Este Fic es una adaptación de la novela "Déjame amarte" de Maruena Estríngana la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 8

Rukia

Dejo el libro sobre la mesa, inquieta, tras leer esa afirmación pues es algo que

siempre he temido. Que un día mi pasado regrese. Que un día sepa por qué mis padres

me querían muerta... Por qué ambos querían mi muerte.

Tocan a la puerta. Es cerca de la una de la tarde. Me levanté hace un rato tras

pasarme la noche dando vueltas en la cama con dolor de cabeza por lo que bebí ayer.

No he sabido nada de Ichigo y eso me hace desear que sea él quien toca al timbre. Me

levanto del sofá, quito la llave y pestillo antes de abrir porque he mirado y no he visto

nada. Abro y no veo a nadie. Miro, inquieta, a mi alrededor pero no hay nadie cerca.

Estoy a punto de entrar cuando mis ojos reparan en algo que hay en el suelo. Me

agacho y observo la rosa roja. Roja como la sangre. Es una rosa muy bonita que no

cojo pues tiene unas grandes espinas que me hacen recelar. Esto no me gusta. Escucho

que se abre la puerta del ascensor y alzo la vista pensando que será la persona que me

ha dejado el presente, y con quien me encuentro es con Ichigo. Sus ojos ámbar me

observan serios mientras yo sigo agachada sin llegar a coger la flor. Algo me dice que

esta rosa no es de él. Lo siento así. Él le hubiera quitado las espinas.

—¿Un regalo de un admirador? —dice, agachándose a mi lado—. De un admirador

un tanto imbécil por dejar las espinas.

—Hasta las rosas más hermosas tienen espinas... —digo, con voz seria.

—¿Rukia? ¿Has pasado la noche con el que te besabas ayer y te ha dejado esta

rosa? Poco detallista, por cierto...

—No he pasado la noche con nadie y sólo fue un beso antes de que me apartara. Y

no sé de quién puede ser esta rosa.

Ichigo saca un pañuelo de su chaqueta para cogerla.

—No seas exagerado, Ichigo, la tiramos a la basura y punto...

—Nunca está de más ser desconfiado.

—Tú lo eres de más. Tal vez tenga un admirador secreto. Ichigo se levanta y me tiende

una mano, en la otra lleva la rosa. Acepto su mano y me levanto muy cerca de él.

Sonrío cuando estoy de pie y trato de que no note como me perturba su presencia.

Sé que es imposible pero me parece mucho más guapo que cuando se fue. El pelo lo

lleva un poco más largo y, como siempre, le cae desordenado por la frente y el cuello

de la chaqueta de cuero. Siento deseo de enredar

mis dedos entre sus onduladas y negras hebras y, por si cometiera el error, aprieto los

puños. Sus ojos nunca me habían parecido tan bonitos, tal vez debido a que lo he

echado de menos. Lleva una barba de tres días que endurece su belleza y lo hace

parecer más atractivo.

—Hola —le digo, tras nuestro escrutinio.

—¿Has engordado?

—Vete a la mierda, Ichigo —entro en casa y Ichigo me sigue. Cierra la puerta—.

Eso nunca se lo puedes decir a una mujer... y menos que sea lo primero que le dices

tras un mes de ausencia.

—No he dicho que los quilos de más te sienten mal. Al contrario, creo que te

favorecen, estabas muy delgada cuando viniste.

—Gracias, lo estás mejorando —ironizo.

—Te invito a comer a mi casa.

—Pensé que llevabas la chaqueta porque salías...

—Vengo, mis padres querían verme para saber que sigo de una pieza.

—No me extraña, tu trabajo es arriesgado y sé más de él gracias a todos los libros

de detectives que leemos juntos.

—No te voy a mentir, es peligroso, pero sé cuidar de mi. Y a lo de la comida

¿Aceptas?

—¿Y por qué en tu casa?

