Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 6»
Naruto dejó la carta de su suegro, que Shikamaru le había entregado una vez estuvieron a solas, sobre una pila de folios que constituían el borrador de su última novela de misterio y en la que había ocupado todo su tiempo en los últimos días. Recogió todo y cerró el cajón del escritorio. El laird se disculpaba por su ausencia aduciendo la precaria salud del mayor del clan, Jiraya McKenna. Pero algo le decía que no era ésa la verdadera causa. Más bien, le estaba pagando con la misma moneda.
Subió a su cuarto, donde ya le aguardaba su ayuda de cámara, Choji Akimichi, quien le ayudó a cambiarse.
— ¿Algo nuevo respecto a la duquesa?
— Milady apenas ha llegado y ya ha decidido visitar el castillo.
— Me refiero a mi abuela.
— ¡Ah! Sí, milord. Disculpe. Pensé que…
— La culpa es mía. Me olvidé que ahora las cosas han cambiado.
— En efecto, milord. — Sacudió una invisible motita de polvo en la solapa de la chaqueta— . La duquesa viuda no ha dado señales de vida, milord. Supongo que *sigue en sus trece.
— Yo diría que muy cabreada, Choji.
— Pudiera ser, señor. — Carraspeó— . ¿Me permite decirle que su esposa es muy hermosa?
— ¿Lo crees así?
Choji era un año mayor y servía al duque de Konohagakure desde que éste cumpliera quince años. Incluso cuando pasó privaciones permaneció a su lado, admirando su temple y el modo en que recuperaba poco a poco su legado, aplicándose con tesón y sin desfallecer. Se permitía, por tanto, de vez en cuando, ciertas familiaridades que el duque no sólo admitía sino que alentaba.
— Estoy muy bien de la vista, milord, aunque este casado puedo apreciar la belleza femenina, por supuesto sin que mi esposa lo sepa.
Naruto se volvió de espaldas para ocultar su sonrisa.
— Bueno — aceptó— . Parece bonita.
— Lo es. Y una verdadera dama, señor. Aunque yo diría que un poco…
Naruto se volvió y palmeó con afecto el hombro de su valet.
— Un tanto indómita, sí. Si la hubieras oído maldecir tropezando en las escaleras… casi sin conocernos.
— Vaya, milord. ¿De veras hizo eso?
— Puedes jurarlo. Me pareció una muchacha recatada cuando la conocí, pero… Espero no haberme confundido con ella.
— Y yo espero que no sea una costumbre, milord. Me refiero a lo de maldecir ante cualquiera.
— Pues a mí me gustaría que no cambie en ese sentido, Choji.
— ¿Perdón, milord?
— ¿Te imaginas a mi abuela ante una exclamación salida de tono?
Al criado no se le escapó un rictus divertido cruzando por los ojos del duque.
— Lo imagino, excelencia, lo imagino.
— Y ya no digo nada de su acompañante.
— ¿Puedo suponer que milord se refiere a la señora Natsu?
— Creo que se llama así. ¿Qué te pareció?
— Bueno, milord… No sé si debo…
Choji notó que el duque se frotaba las manos sólo de pensarlo. Y le agradó. Hacía mucho tiempo que no veía a su señor de tan buen humor. Claro que desde pequeño había tenido pocas ocasiones para ser feliz. Conocía su historia por haberla vivido a su lado. No había tenido una infancia dichosa, su primer matrimonio fue un fiasco y después su abuela le había estado fustigando con nuevas candidatas a duquesa. Las discusiones entre ambos llegaron a traspasar las paredes del gabinete. Intuyó, por tanto, que el repentino y acelerado matrimonio con una Hyûga no era sino una venganza contra la mujer.
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Hinata se adaptaba a cualquier lugar con rapidez, tanto daba que fuera un palacete como una cabaña de leñadores. Le agradaba charlar con la gente, conocer sus vivencias y sus opiniones; para ella no existía nadie inferior y las clases sociales le importaban un pimiento. Por tanto, de inmediato se fue acomodando al castillo como a su propia casa.
