Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo


CAPÍTULO 10

—¿Tampoco vas a salir hoy con tus amigos? —preguntó Edward arrancando el coche.

—No sé... Paul me ha dicho que han quedado en la Corredera y que luego van a ir a La Charca a darse un baño —contestó Alec, abrochándose el cinturón.

—Parece un buen plan.

—Pues. Creo que paso.

—¿Pasas? La semana pasada te encantaba ir a La Charca...

—Ahora no me apetece.

—¿Y no tendrá nada que ver cierta chica?

—No empieces de nuevo, tío —refunfuñó Alec, mirando por la ventanilla.

—Eres idiota —declaró Edward enfadado—. Te pasas el día pegado a las faldas de tu madre porque una chica te salpicó hace tres días.

—Déjame en paz —dijo el chaval enfurruñado.

—Si la chica no te gusta, vete con tus amigos y pasa de ella —propuso Edward.

—Siempre viene con nosotros. Es del grupo —gruñó Alec.

—Pues ignórala.

—No quiero.

—¿No quieres ignorarla?

—No. Me gusta —dijo en voz tan baja, que Edward apenas consiguió entender sus palabras.

—¿Te gusta? Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó atónito.

—Me dejó en ridículo. Me tiró agua delante de todos... Y ahora, cada vez que veo a mis amigos empiezan con sus bromitas: que si me pongo colorado cuando la veo, que si se ha declarado, que si nos dejan solos para que ella me tire a la fuente... Y me tienen hasta las narices.

—Ah. Entiendo.

Edward miró a su sobrino por el rabillo del ojo. Estaba sentado muy tieso en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando por la ventana. Al pobre se le veía perdido y avergonzado. Aún era un muchacho. Alto y desgarbado, delgado y con algunas espinillas en la cara. Una mezcla perfecta de las dos familias. blanco como él mismo, fibroso como Carlisle, de rasgos definidos y ojos marrones como su madre. A la única persona a la que no se parecía en nada era a Jasper, su padre. No era extrovertido, ni tenía su carisma; era como Bella, un chico serio y circunspecto que cuando menos te lo esperabas daba el pecho mostrando un genio de mil demonios. Edward le adoraba, pero en esos momentos estaba un poco hasta las narices de sus inseguridades. Habían pasado tres días desde el incidente con la chica y la Fuente Nueva, y desde entonces Alec se negaba a salir con sus amigos; en su lugar salía con su madre. Y no es que a Edward le pareciese mal que madre e hijo salieran juntos. Pero con cierta mesura.

Esos tres días su sobrino lo había acompañado todas las mañanas a la recogida de brevas y todas las tardes a la cooperativa, y agradecía profundamente su ayuda. El chico era trabajador y no se quejaba por el trabajo duro. Pero al regresar casa, en vez de irse con sus amigos, instaba a Bella a pascar por la Soledad. Y, francamente, Edward estaba harto. Pasaba los días deslomándose en el campo y cuando acababa con el trabajo, lo único que encontraba era su cabaña vacía porque Bella pasaba las tardes con su hijo; como si Alec fuera un niño de pecho y necesitara su consuelo. La situación estaba empezando a irritarle. Había trazado un plan, un plan complicado que implicaba ganarse la confianza de Bella en todos los ámbitos de su vida. Como Edward en el pueblo, como su amante desconocido en la cabaña. Y era imposible llevarlo a cabo si lo único que podía hacer para estar con ella era dar paseos con Alec de carabina bajo los olmos negros del parque. Ni siquiera Carlisle había conseguido que Alec se separara de Bella, mucho menos él mismo, que veía como día a día su cuñada se distanciaba de él en pro de su hijo y de los amigos que había hecho en el pueblo

—¿El problema es que ella te salpicó y tus amigos hacen bromas sobre ello? —preguntó Edward, vislumbrando de repente una posible solución al dilema.

—Pues sii...

—La solución es fácil —afirmó, aparcando sobre la cera frente a la casa de su padre.

—¿Si?

—Sí. Esta tarde ve a la Corredera con tus amigos, coge a la chica, llévala hasta la fuente Nueva y tírala dentro.

—¡Qué! —gritó Alec con los ojos como platos.

—Y luego, cuando esté aturdida, la sacas como un caballero y le das un buen beso en los labios —dijo saliendo del coche y dirigiéndose al maletero.

—¡Tío! —Alec se apresuró a seguirle.

—La chica recibe su merecido por dejarte en ridículo, tus amigos se callan la boca y tú consigues novia. Todo solucionado —afirmó, sacando las cajas en el mismo momento en que Carlisle salía de la casa empujando la carretilla.

—¡Me pegará un bofetón sí hago eso!

—¿Qué pasa? —preguntó Carlisle mirando al tío y al sobrino.

—El tío dice que debo tirar a Jane a la fuente y darle un beso —explicó aturullado.

—Sería lo correcto —afirmó Carlisle—. Ella dio el primer paso salpicándote de agua, pero ahora tú, como hombre que eres, debes demostrar a todos que estás interesado y que ella es tu novia.

—¡Pero no lo es!

—Lo será cuando la tires a la fuente —sentenció Carlisle.

Edward cargó las cestas de brevas en la carretilla con una sonrisa en los labios. Con un poco de suerte, esa tarde por fin recibiría visita en la cabaña.

—Otra estupenda tarde perdida —gruñó Edward, horas más tarde mientras tomaba el camino lleno de baches que llevaba a su cabaña.

Eran las siete de la tarde y hacía menos de un cuarto de hora que había dejado a su sobrino en casa de su padre tras volver de la cooperativa. Alec se había mantenido callado y pensativo durante toda la comida, luego había clasificado las brevas ensimismado —tanto, que apenas si había hecho la mitad de trabajo que otros días—, y por último, en el camino de vuelta de la cooperativa, había respondido con monosílabos y gruñidos a todo lo que Edward decía. En definitiva, se temía que el adolescente estaba decidido a seguir en sus trece y que esa noche volvería a pasear como una criatura, acompañado de su madre por el parque.

¡Pues que no contasen con él!

Estaba cansado, enfadado y frustrado. Prefería irse a su cabaña y perderse en los recuerdos. Al fin y al cabo eran más gratificantes que un paseo.

—Oye mamá...

—Dime cielo —contestó Bella, agachada frente a la lavadora.

—Estoy pensando... —comenzó Alec—. Bueno... yo... ¿Te importa si hoy no vamos a la Soledad?

—Claro que no. Iremos donde más te apetezca.

—Bueno... Es que había pensado... Paul y los demás están en la Corredera y... Bueno... Me apetece salir con ellos a dar una vuelta, pero... No quiero dejarte tirada.

—Oh, no te preocupes. Sal con tus amigos, que yo ya veré lo que hago.

—¿No te importa? ¿De verdad? —preguntó Alec, acercándose a ella y dándole un par de sonoros besos antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Dio un paso atrás avergonzado y salió corriendo escaleras abajo—. No sé a qué hora llegaré —gritó a modo de despedida.

—¡Alec! —Llamó Bella, corriendo tras él.

—¿Qué?

—Yo también llegaré tarde. No me esperes para cenar —afirmó ella.

