La bestia yacía muerta, entre la maleza aplastada. Sus belfos abiertos hacia el cielo, exhibiendo los enormes colmillos y las encías negras. Su pelaje pardo erizado, todas sus líneas tensadas en el último ataque que realizó. Las zarpas aferrando el aire. El terreno bajo ella estaba revuelto, marcado por sus garras, el barro mezclado con las ramas rotas.
Varios virotes asomaban de su tórax. Dos enormes heridas en el cuello y la cabeza parecían haber sido la causa de la muerte.
Lavina recuperó su espada cubierta de sangre de debajo de la bestia y se volvió hacia Dush, que estaba siendo atendido por Pequeña Nutria, las heridas ya se estaban cerrando bajo sus hechizos. El orco había recibido un garrazo directo sobre el rostro y el cuello. De no ser por el gnomo, habría podido morir, pero con Dush nunca se sabía.
– ¿Estás bien, Dush?
El orco gruñó.
– Sí.
Lavina volvió a mirar a la bestia, sus facciones deformadas por la muerte y la furia.
– Joder. Esto no es normal.
Erisad aseguró la ballesta y se acercó al depredador muerto.
– Esto es triste. Están enloquecidos.
La joven se agachó junto al cadáver, acarició el pelaje erizado y retrocedió sacudiendo la cabeza.
– ¿Qué dicen las voces, Eri? – le preguntó Lavina.
– No dicen nada. No hablan. Gruñen, quieren que nos marchemos de aquí, están enfadadas.
– Pues vamos a hacerles caso.
Ambas regresaron hasta Dush y Peq. El orco parecía algo disconforme con el hechizo que estaba usando su compañero para cerrar sus heridas.
– ¡Quiero que se queden las cicatrices!
– Lo siento Dush, pero la magia las borrará. Era eso o morir.
El orco lanzó un gruñido de protesta.
– Hubiese molado mucho tener esa cicatriz en la cara.
– Si quieres te la tatúo.
Dush lo miró con gesto de interés.
– No sería hacer trampas. Realmente he recibido esa herida.
– Y puedo asegurarle a cualquiera que lo dude que tuviste esa herida en la cara.
Lavina observó los rasgos del orco. Ya no quedaba rastro del destrozo. Ver la piel de su cara desgarrada y los huesos y dientes expuestos había sido un momento lo bastante desagradable como para no querer vivirlo otra vez, pero Dush parecía infantilmente orgulloso de ello.
– Por el amor del cielo, ¡qué ganas tengo de salir de aquí! – exclamó Lavina – Quiero ver a otro humano.
Peq rió.
– No me lo digas: necesitas una cerveza.
La humana asintió.
–A ser posible servida por alguien que no sea un tirillas y que esté soltero.
– ¿Echas de menos a alguien en concreto? –le preguntó Erisad.
– A cualquiera que sea lo bastante recio. A este paso hasta Dush me va a parecer atractivo.
Dush volvió la mirada hacia ella con gesto de repulsa.
– Estas escuálida.
Lavina alzó las cejas. Se la podía definir de muchas maneras, pero su corpulencia y sus músculos tachaban la palabra "escuálida" de entre las opciones.
– ¿Disculpa?
Pequeña Nutria rió.
– Así que el modelo elfo no complace tus gustos – comentó...
– No. Les falta – movió las manos ante ella pretendiendo dibujar en el aire a alguien corpulento–... ¡Y son más fríos que la escarcha! No entiendo qué atractivo se ven entre ellos.
Pequeña Nutria carraspeó.
– En realidad, son muy acogedores. Y las elfas tienden a ser muy atentas y dulces cuando entiendes sus sutilezas...
Lavina y Erisad se volvieron hacia Pequeña Nutria con gesto de sorpresa.
– ¿Qué has estado haciendo de lo que no nos hemos enterado? – exclamó Lavina.
El gnomo sonrió disfrutando de ser el centro de atención.
