—Algunas veces me pregunto si me crees idiota —dijo Pansy, poniéndose delante de Draco cuando este intentaba salir de su sala común.
La azabache se hallaba justo en los escalones que llevaban a la salida y ni siquiera lo estaba mirando, como si ya no tuviera esa importancia. Sólo tenía sus manos levantadas a la altura de su pecho y miraba sus uñas como si fueran una pequeña obra de arte.
Draco le alzó una ceja.
—¿Quieres que te responda? —preguntó.
Pansy levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y luego entrecerró su mirada. Frunció ligeramente los labios y se permitió observarlo con detenimiento. Él se sintió un poco incómodo ante aquellos ojos oscuros al principio, pero pronto recordó que ella ya conocía mucho más de lo que se hallaba debajo de su túnica por lo que le restó importancia.
—¿Adónde vas? —replicó ella, ignorando la burla que Draco había hecho. Se había bajado de los escalones y eso había sido un punto malo para ella pues ahora estaba casi una cabeza debajo de él.
—Voy a salir —respondió con obviedad, luchando contra el impulso de rodar los ojos cuando Pansy volvió a mirarlo inquisitivamente—. No deberías estar tan cerca de mí si no quieres manchar tu reputación.
Al escuchar aquello, la azabache regresó la mirada a sus ojos y casi juntó las cejas confundida, hasta que de pronto lo entendió. Estuvo a nada de reírse.
—¿Ese ha sido tu problema todo este tiempo? Mierda, perdí diez galones con Blaise entonces.
—¿Que tú qué?
—Nada —murmuró, mordiéndose el labio—, es sólo que Theo, Blaise y yo apostamos por descubrir tu razón para desaparecer este último mes. Theo y yo dijimos que sería algo extra curricular, y nos propusimos enmascararte. Pero Blaise fue quien dijo que tú simplemente nos estabas evitando porque te estabas hundiendo en tu miseria.
Draco rodó los ojos.
—Tu tacto es lo que más adoro de ti.
—¿En serio? —Pansy alzó una ceja—. Hay muchas cosas mejores. En fin, ¿entonces Blaise tenía razón?
—¿En qué exactamente? —replicó, y luego pasó el peso de su cuerpo al otro pie. Estaba comenzando a desesperarse un poco.
—En que estás tomando el papel del malvado y después el de un Hufflepuff que no quiere perjudicarnos con su presencia.
—¿Qué? ¿Esa es la razón que dijo Blaise?
Ella se encogió de hombros.
—El resumen, sí —respondió—. Desde que llegamos nos has estado evitando. En clases actúas como si no existiéramos y cuando estas terminan es aún peor, pues sólo te das un baño y luego sales para ya no volver hasta poco antes del toque de queda.
—Qué lindo, Pansy. Te aprendiste mi horario —dijo y luego levantó una mano para acariciar el cachete de Pansy con un pellizco. Ella alejó la meno con un golpe en el dorso.
—No, yo no lo hice —replicó—. Theo sí.
Draco desvió la mirada por una milésima de segundo antes de regresar a Pansy de nuevo. Ahora tenía la respuesta del por qué cada vez que salía de su dormitorio sentía unos ojos sobre su nuca. Una tarde había captado los ojos de Theo mirándolo por encima del lomo de un libro en la sala común mientras se dirigía a la biblioteca, pero había decidido no tomarle importancia. Era mejor que ninguno de ellos tuviera contacto.
—¿Qué con eso? —preguntó Draco con voz aburrida.
—Bueno, discúlpanos por preocuparnos por ti, pero es malditamente extraño que desaparezcas cada día sin dejar rastro.
Él rodó los ojos.
—Oh, lo siento, Pansy —canturreó—. No sabía que debía darles explicaciones de lo que hacía o no hacía.
En realidad, Draco sólo estaba intentando desviar la conversación. Pansy era muy determinada cuando quería algo, y si no salía de la sala común cuanto antes, correría el riesgo de soltar que había estado pasando sus tardes con Granger. Algo que ni en un millón de años se atrevería a confesar. Puede que después de la Guerra las cosas hubieran cambiado con respecto a la credibilidad y honor que se le daba a dicha bruja, pero para el grupo social de Draco, las cosas todavía no cambiaban mucho.
—No seas un cretino —espetó Pansy, también rodando los ojos—. Sólo queremos saber si estás bien. Y antes de que se te ocurra contestar a ese comentario con uno idiota, no creemos que sea necesario que nos estés evitando... A menos que creas que somos menos importantes que cualquier persona a quien estés viendo a escondidas después de clases.
Lo último lo dijo con un tono de desdén que se resbaló por la garganta de Draco. Comenzó a ponerse ligeramente nervioso.