—Vale... —respondió él un poco molesto. Seguía sin hacerle gracia que su madre se fuera de parranda y conociera a gente con la que salir. Pero claro, eso era exactamente lo que él estaba haciendo, comprendió de repente—. Pásatelo bien —deseó con media sonrisa.

— Tu también cariño

Bella miró el reloj, ¡las siete y media! El tiempo se le echaba encima.

Se duchó en un visto y no visto, se peinó con un poco más de tranquilidad y comenzó a maquillarse, pero se lo pensó mejor. Pensaba sudar de lo lindo en la cabaña, mejor no pintarse para no acabar con la cara llena de churretes de rímel. Se cambió de ropa varias veces hasta que encontró el conjunto perfecto; fresco, ligero, de tela que no se arrugase demasiado y sobre todo que fuera fácil de quitar. Se echó un último vistazo al espejo y sonrió. Estaba sonrojada como una novia en su noche de bodas. Los pezones se marcaban a través de la tela, su pelo suelto la hacía parecer más joven de lo que realmente era; pero lo más impactante de todo era su rostro. La piel de sus mejillas estaba radiante, sus ojos irradiaban felicidad, sus labios no podían dejar de sonreír.

¿Todo eso por la promesa de un poco de sexo? ¿O era por algo más? Bella prefería no pensarlo en ese momento.

Al salir de su cuarto y pasar por el salón se encontró a su suegro y le avisó de que llegaría tarde, pues iba a salir.

—¿Con quién? —preguntó alerta.

—Con unos amigos —no quiso especificar ella.

—¿Los conozco? —inquirió Carlisle frunciendo el ceño.

—No creo. Son... de Santa Cruz del Valle —contestó Bella, refiriéndose a un pueblo cercano.

—Ten cuidado, hija. Tus nuevos amigos... ¿saben quién eres? —comentó entornando los ojos.

—¿A qué te refieres? —Bella miró a su suegro, extrañada. Jamás se había metido en su vida.

—A que si saben que eres parte de mi familia. Ya sabes, que Edward es tu... cuñado.

—¿Y eso qué más da? —preguntó atónita.

—Eh, nada, son tonterías que se me pasan por la cabeza —comentó Carlisle como si nada.

—No te preocupes, soy mayorcita, sé cuidar de mí misma. No me esperes despierto —se despidió dando un beso en la ajada mejilla del anciano.

—Viejo, esto no puede seguir así... —dijo Carlisle para sí mismo cuando oyó la puerta de la calle cerrarse tras Bella. —Mañana mismo vas a hablar con el imbécil de tu hijo y le vas a cantar las cuarenta, porque al final alguno de esos supuestos amigos va a agarrarla y el bobo de Edward se va a quedar con un palmo de narices, por idiota —refunfuñó dando un pisotón en el suelo—. Si el muchacho no espabila, le haré espabilar yo aunque sea a base de tortas —afirmó enfadado.

Cuando Bella llegó al claro del bosque eran casi las nueve de la noche. Definitivamente se le había echado el tiempo encima. Respiró hondo intentando calmar los latidos de su furioso corazón.

Durante la larga caminata hasta la cabaña no había parado de darle vueltas a la cabeza.

Por un lado, ansiaba llegar hasta él, arrojarse a sus brazos y perderse en ellos. Disfrutar de unas horas de sexo salvaje y libre de compromisos. Por otro lado, estaba enfadada con él.

Estaba enfadada porque no sabía quién era. Porque no le había prometido nada. Porque soñaba con él cada noche, porque él tenía el rostro de Edward y... porque deseaba con toda su alma que él fuera Edward.

Maldito fuera su cuñado por confundirla de esa manera.

Por ser quién era.

Por hacerla sentir cosas que no debería sentir.

Desde que tuvieran aquella conversación, tres días atrás, Edward se había comportado como si nada hubiera pasado, como si los años no hubieran transcurrido. Había vuelto a ser el hombre que cambiaba los pañales a su hijo cuando ella estaba derrotada por el cansancio, el que dormía al niño entre sus brazos y luego se quedaba horas y horas con ella, sentados uno al lado del otro en la terraza, charlando de cosas intrascendentes, discutiendo por chorradas o escuchándola atentamente como si ella fuera lo más importante en su vida. Los había acompañado a ella y a Alec cada tarde en su rutinario paseo, había bromeado con el chico, había soportado con estoicismo los silencios de Bella y la había mirado... como la miraba antes. Y Bella sentía que si bajaba sus defensas, Edward volvería a entrar en su vida. Y eso no podía permitirlo.

Hacía años había sentido por él lo que ninguna mujer debería sentir por el hermano de su marido.

Hacía años, lo había dejado todo por el hombre equivocado. Por Jasper.

Hacía años, su mundo se había roto en pedazos y había tenido que crearse uno nuevo.

No iba a permitir que lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir se fuera a la mierda. Porque eso es lo que pasaría si volvía a... sentir algo por Edward.

Si se enamorara de él, ¿lo dejaría todo de nuevo otra vez?

Él jamás abandonaría el pueblo. Era feliz allí; con sus tierras, sus cosechas, sus gentes... De hecho era incapaz de imaginar a su cuñado en la vorágine de Madrid. Buscando un trabajo entre cuatro paredes que nunca le satisfaría. Jamás se sentiría él mismo caminando entre el tráfico y el humo de la capital, cruzándose con miles de personas a las que no conocía, pisando duro asfalto y buscando en El Retiro o La Casa de Campo los bosques salvajes que tanto amaba.

Eso destruiría su espíritu.

Pero tampoco podía imaginarse a sí misma abandonando Madrid y viviendo en un pueblo rodeada de montañas y bosques. ¿En qué trabajaría? ¿Recogiendo verduras rodeada de bichos asquerosos? ¡Ni loca! ¿Vivir en un sitio donde las noticias más interesantes eran los cotilleos de la peluquería? ¿Donde todo el mundo sabía todo de todo el mundo? ¿Donde lo más importante que haría sería tener la comida preparada y caliente para cuando él llegara...? ¿Tendría que alejar a su hijo de sus amigos de Madrid? ¿Sacarlo del instituto al que acudía? ¿Y todo para que, al cabo de unos años, cuando el amor se evaporara, ella se encontrara sola de nuevo y tuviera que volver a crearse una nueva vida desde cero? ¡Qué tontería! Ahora mismo se sentía feliz con su vida, para qué pensar en quimeras imposibles que sólo le darían quebraderos de cabeza. Edward era Edward y el tipo de la cabaña era un desconocido con quien se lo pasaba genial y con el que no tenía, ni tendría jamás, ningún compromiso. Ni más ni menos. Como decía su suegro, era de idiotas pedir peras al olmo.

—Nada va a cambiar —afirmó, parada en un extremo del claro—. Ahora mismo voy a entrar en esa cabaña a disfrutar del hombre con el que quiero estar en estos momentos. Y luego me iré sin mirar atrás, porque él no es Edward, a él no le quiero —dijo cerrando los puños con fuerza—. Son estos estúpidos sueños los que me hacen dudar.

Un relincho resonó en el claro contestándole. Bella sonrió apesadumbrada y se acercó al semental negro que corcoveaba en su cercado dándole la bienvenida. Miró a su alrededor, pero no vio ni rastro de la yegua alazana.

