Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Capítulo 8

Intrusa

Soñaba con el día de la boda.

Se observó a si misma envuelta en el hermoso vestido blanco; el encaje dibujado sobre las vaporosas mangas cautivaría a cualquiera, así como la falda ligera de tejido liso, que caía de manera excelsa desde la cintura y rozaba el suelo con aire seductor. Llevaba el cabello acicalado en un moño bajo con tocado, y de los lóbulos de sus orejas colgaban un par de pendientes de perlas.

«Son de mala suerte— dijo su madre al verla, refiriéndose a la sencilla joyería que portaba—.Significan lágrimas».

Sakura ignoró el comentario, las supersticiones no iban con ella, mucho menos en un día tan especial. Se trataba de una boda, una ceremonia que iniciaba una nueva vida.

Recordaba con exactitud las emociones que la embargaron mientras ingresaba a la diminuta capilla. Su corazón dio un vuelco al contemplar a Itachi de pie, frente al altar. Cuando la vio, el pelinegro le sonrió. Fue una de esas sonrisas que consiguen detener el tiempo y que el mundo se ilumine con una nueva luz. Por esa sonrisa Sakura apresuró el paso y su vida cambio para siempre. En un instante, ese hombre se convirtió en la persona más valiosa, deseada y cercana de su vida.

Por supuesto, aquello había sido una ilusión. Su marido se las apañó para interpretar el papel a la perfección; con esa misma sonrisa, consiguió cautivarla, fue capaz de hacerla creer que realmente la amaba.

Debió quedarse dormida pasada las siete. Era completamente de día y las cortinas abandonaros sus esfuerzos por detener el sol. La luz entraba a raudales por la ventana abierta, trazando arabescos en las paredes.

Itachi yacía a su lado; podía sentirlo, el calor que emanaba de su cuerpo le resultaba asfixiante.

¿Quién era aquel hombre?

La noche anterior habían vuelto a la cama, se acostaron juntos en la oscuridad, mirando al techo sin ver, mientras Itachi hablaba. Cuánto había hablado. No fue necesario pedir más información. Sakura no hizo una sola pregunta. Él quería hablar, contarle todo. Hablaba en voz baja y ardiente, sin inflexiones, casi monótona, como de computador, a excepción de lo que estaba contándole no tenía nada de trivial. Cuanto más charlaba, más ronca era su voz. Era como una pesadilla, yacer en la oscuridad, escuchando ese interminable susurro aspero que no tenía fin. Tuvo que morderse el labio para no gritarle que se callara.

Se había enamorado de Izumi cuando era un adolescente. Tras las desgracias producidas en la vida de la joven, la familia Uchiha la acogió en su casa con los brazos abiertos, considerándola como una integrante más de la estirpe. Sin embargo, formalizaron su relación muchos años después.

Naturalmente, los padres de ambos aprobaron la relación, ¿y cómo no iban hacerlo?, Itachi era un muchacho educado, inteligente y con un futuro prometedor. Izumi se ajustaba a tales estándares; bella, hilvanada para encantar con una sonrisa. Sakura sabía eso por las fotos que había contemplado anteriormente.

Recolectó pequeños retazos de información para sumar a su secreto caudal. Una palabra dicha al azar, una pregunta, una frase dicha de paso. Itachi describía a Izumi bellísima, inteligente, adorada por todos.

¿Acaso el desconsuelo los había unido? Tal vez sus corazones estaban destrozados y, por tal motivo, eso los llevó a protegerse mutuamente. Casta y platónica: ésa fue la engañosa situación que condujo a la seducción de Itachi por parte de Sakura, o a la de Sakura por parte de Itachi, tanto da, con el resultado final de su matrimonio. Tener el corazón destrozado significaba disponer de una historia, y las suyas, con sus repeticiones y ampliaciones, hacían que se sintieran cerca el uno del otro.

Movió la cabeza para desechar tales pensamientos. Itachi se había enamorado de Izumi. Un amor loco. Incluso obsesivo.

Itachi e Izumi: «Qué estupendo— había dicho Mikoto—. Es como volver a ser familia por vía del matrimonio». Eso pasó hace ocho años, en un gélido mes de marzo, y no hubo cambio alguno en los planes: ambos continuaron con sus estudios, sólo que ahora Izumi vivía en el apartamento de Itachi. Y dieron por supuesto que en eso consistía la felicidad.