—No estoy viéndome con nadie —bufó—. Sólo creo que es mejor para nosotros mantenernos separados para no darles más razones a los demás para odiarnos. Creo que suficiente tienen ahora, no hace falta que nos vean unidos y crean que estamos haciendo un complot para matarlos en cualquier segundo.
—¿Desde cuándo comenzó a importarte lo que los demás pensaran?
—Ya no se trata sólo de eso. Las cosas cambiaron ahora.
Tampoco estaba muy de acuerdo con ello, pero necesitaba salir de la sala común ya. Su cita en la biblioteca con Granger ya se había retrasado.
—¡Aburrido! —espetó Pansy de nuevo—. ¿Qué le hiciste al Draco Malfoy que yo conocí? A ninguno de nosotros nos importa si creen que los vamos a matar en cualquier segundo. No creas que eres tan importante como para mancharnos, Draco. Ya estamos suficientemente arruinados sin ti.
—Bueno, entonces eso debería dejarte tranquila. No me necesitan —dijo sin mirarla y luego la rodeó para salir de la sala común.
—¿Entonces ya te vas? —La voz de Pansy logró detenerlo, dándose cuenta de que ella lo estaba siguiendo. Eso no era bueno, tenía que deshacerse primero de ella—. ¿Irás a ver a esa persona con quien te escondes?
—No me escondo con nadie —murmuró, casi molesto.
Pansy volvió a materializarse delante de él, y Draco tuvo que dar un paso hacia atrás para no estar demasiado cerca y apretados en el pequeño pasillo.
—Oh, claro —dijo—. Mierda, nunca te habías visto mentir tan horriblemente.
—No estoy mintiendo.
—¿Ah, no?
—No.
La azabache se encogió de hombros.
—Bien —dijo—. Entonces, sólo para aclarar, ¿no estás yendo hacia ningún compromiso en estos momentos, verdad?
Draco reconocía esta táctica a la perfección, y sabía que él mismo ya había caído en la trampa. A menos que fuera con Pansy o que le contara la verdad, él ya no podría salir del lugar. Se sentía molesto consigo mismo cada vez que ella lograba esto, como si no pudiera ser lo suficientemente inteligente para salir ileso de la conversación antes de que Pansy soltara su pequeña y astuta arma.
Él frunció los labios y apretó la mandíbula.
—No —respondió con toda la voz que fue capaz.
—¡Perfecto! —Pansy sonrió y luego enrolló su brazo en el de Draco, obligándolo a dar la vuelta y regresar hacia adentro. Una vez llegaron a los escalones, ella alzó una mano y la blandeó sobre el aire para llamar la atención de Blaise y Theo, quienes se hallaban en la otra punta de la sala común, sólo de pie y con los brazos cruzados. Sólo hasta entonces Draco se dio cuenta de que había sido víctima de un complot protagonizado por Pansy Parkinson.
—Eres una perra —susurró cuando Blaise y Theo comenzaron a acercarse a ellos.
—Lo sé, y gracias —le respondió ella.
Draco se obligó a no soltar un resoplido cuando sus amigos se posaron delante suyo. Apenas se juntó el cuarteto, las miradas de los demás Slytherin vagaron hacia ellos como dardos, como si apenas mirarse y hablarse ya fuera un delito más cometido. De repente, Draco se sintió pequeño y se odió a sí mismo por ello. Si antes ya era repudiado por ser el mortífago más joven, y además el hijo de la mujer cuya culpa cayó el que Voldemort no hubiera ganado, ahora ciertamente tenían muchas más razones para apuntarlo.
—Vaya, tienes una horrible cara, Malfoy —dijo Theo apenas se paró delante de ellos.
—Me lo han dicho —murmuró.
—Bien, chicos, me deben diez galeones —anunció Pansy, regalándoles una triunfante sonrisa.
—Aún no —atajó Blaise, dando una rápida mirada a su alrededor. Casi parecía tan molesto como Draco por las miradas que los demás tenían sobre ellos—. Todavía seguimos aquí.
—Eso tiene solución —respondió Pansy, y obligó de nuevo a Draco a dar la vuelta sobre sus talones para caminar hasta la salida de la sala común. Él refunfuñó por lo bajo.
—¿Adónde vamos? —preguntó, planteándose en frenar sus pies y poner alguna excusa para no ir, pero arrepintiéndose al notar que Blaise y Theo venían haciendo guardia detrás de ellos. Pansy había sido una perra astuta.
—A Hogsmeade obviamente, querido —canturreó Pansy y, aunque él no la pude ver debido a la oscuridad del pasillo, pudo sentir su enorme sonrisa y su emanante diversión.
Hogsmeade, se repitió Draco mentalmente. Había leído en el calendario que se acercaban las fechas para las salidas, pero no se había dado cuenta que ya estaban en ellas. Tal vez se había encontrado demasiado atareado con descubrir por qué Granger no aparecía en la habitación que ni siquiera puso atención a lo que sucedía a su alrededor. Y si a eso se le sumaba que la casa Slytherin seguía casi completa pues a pocos les gustaba ir a dicho pueblo, entonces él poco lo recordó.
