Capítulo 9


A la mañana siguiente, tras una noche de frío intenso que casi heló a las mujeres, y durante la cual Iramet no dejó de quejarse por el poco abrigo que tenían, las tres continuaron su camino.

El hecho de tener dos caballos les facilitaba la tarea y, aunque en el trayecto se cruzaron con otros idiotas que intentaron arrebatárselos, para su suerte, no lo consiguieron.

Sakura, experta en ciertas lides, y ayudada por Iramet, que resultó ser ingeniosa, una vez doblegaron a aquéllos, que quedaron inconscientes en el suelo, sin dudarlo se hicieron con sus dagas, un caballo, sus ropas, sus arcos y sus espadas. Y también con un mapa. ¡Lo necesitaban para sobrevivir!

Una vez se alejaron de aquellos maleantes a toda prisa, no pararon de cabalgar durante un buen rato y, cuando finalmente lo hicieron, Iramet murmuró horrorizada:

—¡Esos hombres morirán congelados!

Shizune y Sakura se miraron, y entonces la segunda, bajándose de su yegua, sentenció:

—Quien la hace la paga.

—Pero... pero... ¿no te dan penita? —insistió la joven.

La pelirosa sonrió y respondió recalcando la última palabra:

—Ninguna penita.

—Pero ellos...

—Eran ellos o nosotras —la cortó—. No hay más que hablar.

Shizune se bajó del caballo que les habían robado a aquellos hombres y murmuró al ver un lago:

—Voy a bañarme de nuevo. No soporto mi hedor.

Las chicas asintieron, Shizune tenía razón. Y no era sólo su olor, sino que su apariencia seguía siendo desastrosa, y, sin dudarlo, comenzaron a desnudarse.

Por suerte, el sol de la mañana calentaba lo suficiente como para asearse y secarse después.

Tiritando de frío pero satisfechas, las tres se bañaron. Sakura se frotó la piel dolorida. Necesitaba deshacerse del olor a sangre seca, a caballo, a suciedad, a podrido..., y, con brío, se frotó y lavó su corto cabello. No le importó que le dolieran las marcas de los tobillos y las muñecas. Necesitaba sentirse limpia y segura. Eso la haría coger fuerzas.

Cuando, minutos después, Shizune salió corriendo del lago para secarse con una de las mantas, Iramet cuchicheó haciendo un puchero:

—Mis manos... están ásperas, ajadas..., mis uñas negras, y mi cabello indomable.

Sakura sonrió, a ella esas cosas no le importaban. Entonces, la rubia, quitándose un pequeño anillo doble que llevaba en la mano, le pidió:

—Toma. Sujétalo.

Ella lo cogió, mientras Iramet se frotaba las manos con el agua. Con curiosidad, observó aquella joya que se separaba en dos. Eran dos finos anillos con dos piedrecitas en color verde azulado, el mismo color que el de los ojos de la rubia.

—Son muy bonitos —comentó.

Iramet, al ver a lo que se refería, asintió y, omitiendo quién se lo había regalado, dijo:

—El colgante que llevas tú es muy bonito también.

Al recordárselo, Sakura se tocó el cuello con mimo. Allí estaba aquello que su hermana Tenten le había regalado, lo que ella llevaba por las dos, y afirmó con cariño:

—Este colgante es muy especial para mí. Mi amuleto de la suerte.

—Es precioso —afirmó admirando el fino colgante rojo.

En silencio estuvieron durante unos instantes, hasta que la rubia, cogiendo los anillos que aquélla le sostenía, indicó:

—Quédate con uno.

Sakura negó de inmediato con la cabeza. Aquella joya era fina y delicada, algo que ella no sabría lucir. Pero Iramet insistió:

—Por favor. Te debo tantas cosas que...

—No me debes nada —murmuró ella al oírla.

La joven, con los dos anillos en la mano, añadió:

—Te debo la vida, y eso nunca lo olvidaré.

—No exageres.

