Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time
Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1
Notas: ¡Hola, hola! Ya estamos a domingo, de nuevo. Ay que ver lo rápido que se pasan las semanas, ¡parece mentira que ya hayan pasado tantos días desde que empecé esta historia! Como siempre: ¡Muchísimas gracias a todxs lxs que dedicáis un momentito de vuestro tiempo en leerme y también a aquellxs que escribís comentarios con vuestras impresiones! Sois un sol :)
CAPÍTULO 10
Setecientos metros
El apartamento en Nueva York siempre le había parecido vacío. Estaba acostumbrada a su vida en Boston y aún no se hacía a la idea de que tuviera que empezar en un lugar como aquel, tan lleno de gente. Sin embargo, ver como Sam y Nigel colocaban la décima caja de cartón en el recibidor, hizo que notara cierta calidez en el pecho. Una parte de ella aún no se creía que la rubia hubiera aceptado su proposición, que fueran a vivir juntas, así que desde hacía varios días que se pellizcaba la mano izquierda para comprobar que no estaba viviendo en un sueño.
Sonrió bobamente al pasar junto a la última pila de cajas y muebles que Emma había decidido traer de su piso y se encendió un cigarrillo. Al ritmo que llevaban, conseguirían tenerlo todo listo antes del anochecer. Esa era su meta, ya que quería sorprenderla cuando volviera del trabajo. La rubia se había marchado al restaurante en el que trabajaba, el Lumiere, cuando las calles aún no habían ni amanecido y aunque le había dicho que quería ayudarla con la mudanza, Regina sabía que llegaría demasiado cansada como para ponerse a mover cajas de arriba abajo. Echó una bocanada de humo y se cruzó de brazos. «¿Y ahora qué hago con tantos trastos?», pensó.
—¿Dónde dejamos esto? —preguntó Sam, jadeante.
Se refería a una de las butacas del salón de Emma, aquella en la que a la morena le gustaba sentarse cuando iba de visita a su piso. Dio un rápido vistazo a su alrededor, frunciendo el ceño. No combinaba, en absoluto, con el estilo del resto de su apartamento. Se acarició las sienes con la yema de los dedos y suspiró. Sabía que a la rubia le haría ilusión ver esa butaca, ya que formaba parte de las cosas que había catalogado como «imprescindibles» para mudarse, así que no le quedaba más remedio que encontrarle un hueco. La cuestión era: ¿dónde?
Tanteó el espacio, caminando a lo largo y ancho de su amplio comedor.
—Ponedlo aquí —ordenó, señalando el espacio que había entre su sofá y la lámpara de pie.
Sam asintió, resoplando cuando entre él y Nigel volvieron a alzar la butaca. El pelirrojo, en cambio, no parecía estar teniendo demasiados problemas para cargar con el peso. O puede que sólo quisiera hacerse el fuerte ante su compañero. Con aquellos dos nunca se sabía. El mueble cayó suavemente sobre el parqué del salón y Regina lo contempló, cruzada de brazos. Tampoco quedaba tan mal y lo cierto es que era bastante cómoda.
Sus dos guardaespaldas se sacudieron las manos y volvieron al trabajo, desempaquetando las cajas. La morena aprovechó para dejarse caer en la nueva butaca del salón. La suavidad del cojín parecía abrazarla, aunque lo más notable era lo mucho que podía sentir el aroma de Emma en ella. Casi parecía que estuviera allí. Cerró los ojos, dejándose llevar por el aroma, y le dio una calada al cigarrillo. Sentía que aún no era del todo consciente de que en las próximas horas aquel agradable olor formaría parte de su día a día. Ya no estaría sola.
El teléfono sacudió los bolsillos de su pantalón, vibrando, y ella chasqueó la lengua. Estaba cansada de recibir una llamada tras otra, pero cuando pudo ver la pantalla del dispositivo su mente se despejó al instante. Descolgó, sintiendo los hombros tensos.
—Buenos días, señorita Mills —la voz del doctor García sonó a través del audífono del terminal—. Lamento no haberla avisado de mi llamada y espero no importunarla en su trabajo, pero... ¿Podría dedicarme unos minutos de su tiempo?