Así que mientras caminaban hacia la salida de los terrenos de Hogwarts para ir los campos donde Filch recogía y ordenaba a los alumnos, Draco sólo podía odiarse a él mismo y a su curiosidad. Tenía tantas ganas de saciar sus dudas y limpiar su mente al descubrir por qué Granger había desaparecido de la nada, pero al menos hoy ya no podría. Tenía la esperanza de que, siendo lunes, ella podría dignarse a volver y entonces Draco podría bombardearla con quejas, preguntas, quejas y más preguntas hasta hartarla. Pero Pansy era un espíritu testarudo y no podía hacer nada contra ella.
Se trató de consolar recordando que Granger no había entrado a ninguna clase por lo que probablemente no se aparecería hoy tampoco.
El camino a Hogsmeade fue tal vez un poo incómodo al principio, sobre todo porque Pansy se peleó con el señor Filch cuando este les dijo que habían llegado tarde y que el último carruaje ya se había ido y entonces tendrían que caminar. Ella se puso como una fiera y Blaise tuvo que arrastrarla del codo para que no soltara más palabrotas mientras Theo reía como un loco. Pansy estuvo molesta los primeros diez minutos hasta que, poco después, su enojo pareció deshacerse y regresó su espíritu alegre. Ella tomó del brazo a Draco y del otro a Blaise para avanzar en guardia mientras Theo iba a lado de los tres.
Pronto Draco comenzó a notar lo mucho que había extrañado la compañía de sus amigos. Siempre había creído que no necesitaba de nada ni nadie, pero la Guerra le había hecho saber que no era exactamente así.
La Guerra había cambiado a todos.
Draco esperó de todo cuando llegó al pueblo; esperó que los cuatro fueran a las Tres Escobas a tomar cerveza de mantequilla y Whisky de Fuego y que Theo se embriagara con menos de cinco vasos (acertó), esperó que luego fueran a Honeydukes y que Blaise tomara tantos dulces como pudiera (acertó), y también esperó que pasaran por Bolsa de Té de Rosa Lee y que Pansy se burlara de los enamorados que habían dentro a través de las ventanas (acertó).
Pero lo que definitivamente no esperó era que mientras se dirigían de nuevo a las Tres Escobas con la petición de Theo para embriagar a Blaise también, fue encontrar al Trío Dorado saliendo de este al mismo tiempo. Incluyendo Granger, por supuesto.
Ambos lados se detuvieron en seco al verse el uno al otro, y Theo no pudo evitar ponerse verde hasta las orejas y luego vomitar a lado de la taberna. Draco observó cómo Potter y Weasley hacían una leve mueca al verlo.
Él bajó la vista para mirar a Granger, pero se dio cuenta que ella tenía los ojos en el suelo y no se atrevía a mirarlo. Casi frunció el ceño de no ser porque recordó que todavía había personas aquí así que no podría reclamarle nada en estos momentos.
—Potter. Weasley —saludó Blaise con un leve asentimiento de cabeza, y luego se agachó para observar a la morena—. Granger.
Ella apenas levantó la vista y medio sonrió cuando asintió de vuelta. Draco la observó buscar a ciegas la manga del suéter de Weasley y, el pelirrojo al notarla, casi pudo saber a qué se refería con el pequeño tacto. La tomó de la mano y caminaron lejos, dejándolos atrás. Potter se quedó delante de los cuatro Slytherin y, no fue hasta que Pansy alzó una ceja para hacerle saber que les estaba impidiendo el paso, cuando se alejó para alcanzar a sus amigos.
Draco se permitió fruncir el ceño unos segundos antes de que fuera arrastrado por Pansy para volver a entrar a la taberna. No habían llegado siquiera a la barra de bebidas cuando la cruda realidad golpeó al rubio.
Entonces, mientras Draco salía de clases e iba directo a la habitación de la biblioteca, donde se quedaba esperando e investigando durante horas y sólo se hallaba él, ¿Granger se encontraba jugando a la amistad perfecta con Potter y Weasley? ¿Esa era su verdadera razón para haber desaparecido una semana? Él debía admitir que lo decepcionó, había esperado algo mucho más interesante. No era como que pudiera sacar mucho provecho a esa información; podría, claro, pero no tanto como le hubiera gustado.
Pero apenas habían pasado cinco minutos cuando otra realidad lo golpeó. Había visto a Granger después de todos estos días y ella había actuado como si él no existiera y ni siquiera se había preocupado por darle una explicación. Aunque claro, se alegraba demasiado de que ella no le hubiera hablado delante de sus amigos, serían un tema difícil de explicar y los chicos terminarían malinterpretando todo.
