֍ CAPITULO 8 – ROY֍
Estaba sentado en un taburete de la encimera, tomándome mi tercera buena taza de café. Cuando ella bajó la escalera ese domingo por la mañana, preparó una taza de café para hacerme compañía. Yo todavía no había intentado usar la cafetera desde que apareció un día de la semana pasada, de modo que se las tuvo que arreglar sola. Me percataba de sus miraditas de reojo mientras esperaba a que la Keuring obrara su magia.
- ¿Qué pasa? – Suspiré.
- Me quedé dormida.
- Estabas agotada.
- Me he despertado en mi cama…. Ammm… Sin mi vestido.
La miré de soslayo.
- Tengo entendido que es costumbre que el novio llevé a la novia en brazos al cruzar el umbral de su casa la primera vez que entran juntos como marido y mujer, además de ser él quien le quite el vestido de novia en su primera noche.
Un intenso rubor le cubrió las mejillas, resaltando sus delicados pómulos.
Sonreí y meneé la cabeza.
- Tranquilízate. – Acaricie su rostro justo donde el tono carmesí se acentuaba. - Me ayudaste, Elizabeth. Luego te volviste a quedar dormida, te arropé y salí de tu dormitorio. Creí que estarías incómoda de otra forma.
- ¡Oh! Ya veo.
Se sentó a mi lado y bebió un sorbo del líquido vital antes de fijarse en el paquete envuelto que se encontraba sobre la encimera.
- ¿Qué es?
Deslicé el paquete hacia ella.
- Un regalo.
- ¿Para mí?
- Así es.
Descubrí que era una ansiosa. No tuvo nada de delicadeza al momento de despegar el adhesivo en el envoltorio, lo agarró por una esquina y le dio un tirón con la alegría de un niño en la mañana de navidad. Me arrancó una sonrisa.
Miró la caja.
- ¿Qué? – Sonreí con sorna al ver la confusión que reflejaba.
- Es un sartén para waffles.
- Dijiste que querías una y te la he comprado. Como regalo de bodas. – Solté una risilla. – No conseguí meter una mesa en una bolsa de regalo, así que supongo que vas a tener que escogerla tu misma.
Me miró a los ojos.
- El regalo que quería solo cuesta una mínima parte de tu tiempo.
En eso se equivocaba, sabía lo que quería, lo que yo había prometido para conseguir que se casara conmigo.
- No vas a dejar pasar el tema, ¿Verdad?
- No, tú conoces mi historia, yo quiero conocer la tuya. – Levantó el mentón con gesto terco, resaltando el hoyuelo de la barbilla. – Me lo prometiste.
Dejé la taza en el lugar del que la había tomado, golpeando la encimera con mayor fuerza de la necesaria.
- De acuerdo, has ganado.
Me levanté del taburete, tenso y agitado. Me acerqué a la ventana para poder observar la ciudad, miraba las siluetas, pequeñas y distantes… Tal como quería que fueran aquellos recuerdos. Sin embargo, Elizabeth quería sacarlo todo a relucir.
- Mi padre era un mujeriego, rico, malcriado… En resumen, un verdadero cabrón. – Solté una carcajada y me volvía hacia mi esposa para fulminarla con la mirada. – De tal palo, tal astilla.
Elizabeth se acomodó en el sofá sin decir una sola palabra, sin siquiera hacer el menor sonido. Me volví nuevamente hacia la ventana, ya que no quería tener contacto visual mientras rememoraba mi vida.
- Apostaba en grandes cantidades, viajaba mucho y básicamente hacía lo que le daba la gana, hasta un buen día que mi abuelo le echó en cara su pésimo comportamiento y como manchaba el apellido de la familia. Le dijo que madurase y amenazó con cortarle el grifo del dinero.
- Ay, Dios. – La escuche murmurar.
- Mi madre y él se casaron poco después de aquella conversación.
- En fin, tu abuelo debió de alegrarse mucho porque sentó cabeza.