—No exagero. Si no llego a encontrarte en mi camino, ya estaría muerta y seguramente comida por los animales del bosque. ¡Ay, Dios..., qué horror! Qué terrible manera de morir, aunque..., bueno, que te mate un hombre y te descuartice tampoco es una forma agradable...

Sakura sonrió. Le gustara reconocerlo o no, aquella muchacha en cierto modo llevaba razón.

—Insisto. Coge uno de los anillos y póntelo —dijo Iramet—. Para mí será un honor que aceptes mi obsequio. Será nuestro anillo de la amistad.

—¿Anillo de la amistad? —se mofó Sakura.

La rubia afirmó con una sonrisa y, cogiendo las manos de aquélla, musitó:

—Las tienes destrozadas.

—Lo sé —asintió la pelirosa.

—Siempre he deseado tener una hermana —comentó a continuación Iramet—. Y, ahora que te conozco, no tengo duda de que me habría encantado que fuera como tú.

Esas palabras le llegaron al corazón a la joven vikinga, cuando aquélla, sin soltarle la mano, se la llevó a los labios, la besó y murmuró:

—Sakura..., aunque todo lo soluciones matando y yo no entienda por qué no dialogas antes de hacerlo con las personas, a partir de este instante eres mi hermana. Prometo, si tú me lo permites, enseñarte a ser dulce y sosegada, a la par que femenina y seductora.

La pelirroja parpadeó. ¿Para qué necesitaba ella aprender eso? Pero, al sentir que Iramet esperaba algo, se llevó la mano de aquélla a sus labios y, besándola, afirmó:

—Iramet..., aunque me desespera que sólo te preocupes por tu cabello, seas torpe y llorona y no entienda cómo no sabes hacer absolutamente nada para protegerte, a partir de este instante eres mi hermana. Prometo enseñarte a ser guerrera y valiente.

Y, según dijo eso, la joven rubia gritó emocionada:

—Ay, Dios... ¡Muero de amor!

—¿Qué? —preguntó Sakura mirándola.

Iramet, emocionada y excitada por aquello, abrió mucho los ojos y cuchicheó abrazándola:

—Es una manera de decir que me encanta, que me gusta, que me complace mucho... mucho... mucho... ¡Oh, qué feliz soy!

Sakura meneó la cabeza. Sin duda, aquella muchacha era rara, pero sonrió. Iramet la hacía sonreír.

Una vez se soltaron, la rubia, feliz, volvió a tenderle el anillo, y ella cuchicheó mirándolo:

—Es demasiado delicado para mí.

Iramet movió el cuello con gracia.

—Tú eres delicada a la par que guerrera valiente, y ahora éste será nuestro talismán de hermanas. Nunca lo olvides.

Eso la hizo sonreír nuevamente. Nunca se había visto como una mujer delicada. Por sus vivencias, siempre había tenido que mostrar su fortaleza más que su femineidad. Pero, mirando con cariño el fino anillo que aquélla le tendía, lo cogió, lo colocó en su dedo y, sonriendo, afirmó consciente de que ahora llevaba dos joyas muy especiales para ella:

—De acuerdo. No lo olvidaré..., hermana.

Permanecieron en silencio unos segundos, mientras aquélla, con delicadeza, se lavaba el cabello, hasta que, al recordar algo, Sakura preguntó:

—¿Por qué te enfadó ayer que aquella tabernera te llamara fea?

Al oír eso, la muchacha respondió mirándola:

—Porque mentía. No lo soy.

Boquiabierta por su seguridad, Sakura rio. Iramet la hacía reír, y murmuró:

—¿No crees que eso es tenerte en demasiada buena consideración?

La rubia pestañeó.

—Es que me tengo en buena consideración. ¿Tú no?

—No —musitó ella.

—¿Por qué?

Sakura, a quien mostrarse bella nunca le había preocupado, repuso encogiéndose de hombros:

—Porque no creo ser una mujer que atraiga miradas.