Pronto decidió que, ahora que sabía dónde estaba Granger (o al menos que ya volvería), ella ya no era de su incumbencia. Por ahora podía disfrutar del regreso de la compañía de sus amigos, por muy escasa que llegara a ser.
Se olvidó de ella lo que restó de la tarde.
Hermione había estado sangrando tan regularmente que el pánico se apoderó de ella. Escribió a Charles un par de veces y este casi siempre le publicaba que fuera a San Mungo para verla, pero su espíritu testarudo le hacía decir que estaba bien. Eso le trajo sólo más problemas porque, después de que la sangre hubiera tomado el lugar de un síntoma más, se había mezclado con terribles migrañas y un reacio sentido del gusto.
Cuando Malfoy llegó a la habitación aquel día y cuando la despertó con un Rennervate, ella no se había quedado dormida tal cual lo había previsto. En realidad, su cabeza había estado punzando tan dolorosamente que la apoyó unos minutos en el escritorio con la esperanza de que el dolor redujera, pero en vez de eso, cayó inconsciente. Para cuando Malfoy la despertó, ella notó que debajo de ella había un charco casi tan grande como la palma de su mano de sangre. Nunca había sangrado tanto, y eso sólo la hizo alarmarse más. Dio gracias a Merlín por que Malfoy no hubiera estado mirándola y rápidamente limpió la sangre con su varita y luego se puse de pie tan ágil y veloz que estuvo casi segura de que él no la notó salir.
Ella había corrido hasta los baños del segundo piso, recordando astutamente que nadie entraba ahí, y luego sacó su bolsillo de entre su túnica y comenzó a rebuscar sus pociones. Se bebió una para reabastecer la sangre, otra vigorizante para recuperar fuerzas y se tentó a tomar un bálsamo de Asclepias tuberosa para aliviar el dolor que antes tenía en su cabeza, pero al parecer el caer inconsciente lo había evaporizado.
Se quedó sentada en el suelo unos minutos con los ojos cerrados mientras esperaba que las pociones surtieran efecto. Cada diez segundos, se tomaba el pulso ella misma para comprobar que se estaba fortaleciendo. Una vez pasados los cinco minutos, ella se había puesto de pie y se observó al espejo para ver si había rastro de sangre en su rostro. Encontró su nariz más colorada de lo normal y se echó agua.
—¿Tomar todas esas cosas es bueno? —Hermione había saltado ante la pregunta que retumbó en los baños—. Estaré muerta pero puedo imaginar que todo eso no es buena señal.
La morena levantó la mirada para observar a Myrtle la Llorona, y medio sonrió en saludo antes de tomar papel para secarse la cara.
—¿Estás muriendo? —La pregunta fue tan espontánea que dejó a Hermione estática unos momentos antes de que el fantasma volviera a hablar—. Si es así, entonces podríamos compartir mi retrete. Ya sabes... Podríamos ser amigas. Le dije eso mismo a Harry Potter en su segundo grado, pero lamentablemente él no murió, así que...
—Gracias, Myrtle —atajó ella, girándose para mirarla directamente y no a través del espejo—. Eso es... muy amable de tu parte.
Hermione no esperó respuesta y tomó sus cosas para salir disparada de los baños, más no se esperó que cuando abriera la puerta, se hallara a Malfoy fuera esperándola. De pronto decidió que estar con Myrtle era mucho mejor y cerró la puerta en un intento de hacer que se largara, pero él había sido bastante ágil como para impedirlo.
Minutos después, ya se hallaban en una pelea más. Hermione se enfurecía cada vez que recordaba al pergamino de las reglas, ella se esforzaba (realmente lo hacía) por cumplirlas cada día y a él parecía valerle un comino. Siempre encontraba la manera de molestarla y ella caía con libertad; sin embargo, una vez que lo hacía ya no había vuelta atrás, y entonces ella también entraba. Merlín prohibiera que alguna vez Malfoy le ganara en un debate.
Después de regresar casi corriendo —y molesta— a la Torre de Gryffindor, su furia mezclada con su histeria, la hicieron hacer el baúl rápidamente. Llegó hasta Minerva y pidió permiso para salir con urgencia; esta se mostró un poco reacia al principio, pero después de los recordatorios de Hermione sobre sus condiciones, terminó aceptando.
Charles casi la ahorcó cuando la vio cruzar la sala del hospital, casi tan pálida como un vampiro. La regañó durante dos horas seguidas mientras la examinaba y le hacía miles de diagnósticos.