- No, no demasiado. Pocas cosas cambiaron en realidad, pasaron a ir de fiesta juntos, seguían viajando y seguían gastando el dinero a manos abiertas. – Me alejé de la ventana y me senté en el diván delante de ella. – Estaba furioso y les dio un ultimátum, pésima idea si me preguntas; Si al cabo de un año no tenía un nieto al que acunar en el regazo, no les daría ni un solo centavo más. También los amenazó con cambiar su testamento, desheredando así a mi padre por completo.
- Tu abuelo parece un poco tirano.
- A mí me viene de maravilla.
Puso los ojos en blanco y me hizo un gesto para que continuase.
- Así que de ese "gran amor" nací yo.
- Evidentemente.
La miré a los ojos.
- No fui fruto del amor, Elizabeth. Fui fruto de la avaricia desmedida. No me querían, nunca me quisieron.
- ¿Tus padres no te querían?
- No
- Roy…
Levanté una mano.
Me pasé toda la infancia, toda mi vida, oyendo que era un estorbo… Para los dos. Que solo me habían tenido para asegurarse el flujo continuo de dinero, me criaron niñeras y tutores, en cuanto tuve la edad suficiente, me mandaron a un internado.
Empezó a morderse el labio inferior, pero no dijo nada.
- Me enseñaron que en la vida solo puedes contar contigo mismo. Ni siquiera cuando estaba en casa durante las vacaciones era bien recibido. – Me incliné hacia adelante y me aferré a las rodillas. – Lo intenté, intenté con todas mis fuerzas que me quisieran, realmente quería ser aceptado por ellos, era obediente, tenía el mejor promedio en el instituto, hice todo lo que pude para que se fijaran en mí. No conseguí nada, los regalos que hacía para el día de la madre o del padre acabaron todos en la basura, al igual que mis dibujos. No recuerdo besos de buenas noches ni abrazos, ni imaginar que ellos me leyeran un cuento antes de dormir. No hubo compasión cuando me lastimaba las rodillas o tenía un mal día. Mi cumpleaños se celebraba con un cheque de varios ceros, la navidad, tres cuartos de lo mismo. – Una lágrima resbaló por la pálida mejilla de Elizabeth, notar aquella lágrima me sorprendió. – Aprendí pronto que el amor no era un sentimiento que me interesara. Me debilitaba, así que después de haberlo intentado tanto simplemente dejé de hacerlo.
- ¿Nunca hubo nadie? – Susurró.
- Una sola persona, una cuidadora cuando tenía unos seis años. Se llamaba Nancy yo prefería llamarla Nana. Era mayor, amable y distinta conmigo. Me leía, hablaba y jugaba conmigo, prestaba atención a mis tonterías infantiles. Me dijo que me quería. Se enfrentó a mis padres e intentó que me prestasen más atención. Duró más que la mayoría, razón por la cual su recuerdo es más nítido en mi memoria. Pero se marchó, todos lo hacían. – Solté el aire, que ni siquiera había notado estuve sosteniendo todo ese tiempo. – Creo que mis padres creyeron que me estaba malcriando, así que la despidieron, la oí discutir con mi madre acerca de lo aislado que me tenían y de que merecía algo mejor. Desperté un par de días después con la cara de una niñera nueva.
- ¿Es la persona que me has dicho te trataba parecido a Grumman?
- Si.
- ¿Y desde entonces?
- Nadie.
- ¿Tampoco tenías una estrecha relación con tu abuelo? Parecía que él te quería más que nadie.
Negué con un movimiento de cabeza.
- Quería que continuase el linaje de la familia Mustang. Lo veía unas cuantas veces al año, contadas con una mano te sobrarían dedos.
Elizabeth frunció el ceño, pero guardó silencio.
Me levanté y empecé a pasear de un lado para el otro de la habitación, con un nudo enorme en el estómago, mientras me permitía recordar.