Además, cada vez se asombraba más con Uzumaki House.
Apenas tomar posesión de sus habitaciones en el lado este, a unos cincuenta metros de la recámara del lord, según le informó Natsu, emprendió una visita rápida para situarse. Su recelo inicial aumentó, pero también lo hizo su intriga. Aquel conjunto de piedras se le presentaba tan siniestro como había imaginado, y eso la entusiasmaba. Las habitaciones eran espaciosas, lujosamente decoradas, haciendo honor a la riqueza de su esposo, si bien semejante despliegue de magnificencia no conseguía transmitir sensaciones acogedoras.
— Son frías — le dijo a Natsu— . Les falta luz y colorido y parecen impregnadas de un halo de tristeza.
— No me gusta este castillo, niña. Me pone los pelos de punta.
— A mí, por el contrario, me seduce. — No podía explicar la excitante y extraña sensación que la embargaba, pero era verdad. Allí se olía el misterio y los enigmas, algo a lo que ella nunca pudo resistirse.
— Tampoco comprendo por qué te ha instalado al otro lado de la galería — comentó de pronto Natsu, cambiando de tema.
— Cuanto más lejos, mejor.
A la criada le tranquilizaba que Uzumaki no hubiera acondicionado las antiguas dependencias de la difunta duquesa. Y sabía que Hinata pensaba lo mismo.
— No hay mucho que comprender, Natsu: mi esposo no me molestará demasiado. Es de agradecer, al menos hasta que nos conozcamos un poco más.
Nadie que no estuviera familiarizado lograría no perderse en el entresijo de galerías y estancias, pensaba mientras recorrían salas y habitaciones. Distribuidos en tres niveles, un sinfín de pasillos se abrían a escaleras que los enlazaban dando paso a cuartos y gabinetes, muchos de cuyos muebles estaban cubiertos por lienzos. Un verdadero laberinto. Como si cada duque que habitara en el pasado entre los vastos muros hubiera tratado de personalizar una parte del castillo.
Una criada con la que se cruzaron afirmó que existían unas setenta habitaciones. Otra, que setenta y cinco. Ni siquiera el personal de servicio tenía claro el tamaño real del que iba a ser su hogar.
— No se puede negar que se respira una atmósfera de riqueza — susurró Natsu, un tanto incómoda por el silencio reinante.
— Creo que se le dan bien las finanzas — bromeó la joven— . Si, como se dice, su padre perdió su fortuna, haber conseguido no sólo ya recuperar las posesiones sino engrandecerlas demuestra tesón y habilidad. — Virtudes que, por otra parte, ella valoraba sobremanera— . Ciertamente, un parásito no es.
— O tiene la suerte de quien ha pactado con Lucifer — rezongó su criada.
Pero Hinata no creía en pactos satánicos e hizo oídos sordos a insinuaciones tan burdas.
Desanduvieron el recorrido, prometiéndose profundizar en los recovecos de su nueva casa. Aunque denominarla así quizá resultaba incongruente. Se les había hecho tarde y debía cambiarse para la cena.
Natsu eligió para ella un vestido blanco de escote cuadrado. De los mejores y escasos que poseía, porque nunca se preocupó por proveer su armario de trapos, según ella decía muchas veces. El dinero lo utilizaba en asuntos más prácticos y mucho menos frívolos que almacenar filas de zapatos o sombreros. Prefería ir de caza envuelta en un tartán.
— Este vestido me hace parecer muy joven — rechazó.
— También más femenina, niña.
— Ya has visto a mi esposo. ¿Qué te ha parecido? ¿Un hombre alegre?
— Si tuviera que definirlo diría que severo. O amargado.
— Eso me ha parecido. No quiero presentarme ante él como una muñeca de porcelana. Cuando le vi en Londres llevaba un vestido soso y juvenil que me prestó Ino y prefiero que no guarde esa imagen.
— Pero este vestido es precioso.
— Me pondré el negro, a juego con su humor.
— El negro es de fiesta. Y te hace mayor.