—¿Dónde está tu compañera? —preguntó al caballo. Éste, por supuesto, no respondió.

Bella sonrió y se dio la vuelta decidida a ir de una buena vez a la cabaña. Algo faltaba, pensó observándola atentamente. Un instante después comprobó extrañada que la mecedora que siempre estaba en el porche había desaparecido. Se encogió de hombros y siguió su camino.

La puerta estaba cerrada. Bella asió el picaporte y lo giró, se abrió sin un solo ruido. Su dueño la mantenía bien engrasada. En el interior, las cortinas medio descorridas dejaban entrar tenues rayos de luz. El silencio era roto por la pesada y acompasada respiración de un hombre desnudo tumbado bocabajo en la cama. Dio un paso hacia él, temerosa de hacer cualquier ruido que pudiera despertarlo. Era lo más hermoso que había visto en su vida. Parecía un ángel oscuro descansando sobre sábanas blancas creadas con retazos de nubes primaverales.

Estaba dormido con la cabeza bajo la almohada. Sus manos reposaban sobre ésta a ambos lados del bulto que formaba su testa, como si la luz del sol le molestara tanto que hubiera intentado tapar cualquier hueco por el que pudiera llegar hasta su rostro. Su cuerpo extendido reposaba sereno. La espalda recta y relajada se elevaba con cada respiración mientras que su firme trasero se alzaba sobre la curvatura del final de la espalda. Mantenía las piernas un poco abiertas permitiéndola vislumbrar una pequeña sombra entre ellas: su escroto oscuro.

Su pierna izquierda se estiraba hacia el borde inferior de la cama, a la vez que la derecha estaba doblada con la rodilla apuntando a la pared mientras el pie se cruzaba indolente sobre los gemelos de la otra pierna.

Bella se acercó a él con la mano extendida. Quería tocarlo, pero a la vez le daba miedo despertarlo antes de poder grabar esa imagen en su cerebro.

Un gemido emergió de debajo de la almohada a la vez que el trasero del hombre se tensaba presionando su ingle contra el colchón. Bella se quedó inmóvil observándolo. Los musculosos antebrazos del hombre se tensaron y sus manos se cerraron en puños sobre la tela de la almohada. Su espalda se arqueó y su trasero comenzó a mecerse lentamente, como si le estuviera haciendo el amor a la cama.

Bella carraspeó incómoda, pero él no dio muestras de haberla oído. Se mordió los labios. No quería dejar de mirar, pero sabía que no era correcto observarle en silencio. Se acercó hasta él y posó una mano en su espalda. Él dio un respingo y gimió más alto.

—Hola.

—¿Bella? ¿Eres tú de verdad? —preguntó él con la voz amortiguada bajo la almohada.

—Sí.

—¿No estoy soñando? —inquirió, perplejo.

—No. Soy real —respondió risueña, ante las dulces y confundidas palabras de él.

—Has vuelto...

—Siempre cumplo mis promesas —susurró ella, refiriéndose a la última noche que habían estado juntos.

Él se giró, su rostro todavía oculto bajo la almohada apoyó el antebrazo sobre ésta, dejando el resto de su cuerno expuesto en todo su esplendor. Tragó saliva, Bella siguió el movimiento de su nuez y después desvió su mirada hacia la clavícula y más allá. El vello de su pecho formaba remolinos sobre sus tetillas y descendía en un fino hilo hacia su ombligo, rodeándolo, para luego bajar como una flecha hacia su ingle. Enmarcado entre los rizos morenos, su pene se mostraba erecto e insolente, tentador y expectante.

—¿Me estás mirando? —preguntó él.

—Sí —Bella se sentó en el borde de la cama.

—¿Te gusta lo que ves?

—No te imaginas cuanto —respondió ella, deslizando un dedo por el tallo de su verga. Esta saltó en respuesta.

—Cierra los ojos —ordenó él.

—Quiero mirarte. —Se rebeló Bella sin dejar de recorrer con su dedo la suave tersura del pene.

Él extendió sus manos hasta encontrar la que jugaba con su pene y la asió por la muñeca, obligándola a desplazarse hasta su pecho. Bella gimió al sentir el roce de su ensortijado vello contra las yemas de sus dedos y comenzó a jugar con las tetillas. Él recorrió con sus manos los brazos de Bella, acarició lentamente su clavícula, se detuvo en el cuello, buscando con las yemas la vena que palpitaba en él, notando cada latido de su corazón. Luego siguió ascendiendo por su rostro hasta encontrar la humedad de sus labios, siguiendo su curva; el índice se coló entre ellos y jugueteó con los perfiles afilados de sus dientes. Bella gimió y lo absorbió dentro de su boca, lamiéndolo y aprendiendo cada aspereza de su yema sin dejar de mirar y acariciar su torso.

Él liberó el dedo que tenía preso en la boca de la mujer y ascendió con las dos manos por su rostro, dibujando sus pómulos con el pulgar hasta encontrar los parpados que enmarcaban sus preciosos ojos. Posó las palmas sobre sus mejillas y cubrió con los pulgares los ojos, obligándola a cerrarlos. Entonces, y sólo entonces, se irguió liberándose de la almohada que cubría su rostro y observó a Bella.

Tenía las mejillas arreboladas, los labios entreabiertos, la cabeza inclinada hacia atras. Era preciosa.

Se había dejado el pelo suelto y le caía en ondas enmarcándole la cara. Llevaba un corpiño negro de algodón, elástico y sin tirantes, que se ajustaba sobre su pecho para luego caer holgado hasta sus caderas. Unos shorts vaqueros completaban su imagen.

No pudo evitar sonreír al ver sus pies calzados con recias y deportivas blancas. Bella se había quejado durante dos días a Carlisle de las ampollas que tenía en los pies por culpa de haber «paseado por el campo» en valencianas...

—Te he echado tanto de menos —susurró él contra los labios tibios de su mujer.

Ella no pudo responder. Él se apropió de su boca en ese momento, la besó como si hiciera años que no se hubieran visto. Y aunque no era cierto, ambos se sentían así. Estuvieron besándose hasta que sus labios quedaron entumecidos. Los pulgares de él presionando sus parpados, las manos de ella posadas sobre el pecho fibroso y velludo de él. Sólo sus lenguas se movían, penetraban en las bocas, recorrían el cielo del paladar, tentaban la dureza de los dientes y recorrían el interior de las mejillas. Ninguno de los dos se veía impelido a ir más allá, el simple roce de sus labios era suficiente para trasmitir sus sentimientos, su desamparo durante esos días que no habían estado juntos, su pérdida al saberse lejos el uno del otro.

Él presionó con su cuerpo hasta que Bella quedó tumbada, con la espalda pegada al colchón y comenzó a recorrer su rostro con ligeros besos. En la mandíbula, en los pómulos, la nariz, la frente y por último los parpados. Los besó una y otra vez mientras Bella inhalaba el aroma que emanaba de su cuerpo; esa esencia mezcla de bosque, sudor y hombre que le era más necesaria para respirar que el mismo aire.

—¿Mantendrás los ojos cerrados? —preguntó él, más que ordenó.