- Llegó un momento en el que mis padres ni siquiera se soportaban, y no hablemos ya de soportarme a mí. En cuanto mí abuelo murió se separaron. Estuve yendo del uno al otro durante años. – Me agarré la nuca cuando el dolor que sentía en el pecho amenazó con tragarme entero. – Ninguno me quería, iba de una casa a la otra solo para que pasaran de mí. Mi madre deambulaba de un sitio a otro, viajando, dedicada a sus relaciones sociales. En muchas ocasiones me desperté y me encontré con una desconocida que había ido para hacerse cargo de mi mientras ella continuaba con sus fiestas. Mi padre cambiaba de mujer como quien cambia de camisa, nunca sabía con quién me iba a encontrar en el pasillo o en la cocina. – Hice una mueca. – Fue un alivio que me mandaran al internado. Al menos, allí podía olvidar, podía tener tranquilidad.
- ¿Y podías hacerlo?
Asentí rápidamente.
- No tardé en aprender a separar los hechos de mi vida en compartimentos aislados. No significaba nada para ellos, me lo habían dicho en numerosas ocasiones, me lo demostraban con su abandono. – Suspiré, casi como un jadeo. – Después de un tiempo yo tampoco sentía nada por ellos. Eran las personas que pagaban las cosas que yo necesitaba y quería. Nuestro contacto casi siempre se limitaba a cuestiones económicas.
- Que espanto.
- Así era, así fue durante toda mi vida.
- ¿Ninguno volvió a casarse? - Cuestionó tras unos breves segundos de silencio.
Me eché a reír, unas carcajadas secas y amargas.
- Mi abuelo dejó estipulado en su testamento que, si se divorciaban, mi padre se quedaría con una mínima asignación. Mi madre no podría tocar el dinero, de modo que permanecieron casados legalmente. A mi padre le daba igual, tenía un montón de mujeres mientras estaba casado y siguió haciéndolo una vez separados. Acordaron una mensualidad y ella hizo con su vida lo que quiso, al igual que él. Todos ganaban.
- Y tú te perdiste mientras ellos barajaban las cartas.
- Elizabeth, nunca estuve en la baraja. Era el comodín que descartaban. Sin embargo, al final tampoco importó mucho.
- ¿Y eso por qué?
- Cuando tenía casi dieciocho años, mis padres asistieron a un evento juntos. Ya ni recuerdo qué era, una reunión social supondré, les encantaban. Por algún motivo, se fueron juntos al final de la noche. Supongo que mi padre la iba a llevar a su casa. Un conductor borracho los embistió. Ambos murieron en el acto.
- ¿Te entristeció?
- No.
- Seguro que sentiste algo…
- Solo sentí alivio. Ya no tenía que ir a sitios donde no me querían, pero a los que tenía que ir para guardar las apariencias. Y lo más importante de todo era que ya no tendría que fingir que me importaban dos personas a quienes yo les importaba una mierda.
La rubia emitió un sonido ronco y agachó la cabeza un momento. Su reacción me descolocó. Parecía realmente alterada.
- Como todavía estaban casados legalmente y no habían cambiado su testamento, yo heredé todo. – Seguí. – Hasta el último centavo, mira cómo es la ironía, ya que lo único bueno que hicieron por mí fue morir.
- ¿Así es como te puedes permitir este estilo de vida?
- La verdad es que no, rara vez toco mi capital. Lo he usado para cosas importantes, como comprar este sitio o pagarme la educación. Nunca quise la vida que llevaron ellos; frívola e inútil. Disfruto trabajando, sabiendo que puedo sobrevivir por mis propios medios. No le debo nada a nadie.
- ¿Ese dinero es el qué estas utilizando para pagarme?
Me froté la nuca y sentí una ligera capa de sudor provocada por el estrés que me generaba esa situación.
- Te considero importante, sí.
Una vez más, agachó la cabeza y el cabello le cubrió el rostro. Me senté a su lado y la miré fijamente.
- Mírame.
Ella levantó la mirada. Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas, los ojos abiertos de par en par y se aferraba el cojín del sofá con tanta fuerza que se le habían puesto los nudillos blancos.