No hubieron buenas noticias. Su testarudez de no haber venido apenas se presenció la sangre tuvo como consecuencia que la maldición avanzara un cinco por ciento más rápido. Hermione casi pudo jurar ver a Charles triste, como si estuviera destruido. Después de todos los chequeos necesarios, sacó un nuevo surtido de Pociones Doradas (una poción que se encargaba de controlar maldiciones y hacer que su efecto fuera más lento) y la obligó a quedarse en el hospital más tiempo del necesario. Tuvo que internarla, pero nadie lo supo. Mientras tanto, Charles le había llevado libros para que investigara mientras estaba en camilla, pero no había avanzado demasiado; sólo un par de conjeturas que parecían ser de ayuda pero ninguna con la misma conclusión, o al menos no una parecida a la que ella buscaba.
Después de una semana, Hermione ya estaba desesperada por salir de San Mungo, y después de hacer los diagnósticos diarios y ver que se hallaba mejor, Charles no encontró otra excusa para retenerla y la dejó ir.
Lo primero que ella había querido hacer al ser libre de nuevo (aunque con una estricta amenaza de volver cuando algo similar sucediera) era regresar a Hogwarts para terminar los deberes en los que se había atrasado. Charles sólo la había dejado leer y apenas con súplicas de ella, mucho menos la dejaría hacer sus deberes; e incluso si lo hubiera hecho, no sabía cuáles eran porque no había nadie quien pudiera dárselos.
Así que mientras ella llegaba a la estación de Hogsmeade en el expreso de Hogwarts, planeaba regresar al castillo cuanto antes. Pero un llamado con una voz familiar la hizo detenerse en seco cuando bajaba su baúl del tren. Se giró con el ceño fruncido y a lo lejos, detrás de una multitud, observó el brazo de Harry y Ron alzados en el aire para llamarla. Hermione se puso nerviosa de repente y levitó su baúl a uno de los carruajes que ya habían comenzado a andar de regreso al castillo antes de que ellos lo vieran e hicieran preguntas.
—Hermione —saludó Ron cuando llegó a ella y luego le dio un abrazo sincero. Ella sonrió y se lo regresó también. Si algo debía admitir, era que Ron daba las mejores abrazos—. ¿Dónde te has metido?
Ella frunció el ceño cuando se separó e ignoró el ligero hormigueo en su estómago cuando la mano de Ron se quedó sobre su cintura.
—¿Qué? —preguntó.
—Hemos estado intentando contactarte —contestó Harry, apartando las manos de Ron para envolverla en un abrazo cariñoso. Ella se lo devolvió y luego se separaron—. Te enviamos unas cuantas lechuzas pero nunca nos respondiste. Tenemos esta semana libre de la Academia de Aurores así que decidimos venir aquí a molestarte un poco.
Ella sonrió.
—Sí, yo... He estado ocupada. Ya saben, los ÉXTASIS...
—Por supuesto —Ron asintió—. Lo entendemos.
—¿Lo hacen? —preguntó Hermione de repente. Ella era pésima mintiendo, pero también había aprendido que Harry y Ron podían ser engañados fácilmente. Sin embargo, no se esperó que Ron 'entendiera' sin protestar antes.
Hermione no notó cuando Harry rodó los ojos por estar mirando a los azules del pelirrojo. Ella carraspeó cuando el silencio se tensó demasiado.
—¿Y bien?, ¿dónde está Ginny?
Después de un berrinche de Harry enumerándoles las mil razones por la cual odiaba a Slughorn por haberle dejado un trabajo tan pesado a Ginny y que gracias a eso ella no pudiera unírseles, el trío pasó el resto de la tarde junto. Vagaron de tienda en tienda y al final terminaron en las Tres Escobas riéndose el uno del otro (sobre todo de Ron cuando se tambaleó en el banco y dejó caer la charola de cervezas de mantequilla que habían pedido).
Entonces, mientras Harry reía y se apretaba el estómago para que no le doliera, y mientras Ron maldecía por lo bajo mientras se limpiaba la cerveza que había caído sobre él, Hermione comenzó a recordar lo mucho que amaba a sus mejores amigos. Y ese pensamiento la llevó a recordar el por qué ahora debía aprovecharlos más que nunca.
Tal vez ya nunca pasaría junto a ellos más momentos como este.
El mero recordatorio de su situación la hizo sentir náuseas. Ron pareció notarlo de inmediato porque propuso que salieran a tomar aire fresco, y ella no pudo estar más aliviada.
Pero para cuando el trío salió de la taberna, ninguno esperó encontrarse con el cuarteto de Slytherin. Zabini, apenas lo conocía pero no sabía mucho de él. Con Theo Nott era incluso más reacio lo que sabía. Y con Pansy tenía más historia pero no la suficiente. Y después...
Oh, mierda.
Malfoy.
Ella se había olvidado completamente de él. En toda la semana que estuvo en San Mungo, nunca se le pasó por la cabeza que Malfoy estuviera en el castillo, sin ninguna explicación del por qué había desaparecido o por qué ya no había vuelto a entrar a clases. Fue como si él hubiera dejado de existir por unos días y, de repente, Hermione recordara que él todavía existía.
