Capítulo 8.

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Los tres días de arreglos se habían convertido ya en diez y todos comenzaban a desesperarse, cuando por fin recibieron la buena noticia. El partido sería en dos días. Sólo dos noches más. Tenían que aguantar hasta entonces, y ganar. Al menos no habían pasado las horas en blanco: habían logrado un espacio para entrenar en un gimnasio cercano. Takeda-sensei había movido sus hilos y eso era mejor que nada. Sin embargo, no podían usarlo libremente a cualquier hora, sino solamente cuando no estaba utilizándose por las escuelas deportivas más cercanas. Como contraparte, sí podían ocupar las restantes instalaciones, y Ukai-san había ideado un entrenamiento intensivo distinto del habitual, incluyendo además de carreras y uso de máquinas en las zonas interiores, también actividades de piscina para fortalecer su resistencia y trabajar otros grupos de músculos.

Era el cuarto día que intentaban el nuevo entrenamiento, y no parecía que la cosa mejorase. Al contrario, no dejaba de empeorar, porque era el primer día que nadarían. Un rato antes, tras el desayuno, las chicas trajeron bañadores para todos, y mientras Hinata gritaba de alegría al ver los dibujos de Boku no Hero en la parte trasera, Tsukishima y Kageyama se quejaban de aquella decisión.

—No me lo pondré —dijo Tsukishima, serio. Kageyama se mantenía en silencio, pero deseaba que su gesto fuese suficiente para manifestar su negativa.

—No estoy negociando, Tsukishima —dijo Ukai, todavía más serio. En pocas ocasiones ponía aquella expresión, pero era realmente aterradora. Kageyama comenzó a reconsiderar la firmeza de su postura—. Las chicas han perdido su tiempo en ir a buscaros estos bañadores, y son los únicos que encontraron. Estamos en enero.

—¡Tsukishima, no desmerezcas el esfuerzo de Kiyoko-san! —gritó Tanaka, levantando el puño.

—¡Si lo haces te hundiremos la cabeza en el agua! —añadió Nishinoya, acercándose y agitando el bañador.

—Ya lo has oído —confirmó Daichi, asintiendo con la cabeza.

—En diez minutos todos en la piscina —dijo Ukai, señalando la entrada—. El que sea demasiado hombre como para ponerse el maldito bañador, tendrá que nadar desnudo o con el pijama. Vamos, sensei. Te invito a un café mientras los chicos se lo piensan. Me muero de sueño.

Todos parecían más animados que nunca. Tal vez era la proximidad del partido, o por fin tener una fecha cierta. O quizá, tras tantos días, empezaban a acostumbrarse a Tokio. Pero no Kageyama. Kageyama sólo soñaba con regresar a la pista, volver a jugar cuanto antes, ganarlo todo y volver a casa. Tras su conversación con Osamu Miya todo había ido complicándose hasta el punto de darle dolores de cabeza. El volley era simple, pero las personas eran demasiado complicadas. Las relaciones siempre se encallaban de forma imposible, y todo parecía empeorar a cada paso que daba.

Recibía mensajes de Atsumu a todas horas. Incluso se había presentado en la pensión y en el gimnasio en un par de ocasiones. Le despachó de todas las formas posibles. Fue brusco, fue maleducado, fue cruel con él, pero nada era suficiente. Siempre había otro mensaje, otra llamada, otra aparición en medio de la noche. Le dijo que no le gustaban los tíos, que había sido un error, y también que estaba empezando algo con otra persona. Esto último era lo único cierto.

Ahora estaba también el asunto de Suzume-san.

No era su novia, eso no, pero se había visto con ella varias veces desde su primer entrenamiento juntos. Citas, podrían llamarse. La había besado, y había estado bien. Era... distinto que besar a Atsumu, pero no podía decir que le desagradase. Además, había decidido no darle más vueltas. Era la mejor de las opciones, pero aún así, siendo consciente de ello, la noche anterior había vuelto a meter la pata. Atsumu había salido a su encuentro durante su carrera nocturna y le había dicho demasiadas cosas que le calentaron la cabeza; no le importaba ni Suzume-san, ni su propia novia con la que al parecer incluso podría llegar a casarse en algún momento. Le ofreció dejarla, incluso le ofreció intentar lo que llamó "algo serio", y Kageyama corrió más deprisa, pero Atsumu era rápido. Le pidió una última despedida, la definitiva, para siempre y todo eso. Kageyama accedió.