Iramet suspiró. Aquella joven que tenía frente a sí era bonita, agraciada, algo que ella parecía no querer saber, pero, olvidándose de eso, insistió:

—En mi caso, todo el mundo que me conoce dice siempre que estoy dotada de una linda hermosura a la par de un increíble cabello... ¿Por qué dudarlo?

Divertida, Sakura asintió.

—Pues tienes razón. Eres bella y tu pelo es hermoso. ¡Que nadie te diga lo contrario!

—Tú también lo eres.

La pelirosa sonrió. En su familia la bella siempre había sido Tenten. Tan castaña, tan nórdica, tan bonita. Tenten era perfecta. La chica más perfecta que ella nunca hubiera conocido. Se disponía a decir algo cuando Iramet indicó:

—Eres bonita, Sakura. Pero no deberías volver a cortarte el pelo así.

La joven asintió e, instintivamente, se tocó el cabello. En los dos meses que habían pasado desde aquel día había crecido y ahora le llegaba casi por los hombros. Al ver que aquélla iba a seguir preguntando, se le adelantó:

—¿De dónde eres, Iramet?

Sin esperarse esa pregunta, la joven se mojó la cara con cuidado, y Sakura insistió:

—¿Dónde está tu hogar?

La sonrisa de la joven se esfumó y, tras pensar con rapidez, indicó:

—En las Tierras Altas.

Sakura, al ver su gesto, supo que ocultaba algo, y añadió:

—Apenas te conozco ni sé nada de ti, a excepción de que te llamas Iramet, montas un caballo soberbio, no sabes luchar, te asustas con facilidad y te enfadas cuando te dicen que no eres bella. Pero lo que sí sé es que tú no te has criado en una granja como yo, ¿verdad?

Iramet parpadeó y, estirándose, cuchicheó:

—¿Y qué te hace creer eso?

Sakura cogió su fina mano, la puso junto a la suya y musitó:

—Tu mano. Mi mano. ¿Ves la diferencia?

Con coquetería, Iramet las miró. La suya, en comparación de la de aquélla, estaba cuidada, y, entendiendo la diferencia que Sakura le señalaba, afirmó:

—Vale. Tienes razón.

La joven pelirosa asintió y a continuación preguntó:

—¿Tu apellido es...? —Esperó a que aquélla completara la frase, pero, al ver que no lo hacía, sin entender qué ocultaba, la animó—: Vamos..., cuéntame. ¿Qué escondes? Dime quién eres e intentaré ayudarte.

Iramet suspiró, y Sakura, que escondía sus propios secretos, insistió:

—Comienza contándome cómo caíste en manos de esos hombres.

Pensar en aquel momento no era fácil, y, tirando de inventiva, la rubia empezó a decir:

—Me... me... y, bueno..., entonces... yo..., pues...

—De acuerdo, Iramet, no me cuentes mentiras —replicó Sakura y, mirándola, exigió—: Pero si me dices de dónde eres, te podré llevar hasta allí.

La joven lo pensó. ¿Qué debía hacer?

Regresar a su hogar era lo último que deseaba, por muchos motivos, y, recordando algo que el highlander de los ojos bonitos había dicho la noche anterior, afirmó:

—Stirling. Soy de Stirling.

—¿Seguro?

La joven pestañeó y, con un gracioso gesto, asintió.

—Sí. Por supuesto.

Sakura sonrió, cuando aquélla contraatacó:

—Ahora me toca a mí preguntar.

—¿Por qué?

—Porque yo también quiero saber y soy tan curiosa como tú. Sólo sé de ti que te llamas Sakura, que viajas con tu madre, tienes una yegua maravillosa, luchas como el más cruel guerrero, no temes a nada y matar no te asusta.

Se miraron. Ambas sabían que escondían cosas, y Iramet preguntó:

—¿Quiénes eran los hombres que nos atacaron anoche?

Sakura se encogió de hombros, y la rubia gruñó:

—Cuando me empujaron, dijeron que venían a por una tal Haruka, que se hacía llamar Sakura, para llevarla ante su marido. —La aludida compuso una expresión de desconcierto, y Iramet apostilló—: Mira... mira..., algo en mí me dice, a pesar de lo torpe que me consideras, que esa mujer eres tú.