Los dos pasaron el ultimo año absortos en trabajos escritos y exámenes para demostrar cómo habían pulido, expurgado y reconstruido su intelecto. Siendo estudiantes de carreras diferentes, respetaban sus respectivas necesidades y mantenían una mutua cortesía. Finalizaron gracias a sus becas y a la ayuda de Fugaku. Más tarde, debido a Itachi no quería depender de sus padres, Izumi comenzó a trabajar en una galería.

Construyó una casa especialmente para ella. Aquel sitio en el que se encontraba, se irguió con base en los gustos y exigencias de aquella dama.

Izumi había cambiado para ella. Antes simplemente la detestaba por haber sido el primer -y probablemente el ultimo- gran amor de Itachi. Pero en aquel momento, aunque la odiaba, ya no sentía por ella un odio puro y simple. En parte experimentaba celos; pero ¿cómo podía estar celosa de una mujer tan obviamente marchita? Una persona sólo podía sentir celos de alguien que tiene algo que debía pertenecerle a ella.

Pero también se sentía culpable. Era una intrusa que invadía un territorio que debía haber sido suyo. Ahora que ella era la nueva señora Uchiha -un termino que verdaderamente detestaba-, sus roles ya no eran tan diferentes en teoría. Aunque Izumi no lo supiera, Sakura le estaba quitando algo. Estaba robando. No importaba que se tratara de algo que ella aparentemente no quería o no necesitaba, o incluso rechazaba; de todos modos, era suyo, y si se lo quitaba, si le quitaba esa misteriosa cosa que le resultaba imposible definir -porque Itachi no estaba enamorado de ella, ya le había quedado claro que era imposible que él sintiera algo tan extremo-, ¿Qué le quedaría?

Su esposo parecía especialmente interesado en que Sakura lo supiera. Dijo que no quería justificarlo ni quitarle importancia ni pretender que aquello había sido un error.

Durante el tercer otoño de su matrimonio Izumi se volvió bastante irritable. Las cosas no iban bien. Ella estaba trabajando en un proyecto que requería una particular concentración. ¿Qué proyecto?, le preguntó Itachi: ¿una nueva exposición? ¿una obra maestra? Izumi no lo decía, porque trabajaba mejor cuando no había nadie mirando por encima de su hombro. Mostrar la obra antes de terminarla era un error. Necesitaba marcharse.

—Jamás imaginé que todo saldría terriblemente mal— dijo con voz ronca.

«Tampoco yo, querido», pensó Sakura.

Así fue como ella se marchó a una cabaña junto al río, donde podría pintar sin ser molestada.

En un lapso de tres días, Itachi recibió la visita de policías investigadores. Los hombres habían recibido el reporte de una mujer desaparecida. Al principio tuvo la intención de que se trataba de una broma de mal gusto, no obstante, cuando contempló el boletín de búsqueda, subió al auto y condujo hasta el pequeño santuario en el que ambos solían refugiarse durante el invierno.

Una vez arribó al establecimiento, echó a correr bramando su nombre. A través de la cocina, donde estaba quemando una tetera, escaleras abajo, donde el estudio estaba completamente vacío, para salir finalmente al exterior por la puerta trasera. No había rastro de su esposa, era como si la tierra la hubiese tragado y escupido en otra dimensión.

Conforme el relato avanzaba, Sakura percibía de forma incorpórea el sufrimiento de Itachi.

—El baño estaba salpicado de sangre— continuó el pelinegro—. La bañera estaba medio llena con agua rosada y había huellas ensangrentadas desde la alfombra amarilla, atravesando los azulejos blancos y negros, hasta el viejo suelo de teca y luego entrando en el dormitorio.

Cuando mencionó aquello, volvió a sentir un dolor de estómago y deseos de vomitar. Aquel rostro, pálido, aquel cadáver tirado allí.

Aparte de la náusea, los pensamientos de Sakura, que hasta entonces habían permanecido nublados por el chute de la furia, finalmente comenzaron a esclarecerse. Estaba recuperando el juicio.