—Sí —susurró Bella.

El hombre se levantó de la cama sin dejar de mirar a la mujer lánguida y dulce con la que soñaba cada noche.

Bella escuchó sus pasos al recorrer la cabaña, luego sintió su peso inclinar la cama al posarse sobre ella, la suavidad del cuero sobre sus parpados cerrados, los dedos masculinos atando las tiras que le impedirían verle.

—No te muevas —ordenó. Bella asintió con la cabeza.

Escuchó intrigada el sonido de los muebles moviéndose de un lado a otro. El chirriar de la mesa siendo arrastrada, el sonido parejo de las patas de la silla cayendo sobre el suelo cerca de ella... Luego el silencio. Las manos de dedos ásperos deslizándose por sus pies, liberándola de las deportivas, acariciando sus piernas, subiendo por sus muslos, buscando el botón de sus pantalones cortos; desabrochándolos.

—Te he echado tanto de menos —repinó él, besando su pubis—, cada noche venía aquí, a nuestra cabaña —dijo tironeando de los pantalones para bajarlos. Bella alzó el trasero para ayudarle—. Rezaba para que pudieras escaparte cuando todos estuvieran dormidos y vinieras hasta mí. Pero no era más que una quimera —afirmó deslizando la tela por sus sedosos muslos, besando cada trozo de piel que quedaba libre, recorriendo con labios y lengua cada centímetro de sus piernas—. Incluso llegué a pensar que te habías olvidado de mí —susurró dejando caer los pantalones y el tanga en el suelo.

—No podía venir... Mi hijo me necesitaba.

—Yo también —declaró posando su mejilla rasposa en el suave estómago de Bella—, cada noche sufría añorándote —dijo, introduciendo los dedos bajo el algodón elástico del corpiño—. Me dolían las manos de no poder tocarte. —Le bajó el corpiño por las caderas, levantó con una de sus fuertes manos su trasero y continúo quitándoselo—. Soñaba contigo y al despertar y ver que no estabas, lo único en lo que podía pensar era en ir a casa, meterme en tu habitación y hacerte el amor hasta que gritaras. No sé cómo he podido contenerme —afirmó, tumbándose sobre ella y besándola apasionadamente.

Bella intentó reflexionar sobre las palabras que él acababa de pronunciar. Sentirse asustada por su última afirmación, por la familiaridad con la que hablaba de la casa de Carlisle, como si fuera su propia casa... Pero era incapaz. Sus besos no la dejaban pensar; su endurecido pene presionando sobre su vientre la llevaba más allá de la razón. Sus manos, cerniéndose sobre sus pechos, acariciándolos, pellizcando sus pezones la hacían vibrar hasta olvidarse incluso de que debía respirar.

—Desde que te vi de pie, entre el vapor, mojada, con el pelo empapado cayendo por tu espalda, con las manos en la ingle, masturbándote, no he podido dejar de imaginarte, una y otra vez, cada noche...

—¿Qué...? ¿Cuándo? —preguntó Bella aturdida. Había oído sus palabras, pero su significado se escapaba a su comprensión.

—Joder —siseó él dando un puñetazo en la cama—. En sueños, te he imaginado así en mis sueños —corrigió—. Me vuelves loco —declaró—, no puedo pensar cuando estás conmigo, me vuelvo un idiota balbuceante que sólo dice chorradas —dijo, volviéndola a besar antes de cometer más errores.

Bella abrió las piernas bajo él e intentó colocarlas alrededor de sus caderas, obligarle a entrar en ella, pero él se levantó, separándose.

—Ah, no. Tienes que pagar por todo el tiempo que me has hecho esperar...

La cogió en brazos y la levantó de la acogedora cama a depositarla sobre una superficie dura. Bella se removió sobre su nueva ubicación. El asiento era duro y liso, de madera; tenía reposabrazos a ambos lados y el respaldo era muy alto. Se echó hacia atrás con cuidado y todo su mundo se balanceó.

—¡Joder! —exclamó asustada, agarrándose con las manos a los apoyabrazos como si le fuera la vida en ello.

—Tranquila —susurró él en su oído— voy a calzar la mecedora para que no se mueva —explicó.

—¿La mecedora del porche... es... esta cosa? —preguntó, intentando no moverse para que ese aparato del diablo no siguiera meneándose. Con los ojos abiertos tenía que ser un placer, pero en esos momentos era simplemente aterrador.

—Sí —respondió él, divertido.

—Y... ¿qué hace aquí dentro? —inquirió, posando las plantas de los pies en el asiento en un intento de mantener el equilibrio mientras rezaba para que él se diera prisa en calzar esa cosa. Empezaba a marearse.

—La metí hace un par de días.

—¿Para qué? ¿Para torturarme? —preguntó irónica.

—Sí —dijo él, besándola suavemente en la sien.

—¡Qué!

—Shhhh —posó uno de sus dedos sobre sus labios silenciándola—. Tranquila...

Le dio pequeños besos en los pómulos, la nariz, la mandíbula y en cada beso depositaba un susurro... Un gemido... Un te adoro... Un te quiero insinuado, pero no verbalizado.

Bella apoyó la cabeza en el alto respaldo de la mecedora y alzó la barbilla, instándole a que recorriera con besos su cuello. Él sonrió y obedeció. Lamió y mordisqueó, trazó caminos sinuosos de amor y deseo, hasta que la oyó jadear. Y en ese momento se olvidó de cualquier cosa que no fuera la tibia piel que temblaba bajo sus labios. Mordió con cuidado y absorbió con fruición, hasta estar seguro de que su pasión dejaba una marca indeleble en su hermoso cuello. Sabía que al día siguiente, cuando viera el chupetón, Bella despotricaría y se enfadaría, pero en ese momento le daba lo mismo. Era suya y quería que todo aquel que la viera lo supiera.

Cuando él dejó de besarla y se alejó, Bella se incorporó sin pararse a pensar. No quería dejar de sentirle sobre su piel. Extendió sus brazos buscándole, pero fueron las manos de él las que la encontraron.

—Tranquila. Vayamos poco a poco. No hay prisa —dijo asiéndole las muñecas y guiándolas hasta que quedaron posadas sobre el respaldo—. Llevo varios días atormentado por una fantasía... —La besó cuidadosamente en los labios—. He soñado con nosotros noche tras noche —Le acarició tímidamente los pechos.

Poco a poco fue colocando el cuerpo de la mujer tal y como tantas veces había imaginado desde que la vio aquel día al salir de la ducha. Los brazos alzados sobre el respaldo de la mecedora, la espalda arqueada, los pechos exhibiendo unos perfectos y rosados pezones erectos, las piernas muy abiertas, colocadas sobre los apoyabrazos y los pies colgando, el trasero casi rozando el borde el asiento. Totalmente expuesta ante él.

Bella sintió cómo el rubor recorría su pecho y se alojaba en su rostro. Esa postura era... indecente, excitante, desinhibida, tentadora... No era posible que se sintiera cómoda tan expuesta, pero lo estaba. Se sentía tan sensual y sexy, que los pezones le dolían por la excitación y las piernas le temblaban anticipándose al juego.

Él recorrió con la mirada el cuerpo perfecto de su mujer; su pene se engrosó y alargó, del glande brotó una tímida gota de líquido preseminal.

