¡Hola!
Y adiós, ahre.
No tengo excusas, sólo mucho amor y deseos de que no me odien porque de verdad, de verdad, de verdad los extrañé, así como escribir esto. No tienen idea de cuánto me emocionaba cada vez que me llegaba un comentario suyo enviándome buenas vibras, ánimos, o tan sólo preguntando cuándo iba a seguir. Realmente lamento haberme ido por tanto tiempo, y espero que aún haya gente que quiera leer esto. Para ellos, aquí estoy, y espero que lo disfruten.
Antes de empezar, simplemente quiero aclarar que los únicos lugares reales son las islas que menciono, no la isla de la familia de Fred o la disco, así que no usen esto de guía para vacaciones(?. Además, sé que en la serie Fred se apellida Frederickson, pero vamos, no puedo no aprovechar el que el padre de Fred sea Stan Lee por dios, además de que nunca logré reconciliarme con la serie.
Nos leemos abajo, mis Grandes Héroes.
Mes de Cuarentena III: Vacaciones a lo Fred ¡Sálvese quien pueda!
-¿Cepillo de dientes?
-Sí -gruñó, harto.
-¿Calzoncillos?
-Estás enfermo.
-¿Inhalador?
-¡Ni siquiera soy asmático, idiota!
Tadashi se echó a reír.
-Lo sé.
Hiro suspiró, negando reiteradas veces. Se colgó la mochila al hombro.
-¿Tienes a Baymax? -inquirió ahora el menor.
-En la mochila -afirmó, señalando el nuevo cargador portátil que colgaba de sus hombros, simulando una mochila roja. Su equipaje iba en su valija de mano -. Ya podemos irnos.
Salieron de la habitación de huéspedes arrastrando dos pesadas valijas -una llena de cremas y ungüentos innecesarios que Cass les había obligado a llevar-, y se encaminaron por el largo pasillo que los conducía a la parte trasera de la mansión de Fred, donde un par de sonidos de motores y un zumbido se escuchaban desde hace casi media hora.
Como había prometido, Fred había organizado todo para viajar a su isla familiar con el equipo y, ahora mismo, a dos días de haber regresado su tía, todos estaban en casa de su amigo, a punto de partir a un lugar completamente desconocido, dejando San Fransokyo sola y su propia seguridad en manos del millonario.
Tadashi permanecía en un debate interno sobre si alegrarse por la oportunidad, o entrar en pánico ahora mismo.
-¿Crees que esto es buena idea? -preguntó a su hermano, a lo que Hiro sólo rio.
-Si Fred dice que todo estará bien con la ciudad, confío en él plenamente.
-¿Y con nosotros? -inquirió una vez más.
-Incluso más -zanjó, y volvió a reír al ver de reojo la mueca de su hermano.
Por suerte para ambos, las cosas por fin se habían calmado. Se mantenían tranquilamente juntos y aquellos silencios asfixiantes y ambientes tensos se habían desvanecido por completo entre ellos en los últimos dos días, más relajados luego de haber hablado y ante la emoción del viaje. Y pese a que aún tenía sus dudas por la seguridad de la ciudad, si Fred afirmaba que la dejaba en buenas manos entonces estaba dispuesto a creerle. Hasta ahora nunca le había fallado.
La mueca de Tadashi se mantuvo exactamente el tiempo que tardaron en traspasar la última puerta y mutó, al igual que la suya, en una expresión llena de asombro cuando descubrió la pista de despegue que había camuflada en el techo del patio interior. Junto a ella, Fred, el mayordomo y tres chicos igual de estupefactos que ellos los aguardaban para marcharse, ajenos por completo al aire gélido que anunciaba una próxima nevada.
Hiro no podía creer que Fred tuviera un avión privado en su casa ni siquiera cuando estaba subiendo en él.
La primera hora del viaje había estado llena de risas, música, películas y grandes dosis de emoción por lo que para ellos significaba viajar por primera vez en un avión con las comodidades que aquella presentaba. Mientras fue seguro, Fred les dio un tour rápido por el lugar, les ofreció mucha comida chatarra e hizo comentarios que, al menos por esta vez, incluso le sacaron risas a Gogo.
Luego, cuando debieron permanecer sentados en sus lugares, Fred se dedicó a comentarles detalles de su isla. Supieron que se encontraba cerca de la isla de Maui, algo al este de Lanai, y que la suya era la única casa en todo el territorio, aunque contaban con abastecedores que todas las semanas llevaban los insumos necesarios, además de la familia que mantenía el lugar, por lo que, aunque no estarían solos, la isla era casi completamente suya por las próximas dos semanas. Entre datos sobre el paisaje, las actividades que tenía pensadas hacer y alguna anécdota loca, poco a poco todos se fueron relajando y, después de una noche en la que no habían dormido en lo más mínimo por la emoción, pronto todos cayeron dormidos a su alrededor. En cuanto Heathcliff se percató de ello, apagó la música que, adivinaba, detestaba.
Como resultado, ahora mismo Tadashi disfrutaba de la calma del avión para sí mismo, observando el mar cristalino que se desplegaba del otro lado de la ventana y dejándose arrullar por el zumbido de los motores. Algún ronquido escapaba de sus amigos de vez en cuando, pero nada tan molesto como para no ser ignorado, y él tenía mucha paciencia para soportar esas pequeñas cosas.
Aunque no pudiera decir lo mismo al sentir al pequeño cuerpo junto a él apretujarse contra su brazo, inquieto.
Bajó la mirada, extrañado de la repentina cercanía, solo para encontrarse con el rostro de su hermano durmiendo, completamente pegado a él. En algún momento había levantado el apoyabrazos y se había acomodado a sus anchas en el asiento, pero ahora, inconsciente, había decidido que era muy poco espacio para él.
O al menos, al verle enterrar la cara en su ropa e inhalar profundamente, Tadashi esperó que su cercanía fuera por comodidad y no algún peligroso motivo que era mejor ignorar.
Pero hacerlo era imposible, en especial cuando el muchacho se abrazaba con fuerza a su brazo, restregando reiteradas veces su cara en su ropa, sólo para suspirar y recostarse en él como si se tratara de un gigantesco oso de felpa. Y Tadashi se preguntó si Hiro siempre había tenido aquel bonito sonrojo mientras dormía, o si era normal que sonriera de aquella forma tan tranquila.
Le reconfortó saber que el chico, al menos inconsciente, tenía una confianza ciega en su persona y permanecía relajado junto a él, como si todo lo que ocurría entre ellos en realidad fuera cosa de un mal sueño.
Pero a medida que recorría su rostro dormido, con las largas pestañas azabache sobre la delicada piel rojiza, más consciente era de que el hormigueo en sus manos, deseosas de tocarlo, no era cosa de su imaginación simplemente, al igual que la sensación vertiginosa que se apoderaba de él cuanto más veía aquellos labios rojizos y entreabiertos.
Hiro se aferró más a él, y su cuerpo se envaró por un instante, antes de inclinarse un poco más cerca. Por más que su mente le gritara que debía tratar de pensar en otra cosa, como el paisaje o el mar, Tadashi sólo podía permanecer con la vista fija en el delicado rostro de su hermano, cada vez más cerca de sus tentadores labios sin siquiera notarlo.
Al menos, hasta que el molesto sonido de una alarma llenó el lugar, causando que se irguiera de golpe en el asiento mientras sus amigos comenzaban a despertar. Hiro se desperezó y bostezó, sin ser consciente de nada de lo que había estado a punto de hacer, cuando la sonriente cara de Fred se asomó por encima de su asiento.
-¡Llegamos!
Tadashi tardó en comprender lo mismo que Hiro en abalanzarse sobre la ventana, sin importarle pasar por encima de él o su espacio personal. Y sólo cuando le escuchó soltar uno de sus woooow casi sin aliento y por lo bajo, fue que por fin se acercó a ver la isla.
Entonces comprendió por completo lo que sentía su hermano.
La isla de la familia Lee era una no tan pequeña isla a algunos kilómetros de Lanai. A diferencia de esta, no contaba con complejos turísticos o campos de golf, sino que el paisaje montañoso permanecía intacto con toda su flora y fauna, a excepción de la considerable mansión que se erguía en la playa, justo frente al cristalino mar.
El que no fuera una isla con grandes complejos urbanizados, lejos de lo que cabía esperar, no hacía nada por quitarle magnificencia al lugar, sino todo lo contrario. Hiro se vio ligeramente intimidado ante lo sublime del paisaje una vez bajó en la pista de aterrizaje de la mansión: por un lado, encarando al mar infinito, por el otro, a sus espaldas, a la inmensidad de las montañas y su temple de titanes milenarios. Alzar la cabeza le ocasionó un mareo, y trastabilló levemente.
La mano de Fred alcanzó a detenerlo de caer al suelo, y observó la manera disimulada en que colocaba la otra en el hombro de un pálido Wasabi, sin apartar sus ojos de él antes de hablar.
-El vértigo es bastante común las primeras veces, así que tómenlo con calma- comentó, y esperó un asentimiento de ambos antes de soltarlos. Hiro observó la forma casi cómica en que, tratando de no llamar la atención, el gigante de Wasabi seguía a Fred como si fuera lo único seguro en aquella mansión.
No fue consciente de la manera cautelosa en que Tadashi se acercaba a él, esperando una segunda oleada de mareos.
Eso no ocurrió una vez bajaron a la mansión para dejar sus cosas y cambiarse, y para cuando pisaron la playa, Hiro se olvidó de cualquier otra cosa que no fuera la emoción de estar en unas vacaciones con sus amigos, sumado a la emoción de estar en la isla de uno de ellos.
La idea original había sido comenzar con un recorrido tranquilo por la casa, pero una vez allí, envueltos en la cálida temperatura de aquel lugar paradisiaco y del mar, que alejaba el recuerdo del invierno en San Fransokyo, nadie se detuvo ni un momento para reparar en el interior de la mansión.
Algunas horas después, un Tadashi plácidamente relajado en la playa soportó el peso de su cuerpo sobre sus brazos cruzados, dejando que el calor de un sol que comenzaba a declinar acariciara la piel de su espalda. Sacudió un poco de arena de una esquina de su toalla y se dedicó a mirar con cierta pereza a su alrededor.