- ¿por qué estás tan alterada?
- ¿Esperas que me quede tan tranquila después de oír cómo te han desatendido toda tu vida?
Me encogí de hombros.
- Es agua pasada, Elizabeth. Ya te dije que no era una historia agradable. Pero no influye en el aquí y en el ahora.
- No estoy de acuerdo. Creo que sí influye, Roy.
Negué con la cabeza.
- No va a cambiar nada porque te haya contado mi historia.
- No lo entiendo del todo, pero lo comprendo.
- No, no me sorprende, ¿Qué es lo que comprendes?
- Por fin comprendo muchas cosas. El motivo de que te comportes de cierta manera al relacionarte con los demás. El motivo de que nunca hayas entablado una relación cercana con nadie. El motivo de que no dejes que la gente se te acerque.
La fulminé con la mirada.
- No te atrevas a analizarme.
- No lo hago, solo digo lo que me parece, nada más.
- No quiero tus lágrimas ni tu compasión.
- Pues lo siento Roy…, porque te has ganado ambas cosas. Tus padres eran unas personas horribles, tú ni ningún otro niño se merece que lo maltraten o abandonen. – Esbozó una sonrisa triste. – Pero tú eliges cómo vivir el ahora. Crees que te has deshecho del pasado, pero no es verdad. Ves el mundo y tratas a las personas tal cual te trataron a ti. – Se puso de pie y se secó los rastros que dejaron las lágrimas que derramó por mí. – Si te lo permitieras, creo que descubrirías que las personas no son siempre espantosas como crees que son. Algunas hasta merecemos la pena.
Sus palabras me dejaron helado.
- No creo que seas espantosa, Elizabeth… - Titubeé para continuar. - … Todo lo contrario, de hecho, soy yo quien es detestable.
- No Roy, no eres detestable. Creo que estás perdido, no te has permitido sentir. Una vez que lo hagas, en cuanto te permitas conectar con alguien, creo que descubrirás que el mundo es un lugar mucho mejor para vivir. El amor no te debilita. El verdadero amor, el sincero, te fortalece.
Tras pronunciar aquellas palabras, se inclinó y me besó en la mejilla. Sentí la prueba de su tristeza en mi piel, la humedad de sus lágrimas.
- Gracias por contármelo. Y, para que conste, no creo que te parezcas en nada a tu padre. Solo crees que eres igual que él porque no sabes cómo comportarte de otra manera. Creo que, si lo intentaras, serías un hombre maravilloso.
Se dio media vuelta y abandonó la estancia, dejándome con muchas cosas en las que pensar.
Después de la conversación con Elizabeth, no sabía muy bien qué hacer. Sus palabras se repetían sin cesar en mi mente y hacía que me cuestionara las verdades a las que me había aferrado durante todos esos años. Me sentía exhausto y debía ponerle fin al torbellino de mis pensamientos, de modo que me cambié y me fui al gimnasio. Tras una rutina por demás agotadora y exigente, me duché y subí directo al despacho.
Pensaba que Elizabeth me buscaría con la intención de continuar la conversación, algo que quería evitar, pero estaba ocupada en la cocina y ni siquiera me miró cuando pasé por delante.
En mi mesa me esperaban un plato con sándwiches y un termo con café. Miré ambas cosas un instante y después tras encogerme de hombros, me zambullí en los documentos que había llevado a casa. No volví a verla hasta primera hora de la noche.
- La cena está lista si tienes hambre.
Alcé la vista y entrecerré los ojos.
- Roy, necesitas luz. – Atravesó la estancia y encendió la lámpara de mi mesa mientras meneaba la cabeza. – Y quizás unas gafas. Me he dado cuenta de que te acercas mucho a las cosas para poder leer.
Bajé la vista, consciente de que lo que decía era cierto.
- Te pediré una cita. – se ofreció al tiempo que me sonreía. – Dudo mucho que ese deber recaiga en los hombros de tu asistente personal.