—No me molesta ni interrumpe en absoluto, doctor —aclaró ella. Todo su cuerpo palpitaba al ritmo de sus latidos—. ¿Ha pasado algo? ¿El señor Mills está bien?
Desde su visita a Boston, hacía ya casi dos semanas, que Regina había acordado con el doctor García tener reportes diarios sobre el estado de salud de Henry. No le sorprendía oír su voz, lo que la alteraba es que en aquella ocasión parecía diferente. No había recibido el mail confirmando la hora para tener su habitual charla, sino que el hombre la había llamado directamente y eso sólo quería decir una cosa: Necesitaba tratar con ella algún tema urgente.
—El señor Mills se encuentra estable, no se preocupe —le dijo, carraspeando—. Llamaba por las muestras de sangre que recibimos ayer. Los resultados han ido mejor de lo esperado, ¿recuerda que hablamos de un porcentaje de un setenta por ciento de transmisión? En este caso, todo hace pensar que estaríamos ante el treinta restante. No hay nada que indique que el componente genético de la enfermedad se haya heredado por la paciente.
La morena cayó sobre la butaca, suspirando. Sentía el cuerpo mucho más ligero.
—Le agradezco la buena noticia —confesó.
—Son unos resultados que auguran cierto optimismo, no cabe duda. Sin embargo, será necesario realizar chequeos y análisis periódicos como medida de prevención. Dada la naturaleza excepcional de la enfermedad de su padre, no podemos asegurar nada a largo plazo —expuso, en un tono algo más comedido.
—Lo comprendo —apoyó la cabeza en el respaldo, cerrando los ojos. Tras la buena noticia, aquello había sido un jarro de agua fría—. ¿Su equipo ha realizado algún avance en la investigación que quiera reseñar, doctor?
—Continuamos en el mismo punto que le comenté el otro día. Estamos testando un nuevo fármaco que ralentiza los avances de la enfermedad, además de minimizar y reducir considerablemente sus efectos dañinos en los órganos vitales… pero aún no es del todo estable y podr-...
—Está bien. Por favor, continúen trabajando. Estaremos en contacto —apostilló, dando por zanjada la conversación.
La cabeza le iba a estallar. En cuanto el doctor García volvió a recobrar el aliento para musitar un tímido «por supuesto», ambos se despidieron y Regina colgó la llamada. Estaba mentalmente agotada. Sentía que cargaba con demasiado; la enfermedad de Henry, la responsabilidad de mantener la empresa a flote y (aquello que más le revolvía el estómago) todas las mentiras que tenía clavadas, como alfileres, en su pecho.
Muy en el fondo sabía que no estaba haciendo bien al ocultarle a Emma el motivo real de sus análisis de sangre. La rubia merecía conocer la verdad y no creer que todo había sido un proceso rutinario al que ella sometía a sus empleados para saber si padecían de alguna enfermedad «contagiosa». Si la llamada de García hubiera augurado un futuro más negro para Emma, se lo habría contado todo de inmediato, ¿no? «Ya no eres capaz ni de afirmar eso con seguridad, Regina», se reprochó dándole una calada al cigarrillo.
Irreconocible. Ella, que tanto había abogado por la integridad y la sinceridad, le estaba mintiendo a dos personas a las que consideraba importantes. ¿El fin justificaba los medios? Bufó. Había momentos en los que sólo quería llorar, encogerse hasta hacerse muy pequeña y desaparecer. Y aquel era uno de esos.
Se puso en pie, apagando el cigarrillo en el cenicero que había sobre la mesa del comedor y se despidió de sus guardaespaldas al son de «dejadme sola». Sam y Nigel asintieron, el ceño fruncido, y desaparecieron tras el umbral de la puerta.
Regina suspiró al sentirse libre de ojos indiscretos y se dirigió a su cuarto. Tal vez si dormía un rato al menos se le pasaría el dolor de cabeza.
[...]