Sakura no contestó, e, intentando que las afirmaciones de aquélla no le afectaran, con todo el disimulo y la tranquilidad que pudo, respondió:

—Mi nombre es Sakura y no tengo marido. No sé de qué hablas.

Iramet vio cómo desviaba la mirada y asintió.

—Mientes muy mal.

—Mira quién lo dice —se mofó ella.

Consciente de que ambas mentían, Iramet indicó levantando el mentón:

—Pues hasta que te sinceres conmigo yo no lo haré contigo. Por tanto, y molesta por tu falta de confianza hacia mí, no te volveré a hablar. ¡Enfadada estoy! Cerraré la boca y no diré nada más hasta que me cuentes la verdad. Y que sepas que, por defenderte, mira qué moratón más terriblemente feo que tengo en el brazo. Uis..., lo que duele.

Sakura miró el cardenal que aquélla se tocaba. Estaba rojo carmesí. El golpe recibido debía de haber sido fuerte, y eso le dolió.

Durante un rato, ambas estuvieron en silencio en el agua. Sakura, dolorida por los golpes recibidos el día anterior, se lavó con mimo el cuerpo y el pelo,
mientras Iramet profería ruiditos y hacía grandes esfuerzos por no hablar.

Eso le hizo gracia a la pelirosa. Jugar al juego del silencio con ella era sinónimo de perder, y, cuando Iramet no pudo más, preguntó:

—¿Quién te enseño a luchar así?

Al oírla, Sakura la miró y musitó con mofa:

—¿No decías que no me ibas a hablar más?

Iramet sonrió y, meneando la cabeza, respondió:

—No puedo estar callada. Me angustio si no hablo y me comunico.

A Sakura le hizo gracia su franqueza. Sin saberlo, Iramet le recordaba en ciertos aspectos a Tenten, y, viendo cómo la miraba a la espera de que contestara a su pregunta, explicó:

—Mi padre. Mi padre me enseñó a luchar.

—¿Tu padre?

Sakura asintió y, tocándose la herida que se había hecho el día anterior en la frente, preguntó:

—¿Se ve muy abultado?

Iramet lo miró horrorizada. Si ella tuviera eso, no sabría dónde meterse. Y, gesticulando, respondió:

—Sólo un poquito.

La respuesta no concordaba con su gesto, pero, sin darle mayor importancia, Sakura prosiguió:

—Mi padre siempre pensó que todos sus hijos debían saber defenderse ante cualquier eventualidad. De ahí que sepa luchar así.

La rubia asintió y, necesitada de saber más, la presionó:

—¿Y dónde están ahora tu padre y tus hermanos?

Esa pregunta le dolió, responder dónde estaban ahora le resultaba terrible, cuando Iramet, consciente de cómo se había entristecido su expresión, insistió:

—¿De dónde eres realmente?

Al oír eso, Sakura la miró. Y, antes de que pudiera responder, la rubia apostilló:

—Y no me digas que de Aberdeen o de Portree, porque no te voy a creer. No soy la mujer más lista del mundo, pero, querida Sakura, tampoco soy la más tonta, y tengo oídos, ojos e intuición.

—¿Intuición?

—Sí. Intuición —repitió aquélla con picardía.

Con una triste sonrisa, la pelirosa asintió.

Iramet era menos inocente de lo que en un principio había creído, pero también sabía que, si decía la verdad, podía traerle problemas.

Dudó qué responder, hasta que finalmente dijo:

—Soy de Noruega. Concretamente, de un sitio llamado Ski, aunque de madre escocesa y...

—Lo sabía —la cortó Iramet con una gran sonrisa—. Lo intuía.

Sorprendida de que no se hubiera escandalizado por su procedencia, Sakura preguntó:

—¿Lo intuías?

—Sí.

