Capítulo VIII
Candy observaba pasmada a aquel misterioso joven, por algún motivo su rostro le recordaba al del príncipe de los cuentos a pesar de portar con una corona. Fue entonces que no puedo evitar preguntarle quién era.
-¿Quién piensas que soy? –Respondió él devolviendo la interrogante.
-Tal vez he formulado mal mi pregunta, lo que quiero saber es ¿por qué estás aquí?, ¿acaso no sabes que esta es la propiedad de la familia Lagan? ¡Tendrás graves problemas si te ven!
-Tranquila, pequeña –Dijo el muchacho –No pensé en causar un lío. Creo que en estas circunstancias lo mejor que puedo hacer es presentarme. Mi nombre es Albert y solo paseaba por aquí.
Albert extendió su mano hacía la chica, quien la estrecho con la suya con cierto temor. Éste se quedó esperando a que ella también procediera a hacer su presentación, pero al ver que no obtenía respuesta decidió alentarla:
-¿Y tú eres?
-¡Ah! Soy Candy –Contestó volviendo en sí.
La chica se detuvo en las ropas mojadas del muchacho y sin dudarlo se quitó el delantal para tratar de secarle el cabello, aunque evidentemente aquello no sería suficiente para ayudarlo. Él solo se limitó a detener a la chica intentando tranquilizarla un poco, después de todo Albert era el más descuidado.
-Déjalo así, descuida. Al final esto ha sido mi culpa, no fue tu inten…
Las palabras de Albert fueron interrumpidas súbitamente por un gran estornudo, lo cual alarmó más a Candy.
-No puedes quedarte así, ya estás cogiendo un resfriado.
-Solo es el frío –Explicó Albert –Si voy a casa y me cambio de ropa estaré como nuevo en un dos por tres.
-Al menos ven conmigo –Le replicó Candy –Tal vez podríamos darte algo caliente en la cocina y te sentirás mejor.
-¿A un desconocido? –Le interrogó Albert sorprendido –Eso podría traerte problemas, ¿no crees?
-No importa, tú necesitas entrar en calor antes de que te resfríes –Agregó Candy mientras lo tomaba del brazo para llevarlo dentro.
Albert se frenó en seco y Candy volteó el rostro hacia el joven, fue entonces que comprendió que este en realidad no quería entrar a la mansión, ella simplemente le dedicó una de sus mejores sonrisas y él la devolvió en señal de agradecimiento por su preocupación. Ella pudo percibir un ligero aroma a rosas en el ambiente, pero no estaba segura si aquel perfume provenía de la persona frente a ella.
Aquello fue interrumpido por los gritos de Natasha a lo lejos, Candy se había retrasado en sus labores nuevamente, no quería que sus compañeras se enfadaran de nuevo con ella o que la vieran como una holgazana, corrió por la cubeta que había dejado en el suelo para llenarla. Al notar lo que la rubia intentaba hacer, Albert se apresuró para ayudarle a sacar agua del pozo.
-Te lo agradezco mucho –musitó Candy agachando la mirada.
-Esto no es nada –respondió él haciéndola levantar el rostro con una de sus manos –Solo quiero pedirte un favor: No le digas a nadie que me viste.
-¿Por qué?
La cabeza de Candy comenzó a hacerse una serie de supuesto en torno a Albert, como que era un ladrón o un fugitivo, claramente estaba ocultándose. El rubio se dio cuenta por la expresión de la chica, que no estaba pensado nada bueno en torno a él.
-Descuida, no es nada malo –Se rio él –Solo estoy tratando de disfrutar mis últimos días de libertad antes de que me metan para siempre en una jaula.
-¿Una Jaula? –Se sobresaltó la joven
-Bien, no fue la mejor manera de decirlo –Musitó Albert un tanto tenso –No cometí ningún delito, solo quiero disfrutar del aire, el canto de las aves. Vivir a mi manera.
Candy escuchó atenta las palabras de Albert, por un instante no pudo evitar sentir envidia, ella no sabía si alguna vez podría disfrutar de su libertad. Al fondo la voz de Natasha se volvía cada vez más cercana a ambos, Candy levantó la cubeta y comenzó a caminar mientras les respondía al llamado de Natasha. Antes de que Natasha apareciera en escena, Albert ya había desaparecido, ni siquiera Candy se dio cuenta del momento en que él se fue, sin duda para ella aquel encuentro había resultado verdaderamente peculiar.