– Un caballero no habla de esas cosas.
Lavina levantó las manos y negó.
– No quiero saberlo. Vamos a movernos– ordenó.
Dush se puso en pie y miró hacia la bestia muerta.
– ¡Qué desperdicio de comida!
– Nada se desperdicia en el bosque, Dush –comentó Erisad–. Otros animales se lo comerán.
La chica le pasó su hacha al orco.
– ¿Hacia dónde, Erisad? – preguntó Lavina.
Ella sacó de la bolsa atada a su cinturón el péndulo. Era de cristal, con forma ahusada, vagamente recordaba a un pez. Colgaba de una cadena de plata, el extremo de la cual estaba envuelto en un trozo de piedra a todas luces común. La talla de cristal giró y se orientó en una dirección. Erisad señaló.
– Estamos cerca.
– Vamos – apremió Lavina –, cuanto antes revisemos esas ruinas antes saldremos de los árboles.
Los cuatro se pusieron en marcha, atentos a lo que les rodeaba con Erisad señalando el camino.
Dush se detuvo un momento para cortar con el hacha una de las raíces urticantes, gruesa como una maroma, que ya reptaba en su dirección de nuevo.
– Odio las plantas que se mueven…
Había algunos trucos para atravesar el bosque ensombrecido. Uno de ellos era no encender fuego, el otro era no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio, el tercero era tener un objeto mágico capaz de señalarte la dirección a través de las ilusiones y los caminos cambiantes. Pero esencial era llevar contigo los suficientes antídotos y hechizos de curación.
Una hora de caminata después, entre la maleza y los árboles, vieron lo que parecían los restos de un muro. Erisad lo señaló sin decir una palabra. Lo rodearon y, al poco tiempo, el sotobosque empezó a clarear. Y entre los árboles asomaron piedras talladas y más estructuras.
– Hemos llegado– susurró Erisad.
– Bien. Atentos. Observamos y salimos – dijo Lavina.
Asintieron.
Las estructuras fueron haciéndose más frecuentes y sus formas tomando consistencia en lo que habían sido antes: edificaciones bajas.
– Esto no parece un asentamiento elfo abandonado. Parece humano.
– ¿Por qué usaron piedra en un lugar donde lo que abunda es la madera?
Los restos de las construcciones fueron aumentando en tamaño y complejidad, hasta que el grupo se vio contemplando lo que parecían las ruinas de un templo.
– ¿Qué debía ser este sitio? – preguntó Peq.
– Ni idea, pero no parece haber nadie – comentó Lavina.
Rodearon la planta del edificio, observando con detenimiento el terreno y, cuando alcanzaron el otro lado, la impresión de que nadie había pisado ese lugar quedó anulada.
Los cuatro se agacharon instintivamente, ocultándose.
La zona había sido despejada de zarzales a hacha y pisadas. En mitad de la misma había los restos de un fuego, los carbones negros fríos desde hacía días. A una veintena de pasos, se alzaban los restos de otro edificio convertido en una montaña de escombros. Pero un arco, tallado y decorado, se conservaba y, bajo él, unas escaleras cubiertas de tierra pisoteada daban acceso a algo allí abajo.
Dush olfateó el aire.
– Orcos – dijo.
– Su puta madre – protestó Lavina.
Observaron los alrededores, pero nada se movía.
– Parece que han estado decorando el lugar – susurró Peq y señaló hacia algo.
Junto al arco, sobre un trípode armado con maderos sin pulir, alguien había colocado un atado de ramas formando un diseño. Era tosco y las calaveras y huesos, que pretendían decorarlo, le daban un aspecto grotesco.
– ¿Qué es eso? Dush, ¿tienes idea?
Dush observó la escultura durante un muy largo instante y se puso en pie con los ojos muy abiertos. Lavina se volvió hacia él alarmada:
– Dush, ¿qué haces? – susurró tensa.