—Pero... pero si hablo perfectamente tu idioma y...

—Mi abuela paterna, Temari, es vikinga.

—¡¿Qué?!

Iramet sonrió y, sincerándose como aquélla, musitó entre cuchicheos:

—Mi nombre real es Temari. Me llamo como mi abuela. Aunque mi madre me llame Iramet cuando salimos de la fortaleza, que, si te fijas, es el mismo nombre al revés.

—¿Te llamas Temari?

—Sí.

—Mi cuñada, la mujer de mi hermano, se llamaba así.

La joven asintió, pero se apresuró a añadir:

—Aunque te rogaría encarecidamente que me siguieras llamando Iramet.

—¿Por qué?

—El nombre de Temari no es muy común en Escocia y, si lo evitamos, impediremos también preguntas innecesarias.

Sakura asintió entendiéndola perfectamente, cuando aquélla soltó un sollozo.

—Pero ¿por qué lloras?

La joven, apartando una lágrima que rápidamente rodó por su rostro, contestó:

—Llevo toda la vida ocultando mi verdadero nombre. Ojalá algún día pueda gritarlo a los cuatro vientos sin que eso me provoque problemas.

Sakura vio cómo las emociones se apoderaban de la joven, algo que ella no solía permitirse. Entonces, aquélla, tomando fuerzas, continuó como si no hubiera llorado:

—Cuando te oí hablar por primera vez, algo me recordó a ella. Pero eras sólo tú, no Shizune. Es esa manera tuya de arrastrar, de alargar o acortar ciertas palabras. Lo haces como lo hacía mi abuela.

—¿«Hacía»?

Iramet asintió y, con los ojos llenos de lágrimas que rápidamente se desbordaron, respondió:

—Murió hace tres años. Pero te aseguro que su cariño y su amor, como ella decía, continúan aquí —dijo tocándose el corazón.

Según hizo ese movimiento, Sakura cerró los ojos. Aquello de tocarse el corazón era muy de su gente, de su pueblo, de su padre y, emocionada, se tocó a su vez el suyo y afirmó:

—Los seres queridos siguen aquí eternamente.

Las dos jóvenes sonrieron emocionadas. Saber que tenían algo en común en cierto modo les gustó, cuando Shizune, ajena a su conversación, gritó desde la orilla:

—¡Niñas! Haced el favor de salir y secaros. ¡Vais a coger una pulmonía!

Sin dilación, las dos muchachas obedecieron y, una vez estuvieron vestidas con las ropas robadas de quienes habían intentado desplumarlas, Sakura murmuró ciñéndose unos pantalones:

—Al menos ya no voy cubierta de sangre seca y tengo las piernas calientes.

Iramet sonrió y, ajustándose los suyos, afirmó:

—Si me viera mi madre así, vestida de guerrero, se moriría del disgusto.

—¿En serio?

—Muy... muy en serio —aseguró ella.

Sakura sonrió, y Iramet, al ver aquella afable sonrisa, declaró evitando hablar de su chichón:

—Eres bonita. Muy bonita.

Sin creérselo, Sakura miró a la joven con cariño.

—¡Y tú eres preciosa! Y tienes un cabello tan espectacular...

Iramet sonrió con coquetería. Adoraba que la piropearan, y, tocándose su rizado y algo descontrolado cabello, que le llegaba por el trasero, afirmó:

—Cuando lo llevo arreglado y sujeto con cintas de colores, se ve espléndido.

—Así también.

—¿Así?

Sakura asintió y, pensando en lo que su padre o alguno de sus hermanos habría dicho, indicó:

—Así se ve tu belleza salvaje y natural.

La rubia, no muy convencida de ello, se encogió de hombros y, mirando el desastroso cabello de aquélla, repuso:

—Antes te lo iba a preguntar, ¿por qué llevas el tuyo tan mal cortado? Por Dios, Sakura, has de hacértelo arreglar.

La aludida, sin querer pensar en ello, respondió:

—Yo no me lo corté así.