A unos metros de él, en el agua, un Fred totalmente relajado –casi parecía dormido sobre su tabla- enseñaba a Wasabi y Hiro los primeros pasos a seguir para poder desplazarse sobre la superficie en sus tablas de surf, y Tadashi sonrió divertido por la manera en que, luego de perder el equilibrio levemente, Wasabi se aferró como un gato a la suya.
También cerca, sobre la arena, Gogo y Honey jugaban con un frisbee que ni siquiera sabía de dónde había salido. Ambas llevaban traje de baño, unos bikinis que sin duda habrían causado que más de un pobre incauto tratara de acercarse a ellas, a una distancia muy peligrosa de la línea de tiro de Gogo, y con intenciones nada inocentes que justificaran cualquier reacción de la coreana. No podría culparlos: como hombre que era, él también notaba lo atractivo de los cuerpos de sus amigas mientras jugaban, del sudor que las cubría levemente, causando que la piel reluciera con un brillo encantador que destacaba el dorado de la piel en el caso de Honey, o la delicada curva de las clavículas y pechos de Gogo.
Era perfectamente consciente de que ambas eran bellísimas, divertidas y eróticas para cualquiera, y que sólo tenía el lujo de verlas así porque lo consideraban algo así como un hermano.
Entonces, ¿Por qué en lugar de disfrutar de ello, de lo único de lo que no podía apartar la mirada era de Hiro?
Hiro, que sentado a horcajadas sobre su tabla de surf y ligeramente inclinado hacia adelante, no tenía la menor idea de la encantadora curva que dibujaba su traserito mullido, cubierto sólo por un traje de baño de neopreno que se adhería a él como una segunda piel; ni de la manera en que cualquiera podría perderse por horas en contemplar la forma en que su cintura se estrechaba desconcertantemente para cualquiera que supiera que se trataba de un chico, ni lo seductor de la pequeña espalda que ahora permanecía cubierta por gotas de agua que resplandecían bajo el sol.
Él era consciente de la musculatura del cuerpo de su hermano, y de la fuerza de ese mismo cuerpo cuando estaba en batalla. Podía distinguir algunos músculos que no hacían nada por restar belleza a su persona, sino que de cierta manera le volvían más y más atractivo. No había nada que superara la tonicidad de un hombre joven, y Hiro la estaba mostrando siendo sólo un muchacho.
Ni siquiera se dio cuenta cuándo se perdió en la contemplación de sus hombros o del delgado cuello, que se recortaban deliciosamente contra la luz del sol que comenzaba a hundirse en el mar. Se descubrió a sí mismo deseando poder recorrer esa suave curva con dedos y labios, disfrutar del aroma salado del agua por un segundo antes de encontrar el típico olor frutal de su hermanito. Maldijo mentalmente el no haber disfrutado más de ello cuando lo había tenido frente al fuego la noche que volvió de la mansión de Fred.
Y lo que sin dudas hubiera repudiado más que nada de ser consciente de lo que estaba diciendo, no fue el horror de lo que acababa de pensar, sino que en ningún momento su consciencia se vio perturbada por algún reproche moralista o siquiera una incomodidad consigo mismo. Lo único que le hizo pensar en otra cosa, fue la carcajada que soltó Hiro, burlándose de un Wasabi que finalmente había caído de su tabla, un segundo antes de que se vengara lanzando al agua al chico.
Cuando Hiro volvió a emerger, entre toses y risas ahogadas, ni siquiera pudo dejar de notar cuán encantador se veía con los ojos brillantes y el rebelde cabello hacia abajo, vencido por el peso del agua.
Tadashi lo contempló largo rato más, inconsciente de lo evidente que estaría siendo, perdido en la gracia de los movimientos que su hermano tenía al volver a montarse en la tabla, abrir sus piernas, curvar su cintura...
Alejó la mirada sólo cuando sintió un calor demasiado conocido en su cuerpo, y no únicamente en sus mejillas.
Algunas horas después, los seis estaban sentados alrededor de una fogata que Fred había hecho con ayuda de uno de los miembros de la familia que cuidaba la casa, un hombre nativo y de mediana edad, que hablaba amenamente con Fred en algún dialecto que ellos entendían a ratos. Trajo también la suficiente carne para que pudieran hacerse una pequeña parrillada, y desde luego una nevera de la cual salieron las primeras cervezas de la noche.
Hicieron la fogata lo suficientemente alejada de la casa como para estar de frente al extenso mar, en primera fila para uno de los espectáculos más hermosos que jamás hubieran visto: el cielo salpicado en estrellas era una extensión infinita de luces azuladas y blanquecinas que los envolvía como una bóveda majestuosa, con la luna como una perla brillante y gigantesca que iluminaba todo de una tonalidad azulada. El mar, que actuaba como un espejo, sólo contribuía con la belleza de aquella imagen, emulando a miles de estrellas bailando cadenciosamente con las olas de la marea, y la estela de la luna sobre el agua parecía un camino blanco que se extendía hasta el infinito, hasta perderse en el mar.
Honey soltó un suspiro.
-Fredie… esto es…
-Sublime- completó Gogo, junto a su amiga y sin despegar la mirada del espectáculo, igual que el resto.
-Mis padres me concibieron presenciando este paisaje- murmuró el rubio, con el tono solemne que usualmente sólo usaba para los cómics -y por eso me llamaron Frederick, que en sueco quiere decir "Nacido de las estrellas".
Tadashi frunció el ceño, extrañado.
-Claro que no.
-Lo sé, pero suena genial -afirmó el rubio, encogiéndose hombros con indiferencia.
Ante eso, los chicos se echaron a reír, y Gogo no pudo evitar hacer uso de su excelente puntería para hacerle pagar el arruinar el momento.
La noche tenía una temperatura agradable, y todos se mantenían en una mezcla de conversaciones relajadas, tragos -que Tadashi declinaba tan disimuladamente como podía- y bromas tontas. Honey y Gogo compartían una manta mientras escuchaban con diversión alguna de las anécdotas de Wasabi sobre su último partido de fútbol, pero los ojos de ambas se escapaban de vez en cuando, y con mayor interés, en el rubio adormilado que ahora descansaba envuelto en uno de los brazos del moreno. Tadashi debía admitir que a él mismo le llamaba la atención la naturalidad con la que Wasabi ahora se permitía mostrar esos detalles, y aunque suponía que estaría ligeramente borracho, sin duda le ponía feliz por su loco amigo.
No pudo concentrarse por más tiempo en ello cuando sintió un peso en su costado, y se giró justo a tiempo para ver cómo un dormido Hiro buscaba colarse bajo su propio brazo, envuelto también en una manta. Usualmente dormía hasta más entrada la madrugada, pero sin duda la actividad física de aquel día en el agua, así como la noche sin dormir anterior, le habían empujado a su límite mucho antes en aquella ocasión.
Le sintió murmurar algo, y por puro instinto se apresuró a alejarlo de los demás.
-¿Dónde puedo meter a este dormilón, Fred?- consultó, y el rubio tardó unos segundos en responder, aún somnoliento.
Le costó un poco ubicarse en la mansión de verano, principalmente porque parecía incluso más gigantesca y laberíntica que la de San Fransokyo. Fred había dicho que su habitación estaba en el tercer piso, a la derecha, y aunque una leve cautela se instaló en él por un segundo al notar que eran los únicos en ese piso-ya que Gogo y Honey estarían en el segundo y Wasabi y Fred en el primero- cualquier pensamiento desapareció de su mente cuando encaró las gigantescas escaleras que debería atravesar para subir hasta su piso.
Cualquier pensamiento que no fuera un insulto en japonés hacia su amigo, porque cuando apenas iba por la mitad, recordó que había bebido un poco, y nunca sintió tanto temor a su poca estabilidad, ni siquiera la primera vez que bajó las escaleras de su casa después de despertar.
Hiro se removió ligeramente a su espalda, antes de soltar un suspiro que hizo erizar la piel de su cuello. Tragó saliva, y lo pensó dos veces antes de dar el siguiente paso.
Cuando por fin llegó a la habitación sentía sus piernas temblar un poco, y estaba bastante seguro de que una capa de sudor cubría su piel.
Acomodó a Hiro ligeramente sobre su espalda para buscar el interruptor de la luz en la lisa pared, y se extrañó al notar algo así como una pelota incrustada en ella. Empujó, y la luz surgió gradualmente: era un regulador.
Iluminó la habitación los suficiente para poder ver sin molestar a su hermano, pero también para no matarse con alguna cosa en el suelo. Aunque ésto fue lo de menos cuando sus ojos dieron de lleno con la habitación ante él.
Una parte de él sabía que debía habérselo esperado, y es que lo impactante ni siquiera eran las dos camas gigantescas que ocupaban la habitación, las dimensiones casi ridículas del lugar, ni siquiera la cocina que estaba dispuesta lujosamente a un lado de la estancia.
Definitivamente, lo que se llevaba el oro era el hecho de que no eran luces artificiales lo que iluminaba la habitación, sino el brillo del millar de estrellas que le habían dejado boquiabierto hace unas horas en la playa, y que ahora iluminaban todo el lugar a través de la gigantesca extensión del vidrio que ocupaba la mitad superior de toda la pared. Lo que había tocado era un regulador del cristal, no muy diferente al sistema que él mismo tenía en su laboratorio.
Tragó saliva, y pasado el impacto inicial, se dispuso a llevar a su hermano a la cama. Lo colocó sobre la más cercana a la pared, cuidando de no despertarlo, y la luz de las estrellas dio de lleno en el cabello oscuro, sacándole destellos.
Tadashi sonrió, contemplando el rostro relajado del chico, y antes siquiera de pensarlo llevó una mano al colchón y se inclinó sobre él, inhalando el refrescante aroma frutado. Como todos, se había bañado antes de ir a la fogata, y su piel y cabello mantenían la fresca fragancia del jabón.
Ni siquiera fue consciente de cuándo bajó desde sus cabellos, rozando con la punta de su nariz la suave piel de la mejilla, hasta encontrar el filo del mentón y, más abajo, ese cuello estilizado que le había vuelto loco durante la tarde. Enterró su rostro allí e inhaló profundamente, solo para suspirar.
Hiro se estremeció, y no pudo evitar sonreír por la sensibilidad de su piel. Ni siquiera era consciente de lo que estaba haciendo.
Subió hasta su oído, y Hiro gimoteó por lo bajo cuando besó el lugar con suavidad.