Y ahora se sentía demasiado culpable como para mirarlo a los ojos. Siempre había sido una persona que se encargaba de dar explicaciones lógicas y razonables sobre lo que hacía —incluso si esa persona no lo merecía—, pero, decirle a Malfoy que no le avisó que se iría porque literalmente se olvidó de su existencia, no era una buena explicación.
Agachó la cabeza y buscó a tientas el suéter de Ron, esperando que entendiera la señal que prácticamente le suplicaba. Y por fortuna, lo hizo, la tomó de la mano y luego se alejaron. Ni siquiera se le pasó por la cabeza saludar al cuarteto o dejar a Harry atrás.
Una hora después, para cuando Hermione se había despedido de sus amigos y estos la habían acompañado hasta el castillo, ella fue hasta la Torre de Gryffindor sólo para darse una ducha antes de volver a la biblioteca a terminar sus deberes atrasados.
Pero sus piernas casi ceden cuando su mirada se posó en la esbelta figura de Draco Malfoy, quien se hallaba sentado sobre la butaca que estaba frente a su escritorio y tenía la mirada fija en ella.
Hermione se quedó perpleja y olvidó cerrar la puerta.
—Granger —saludó él con un casi indescriptible asentimiento de cabeza y con el tono de voz aburrido.
Ella abrió la boca para responder algo, pero no supo exactamente qué decir. Al menos nada que no fuera ridículo y sin sentido. En cambio, se limitó a cerrar la puerta detrás suyo e intentó desviar el tema.
—Creí que estabas en Hogsmeade con tus amigos —dijo en voz baja y con la mirada al suelo mientras caminaba hacia su propio escritorio.
—Hmm —murmuró para afirmar y luego giró su butaca para quedar mirándola directamente—. Decidí darme un descanso de este lugar. Ya sabes... Me quedé aquí una semana entera solo, investigando un caso que no es mío, sin ningún aviso de nada... Lo normal.
—Yo... —A ella no se le ocurrió una buena excusa. Habría pensado en una de haber sabido que él estaría aquí para cuando volviera, pero la tomó por sorpresa. Incluso tenía la esperanza de que Malfoy no se tomara muy a pecho esto.
—No hace falta que busques una excusa —dijo restándole importancia con una rodada de ojos. Se cruzó de piernas y le dio una mirada profunda, como si tuviera mil pensamientos que no podía decir—. Está claro que tú te hallabas muy tranquila con Potter y Weasley. No me malinterpretes, eso no me importa. Pero creí que viniendo de la Chica Dorada, un poco de responsabilidad habría aquí.
Hermione bufó y se quedó caer en la butaca de su escritorio. Sacó su bolso y comenzó a desempacar los libros que se había llevado y los que Charles le había dado en San Mungo. Sentía la mirada de Malfoy taladrándola, pero se decidió a ignorarlo con la esperanza de que eso lo alentara a irse.
—¿No vas a decir nada? —preguntó su voz, y ella se arrepintió mucho de permitirle a Minerva que él entrara a la investigación—. Digo, esto sólo es para aclarar que si tú puedes desaparecer una semana y luego volver sin dar una explicación, entonces yo también puedo hacerlo.
Ella quiso debatir en que eso no tenía sentido, pero después se dio cuenta de que eso significaría darle la verdadera razón del por qué se fue. Se mordió la lengua para no decir nada y siguió acomodando su escritorio. Segundos después escuchó el resoplido del rubio, y de reojo lo vio dejar caer la cabeza en el respaldo de la butaca.
—No puedes sólo irte de fiesta con Potter y Weasley, sin decirme nada, dejar las clases, y luego volver, Granger —masculló—. Es terriblemente irresponsable. Y sé por ley que tú odias eso, así que se me ocurren mil formas de regresarte la jugada.
Hermione rodó los ojos.
—No estuve con Harry y Ron —contestó—. Ellos me encontraron esta mañana en la estación de Hogsmeade y luego me invitaron a pasar la tarde con ellos.
No habían pasado ni diez segundos cuando la morena se dio cuenta de lo que había dicho. Se mantuvo en silencio y trató de no mostrar sorpresa para que Malfoy no la notara. Pero se equivocó porque él ya lo había hecho.
—Te encontraron hoy, en la estación —dijo como afirmación, no como pregunta. Hermione se atrevió a mirarlo y notó que él tenía una ligera sonrisa maliciosa con su mirada al techo—. ¿Entonces estuviste fuera toda la semana? ¿Fuera de Escocia? ¿Londres, tal vez?
—Tuve algunas cosas qué hacer —Hermione se limitó a responder. Se dio cuenta de que ya había terminado de ordenar su escritorio y se mordió el labio nerviosa cuando ya no hubo nada más por hacer. Exhaló reuniendo todo su valor y giró su butaca para mirar directamente a Malfoy, quien ya la estaba mirando desde antes.