«No va a funcionar», se dijo con cierta decepción. Tendría que empezar de nuevo. ¿Empezar qué? Se trataba de algo demasiado íntimo para ponerlo en palabras.

No podía contestar. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo, y comenzó a temblar. Los dientes le castañeaban sin control, como si estuvieran ejecutando un enloquecido baile de claqué.

—No encontraron su cuerpo— espetó Itachi, sombrío—. La versión de los oficiales fue que subió a uno de los botes y se lanzó al lago.

Sakura se quedó estupefacta.

—Estuve fuera de Konohagakure todo este tiempo— prosiguió—. Entonces de conocí. Y noté algo en ti. Una profunda bondad. Me enamoré de tu bondad. Era como si, de alguna forma, estuvieras purificándome.

«Yo no soy buena— pensó—. ¡Tampoco estás enamorado de mi!».

Fue unos segundos más tarde cuando Sakura expresó su propio veredicto oficial: Itachi era un farsante; ella, una crédula y una estúpida.

El Uchiha siguió hablando. Parecía incansable. Sakura pensó en la leyenda urbana de ese gusano exótico que habitaba en el cuerpo y que solo podía expulsarse dejando de comer y poniendo luego un plato de comida caliente delante de la boca, esperando a que el gusano oliera la comida y se desenroscara poco a poco, abriéndose camino por la garganta. La voz de Itachi era como ese gusano: una incesante cadena de horrores saliendo por su boca.

Le contó que, después de ese acontecimiento, algo de él murió en su interior.

—La amabas— afirmó Sakura con cierta amargura.

Por un momento hubo un hermoso silencio, hasta que lo asimiló.

«Por fin— masculló—. Ya hemos terminado. Ha dejado de hablar».

Gracias al cielo. El agotamiento físico y mental se apoderó de ella.

—Intenté castigarme por su muerte. En cierta parte yo era responsable— dijo Itachi.

La perpetua búsqueda de redención que había emprendido en aquellos meses le parecía tan idiota, tan infantil, tan claramente insensata y típicamente desordenada.

—Estuvimos saliendo durante seis meses— anunció Sakura recordando, maravillada, lo estúpidamente inocente que había sido hasta hacía unas horas—.Acepté casarme contigo, incluso a vivir en esta casa a tu lado.

Se le quebró la voz.

Escuchó el suspiro largo y entrecortado de Itachi.

—Lo siento— dijo—. Ya sé que es inútil.

—Está bien— aseguró ella a punto de reírse, porque era mentira.

Era lo último que recordaba antes de que ambos cayeran en un sueño profundo, como si hubieran tomado alguna droga.

—Sakura— llamó Itachi—.¿Te encuentras bien?

Ella olió su aliento mañanero. También tenía la boca seca. Le dolía la cabeza. Se sentía con resaca, sórdida y avergonzada, como si los dos hubieran participado en un repugnante acto de depravación esa noche.

Se presionó la frente con dos dedos y cerró los ojos , incapaz de mirarle. Le dolía el cuello. Debió haber dormido en una mala postura.

—Respecto a todo lo que sucedió…— se interrumpió y carraspeó convulsivamente; finalmente dijo en un susurro—: ¿Seguirás conmigo?

Ella lo miró a los ojos y vio un terror puro y elemental.

Al igual que todos los aspectos de su matrimonio, aquella pregunta acarreaba consigo un significado oculto. Sakura nunca se lo había tomado tan enserio. Ahora todo se reducía a tomar la decisión de abandonarlo, quedarse o irse, como si ahí acabara todo.

Era una ilusa. Era tonta.

Las paredes de la habitación parecieron ablandarse y sus pensamientos se tornaron lánguidos, como si estuviera tomando el sol en un caluroso día de verano.

¿Marcaba un solo acto lo que era una persona para siempre? ¿Pesaba más el fantasma de otra mujer que su matrimonio?

—Itachi, ahora no, por favor— suplicó. Al igual que la noche en el apartamento de Sasuke, necesitaba una perspectiva.

—Lo que escuchaste fue un error—dijo, cogiéndole la mano.

Sakura experimentó una profunda indignación ¿estaba intentando hacer parecer todo ese embrollo un producto de su imaginación? ¿acaso se había vuelto loco?