-T-Tadashi -le oyó jadear, y todo su cuerpo se tensó en respuesta. Una mezcla de pánico por ser descubierto, horror por lo que estaba haciendo y emoción le paralizó por un segundo.
Pero cuando volvió a ver al chico, y la imagen de aquel rostro dormido y vulnerable le golpeó, el horror fue finalmente lo que predominó. Soltó un suspiro tembloroso, lleno de congoja, antes de dejar caer su cabeza a un lado de la de su hermano, cuidando de no despertarlo.
-¿Por qué tiene que ser tan difícil? -la pregunta flotó en la habitación por unos segundos, y Tadashi no quiso pensar en su verdadero significado.
Por reflejo, estrechó levemente el cuerpo del chico a su lado, buscando consolarse en su abrazo, y no pudo evitar sonreír cuando el otro se lo devolvió, obligándolo a girarse y colocando la rebelde cabellera sobre su pecho.
-Te amo.
Pero todo sentimiento de alivio se esfumó cuando escuchó el murmullo sobre su camiseta. Tadashi sintió la manera en que su corazón echó a latir a toda velocidad, mientras una dolorosa presión se apoderaba de su pecho, al borde de asfixiarlo.
Y no supo si eso era lo peor, o lo peor sería el estallido de felicidad que se mezcló con ese doloroso sentimiento, y que le obligó a llevarse una mano a los labios para reprimir una sonrisa afectada.
-Yo también te amo, Hiro – confesó a su hermano dormido, en un tembloroso susurro.
El destello del sol sobre sus párpados cerrados fue lo que despertó a Hiro a la mañana siguiente. Parpadeó un par de veces, maldiciendo por lo bajo, y se removió para escapar de la luz. Pero sin importar a dónde girara, el brillo seguía allí, persistente y molesto, por lo que finalmente abrió los ojos, irritado, y se irguió en busca de alguna cortina que lo protegiera.
Pero cuando sus ojos dieron de lleno con la imagen de la playa frente a él, volvió a dejarse caer sobre la cama, sintiendo su corazón martillar, y al pánico apoderándose de su persona.
Tardó un segundo en descubrir que no estaba en una cama voladora ni Fred estaba tan loco como para poner una habitación en una terraza, pero solo cuando el vaho de su aliento empañó el cristal frente a él.
Extendió con cautela la mano, y jugueteó sobre la fría superficie por un momento. Luego, sus ojos fueron más allá de sus dedos, y su respiración se cortó cuando dio de lleno con la imagen del mar rosáceo por el sol que ascendía lentamente. A juzgar por la inclinación del astro, no serían más de las siete de la mañana.
De aquello probablemente habrían pasado ya dos horas, porque sin entender muy bien por qué, se descubrió a sí mismo tomando algunas ropas de su bolso, su mochila y saliendo en puntillas de pie de la habitación, procurando no despertar a su hermano. Usualmente solo se levantaba tan temprano para correr en El Embarcadero, pero la imagen paradisíaca ante él despertó en Hiro la necesidad de salir a recorrer.
La playa y las montañas, ahora que estaba familiarizado, habían dejado de parecer tan intimidantes, y se descubrió a sí mismo paseando más allá de la playa, internándose en la inmensa selva y el canto de las aves.
Era consciente de que caminaba totalmente vulnerable en terreno desconocido, sin comunicadores, equipamiento de héroe o siquiera la compañía de Baymax, pero se sentía extrañamente seguro allí, y más importante, emocionado ante cualquier cosa nueva. Había visto sin dudas más variedad de aves y otros animales en dos horas allí, que lo que en toda su vida, y los senderos y caminos estaban lo suficientemente demarcados como para poder caminar sin problema alguno. Ya había avanzado lo suficiente como para dejar atrás algunas cascadas pequeñas, y aunque el terreno resultaba demasiado inclinado de a ratos, no era nada a lo que no pudiera hacerle frente con sus botas de senderismo que, desde luego, tenían algunos detalles que eran su marca registrada.
Sus pantorrillas y abductores comenzaron a arder al cabo de un rato, por lo que decidió desviarse del sendero principal y, a resguardo del sol bajo un gran árbol, sacó de su mochila una botella de agua para beber. Más no dio dos tragos antes de que el sonido de un chapoteo a unos metros de él le sorprendiera y, curioso, se puso en pie y se dirigió hacia el lugar de donde venía.
Lo primero que llamó su atención luego de apartar las últimas hojas de palmas de su camino fue el gigantesco estanque que se erguía frente a él. Con su pequeña cascada y otro estanque de menor tamaño debajo, parecía una especie de fuente artificial de las que decoraban algunos espacios del jardín de su campus, pero tardó un segundo en notar que el lugar de donde el agua venía era demasiado alto para que no se tratara de una magnífica fuente natural.
Lo segundo que llamó su atención fue, desde luego, la brillante cabellera dorada que, inmóvil en medio del agua, simulaba un pequeño sol cuando algún rayo peregrino le daba de lleno.
Un par de ojos castaños se fijaron en él apenas apareció en el lugar, y Hiro se ruborizó levemente al ver al chico semidesnudo en el agua, consciente de que aquel era un momento de intimidad al que no estaba invitado.
Permaneció inmóvil por unos momentos, sopesando la posibilidad de hablar o simplemente seguir su camino. El chico también permanecía con su mirada en él, una mirada curiosa en un rostro atractivo, y Hiro tragó saliva disimuladamente cuando una sonrisa separó sus labios, dejando a la vista dos hileras de dientes como perlas.
Dijo algo en el mismo dialecto que el hombre de la casa de Fred, y Hiro tardó un segundo en procesar algo que no fuera el tono bajo, grave y relajado del chico.
Apenado por su aturdimiento tan evidente, se apresuró a hablar:
-L-lo lamento, no te entiendo.
Se maldijo en su fuero interno por el tartamudeo, pero el otro, si lo notó, no hizo más que responder con una sonrisa más grande aún, sin perder su gesto amable pero divertido.
-Ese acento no es de aquí -comentó en un perfecto inglés, acercándose a la orilla -. Debes ser amigo de Fred, ¿Eh?
Salió del agua antes de que Hiro pudiera asentir o negar algo, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que sus ojos no fueran más allá del cuello del chico, a su vientre marcado o sus piernas, y mucho menos al sencillo bóxer negro que estaba usando como traje de baño. Unos cuantos tatuajes negros decoraban con intrincados diseños la piel dorada, y Hiro no pudo evitar ver con curiosidad los del brazo que extendía para saludarlo.
-Dakota, un lugareño- informó con sencillez y una gran sonrisa, y aunque los tatuajes no mentían, Hiro no pudo evitar pensar en su nombre, así como llevar sus ojos al cabello rubio. El chico lo notó de inmediato, y soltó una risa baja que casi hace estremecer a Hiro -. Madre australiana- respondió con sencillez.
Avergonzado por ser descubierto, y sabiendo que estaba siendo descortés, se apresuró a tomar la mano que le ofrecía.
-Hiro- dijo simplemente, estrechando el apretón, antes de volver a hablar -. No tenía idea de que otras personas vivieran en la isla.
-No, no vivo aquí. Soy de Kihei, una región costera en Maui – informó, inclinándose a tomar unas bermudas que Hiro no había notado en la orilla, y debió desviar la mirada a consciencia de la espléndida vista que Dakota daba al agacharse -. Este lugar es en su mayoría una reserva natural, pero la familia Lee no tiene problemas en que lo visitemos de vez en cuando, para escapar de los turistas y eso – cuando alzó la mirada, fue consciente de la sonrisa divertida de Hiro -. No quiero decir que me hayas molestado - se apresuró a aclarar, abochornado.
-Claro que lo hice- aseguró Hiro, despreocupado, antes de recaer en el otro detalle -. No sabía que esto era una reserva… eso explica que Fred se la pasara limpiando cada cosa desde que llegamos.
Y a decir verdad, aunque había notado ese llamativo detalle en su despistado amigo, jamás hubiera sospechado que se debía a eso en particular.
-Si lo hizo dentro de los dos kilómetros alrededor de su casa, es porque quiso – dijo, echando la abundante cabellera hacia atrás en un gesto natural -. Los Lee donaron hace muchos años la isla como reserva, pero delimitaron dos kilómetros para lo que ellos quisieran. Fred es raro, pero es respetuoso con el ambiente…- pareció dudar un momento, antes de sonreír con diversión y negar con la cabeza-. Tal vez porque quería ser un lagarto gigante.
Hiro se echó a reír entre dientes.
-Claro, eso tiene sentido- murmuró entre risas, y el otro se contagió con su humor.
Aunque al comienzo había sido renuente, en realidad Dakota era bastante agradable. Conversaron por unos minutos algunas cosas sobre la isla y las atracciones turísticas de Maui, y Hiro se descubrió a sí mismo totalmente relajado en una charla con un desconocido, con los pies descalzos en el agua y jugueteando con algunos helechos mientras dejaba que el chico le contara sobre Maui, disfrutando de ese acento tan curioso.
-¿Discotecas?
-¡Sí! -exclamó el rubio, emocionado, mientras volvía a echarse el cabello hacia atrás en un gesto relajado que, ahora sabía, era una especie de tic -. De hecho, yo trabajo de DJ en una de ellas y esta noche habrá show. Deberían ir -luego, hizo una pausa para dirigirle una mirada cargada de significado, junto a una sonrisa deslumbrante -. Sería genial si fueras…
Hiro tragó saliva, e hizo todo lo que pudo para no ruborizarse. Trató de hablar sin tartamudear.
-Eso… sí, sería…
-¡Hiro!
El grito le hizo dar un respingo al igual que a su compañero, y exaltado, el aludido se giró justo a tiempo de ver a un agitado Tadashi entrar al lugar, empujando las mismas hojas de palma que él hace media hora.
-¿Tadashi?- le llamó, en una mezcla de sorpresa y desconcierto -¿Qué haces aquí?
Tras él, cuatro cabezas curiosas se asomaron por el espeso follaje, aumentando su sorpresa y mortificándolo en parte ¿De verdad lo habían estado buscando?
-¡¿Por qué diablos te fuiste?! -exclamó el mayor de los Hamada, sin apartar la mirada exaltada del menor solo para, un segundo después, poner toda su atención en el chico con el pecho descubierto junto a él.
