Capítulo 15: La determinación de Petra

El silencio que siguió a la declaración de Falco fue eterno e incómodo, a pesar de que transcurrieron pocos segundos. Una aterrada Mikasa fue la primera en reaccionar.

— ¡¿Estás loco, Falco?! – le espetó, mientras se acercaba severamente a su hermano menor.

Zeke le indicó que se detuviera.

— Tu hermano está bromeando. – dijo secamente, sin quitarle de encima la mirada fija a su hijo.

Pero Falco no se dejó intimidar por ellos.

— No estoy bromeando. – replicó con voz segura – Tú no amas a mi madre, ella es infeliz y toda nuestra vida es una mentira.

Eso fue la gota que rebalsó el vaso para el rubio de lentes. Se acercó de una zancada al niño, levantando una mano lista para abofetearlo.

— ¡A MÍ NO ME HABLAS ASÍ! – bramó, presa de la furia y la decepción. Fue allí que el resto reaccionó.

— ¡Calma, Zeke! – se apresuró Grisha mientras él y Eren lo atajaban – ¡No lo golpees!

Carla tomó a Historia de un brazo y la arrastró hacia otro cuarto para no ser testigos de tan horrible momento para la familia. Intentó también llevarse a Petra, pero la pelirroja, temerosa, corrió hacia su hijo y se lo llevó a su habitación.

— ¡Si Falco quería lastimarme y ofenderme, lo logró! – gritó Zeke, acordándose de que, si se tomaba del brazo simulando dolencia, tal vez las cosas se arreglarían. Así que lo hizo y aquello tuvo un efecto inmediato en Mikasa, quien se olvidó del enojo hacia su hermanito y corrió preocupada hacia su padre.

— ¡Tranquilízate, Pater! – le pidió con preocupación – Piensa en tu corazón…

Un lloroso Zeke acarició su mejilla una vez que entre los tres lograron sentarlo para que recuperara la calma. Carla llegó de inmediato con un tranquilizante y Eren se escabulló del lugar con Historia.

— Qué bueno que tú sí te preocupas por mí, hija. – dijo él con dolor. Mitad teatro, mitad de verdadero pesar al ver que el único hijo que le quedaba no estaba de su parte.

Entretanto, Petra y Falco se encerraron en la habitación del pequeño, en donde la madre abrazó fuertemente al hijo, quien aún mantenía la mirada seria y desafiante.

— No debiste meterte en mi conflicto con tu padre, Falco. – dijo ella preocupada, mientras le llenaba la cabeza de besos, en un intento de distraerse con amor de madre del creciente temor que empezaba a invadirla. No quería perderlo. – No es bueno ni saludable para ti.

Ahora le tocaba a ella ser confrontada por el niño.

— Mamá, no sé qué problema tienes con papá, pero no me digas que me mantenga al margen. – le dijo con expresión grave.

Y esa fue la invitación que Petra necesitaba para llevar a cabo el plan que tenía trazado respecto a actuar sobre su fallido matrimonio y llevarse a su hijo. Lo volvió a abrazar y, entre lágrimas, lo miró a los ojos.

— Falco, prepara una maleta o una mochila. – le ordenó con decisión.

El semblante de Falco pasó a ser de desconcierto.

— Mamá…

— Toma todo lo que necesites, nos vamos de esta casa. – fue toda la explicación que Petra le dio mientras salía hacia su propia habitación a juntar un poco de ropa en un bolso pequeño.

Pocos minutos después, Petra salió, bolso en mano, rumbo a la habitación de Falco para llevárselo, pero se tropezó con Mikasa.

La chica le dirigió una mirada confusa.

— ¿Qué están haciendo…? – pero lo entendió todo al instante – ¿Te vas con ese hombre? ¿Y te llevas a mi hermano?

— Tú también, Mikasa. – le exigió su madre – ¡Nos vamos los tres!

Mikasa deformó su rostro en una mueca de horror y cólera. Todo por culpa de ese tipo.

— ¡Me quedo con Pater! – exclamó enojada.

Petra sabía que Mikasa era un hueso duro de roer cuando se trataba de Zeke, pero simplemente tenía que hacer el intento de alejarla de su esposo. Tenía mucho miedo de que ella fuera la víctima de un posible desquite por parte del rubio de lentes.

