Hola todos ¿cómo están? Espero que esten muy bien, y con salud que es lo más importante.
Perdón la demora, he estado algo ocupadita en estos días. No se preocupen que continuaré publicando. No tengo mucho que decir, así que les dejo con su lectura, sin antes decir... ¡QUE HETALIA REGRESA EL PROXIMO AÑO! Listo ahora sí...
Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura.
Veneziano ganó conciencia cuando un chorro de agua le cayó encima, ya no tenía la funda de almohada en su cabeza, se sacudió velozmente y se dio cuenta de inmediato que estaba atado de pies y manos a una silla. Se sentía además de empapado meloso, el agua tendría alguna otra sustancia que no descifraba, le ardía la vista; esperaba que en realidad fuera agua lo que le echaron y no aceite u otro combustible. La habitación estaba oscura muy pero muy oscura, no se podía ver ni a dos centímetros de la nariz.
— ¿Quién está ahí? —preguntó Veneziano disimulando su desesperación.
Eso fue lo que sorprendió a su captor—Hubiera sido mejor que te pongas a gritar y llorar como siempre lo has hecho.
Veneziano reconoció la voz de inmediato, pero no tenía la más remota idea de dónde venía. — ¿Fratello España?
—Así es, Veneziano.
—Alguien me…—Veneziano sintió un terrible escalofrío por su espalda junto con un objeto puntiagudo y tal vez filoso recorriéndole la nuca, se calló de inmediato.
—Fui yo, Italia.
—Me doy cuenta—dijo Veneziano sintiendo que alguien le tocaba el cabello— ¿Esto tiene que ver con las estupideces de ayer?
—Que comes que adivinas—dijo España tocándole la barbilla metiendo sus dedos entre la barba espesa que le caía a Veneziano—. Estoy muy cabreado contigo.
—Ahora el sentimiento es mutuo. ¿Qué quieres de mí?
— ¡Que te alejes de Romano!
— ¿Otra vez con esa tontería Fratello?
—No es ninguna tontería. Solo mira como está Romano por tu culpa. Si te alejas de él definitivamente el podrá resolver todos sus problemas en paz.
—España…
Al decir esto sin anteponer el título "Fratello" hizo que lo extraño que sentía en su cabello y barba se detuviera, incluso hizo que el ambiente se volviera terriblemente denso. En respuesta la respiración de España estaba entre cortada, como un toro apunto de embestir, Veneziano no le dio esa oportunidad.
—Entiendo que ames a mi hermano ciegamente, créeme que aprecio tu dedicación y adoración hacia él. De verdad España. Pero debo informarte una cosa, Romano ya no está bajo tu control. Ahora él y yo estamos juntos en esto desde hace 150 años. Hemos tenido nuestros problemas sí. Pero es entre nosotros que debemos resolverlos.
— ¿De verdad? Dime si resuelven ustedes sus problemas juntos entonces por qué Romano se unió a los aliados y tú a los nazis en la segunda guerra.
Veneziano se revolvió en su asiento con impotencia y ganas de darle un golpe a España en la cara.
—Eso quedó en el pasado, España. Se resolvió.
—No, no lo hizo. Lo que ocurrió fue que desprestigiaste a tu hermano cuando se unificaron…—comenzó a decir la nación a meros centímetros de la cara de Veneziano, este le podía oler el aliento.
— ¡No es cierto!
—En tus ganas de llevarle la contraria a Austria cambiaste de bando, y dejaste a todo el territorio tan empobrecido que Romano tuvo que huir de ahí…
— ¡Te equivocas!
—Dejaste que Mussolini llegara al poder y te metiera ideas tontas en la cabeza…
— ¡Te paso lo mismo con Franco!
—Para luego qué; Romano tuvo que trabajar desde la resistencia y desde la oscuridad limpiando el camino para que los aliados pudieran detener tus estúpidas ideas que tenías con Alemania.
—España, en cuanto me suelte te voy a golpear.
—Nunca te he tenido miedo, Italia. Eres demasiado tonto para atreverte a pelear.
—Por qué no confirmas tu teoría con Turquía, estoy completamente seguro que él te dará datos más verídicos.
España le agarró el cabello y lo echo para atrás, otra vez la cosa filosa se paseaba por su cuello, muy cerca de su manzana de Adán.
—No me lo tomes a mal Veneziano, tú no tienes idea de cuánto te quiero. Pero no puedo continuar viendo como tú acabas con las ilusiones de Romano de superarse. Uno de ustedes tiene que irse, y qué mejor si es la representación que no tiene por corazón la capital de la nación.
— ¿Qué vas a hacer conmigo?