—Porque no la has visto y porque tengo que deshacer la maleta.

—Y pretendes que te ayude. Menudo morro tienes —sonríe de medio lado—.

¿Hace falta que me cambie?

—Haz lo que quieras. Cámbiate mientras yo decido qué hacer con esto...

Le quito a rosa de la mano y la tiro a la basura.

—Deja de ser paranoico, que a ti no te parezca atractiva no significa que no pueda

gustarle a alguien.

Ichigo frunce el cejo y no protesta más. Que no contradiga el que no le atraigo me

pica, a mi pesar.

—Voy a ponerme las deportivas. Para ir a tu casa no hace falta que me arregle

mucho más.

Llevo unas mayas negras y un jersey ancho beige que se me quedó feo y lo uso para

estar por casa en invierno cuando no quiero pasarme el día en pijama. Cerramos mi

casa y subimos a la casa de Ichigo. Ya en la puerta, lo miro expectante.

—Siento curiosidad por ver tu ático.—No es nada del otro mundo —Ichigo abre la puerta del todo—. Adelante.

Entro y me sorprende lo grande que es. Esta plata tiene espacios abiertos y veo

enseguida el gran salón con esos mullidos sofás de cuero y la terraza llena de plantas

bien cuidadas. Tiene una chimenea de gas bajo la tele de plasma. La cocina se ve

grande y da al salón tras una isleta que nada tiene que ver con la mía, mi piso entero

es todo el salón de Ichigo. Es bonito pero frío. No hay cuadros, no hay vida. Solo una

estantería de libros que rompe esta perfección.

—En la parte de arriba está mi cuarto y dos más para invitados y aquí abajo un

aseo y mi despacho.

—Es muy bonito —voy hacia el balcón y Ichigo abre la puerta de cristal.

Salgo y parece que haya salido a un bello jardín. Hay un toldo que evita que el sol

y la lluvia destrocen los muebles y el balancín de madera se estropeen más de lo que

ya lo hacen al aire libre. Voy hacia la barandilla y me apoyo. Miro hacia bajo y veo

un trozo de mi balcón, alzo la vista y dejo que ésta se pierda en el bello mar que

tenemos ante nosotros.

—Me encanta —lo digo en referente a todo pero también por esta bella estampa.

—Cuando estaba fuera de misión echaba de menos el mar. La tranquilidad que te

aporta.

—Yo es la primera vez que vivo cerca del mar. Y eso que he danzado de un lugar a

otro.

—¿Y qué te ha movido a irte?

—Supongo que la necesidad de huir, de tratar de encontrar mi sitio. Hasta ahora me

sentía fuera de lugar.

—¿Y cómo te sientes aquí? —me giro a mirar a Ichigo, que está apoyado a la

barandilla, a mi lado.

—Muy bien —le respondo, y trato de que no note que, en gran parte, lo digo por él.

—Me alegro. Ahora entremos, ya empieza a hacer frío.

Asiento. Entramos y vamos hacia la cocina. Ichigo me pregunta qué me apetece

entre varias opciones de comida a domicilio y me decanto por un italiano. Pedimos una

pizza, una ensalada y un filete con patatas, todo para compartir.

—Voy a sacar el vino para que atempere.

—Lo que tú veas, yo no tengo ni idea de vinos.

—Yo tampoco mucha —saca una botella de vino rosado. Ponemos la mesa

mientras traen la comida. Cuando la traen Ichigo abre y la recoge tras pagarla.

—Mmm, huele de maravilla.

—Está muy bueno, ya lo verás.

Ponemos la comida en platos y nos sentamos a comer en la mesa de centro, que

parece muy grande para los dos. Comemos y bebemos a partes iguales. El vino entra

de maravilla y pierdo la cuenta de las copas que me sirvo. Cuando Ichigo va a por una

segunda botella miro, asombrada, la primera, vacía. Quiero creer que él ha bebido

más que yo pero noto los efectos del alcohol en mi cuerpo. Me siento ligera y acepto

otra copa, o dos más. No lo sé. Nos reímos de tonterías.