— Precisamente por eso, quiero que me vea mayor.
— Te equivocas, niña y además…
Una llamada a la puerta interrumpió los reparos de Natsu. Entró una muchacha alta, desgarbada y pelirroja con uniforme oscuro, delantal y el cabello recogido bajo una toca impoluta. Se inclinó ante ella y sin levantar los ojos del suelo se presentó:
— Me envía el señor Ebisu para ayudarla, excelencia. Me llamo Sâra.
— La señora ya tiene ayuda — anticipó Natsu— . Yo misma.
La muchacha, azorada, esperó confirmación de la nueva duquesa en silencio.
— Dile al tal señor Ebisu que no necesitamos a nadie — insistió la escocesa.
Hinata no se inmutó ante el malhumor de su aya y se acercó a la joven.
— No le hagas demasiado caso. Es la señora Natsu. Ladra, pero no muerde. Seguro que acabas llevándote bien con ella. Veremos qué puedes ir haciendo.
Natsu sabía muy bien hasta dónde podía llegar. Tenía que colaborar con la criada de Uzumaki, así que aceptó su ayuda.
— Está bien. Puedes ir guardando el resto del equipaje. — De inmediato, la chica se acercó a los baúles— . ¡Cuidado con esa ropa! Si se rasga una sola prenda te dejaré tu trasero inglés pelado a azotes.
A Sâra se le abrieron los ojos y su mano quedó a centímetros de unos manguitos de piel. Pero Natsu siguió a lo suyo. Tomó de nuevo el vestido blanco y se lo tendió a Hinata.
— El negro — insistió ella.
— Es demasiado escotado.
— No lo es.
— Sí lo es, niña. ¿Por qué siempre has de llevarme la contraria?
— Ya me comporté como una pueblerina al llegar. Hasta debió de oír cómo me chocaban las rodillas. Si me presento en la cena con ese vestido… Definitivamente, no, Natsu. No quiero que me vea como una muchacha temerosa.
— ¿Vas a decirme ahora que le tienes miedo?.
— Su apariencia no me tranquiliza especialmente. — Se volvió para que la desabotonara por detrás— . Le has visto igual que yo. ¿Quién no se sentiría un poco intimidado?
— Una Hyûga.
Hinata hizo una mueca, movió los hombros y dejó que su vestido se deslizara hasta el suelo. Se aseó con rapidez. Natsu le entregó el otro y se lo puso. Después se miró críticamente en el espejo. Sí, la hacía mayor. Era verdad. Pero también decidida, con mayor entereza. Justo la imagen que necesitaba para enfrentarse a él.
— Exacto, amiga mía — dijo, retomando la conversación y ahuecando su cabello para facilitar que Natsu abrochara la interminable fila de botones— . Una Hyûga, eso es.
Casi no escucharon la voz de Sâra que se atrevió a decir:
— Es un buen amo, milady. No debe dejarse influenciar por las habladurías.
Hinata elevó las cejas, sorprendida. Era la segunda persona del entorno de Uzumaki que pensaba así. Algo que debía anotar a favor del duque, se dijo. Pero ella no las tenía todas consigo.
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Llegó tarde a la cena.
Fue culpa de una puerta entreabierta que había visto al dirigirse al comedor, precedida por Ebisu. Y de su insaciable curiosidad. Y ya se sabe que la curiosidad mató al gato. Estantes repletos de libros le llamaron poderosamente la atención. Para ella, la dependencia en cuestión fue como el canto de las sirenas para Ulises, y se le olvidó todo lo demás.
Nunca había visto una biblioteca tan bien surtida. La estaban esperando, sí, Ebisu se lo recordaba varado en el umbral y aguardando. Pero ¿qué podía perder echando un vistazo? Era una estancia grande, de muebles macizos y altos ventanales por los que se filtraba la luz de las antorchas del jardín. Olía a cuero, a pergamino, a antiguo. Acarició el lomo de algunos libros y se prometió pasar allí muchas horas.