Oía un golpeteo. Primero como algo lejano, casi en un plano distinto de su realidad. Después lo sintió acercarse hasta que el sonido se hizo tan fuerte que no le quedó más remedio que abrir los ojos. Ya era de noche, ¿qué hora sería? Echó mano de su teléfono, tanteando en la mesita hasta dar con él, y ojeó el reloj en la pantalla. Al segundo, un escalofrío le recorrió la columna vertebral y se incorporó de inmediato.
«Mierda, mierda, mierda», rebuscó en su armario y cogió la primera bata que encontró, atándola a su cintura, y saliendo disparada hacia la puerta. El sonido de los golpes era mucho más intenso y a medida que se acercaba a la entrada sentía que el ruido se le clavaba en las sienes. Agarró el pomo con una mueca dolorida y tiró hacia ella.
Al otro lado del umbral se encontraba Emma, con el labio fruncido y los brazos cruzados.
—¿Cuándo pensabas abrir? Llevo aquí veinte minutos —le reprochó.
La rubia parecía cansada y Regina estaba segura de que no sólo era por haber estado esperando frente a su puerta. Emma estaba mucho más pálida de lo habitual, en un tono que rozaba lo enfermizo, y que contrastaba con el marcado color oscuro de sus ojeras. El cabello le caía a ambos lados de la cara, en un semi recogido algo deshilachado que bien le hacía pensar que habría pasado un día duro en el trabajo.
Tenerla delante con ese aspecto tan desvalido y ese uniforme maltrecho le encogía el corazón. Apretó los labios, maldiciéndose a sí misma por haberse quedado dormida.
—Lo siento —se disculpó, haciéndose a un lado—. ¿Por qué no has usado la llave que te di?
Emma le lanzó una mirada fulminante mientras entraba en el apartamento, sosteniendo una bolsa de deporte corroída por el tiempo en su mano izquierda.
—¿Tengo que recordarte lo que ocurrió la última vez que entré sin llamar?
—Vamos, eso era distinto —repuso, cerrando la puerta—. Ahora vivimos juntas, se da por hecho que espero que estés en el piso, ¿sabes? No me voy a alarmar por ver a alguien caminando por el salón.
—Prefiero no jugarme el pescuezo hasta que te acostumbres a mi presencia —apuntó ella.
Regina rodó los ojos y se acercó al armario de la entrada, abriendo uno de los cajones. «Juraría que aquí había guardado un paquete de Marlboro...», sonrió, triunfal, al dar con lo que buscaba.
—¿Esas cajas son mías? ¿Las habéis traído todas? —preguntó la rubia, señalando los más de diez paquetes de cartón que se amontonaban en el vestíbulo—. Mañana es mi día libre y pensaba aprovechar para hacer la mudanza…
—Bueno, pues nos hemos adelantado —le respondió, rasgando el paquete hasta sacar un cigarrillo. Ahora sólo le faltaba encontrar uno de sus (muchos) mecheros.
—No era necesario que os tomarais la molestia —insistió, agachándose para revisar los paquetes acartonados—. Dios mío, si incluso habéis escrito por fuera lo que hay dentro de cada caja: «libros, películas y discos», «ropa de abrigo y jerséis», «ropa inter-... —interrumpió su lectura, poniéndose en pie. Por el extraño ruidito que salió de sus labios, parecía dispuesta a estallar de un momento a otro.
—Antes de que lo preguntes: No, ni Sam ni Nigel han visto tu ropa interior —aclaró Regina, abriendo el tercer cajón del armario y estirando la mano por su interior. Empezaba a enervarla no dar con el mechero—. De esa caja me ocupé yo personalmente.
—¿Y se supone que eso me tiene que consolar? ¡Es mi ropa interior! ¡¿Es que no ves que es algo íntimo?! —cogió aire, farfullando entre dientes. Parecía que sus pensamientos estuvieran más atropellados que sus palabras—. Me siento súper expuesta ahora mismo… —añadió.
—Lo entiendo y lo siento, de verdad —le respondió la morena.