Aunque entendía la preocupación en el tono de su hermano, no pudo evitar fruncir el ceño, molesto, al notar que aquello parecía más un regaño que otra cosa. Hiro hace tiempo que había dejado claro que no le gustaba que lo trataran como niño.
-No me iba a perder- soltó, dedicándole su mejor mirada de desdén y un tono altanero. Sintió cierta satisfacción en la forma en que un espasmo hizo temblar el ojo del mayor, y como su rostro enrojecía por algo más que el esfuerzo de la caminata o el calor.
-Tú…- comenzó, y Hiro supo que lo que fuera a decir no sería agradable.
Por ello, agradeció cuando Fred saltó a escena como siempre lo hacía: dejando a todos boquiabiertos.
-¡Dake! ¡Amigo! – exclamó en cuanto sus ojos cayeron sobre el chico a su lado, ahora de pie. Ni siquiera Hiro se esperó que corriera a abrazarlo como lo hizo.
Al fondo del grupo, pudo notar como Wasabi cuadraba sus hombros, consternado.
-Viejo, han pasado siglos – saludó el chico tras el afectuoso abrazo, sosteniendo los hombros de Fred con un gesto relajado mientras le sonreía de una manera que había estado a punto de derretir a Hiro.
-Ya lo creo – Fred se giró al grupo, pero sus ojos se enfocaron en Hiro, que ahora estaba alejando la hojarasca que se pegaba a sus pies húmedos -. Veo que ya conociste a Hiro Hamada.
-Me sorprendió dándome un baño- comentó con simpleza, y Hiro no pudo evitar ruborizarse cuando la sonrisa y mirada coqueta cayeron sobre él. Sin embargo, se tensó por instinto al sentir un par de ojos clavados en su nuca, así como las risas de Gogo y Honey.
-Nos estaba invitando a ir a la disco donde es DJ esta noche- usando la excusa de calzarse para mantener la mirada gacha, soltó lo primero que se le vino a la mente con la esperanza de apartar el tema de conversación a un terreno menos peligroso. Y agradeció elegir el correcto, ya que de inmediato un sonido aprobatorio salió de los cuatro chicos restantes.
-Di que no y te asesino, fenómeno.
-¡Por favor Fred!
El chico rio ante la petición de sus amigas, y volteó a ver al otro rubio con una gran sonrisa.
-¿Dónde siempre? -preguntó Fred.
-Claro, en Sálvese quien pueda.
Dakota se puso su camiseta blanca mientras lo decía, antes de inclinarse a tomar su mochila. Hiro no pudo evitar volver a echar una mirada disimulada a la forma en que la tela se pegaba a él como una segunda piel. Casi le da un infarto cuando los ojos castaños del chico lo descubrieron, risueños, y otro, cuando al alejar la mirada fueron los ojos mucho menos amistosos de Tadashi los que se encontraron con los suyos, atentos a la forma en que veía al chico.
-Bien, ya me tengo que ir. Los veo esta noche, chicos – soltó con simpleza, alzando su mano en un saludo general, antes de posarla en el hombro de Hiro, para su propia sorpresa -. Te veo esta noche.
Y aunque Hiro sintió algo en su cerebro hacer cortocircuito con la sonrisa y la mirada que el rubio le dedicaba, alcanzó a asentir y despedirse con una sonrisa de vuelta.
Pero cuando se volvió al resto del grupo, seis pares de ojos maliciosos -y uno con impulsos asesinos- le obligaron a soltar un respingo.
-¿Qué tienen?
Tadashi fue el primero en hablar, desde luego.
-No sabía que eras tan sociable ahora, hermanito.
Tragó saliva, sabiendo lo que significaba el tono acusador en la última palabra. ¿Tadashi pensaba regañarlo allí, frente a todos?
Ja, pues buena suerte.
-No es necesario que te pongas así, es un chico agradable- contestó, y el mentón de su hermano se tensó.
-¿Cómo lo sabes después de sólo unos minutos hablando con él?
Hiro se encogió de hombros, comenzando a caminar para salir de ahí. No tenía interés en tener aquellas charlas, no tenía buenos recuerdos de la última vez que tuvieron una así.
Pero Gogo, por algún motivo, tuvo que abrir la boca.
-Vamos, Tadashi, deja que el chico tenga sus romances en paz.
Pudo notar la forma en que su hermano se tensó porque estaba junto a él, y el propio Hiro se paralizó ante el comentario dicho al pasar.
-¡Oh, Hiro! ¿Eso es cierto? -el tono alegre de Honey le hizo tragar saliva, porque su pregunta inocente y eufórica le obligaba a responder sólo por ser ella.
Alzó la mirada, y cuando sus ojos se encontraron con los de su hermano, una mirada ilegible y expectante, el aire se volvió más pesado.
Tenía algo de miedo a responder, pero francamente no tenía sentido. Ambos lo sabían, y de cierta forma, se sentía como un desafío agradable a aquel idiota que se esmeraba en negar cada cosa que decía, así fuera su atracción por los hombres, así fueran sus sentimientos hacia él.
-¿Y si lo fuera? – preguntó, sin alejar la mirada del mayor, y sintió cierta satisfacción velada al verle tensar su mentón una vez más, mientras su mirada se oscurecía.
El silencio se alzó en el lugar por un instante que a Hiro se le hizo eterno. Había olvidado por un segundo que Tadashi y él no eran los únicos allí, y no sabía cómo podrían reaccionar los demás a eso. ¿Significaría algo para ellos el que le gustaran los chicos?
-Pues si lo fuera, significa que Wasabi me debe cien dólares, porque siempre aposté que eras gay.
Ante esa respuesta, Hiro sólo pudo voltearse, boquiabierto, y encarar a Gogo con una expresión perpleja, sólo para verla sonreír con diversión y explotar un chicle en un gesto despreocupado. Cuando miró a Wasabi, su gigantesco amigo parecía estar buscando la roca ideal bajo la cual esconderse, muerto de vergüenza porque lo descubrieran. Ninguno de los dos parecía rechazarlo, ni mucho menos.
Tardó unos segundos en sopesarlo, y acabó por echarse a reír de buena gana. Sus amigos eran unos bastardos, pero los mejores del mundo, sin duda.
-Sólo págale, Wasabi.
-¡¿Qué?!, ¡¿Es en serio?!- exclamó, más no por la sorpresa. Era su típica expresión de mal perdedor.
Hiro siguió riendo aún cuando salieron de allí, y se encontró a sí mismo emocionado ante la naturalidad con que todos lo trataban. Nada había cambiado, y se sorprendió aliviado de un peso que ni siquiera sabía que sentía.
Después de tanto ser negado, el que alguien lo aceptara sin rechistar se sentía como el más dulce abrazo y la mejor liberación.
Tadashi, pese a permanecer con su vista fija en él, no habló en todo el camino de regreso.
El lugar palpitaba y vibraba con vida propia al ritmo de la música, vomitando luces y la contagiosa emoción de todas las personas que bailaban adentro. El calor del interior fue un beso agradable sobre la piel después de haber viajado hasta allí en lancha, con el frío aire de mar dándoles de lleno en la cara.
Hiro se sintió ligeramente intimidado en un primer momento, y respiró hondo, tratando de empujar la sensación de opresión que luchaba por apoderarse de él.
Un instante después, fueron los enérgicos jalones de Honey los que le obligaron a olvidarse de todo, y se encontró siendo arrastrado por las chicas a algún lugar muy luminoso. Volteó la mirada, sólo para encontrar a sus tres compañeros restantes siguiéndolas con expresiones divertidas, Fred jalando del propio Wasabi en realidad.
Pronto supo que el lugar al que había sido arrastrado era la barra de tragos, y se sorprendió cuando empujaron un vaso, con su superficie rosada condensada por la temperatura de la bebida, entre sus manos. El chico que atendía lo vio con recelo, sospechando que era menor de edad, pero Gogo y una sonrisa coqueta que jamás le había visto en la vida fueron suficiente para distraerlo.
Luego de eso, fue arrastrado por todo el lugar por las chicas, relajándose gradualmente en su primera incursión por una discoteca, dejando que su cuerpo se acostumbrara a las vibraciones y al movimiento de las demás personas, y se encontró a sí mismo bailando animosamente luego del tercer vaso, y muy probablemente por causa de él.
Pese a las desinhibiciones, descubrió que ciertamente tenía algo más de resistencia al alcohol que su hermano. Lo que no impidió que se dejara guiar por las chicas en algunos movimientos de cadera demasiado sugerentes. Gogo, evidentemente, no sólo era buena para llamar la atención en los deportes, y Honey dejaba muy en alto su herencia latina cuando el ritmo era el adecuado.
Estaba muy compenetrado en seguir a su amiga cuando el micrófono se abrió.
-Un saludo especial para Hiro, el sexy chico de camiseta azul que va a volverme loco con esas caderas.
Escupió el trago que Gogo le había pasado al reconocer la voz de Dakota en el micrófono. Con toda la emoción del momento, había olvidado que él estaba allí, y que posiblemente le había estado viendo todo el tiempo. Su rostro se sintió arder justo en el instante en que las carcajadas de las chicas se alzaron por encima de la música, y muerto de vergüenza, se giró a saludar con la mano al pequeño escenario que se alzaba al final del lugar. Un DJ con gorra alzó la mano de inmediato, saludando enérgicamente.
Estaba distraído aún cuando las chicas se movieron, así que las siguió un poco por detrás. Más cuando cruzó por una zona oscurecida un jalón le obligó a retroceder, y debió ahogar un grito sorprendido cuando sintió un duro cuerpo pegarse a su espalda, lo suficientemente imponente para cubrirlo por completo.
Tragó saliva, en pánico, y trató de apartarse.
-¿Quién se cree para hablar así a mi hermano?- gruñó la otra persona, y Hiro se paralizó al reconocer la voz de Tadashi.
¿Estaba teniendo alucinaciones por el alcohol?
Pero cuando le miró por encima del hombro, fue claro que quien estaba pegado a él por completo no era otro que su hermano… un hermano que emanaba un leve aroma frutado.
Suspiró pesadamente, resignado.
-Has bebido- murmuró, no como una pregunta, pero Tadashi de igual manera respondió encogiéndose de hombros.
-Aun veo bien… Aquello es una tabla de surf decorativa, ¿No?
Hiro miró la dirección que le indicaba, y se echó a reír.
-Es la barra de tragos.