– Eso es el símbolo de altar sagrado. Hay reverendas madres aquí.
– ¿Qué?
– Orcas… Hembras… Tengo que hablarles. Tengo que decirles la verdad.
Y echó a caminar hacia la entrada. Sus tres compañeros lo observaron anonadados. Lavina fue hasta él, revelándose también, y tiró de su brazo.
– ¿Qué demonios haces? No sabes lo que hay ahí abajo ni cómo te van a recibir.
Dush se detuvo, la miró y pareció tardar unos instantes en asimilar que la humana estaba allí.
– Tengo que decirles que Dush murió y Dush sabía la verdad. Morimos antes de ser capaces de saber…
Lavina frunció el ceño observando a su compañero. No solía mostrar esa iniciativa. Había algo profundamente personal en aquello. Y Lavina asintió.
– Entonces iré contigo.
En ese momento, una voz de alarma se oyó desde el túnel y tres orcos surgieron a la luz, con las armas preparadas.
Dush se quedó quieto, observándoles, pero no retrocedió. Uno de ellos ordenó:
– ¡Tirad las armas!
Y, a pesar de que no entendía el idioma con el que les hablaron, Lavina sí entendía el lenguaje gestual universal y levantó las manos despacio.
Pequeña Nutria trató de ponerse en pie para ir hacia ellos pero Erisad lo aferró y lo obligó a quedarse a cubierto.
– No les va a ayudar que sepan que estamos con ellos.
Más orcos estaban surgiendo al exterior… Peq asintió.
– Demasiados. Van a tener que hablar. Puedo hacer que Lavina entienda… Estoy lo bastante cerca.
Y se puso a hechizar…
Los orcos rodearon a Lavina y Dush y observaron los alrededores atentos. Cruzaron algunos gruñidos y varios de ellos se dispersaron por la zona para peinarla.
Dos de ellos se dirigieron directamente hacia la posición de Erisad y Peq. La humana no esperó. Abrazó al gnomo, llamó a las sombras y saltaron a través de ellas hasta el otro lado de las ruinas del templo.
– No te muevas – le indicó.
Las sombras se plegaron sobre ellos, cubriéndoles y confundiendo sus figuras bajo la penumbra de las ramas. Un instante más tarde, varios orcos asomaron por la esquina oteando, con las armas prestas. Sus ojos pasaron por encima de la posición donde estaban Pequeña Nutria y Erisad sin verlos.
Al cabo de unos instantes, los orcos echaron a caminar bosque adentro. Erisad señaló a uno, que se demoró analizando el rastro que los visitantes habían dejado para llegar hasta allí. Era un orco corpulento y portaba una piel de oso sobre la cabeza y los hombros que le daba el aspecto de una bestia contrahecha. Erisad lo observó atentamente, bebiéndose con los ojos el conocimiento de cómo caminaba, cómo olfateaba, cómo mostraba los colmillos... Se lo señaló a Peq.
– Duérmelo – susurró.
El orco levantó la mirada hacia ellos, sin verlos… ¿La había oído? No importó. El hechizo fue lanzado, el orco cerró los ojos y cayó al suelo.
Lavina había arrojado su espada al suelo y levantado las manos. Dush, a su lado, observó a los que les rodeaban.
– ¿Quién sois? – preguntó el que parecía el líder.
Y Lavina abrió los ojos como platos, porque se percató de que estaban hablando orco y que ella podía entenderlos.
– Soy Dush.
– ¿Qué tribu?
– La Madre Muerta.
– ¿Qué hacéis aquí?
– Traigo información a vuestras reverendas madres.
El que parecía el líder volvió la mirada hacia Lavina.
– ¿Quién es ella?
– Soy Lavina, le pertenezco.
Los orcos parecieron sorprendidos de oírla hablar su idioma. Tras unos instantes, los empujaron hacia adentro. Uno de ellos se detuvo y volvió la mirada hacia el sitio por donde se habían marchado los oteadores. Gork, ya regresaba.