Al fin había conseguido prender el cigarro y la primera calada le supo a gloria. Expulsó una bocanada de humo, relajando los músculos, y se volteó hacia Emma. Ella estaba de pie, contemplándola con ese aire impasible y frío que la caracterizaba. La había hecho enfadar de nuevo.
—Tienes razón en molestarte, no pensé bien en ello… ¿Quieres ir a mi cuarto a echarle un vistazo a la mía como compensación? —propuso, ladeando una sonrisilla.
Emma bufó, mirando a otro lado. Las mejillas se le habían enrojecido casi tanto como las orejas y Regina estalló en una carcajada al verlo.
—No llevo ni diez minutos aquí y ya me estoy arrepintiendo de haberme mudado contigo —comentó, resoplando.
—¡Oh! Eso hiere mis sentimientos, niña —protestó, en un tono de lo más teatral—. Sin embargo, ya no puedes echarte para atrás: Informé a tu antiguo casero, el señor Joffrey-...
—Jeffrey —la corrigió.
—¡Ese! —admitió, risueña, con el cigarrillo revoloteando entre los dedos—. Como iba diciendo, avisé hace un par de días al señor Jeffrey de tu situación y, tras devolverme la fianza que pagasteis en su día, me comentó que ya tiene en mente quién será el nuevo inquilino.
—¿Su amigo Ahmad? —preguntó la rubia. Regina asintió, sorprendida.
—¿Cómo sabías que era él?
—Jeffrey solía amenazar con desahuciamos a mi padre y a mí del piso cuando pasábamos algunos meses sin pagarle y siempre nos repetía lo mismo: «¡Un día os daré la patada y meteré a Ahmad, que él sí que es buen pagador!» —explicó, encogiéndose de hombros—. Tiene gracia que al final haya sido yo quien me marchara.
—Pues sí. Y, por cierto —se acercó a ella y le rodeó la cintura con la mano que tenía libre. Emma se tensó al instante—. Yo nunca te daría la patada —puntualizó, guiñándole un ojo.
La muchacha se apartó, refunfuñando algo sobre lo «atrevida» y poco «educada» que era y Regina volvió a reír. Había algo en aquella chica que hacía que todas sus preocupaciones se desvanecieran, como si lo único importante en el mundo fuera el momento que estaban compartiendo juntas. Se llevó el cigarrillo a los labios, dándole una calada, mientras meditaba sobre qué hacer a continuación. Emma parecía haber optado por ignorarla y estaba agachada frente a las cajas, abriendo una de ellas.
Una idea le cruzó la mente y sus labios dibujaron una sonrisa traviesa. Si la ropa de la rubia aún estaba metida en las cajas, tal vez podría darle algo suyo para cambiarse. Como una bata de satín semi transparente y ropa interior de encaje a conjunto. Lo cierto era que se moría por verla con algo así.
—¿Por qué no pasas por la ducha primero? Así podría ir preparando la cena y después te ayudo a desempaquetar, ¿qué te parece? Puedes usar mi ropa para cambiarte, no hay problema —le sugirió.
—¿De verdad? Te lo agradezco, lo cierto es que sí que me apetece esa ducha. Aunque no será necesario que me prestes nada. Traje ropa para un par de días en mi mochila —le indicó, señalando la aparatosa bolsa en la que Regina se había fijado antes, pero que por algún motivo su mente había decidido olvidar.
Inhaló el humo del cigarro, ahogando con él su frustración.
—¡Qué bien! —exclamó, el tono más amargo que su sonrisa—. El baño está en la segunda planta, siguiendo el pasillo y al fondo a la izquierda. Hay toallas suficientes en los armarios, pero si necesitas cualquier cosa puedes darme un toque.
Ella le agradeció de nuevo la sugerencia y se puso en pie, recuperando la mochila que había dejado junto a la puerta. Tras echársela a la espalda, se despidió de ella y fue en dirección a las escaleras del salón. Regina la observó en silencio, con la única compañía del crepitar de su cigarrillo al convertirse en ceniza. «Habrá más oportunidades, no te apresures», se recordó mientras sacudía la cabeza.