Inmediatamente apartó la mano como si de hiedra venenosa se tratara.

Sentarse al borde de la cama supuso un esfuerzo monumental. Mientras miraba la pared y la luz que brillaba a través de las ventanas, se dijo a si misma que su matrimonio había fracasado. Ya no se hacía ninguna ilusión acerca del provenir, si se esforzaba en fingir. La noche de la fiesta fue demasiado evidente. Su matrimonio era un fracaso. Dolía percatarse que no se llevaban bien. No congeniaban. No eran el uno para el otro.

Aunque lo quisiera de manera enfermiza, doliente, desesperada, no era ese el amor que él necesitaba. Todo lo que Itachi quería ella no podía ofrecerle, era algo de lo que ya había gozado antes. Se sintió enferma al recordad la presunción juvenil y casi histérica con la que se lanzó al matrimonio, imaginando que podría hacer feliz a su esposo, a él, que había conocido antes una felicidad muy superior.

«Me temo que te arrepentirás— le dijo su madre un día antes de la boda—. Creo que vas a cometer un error».

No quiso hacerle caso, le pareció dura y cruel. Pero ella tenía razón. Siempre tenía razón.

«No supondrás que se enamoró de ti ¿cierto?— dijo una voz en el fondo de su mente—.Lo que le ocurres es que se encuentra solo».

—Necesito estar un momento a solas— dijo mientras se ponía de pie, notando como sus piernas habían adquirido la firmeza de un algodón de azúcar.

Itachi no la quería, ni la había querido nunca. La luna de miel, los recuerdos que crearon esa casa no significaban nada para él. Lo que ella consideró amor, no tenía otro significado más que el hecho de que él era un hombre y ella una mujer joven y que él se encontraba solo. No le pertenecía, pues sus sentimientos siempre estarían con Izumi. Aún pensaba en ella. Nunca la querría a causa de Izumi.

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Se sentó a llorar en el suelo del baño, abrazándose las rodillas. Alargó el brazo para coger el rollo de papel de baño, arrancó una hoja y se sonó ruidosamente las narices.

Había entrado al cuarto con la intención de imponer distancia entre ella e Itachi. Ahí no había secretos podridos.

Le entraron unas ganas inmensas de reír, de llorar, de hacer las dos cosas, y notaba ese dolor en la boca del estómago, una sensación que reconoció en ipso facto, la misma que experimentó mientras Ino la ayudaba a ponerse el vestido de novia el día de su boda. Era como si estuviera en una de esas espantosas salas de espera que contemplaba a diario, relucientes y practicas, esterilizada, inhumanizada.

Hasta ese día, Sakura desconocía por que continuaba aquel dolor. Al principio lo atribuyó a los nervios.

¿Te importa si nos casamos enseguida?— preguntó Itachi de repente aquella tarde primaveral. Confundida, buscó con desesperó su mirada, quizá para asegurarse de que hablaba en serio—.Podríamos prepararlo todo en unos cuantos días. Nos casaríamos enseguida, sin ceremonias.

No lo admitió en ese momento, pero la propuesta fue un rotunda decepción para ella.

¿Sin tu familia y amigos?— preguntó.

No creo que sea necesario— sonrió de forma cautivadora—.Lo único que me importa es estar contigo.

Permanecieron un momento en silencio. Aquel pensamiento la hizo sentir frívola, lo único que debía importarle era que iba a casarse con el hombre de su vida, no importaba la forma, tampoco la ceremonia, tan pronto como ambos firmaran los papeles legales estarían unidos como marido y mujer.

No me importa la ceremonia, ni la gente ni nada de eso— agregó Itachi, insistente.

Sakura lo miró sonriendo. Puso una cara alegre.

Sera divertido, ¿verdad?

El no había mencionado que estaba enamorado. Ocurrió todo de repente, al igual que la propuesta de matrimonio.

Secó las lagrimas con el dorso de la mano y se puso de pie. Evitó contemplarse en el espejo. La cabeza le palpitaba a causa del dolor instalado en el lóbulo occipital, tenía los ojos hinchados y la garganta seca a causa del amargo llanto.