Era hermosa, tan hermosa que dolía mirarla y saber que aún no era suya en cuerpo y alma. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Pronto. Muy pronto, se prometió a sí mismo. Con pasos decididos se dirigió hacia la mesa y la corrió hasta ubicarla tal y como quería, colocó sobre ella el pequeño o potente foco que había comprado y se sentó en la silla. Bella se mordió los labios esperando el próximo movimiento del desconocido. De repente una fuerte luz cayó de lleno sobre su cara, tornando la oscuridad que veían sus ojos blanca claridad.

—Quítate la máscara —ordenó él.

—¿Qué...?

—Hazlo.

Bella deslizó sus manos por las cintas de cuero hasta llegar al lazo que las unía, lo soltó tras titubear un segundo y cerró los ojos. La máscara de cuero quedó colgando entre sus dedos.

—Abre los ojos —susurró él. Bella así lo hizo. Miró frente a ella, la luz resplandeció contra su retina hiriéndola y obligándola a bajar los párpados.

—¡Qué es eso!

—No mires al frente —avisó él demasiado tarde.

—¿Y me lo dices ahora?

—Lo siento. —Se disculpó él entre risas al oír su exclamación—. Abre los ojos lentamente y mira hacia tu regazo —matizó.

Bella lo hizo, aunque con bastantes reservas. Se vio a sí misma, su cuerpo reposaba lánguido sobre la mecedora, sus piernas abiertas, su sexo totalmente visible, sus pezones erectos.

—Mírame —ordenó él.

Bella levantó la vista tímidamente, la fuente de luz estaba situada sobre la mesa, inclinada a la altura de la cara de él, cubriendo sus rasgos con un fuerte resplandor que la impedía observarlos, pero que solamente ocultaba su rostro mientras iluminaba el resto de su cuerpo.

Y tenía un cuerpo magnifico.

La garganta de Bella se secó ante la visión del hombre situado frente a ella.

Estaba sentado sobre una silla de madera, totalmente desnudo, su cuerpo tan lánguido como el de ella. Tenía el trasero sobre el borde la silla, la espalda apoyada en el respaldo, haciendo que en su abdomen relajado se marcaran unos tenues abdominales. Las piernas abiertas mostraban sin prejuicios el escroto oscuro y suave que ocultaba sus testículos tensos y el nido de rizos de su ingle sobre el que se alzaba orgulloso su pene erecto. La mujer detuvo su mirada en él y éste aumentó, impaciente y lujurioso.

Bella sintió como su clítoris palpitaba y se tensaba a la vez que su vagina se humedecía en respuesta al tamaño y grosor del pene que no podía dejar de observar. Excitada, subió la mirada hacia la cara del desconocido, anhelando comprobar si su expresión revelaba el mismo deseo que, estaba segura, mostraba su propio rostro.

La luz la deslumbró de nuevo.

—No lo hagas. No intentes mirarme a la cara, sólo conseguirás deslumbrarte. —Bella asintió con la boca seca, deseando tocarle pero sin atreverse. Jamás le había visto tan de cerca—, ¿Te gusta mirarme? —preguntó. Ella asintió de nuevo con la cabeza, no le salían las palabras. Miró de nuevo su pene erecto, sus piernas separadas, sus pies descalzos... Al lado del izquierdo, olvidada sobre el suelo, yacía la fusta.

El hombre miró a la mujer que tenía ante sí, excitada, impaciente; por él. Sólo por él. Recordó el momento exacto en que la vio en la ducha, desnuda, acariciándose el pubis y su polla se movió impaciente.

—Sólo hay dos reglas —explicó—. No puedes separar tu espalda del respaldo de la mecedora y debes obedecer cada orden que te dé.

—¿También rigen para ti? —preguntó ella armándose de valor.

—Sí—susurró él complacido—. Acaríciate los pezones. —Bella se sobresaltó, pero al cabo de un segundo obedeció... y ordenó.

—Tócate el abdomen... Recórrelo... Baja lentamente hasta el ombligo... —Él lo hizo, quizá un poco demasiado rápido, ya que sus dedos enseguida llegaron hasta el ombligo y siguieron bajando—. No. No te he dicho que puedas pasar de ahí. —Le recriminó Bella—. Sube de nuevo y dime lo que sientes.

Los dedos del hombre se detuvieron y temblaron para, acto seguido, ascender por sus abdominales.

—Es... suave... Me gusta. Si cierro los ojos, siento que eres tu quien me toca. ¿Tus pezones se han puesto duros?

—Como piedras. Están calientes y duros, me palpitan cada vez que paso los dedos sobre ellos. Necesito más —afirmó Bella, observando cómo los dedos de él trazaban cada línea de su abdomen y jugaban con el vello que bajaba directo a la ingle.

—Llévate los dedos a la boca y chúpalos. Ahora coge tus pezones y pellízcalos suavemente. ¿Qué sientes?

—Me queman. Los siento tan tensos que casi duelen. Cada vez que los aprieto entre mis dedos, me palpita el clítoris. Acaríciate los tuyos —ordenó Bella con una sonrisa ladina. Él emitió un suave quejido.

—No es ahí donde quiero ir —respondió, bajando sus manos hacia la ingle e ignorando la orden de Bella.

—¿Rompes las reglas? Bien. El juego acaba aquí y ahora —sentenció ella, apartando sus propias manos de su cuerpo.

—¡No! —exclamó él, alejando los dedos de su glande y subiendo hasta sus tetillas—.Son aburridos, no son suaves como los tuyos, ni me hacen morir de deseo por tocarlos —gruñó acariciándose.

—Pasa las uñas sobre ellos, ráspalos.

—Que tont... —no pudo continuar, un gemido acalló sus palabras, el vello de sus brazos se erizó—. He sentido un escalofrío —confesó un segundo después—. Es... distinto.

—Pellízcalos. —Él obedeció y sintió, alucinado, cómo ramalazos de placer recorrían su cuerpo—. Más fuerte —ordenó Bella, imprimiendo a sus propios dedos la misma fuerza que exigía.

—¡Dios! —jadeó él estupefacto—. Jamás hubiera imaginado... —No pudo continuar, sus piernas se abrieron más, su pene se elevó enfadado por el abandono al que era sometido—. Me excita... —Miró a Bella y vio su reflejo en ella. Los ojos iluminados por la pasión, su sexo húmedo y brillante, sus dedos temblorosos. Chasqueó la lengua irritado, ella estaba dominando el juego. No se lo iba a permitir—. Deja tu mano izquierda jugando con tus pezones y baja la derecha hasta tu pubis. ¿Qué sientes?

—Está depilado —comentó Bella, guiñando un ojo y acariciándose donde él había ordenado—. Lo siento suave bajo mis dedos... Ohhh —Bella gimió cuando sus dedos tocaron el capuchón hinchado de su clítoris.

—¿Te he dado permiso para tocarte ahí? —preguntó él irónico. Bella bufó y subió los dedos de nuevo al monte de Venus.

—Estira tus pezones hasta que sientas dolor —ordenó Bella vengativa. Él obedeció—. Ahora cálmalos, acarícialos lentamente, con suavidad.