El carraspeo del mayordomo y el sonido de un reloj de pared dando la hora rompieron el encantamiento y salió en pos del criado.
Acelerada como iba, tuvo que frenar en seco. Ebisu se cuadró de repente ante una puerta y abrió. Miró de reojo a la nueva duquesa y no se le escapó el sonrojo de sus mejillas, el brillo de sus ojos y las mechas rebeldes que huían de su peinado. Arrugó el ceño: no parecía la mujer adecuada al título. Se hizo a un lado con una reverencia y ella pasó junto a él despidiendo un agradable olor floral.
Naruto y Shikamaru la estaban esperando, charlando junto a los ventanales. El escocés vestía levita, pantalones color crema con chaleco más oscuro y corbata ligeramente torcida, lo que le daba un cierto aire despreocupado. Pero estaba muy guapo.
Advirtiendo la presencia de Hinata, se adelantó para ofrecerle su brazo y acompañarla a la mesa.
— Lamento el retraso, caballeros — se excusó.
— Ha merecido la pena esperar — elogió Shikamaru— . Estás encantadora.
Naruto observó con detenimiento a Hinata y ella dudó entonces de lo acertado en la elección de su vestido, pero se mantuvo serena aunque le subió un sofoco bajo el atento escrutinio de su esposo, cuyos ojos parecían haber quedado prendidos en su escote. No quiso aceptarlo pero tenía que dar la razón a Natsu: resultaba muy atrevido. Ya estaba hecho. No se dejó amedrentar y se fijó en él con audacia. A su pesar, lo encontró sumamente atractivo.
Naruto Uzumaki podía ser el mismísimo Satanás hecho hombre, el tipo más huraño de Inglaterra, incluso dando pábulo a la rumorología, el psicópata asesino de su anterior esposa con fama de destruir la reputación de algunas jóvenes, aunque Hinata no creía ni la mitad. Pero, desde luego, un varón para recordar. Vestía también de negro riguroso y ahora le pareció más alto. Sí, era atractivo, no podía negarse. Hombros anchos, piernas largas, de manos cuidadas y delgado. No se percibía un gramo de grasa bajo la levita.
Él inclinó ligeramente la cabeza después de contemplarla y se vio correspondido de igual modo. Un azaroso sentido de posesión lo confundió. ¿Era en realidad la misma mujer que viera en la fiesta? ¿La anodina muchacha desdibujada en su vestido amarillo? ¿La que ahora le retaba en silencio? Una y otra parecían estar a años luz y admitió que le gustaba mucho más ésta.
Dejó que fuera Shikamaru quien le retirase la silla y él se acomodó en la cabecera de la mesa.
Hinata estaba tensa. ¿Ese era el recibimiento de un esposo? Apenas cruzaron unas palabras cuando llegó al castillo y ahora guardaba una actitud reservada que empezaba a ponerla nerviosa. No se conocían, era verdad, pero tendrían que llevar una vida en común, ¿no? En este punto tomó conciencia real de que no le cabía otra opción que acceder a sus deseos carnales. Se le atascó el aire en la garganta. Centró la vista en el inmaculado mantel, muy envarada, e inspiró hondo para acompasar su respiración.
A Naruto no se le escapó el movimiento convulso de sus pechos. Se removió en el asiento y sólo habló una vez servido el primer plato. Aparentando concentrarse en colocar la servilleta sobre su rodilla, preguntó:
— ¿Tuvo algún contratiempo, señora?
— ¿De qué tipo, milord? — se extrañó ella.
— La esperábamos hace quince minutos.
Era una andanada indirecta pero ella no lo acusó.
— En realidad, fue un retraso atribuible a usted, señor. — Naruto detuvo la cuchara a medio camino captada en el acto su atención— . Vuestra biblioteca. La puerta estaba abierta y no pude resistirme a la contemplación de algunos volúmenes.
— Me alegra que la satisfaga — respondió suavemente, un tanto descolocado por la respuesta.
— Imagino que quedará algún espacio para mis libros, milord. Los traje conmigo.