Cerró ambas llaves y aferró las manos a la superficie de granito, ligeramente encorvada hacia el frente. Debía encontrar la manera de ponerle un fin a todo ese asunto. La conversación de la noche anterior merodeaba por los rincones de su mente, porque pese a los desafortunados sucesos, Itachi aun era su esposo, el anillo de compromiso y la alianza en su dedo anular lo constaban, al igual que las firmas en los papeles legales y el juramento de amor eterno que hicieron uno frente al otro en el altar.

No podía soportar la idea de lo que ocurría, de las verdades que se le habían escapado. De haber existido la posibilidad de dormir, tal vez habría esperado hasta el día siguiente, o la noche siguiente, pero no podía esperar, no podía hacer nada hasta terminar con eso.

Se incorporó, totalmente alerta y con el corazón desbocado. Salió del cuarto de baño y cruzó la habitación. Itachi ya no estaba recostado en la cama, él había querido charlar con ella. «No quiero dejarte sola con todo esto— dijo—. Podemos hablar».

Sakura era incapaz de concebir algo peor que seguir hablando. Necesitaba estar lejos de él. Necesitaba pensar.

Sin más dilaciones, acudió a su propio estudio. De uno de los estantes extrajo el enorme compendio de Medicina Interna. Se sentó en el sillón de piel, lo giró para que diera a la mesa y rebuscó entre las páginas el sobre desgastado.

Tomó el abrecartas y abrió el papel con un movimiento veloz y violento. Extrajo una carta manuscrita. Al principio sus ojos se negaban a enfocar. Las letras danzaban ante ella.

Realizó un esfuerzo sobrehumano para leerla bien. De izquierda a derecha. Frase por frase.

Estaba escrita con bolígrafo negro en una hoja blanca. Tenía relieve, como si fuera braille. Debía haber apretado al escribir, como si tratase de grabar las palabras en el papel. No había párrafos separados ni punto y aparte. Las palabras se sucedían formando un bloque.

A mi amado Itachi:

Si estas leyendo esto, entonces estaré muerta. He intentado sobrellevar esto, pero hay momentos de desesperación tan largos y dolorosos que no puedo soportarlo. Cuando a una persona lo abandona la esperanza, los anhelos, los planes; no tiene sentido nada. A todo eso lo reemplazó una sensación de vacío terrible, y cómo la naturaleza aborrece el vacío eso causa el dolor. No puedo seguir fingiendo que puedo lidiar con esto. He escrito y reescrito esta carta cientos de veces, pero me cuesta mucho. Quizás creas que ha sido una decisión precipitada, pero llevaba mucho tiempo pensando en hacerlo. Intenté hablarte varias veces de ello, pero me sentía incapaz de abordar el tema. Me daba miedo pronunciar estas palabras. No te preocupes por nada. Así han sido las cosas. Lo único que intento decirte es que no soporto la idea de que, por culpa mía, continúes reprochándote cosas del pasado. Las raíces son mucho más profundas. Por eso quiero que, si puedes, sigas con tu vida. No me esperes. No te reprimas por mi causa. Solamente quiero descansar de mi.

Con todo mi amor,

Izumi.

Ella estaba muerta, y si algo tenía en mente era que, no se debían pensar cosas de los muertos; ellos yacían apaciblemente, mientras crecía la hierba encima de sus tumbas. Las letras, extrañas…sesgadas, el borrón de tinta.

Se puso de pie tan rápidamente que se mareó y tuvo que apoyarse en el cristal del escritorio para no caerse.

¿Qué la habría orillado a tomar esa decisión?, una nueva estocada de náusea la atacó. Volvía a tomar asiento en la silla, se apoyó hacia un lado, con las manos en las rodillas y las lágrimas deslizándose por las mejillas.

Se concentró en su respiración. Inhalar. Vio el rostro de Izumi. Exhalar. La carta yacía frente a ella. Inhalar. ¿Qué haría al respecto? Estaba agotada, tan cansada que se sentía vacía. Seguía pensando en las verdades que había descubierto, que no explicaban nada; eran como runas o jeroglíficos que no podía entender. Esa pequeña pista de cosas que no tenían explicación.

Con las manos temblorosas, tomó la carta y empezó a despedazarla. Echó los diminutos trocitos al cesto de los papeles.