– ¿Habéis visto algo?
Gork pasó a su lado y se limitó a gruñirle bajo su piel de oso.
Las cuevas, excavadas en la roca, olían a sangre. Fue lo primero que llamó la atención de Lavina. Siguieron un pasillo, al que desembocaban varias estancias y más orcos se acercaron a observarlos. Unas moles de músculo, demasiado cerca para el gusto de lavina, observándoles inexpresivos. Parecía haber un número considerable, demasiados para salir a espada o hacha de allí.
Lámparas de grasa y toscas antorchas habían sido colocadas a lo largo de las paredes. Donde la sucia luz iluminaba, Lavina pudo ver símbolos en tonos marrones y rojos. Y por el olor dedujo que habían sido dibujados con sangre.
Los empujaron hasta el final de aquel túnel, que daba a una amplia sala tallada en la roca. En mitad de la misma ardía un fuego. Al fondo, se alzaba un altar de huesos y calaveras, tanto orcas como humanas. Estaban cubiertas de sangre que todavía goteaba. Habían matado a algo recientemente allí, se olía. De ahí venía el olor metálico a muerte que impregnaba todo el túnel. Otra entrada al fondo de la cueva parecía dar a otra sala. Pero una cortina de cuero ocultaba el acceso.
El orco que parecía el líder habló:
– Madres, hemos encontrado a un orco y un humano a la entrada de nuestro refugio.
Tras unos instantes, una mano, ancha y de largas garras, apartó la cortina. La figura a la que pertenecía observó a la comitiva y Lavina tuvo la sensación de estar viendo una escultura de piedra hasta que la vio caminar hasta al lado del fuego. Dos figuras similares más la siguieron. Eran orcas, hembras.
Las tres tenían la misma corpulencia y musculatura que los machos pero, además, contaban con una generosa capa de grasa. Vestían largas túnicas, diseñadas y atadas para resaltar sus profusos vientres y los voluminosos pechos. Sus pieles tenían un leve brillo, que combinado con su tono grisáceo les daba un aspecto pétreo. Todas lucían varias vueltas de collares de cuentas talladas en hueso. La palidez del material resaltaba en la penumbra.
La que parecía más joven se acercó a Dush primero y a Lavina después, y los observó de arriba a abajo. Volvió junto a las otras dos y, entonces, la que parecía más mayor habló.
– ¿Quiénes sois? – preguntó con una profunda voz de contralto.
– Soy Dush.
– ¿De qué tribu?
– La tribu de la Madre Muerta.
La orca lo observó muy fijo.
– Mientes. La Madre Muerta combate en las montañas Kaladrun.
– Viajé desde las Kaladrun hasta aquí.
– No miente, yo viajé con él – replicó Lavina.
Las tres orcas se volvieron hacia la humana a la que habían ignorado hasta ese momento. Su líder, por primera vez, mostró un gesto de curiosidad.
– Habla nuestro idioma…
–Temporalmente, señora –dijo Lavina.
La orca se volvió hacia Dush.
– ¿Quién es ella? – exigió.
– Es mi… es…
Dush no parecía ser capaz de encontrar las palabras. Lavina lo hizo por él.
– Soy su hermana de batallas.
La mirada de la orca se volvió hacia ella, con gesto desinteresado, y la guerrera sintió el instinto de partirle los colmillos a esa bruja.
– ¿Y contra quien combatís? –preguntó.
– Contra los legados.
La orca ignoró completamente a Lavina y fijó su atención en Dush.
– Vienes aquí a mendigar reconocimiento. ¿Cómo te atreves?
Dush negó.
– No. Vengo para informaros de que...
– ¡Deja de mentir! – ordenó la orca – No quiero oírte más.
Y Dush se quedó callado. Lavina lo observó desconcertada.