-Oh… - Tadashi dudó un poco, antes de encogerse de hombros una vez más-casi.
Hiro volvió a reír al ver el mohín en los labios del mayor, y se sintió aliviado cuando le dejó separarse. Sin embargo, Tadashi para nada planeaba dejarlo marchar, sino que le mantuvo a su lado y tomando su mano, lo guió hacia atrás, haciéndole bailar con él a un ritmo no muy acorde con la música.
Pero no pudo quejarse cuando las manos en su cintura le obligaron a pegar su espalda a su pecho, y la respiración de Tadashi sobre su cuello hizo cosquillear su piel. Una parte de él sabía que se permitía actuar de esa manera solo porque estaba ligeramente borracho, pero aquel contacto cálido se sentía tan bien después de un día en que casi no habían hablado.
-No estarás celoso de Dake, ¿No? – se permitió burlarse, y aunque pensó que no le había oído por la música, jadeó cuando una mano le obligó a pegar sus caderas a las del mayor, siguiendo sus movimientos circulares, lentos, cadenciosos…
-¿Debería estarlo? -preguntó. Su tono era seguro de sí mismo, algo divertido incluso, y Hiro se estremeció cuando echó sus caderas hacia adelante, al tiempo que mantenía las suyas pegadas a él.
Tragó saliva, repentinamente consciente de que había llevado la situación a terreno peligroso.
-N-No- se obligó a decir, y cerró los ojos con fuerza cuando los labios de Tadashi se curvaron sobre su cuello en una sonrisa, antes de dejar un beso sobre la piel de su nuca. Hiro respingó, perplejo y sintió la presión que comenzaba a formarse en su estómago empeorar. Inhaló profundo, buscando calmarse, pero el delicioso aroma del perfume de su hermano sólo contribuyó a ponerlo más sensible.
-Entonces no lo estoy… no por ahora -ronroneó, y una mano traviesa se coló por la tela de su camiseta, recorriendo con la yema de sus dedos la sensible piel de su vientre bajo, haciendo que su piel ardiera allí donde entraban en contacto.
Hiro abrió los ojos de par en par, en pánico.
-E-Espera- jadeó ante las cálidas estelas que sus dedos dibujaban sobre su piel, tratando de sonar lo suficientemente alto para que el otro lo escuchara por encima de la música. Sus ojos desesperados se encontraron con los recelosos del mayor, y supo que una negativa no haría más que molestarlo. No sabía por qué ahora Tadashi decidía actuar de aquella manera en un lugar público, pero lo que sí sabía era que debía detenerlo antes de que el apenas logrado equilibrio de su relación se fuera por el caño. Pensó a toda velocidad algo que lo mantuviera tranquilo, y soltó lo primero que se le vino a la mente -Necesito ir al baño, Tadashi.
Se arrepintió apenas lo dijo, y la extrañeza en los ojos del mayor le dejó en claro lo ridículo de su excusa. Tadashi dudó por unos instantes, sólo para finalmente asentir y, con cierta reticencia, dejarlo marchar.
Hiro prácticamente voló por la pista, y cuando por fin entró a uno de los baños, al otro extremo del lugar, era perfectamente consciente de que sus mejillas irradiaban un tono rojizo muy poco atractivo. La música sonaba lejana a través del pitar de su pulso acelerado en sus oídos, y cuando trató de dar un primer paso en el interior, agradeció estar solo cuando sus piernas flaquearon levemente.
Ni siquiera perdió tiempo en verse al espejo, lo primero que hizo fue empapar su rostro y nuca de agua fría, para luego permanecer unos minutos con las manos firmemente asidas al lavabo.
Aún no podía creer que el mismo Tadashi que llevaba semanas asegurándole que sus sentimientos eran un error, acabara de intentar meterle mano en un lugar público. ¿A qué demonios estaba jugando su hermano? Pero más allá de eso, ¿A qué estaba jugando él mismo? ¿Qué fue eso de los celos por Dakota?, ¿No había aprendido de la peor manera que no debía jugar con Tadashi cuando estaba borracho?
Pero…
Tragó saliva de nueva cuenta ante el recuerdo y cerró los ojos con fuerza. Pese a lo que tratara de decirse, todo su cuerpo aún se estremecía emocionado allí donde Tadashi había tocado, y una felicidad mezquina e idiota le embargaba al recordar el beso del mayor sobre su nuca, o la forma en que sus firmes manos podían guiar su cintura, como si estuvieran hechas para encajar perfectamente en ella.
Por un segundo dudó el tener que usar aquel baño para algo más que simplemente despejar la mente. Pero logró calmarse pasados unos minutos.
A pesar de su emoción, salió del baño con la firme convicción de no volver a cruzarse con Tadashi hasta que los seis estuvieran reunidos.
Cuando una mano firme se cerró sobre su muñeca mientras buscaba a las chicas, creyó que su plan había fallado miserablemente. Pero al voltearse y alzar la mirada, los perlados dientes de Dake le recibieron en una sonrisa.
-Hey -saludó con calma, y Hiro respiró, aliviado.
-Hola -respondió, también sonriendo, y se extrañó al escuchar que la música seguía con las típicas intervenciones -¿No eras el DJ?
-Mi hermano me está reemplazando – aseguró, con la sonrisa llena de hoyuelos de un niño que acababa de cometer una travesura. Hiro no pudo evitar reír, antes de dejarse guiar de buena gana más cerca del chico.
Ni siquiera se cuestionó el que pudiera bailar con tanta calma con un completo desconocido: Dake era agradable, relajado y ciertamente la forma en que se pegaba a él no era intimidante o posesiva. Lo más importante, bailar con Dake era sencillo, sin complicaciones a las que tuviera que dar vueltas, y le permitía olvidarse de todo, en vez de traer a cada momento una implicación nueva sobre otra, algo de lo que él comenzaba a cansarse.
Dake le hacía girar, menearse, saltar incluso. Le comentaba tonterías al oído que le sacaban una risa y constantemente hacia mímica con la letra de las canciones mientras bailaban, lo que le avergonzaba a la vez que le dejaba sonriendo como un imbécil.
Algunas veces se preguntó dónde estarían sus amigos, o dónde estaría su hermano, pero justo cuando quería ver a algún otro lado, Dakota lograba traer su atención a él nuevamente. Comenzaba a acostumbrarse a su sonrisa de niño coqueto, tan clara, tan transparente, sin dobles intenciones que esconder, como su mirada, como sus toques.
Fue por eso que, algunas horas después, Hiro estaba listo para la pregunta que Dakota le hizo cuando fueron a descansar a un lugar más apartado, ligeramente oscuro y oculto a la vista.
-Yo… Hiro… Sabes, tengo una hora más antes de tener que volver… y me preguntaba si tú...- sonaba nervioso, apenado, y Hiro no pudo evitar sonreír con ternura pese a su propia vergüenza. Dakota era probablemente pocos años mayor que él, sin duda con más experiencia, y que no supiera cómo seguir el hilo de sus palabras por su culpa resultaba enternecedor a la vez que halagador- bueno… ya sabes.
Hiro rio ante la frustración clara en la voz del chico. Debía admitir que en el fondo estaba asombrado, era la primera vez que nadie le invitara -las dos veces anteriores no contaban ni como invitación ni como buen recuerdo-, y no sabía si era el alcohol, la vibra que todo el lugar despedía o la frustración que llevaba sufriendo por semanas, pero la idea no parecía tan mala.
-Me encantaría, Dake – aseguró, lo suficientemente alto para que él le escuchara. Estaban de pie junto a una puerta, y la música se colaba con demasiada violencia, por lo que debían hablar alto.
Era verdad, le encantaría. Le encantaría poder olvidarse de todo y pasar algunas horas con la sonrisa amable y la mirada coqueta de Dakota, le encantaría poder ignorar todo lo que había estado sufriendo en aquel tiempo, le encantaría deshacerse de la estúpida locura en la que se había convertido su vida y su corazón.
Dakota sonrió, los ojos brillantes de emoción.
Le encantaría, pero sabía bien que no podría ni en un millón de años. Su corazón y su cuerpo, le pesara a quien le pesara, estaban con Tadashi, y eso nada lo cambiaría, no pronto al menos.
-Pero no puedo- soltó al fin, y su pecho se estrujó al ver la alegría en el gesto del chico desaparecer.
Bajó la mirada, y Hiro sintió como si acabara de regañar a un cachorro.
-¿Tú… tienes…?
-Es un poco complicado, pero hay alguien -se sinceró, sentía que se lo debía. Dakota asintió, desganado -. Vamos, eres un chico increíble, no te pongas así- pidió, empujándolo con un hombro -estoy seguro de que hay alguien más que espera que lo busques en este lugar, ahora mismo.
Dakota tardó un segundo en reaccionar. Cuando lo hizo, Hiro reprimió un suspiro aliviado al ver allí la magnífica sonrisa.
-Está bien, no te preocupes – soltó, claramente notando la culpa en la mirada de Hiro. Sonrió una vez más, antes de separarse de la pared -. Tal vez debería volver ya.
Hiro asintió, y Dake se alejó, con gesto tranquilo, sonriendo, como si no acabara de ser rechazado. Envidió su entereza y su capacidad de parecer indiferente a todo. Él, en cambio, permaneció allí unos minutos más, bebiendo a sorbos una botella de agua, tratando de no pensar en la persona por la que lo había rechazado, negándose que no se quedaba allí para ocultarse de él.
Afortunadamente, cuando salió de su escondite, a quienes encontró fue a Gogo y Honey, que permanecían recostadas en la pared y charlando amenamente a unos metros de donde él estaba. La rubia lo miró con los ojos abiertos de par en par mientras Gogo le dedicaba una sonrisa divertida, y supo, horrorizado, que habían visto a Dake salir del mismo lugar que él.
No importó cuantas veces negó todo durante la próxima hora, las chicas seguían tratando de sacarle información sobre algo que no había ocurrido.
Siguieron bailando y dando vueltas un tiempo más, hasta que resultó obvio para los tres que la noche estaba llegando a su fin, tanto para sus cansados cuerpos, como la fiesta, y valorando la situación decidieron que era correcto comenzar a buscar al resto.
Fred y Wasabi fueron fáciles: Fred le había enviado un mensaje a Honey diciéndole que se habían marchado a los bungalows que el rubio tenía cerca de la costa, a unos dos kilómetros de aquel lugar y donde habían dejado sus cosas apenas llegados a la isla. Hiro prefirió ignorar las teorizaciones que ambas chicas estaban haciendo en base a la hora del mensaje.