A pesar de la visita de la tía abuela Elroy, el día había sido muy atareada para Candy y sus compañeras, llegada la noche todas entraron al dormitorio completamente exhaustas por limpiar los inmensos ventanales de la segunda planta. A pesar de ello, Candy aún tenía la energía para tratar de leer unas cuantas páginas del libro de Terrence, llevaba varios días varada en la obra de Romeo y Julieta y moría por saber lo que pasaba.
-¿Cómo puedes tener ganas de leer? –Le cuestionó Natasha –Además estás leyendo a Shakespeare, es mucho más interesante si ves la representación en teatro.
-Es que es una obra muy hermosa –respondió Candy –Nunca he visto una representación en teatro en vivo, pero en mi imaginación la obra es tan perfecta.
-Es tedioso igual –Dijo Natasha -yo tuve la oportunidad de ver una obra de Shakespeare protagonizada por Eleanor Baker.
-¿Eleanor Baker?
-¿No la conoces? Es una de las mejores actrices del Reino Unido: Muy bella y talentosa, todo ícono -Concluyó Natasha -Por cierto, ¿de dónde has sacado ese libro? Esta encuadernado en piel.
-Es que es un libro prestado, es de un amigo –Contestó Candy con un ligero rubor en sus mejillas, la imagen de Terry pasó por su cabeza brevemente haciendo que su pulso se acelerará repentinamente.
-¿Amigo? –Inquirió Natasha –Tu cara me dice que es muy especial, no será que es el muchacho que te gusta.
-Era broma –Dijo Natasha arrepentida de sus palabras –Iré a cambiarme.
Candy observó a la joven sorprendida, ¿cómo podía concebir semejante idea? La muchacha nunca se había sentido atraída por alguien de esa manera, ciertamente, en los últimos días pensaba mucho en Terry, cerraba los ojos y ahí aparecía, el aroma de los narcisos que desprendía la acompañaba frecuentemente provocando una sensación cálida que inundaba su corazón, a veces creía que se le saldría del pecho y en otras ocasiones se le dificultaba la respiración.
Si estaba enamorada de Terry, aquello solo le traería melancolía, pensaba que sus mundos eran diferentes, él era hijo de un noble inglés y ella sería una sirvienta por el resto de su vida, la cenicienta solo era un cuento de hadas. Además Terry seguramente no gustaba de ella, le dijo que le parecía bonita, no obstante eso no implicaba un sentimiento romántico hacía ella.
Natasha apagó la vela sobre la mesa para poder dormir, Candy se quedó paralizada un momento abrazando el libro contra su pecho, de pronto las lágrimas inundaron sus ojos, quizá la mejor manera de olvidar ese sentimiento era no volviendo a ver a Terry y evitar evocarlo en su memoria. Justo cuando repasaba aquella idea, Diana apareció, lo mejor era disculparse con ella y no regresar, sí, aquella muchacha había sido verdaderamente bondadosa, ¿qué podría hacer?
Unos días más tarde llegó el ansiado día libre para Natasha, Christa y Candy. Las tres jóvenes tenían planes para aprovechar el tiempo libre, en especial Candy, quien al fin tenía la ansiada oportunidad de visitar a Diana para aclarar la razón por la cual no asistió a tomar el té con ella. Natasha le insistió varias veces para que la acompañara al pueblo a dar un paseo sin conseguir convencerla, por suerte Christa sí accedió y tendría con quien disfrutar su descanso.
Candy corrió directo a la villa de la familia Grandchester, en el trayecto no hizo más que repasar lo que diría Diana a su llegada, únicamente pretendía ver a Diana, quería evitar a toda costa toparse con Terry ese día. Candy detuvo su carrera recordando que Terry acudiría al campo de narcisos, ¿por qué diría aquello?, ¿él estaba ahí ahora?, ¿y si todo este tiempo la estuvo esperando? Entonces reprimió todos aquellos delirios en su cabeza.