—Eso depende de que es lo que decidas, te voy a dar dos opciones: La primera es que en cuanto Romano se recupere, tomes a los dos ancianos y te regreses a tu pueblo sin antes dejar varios documentos firmados como tu renuncia y disolución.
—Tu estás demente…
—Estoy seguro que vivirás bien, a Prusia no le va mal después de todo; se le ve que empieza a envejecer, lento, pero lo hace. Consíguete una chica y ten una familia.
—Si Prusia estuviera aquí de seguro te daría un golpe que jamás olvidarías.
—Estoy acostumbrado a ellos de eso no te preocupes—dijo España, Italia creyó sentir que estaba sonriendo, pero como saberlo estaba demasiado oscuro—. La segunda es que por el bien de Romano te mate aquí y ahora.
—Quiero verte intentar hacerlo.
De la nada otro balde con agua le cubrió la cabeza y lo empapó todo, en este caso también la cosa le irritaba los ojos.
— ¿Y bien? —preguntó España.
—Me quedaré con Romano lo quieras o no.
— ¡Esa no es una opción!
—Tuya por supuesto que no. Pero es mía, este tiempo que he estado solo me ha hecho pensar lo triste que es y fue estar sin Romano.
—No se nota.
—Lo mismo te digo, que no eres tú el que lo deja vivir en su casa durante casi todo el año mientras yo estoy aquí, continúo trabajando porque odio admitirlo o no un bastardo aristócrata me inculcó el trabajo duro, y cumplo con mis obligaciones.
—Pues ese bastardo aristócrata….
— ¿Culpando a tu ex esposo España? Ustedes dos son cortados con la misma tijera, solo tenemos que preguntar a toda Latinoamérica para que verifique lo que digo— España se hizo para atrás y le dio una cachetada en la mejilla, dolía y mucho—. Al menos él no se inmiscuye en mis asuntos; —aunque Italia hubiera querido decir que en realidad poco le importaba Austria de su vida desde siempre pero eso no lo podía decir, ni mucho menos aseverar—. Somos Romano y yo quienes tenemos que resolver esto, y créeme que lo he pensado, y si me piensa matar pues que lo haga él con sus propias manos.
—Ya es suficiente— dijo una voz y con ella la luz se encendió.
Tanto España como Veneziano gritaron por sus pobres ojos, el primero porque ya se había habituado a la oscuridad y el segundo porque sus ojos estaban irritados con la extraña sustancia que le habían echado. Veneziano logró limpiarse un poco sus ojos restregándose con la tela de su camisa, aunque era un difícil por estar atado.
—Eso no era necesario—Escuchó Veneziano a España mientras entreabría los ojos, había alguien entre España y él.
—Esto ya se estaba saliendo de control, una cosa era hacerlo sufrir un poco por venganza y otra muy distinta es decirle que se tiene que morir.
Veneziano reconoció esa voz, le daba vergüenza admitirlo, pero estaba muy contento de escuchar esa voz.
—Francia no lo defiendas.
—España, él ya te dio la respuesta esto lo tienen que arreglar entre ellos, yo solo vine para…—Francia se estaba dando la vuelta y paro de improvisto — ¡SACRE BLU!
Y antes de que Veneziano pudiera responder algo, Francia se agachó y del piso recogió y le echó un cubo de agua tibia con jabón en la cabeza, eso era lo que le hacía irritarse los ojos. Y enseguida empezó hacer espuma en esa caballera, luego con una manguera y agua caliente empezó a enjuagar todo ese jabón, y cuando Veneziano finalmente pudo abrir los ojos se dio cuenta que estaba encerrado en el baño de su habitación.
España salió en algún punto de la enjabonada y la enjuagada porque no lo vio más después de que Francia le secara la cara con una toalla. Luego, y muy delicadamente le cortó el cabello, ni siquiera le preguntó cómo lo quería ni tampoco Veneziano dijo nada al respecto. Después de que el cabello estuviera seco, y peinado Francia fue al lavabo e hizo un poco de espuma de jabón a la vieja usanza de los barberos, tomó una navaja tirada en el piso; Veneziano adivino que eso era con lo que España lo estaba amenazando. Francia alzó delicadamente la cabeza de veneziano y empezó recortando la barba, y luego con la navaja y el jabón empezó a quitar todo el resto.
Cuando finalmente Veneziano estuvo libre del pelo en su cara, Francia le perfumó con una colonia que encontró en uno de los gabinetes.
—No le hagas caso—dijo de pronto cuando empezó a desatarle las manos.
Al ver que estaban lastimadas, del mismo gabinete anterior sacó el pequeño botiquín y empezó a desinfectar y curar esas heridas con ternura y tranquilidad.