—¿Y esas «cosas» fueron tan importantes como para no llegar a las clases de tu último año escolar que, por cierto, definen tus ÉXTASIS?
—Sí.
Malfoy alzó ligeramente las cejas. Se reincorporó en su asiento y la miró con los ojos entrecerrados.
—Al principio tenía planeado hacer una gran pelea por haberme dejado plantado aquí —dijo él—. Después de verte con Potter y Weasley dejó de importarme lo suficiente. Pero ahora que has dicho esto, Granger, quiero saber dónde fue que estuviste todos estos días.
Hermione alzó una ceja incrédula y luego medio rió sin gracia alguna.
—¿Eso es una orden?
—Tómalo como quieras, pero igual tienes que responder —contestó Malfoy encogiéndose de hombros, y eso le hizo hervir la sangre a la morena. Algunas veces se preguntaba si este chico realmente tenía modales.
—No voy a decirte dónde estuve, Malfoy. Es algo que no es de tu incumbencia.
Él rodó los ojos.
—Te equivocas, Granger —replicó—. Desde el momento en que tú dejaste de aparecer por esa puerta como todos los días y me dejaste con la duda de dónde carajo estabas, se convirtió en mi incumbencia. No fuiste tú quien estuvo llegando cada tarde a esta habitación para encontrarla vacía cada vez.
Ella no tenía idea de qué era lo que estaba pasando por la mente del rubio, pero si de algo estaba segura, es que estaba siendo bastante dramático.
—Estoy segura de que fue un dolor no encontrarme —dijo Hermione con sarcasmo—. Ya sabes, el que no estuviera aquí significaba que tú podías irte para no pasar una tarde conmigo... Apuesto a que eso te molestó bastante.
—No intentes parecer astuta —gruñó—. Sólo dime dónde fue que estuviste y esto quedará en el pasado. Así nos abstendríamos de que piense que eres una irresponsable.
Hermione sólo sonrió y rodó los ojos. Algunas veces admitía que sus insultos tenían ingenio y creatividad, pero otras veces, simplemente le parecían ridículos.
—¿Desde cuándo crees que me importa tu opinión, Malfoy?
Él parpadeó, pero no hizo nada más.
—Desde aquel día que te llamé «sangre sucia» y lo único que hiciste después fue llorar.
Su sonrisa se borró casi de inmediato.
—Por si no lo has notado, han pasado ya bastantes años desde ese incidente —dijo Hermione—. Y si es que lloré, no fue porque me haya ofendido tu comentario. En realidad, lo hice por la lástima que tenía de que una persona fuera tan mala como tú.
Malfoy sonrió.
—No necesito tu lástima, Granger. Y no estés desviando el tema.
Hermione apretó sus puños y sintió las uñas raspar sobre su delgada piel. Desvió la mirada sólo unos segundos para tomar aire, pero de pronto su mirada se posó en el pergamino de las reglas que se hallaba pegado en la puerta. De repente sintió un agradecimiento profundo por heber tenido esa idea. Se puso de pie y caminó hasta la puerta, despegó el pergamino con su varita y luego lo hizo levitar hasta que quedó a un metro delante de Malfoy.
—Lee la regla número diez, por favor —pidió ella, intentando no sonar arrogante pero con una sonrisa astuta en su rostro.
Malfoy no acató su orden, pero ella pudo ver cómo tensaba la mandíbula mientras miraba el pergamino.
—Bien, lo haré yo —dijo Hermione, dándole la vuelta a las reglas para leerla ella misma—. «Prohibido preguntarle a Hermione adónde fue cuando salga de Hogwarts».
Miró a Malfoy y él tenía furia en sus ojos. Hermione se dio la vuelta para regresar el pergamino a la puerta, pero de pronto oyó el respaldo de una butaca moverse y apenas alcanzó a darse la vuelta cuando tuvo que dar pasos apresurados hacia atrás al ver la alta figura de Malfoy acercándosele a ella. Retrocedió hasta quedar pegada a la pared y tuvo que alzar la cabeza para mirarlo. No podía estirar la mano para levantar la varita para la apretó alrededor de su puño por si acaso.
—Malfoy, dijimos que...
—Esto no es justo, Granger —gruñó demasiado cerca de su rostro. La calidez de su aliento la hizo estremecerse e intentó alejarse más—. No tenía idea de qué significaba esa regla cuando la acepté. No puedes sólo irte y dejarme plantado aquí sin decir nada.
—Malfoy...
—No he terminado —dijo. Alzó una mano justo a lado de la cabeza de Hermione cuando esta intentó salir por ese lado, y luego otra justo cuando quiso hacer lo mismo en el lado contrario. Ella bufó—. Todos los días durante una semana llegué aquí sólo para encontrarte y seguir con esta investigación para terminar cuanto antes y que cada quien pudiera tomar su camino. No me apetece en lo absoluto seguir en la misma habitación que tú durante más semanas. Y si con esa regla te referías a que podías retrasar mi salida de este lugar, entonces debe desaparecer.