—¿Y quién fue el desatinado que lo hizo?

Shizune y Sakura se miraron, y esta última, resoplando, indicó:

—Alguien que lo pagó con su vida.

Oír eso no sorprendió a Iramet, pero, con gesto de susto, bajando la voz cuchicheó tocándose el cuello alarmada:

—¿Lo mataste?

—Sí.

—¿Porque te cortó mal el cabello? —preguntó en un hilo de voz.

Ver su expresión y el modo en que la miraba hizo sonreír a Sakura. Sin duda, aquella muchacha pensaba que era una auténtica salvaje. Y, sin responder a su pregunta, preguntó:

—¿Prefieres espada, hacha o arco?

Iramet, desconcertada, permaneció inmóvil, y la pelirosa aclaró:

—De acuerdo, lo maté. Pero no sólo fue por lo del cabello. Y ahora responde: ¿espada, hacha o arco?

—Arco y espada —respondió Iramet guardándose una daga en la cintura.

En silencio, Sakura cogió lo que le entregaba y, viendo que seguía mirándola, protestó:

—No soy una asesina, Iramet. No me mires así.

La joven seguía paralizada.

A pesar de las cosas que su abuela le había contado del valor de las vikingas, en su mundo, ninguna mujer había tenido que defenderse hasta el punto de matar y, curiosa, preguntó:

—¿Qué se siente?

—¿A qué te refieres?

Iramet parpadeó e insistió:

—¿Qué se siente cuando matas a alguien?

Shizune meneó la cabeza. Aquella muchacha era demasiado curiosa.

—Rabia. Dolor. Ira —contestó Sakura después de pensarlo—. No es algo agradable. Pero cuando tu vida o la de tus seres queridos están en peligro, sólo hay un camino. Él o tú. Y yo decidí que sería yo quien viviría.

Iramet asintió y, a pesar de que le parecía una locura, lo entendió.

Lo que contaba aquella muchacha era terrible. Matar era cosa de hombres, pero, cuando se disponía a seguir indagando, Sakura preguntó señalando el arco:

—¿Sabes utilizarlo?

Ella asintió y, colgándoselo a la espalda, respondió:

—Aprendí con mis hermanos y, aunque les molesta reconocerlo, soy muchísimo mejor que ellos. En cuanto a la espada, me manejo con ella sin que mi madre lo sepa, o moriría del disgusto, y reconozco que mi hermano Gaara es mejor que yo.

—¿Tu madre moriría del disgusto si supiera que manejas la espada?

—¡Oh, sí! Se desmayaría..., lloraría... y posteriormente le saldría un tremendo a la par que feo sarpullido por el cuerpo.

—¿En serio?

Iramet asintió, su madre era excesiva en todo.

—Por suerte —continuó—, mi hermano Gaara, a escondidas de todos, y animado por mi abuela, me enseñó a manejar la espada. Padre lo intentó, pero madre no se lo permitió. Soy su única hija, la dulce y femenina de la familia, y, según ella, el arte de la guerra es para hombres. Es más, madre siempre dijo que nunca empuñaría una espada, porque primero por mí lo haría mi padre, luego mis hermanos y posteriormente mi marido.

Sakura suspiró. Su pueblo pensaba diferente. Y, repartiendo las espadas, se colgó una detrás. Luego empuñó un hacha, y, después de moverla con maestría en sus manos, Iramet murmuró boquiabierta:

—Has de enseñarme a moverla así.

Las jóvenes sonrieron, cuando Shizune, que las observaba, afirmó:

—No creo que eso le guste a tu madre.

—Te lo puedo asegurar, Shizune, ¡la horrorizará! Y el sarpullido le durará un año.

Y, antes de que Sakura la parara, la joven cogió el hacha y la lanzó al aire como ella había hecho momentos antes, con la diferencia de que Iramet no se movió, y, si no llega a ser porque la pelirosa la empujó, ésta habría caído sobre su cabeza.