Con eso, sólo quedaba un miembro del equipo que buscar.
Hiro suspiró, una mezcla de resignación y diversión, cuando vio a su hermano durmiendo a sus anchas en un asiento del bar, con algunos vasos de esas bebidas frutadas junto a él. Tomó un poco, y arrugó la nariz al notar que tenían una cantidad mucho mayor de vodka que las que él había estado tomando y, desde luego, mayores a las que Tadashi podía exponerse y salir ileso.
A duras penas lograron despertar al chico, principalmente gracias a que Gogo le vació una botella de agua helada en la cabeza, y luego fue cuestión de Hiro el encargarse de soportarlo por todo el camino hasta los bungalows.
Los primeros pasos que dio en la calle fueron lentos e inestables, y Hiro lo maldijo por ser tan pesado.
-¿Cuánto has bebido? Sabes que no aguantas nada- le recriminó, con la vista fija en los zapatos de tacón que Honey llevaba colgando de sus manos.
-Nome digas queacer, enano- gruñó el mayor sobre su oído, pegando las sílabas, y Hiro luchó contra el impulso que le pedía dejarlo caer de bruces en el pavimento.
-No te lo digo, te lo recuerdo.
El camino fue lento, y aunque estaba molesto, ciertamente la conversación de las chicas, así como algunas tonterías de Tadashi, le sacaban una risa de vez en cuando, sólo para acabar jadeando bajo el peso de su hermano. Al cabo de media hora, luego de que Gogo y Honey le ayudaran a subirlo por las escaleras antes de irse ellas mismas a su bungalow, Hiro finalmente dejó caer a Tadashi sobre la cama, soltando algo similar a un grito de liberación, antes de sentarse en la suya propia.
Sin embargo, no pasó nada antes de que el sudor y el calor le pasaran factura, y decidió que nada de malo tenía tomar una rápida ducha.
Cuando volvió, al cabo de unos minutos, estaba mucho más relajado, fresco y dispuesto a dejarse caer en la cama para poder dormir por horas, feliz de que el black out de las ventanas dejara una gruesa capa entre el sol de la mañana y su sueño.
Pero fue esa misma oscuridad la que impidió que notara que la cama opuesta estaba libre.
La luz de una lámpara se encendió de la nada, y un brusco jalón obligó a Hiro a dar un grito agudo por la sorpresa. Lo colocaron con fuerza contra la pared, y el chico soltó un jadeo, antes de que un cuerpo alto y fuerte se colocara al frente, cortándole todo escape.
-¿Dónde estabas? -la voz de Tadashi era sorprendentemente clara en comparación a la que había estado usando de camino allí, y Hiro alzó la vista, confundido ante la pregunta.
La mirada del otro, una mezcla de somnolencia y molestia, le hizo entender que lo extraño de la pregunta era porque seguía ligeramente borracho, y muy probablemente no recordaba cómo había llegado allí, ni que él ya estaba en el lugar cuando se despertó.
-Me estaba dando una ducha- informó, tratando de sonar tranquilo, ignorando con todas sus fuerzas la sensación que le provocaba el estar acorralado por su hermano. Sabía que la situación volvía a ser peligrosa, ¿Por qué su piel ardía de emoción bajo la mirada molesta del mayor, entonces?
Tadashi parpadeó lentamente, de una forma que le hubiera hecho reír de estar en cualquier otra situación.
-¿A esta hora?, ¿Por qué?
El reproche era claro, y Hiro no pudo evitar reír.
-Seguir el ritmo no es fácil para alguien que no tiene práctica, desde luego que sudé.
Inocente como era el confesar que era un asco bailando, Hiro no se esperó para nada el gruñido molesto de su hermano, ni el que, de la nada, llevara sus manos a sus muslos y le alzara contra la pared.
Sintió su pulso dispararse cuando, en un extraño dejá vù, las caderas del mayor chocaron con su pelvis, eliminando cualquier espacio personal que pudiera existir entre ambos.
-¿Tadashi? – le llamó, alerta, sin saber qué demonios había dicho ahora.
El aludido gruñó.
-Así que te encantaría estar con él – soltó como toda respuesta, y en medio de la bruma de la confusión, el pavor comenzó a abrirse paso a través de la mente de Hiro al ver la mirada molesta del mayor desaparecer por una de aparente calma-¿Te encantaba tanto la idea que ni siquiera dudaste en dejarme de lado para ir con él?
La sangre en sus venas se congeló por el espanto cuando la comprensión lo golpeó de lleno: Tadashi había escuchado su conversación con Dake
La perplejidad y el pánico que lo inundaron fueron tales, que ni siquiera pudo reprimir su expresión antes de que, para su más profundo horror, la mirada fulminante de su hermano le dejara claro el que acababa de despejar todas sus dudas.
Y aún con la sorpresa que significaba para él el que los hubiera oído, Hiro sintió su corazón contraerse ante el tono y el brillo repentinamente heridos. Cuando escapó de él, en ningún momento esperó que Tadashi se sintiera dolido.
Sólo hasta ese momento se detuvo a pensar en lo cruel que estaba siendo con él. Lo que no quitaba el hecho de que lo había sido porque realmente, aunque sea por unas horas, necesitaba olvidarse de todo.
Pero eso nunca significó olvidarse de Tadashi.
Se mordió el labio tembloroso, y un escozor que conocía muy bien comenzó a molestar en sus ojos. Uno que, sabía, estaba también tras la mirada acuosa del mayor.
Alejó la vista, no debía flaquear en ese momento.
-¿Esto será así cada vez que te pongas celoso o te emborraches? -le recriminó, y aunque notó como el cuerpo del otro se tensó, no pudo hacer más que soltar un frito poco digno cuando el mayor lo alzó por los muslos, presionándolo sobre la pared. Sus piernas volaron instintivamente al rededor de sus caderas.
-Eres mío – susurró, y el impacto de sus palabras y acciones le obligaron a voltear a verlo una vez más, con los ojos bien abiertos. Hiro jadeó por la sorpresa ante la convicción en su mirada, una expresión seria que no dejaba lugar a dudas -. Eres sólo mío, y te lo voy a dejar en claro.
Tragó saliva, todo su cuerpo estremeciéndose ansioso ante las palabras susurradas a centímetros de sus labios. Su mente gritándole que no debería dejarle ir más lejos.
-E-Eso ya lo sabes, maldito bastardo inútil- jadeó, sintiendo las primeras lágrimas caer por sus mejillas, y no pudo más que ruborizarse y cerrar los ojos.
El primer beso de Tadashi llegó como una caricia engañosamente dulce, y no pudo evitar dar un respingo en respuesta, antes de, embriagado por el dulce toque, envolver sus brazos en el ancho cuello del mayor.
Pero pronto el beso subió su intensidad, y lo que empezó como una delicada caricia que le hacía estremecer, pasó a ser un contacto brusco y dominante, que hizo a su cuerpo vibrar como si, esta vez, toda la discoteca estuviera dentro de él. Se sorprendió a sí mismo respondiendo con ganas, aferrando los oscuros cabellos con fuerza y mordiendo, sin pena alguna, los labios del mayor. Era una especie de venganza secreta, la única manera que tenía de hacer pagar a Tadashi por todo lo que le había hecho soportar.
Mordió con más fuerza de la necesaria, y Tadashi gimió en respuesta, un tono bajo, ronco, y que se enroscó bajo su piel, sólo para ir a parar al punto donde sus pelvis se encontraban, buscando el contacto del otro en movimientos cada vez más erráticos.
Tadashi jadeó, sólo para delinear sus labios con su lengua, y Hiro se estremeció, antes de abrir la boca para aceptarlo. La sensación de sus lenguas frotándose dentro del beso fue lo suficientemente intensa para que sintiera la habitación a su alrededor comenzar a dar vueltas, y no se molestó en disimularlo, estrechando más su abrazo.
-Tadashi- jadeó cuando el otro se alejó, y pudo reconocer un extraño brillo en sus ojos, algo muy similar a satisfacción.
Pero eso cambió en cuestión de un segundo, cuando un nuevo destello de molestia brilló en los ojos castaños, y Hiro soltó un gritito cuando lo separaron de la pared bruscamente. Tadashi lo llevó con pasos tambaleantes hasta la cama, y se dejó caer con él.
Reparó en el detalle de que no dejó el peso completo de su cuerpo caer sobre él, sino que una pierna permanecía estratégicamente colocada entre sus muslos abiertos, y una de sus manos descansaba a un lado de su cabeza.
La otra, atrevida y silenciosa, jugueteaba con el borde de su camiseta, adentrándose lentamente entre esta y su piel. Hiro se estremeció, ansioso.
Al menos, hasta que Tadashi volvió a abrir la boca.
-Dime dónde te tocó.
El gruñido fue bajo, amenazante, y Hiro sintió la tristemente familiar presión en su pecho incluso antes de comprender a qué se refería su hermano.
-¿Qué?
-¿Dónde te tocó? -repitió, cerniéndose sobre él, inclinándose lo suficiente para que sus miradas se encontraran a pesar de la oscuridad, ya que él los escondía por completo del brillo de la lámpara. Sin embargo, Hiro pudo reconocer su molestia antes de que volviera a hablar -¿Dónde te besó?, ¿Qué lugares tocó? Me encargaré de borrar cada marca, incluso si eso me lleva horas.
Hiro comprendió, y la opresión en su pecho sólo aumentó hasta el punto en que las lágrimas, que en algún momento habían parado, volvieron a fluir libremente por sus sienes.
-Tadashi… no…- sollozó.
No nos hagas esto.
Era tan duro pensar que las cosas siempre serían así, que cada vez que Tadashi creyera que estaba con una persona acabara por llevarlos a aquella situación, sólo para poner barreras cada vez más altas entre los dos. Si no iba a aceptar sus sentimientos, ¿Entonces por qué simplemente no lo dejaba en paz?
Ajeno a lo que causaba en su hermano, y ya cansado de esperar una respuesta, Tadashi llevó sus labios nuevamente a los del otro, y venció con facilidad su resistencia. Estaba cansado, lo sabía, aunque no sabía por qué en ese momento.