Empezaba a sentirse demasiado ansiosa por sorprender a Emma con la guardia baja y eso le preocupaba. Estaba cambiando, convirtiéndose en una persona a la que no reconocía, y las mentiras eran sólo el principio. Ya ni siquiera le importaba haberle prometido a esa cría que no intentaría nada con ella. Cada vez le costaba más controlar los impulsos de su cuerpo cuando la tenía cerca. Quería hacerla suya, quería que sólo la mirara a ella. Era como un animal salvaje, herido y hambriento, frente a una resplandeciente gacela.
¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido tan desesperada por la atención de alguien? Suspiró, consciente de que muy en el fondo ya sabía la respuesta.
Caminó hacia la cocina y abrió la nevera, lanzando el cigarrillo a la fregadera. Tenía que controlarse, recobrar la compostura y ser una anfitriona respetable. Al fin y al cabo, le había prometido a Henry que cuidaría de ella, ¿no? Sacó un par de lomos de salmón y cerró la puerta. Empezaría por hacer una buena cena.
Nunca se había considerado una gran cocinera, pero le encantaba pasar el tiempo entre fogones. Sentía que, al hacerlo, su mente la transportaba al pasado, sumergiéndola en sus recuerdos de niñez. Había ocasiones en las que el mero hecho de estar ahí, de recordar esa infancia, la hacía sentir dichosa. Pensaba en su madre, siempre sonriente a pesar de lo cansada que se veía por doblar turnos en la fábrica. Y también recordaba a su padre, cubierto de hollín y mugre cuando volvía a casa, sorprendiéndola con un nuevo dulce que había tomado prestado de la panadería.
No obstante, había otras ocasiones en las que esos recuerdos tiraban de ella hacia abajo, hacia un lugar oscuro y frío que no quería volver a visitar. Y entonces la dicha se transformaba en dolor y el dolor se volvía agonía. Como un círculo vicioso que no dejaba de repetirse, devorándola por dentro, sin que ella fuera capaz de detenerlo.
Pero Regina seguía cocinando.
—¿Dónde dejo la ropa sucia? —la voz de Emma la sacó de sus pensamientos.
No la había oído acercarse con el ruido del extractor de la campana de la cocina, pero la rubia se encontraba junto a la nevera sosteniendo un amasijo de ropa revuelta en sus manos. Tenía el cabello envuelto en una toalla y vestía unos shorts casi tan holgados como su camiseta blanca. Podía entrever cierta humedad en su cuerpo por las transparencias del tejido, que se le pegaba a la piel a la altura del estómago y el pecho. Parpadeó, volviendo en sí.
—La habitación de la colada está en el segundo piso. Es la puerta que está, literalmente, al lado del baño —le indicó. La rubia hizo una mueca de hastío que le hizo reír—. Puedes llevarla después, si quieres. Déjala en un rincón y vayamos a comer, que si no se enfriará la cena.
El rostro se le iluminó al segundo y ella sonrió, complacida. Por cómo le había echado el ojo la rubia al salmón, empezaba a comprender que el mejor modo de ganarse a Emma pasaba por conquistar primero su paladar. «Tendré que repasar mis nociones de cocina», pensó, divertida.
Ambas se sentaron en la isla de la cocina, con los platos delante y una botella de vino blanco entre ellas. Ella sirvió dos copas y empezaron a comer. Por la expresión de placer y el brillo en los ojos de Emma, supo que el plato le había gustado. Sonrió, dedicándose durante unos instantes a apreciar lo feliz que parecía aquella muchacha devorando el salmón, y sintió que parte de su felicidad empezaba a contagiársele.
Regina no estaba acostumbrada a compartir momentos como ese con nadie. Le parecía algo de lo más íntimo. Habitualmente sus citas eran bastante más concurridas (ya que solían ser por motivos de trabajo) y en restaurantes de alto postín. Así que compartir mesa en el lugar que ella consideraba su santuario, en ropa de estar por casa y con una persona que hacía que su corazón se desbocara, le resultaba extraño. Y más extraño aún le parecía lo mucho que le gustaba.