Nada de lo que hiciera traería de vuelta a Izumi o salvaría su matrimonio. Su mente regresaba una y otra vez a ese hecho frio, inamovible y horroroso, como un enorme muro que no pudiera traspasarse.

Todo estaba acabado.

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Caminó descalza hasta el rellano de la escalera y permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la moqueta, mientras intentaba decidir si estaba preparada para unirse a su esposo.

Bajó los peldaños uno a uno, aún con la cabeza aturdida y confusa como si acabara de despertar de un sueño demasiado largo.

Cruzó el vestíbulo hacía la cocina. Se quedó en el pasillo, reculando si debía proseguir o no con su camino.

Se asombró de lo fácil que había sido desmontar su vida. Una vida —tuvo que recordarse— tan estable y continua que, salvo breves interrupciones, había conservado la misma dirección desde el día que se casó.

Necesitó insuflarse de valor, se sentía como una niña asustada; ingresó con pasos renqueantes, acariciando la superficie de la pared con la punta de los dedos. Miró a su alrededor en busca de un poco de café, pero lo único que vislumbró fue a él, de pie en medio de la estancia, actuando como si nada hubiese pasado.

No parecía nervioso, sino completamente tranquilo. En cuanto a ella, tenía la impresión de ir a un hospital con alguien a quien fueran a operar, y sin saber qué ocurriría, sin saber cómo saldría de la operación. Tenía las manos heladas y el corazón le latía, como a tropezones. La incesante angustia, honda, muy honda.

Caminó sin ganas, pero determinada a zanjar el asunto de una maldita vez.

—Ah, ya estás aquí— dijo al percatarse de su presencia. La pelirosa hizo un ruido sordo con la nariz, parecido a un bufido sarcástico, a la par que apuñaba las manos temblorosas a los costados; las uñas clavándose trémulamente en la piel de sus palmas—.Te preparare el desayuno.

—No— protestó—.No tengo hambre.

Itachi tenso los labios. Durante un minuto, o quizás dos, imperó un trágico e incomodo silencio.

—Necesito tiempo para procesarlo todo— espetó por fin.

—Entiendo.

Itachi tenía el rostro demudado. Parecía más atónito que enfadado.

—Tal vez, lo más apropiado sea separarnos— parecía nerviosa, indispuesta. Escrutaba a Itachi con una expresión indescifrable. Se preguntó si tendría las agallas para darle explicaciones.

—Quieres decir… ¿una separación temporal o definitiva?

Sakura lanzó un suspiro cansado.

—No lo sé— dijo encogiéndose de hombros—.Todo esto es nuevo y abrumante para mi.

—¿Cuánto tiempo?— quiso saber él.

—¡Por Dios, Itachi! No puedo precisarlo en este momento— soltó ella—.Además, no quiero estar a lado de un hombre que me ha engañado y que claramente no me ama.

Los dos se contemplaron de hito en hito sin decir una palabra más. Sakura lo miró, taladrándole el rostro con un furioso desconcierto. Todo lo que conformaba su matrimonio era una mentira, una vil y cruel argucia protagonizada por la proyección de un hombre al que creía amar.

Ofuscada, se limpió las nuevas lágrimas con el dorso de la mano, estaba harta de llorar, llevaba haciéndolo desde hace dos noches, pero su alma no encontraba consuelo.

Ante el prolongado silencio, ella agregó con aspereza:

—Me marcharé esta tarde— miró de reojo a Itachi. Él se estremeció.

Realizó un amago por marcharse, pero la voz suplicante del Uchiha la obligó a detenerse en seco.

—No lo hagas. No tienes que marcharte…— se interrumpió y dio un suspiro entrecortado—. Prepararé unas maletas esta tarde, puedo instalarme en el apartamento del centro.

—No— se negó rotundamente—.Esta es tu casa y también la de ella…— un nudo estrujo su garganta dolorosamente—.Si me quedó aquí me sentiré como una intrusa.

Lo contempló con una expresión anodina. Nunca lo había tratado con violencia, sin embargo, en ese instante albergaba un deseo incontrolable de asesinarlo.

—¿A dónde irás?— se observaron fijamente.

