La reina de sus caprichos

El resto del paseo prosiguió con igual ligereza y serenidad. Cartwright me relató su primer encuentro con Candice y el modo en que esta había conquistado su corazón, hasta tal punto de desear adoptarla. Me admiré al descubrir en sus palabras a la misma impetuosa muchacha, que habíamos adoptado por capricho de William. Sin embargo, demostraba un enorme corazón y sentido de responsabilidad por aquellos que consideraba parte de su familia ¿Tan mal la había juzgado? Era muy posible. Si repasaba su trayectoria en nuestra familia, sin tener en cuenta las insinuaciones de la familia de mi hijastra, ciertamente, Candice no había demostrado querer sacar provecho del nombre de los Andrew. Al contrario, si lo hubiera hecho podría haberse ahorrado más de un disgusto.

Por mi parte, también descubría en Cartwright una buena compañía y, al acabar nuestro recorrido, me animé a solicitarle que no tuviera en cuenta su compromiso de evitarme durante dos meses.

—¿Puedo tomármelo como una invitación a no perder la esperanza en mis intenciones con usted? —osó preguntarme.

—No sea usted tan pretencioso, estimado Sr. Cartwright. Nuestras extremidades ya no disponen de la soltura de la juventud. No pretenda comportarse en el resto como tal —Me sorprendí sonriendo—. Tiempo al tiempo.

—¡Ah! pero, ¡mi querida Sra. Briand! ¡El tiempo es para los jóvenes y sus incertidumbres! y yo no es que quiera pasar por joven —Sonrió—, es que soy plenamente consciente de que soy caduco y, por esa misma razón, no es que quiera correr, es que mi tiempo se acorta… No quiero importunarla. Estoy dispuesto a esperar, pero comprenda mi desvelo por preferir disfrutarlo en su compañía.

—Hoy no me ha importunado. Su compañía ha sido un placer —me despedí ofreciéndole mi mano, la cual besó gentilmente, despidiéndose y desapareciendo relajadamente por el portal, con las manos cogidas tras su espalda y una entrañable sonrisa en su cara.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan liviana y, al entrar al recibidor, el espejo me mostró una mujer, no enorme, sino rebosante de alegría, no una cara grabada de amarguras, sino una cara curtida por la experiencia. Me dije, Elroy, nunca dejaste de ser aquella joven, simplemente, los años, aumentaron tu bagaje. Era la misma persona que había mirado aquella mañana pero me veía diferente, porque me sentía diferente. Y decidí que el Sr. Cartwright tenía razón. ¿Para qué demorarse en vivir y sentir, si la misma vida te ofrece una nueva oportunidad?

La plata del correo mostraba nuevas cartas. Revisándolas me sorprendí al encontrar una dirigida a Candice, con una elegante y muy cuidada caligrafía. Miré el remitente y leí aquel nombre, "Terrunce Graham". Toda la alegría del momento parecía querer esfumarse ¿Debía entregarle esta carta después de lo sucedido? ¡Sí, claro que debía! ¡Desde cuando me había convertido en una usurpadora de correo! Aquello hubiera sido impropio de una dama. Pero ¿Y si las suposiciones de William eran ciertas?

Golpeé nerviosa el sobre mientras comprobaba que nadie me hubiera visto. Volví a contemplar el sobre, intentando recordar una habladuría que Lady Adrian me había comentado respecto de este actor hacía bastante tiempo. Como mínimo debía hacer un año de ello pero como no me interesaba el tema, apenas presté atención.

¿Qué era? ¡Maldita senectud y mi mala memoria! ¡Bah! Seguramente era algún chisme de amoríos. Aquella insulsa mujer no demostraba disponer de otro interés... Entonces recordé. Lady Adrian comentó que el actor estaba a dos meses de su boda cuando la novia falleció de forma repentina y extraña... Alguna mala lengua se aventuró a decir que él mismo había provocado su muerte. Un momento, entonces ¿El hombre que supuestamente amaba Candice ya estaba comprometido? ¿Y podía ser sospechoso de asesinato? Cada vez entendía menos a mi sobrino y a nuestra protegida.

Volví a mirar el sobre mientras una idea empezaba a emerger. Sí, esta sería la excusa ideal para poder plantear el tema de la naturaleza de los hombres a Candice. Guardé el sobre, decidida a entregárselo personalmente y a tener una seria conversación con ella, en cuanto regresara de la clínica. Pero antes me dispuse a telefonear a Lady Adrian. Debía confirmar aquel rumor, especialmente con respecto a las graves sospechas que habían recaído sobre el actor.

Continuará...