Cualquier cosa le había parecido mejor opción que volver a tiempo para ver a Hinata todavía en la recepción del hostal cogido de la mano con la rubia que ahora era su novia y que al parecer debía haber decidido trasladar su domicilio a Tokio, porque lo que era una jornada de compras se habían convertido en siete días. Siete días en un hotel cercano, y siete días yendo a los entrenamientos a ver a Hinata, siete días con él a cada instante. Si volvía a verla se tiraría por una ventana.

Maldito Tokio.

Con ese pensamiento, casi huyendo, fue a casa de Atsumu. Osamu no estaba, y volvió a pasar. Otra vez las cervezas. Otra vez la charla distendida, otra vez Atsumu besándole sin aviso, otra vez él dejándose llevar. Otra vez dejar que su ansiedad se convirtiese en sudor, y otra vez vestirse deprisa y salir de ese apartamento como un delincuente, con el cuerpo cansado y la cabeza, por primera vez, peor que cuando entró.

Porque ahora también estaba Suzume-san. Y ahora...

—¡Kageyamaaaa! ¿Estás sordo?

Hinata le miraba con los ojos muy abiertos. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí parado, con la mirada puesta en la taquilla y el bañador en la mano?

—¿Qué? —gruñó, desabrochándose el pantalón. Solo quedaban ellos en el vestuario, pero las risas de los chicos se oían cerca. Debían haber salido un instante antes, pero ni siquiera se había dado cuenta. Le dolía la cabeza, y la espalda, y odiaba la maldita cama de Atsumu que parecía rescatada del último contenedor de Tokio. Le había dicho un millón de veces que cambiaría el colchón, pero siempre se olvidaba. Atsumu era un desastre para todo lo que no fuese volleyball.

—¿Qué héroe te ha tocado?

—¿Cómo?

—¡El bañador, Bakayama! Cada uno tenemos uno, ¿no te has dado cuenta? Claro, estabas ahí mirando al infinito con cara melancólica. ¿Qué te pasa, estás triste? ¿Quieres que te cante una canción para alegrarte?

—¿Pero qué dices, idiota? —dijo, intentando darle en la cabeza, pero Hinata se agachó y le esquivó. Él ya llevaba puesto el bañador. Era del niño de pelo verde que protagonizaba ese anime de mierda que tanto le encantaba a Hinata.

— Puedo cantarte la canción esa del pájaro que... ¡Uuaaa te han dado el bañador de Todoroki! ¡No te pega nada, Bakayama! Sería mejor que te hubiesen dado el de Bakugo —dijo, riendo. Kageyama frunció el ceño mientras se giraba para ponerse el bañador y después cerraba su taquilla.

—No sé quién ese tío.

—Todoroki es uno que tiene la mitad de...

—No me interesa —le cortó, sin mirarle. Pasó el candado por la taquilla y se colgó la llave en la goma de la muñeca, para después colocarse las chanclas y el gorro. Llevaba mucho tiempo sin nadar, y descubrió que le apetecía. Era uno de los pocos deportes que merecían de verdad la pena, además del volley, aunque nunca sería comparable. Nada lo era.

—Kageyama.

—¿Qué? Venga, idiota, date prisa, tenemos que...

—Espera —le cortó, cogiéndole del brazo. Se miraron a los ojos. Hinata parecía otro con ese gorro apretándole el cabello contra la cabeza, como si estuviese rapado. Quizás parecía aún más infantil. Sin embargo, su mirada estaba seria. Con ese gesto parecía distinto, como si realmente le hubiese podido decir cualquier cosa—. Lo sé todo.

—¿Qué?

—Que lo sé todo. N-no quiero que pienses que te juzgo, p-pero yo no...

—No sé de qué hablas —replicó Kageyama, dándole un manotazo para soltarse, pero Hinata le agarró otra vez, con fuerza.

—Espérate, ¡no he terminado! Ayer te vi con Atsumu-kun. Cuando corríais—. Kageyama le miró— ¿No estabas saliendo con Suzume-san?

—¿Me espías?

—N-no, pero tú... Tú no estás bien, yo me doy cuenta, y creo que estás haciendo tonterías. Deberías centrarte... centrarte en alguien. Si te gusta alguien, esfuérzate con eso. Si tú... Si es Atsumu-kun, pues sal con él, quiero decir, ya os habéis besado y...

Ahora fue Kageyama el que le agarró del brazo con fuerza.

—No vuelvas a decir eso en voz alta.

—¿Por qué? ¡Me haces daño, bestia!

—Porque fue una tontería. No fue nada. No sé para qué te conté esa chorrada.

Hinata se soltó, empujándole.

—Mientes muy mal.

—No como tú.

Hinata seguía mirándole, ahora con una ceja fruncida.