—El otro día, sin querer me fotocopié la mano...

—¿En serio? Eres una patosa, deberíamos despedirte —me rio.

—No hay otra como yo.

—No, la hay —lo dice por el trabajo pero, tonta de mí, lo llevo a un lado

romántico y me siento bien pensando que Ichigo por un instante me mira con algo más

que amistad.

La comida se termina e Ichigo propone tomarnos el helado en el sofá. Me siento y

veo sobre la mesa un libro de los que le recomendé. Busco el marca páginas y me

sonrojo cuando veo que es una escena erótica.

Ichigo se sienta a mi lado, muy cerca. Sus piernas me tocan y me acerco más. No sé

por qué lo hago, pero acabo muy cerca de él y me gusta.

—¿Que lees? —coge el libro, trato de quitárselo y eso hace que me acerque más a

él—. Mmm... —bajo el libro y lo apoyo en su pierna.

—Se introdujo en la joven con fuerza hasta casi reventarla... ¿En serio? ¿Quién

quiere que la revienten? —me rio. Ichigo me sigue—. Ésta es mejor... La besó,

haciéndole olvidar todo cuanto los rodeaba. Un beso es un beso, un preludio al

acto amoroso y nada más.

—Hay besos que sí son especiales.

—¿Acaso te han dado alguno de esos? Si tus ex son unos sosos.

—La verdad es que sí —me quedo mirando los labios de Ichigo—. ¿Y tú has dado

alguno de esos?

Ichigo me mira los labios.

—Por costumbre, no voy preguntando cómo beso.

—¿Y cómo besas?

—¿Quieres saberlo? —trago y sé que debería negar con la cabeza e irme a dormir

la mona, correr y no dejar que este lado desinhibido mío hable pero acabo por asentir

y alzo una mano a sus labios.

—Me encantan tus labios, hace días que me pregunto cómo se sentiría al besarlos...

—me muerdo el labio.

—Bésame como amigo —me alzo y le doy un pico—. Me refiero a que no me beses

esperando nada. Sólo somos amigos.

—Nosotros somos lo que somos y esto no lo va a cambiar —le digo, acariciando

sus labios una vez más—, sólo un beso y nos vamos a dormir la mona.

—Te digo que no esperes nada de mí y, a veces, cuando te miro a los ojos, siento

que si me lo pides sería capaz de dártelo todo...

—Salvo amor.

—Salvo amor —ratifica—. Pero un beso sí que puedo darte.

—Un beso nada más...Le digo, muy cerca de sus labios. Me acerco más y luego los poso

sobre los de Ichigo, esta vez no me aparto. Son tan cálidos, tan jugosos... aléjate, me dice

mi lado racional que no está embotado por el alcohol, no le hago caso y profundizo el beso,

hasta acariciar tímidamente su lengua con la mía. Ichigo se agita y noto el cambio que

hay en él, ya que se alza e introduce una mano entre mi pelo para tener control

absoluto del beso. Y entonces me besa como siempre he deseado que me besaran,

como siempre supe que él me besaría. Me besa con posesión, con pasión, con

determinación... me derrito y le pido más. Mis labios exigen más a los suyos. Mi

lengua se entrelaza con la suya y ya no hay razón que valga, sólo puedo pensar en él,

sólo puedo ansiar más. Nos devoramos como si no existiera un mañana.