Una mano se coló bajo la camiseta, buscando más piel, y una bruma se apoderó de su mente cuando sintió al chico arquearse bajo él en medio de un espasmo. Mordió su labio inferior, y los temblorosos labios se abrieron para darle paso. En ese momento, algo en la mente de Tadashi comenzó a apagarse.
Hiro se estremeció cuando la lengua ajena buscó insistentemente la suya, y la aceptó como un consuelo, al igual que a la mano que recorría inquieta su cadera. Jadeó por aire cuando Tadashi se alejó, y debió cerrar los ojos cuando los cálidos labios del mayor descendieron por su mejilla y mentón, hasta llegar a su cuello.
Gimió al sentir el escozor de una mordida, pero suspiró de nuevo en cuanto la húmeda lengua recorrió su piel como un bálsamo. Los labios de Tadashi sobre su piel sensible, sus manos descubriendo lentamente su vientre, fue suficiente para que pronto se encontrara tiritando penosamente bajo él.
Jaló de su cadera con fuerza, y de repente Hiro se encontró con la presión de la rodilla del otro entre sus muslos abiertos, sobre un punto que comenzaba a despertar. Gimió con fuerza ante el escalofrío de placer que le recorrió, y volvió a envolver el cuello del mayor con ambos brazos, acercándolo más aún. El gruñido de aprobación del mayor se coló bajo su piel como una descarga, y no pudo hacer más que llamarlo en respuesta, aturdido.
Los labios se volvieron más exigentes, las manos más rudas, los movimientos de cadera que le obligaba a hacer aumentaron el ritmo, y Hiro se encontró por un instante sin recordar nada más que las placenteras sensaciones que le recorrían en oleadas, obligándolo a jadear y gemir a un ritmo cada vez más constante.
Al instante siguiente, todo se había detenido, y el cuerpo de Tadashi le estaba aplastando.
Dejó salir su aliento en un bufido sorprendido, y se removió levemente.
-¿Tadashi? -le llamó, una voz temblorosa que le hubiera avergonzado de estar en otra situación. Sin embargo, estaba demasiado sorprendido y desconcertado en ese momento como para prestarle atención a otra cosa que no fuera el chico sobre él -¿Tadashi, qué te…?
Un ronquido, suave y bajo, le dio la respuesta. Hiro miró sorprendido a la cabeza castaña junto a la suya.
Luego, un molesto dejá vù le embargó, al tiempo que un espasmo en su párpado exponía cuán al límite estaban sus nervios.
Si Tadashi no había muerto por un coma etílico para cuando fuera de día, sería él quien lo matara.
Varias horas habían pasado cuando oyó a Tadashi gruñir alguna cosa inteligible, antes de removerse en la cama. Hiro, tratando de permanecer indiferente, continuó jugando con alguna tontería en su celular, como si no hubiera notado nada, como si su corazón no entrara en un frenesí cada vez que el otro se movía entre sueños, al igual que ahora.
Tadashi se levantó lentamente, y Hiro maldijo el sonido del videojuego cuando delató que acababa de perder una vida.
-¿Qué hora es? – consultó el mayor, la voz áspera.
-Casi las dos de la tarde -contestó de inmediato, y disimulando su nerviosismo tanto como pudo, le alcanzó al mayor una botella de agua fría y una aspirina que compró en cuanto fue a despedir a los demás -. Los chicos ya se fueron, sólo queda nuestra lancha.
-Mierda – gruñó el otro, descansando su frente en una de sus manos y frunciendo el ceño -¿Qué pasó anoche?
No querrás saberlo…
-Tomaste un poco de más – se limitó a responder, mientras el otro vaciaba la botella. Había tomado la firme determinación de no contarle a Tadashi nada de lo ocurrido, o no al menos las partes más peligrosas. No necesitaba arruinarle las vacaciones con eso, y francamente tampoco quería enfrentarse a esa conversación.
Suspiró pesadamente, y giró el rostro para mirar por la ventana, por el black out que había descorrido hace unos minutos. Fue consciente de la mirada del mayor fija en él, pero decidió disfrutar de la calidez de la luz sobre su piel y perderse un rato en el mar.
Las palabras de Tadashi frustraron su plan.
-¿Qué tal estuvo?
Hiro frunció el ceño ante el tono aparentemente tranquilo, conociendo a su hermano lo suficiente para reconocer el dejo de molestia en su voz.
La mirada penetrante sobre él le dio la razón, y Hiro se puso en guardia por instinto.
-¿Qué cosa? -preguntó con cautela, removiéndose nervioso. ¿Acaso recordaba algo?
Tadashi rio, una risa carente de toda gracia.
-Tu fiesta personal de anoche – soltó, mirándolo con una mezcla de suficiencia y molestia, mientras se recostaba lentamente en el respaldo de la cama - ¿La pasaste bien?
Aún sin entender de qué hablaba, Hiro sabía que la confrontación era inevitable. Trató de esquivarla de igual manera.
-No sé a qué te refieres, T-Tadashi – maldijo por lo bajo el leve tartamudeo al decir su nombre.
Aunque eso no pudo importar menos cuando su gesto indiferente se resquebrajó ante las palabras del mayor.
-Me refiero, Hiro, a que esa marca que tienes en el cuello no te la hizo Baymax.
Hiro sintió un escalofrío helado recorrer su espalda, y llevó su mano rápidamente al lugar donde, unas horas antes, Tadashi había mordido. Disimuladamente, utilizó la pantalla apagada de su celular para verse, y allí estaba, resaltando como una marca rojiza en su piel canela.
Tragó saliva, y la risa del mayor lo sacó de su estupor.
-¿Y bien?, ¿Estuvo bueno? – preguntó, llevando sus brazos tras su cabeza, y observándolo con una satisfacción malsana, y Hiro jadeó por la sorpresa al reconocer algo diferente a la simple burla en su tono.
Acaso… ¿Acaso disfrutaba de eso?, ¿Acaso disfrutaba de la idea de que, finalmente, hubiera traicionado sus sentimientos para estar con otro hombre?
Su garganta se anudó, porque la ceja alzada y la sonrisa ladina no negaban en lo más mínimo su suposición.
Se puso de pie en un brusco movimiento, indignado, y comenzó a meter las cosas que aún no había guardado en su mochila. Desde luego, no se molestó en contestar, y Tadashi abandonó de inmediato su postura divertida, sintiendo un dejo de preocupación comenzar a surgir en su pecho.
-¿Hiro?
-Horrible, espantoso, repugnante…- gruñó, sin detenerse. Tadashi se puso de pie, pero volvió a sentarse entre gruñidos cuando un mareo se apoderó de él.
-¿Te hizo algo? -preguntó, abiertamente preocupado, y la sinceridad de su voz sólo aumentó sus niveles de indignación.
-¿Dake? No, el es un chico excelente -gruñó, cargando su mochila al hombro, y fijó su mirada fulminante en el mayor, que permanecía con los ojos abiertos de par en par, claramente confundido-. Pero tú, que fuiste quien me hizo esta marca, eres un bastardo insensible de lo peor.
Y se marchó del lugar, sin preocuparse por una vez en lo que Tadashi podría sentir ante sus palabras o sus propias acciones.
Trató de no parecer malhumorado durante el viaje en lancha, y en cambio lo aprovechó para distraerse por unos minutos con el hombre que conducía. Sin embargo, aunque la charla era agradable, no podía evitar que Tadashi volviera de vez en cuando a su mente, y recibió con alivio la noticia de que la lancha volvería por él más tarde.
Cuando por fin llegó a la casa el sol ya comenzaba a bajar. Encontró a los chicos comiendo relajadamente en una de las salas que daba vista a la playa, y aunque no tenía especial apetito, se sentó con ellos por unos minutos, dando una pobre excusa por la ausencia de Tadashi, y rogando que su silencio lo atribuyeran a alguna cosa como el cansancio después de su primera fiesta o una bien merecida resaca.
Tristemente, Gogo fue quien dio en la clave.
-Creía que las ojeras eran por la fiesta – comentó divertida, antes de jalar del cuello de su camiseta, y Hiro sintió su rostro arder al notar todas las miradas sobre la olvidada marca en su cuello -. Pero esto habla de otro tipo de fiesta.
Su rubia amiga, junto a él, no tuvo reparos en invadir su espacio personal para ver de cerca la marca, con una mirada emocionada.
-Uhhh, Hiro, así que sí estabas con…
-¡Ah ah, Honey! – la cortó, rojo como un tomate, justo antes de que soltara algo vergonzoso o mencionara el detalle de Dake y él saliendo juntos en la fiesta -. N-No es nada de eso, en serio, yo… ¿Me caí? -ofreció, y el que incluso Wasabi tuviera que reprimir una carcajada le aseguró cuán poco creíble era su argumento.
-Claro, claro -se burló la coreana, comiendo distraídamente una porción de pizza -¿Tadashi se quedó a moler a golpes al tipo que tocó a su hermanito?
No pudo evitar tensarse ante la mención de su hermano, y un par de ojos azules se fijaron en él en el acto, atentos.
Esquivó la conversación lo mejor que pudo, dejando pasar las bromas de Gogo con sonrojos y risas nerviosas. Prefería mil veces aquella situación, a tener que explicar el verdadero origen de la dichosa marca.
Al cabo de una hora, y tras un gran bostezo que tuvo más de real que de actuado, Hiro se excusó con el resto y se retiró a dormir por aquella noche. Su repentino cansancio le ganó alguna burla más, y trató de verse natural mientras subía las escaleras.
Pero cuando llegó al segundo piso, el sonido de un par de pasos extras lo alcanzó.
-Hiro – la voz de Fred lo detuvo, preocupada y baja -. Hiro, ¿Está todo bien?
No se volteó cuando le llamó, y en cambio el rubio debió darle la vuelta para ver su rostro. No sabía que expresara, pero la mirada de Fred sobre él no era un buen augurio. Esperó que cayera en el mismo error que las chicas, pero, como ya sabía, Fred no era ni la mitad de tonto de lo que cualquiera creería, y era el doble de intuitivo.
-¿Por qué se quedó Tadashi? – preguntó, certero, preocupado, y Hiro sintió arder sus ojos. Se moría de ganas por contarle todo a Fred, de volver a confiar en él como lo había hecho la semana en la mansión… pero él no se merecía que arruinaran así sus vacaciones, y no sería él quien lo hiciera.