— ¡No te puedes quedar con él! – insistió, pero fue inútil. Mikasa estaba hecha un demonio.

— ¡ME QUEDO! ¡Y SI QUIERES IRTE CON FALCO, VETE! – vociferó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas – ¡Y DILE A TU AMANTE QUE SÓLO LOGRÓ ACERCARME MÁS A MI PADRE!

En ese momento, Zeke y los demás habían subido para enterarse del escándalo que se estaba dando en los pasillos del área de las habitaciones. Se quedó de piedra al ver los tres rostros llorosos de los miembros de su familia y el par de bolsos que cargaban su mujer y su hijo. Recobró la compostura y, tomando violentamente el brazo de Petra, la arrastró abajo, hacia su despacho.

— Eres una perversa… – siseó el rubio mientras cerraba de golpe la puerta. Estaba furioso – ¡¿Cómo te atreves a querer alejar a mi hijo de mí?!

Petra ya no podía más.

— Zeke, quiero el divorcio. – decretó con seguridad – Y ahora no hay nada que me detenga y se interponga en ello, no me importan tus mentiras ni tus amenazas. – y agregó – Además, me iré ahora mismo con Falco, Mikasa quiere quedarse contigo y aunque me duela, respetaré su decisión por ahora.

Pese al momento tenso, Zeke esbozó una sonrisa burlona. Recuperó la tranquilidad cínica que lo caracterizaba.

— Era de esperarse viniendo de mi querida Mikasa. – dijo orgulloso – Pero lo de Falco es impensable: se quedará conmigo o tendrás que enfrentar las consecuencias.

— No caeré en tus enredos, Zeke. Falco se va conmigo… – contraatacó Petra – Además, creo que ya va siendo hora de enfrentar el pasado y preparar todo para decirle a Mikasa que es hija de Levi.

Zeke frunció el ceño con disconformidad.

— Es mi hija, mía. – recalcó con veneno – Yo me ocupé de esa muchacha: no sólo le di mi apellido, también mi amor.

Su mujer lo miró incrédula.

— ¿Qué amor? Tú no amas a nadie, y lo que sientes por mí es un apego macabro. – inquirió la pelirroja.

— ¿Cómo puedes decirme algo así? ¡Precisamente tú! – se ofendió Zeke – Te di la mayor prueba de amor que un hombre puede darle a una mujer: me casé contigo estando embarazada de ese idiota. Y por eso, no te permito que dudes de mi amor por mi hija.

— ¡No te atrevas a reprocharme nada! – exclamó Petra con el rostro desencajado, ¿cómo se atrevía a sacar aquello a colación? – Además, Mikasa seguirá siendo tu hija, pero también es justo que sepa que es hija biológica de Levi.

— No voy a reprocharte nada porque tengo hombría. – repuso Zeke con astucia – Siempre fuiste mi anhelo, Petra, desde que éramos niños. Y un bastardo en tu vientre y en medio de tu desgracia familiar no sería obstáculo para lo que siempre quise. Era incapaz de devolverte a la calle siendo la mujer que amaba.

Petra le lanzó una mirada cargada de desprecio.

— No me recogiste de la calle porque allí no me encontraste. – le advirtió con voz ronca – No te confundas, Zeke: no soy una mujerzuela que llegó a tu puerta rogando piedad. – luego se volvió a quebrar – Pensar que me conmovió que quisieras reconocer a Mikasa, y me quedé contigo todos estos años por gratitud y por tu generosidad.

— Y deberías seguir agradeciendo tu suerte, pues mientras Levi salvajeaba por ahí, yo construí un imperio mucho más grande que el de los Fritz y el de mi padre, que también serán míos algún día. – dijo su esposo – Por eso, no voy a permitir que te lleves a mi heredero más valioso. ¡Falco es mío!

Antes de que Petra tuviera tiempo de replicarle, el rubio abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un sobre de papel madera que agitó frente a su rostro.

— ¿Sabes qué es esto, querida? Mi testamento. – manifestó con soberbia – Iba a dejarte no sólo la mitad de mis bienes, sino que también te daría vía libre para que tu cadena de spas se desligara del Grupo Eldia. Pero ahora… – rompió el documento en pedazos ante los ojos inexpresivos de su mujer.