Me vi obligado a reír entre dientes mientras ponía los ojos en blanco. El viernes, cuando le presenté la lista a Gracia de sus obligaciones, ella me sorprendió con otra lista de su propia cosecha. Las asistentes personales de Elric Inc. eran una especie totalmente distinta a las que habían tenido el disgusto de trabajar conmigo hasta ahora. Su deber era el ofrecerme apoyo, organización y en alguna ocasión, llevarme el almuerzo, pero no estaba allí para hacerme café, para tostarme un bagel ni para recoger mi ropa de la tintorería. Decir que me puso en mi sitio seria quedarse corto. Tuvo la amabilidad de indicarme dónde se encontraba la enorme sala de descanso, de enseñarme a usar la máquina del café y el lugar donde estaban los bagel junto al resto de comida que Van Hohenheim se encargaba de que siempre estuviera disponible para sus empleados.
Elizabeth se fue muerta de risa cuando le conté la historia.
- ¡No tiene gracia! – Le grité en aquel momento.
- Desde luego que la tiene. – Replicó con sequedad desde el otro extremo del pasillo.
Debía admitir que estaba en lo cierto. No iba a morirme si tenía que levantarme para ir en busca de un café. Era una buena manera de estirar las piernas. De todas formas, tenía la impresión de que Gracia me prepararía un café con poca espuma y el queso de untar brillaría por su ausencia en el bagel. Elizabeth siempre me preparaba ambas cosas bien cargadas, como a mí me gustaba.
- Por Dios, me estoy haciendo viejo. – Refunfuñé. – Gafas para leer.
Ella se rio con mucha franqueza.
- Sí, estás muy mayor a tus treinta y dos años. No te pasará nada. Estoy segura de que conseguirás que te sienten bien.
Enarqué las cejas mientras la miraba.
- ¿Ah, sí? ¿Me estás diciendo que estaré todavía más guapo con gafas?
- Yo no he dicho nada de eso, es mejor no alimentar tu ego. La cena está en la cocina, si te apetece.
Resoplé mientras apagaba la luz y la seguí hasta la cocina, un poco receloso. Algunos de los recuerdos más nítidos de mi infancia eran las constantes desavenencias entre mis padres. Mi madre era como un perro con un hueso, incapaz de ceder un ápice. Insistía en repetirle siempre lo mismo a mi padre, hasta que al final acababa estallando. Me preocupaba que Elizabeth intentara retomar la conversación anterior, pero no lo hizo. En cambio, me enseñó una muestra de color mientras comíamos.
- ¿Qué te parece?
Examiné el color verdoso.
- Un poco femenino para mi gusto.
- Es para mi dormitorio.
- Si te gusta, adelante.
Me acercó otra muestra y la tomé. Era un intenso tono vino tinto, ese sí me gustaba.
- ¿Para?
- He pensado que quedaría bien en la pared de la chimenea, para resaltarla.
¿Para resaltarla? ¿Qué sentido tenía eso?
- ¿Solo una pared?
- En las otras me gustaría un beis oscuro.
Podría soportarlo.
- De acuerdo.
A continuación, me enseñó una muestra de tela. Era un trozo de tweed con el mismo color vino tinto que la muestra de pintura y también con el tono marrón de los sofás.
- ¿Para qué es esto?
- Para un par de sillones que añadiremos al salón.
- Me gustan mis muebles.
- A mí también. Son muy cómodos, pero he pensado que podíamos añadir algo más, cambiarlo un poco. Quedarán estupendos al lado de la chimenea.
- ¿Qué más?
- Unos cuantos cojines y un par de toques más, nada importante ni tan grande.
- Nada de volantes ni de cosas demasiado femeninas. En tu dormitorio, haz lo que quieras.
Ella sonrió.
- Nada de exagerada femineidad, lo prometo.
- ¿Quién va a pintar?
- ¿Cómo dices?
- ¿Que a quién has contratado?
- Voy a hacerlo yo.
- No lo harás.
- ¿Por qué no?