"Es absurdo, Candy. No habrá nadie ahí", pensó y continuó corriendo rumbo a la villa.
Candy no imaginaba las veces que Terry acudió al campo de narcisos con la esperanza de verla, ciertamente sus palabras fueron un tanto ambiguas, sin embargo consideraba que todo había quedado claro, lo que en realidad trató de decir fue: "quiero verte en el campo de narcisos".
Mientras tanto, Diana y Terry se encontraban dentro de su biblioteca repasando sus estudios, ya que muy pronto llegaría su profesor de latín para impartirles clase.
-¿Crees que deberíamos ir directamente a la mansión de los Lagan? –preguntó Diana con un gesto de desagrado
-Prefiero venir a esperar que cruzar palabra con esas personas tan desagradables
-No tenemos opción –Suspiró Diana -¿Qué tal si la han echado y nosotros aquí perdiendo el tiempo?
-¿Por qué te preocupa tanto?
-¿Por qué te preocupa a ti? –Inquirió Diana – ¿Sabes? El otro día te vi en el salón recitando Romeo y Julieta
-¿Y eso qué? Tu sabes perfectamente que me gusta el teatro –Alegó Terry cambiando la mirada hacía el frente.
-Ese no es el punto, más bien me refiero a tu manía de escribir en los márgenes de los libros –Continuó Diana- Después de que te fuiste tomé el libro y juraría que en uno de los márgenes del libro estaba escrito el nombre de Candy.
-No sé de qué me hablas –Terry tragó saliva –leíste mal.
-Te sonrojaste y eso es muy sospechoso –puntualizó Diana.
Candy se encontraba a las afueras de la Villa Grandchester, llamó varias veces, pero nadie salió a abrir la puerta. Decidió caminar hasta la pared que trepó la primera vez para entrar a la sala de música, entendía que entrar en la casa sin permiso estaba mal y que le traería graves problemas, pero quería hablar con Diana, seguramente la comprendería.
De un saltó llegó a la terraza y camino despacio para atravesar las blancas cortinas ondeadas por el viento, pero cual sería sus sorpresa al darse cuenta de que no estaba en la sala de música, sino en una recámara. Se había equivocado de ventana.
Candy giró sobre sus pies decidida a retirarse completamente avergonzada, no obstante el viento hizo de las suyas y tiró unos papeles que yacía sobre un escritorio. La muchacha se agachó para recolectar cada trozo de papel en el suelo, justamente entre ellos se encontraba una foto de una mujer muy bella, tal vez se trataba de una actriz, ya que la foto estaba autografiada y dedicada:
-"Con todo mi amor para mis hijos Diana y Terrence… Eleanor Baker"… La actriz, pero Diana dijo que…
Justo cuando Candy empezaba a atar sus cabos la puerta ante ella se abrió dejando ver a Terry, éste estaba tan impactado como ella, mas aquella expresión se tornó sombría al notar lo que la muchacha sostenía entre sus manos, la foto de su famosa madre Eleanor Baker. Sin dudarlo el joven caminó directamente hacía la chica para arrebatarle la foto.
-Es que yo me equivoqué y… -intentó explicar Candy completamente pálida.
Terry no dijo nada, solo hizo pedazos la foto ante los ojos de Candy.
-Terry, no quise… -agregó Candy con voz temblorosa, él rostro de Terry no era el mismo que recordaba.
El muchacho la jaló del brazo con fuerza atrayéndola hacía él:
-¡No te atrevas a contarle a nadie! –Le amenazó Terry – ¡Si hablas te juro que lo lamentarás!
En ese momento Candy comenzó a llorar aterrada, el ver las lágrimas de la chica hizo que Terry entrara en razón, le había hecho algo horrible, ella no era culpable. Poco a poco deshizo el agarre y la muchacha quedó libre.
-Discúlpame –murmuró Terry echándose para atrás.
-No le diré nada a nadie, te lo prometo –dijo Candy tratando de contener el llanto y sin decir más salió de la habitación por la ventana.
Mientras Candy trepaba hacia la pared alcanzó a ser vista por Diana, quien la llamó insistente sin conseguir que la chica le dirigiera siquiera la mirada.