— Zeke…

— Si sigues adelante con esto del divorcio, saldrás de esta casa sólo con lo que llevas puesto y sin mi hijo.

— ¡Pues me llevo a Falco te guste o no! – se desesperó ella.

— ¿Crees que Levi te dará una buena vida? ¡Nunca! – volvió a atacar Zeke – Su familia está compuesta por neardentales, son opuestos a ti. Además, Falco me pertenece y no tienes adónde llevarlo.

— Tiene trece años, su voluntad pesa más que la decisión de un juez. – replicó ella – Y en lo segundo te equivocas: me he comprado un departamento con mis ahorros y será allí en donde viviremos. No te preocupes, te daré la dirección una vez que nos instalemos, para que después no digas que lo secuestré.

Aquello sólo provocó una carcajada en Zeke, para disgusto de la pelirroja. Esa seguridad en él le daba miedo y hacía que su futuro con Levi y sus hijos se tornara borroso.

— ¡Qué pasión avasalladora, mi querida Petra! – se burló él – Qué pasión la de una madre abandonando a una hija y huyendo con un hijo sabiendo cuál de los dos me importa más.

Una alarma instintiva recorrió el cuerpo de Petra de pies a cabeza ante el entendimiento de lo que implicaba lo dicho por Zeke. No sería capaz de hacerle algo malo a…

— Ella no es nada mío. – dijo Zeke con tranquila maldad – Es hija de Levi. ¿Qué impediría que le hiciera algo para vengarme de ustedes? ¿No se te pasó esa posibilidad por la cabeza? – entrecerró los ojos ante el deleite de ver a su esposa casi derrotada con esa amenaza – Qué imprudencia dejar a tu hija conmigo.

— ¿En serio te vas a atrever? – balbuceó ella con ira – ¡Eres un maldito!

— Ofenderme no inclinará la balanza a tu favor. – rio el rubio – Prepárate para perder el respeto y el amor de Mikasa. Sólo espero que eso suceda antes de mi muerte, para poder despedirme de la vida con toda la gloria final.

A pesar del miedo que aumentaba en ella, Petra no podía permitirse mostrarle fragilidad a Zeke. Él era un especialista en manejar esos sentimientos negativos a su antojo y a su favor.

Tenía que demostrar seguridad en que no dejaría que nada le pasara a Mikasa y que Falco realmente se marcharía con ella.

— Tu maldad es tan grande, que pareces el personaje de una historia de terror. – le dijo con repulsa.

— Pero no soy el autor de esta trama. – replicó él con indiferencia – Eres tú: tú construiste sola una trampa para ti misma. Y me conoces lo suficiente para saber que no perderé la oportunidad para arrojar la última pala de tierra encima de tu bello sueño de amor.

Ella simplemente se limitó a mirarlo con odio.

— Ya lo sabes, Petra: en cuanto salgas de esta casa con mi hijo, prepárate para enfrentar las consecuencias de ello. – la desafió.

Y ella aceptó el reto. Había pasado demasiados años con la libertad coartada debido al agradecimiento, el aprecio y hasta el miedo que Zeke le despertaba, y sabía que él toda la vida había usado todo aquello para amarrarla a él. Pero ahora no: se iría con su hijo, le pediría el divorcio, lucharía por la tenencia del niño e iniciaría poco a poco una nueva vida junto a Levi. Por el momento, confiaba en que Mikasa, a pesar de su amor intenso hacia su padre adoptivo, no caería en sus posibles intentos de hacerle daño. Se instalaría con Falco en su departamento en Montmartre y no descansaría hasta hacerle ver a su hija mayor la realidad de las cosas. Zeke buscaba encarecidamente amedrentarla mediante amenazas para que todo terminara en una disculpa salida de la boca de ella y con ello, todos felices y el asunto olvidado. Pero no, ya no. Tenía que luchar por ella, por sus hijos y por su felicidad.

Y para sorpresa y confusión de su marido, sonrió, devolviéndole el desafío.

— Pues entonces, Zeke, nos vemos en tribunales por la custodia de Falco. Es lo único que me importa. – le dijo antes de tomar su bolso y buscar a su hijo para salir de allí.