—Haz tú lo mismo —jadeó él, inmerso en las nuevas sensaciones.

—¡Copión! —se burló ella. Él la miró fijamente. Bella sonreía, feliz... y excitada. En contra de lo que había supuesto, no se mostraba tímida en absoluto. Estaban jugando en primera división y él iba perdiendo.

—Chúpate los dedos. Mételos en tu boca y luego acaríciate el coño con ellos, sin meterlos en la vagina ni tocarte el clítoris —ordenó con severidad. Si iba a jugar en primera, él iba a ser el ganador. Sin ninguna duda.

Bella abrió los ojos como platos ante su tono inflexible y excesivamente preciso, pero hizo lo que le ordenaba. Si él pensaba torturarla, ella le iba a dar una buena lección.

—Pasa tus dedos por el glande y extiende su humedad por toda polla —Le ordenó. Él obedeció, intranquilo... ¿Qué planeaba ahora?

—Separa con los dedos tus labios vaginales. Déjame ver cómo brillan.

—Agárrate la polla y mastúrbate lentamente —Él así lo hizo. El sudor recorría su frente, su torso agitado subía y bajaba con fuerza, sus pulmones no conseguían el aire suficiente como para seguir respirando—. Acaríciate con la mano libre los huevos, dime si están duros.

—¡Joder! —exclamó él. La espalda se le arqueaba sin poder evitarlo, la sangre le ardía mandando destellos de placer por todo el cuerpo, el pene rugía impaciente por liberarse, sus testículos...—. Están duros... Queman... Me duele —jadeó—. Métete un dedo —ordenó entre gemidos—. ¿Estás mojada?

—Claro que sí. Estoy muy mojada, mi dedo resbala por mi vagina como lo hace tu polla cuando me follas... —Él jadeó al escucharla e imaginarse dentro de ella—. Siento cómo mi vagina lo aprieta, pero es tan pequeño... Me estoy imaginando tu enorme polla dentro, resbalando, penetrándome hasta golpearme el útero una y otra vez... Entrando y saliendo sin pausa, tus huevos empujando en cada embestida contra mi coño, haciendo que me corra... Pero... no puedo, es sólo un dedo —comentó entre gemidos mirándole con picardía.

—Dos... Métete dos —jadeó él cuando ella dejó de hablar. Necesitaba seguir oyéndola.

—Hum... Mucho mejor... —afirmó Bella entre gemidos, introduciendo dos dedos en su vagina—. Aferra con fuerza tu polla y mastúrbate más rápido, desde el glande a la base. Vamos, puedes hacerlo mejor... —le instó—. No veo tus dedos acariciando los huevos, álzalos para mí, quiero verte bien —él obedeció sin dudarlo un segundo—. Eres tan hermoso... Cógelos en la palma de tu mano, juega con ellos, pero no te olvides de la polla. Sigue... así, arriba y abajo; párate en el glande, extiende su humedad, presiona sobre su abertura, bien... Ahora mastúrbate con fuerza...

Él tenía los ojos entornados. Apenas conseguía hilar un pensamiento con otro. Sabía que estaba perdiendo el juego. Sin dejar de mover las manos sobre su pene y escroto, intentó cambiar las tomas.

—Acaríciate... el... clítoris... —suplicó más que ordenó.

—Imagino tu lengua sobre mí —gimió Bella—. Danza contra mi clítoris, absorbe cada uno de sus latidos. Mírame, está hinchado por ti. Late por ti. Tu lengua lo recorre —dijo acariciándose el clítoris lentamente con el pulgar, mientras se penetraba con el corazón y el anular. La otra mano mantenía abiertos los labios de su vagina, permitiendo a Edward ver exactamente qué estaba haciendo en cada momento—. Ahora son tus labios los que lo aprisionan —dijo presionando con el pulgar—, lo torturan sin pausa. Eres muy malo. —Fingió regañarle—. ¿A qué sabe mi clítoris?

—Es dulce... y a la vez salado... —jadeó él, acariciando el paladar con la lengua, recordando el sabor de ella entre sus labios, la esencia de su cuerpo al llegar al orgasmo, el perfume de su intimidad cuando su rostro estaba entre sus piernas—. Éxtasis y ambrosía mezclados con la dulzura de tu cuerpo —afirmó.

—Más rápido. Mastúrbate más rápido, más fuerte —él obedeció incapaz de pensar—. ¿Me sientes en tu lengua? —le preguntó sin dejar de acariciarse el clítoris—. ¿Sientes como me penetras? —preguntó Bella, introduciendo con fuerza los dedos en su vagina.

—Sí —jadeó él en respuesta a ambas preguntas.

—Córrete ahora —ordenó Bella sin dejar de mirarle.

Edward gritó cuando el placer estalló en sus testículos y recorrió ardiente el camino hasta su glande. Siguió gritando cuando el semen abandonó su cuerpo en cálidos e impacientes chorros que se derramaron sobre sus muslos. Bufó indignado cuando los estertores del orgasmo llegaron a su fin y su cabeza se despejó lo suficiente como para comprobar que había sido derrotado sin miramientos.

Su mirada se centró en Bella, su rostro estaba sudoroso, sus ojos entornados, sus labios entreabiertos. Su pecho subía y bajaba rápidamente, sus manos acariciaban su sexo todavía.

—Estás a punto de correrte —No era una pregunta.

—Sí —contestó ella.

—Deja de tocarte —exigió tranquilamente. Bella enarcó una ceja—. Pon las manos sobre las rodillas —ordenó, juntando las piernas y cruzándolas a la altura de los tobillos. Su pene descansaba flácido sobre su muslo. En esos momentos una sola idea vagaba por su mente, Bella iba a pagar cara su victoria.

—Como desees —aceptó ella—. Y ahora ¿qué? ¿Terminó el juego? —preguntó sonriendo. Se sentía poderosa, invencible. Le había ganado en su propio juego.

—En absoluto. Has ganado una batalla, pero no la guerra.

—Si tú lo dices... —se burló ella—, pero a mí me parece que estás K.O. —comentó señalando con la mirada su pene flácido.

—Por ahora —aceptó él con los dientes apretados—. Tómatelo como una tregua.

—Necesitarás un mástil que se mantenga rígido para ondear ni bandera blanca —dijo Bella, divertida.

—No te preocupes por eso —gruñó él—. Tengo uno justo aquí —aseveró, inclinándose y recogiendo del suelo la fusta.

—Uisssss... ¡Qué mal perdedor...! ¿Me vas a fustigar por haber ganado?

—Sí —afirmó.

Bella alzó una ceja e hizo un mohín juguetón con los labios. ¿A qué pretendía jugar ahora?

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Bien, gracias.

—Mantén las manos sobre las rodillas.

—Sí, amo.

Él gruñó al oír su tono sumiso y burlón a la vez. Bella no sabía con quién estaba jugando. Con un movimiento certero de su mano, la fusta rozó con suavidad los pezones erectos de la mujer, ésta inhaló con fuerza pero no se movió. Edward sonrió. Siguió jugando lentamente con la fusta sobre sus pezones, apenas rozándolos hasta que la espalda de Bella se arqueó para acercárselos, entonces comenzó a bailar con el erótico instrumento sobre la curva de sus pechos, recorriéndolos pero sin acercarse a los duros y rosados pezones que esperaban anhelantes su contacto. Bella bufó disgustada. Senda los pechos llenos, duros, los pezones le ardían esperando una caricia que no llegaba...