—¿Qué quieres decir con eso? —Pero Kageyama, resoplando, le apartó de un empujón y empezó a andar hacia la puerta del vestuario. Era difícil mantener la dignidad con ese gorro, ese maldito bañador y las pautas chanclas de piscina, pero se esforzó con tenacidad— ¡Ey, no me ignores, Bakayama!

Salió del vestuario, con Hinata persiguiéndole y repitiendo la misma pregunta.

Ya en la piscina y tras calentar con unos pocos largos, Ukai les hizo colocarse a cada uno de ellos en uno de los trampolines para retarles a una carrera. Kageyama intentó escapar, pero Hinata se colocó en el trampolín contiguo al suyo.

—¡Kageyama!

—Cállate.

—Kageyama, ¿qué quisiste decir? —preguntó, mirándole. Estaban ya todos agachados, en posición de saltar.

—¡Vosotros dos, estad a lo que hay que estar! —gritó Ukai desde el bordillo de la piscina. Kageyama resopló. Ya le era difícil estar en calma como para tener a Hinata en ese plan.

—Kageyama, si te ganó me lo dirás.

—Suerte con eso —replicó, sin mirarle.

Ukai dio la señal y todos saltaron. Kageyama empezó la carrera a crol, tranquilo, porque en el agua la potencia de los brazos daba ventaja a los más grandes, y Hinata era pequeño y poco musculoso, y a su izquierda Asahi llevaba buen ritmo pero no parecía tener demasiada técnica, así que no le costaría demasiado ganar. Sin embargo, cuando miró a la derecha... Cuando miró hacia su calle, Hinata iba por delante. ¿Cómo era posible?

Nada muy deprisa.

Maldijo para sí y empezó a nadar con toda su velocidad, pero Hinata era más rápido. ¿Cómo narices podía vencer la resistencia del agua más deprisa que él? ¿Cuándo aprendió a nadar así? Él siempre ganaba las carreras en el instituto, siempre nadaba más rápido que los mejores de la clase y sin apenas esforzarse. Dios, envidiaba la capacidad atlética de Hinata.

Llegó un par de segundos después que él, y en cuanto tocó el bordillo ya le estaba esperando. Le miraba con los ojos brillantes, y ni siquiera parecía cansado. Kageyama, sin embargo, sí respiraba con agitación. No estaba acostumbrado a nadar. Los chicos iban llegando y felicitando a Hinata a gritos.

—Dime porqué me has llamado mentiroso —exigió. El gorro le quedaba terriblemente mal, pero cuando los ojos le brillaban de esa forma, era como si todo encajase.

Para. Para de mierdas.

Porque dijiste que no te gustaba Takeru-san.

—¿Qué? Yo no dije eso.

Kageyama le miró con gesto de rabia.

—Dijiste que te dio un beso de mierda.

—N-no dije eso exactamente, ¿se puede saber qué narices te pasa? ¿Estás celoso porque yo tengo novia y tú no?

Kageyama se quitó el gorro de golpe y se lo tiró a la cara, con rabia.

—Me importa una mierda a quién te tires, mientras dejes de ser un puto paquete en la pista.

Y, apoyándose en el bordillo, salió de la piscina y se dirigió a los vestuarios. Ukai le llamó, pero no se volvió. Iba sin chanclas, pisando el suelo mojado, pero daba igual. Quería escapar de allí, le costaba respirar y notaba el pecho cada vez más pequeño, como si sus pulmones empezasen a desaparecer.

Voy a morir.

No puedo respirar.

Corrió descalzo, intentando encontrar el aire. Llegó a los vestuarios con dificultad, chocándose contra las taquillas.

Voy a morir.

No había aire. ¿Dónde mierda estaba el oxígeno? Se agarró al banquillo intentando tomar aire, pero su pecho cada vez era más pequeño y no entraba ni una gota.

Me ahogo.

Me muero.

—Tranquilo. Vamos, agárrate—. Su cuerpo se movió sin su permiso. De pronto sintió el agua en la cabeza. Estaba caliente. Agua caliente sobre su cabello y sus hombros y su espalda. Un poco de aire... —Tranquilo. Respira. No pasa nada. Estoy contigo.

Estaba en el suelo de las duchas, en los vestuarios, recuperando el aire.

Hinata estaba enfrente de él, con las manos en sus hombros, mirándole. Se había quitado el gorro, y tenía el pelo naranja y enredado tan mojado que parecía oscuro. Estaba pálido, quizás por el susto, y esa palidez hacía resaltar las pecas de su cara y de sus hombros. Estaba preocupado.

Kageyama tomó aliento. Volvía a tener aire. Al verle respirar despacio, Hinata sonrió. Fue como ver el sol después de una semana de tormenta.

Estoy jodido.