Amplió la sonrisa al ver cómo Emma le daba un nuevo trago a la copa de vino. Ya tenía las mejillas bastante sonrosadas, así que pronto tendría que insistirle en que dejara de beber o al día siguiente padecería resaca. Por el momento, se limitaba a escuchar a la animosa rubia contándole la bronca que había tenido con un cliente por intentar pagarle con un billete falso cuando sonó el timbre de la puerta. «¿Quién podrá ser a estas horas?», se preguntó.
—Voy yo, espérame un segundo —le dijo, poniéndose en pie.
Llegó a la entrada y abrió la puerta, descubriendo quién era la persona que había decidido molestarla a esas horas. Danielle. Por más que una parte muy primaria de ella se alegrara con la visita de la castaña, no había podido ocurrir en peor momento. La secretaria de Henry la miraba, los ojos completamente encendidos en deseo y Regina sintió un escalofrío. Había aparecido con ropa de lo más ajustada y un escote sugerente por el que se perdía su mirada, así que se aferró al marco de la puerta para controlar el impulso que quería adueñarse de sus manos.
—Danielle, no estamos sol-...
La joven se abalanzó sobre ella, atrapando sus labios y sellando el intento de Regina por avisarla de la presencia de Emma. Aún con todos sus sentidos vibrando por el contacto, la morena cortó el beso, echándose hacia atrás, y carraspeó.
—Para, no puedes hacer eso así como así —la regañó, frunciendo el ceño—. Y tampoco me gusta que vengas a verme sin avisar.
—Te echaba de menos. Llevas días contestando a mis mensajes sólo si están relacionados con algo del trabajo —refunfuñó—. Me he sentido muy sola —añadió, enlazando los brazos por su cintura.
Regina la sujetó por las manos y se libró de su amarre.
—Danielle, tengo compañía —puntualizó.
—¿Estás con alguna buscona otra vez? Sabes que odio cuando vas con otras y-...
—No, no es nada de eso —resopló, exhausta. Le gustaba acostarse con Danielle, pero sus sentimientos por ella estaban empezando a ser un problema—. Es sólo una empleada, nada más.
Oyó unos pasos y se ladeó justo a tiempo de ver a Emma lanzarle una mirada furibunda Tragó saliva. Sabía que, con toda probabilidad, aquello no le habría sentado bien, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Henry le había hecho prometer que nadie conocería la verdadera identidad de Emma y la única historia que le encajaba (dada la deuda que teóricamente debía pagarle con su servicio) era esa.
—No se preocupe, jefa —subrayó la rubia, el tono viperino—. Recogeré la cocina y me iré. Eso sí, después no se olvide de abonar los pagos correspondientes. Por algo soy sólo su empleada —zanjó a desgana.
Danielle volvió a apegarse a ella y se asomó por encima de su hombro, echando un vistazo a Emma conforme se marchaba del vestíbulo. Arrugó las cejas y finalmente volvió a mirar a la morena.
—Qué mal carácter tiene —observó, frunciendo los labios—. ¿La has contratado como interina? Si me lo hubieras dicho te habría encontrado a alguien más cualificado.
—No necesito que seas mi secretaria, Danielle. Y ya que te has presentado sin avisar, aprovechemos y vayamos al dormitorio —le inquirió, cerrando la puerta del apartamento.
La muchacha amplió la sonrisa, paseando la lengua a lo largo y ancho de su cuello y Regina sintió su piel erizarse. Quizás necesitaba aliviar toda la tensión acumulada de los últimos días. Puede que, de ese modo, se sintiera menos ansiosa alrededor de Emma. Aunque había otro motivo por el que le interesaba complacer a Danielle.
La castaña había resultado mucho más propensa a contarle algún secreto o información confidencial cuando se quedaba satisfecha. Y Regina tenía varias preguntas pendientes.
Y con esto llegamos al ecuador de «Hasta saldar la deuda»
En los próximos capítulos la trama se irá cerrando cada vez más, ¿hacia dónde creéis que irá?
¡Nos leemos!