— Después no digas que no te lo advertí. – le devolvió Zeke, controlando su frustración.

Un angustiado Falco la esperaba sentado en la sala junto con sus cosas, y, después de unas disculpas rápidas a Grisha y a Carla, tomó a su hijo y se largó de esa casa para siempre.

Se toparon con Mikasa en la puerta. La joven tenía una mirada carente de vida.

— Vete, ya no te reconozco como mi madre. – le dijo con voz apagada, retirándose al interior de su hogar y dejando a su madre llorando amargamente y abrazando a su hermano menor.

La azabache había perdido a su familia, y de la peor manera. Pero no era momento de llorar y lamentarse, sino de acabar con el causante de todas sus desgracias.


Más tarde y habiendo llegado al departamento que había comprado en la pintoresca Rue de l'Abreuvoir, Petra alimentó y arropó a un Falco aún afectado hasta que el niño pudo dormir. Acto seguido, besó el portarretrato de Colt que había conseguido rescatar en medio de su prisa y tomó su celular para comunicarse con Levi.

— ¿Bueno? – contestó él adormilado, pues ya era algo tarde.

La pelirroja tragó saliva.

— Levi, ya está hecho. – le dijo de manera directa – Anota la dirección que te voy a dar.

Feliz y brincando de la cama para buscar su anotador, Levi agradeció a quien fuera que comandaba el destino por esta segunda oportunidad con su amor.


En la mansión Jäger, Grisha entraba en el despacho para encontrarse a un Zeke colérico.

— Levi Ackerman ha reaparecido en nuestras vidas. – dijo secamente el rubio.

Grisha no necesitó de más para entender toda la situación.

— Percibía que las cosas con Petra no marchaban bien, pero no me imaginaba que tanto. – comentó – Zeke, tarde o temprano el pasado los iba a alcanzar y superar.

— A estas alturas, el pasado es lo que menos me interesa. – le dijo su hijo con frialdad – Es el futuro que pretenden construir lo que me causa problemas.

— Sería mejor para ti y para tu familia que desistas...

— ¡De ninguna manera! – interrumpió Zeke – Voy a hacer hasta lo imposible para que vuelva conmigo, y si sigue insistiendo con su novela romántica con Levi, tengo dos armas perfectas.

Grisha arqueó una ceja, perplejo ante la inclemencia de su hijo mayor.

— ¿Y son...?

— Una la tengo yo y la otra se la llevó ella por el momento. – respondió el rubio con una sonrisa sádica – Para desgracia de Levi, Mikasa me ama como su padre y estará dispuesta a todo con tal de verme feliz. En cuanto a Falco, creo que es hora de poner en marcha la idea de Mater Ymir.

— Pues no te ayudaré. – declaró su padre con desagrado – En primer lugar, sospecho lo que piensas hacer con Mikasa y me parece cuestionable que pongas a la hija en contra de sus padres biológicos. Con respecto a lo otro, rechazo el plan de Ymir y no pienso permitir que Falco salga del país. – y el advirtió – Me mantendré al margen de todo esto, pero si Petra llegara a pedirme ayuda por mi nieto, ve sabiendo que no se la negaré.

Zeke lo miró divertido y desafiante.

— Que así sea, Pater.

En ese momento, Mikasa entró con lágrimas en los ojos y corrió a abrazar a su padre.

— ¡Esto es imperdonable! – sollozó en su pecho – ¡Jamás la perdonaré! ¡Quiero a mi hermano de vuelta!

Zeke la estrechó entre sus brazos.

— Hay que ser fuerte, hija. – le dijo con dulzura y tristeza – Pero puedo asegurarte que la justicia estará de nuestro lado.

Grisha contemplaba la escena con una mueca de desaprobación.


A la mañana siguiente, Pieck Finger se levantó mucho antes de que sonara el despertador, como era la costumbre desde que consiguió el trabajo de secretaria de Zeke Jäger. Su cargo era agotador y el rubio de lentes había demostrado desde el día uno ser alguien exigente e implacable, por lo que no quería desentonar por nada del mundo con él, siendo la persona a la que más debía conocer después de su propia familia. A veces, él la trataba con impaciencia, pero justificaba esos arranques furiosos de su jefe con el hecho de que era un hombre ocupado y bajo constante presión. ¿Qué podía saber alguien como ella sobre el ritmo de vida de un líder empresarial?