Sakura dejó escapar un quejido, estiró los brazos, caminó de una lado a otro de la habitación, experimentando con sus propias reacciones. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Cómo se supone que debía comportarse?

Lo cierto era que, Sakura no tenía un plan. Su decisión era precipitada, sin embargo, necesitaba salir de ahí antes de desvanecerse en un colapso nervioso. Los últimos días habían sido una completa pesadilla para ella.

—Probablemente a casa de mi madre.

—Pensé que no querías causarle problemas.

El tono condescendiente de su respuesta la hizo crisparse de pies a cabeza.

Itachi relajó los hombros y restregó una mano contra su rostro; al igual que ella, lucía derruido, cansado. Atisbó la alianza de matrimonio en su dedo anular y pensó:

«Estamos unidos a una mentira».

—Puedes quedarte en el apartamento— concluyó al cabo de unos segundos de deliberación interna—.De cualquier forma estaré fuera de Konohagakure durante un par de semanas.

La rabia se apoderaba de ella con un estremecimiento. Itachi estaba huyendo de nuevo, se marchaba lejos, tal vez esperando que el tema quedara olvidado y ambos pudieran pretender que nada había pasado entre ellos. Aquella idea la hizo sentir repentinamente enferma, encolerizada.

—Leí la carta— confesó.

El pelinegro endureció su expresión y su semblante adoptó una aire de represión que no pasó desapercibido para Sakura.

—Al final lo hiciste— espetó con perentoria serenidad.

—Sí, así es.

—Bueno, supongo que ese ya no será un problema ¿cierto?— una sonrisa sarcástica estiró la comisura de sus labios.

Sakura obvió el descaro de sus palabras, y lo miró con el ceño fruncido. La actitud relajada de Itachi, la había hecho enfurecer todavía más ¿Cómo podía ser tan insolente?

Se desplazó por la geografía de la cocina con las manos en los bolsillos del pantalón y detuvo su andar bajo el umbral. Lejos de contemplarla, mantuvo la vista clavada al frente, lejos del rostro encrespado de su esposa.

—Lo siento mucho, Sakura. Siento mucho que tengas que pasar por esto. Hacerte parte del problema.

Las ultimas palabras retumbaron en su cabeza como un certero golpe mortal. Sakura volvía a sentir las mismas ganas de abalanzarse contra él y golpearlo. La ira segregó sus glándulas salivales a medida que aquella disculpa barata se repetía una y otra vez en su mente. Comenzó a titiritar hasta que se percató que Itachi no estaba ahí.

Él se había marchado.

Continuara


N/A: ¡Qué tal! Espero que se encuentren muy bien.

Cómo verán, la actualización llegó a tiempo, lo cual es satisfactorio para mi :3 este capítulo deja más incógnitas, sin embargo, lo hice a propósito.

En este apartado contemplamos que Sakura ha perdido por completo la confianza en Itachi y claramente, la interacción entre los dos cambiara. Ya saben que me encanta prolongar el misterio, así que aun falta mucho para que las cosas cobren sentido uwu.

En lo que respecta a la longitud de los capítulos, los organice de esta manera para no hacer la lectura tediosa, pero les prometo que serán más prolongados, hay algunos que contienen tres o cinco escenas, así que realmente varía.

Continuando con las notas del capitulo: 1) La carta de suicidio fue sumamente compleja de escribir, en especial por todo lo que conlleva, 2) Puede que en los próximos capítulos veamos a una Sakura un tanto… confundida, probablemente pierda la cabeza, será como un punto de quiebre psicológico, 3) En cuanto al SasuSaku, les prometo que ya viene lo bueno :3 estuve posponiéndolo porque el desarrollo de su relación se basa en toda la situación entre Sakura e Itachi. Este capítulo estuvo centrado en ellos porque son una pareja, y como tal, todos los inconvenientes los rodean a ambos.

Gracias a todos por su paciencia y constante espera. Estoy muy agradecida por su apoyo, tal vez ya estén cansados de leer esto, pero me es inevitable no demostrarles esta gratitud al terminar cada publicación. Les envió un fuerte abrazo, y también les deseo una hermosa y bonita semana. Cuídense mucho y nos leemos pronto.

¡Hasta la próxima!