Ichigo se mueve de forma que acabo con la espalda apoyada en el sofá y con él

entre mis piernas. Lo abrazo con éstas, sintiendo su dureza en mi feminidad. Siento

calor. Deseo más. Necesito más. No sé si es por el vino o porque es con Ichigo, pero

me siento como si todo esto fuera parte de uno de mis sueños. Tiro de su camiseta y

Ichigo se aparta lo justo para quitársela. Me fijo en que tiene un tatuaje cerca del

pecho izquierdo. Paso mis manos por él y me siento poderosa cuando noto que le da

un escalofrío. Ichigo baja sus labios a los míos al tiempo que introduce sus manos

bajo mi jersey y las lleva hasta las copas de mis pechos. Los acaricia sobre el

sujetador. Gimo entre sus labios. Me retuerzo bajos sus brazos. Ichigo tira de mi

sujetador para coger mis pechos inhiestos entre sus callosas manos. Me los masajea y

pellizca con maestría. No encuentro palabras para detenerlo, no creo que nada sea

capaz de hacerlo.

Ichigo se separa y tira de mi jersey y de mi ropa interior. Cuando estoy libre de las

prendas sus ojos van hacia mi tatuaje, un mal camuflaje del disparo que casi me mató.

Un trébol de cuatro hojas que trata de seguir trayendo suerte a mi vida ya que ese día,

pese a todo, nací de nuevo. Lo acaricia y pese a la embriaguez siento que Ichigo es

capaz de ver la cicatriz bajo la tinta. Me alzo y lo beso para que deje de ver el pasado

en mi piel. Para que no se aleje de mí, para que no le de paso en este bello momento.

Ichigo me besa con pasión mientras acaricia mis cimas con una mano y baja mis

mayas con la otra, llevándose consigo la ropa interior. Detén esto, me dice mi mente.

Pero es una voz muy lejana. Quiero sentirlo. Lo necesito dentro de mí. Ichigo se

separa para dejarme desnuda ante sus ojos y casi me parece ver que le gusta lo que

ve. O no, ahora mismo todo sucede como si fuera un sueño. Bebernos esas dos

botellas no ha sido buena idea. Me alzo y tiro de su cinturón. Detente, me dice una

lejana voz. Ichigo me ayuda y, sin dejar de mirarme, se deshace de su ropa. Me quedo

mirando su erección, asombrada e impactada. Tiemblo, no sé si de miedo, de pasión o

de qué. No lo sé, pero por un instante he sido consciente de lo que estábamos a punto

de hacer y de que esto sólo está ocurriendo por la cantidad de alcohol que hemos

tomado. Ese pensamiento tan sólo cruza por mi mente un instante, pues cuando Ichigo

coge de la cartera de su vaquero un condón y se lo pone mando lejos todo mi lado

racional y abro los brazos para que se acerque. Me abraza con fuerza mientras me

besa y se acomoda entre mis piernas. Se introduce en mí poco a poco, sin dejar de

besarme. Sus besos son más tiernos y el momento cobra otra intensidad cuando se

introduce del todo en mí. No sé quién de los dos gime más, si él o yo. Sólo sé que lo

abrazo más fuerte para no perderme esta sensación de plenitud. Los ojos se me llenan

de lágrimas por la intensidad del momento. Nos movemos, primero despacio,

haciendo que la pasión aumente entre los dos y luego más rápido, acentuando más

placer. Sentirlo dentro, llenándome por completo, es increíble. Me muevo entre sus

brazos sin dejar de besarlo. Nos movemos cada vez más rápido hasta que ambos

estallamos en un orgasmo que nos deja K.O. Ichigo se gira y me lleva a sus brazos

mientras nuestras respiraciones regresan a la moralidad. Y mientras lo hace, recuerdo

algo que me da por reír. Es una escena patética, porque tengo los ojos llenos lágrimas

que caen por mis mejillas y no paro de reír.

—Espero que no te estés riendo de mí...

—No, es de mí —y sigo riéndome. Ichigo me mira, mosqueado—. Me persigue el

misionero. Digo, sin poder dejar de reír, y entonces Ichigo se ríe conmigo y por mi

risa tonta y la suya sé que este momento sólo ha sido inducido por el vino y no por el

deseo de dos personas que se atraen y sé que, cuando durmamos la mona, nos vamos a

arrepentir.