Malfoy bajó una mano para arrebatar el pergamino que ella tenía y luego lo hizo levitar con su propia varita a pocos centímetros del rostro de Hermione. Lo volvió a pegar en la puerta y ella observó cómo con su varita comenzó a eliminar la tinta que llevaba la regla número diez.
Ella sintió que la furia la invadía e intentó moverse para detenerlo, pero luego una mano firme se aferró a su cadera y la mantuvo contra la pared. A Hermione casi se le va el corazón a la garganta cuando recordó que era la mano de él. Tal vez por eso se quedó quieta mientras veía cómo seguía eliminando la regla que ella había impuesto. De repente la regla número ocho pasó por su cabeza pero no tuvo voz para decirla.
Luego ella misma se reprendió por no haber puesto un hechizo protector al pergamino antes. O al menos uno parecido como al que había usado para el ED.
—No más salidas repentinas —dijo Malfoy cuando la regla hubo desaparecido. Se giró a mirarla, quitando la mano de su cadera para volver a ponerla a lado de su cabeza—. Y si lo haces, entonces deberás tener una buena razón. Y me dirás adónde es.
—No tienes derecho a borrar nada —escupió con molestia—. Dijiste que sólo lo harías si sabías que ya no la necesitaríamos más. Esa regla es claramente necesaria.
—Lo es para ti, Granger. Pero yo no necesito que estés atrasando mi salida de este lugar.
—Si tanto te molesta eso, Malfoy, la puerta es demasiado grande para que puedas irte —gruñó.
Él negó con la cabeza, todavía manteniéndola contra la pared pero sin tocarla.
—Sabes que las cosas no funcionan así. No puedo irme de aquí hasta que terminemos esto. Así que te pido que seas más responsable respecto a este caso, Granger.
—¡Soy responsable! —protestó—. Si salí esta semana fue porque en realidad lo necesitaba, y no debo darte más explicaciones. Ahora, te ordeno que te alejes de mí en estos momentos porque estás violando la regla número tres, y no dudaré en usar mi varita si das tan sólo un paso más.
Malfoy dio una rápida mirada entre ambos y de repente pareció darse cuenta de su cercanía. Se alejó con rapidez como si ella fuera venenosa y Hermione pudo volver a respirar.
—No más regla diez —Ella lo escuchó decir—. Quiero saber adónde vas, o al menos estar informado antes.
Hermione tensó la mandíbula pero luego sólo asintió, dándole por primera vez la razón. Tendría que aprender a mentir cuando tuviera que volver a salir de Hogwarts, pero eso sería suficiente para calmarlo por el momento.
—Ahora aclarado esto, ¿podría regresar a mi escritorio a terminar mis deberes? —preguntó la morena.
Malfoy rodó los ojos y murmuró un «Como sea» antes de abrir la puerta y luego salir del lugar. Ella casi le rezó a Merlín por haber logrado que se fuera.
Hermione dio una rápida mirada al pergamino de su puerta y se dio cuenta que de las quince reglas con las que habían iniciado, ahora sólo quedaban trece. Comenzó a preguntarse si estarían eliminando una regla cada cierto tiempo y luego se preguntó qué pasaría cuando ya no hubiera ninguna regla.
Decidió no pensar en ello y regresó hasta su escritorio. Sacó los libros de sus materias, pergamino y tinta. Estaba a punto de proseguir cuando se dio cuenta de que no tenía ni la más mínima idea de cuáles habían sido los deberes de la semana que perdió. Se talló los ojos y suspiró, pero luego cuando volvió a mirar el lugar, captó que en el escritorio de Malfoy había una nota. Hermione frunció el ceño y la convocó con su varita.
Casi se le cae la mandíbula cuando notó que era una lista de los deberes de la semana que se perdió y quedó aún más sorprendida al ver que era la caligrafía de Malfoy. No tenía idea de cómo consiguió los de Gryffindor pero en estos momentos no pudo pensar en otra cosa además de agradecimiento.
Ni siquiera en el por qué él se había tomado la molestia. Dejó la nota a un lado y comenzó sus deberes.
NA: No tenía pensado que el 'reencuentro' de Draco y sus amigos fuera tan largo pero necesitaba un buen desarrollo porque en los anteriores capítulos no los incluí. Perdón por eso, intenté hacerlo lo más reducido pero eso fue lo que salió :D
Y por cierto, tengan paciencia con la relación de Draco y Hermione, sé que es muy tardado eso de publicar una vez a las semana y para que al final de la espera sólo haya pocos cambios, pero quiero ser realista y mantener a ambos personajes en sus personalidades así como darles un buen desarrollo. Las cosas difíciles son las que más valen la pena, amixes 3