Más allá de eso, su nueva vida laboral estaba haciendo mella en ella. Pese al poco tiempo que llevaba trabajando en el Grupo Eldia, había iniciado con la extraña costumbre de esmerarse en su arreglo para encontrarse todos los días con su jefe en la oficina. Bueno, era casado y seguramente tenía millares de mujeres a la caza de la oportunidad de ser sus amantes, por lo menos una noche... pero no podía evitar ver a Zeke Jäger como un héroe y una especie de dios: tan guapo, tan elegante, tan educado y tan efusivo cuando la ocasión lo requería. Pero estaba convencida de que sentía admiración por lo que era él y su reputación en el mundo de los negocios. No podía estar enamorada de alguien que apenas conocía a fondo y que, además, era superior a ella en todos los sentidos.

Ni ella se entendía.

Cuando llegó a su puesto, vio con sorpresa que Zeke llegaba casi junto con ella, muy temprano para la hora que acostumbraba llegar. Con preocupación, notó que los ojos de su jefe reflejaban rabia y angustia contenidas. No podía imaginar qué podría estarle sucediendo, pero quería demostrarle su apoyo haciendo lo que mejor sabía hacer: ser eficiente y a la espera de facilitarle sus asuntos.

También vio, con tristeza, que el rubio pasó de ella y se dirigió directamente a su oficina a toda prisa. No había mañana en que no la saludara, mostrándole amabilidad y simpatía. Pero esa mañana ni se fijó en ella.

Aun así, se precipitó para hacerle un repaso de su agenda de la jornada.

— ¡Señor Zeke! No se olvide de que hoy tiene un almuerzo...

— Cancela el almuerzo y todos los compromisos que tenga hoy. – le dijo él secamente y sin mirarla, mientras se sentaba en su escritorio.

— Pero...

Para su horror, su jefe levantó la vista mirándola con fastidio.

— ¡Ya sal! – le espetó.

Pieck sólo atinó a agachar la cabeza y retirarse en silencio.

— Sí, señor...

Mientras volvía a su sitio, Yelena hizo su aparición. Le dirigió una mirada curiosa a la joven Finger.

— Me han dicho en la entrada que Zeke llegó hecho un demonio. – comentó con alegría.

— No sé nada, señorita. – replicó Pieck con incomodidad.

Yelena bufó con un gesto de burla.

— Puedo ver que te ha tratado mal. – gorjeó, luego volvió a divagar en los cómos y los por qués del enojo de su amor secreto – ¿Será que tuvo una discusión con Nina? ¡Ay, ojalá así fuera! Ya va siendo hora de que se aleje de esa mujer. – y se retiró hacia su propia oficina, dejando a Pieck sola y algo celosa.

Mientras caminaba sola por el pasillo tarareando una canción y esperanzada con esa posibilidad de oro, Yelena no contó con que una mano salida de la nada la tomó del cuello de la camisa para estrellarla de espaldas a la pared. Gimió de dolor, y cuando enfocó los ojos para ver a su atacante, se estremeció al distinguir la mirada llena de locura de Mikasa.

Había escuchado su pequeña charla con Pieck.

— Más te vale que no te metas donde no te llaman, boche insoportable. – le advirtió la azabache con odio. La soltó bruscamente y se alejó del lugar.

Pero lejos de provocar que la rubia obedeciera a su mandato por miedo, aquello sólo la alentó a seguir adelante con su propósito de conquistar a Zeke. No desistiría ahora que el destino le ofrecía un probable quiebre en su matrimonio.

Retomó sus pasos con la espalda adolorida, pero de muy buen humor.


Más tarde, en una confitería cercana a las oficinas y tomando un té para intentar tranquilizarse, Mikasa notó de nueva cuenta al muchacho rubio que había detectado de aquí a un tiempo. Supuso que la seguía, y que la razón más plausible podría ser la de un interés amoroso por ella. Siempre había sido muy bien valorada por el sexo opuesto, y pretendientes y hasta acosadores no le faltaban, pero siempre los rechazaba o daba por terminadas sus esperanzas: su único anhelo era Eren, y hasta no lograr su amor no se detendría, así tuviera que obligarlo. Pero, por el momento, no se veía en condiciones emocionales idóneas como para llevar a cabo la que consideraba la empresa de su vida; por ahora dejaría que Historia Reiss llevara la delantera.