-No te preocupes – trató de sonar relajado, e hizo un esfuerzo por serenar su expresión, al menos lo suficiente para que una sonrisa saliera de sus labios -. Bebió demasiado y no quería viajar en lancha con resaca, no pasó nada malo.
Fred arqueó una ceja, reticente, y le dedicó una mirada inquisidora.
-¿Y la marca? – preguntó sin tapujos, a lo que Hiro no pudo evitar volver a ruborizarse.
-¿Me creerías si te digo que sí fue Dake? -preguntó, y Fred se debatió por un segundo entre la sorpresa y el escepticismo, lo segundo predominando -. No te preocupes, no pasó nada malo… con ninguno.
Fred dudó un segundo más, y Hiro rogó internamente que lo dejara pasar. Sabía que si comenzaba a hablar de aquello con él acabaría llorando toda la noche, y eso era lo que menos necesitaba con todos abajo.
El rubio pareció darse cuenta de que no le sacaría nada más, y aunque dudoso, acabo por asentir.
-Bien, te creo -mintió, ambos lo sabían, y Hiro se lo agradeció en su fuero interno. Llevó una mano a su hombro, presionándolo en un gesto que estaba destinado a ser un consuelo, y bajó la mirada hasta trabarla con la suya -. Pero si necesitas hablar, hay muchas habitaciones donde nadie nos encontraría, ¿Bien? – Hiro rio, antes de asentir, y Fred le dio una pequeña y preocupada sonrisa -. Descansa, ¿Sí?
-Lo haré- aseguró.
Mantuvo su sonrisa hasta que Fred se fue de nuevo, incluso hasta estar seguro de que no volvería a subir. Pero una vez puso un pie en el tercer piso, no pudo resistirlo más. Se quebró en cuanto llegó a su habitación, y una vez dentro no pudo reprimir los sollozos.
Se dejó caer contra la puerta, ahogando cualquier sonido que pudiera alertar a alguno de sus amigos que por algún motivo subiera a buscarlo. Lloró por varios minutos, maldiciendo internamente el giro de acontecimientos que acababa de sufrir otra vez su vida. ¿Siempre sería así?, ¿Estaba condenado a que, cada vez que creía que las cosas estaban mejorando de alguna manera, alguna situación extrema como aquella lo empujara a sentirse tan desdichado? Más importante, ¿Valía la pena todo esfuerzo si aquel sería siempre el resultado?
¿Tenía sentido buscar mejorar las cosas con Tadashi para acabar así?, ¿Valía la pena abrirse una y otra vez para que simplemente se regodeara cuando creía que había estado con alguien más, como si fuera una muestra de que en realidad todo era un capricho de él, como si así dejara claro para ambos que no lo amaba como aseguraba?
Lo peor, lo más desesperante de todo, era que Hiro sabía que no, que nadie haría que todo aquello valiera la pena a costa de tanto dolor… Nadie, a excepción de Tadashi.
Tadashi valía la pena para él. Pero no sabía por cuánto tiempo.
Hiro permanecía en un sueño intermitente desde hace algunas horas.
Después de haberse calmado, decidió que lo mejor para tranquilizarse era darse un nuevo baño. Dejó que el agua caliente relajara su cuerpo por suficiente tiempo para que, cuando por fin salió, el vapor y el aroma a jabón llenara la habitación, dejándole también un poco atontado.
Se secó y vistió a tientas, lentamente, y ni siquiera se molestó en deshacer la cama antes de dejarse caer. Lo más probable es que durmiera de corrido una hora, sólo para que algún sonido lo despertara, alterado, creyendo que se trataba de Tadashi.
Eso se había repetido cada cierto tiempo: algún ruidito lo despertaba y su corazón echaba a latir frenéticamente hasta que se percataba de que seguía solo en la habitación y, con un suspiro, volvía a calmarse y pseudo dormir. Sin embargo, a cada hora que pasaba, era consciente de que era cada vez más tarde y Tadashi aún no llegaba. Paulatinamente, la preocupación por su tardanza se sumó a la ansiedad que despertaba en él la posibilidad de que atravesara la puerta en cualquier momento.
Cuando ésta por fin se abrió, Hiro permanecía con la cabeza recostada de lado sobre su almohada, y la mirada adormilada fija en la playa y las estrellas.
Tomado por sorpresa, cerró los ojos de golpe e hizo su mejor esfuerzo por permanecer inmóvil, aparentando estar dormido. No sabía el estado del mayor, pero ciertamente la idea de confrontarlo de nuevo le atemorizaba. Secretamente, esperaba que simplemente mordiera el anzuelo y se fuera a su cama sin tratar de intercambiar palabras con él.
Pero cuando la puerta se cerró y el sonido de los pasos fue cada vez más cercano, el corazón de Hiro comenzó a latir con tanta fuerza que temió que su sonido se escuchara en toda la habitación, incluso por encima de las pisadas que tan bien conocía.
Tadashi se detuvo junto a él, un momento antes de que el colchón se hundiera bajo su peso. Sintió, como si lo estuviera viendo, el peso de su mirada sobre su rostro, y el saber que la luz de millones de estrellas estaba dando de lleno en él no ayudó en lo más mínimo calmarlo.
El silencio en la habitación fue pesado por los minutos eternos que Tadashi permaneció observándolo, y Hiro siguió rogando que se convenciera de que estaba dormido y lo dejara en paz por una vez.
Una cariñosa caricia sobre sus cabellos lo tomó por sorpresa, y el espasmo que recorrió su cuerpo lo delató. Tadashi rio.
-Tendrás que hacerlo mejor - murmuró, un dejo de diversión mezclado con un tono cansado.
Hiro no contestó a la pulla. En cambio, volvió a relajarse sobre la cama, mirándolo entre las pestañas. Tadashi tenía en cabello húmedo y ropa distinta a la que llevaba en la mañana, su mano estaba fresca y despedía un olor inconfundible a jabón, pero Hiro sabía que no se había bañado en aquella habitación.
Volvió a acariciar lentamente su cabello, y Hiro se dedicó a recorrer su rostro iluminado por el tono azulado de las estrellas. Parecía cansado, pero un cansancio distinto al físico: su mirada estaba cansada, y estaba seguro que no era diferente a la suya misma.
Al cabo de unos minutos siendo acariciado, se atrevió a hablar, bajito.
-Tardaste mucho – comentó lo obvio, lo que consideraba más seguro.
-Necesitaba tiempo – respondió el otro, y el menor se sorprendió al verle inhalar profundamente, al tiempo que alejaba la mirada y su mano. Hiro frunció el ceño cuando le dio la espalda, y supo reconocer su vacilación, en los minutos siguientes, entre decir algo o callarlo. Esperó pacientemente, y al cabo de un tiempo en el que creyó que ya no hablaría, la voz de Tadashi lo sorprendió una vez más -. Yo… hace un tiempo que tengo un pequeño dron siguiéndote.
Ante eso, y luego de un momento en shock, Hiro se irguió de golpe en la cama.
-¿Qué? – exclamó, sorprendido. De todas las cosas que podría haber pensado que Tadashi le dijera, sin duda aquella nunca se le hubiera pasado por la mente - ¿Me espías?, ¿Desde cuándo?
Sintió la vacilación de Tadashi una vez más, dudando en si continuar o no.
-Desde que investigaba a los Grandes Seis- mintió. No había forma de que le dijera a Hiro que lo espiaba desde la semana pasada y por causa de sus celos enfermizos-. Sólo lo usé un par de veces en aquella época, y cuando finalmente entré al equipo, simplemente me olvidé por completo de ellos… pero anoche -su voz tembló, y Hiro de repente se encontró ansioso por algo muy diferente a las implicaciones morales que tenía el espionaje de su hermano-. No recordaba nada, y no podía creer que yo hubiera hecho esa marca. Me sentía enfermo, quería respuestas y no tenía a la cara para venir a hablar contigo, no aún… y entonces recordé que el dron nunca había salido de funcionamiento…
Hiro tragó saliva cuando la mirada del mayor se posó en la suya, apenada y arrepentida. Pero a medida que se analizaba más lo dicho por él, las implicaciones de aquello le avergonzaban cada vez más, al punto en que, estaba seguro, un rubor bastante notorio inundaba sus mejillas.
Si Tadashi había visto una grabación de la noche anterior, eso significaba no sólo que sabía todo lo que él mismo había dicho y hecho, sino, para su profundo horror, también lo que Hiro había hecho: cada respuesta, cada beso, cada caricia, incluso cada uno de sus gemidos y la forma en que se había entregado a él al final, sin importar cuánto les doliera a ambos luego.
Cuando ya no pudo soportarlo más, bajó la mirada, apenado. Tadashi lo malinterpretó.
-Hiro, lamento tanto todo lo que hice… - comenzó, con un tono desesperado que no dejaba lugar a dudas sobre su sinceridad, al tiempo que se inclinaba para estar más cerca de él -. Yo…
-Olvídalo, Tadashi -lo cortó, su voz en un hilo y su corazón latiendo a toda velocidad-. Estabas borracho, no sabías lo que hacías, simplemente… Sólo olvídalo, por favor...
-Pero no quiero olvidarlo -fue la baja respuesta del mayor, que resonó en la silenciosa habitación como el retumbar de un trueno, y fue lo suficientemente contundente para impactar en Hiro como si se tratara de un golpe físico.
Alzó la mirada, confundido, y su desconcierto sólo aumentó al ver ya no solamente la pena en sus ojos, sino una férrea convicción, esa seguridad con la que Tadashi siempre se mostraba cuando nada ni nadie lo haría cambiar de opinión sobre una decisión.
Hiro sintió su cuerpo temblar incluso antes de entender a qué se refería.
-No quiero olvidarlo, Hiro. No quiero seguir escapando -soltó, y una mano deshizo el recorrido por las sábanas hasta llegar, una vez más, a su cabello. Desde allí descendió hasta su mejilla, y Hiro se estremeció ante el tierno contacto -. Quiero hacerlo bien… contigo.
Su corazón se saltó un latido, y su cerebro, por primera vez en años, no pensó en una respuesta de inmediato.
-¿Q-Qué…? – trató de articular la maraña de interrogantes que aquella afirmación había despertado en él, pero nada tomaba forma más allá de un firme nudo en su garganta.
Tadashi, por suerte, pudo entender su pregunta sin más palabras.
-Quiero hacerte el amor, Hiro.