—En realidad me lo merezco.
—No, el solo está irritado porque Romano ha estado infeliz todos estos meses.
—Creí que Romano fingía estar preocupado.
—No, estuvo muy deprimido por tu ausencia. Aunque no lo parezca te quiere mucho.
—Fratello ¿quién te dijo que estaba aquí?
—España me envío un video ayer mostrándome que habías llegado y me insistió que estabas terrible, no imagine que era tan grave; porque a decir verdad petite frere, la barba no es para tu tipo de rostro.
Veneziano sonrió. Cuando Francia terminó con los brazos, desato las piernas y revisó por posibles heridas. Al no haber nada, salieron del baño y en lo que quedaba de la cama Francia le señalaba ropa nueva y cómoda.
—Me tomé la libertad de escogerte un nuevo guardarropa, espero te agrade.
— ¿Fratello?
— ¿Mmmh?
Veneziano le dio un abrazo a Francia—. Perdóname por lo que te dije.
—Todo está perdonado Petite Frerè—dijo Francia devolviendo el abrazo— Te extrañé.
—Yo también.
— ¿De verdad? Siempre creí que me querías lejos de ti.
Veneziano negó con la cabeza aun abrazando a Francia. —Si tú no estuvieras con quién voy a hablar de cosas románticas.
—bueno podrías hablarlas con Romano.
—Te seré sincero, no le tengo confianza a mi hermano en hablar de eso. Y justamente tengo que hablar con él, dentro de poco.
—Estoy completamente seguro de que sí, petite Frèrè — Francia lo liberó de su abrazo y lo giró para que se viera en lo que quedaba del espejo— ¿Y bien?
Veneziano vio que Francia lo había peinado hacia atrás, dejándolo un poco más largo de lo que recordaba, su cabello asemejando al de su abuelo se rizaba al final. Su cara limpia y perfumada, a pesar de ser la misma de siempre parecía que hubiera cambiado.
—Parece que me queda bien pero…
—te queda bien, solo que has crecido. Ahora vístete, sino te vas a resfriar.
Francia salió de la habitación para darle privacidad. Después de que se cambiara, Francia y Veneziano entraron en la habitación de Romano, el cual estaba mucho mejor que la noche anterior, aunque aún parecía solo piel y huesos; Romano estaba sentado comiendo la cena que Gina le había proporcionado, los ancianos mostraban su resistencia de irse hasta no verlo totalmente recuperado, cosas de abuelos, no se separaban de Romano mientras comía, al igual que España quien sonreía cada vez que veía a su mejilla de tomates recuperar fuerzas.
Cuando Veneziano entró con su nuevo look los ancianos y Romano mostraron su contento de verlo vestido como gente y no como un vagabundo. Y es que Francia conocía a su hermano menor de pies a cabeza, una camisa de algodón llana de color azul, con los puños de la misma de un tono mucho más oscuro, ambas mangas recogidas a la mitad del brazo, el primer botón abierto; pantalón jean y cinturón de cuero café claro el que hacía juego con los zapatos. Gina y Mariolino pensaron que si cierta señorita estuviera ahí no le hubiera costado despojarlo de los ropajes y comérselo. Romano se sentía aliviado de haber recuperado a su hermano menor.
No se dijo mucho al respecto, hasta que Romano terminó de comer y los ancianos se retiraron al igual que Francia. Veneziano vio que España no tenía las intenciones de irse. Eso esperaba no fuera un problema para su situación.
—Romano, sé que estás en recuperación, pero…—Veneziano lo miró y se puso lo más serio posible—…tenemos que hablar, si es en privado mucho mejor.
Romano asintió, y se dirigió a España con voz suave—España, por favor podrías esperarme en el pasillo.
España solo miró a Veneziano con una mirada que Romano jamás le había visto en la cara, al menos en los últimos siglos, esa cara de odio que recordaba que ponía cuando Inglaterra se inmiscuía en sus planes. Veneziano lo ignoró por completó, y esperó a que el saliera de la habitación y no abrió su boca hasta estar completamente seguro de que estaban solos. Pasaron cinco minutos en un incómodo silencio, y finalmente se sentó en la cama de su hermano y lo miró directamente a los ojos.
—Fratello, lo que pasó hace algunos meses atrás…
Romano lo interrumpió—Entiendo que estabas molesto por muchas cosas, la mayoría actos cometidos por mí, y este ataque fue el límite de toda tu paciencia.