Una vez el hacha cayó al suelo, Sakura miró a la joven rubia y gruñó con gesto ofuscado:

—Pero ¿tú estás loca?

La joven, al ver el hacha clavada en la tierra a escasos centímetros de su pie, declaró:

—Sin duda, a madre no le va a gustar nada.

Poco después, Sakura y ella se fueron a cazar, y Iramet le demostró lo hábil que era cazando con el arco al alcanzar a un conejo sin errar. Aquello sorprendió a la pelirosa. Cuando dejaba su remilgo y su femineidad a un lado, aquella muchacha era hábil. Ver cómo se movía para cazar el conejo fue suficiente como para saber que en su interior había una guerrera, una skjaldmö, como habría dicho su padre.

Una vez de vuelta en el campamento, Shizune cocinó el conejo y las tres comieron con avidez.

Durante la comida, charlaron, y, al enterarse de que aquéllas habían pasado dos meses de cautiverio, Iramet murmuró lloriqueando:

—Y yo aquí..., quejándome y...

—Llorando, porque mira que lloras... —la cortó Sakura.

Iramet asintió. Era la única chica entre cuatro hermanos varones y había aprendido que llorando y quejándose conseguía antes las cosas, por lo que nunca lo había evitado. Al revés, lo potenciaba.

—¿Acaso tú no lloras? —preguntó.

Sakura, al oírla, lo pensó un momento.

—No —contestó al cabo.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Por qué?

—Porque nada de lo que ocurra en mi vida me podrá arrancar una lágrima más. Vivo el presente, el futuro ya se verá.

Aquella dureza apenó a Iramet, y más al ver cómo la madre de aquélla acariciaba su rostro con mimo.

¿Qué terrible historia podía guardar Sakura en su corazón?

Y, mirando a Shizune, preguntó:

—¿Dónde están tu marido y tus hijos?

Sorprendida por aquello, la mujer parpadeó.

—Nunca he tenido marido.

Ahora la sorprendida fue Iramet, que, mirando a Sakura, se quejó:

—¡Mentirosa!

—¿Yo?

—¡Me mentiste en algo tan importante!

—No...

—Hablaste de tu padre y de tus hermanos, y...

—Shizune me crio —la cortó con convencimiento—, aunque no me parió. Pero ella es mi madre. Mi única madre. Y, en cuanto a mi padre y a mis hermanos, es doloroso recordar y, si no te importa, prefiero no hablar del tema.

—Pero creo que...

—No, Iramet...

—Y...

—¡No! —sentenció Sakura.

El silencio se instaló entre ellas y durante un buen rato ninguna dijo nada, hasta que finalmente la pelirosa indicó:

—Deberíamos recoger las cosas y partir hacia Stirling.

—¡¿Stirling?! —inquirió Iramet.

Al oírla, Sakura bramó:

—¡¿No dijiste que era allí donde vivías?!

La rubia se apresuró a asentir, pero, incapaz de no preguntar lo que le rondaba por la cabeza, insistió:

—¿Tampoco llorarías por el amor de un hombre?

Al oír eso, Shizune puso los ojos en blanco. Mal tema. Y Sakura, retirándose el pelo del rostro, respondió torciendo el gesto:

—Por el amor de un hombre... menos aún.

Aquella seguridad inquietó a Iramet, que, sin dejarse amilanar, declaró:

—Eso nunca se sabe, Sakura.

—Yo lo sé.

Las jóvenes se miraron con intensidad cuando la pelirosa, consciente de que aquélla pensaba en lo que le había comentado con respecto a su supuesto marido, aclaró:

—Ni quiero, ni deseo, ni necesito un hombre en mi vida —y, mirando al cielo, pidió cambiando su tono—: Y ahora, partamos de una vez. Creo que va a llover.

Iramet, al ver el gesto de prudencia de Shizune, decidió callar y, levantando la vista al cielo, negó con cierto retintín.

—Qué va..., esta noche no llueve.

Un rato después, abrigadas por la oscuridad de la noche y guiadas por las estrellas, continuaron su camino.