– ¡Dush! Tienes que decirles lo que está pasando en el sur. Deben saberlo. Recuerda lo que os están haciendo los legados.
Dush estaba inmóvil, tenso como una cuerda. Su respiración era muy pequeña, temerosa. Lavina lo observó un instante sin entenderlo... y le dio un suave puñetazo en el brazo. Su toque pareció hacerle reaccionar y, por fin, habló pero no fue capaz de levantar la mirada hacia la orca mientras la desobedecía.
– Los legados están usando a orcos para convertirlos en ungrals… Al sur… Nos usan… Todos nos usan... Los matan para...
– ¡Silencio! – ordenó ella.
Y Dush se quedó callado. Lavina frunció el ceño. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿Por qué no preguntaban? ¿Por qué no escuchaban?
Entonces se dio cuenta de que Dush no había bajado la mirada exactamente, sino que estaba observando el collar de cuentas de hueso alrededor del cuello de la orca.
– Encerradlos.
Los orcos se retiraron empujando a los prisioneros en alguna dirección.
Gork, con su capa de oso, permaneció allí y observó a las tres reverendas madres retirarse… Y, con su visión perfecta en la oscuridad, en el breve aleteo de la cortina de cuero pudo percibir en la otra sala algo que le heló el alma.
Pequeña Nutria paseaba nervioso, de lado a lado, esperando. Había encontrado un buen escondite en los restos de otra ruina y había doblado concienzudamente las ropas de Erisad, pero ya no podía hacer más. Y la espera lo estaba matando.
Por suerte, al poco tiempo, por el acceso apareció de nuevo el orco cubierto con la piel de oso. Caminó hasta Pequeña Nutria, se agachó junto a él y le dijo:
– Estamos jodidos, ¡tienen un espejo!
Dush y Lavina fueron llevados al exterior y arrojados a un pozo poco profundo que cerraron con ramas entrecruzadas. Lavina se golpeó el hombro y la rodilla en el aterrizaje pero, aparte de eso, no sufrieron más daño. Dush se sentó, todavía con la mirada baja y se apoyó contra la pared. Parecía estar intentando encogerse. No se le daba bien.
– Dush, ¿qué ha pasado? ¿Por qué les has permitido decir que mentías?
– Nadie replica a una hembra –explicó–. Si dicen algo, esa es la verdad, y el resto se calla.
– Pero, ¿por qué no te han escuchado? ¿Crees que están aliadas con los legados?
– No lo sé.
Lavina se sentó frente a él y dejó escapar un suspiro. Miró hacia arriba...
– A ver cómo salimos de esta…
Había algo muy oscuro planeando sobre Dush, pero Lavina no podía enfocarlo. Pero sí sabía que el orco se sentía perdido al verse solo, así que le dio una patada en la espinilla y dijo:
– Dush, cuando salgamos de aquí pienso pegarte una paliza.
El comentario le habría arrancado un respuesta sarcástica o un golpe en otro momento dado, pero se quedó callado. Oh, mierda... Algo no estaba bien en él.
–Dush... ¿Qué ocurre?
Tras unos instantes, habló, de nuevo con la mirada baja.
– ¿Sabes qué son esos collares?
El tono que había usado portaba una reflexión y un pesar que resultaban antinaturales en un orco. La humana negó.
– ¿Los collares que llevaban las orcas? No. ¿Decoración de mal gusto?
– Las hembras de la tribu de la Madre de Hueso añaden una cuenta por cada orco que paren.
Lavina abrió los ojos sorprendida.
– Por el amor del cielo, ¡había más de treinta cuentas en ese collar!
Dush gruñó, con ese sonido que Lavina había aprendido a reconocer como dolor.
– No les importa ninguno de sus hijos, siempre pueden parir más. Cada una de esas cuentas es un orco muerto… No les importamos. Dush* murió para nada.
ANOTACIONES
Dush era el nombre de otro orco, colega del de esta historia. Cuando murió adoptó su nombre.
