¡Si sólo no hubiera agarrado esa maldita espada-!

Más que nada en el mundo ahora, él deseaba nunca haber tocado la espada del Tessou. Nunca siquiera haberla visto. Nunca escuchar el nombre.

Se arrepentía de eso más que de cualquier otra cosa que hubiera hecho nunca.

Aunque, el arrepentimiento no resuelve nada. Estas manos mías estarán cubiertas con sangre de por vida, y aún estas manos hirieron a Sango. Malditas desde el nacimiento, ahora, en más de una forma… Sango ha sufrido suficiente, no quiero incluirla en esta maldición. No quiero obligarla a sufrir sus efectos junto a mí.

Finalmente, Miroku encontró su voz de nuevo.

—InuYasha —murmuró, los ojos cerrados, los hombros temblando del puro recuerdo —. InuYasha, tú no sabes todo lo que pasó. Todo lo que Sango soportó. Lo que ella- lo que le hice a ella… —Se tragó el nudo en su garganta y tensó sus puños de nuevo, temblando con arrepentimiento. —Verme sólo le traerá dolor. Si ese dolor es evitable, entonces- entonces, ¿quién soy yo para obligarla a eso quedándome…? No sabes lo que pasó entre nosotros, InuYasha, no entiendes-

El puño que cayó en la parte de atrás de su cabeza fue inesperado, brutal y, definitivamente, despiadado.

Los dedos de InuYasha se extendieron, las garras clavándose en la parte de atrás de su cuello para mantener la cabeza abajo, aún cuando el hanyō se arrodilló junto a él para gruñir en su oído, la voz bruscamente infundida con tanta ira que dejó a Miroku sin aliento.

—¿Entender, bonzo? ¿Que no entiendo? Así que esa es la razón por la que te arrastraste para esconderte, la cola entre las patas, regodeándote en autocompasión- ¿Que no entiendo, eh, Miroku? ¡No eres tan especial, sabes! ¡Que no entiendo- keh!

El hanyō se alejó tan rápido como había caído, dándole la espalda en un aumento de furia que vino de ningún lado, golpeando sus pies con energía nerviosamente tan rápido que casi se desdibujaban. Estupefacto, Miroku se mantuvo abajo, la cabeza torcida casi incómodamente cuando InuYasha la había forzado, aún mirando la espalda de su amigo con incredulidad.

Si la intención de InuYasha había sido sacudirlo de la autocompasión, porque estaba en lo correcto, eso era en lo que sentía que estaba atrapado, había funcionado.

—Sí. El Tessou le hizo algo a Sango que ustedes dos no nos están diciendo. Lo entiendo… —InuYasha murmuró, aún de espaldas a él. Hizo una pausa por un momento, el pie descalzo aún golpeando. —No tienen que decirnos. Pero no creas que eres el único que lo entiende, Miroku.

Titubeó de nuevo, por más tiempo que antes; el silencio calando hasta que InuYasha recuperó el control otra vez, relajando las sacudidas hasta que estuvo tranquilo, suspirando estremecedoramente, y echando mano a Tessaiga por la empuñadura.

—Te pareces a mí, Miroku —dijo por fin. El hanyō inclinó la cabeza de nuevo, la mano aún en el colmillo de su padre —. Has visto lo que soy capaz de hacer cuando pierdo el control. Podría matar a Naraku- a Sesshōmaru, incluso. Pero a costa de- mí mismo —InuYasha se detuvo otra vez, evidentemente reacio a continuar.

Miroku lo contempló, las difíciles, frías palabras en la quieta oscuridad trayendo de vuelta los escalofriantes recuerdos de cuando una bestia de ojos rojos, rugiendo, que no reconocía a ninguno de ellos como nada más que una presa. InuYasha mantuvo el agarre en la llave que liberaba ese poder dentro de él firme, y el hanyō sacudió su cabeza nuevamente, tenso.

—A diferencia de ti, yo no recuerdo nada de lo que he hecho en ese estado. Kagome no quiere decirme, tampoco. Pero he visto lo suficiente. Estaba cubierto de sangre, había cuerpos por todos lados… la forma en la que todos me miraban… Creo que puedo suponer lo que hice —InuYasha agitó la cabeza un poco, la mano aún en Tessaiga, luego por fin giró su rostro hacia él otra vez. Sus ojos brillaron con firme, inquebrantable determinación, la mirada dorada fija directo en él —. A diferencia de ti, esta cosa aún está dentro de mí. Y lo estará hasta el día que muera. Incluso con Tessaiga, puede aún salir. Todo lo que puedo hacer es tratar de controlarla y decirles a todos ustedes que corran. Pero ustedes no lo harían, ¿no? Se los he dicho antes- y en cada ocasión, se quedan. Aún sabiendo que fácilmente podría matarlos.

InuYasha siguió mirándolo hacia abajo, la pesada mirada inflexible en la danzante luz del fuego.

—Todos ustedes toman la decisión de quedarse. Incluso cuando les digo que corran. Kagome me dijo que la heriría más huir que cualquier cosa que pudiera hacerle en ese estado… Imagino que es así como Sango se siente ahora mismo. Tú huyendo la lastima más que cualquier otra cosa, Miroku.

Ante esas severas palabras, Miroku no pudo evitar encogerse de dolor, e InuYasha le dio un simple asentimiento tenaz

—¿Duele, escuchar eso? Bien. Debería —el hanyō caminó hacia adelante sin detenerse y se dejó caer suavemente sobre sus rodillas frente a él, agarrándole el hombro con firmeza cuando trató de apartarlo —. Tanto tú como yo hemos aprendido a vivir con cosas que hicimos cuando no podíamos controlarnos o detener al demonio obligándonos. Pero huir no es la manera de hacerlo, Miroku. No es nuestro lugar decidir si es demasiado peligroso o doloroso para los demás lidiar con eso; si quieren enfrentarlo, entonces no tenemos el derecho de detenerlos. He tratado de decirle a Kagome más veces de las que puedo contar que debería irse, antes de que resulte seriamente herida o asesinada, ya sea por Naraku o por mí. No quiere. He tratado de decirle que debería irse, porque verme con Kikyō la lastima y… no puedo olvidar a Kikyō. Aún así, ella no quiere. No puedo entender porque cree que valgo su dolor pero- lo hace. Es su elección. —InuYasha se detuvo, respirando pesado, y cerró los ojos por un momento, el lamento brillando como nada más. —… Es su elección. Así como es la de Sango. Sea lo que sea lo que el Tessou le hizo que no nos están diciendo, aún te quiere junto a ella. Huye si quieres, Miroku- pero no te mientas a ti mismo y digas que es por ella.

Habiendo dicho lo que tenía que decir, InuYasha se levantó de nuevo y dio vuelta su espalda para salir por la puerta, dejando a Miroku agachado detrás de él, aturdido.