La fusta se deslizó de repente por su abdomen, bordeó la cavidad de su ombligo y trazó líneas sinuosas sobre su pubis, casi rozando la unión de sus labios vaginales pero sin llegar a hacerlo, tentándola unos milímetros por encima del clítoris palpitante e hinchado.

Bella levantó un poco el trasero del asiento, intentado obtener la caricia que ansiaba, pero él desvió el recorrido, ascendió de nuevo a las curvas inferiores de sus pechos, y continuó su camino hasta la clavícula y el chupetón rosado que lucía en el cuello.

Bella dejó caer el trasero de nuevo sobre el asiento y relajó sus músculos. ¿A qué coño estaba jugando?

Él sonrió al ver el gesto frustrado de la mujer, siguió acariciándole la garganta con pasadas lánguidas y suaves de la fusta, dejando que se relajara...

—Pasa las manos por debajo de tus pechos y levántalos para mí —ordenó.

Bella obedeció casi impaciente. Elevó sus pechos y esperó, pero él no hizo nada. Siguió paseándose por su cuello.

—Me gustan tus pezones. Tan rosados y sensibles. Me gusta cuando se endurecen contra mi lengua. Me gusta succionarlos y sentir como tiemblas —afirmó él. Bella cerró los ojos y vio cada palabra descrita formando imágenes en su mente—. Junta tus pechos —ordenó. Ella apretó sus senos, los pezones se le oscurecieron.

La fusta voló desde el esternón y restalló sobre ellos con un golpe suave y seco a la vez. Bella se estremeció. Un segundo después volvió a caer en el mismo lugar, quizá un poco menos suave, pero sin causar más que un leve dolor que rápidamente se mezcló con el placer.

Edward jugó con la fusta, alternando roces suaves con toques más fuertes; caricias lentas y cuidadosas con pasadas rápidas y casi dolorosas, hasta que los pezones estuvieron tan rojos como cerezas maduras, tan prietos como guijarros. Observó a la dueña de su alma y sintió que el corazón se le hinchaba orgulloso; Bella aún mantenía las piernas abiertas, pero todos los músculos de su cuerpo temblaban ante cada roce. Su vulva rosada y brillante se contraía rítmicamente, buscando una culminación que no era capaz de encontrar. El clítoris destacaba terso y erguido entre los labios vaginales. Su respiración era errática; sus ojos se mantenían entornados, como si no quisiera cerrarlos pero fuera incapaz de mantenerlos abiertos. Sus labios se apretaban con fuerza, formando una línea pálida en su rostro.

—¿Te gusta? —preguntó él. Bella asintió con la cabeza— Háblame. Dime cuánto te gusta.

—Ohhh... No... Está... maaaal —jadeó sin poder evitarla Intentó hablar de nuevo, pero no lo consiguió y optó por apretar los labios. Él sonrió.

—¿Estás a punto de correrte?—preguntó, dejando resbalar la fusta por el trémulo pubis, presionando con ella su clítoris,

—¡Joder! Sí —gritó ella tensando todo su cuerpo, separando el trasero del asiento y abriendo las piernas tanto como podía. Las manos apretaban sus pechos, formando garras sobre ellos—. No pares ahora... Ahora, no... —suplicó.

—Relájate —ordenó él golpeando con la fusta el interior de los muslos femeninos. Bella gimió y dejó caer las nalgas de nuevo sobre el asiento—. Ábrete el coño con los dedos, pero no te toques —exigió—. Quiero ver como brilla, como llora por mí —jadeó Edward, tan excitado como ella.

Bella obedeció. Abrió su sexo, mostrándolo húmedo y rosado, brillante por la excitación, hinchado y anhelante. El recorrió el interior de sus muslos con la varilla en suaves caricias, recogió con la punta la humedad que se derramaba desde la vagina y subió lentamente hasta el clítoris. Lo ignoró y bajó recorriendo lánguidamente los labios vaginales, arriba y abajo, parando al llegar a la entrada de la vagina, hundiendo sutilmente la punta en ella y saliendo con rapidez. Bella temblaba incontrolable, jadeaba en busca de aire, abría y cerraba los labios intentando contener sus gemidos.

—Levanta el trasero —exigió él.

La punta de la fusta se coló por la grieta entre las nalgas cuando Bella obedeció, tanteando el ano sin compasión. Recomo el camino desde el perineo hasta el clítoris, presionando apenas, como la caricia insuficiente y frustrante de una pluma.

Bella gruñó entre enfadada y frustrada. Estaba al borde del orgasmo. Llevaba siglos a punto de correrse y el muy cabronazo no se lo permitía. ¿Quería jugar? Jugarían. Inspiró profundamente intentando controlarse y fijó la mirada en el regazo del hombre. Estaba erecto otra vez. Sonrió.

—¿Te gusta lo que ves? —Le preguntó, tal y como él había hecho al principio.

—No puedes ni siquiera imaginar cuánto. Eres preciosa. Tienes los pezones tan rojos que sólo deseo lamerlos y succionarlos. Tu pubis depilado brilla como si fuera oro puro y mi polla se muere por entrar en ti y perderse; me duelen los huevos de las ganas que tengo de follarte. Tu ano está mojado con jugos que fluyen de tu vagina... Pero, por encima de todo, deseo hundir mi cara en tu coño, absorber con mi lengua cada gota de éxtasis que mana de él, impregnar en mi rostro cada latido de tu esencia, llenarme la nariz con el perfume de tu placer —respiró profundamente y asintió con la cabeza—. Sí. Me gusta lo que veo.

Bella abrió los ojos como platos, nunca le hablan dicho algo tan hermoso... ni tan sexy.

—Acaríciate —exigió, susurrante.

—¿Qué?—Se sorprendió él al oír la orden de la mujer. La fusta paró su vaivén sobre la vulva.

—Acaríciate. Mastúrbate. Ya has vuelto a entrar en el juego, ¿no? —inquirió ella, señalando con la mirada su pene alzado sobe los rizos morenos de su ingle.

Edward la miró con orgullo. Su mujer no se dejaba vencer fácilmente.

Bajó la mano libre hasta su pene y comenzó a acariciarlo lentamente, desde el glande hasta la base. Los dedos que sostenían la fusta temblaron ligeramente cuando el placer recorrió con fuerza su cuerpo.

Se miraron uno al otro.

Bella observó la mano de él moverse arriba y abajo sobre su pene; su abdomen temblar, los pies arquearse hasta quedar de puntillas en el suelo, la venas marcarse y palpitar sobre los músculos tensos de sus brazos. Sonrió cuando los dedos que sujetaban la fusta se estremecieron... pero no la dejaron caer.

Él observó a la mujer que amaba, su cuerpo sudoroso, su rostro sonrosado, sus labios entreabiertos y sonrientes. Sus dedos sujetando los pliegues vaginales, temblando ante cada toque de la fusta.

Hombre y mujer frente a frente. Dos voluntades, un solo destino.