— Siempre habrá hueco para dos o tres ejemplares más.
A Hinata la traspasó un ramalazo de rebeldía. ¿Un par de libros? Seguramente se sumaba al cliché común de otorgar a las mujeres el calificativo de poco menos que ignorantes. Se mordió la lengua para no replicarle con una de las frases preferidas de su hermano Sasuke, porque hubiera estado fuera de lugar. Pero, sobre todo, por consideración a Shikamaru y a los criados, apostados junto a la puerta, en espera de servir más platos.
— Son cuatro baúles, mi señor.
Naruto se atragantó y Shikamru probablemente se sorprendió también aunque de un modo muy agradable por la sonrisa que esbozó.
— ¿Cuatro baúles?
Ella tenía la expresión de una novicia a punto de tomar los hábitos. Pero Naruto no se dejaba engañar. ¿No estaría tomándole el pelo? ¡Cuatro baúles, por el amor de Dios!
Su flamante esposa clavaba en él los ojos muy digna y seria, pero no podía disimular el regocijo en sus ojos. Pedía guerra. Debía de estar haciéndose viejo por haberla valorado tan a la ligera.
— Ordenaré que habiliten alguna habitación, así dispondrá de vuestra propia sala de lectura, señora. En Uzumaki House lo que sobra son habitaciones.
— Preferiría la biblioteca, milord. Se rodea de un aspecto tan… ancestral.
— ¿Ancestral?
— Creo que quiere decir que huele a viejo — intervino Shikamaru, encantado de tan flemático diálogo.
— Es vieja — zanjó el duque, sin desviar la atención de Hinata— . Fue una de las primeras piezas que se levantó en Uzumaki House. Y a mí me gusta así. Vieja. Ancestral, si lo prefiere.
¡Vaya! ¿Era posible que al ogro le quedara una diminuta vena de humor?, se preguntó ella.
— Tiene razón — le concedió— . Es más acogedora. Estoy convencida de que sabrá encontrar acomodo a mis libros junto a los vuestros.
Naruto maldijo mentalmente. La biblioteca era su mundo privado, su retiro, donde daba forma a sus manuscritos…
Cambió el tercio de la conversación porque creía que entraba en terreno pantanoso.
— ¿Las habitaciones que se le han asignado merecen vuestra aprobación?
Hinata asintió y él se concentró de nuevo en la comida.
Aquél era el hombre con el que se había casado, pensó Hinata mirándole de reojo. Se preguntó cuánto de verdad habría en las habladurías. De algo no cabía duda: era un sujeto frío y distante que parecía tener hielo en las venas. Y, sin embargo, en cada uno de sus movimientos, en cada mirada, recordaba a un felino al acecho. Era esquivo, reservado y enigmático. Posiblemente por eso la atraía.
— Cualquier cosa que no sea de vuestro agrado, hágamelo saber; daré instrucciones para amoldarlo a vuestro gusto. O, mejor aún, de las instrucciones usted misma.
— Se lo agradezco, milord. Porque algunas habitaciones, si me lo permite, aunque son espaciosas, resultan lóbregas y tristes. ¿Debo imaginar que la decoración es tan homogénea en toda la casa?
— Mi esposa no tiene por qué imaginar, señora. Como nueva duquesa que es, puede inspeccionar el castillo de punta a cabo. Ebisu se pondrá a vuestra disposición mañana y le mostrará la propiedad. — Dejó el tenedor a un lado del plato— . ¿Ha dicho tristes?
— Lóbregas y tristes — apuntilló ella.
— ¿Está pensando en redecorarlas, quizá?
— No querría causar molestias ni a vos ni a vuestros sirvientes, milord. Mucho menos, hacer dispendio de vuestro dinero.
Naruto le regaló una mueca divertida y su rostro se iluminó. ¿Por qué no sonreía con más frecuencia, cuando resultaba tan guapo?
— Pago buenos salarios, señora. Nuestros criados perderán unas horas de su tiempo con gusto para atender a su duquesa en lo que demande. En cuanto al dinero… No me importa si se desprende de todos y cada uno de los muebles y encarga otros. La verdad es que, en lo que a mí respecta, como si decide pintar todos los muros de color escarlata.