Pero, a pesar de su teoría más obvia, no dejaba de tener un mal presentimiento respecto al sujeto. Se encontraba sentado a unas mesas de distancia y parecía anotar cosas constantemente. Frunció el ceño con sospecha.

Tenía que averiguarlo ya.

Aprovechó una distracción del joven para desparecer de su vista por un segundo, para luego reaparecer junto a él.

— ¿Puedo sentarme contigo? – preguntó amablemente.

El muchacho rubio se ruborizó.

— S-sí, claro... - balbuceó.

La azabache se sentó y fue al grano.

— He notado que me anduviste siguiendo desde hace unos días. – le dijo directamente. El joven comenzó a sudar frío; si llegaba a darse cuenta de lo que pretendía hacer y su misión, estaría en problemas – Y déjame decirte que me siento muy halagada de ser perseguida por un hombre tan apuesto como tú. – agregó con un sonrojo adorable en las mejillas.

Él se sintió dividido: por un lado, aliviado de que ella creyera que la razón era otra más superficial; y por el otro, impresionado porque una chica tan linda se fijara en él. Por un momento, se olvidó de todo su entrenamiento y de la fibra de la que estaba hecho como espía y agente secreto. Pero no podía negar que se le antojaba tentador no sólo una retribución económica por el trabajo que tenía que hacer, sino también la posibilidad de ganarse un buen revolcón con semejante mujer.

— Me llamo Mikasa Jäger. – se presentó ella con una sonrisa y extendiéndole la mano.

Él se la estrechó con mucho gusto.

— Thomas Wagner. – respondió, devolviéndole la sonrisa.

Se dispusieron a hablar y a distenderse un poco. Thomas no notaba el brillo peligroso en la mirada de Mikasa cada vez que desviaba la mirada.


Mientras tanto, en la aldea liberiana de Woleke 2, Zöe Hange luchaba a capa y espada no sólo para determinar la ruta del virus en la zona, sino también como médica en activo al frente de batalla junto a sus colegas en la misión de curar a las personas infectadas y buscarle un fin a ese bote epidémico. Era cansador y la mujer nunca se había visto tan sofocada entre la teoría y la práctica de su profesión, siempre sentada en un escritorio o en la comodidad y seguridad de un laboratorio. Pese a sus años como profesional de la salud, el panorama que se le presentaba era nuevo para ella.

Pero su mente se veía más afectada a causa de Erwin Smith y Keith Shadis, viendo que ambos hombres se la pasaban compitiendo por su atención y ayudándola. Había notado que el británico se aparecía mucho por allí, alegando que en Kablekeh, su pueblo asignado, sus colegas eran más que suficientes, por lo que veía buena idea dar una mano a las otras aldeas afectadas. Pero Erwin sabía que no era por eso, sino que era para vigilarlo respecto a Hange. Ambos hombres se la tenían jurada desde el primer día, y desde la declaración de "guerra" de Shadis, su lucha de voluntades e ingenios por el interés de la doctora de lentes se había vuelto encarnizada.

Ofrecimientos para llevar y traer recursos y personas, cuidados a la hora de descansar... esas sólo eran algunas de las cosas por las que los dos competían. La consideración de Shadis hacia la castaña era sincera, pudo colegir Erwin, pues se notaba mucho que donde hubo fuego, cenizas quedaban, además de que era intención del epidemiólogo ganarse nuevamente el afecto de su antigua alumna y pareja. El caso de Smith, contrario al de su rival, era por puro ego y orgullo de macho: no soportaba perder, así fuera por algo que en realidad no le importaba, pero no podía ni imaginar verse derrotado por ese hombre tan insoportable. Si lograba ganarse a la médica, ya vería con qué disculpa salir para no avanzar en algo serio, pero la satisfacción de la ganancia no se la quitaría nadie. Era consciente de que estaba en desventaja al verse en un terreno que no dominaba, y viendo cómo Shadis se le adelantaba siendo solícito con Hange y llevando los asuntos de la epidemia con gran dominio. Pero no quiso quedarse atrás, y el rubio no tardó en ofrecer dinero e infinitos recursos para facilitarles las cosas a todos los médicos a cargo. Tenía que vencer con lo que él podía ofrecer.