—Cierra los ojos —pidió él.

Bella obedeció. Oyó el sonido de la fusta al golpear contra el suelo. El chirrido de la silla al ser arrastrada. El chasquido de algo metálico cambiando de posición sobre la mesa. Dejó de sentir el resplandor de la luz en su cara. La mecedora se movió ligeramente y luego comenzó a balancearse, había quitado los topes que la mantenían inmóvil.

Sintió el familiar roce del cuero sobre sus ojos cuando él le colocó la máscara.

Sintió sus dedos masculinos acariciando las manos que mantenían abierto su sexo. Relajó los dedos y los labios de su vagina escaparon de su agarre...

—Doy por finalizado el juego —declaró él, poniendo sus manos a ambos lados del rostro de Bella; acariciándolo, para luego aferrar con sus dedos fuertes y grandes el respaldo de la mecedora. Apoyó su rodilla contra el asiento, pegándola al pubis húmedo y terso que tanto deseaba acariciar.

—Toma lo que quieras de mí —suplicó. Bella se inclinó hacia adelante, quitó las piernas de los apoyabrazos y resbaló de la mecedora, apretándose contra él, hasta quedar arrodillada en el suelo, con una de las piernas del hombre entre sus muslos. Pegó su pubis a la piel cálida y masculina que cubría la tibia. Acopló su clítoris contra la dureza velluda y se meció contra ella.

Edward gimió ante la imagen que le proporcionaba su posición erguida. Bella arrodillada ante él, dándose placer a sí misma contra su espinilla, mojándole con sus fluidos, marcándole a fuego con su pasión. Observó su precioso pelo castaño ondear a pocos centímetros de su ingle, y deseó que ella acercara sus labios hasta su pene y lo besara.

Bella aferró con sus manos los muslos de su amante. Ascendió por ellos hasta su trasero y hundió los dedos en la grieta entre sus nalgas. Tiró de ellas hasta que sintió el pene terso y cálido pegado a sus mejillas. Sonrió. Meció su cara contra la verga imponente que lloraba lágrimas de semen por ella, frotó sus pómulos contra ella y cuando oyó jadear a su amante, abrió la boca y lo introdujo lentamente.

Edward apretó con fuerza los puños a ambos lados de sus caderas, deseaba asirla del cabello y enterrarse por completo en su boca. Estaba a un paso de morir de placer. La lengua de Bella le acariciaba el glande, se introducía en la abertura de la uretra, se impulsaba contra él. Sus labios presionaban el tallo de su pene, succionándolo con fuerza mientras su vulva se resbalaba sin pausa sobre su espinilla, pintando con él húmedos senderos de deseo. Bella hundió con más fuerza los dedos en el trasero del hombre. Su paladar se extasiaba con el sabor del pene que profundizaba en su boca. Sin importarle ningún límite, lo introdujo dentro; tanto que casi le tocó la campanilla. Sintió una arcada pero se obligó a relajar la garganta. Lo quería tener completo en su interior, tan profundo como fuera posible; quería sentirlo cuando se engrosara y alargara al bordear el orgasmo, quería que estallara contra su garganta e inundara sus sentidos con el sabor de su pasión. Se apretó más contra el hombre, el vello corto y suave de su pierna le raspaba el clítoris lanzando relámpagos de placer a su cerebro, volviéndole loca.

Él rugió al sentir la garganta de Bella presionando contra su pene, tragando sobre él. Perdiendo totalmente el control la aferró del pelo mientras sus caderas oscilaban con fuerza contra ella, introduciéndolo más profundamente entre sus labios, una y otra vez... y otra más. Bella montó con fuerza la espinilla de su amante. El pene palpitó contra su paladar, el hombre gritó. Explotó. Su sabor salado le recorrió la garganta naciendo que su clítoris estallara y todos los músculos de su cuerpo se tensaran.

Cuando los espasmos cesaron, se dejó caer agotada contra él. Su pecho apoyado en sus muslos, su cabeza acunada contra la ingle del hombre. El pene, ahora flácido, escapó de entre sus labios y una gota semen se deslizó por la comisura de su boca.

El hombre se tambaleó sin fuerzas, se separó de la mujer que se sustentaba en él y cayó de rodillas sobre el suelo.

Sin apenas resuello, se abrazaron. Bella descansó su cabeza sobre el hombro de él. Él apoyó su mentón sobre la coronilla de Bella. Sus cuerpos permanecieron unidos en un abrazo que, extrañamente, no era erótico ni apasionado, pero del que emanaba algo así como... «amor verdadero». Ese irreal sentimiento del que hablan los cuentos para niños.

Cuando fue capaz de volver a respirar con normalidad, Edward se levantó, cogiendo a Bella entre sus fuertes brazos, y la dejó con ternura sobre la cama. Depositó un casto beso en su sien y miró a su alrededor.

Adoraba esa pequeña casita de cuento de hadas en medio del bosque. No porque la hubiera construido con sus manos ni por el sitio de ensueño en que estaba ubicada, sino porque allí sus sueños se hacían realidad.

—No te muevas —susurró.

Recorrió la estancia y fue cerrando una a una todas las contraventanas y cortinas, impidiendo que cualquier rayo de luz de luna se colase en la cabaña. Cuando terminó, abrió el arcón, cogió un pequeño estuche de tela y lo colocó en la cama, entre la funda y la almohada, donde pudiera cogerlo sin problemas aunque no hubiera luz. Comprobó por enésima vez que ningún resquicio de luz se colara por las ventanas y apagó la lámpara de pilas que hasta ese momento había iluminado la estancia. Bella oyó el clic de un interruptor y los pasos descalzos que llevaron a su amante hasta la cama. El colchón cedió ante su peso cuando se tumbó frente a ella. Un escalofrío la recorrió cuando sintió sus manos acariciar su cuerpo, recorrerlo, como si estuviera tan ciego como ella y quisiera aprender sus formas con los dedos. Gimió cuando sus yemas, ásperas y cariñosas, trazaron los contornos de su cara hasta que se enredaron en las cintas de cuero y tiraron de ellas desatándolas.

—Ahora estamos los dos a oscuras —afirmó él


Hola! De nuevo por aquiii XD Esa fuente dará mucho de qué hablar en los próximos capítulos, nuestro Edward cada vez se mete más en la cabecita de Bella, ya veremos qué pasa.

Gracias por las alertas!

Les dejo un pequeño adelanto:

Bella abrió los ojos. La oscuridad dentro de la cabaña era absoluta. Giró sobre sí misma hacia la parte del colchón hundida por el peso del hombre y buscó su cuerpo con las manos.

¿Quién eres? —suspiró, recorriendo con los dedos el rostro que no podía ver. La pregunta había escapado de sus labios antes de poder contenerla.

¿Estás segura de querer saberlo? —susurró él, asiendo con sus manos las de la mujer, impidiéndola que le recorriese la cara con las yemas... Que intentara averiguar sus rasgos por el tacto.

Te conozco, lo sé —afirmó ella—. Estás a mi lado aunque no pueda verte, eres una de las voces que oigo a mi alrededor cada día... ¿Me equivoco?

No —afirmó estremecido. Bella intuía demasiado, se acercaba mucho a la verdad.

Lucerito!