—Así es fratello—dijo Veneziano ocultando el rostro—. Entiendo que mi decisión de aislarme no fue la mejor y…
—En realidad Vene, creo que fue la mejor decisión que has tomado en mucho tiempo— Veneziano le regresó a ver un poco sorprendido de esa afirmación, Romano sonrió con una sonrisa que jamás en la vida le había visto dibujada en la cara—. Exceptuando tú apariencia se nota que tú has crecido, madurado. Me atrevo a pensar que te conoces más de lo que lo hacías hace unos meses atrás.
—Creo que sí…pero…no debí haber…
—Sí Vene, sí debías—Romano se levantó de la cama y se sentó a su lado—. Soy una persona tóxica.
—No, fratello eso no…
—No digas mentiras, no va con tu nuevo yo.
Veneziano suspiró. —Si lo eres, muy tóxico. Siempre me has dicho insultos a través de los años. Y cuando me reclamas pruebas de afecto yo no sé qué decir o hacer.
—Lo sé—dijo Romano con tristeza en su voz—. Pero eso no quiere decir que no te quiera. Entenderé que quieras mudarte a otro lugar.
—Tal vez todavía estamos a tiempo de arreglar nuestra relación.
—Me halaga tu optimismo…
—Podemos ir a terapia, y tratar.
—Sí, podríamos arreglarlo con la ayuda de un loquero. ¿Cuándo comenzamos?
—No lo sé. Déjame terminar este proceso que estoy viviendo.
—Tómate tu tiempo, y recuerda que pase lo que pase esta es tu casa—Romano del cajón de su mesa de noche sacó una llave con un llavero con forma del coliseo romano, y se la dio a Veneziano—. Ni se te ocurra volver a dejarla en la mesa del recibidor o en cualquier otra parte.
—Gracias Fratello—dijo Feliciano guardando la llave en su pantalón—Hay otra cosa de la que te quiero hablar.
Romano ya no tenía idea de lo que podría ser, aunque la marca rojiza en la mejilla de su hermano le daba una pista, aguardó silencio y esperó.
—Es sobre España—Romano le vino una mala vibra cuando no escuchó la palabra fratello antes de su nombre, pero no dijo nada y aguardó que continuara—. Él y yo ahora no estamos en los mejores términos, tal vez nunca lo estuvimos. Te quiere mucho, y aprecio eso, pero podrías decirle que no pienso hacerte daño.
Romano rio, Veneziano no sabía que su hermano pudiera reírse así, ni tampoco España que estaba por el pasillo intentando escuchar, pero de toda la conversación solo escuchó palabras sueltas. Y ahora no entendía quien se estaba riendo. No creía que fuera Romano el que riera con gusto.
—No te pongas celoso, fratellino.
— ¡No estoy celoso!
—Pero tranquilo, sé que me apoyo demasiado en España, sé que parece que solo me interesa su opinión. Le quiero, pero como un hermano mayor tal como tú ves a Francia; no entiendo que le ves al pervertido ese, pero he de admitir que da buenos consejos—decía Romano mientras le sujetaba de las mejillas de Veneziano y las estrujaba lo que obligaba al menor a poner la boca como pescado lo que le daba a Romano más risa todavía—. Tranquilo, de ahora en adelante lo arreglaremos entre los dos, incluyendo tus cosas personales, únicamente si las quieres discutir conmigo.
Veneziano se pudo librar de las manos de Romano, y se masajeó las mejillas para aliviar ese dolor del golpe.
—Vene—dijo Romano interrumpiendo su acción—. No te preocupes, de verdad. Me haré cargo y tu termina de resolver tus asuntos—Veneziano asintió levemente, sonrió—. Dijiste que te quedarías y así será ¿verdad? —Veneziano volvió a asentir—. Bien. Llamaré a alguien para que te compre muebles nuevos y…
—Podrías dejarme hacer eso a mí por favor—Romano lo miró dudoso—Quisiera limpiar el desastre yo mismo.
—Te ayudaré a barrer, y limpiar.
— ¿Eh?
—Es nuestra casa y puedo ayudarte; estaré bajo tus comandos. ¿Qué dices?
—De acuerdo.
— ¡Pero no hoy! —dijo España entrando por la puerta.
— ¡Por supuesto que no! —contestó Romano con su cara de hastiado de siempre—. Apenas me puedo mover. Eso obvio que Vene se refiere a un tiempo después de mi recuperación.
—Así es.
—Me alegra escucharlo—dijo España volviendo a sonreír como siempre lo ha hecho—. Aprovecho y me despido de ambos, mi jefe me necesita urgente, y cuento con que se ayudaran entre ambos.
Romano ya no dijo nada para no molestar, y se despidieron de España, quien ya se había despedido de los dos ancianos que esperaban en la sala de estar cualquier desenlace favorable.
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