— ¡Vaya…!
— Shikamaru sería también un perfecto anfitrión, si prefiere su compañía.
— Gracias — repuso el escocés— , pero los fantasmas de Uzumaki House y yo no nos llevamos demasiado bien.
— ¿Fantasmas?
Hinata hizo la pregunta con demasiado interés. Tanto, que Naruto volvió a centrarse en ella y, a la vez, lanzó un reproche lateral a su amigo.
— Espero que Shikamaru no haya metido ideas extrañas en vuestra cabeza, señora.
— ¡Yo no he dicho nada! — protestó él.
La posibilidad de que allí existiera algún fenómeno extraño llenaba a Hinata de gozo y zozobra a la vez.
— Siempre estuve interesada en los temas sobrenaturales — dijo ella— . A decir verdad, si en Uzumaki House existiera un espíritu, me encantaría encontrarme con él y preguntarle cómo le va en el Más Allá.
— Pues lamento decepcionarla, señora, pero aquí nunca hubo fantasmas.
Hinata captó un cierto matiz irónico. Se había lucido: ahora él pensaría que estaba un poco loca.
— Es una lástima.
Shikamaru encontró en el tema la oportunidad de hacerse oír y se dedicó a amenizar la velada narrando leyendas de aparecidos escoceses, muchas de las cuales Hinata conocía desde niña. Ella se divertía, pero Naruto mantuvo el resto de la cena el gesto huraño.
Acabados los postres, Shikamaru servía sendas copas para Naruto y para él y Naruto preguntó:
— ¿La cena ha sido de vuestro agrado, señora?
A pesar de su desparpajo, Hinata seguía en guardia. La proximidad de su esposo la agarrotaba, aunque ella no era propensa a dejarse intimidar. Uzumaki, sin embargo, la alteraba, porque sus ojos azules parecían poder leer sus más íntimos pensamientos.
— Excelente — le respondió.
— Mi cocinera, agradecerá vuestras alabanzas. Se ha esmerado mucho para que todo resultase perfecto.
— Y así ha sido. Gracias. Milord… — dijo de pronto, alzando la barbilla como una emperatriz— , creo que deberíamos hablar de nosotros.
Naruto permaneció unos segundos suspendido en su movimiento. Aquella mujer era de las que iban directas al grano. ¡Claro que iban a tener una conversación! Y la pondría al tanto de sus obligaciones como duquesa. Había pretendido darle tiempo para habituarse a la idea de su nueva condición de señora de Uzumaki House. Sin embargo, ella iba de frente y sin escudo y le desconcertaba porque, hasta entonces, la iniciativa siempre solía tomarla él.
— Por supuesto, señora — pudo articular al fin— . Cuando guste. Hoy ya es un poco tarde y estará cansada por el viaje. Además, tengo asuntos que despachar con Shikamaru. ¿Le agradaría salir mañana a cabalgar?
Pasar las próximas horas en blanco sin saber a qué atenerse no era su noche ideal. Cuanto antes supiese qué esperaba de ella, mucho mejor. Pero tampoco podía comportarse groseramente y se hecho para atrás.
— Mañana entonces.
— ¿A las… once?
— ¡Las once! — exclamó— . A esa hora, milord, me gustaría estar ya de regreso e ir poniéndome al día respecto al castillo. ¿Es mucho madrugar para vos las ocho de la mañana?
— Para entonces ya hará una hora que me habré levantado, señora.
— Perfecto. Me gusta la gente madrugadora. Nos veremos en el desayuno, a las siete, milord. Y ahora, deben disculparme caballeros. — Se levantó antes de que Shikamaru pudiera apartarle la silla— . Me retiro y les dejo con sus asuntos.
Largo rato después de que ella se hubiera marchado, Naruto seguía sin asimilar la nueva situación. ¿Desde cuándo recibía él órdenes de nadie?
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Continuará...