Pero Hange ni se imaginaba que ella era el objetivo a alcanzar en esa batalla tácita entre los dos.

Un día, cuando terminó su turno y volvió a la carpa que compartía con el rubio millonario, él la recibió de una manera muy hacendosa.

— Bienvenida de vuelta. – la recibió muy orondo – Preparé la cena, pero antes me puse a limpiar un poco. Nuestro lugar tiene que verse habitable.

Hange no entendía nada.

— ¿Qué bicho te picó, Erwin Smith? – se extrañó – Todavía no es época de dengue, así que no deberías comportarte así. Hasta desconfío...

— Has sido muy amable al mantenerme aquí contigo y dejarme ayudarte, ¿por qué no puedo retribuirte? – replicó él amablemente, ella se imaginó que así hablaba en sus reuniones cuando quería algo – Además, ya que no puedo ser tan útil como quisiera, descubrí las delicias de ser amo de casa. – agregó riendo.

— Sigo sin entender... pero no importa, soy feliz de saber que me has ahorrado muchas cosas. – le sonrió ella – Gracias, Erwin.

Algo se removió en el pecho de Erwin Smith al verla sonreírle de esa manera tan amable y desinteresada.

Tal vez se estaba pasando un poco al ser condescendiente con ella y prestarse al jueguito de los rivales por amor con Keith Shadis. Pero ya no podía echarse atrás; era una cuestión de honor.

Se dispusieron a comer, y en lo que departían sobre los acontecimientos del día, repentinamente Erwin Smith tomó una mano de Hange entre las suyas. La inesperada acción provocó que la castaña se sonrojara a más no poder y que hipara a causa de la sorpresa. El rubio sonrió con dulzura.

— Quiero que sepas que no te dejaré sola en todo esto. – le prometió – He sido testigo durante estos días del desgaste y las frustraciones que has sufrido y déjame decirte que ya me he comunicado por el radio con algunas personas para que envíen gente y recursos sanitarios. Es lo menos que puedo hacer por ti y para "pagar" mi estadía en este lugar.

Hange seguía aturdida por sentir las suaves manos del norteamericano y por su mirada tan seductora.

— Eh... no es para tanto... pero si quieres ayudar, está bien... muchas gracias... – farfullaba roja como un tomate y sudando aún más; se sentía tan asquerosa por no estar a la altura del impecable Erwin Smith.

Él continuaba sonriéndole y mirándola como si fuera la gema más valiosa del mundo. A continuación, se inclinó levemente hacia adelante y en dirección a los labios de la mujer. A Hange se le erizaron los vellos de la nuca y los brazos.

Pero Keith Shadis entró de sopetón en la carpa y, con eso, se dio por terminado el momento romántico. Erwin se hizo a un lado rápidamente y Hange tuvo que hacer malabares para no caer de su silla plegable.

Pero a Keith sólo le bastó un vistazo para comprenderlo todo.

Era más que evidente que Smith tendría la ventaja si era el compañero de carpa de la médica. Se juró que volvería más sanguinaria la competencia.

— Perdón, no quise interrumpir... – se contentó con gruñir por el momento.

— ¡No interrumpes nada, Keith! – chilló la castaña mientras hiperventilaba – ¡Ven a cenar con nosotros!

— No, gracias. – respondió el británico con fría urbanidad – Sólo venía a avisarte que mañana a primera hora llegarán médicos de Greenville para prestarnos ayuda. – miró a Erwin con fastidio – Buenas noches. – y salió del lugar.

— ¡Buenas noches, Keith! – exclamó Hange, sin darse cuenta de la mutua hostilidad entre ambos hombres y contenta de recibir más profesionales – Mejor terminemos de comer y vamos a dormir. – le dijo tímidamente a Erwin – Mañana será un día movido.

El rubio sólo asintió y ambos volvieron la atención a su comida, sin sospechar siquiera, ni ellos ni el resto de la aldea, de un grupo de binoculares con visión nocturna que vigilaban el paraje a la distancia.