Me volví sin levantarme del taburete y señalé el amplio espacio.
- Estas paredes tienen tres metros y medio de alto, Elizabeth. No quiero verte subida en una escalera.
- Mi dormitorio no es tan alto. Me gusta pintar. Grumman y lo hacíamos juntos y se me da muy bien.
Golpeé la encimera con una de las muestras de pintura, ¿Cómo podía conseguir que entendiera que ya no era necesario que hiciera esas cosas? Mi voz conservó el tono paciente mientras volvía a intentarlo.
- No tienes porque pintar, yo correré con todos los gastos.
- Pero me gusta hacerlo, tendré cuidado lo prometo.
- Vamos a hacer un trato, pinta tu dormitorio y ya hablaremos del salón a su tiempo.
- De acuerdo.
Otra muestra de tela me llamó la atención. Me incliné para tomarlo y acaricié la gruesa tela. Era de cuadros en tonos azul marino y verde oscuro. La sostuve en alto para examinarla. No parecía apropiada para ninguna de las dos estancias.
- ¿Te gusta?
- Si, es llamativa, ¿Para dónde la quieres?
Clavó la mirada en la mesa y se puso sonrosada.
- ¿Qué sucede?
- He pensado que a lo mejor te gustaría redecorar tu dormitorio cuando haya acabado con lo demás, vi esta tela y me recordó a ti.
- ¿Parezco un cuadro?
- No. – Contestó con una carcajada. – Los colores, el verde y el azul … Te quedan increíbles.
No supe qué decirle, pero por algún motivo sentí que era yo el que debía ruborizarse. Dejé la muestra de tela junto a ella y me puse de pie.
- Ya veremos qué pasa con el resto, ¿Algo más?
- Bueno… Eh… Necesito cambiar de sitio la ropa de mi armario. No quiero mancharla con la pintura.
- Mi armario es enorme. No uso ni la mitad, guárdalo todo allí. Algunas barras están muy altas, podrás colgar los vestidos.
- ¿No te importa?
- No, para nada.
- Gracias.
Incliné la cabeza y regresé al despacho. Repasé la conversación y chasqueé la lengua al caer en la cuenta de lo hogareña que parecía la escena. Una discusión sobre pintura y telas durante la cena con mi mujer. Debería haberla detestado. Sin embargo, no era así.
Se oyó un trueno, unos nubarrones grises cubrían el cielo encapotado por la ventana. Me froté la nuca con una mano al tiempo que hacía una mueca al reconocer el inicio de una migraña. No las sufría muy a menudo, pero sabía bien cómo empezaban, el germen siempre eran las tormentas.
La oficina estaba tranquila esa tarde, sin el murmullo habitual que acompañaba a la actividad. Edward se había marchado debido a un viaje de negocios que se había decidido a última hora. Alphonse estaba con unos clientes y Winry tampoco se encontraba en la oficina. Van Hohenheim se había marchado con Trisha para pasar fuera el fin de semana, en un nuevo viaje romántico sorpresa para ella, en cuanto al resto del personal todos se encontraban en sus propios despachos sumergidos en sus propias labores.
Durante el tiempo que llevaba en Elric Inc. había descubierto una atmósfera totalmente distinta en el mundo laboral. La energía era muy alta y el ajetreo de voces, reuniones y estrategias era constante. Pero de algún modo se trataba de una energía distinta de la que reinaba en The Seven Deadly Sins. En este caso era positiva, casi alentadora. Tal como Van Hohenheim me había dicho, trabajaban en equipo; administradores, asistentes, diseñadores… Todos se involucraban y eran tratados como iguales, gracia era un activo tan valioso como yo.
Había tardado un tiempo en acostumbrarme, pero empezaba a aclimatarme.
Suspiré al caer en la cuenta de que también me estaba aclimatando en otros sentidos. Antes de Elizabeth, trabajaba hasta tarde, asistía a muchas cenas de trabajo y salía con muchas mujeres. Cuando estaba en el apartamento, hacía ejercicio en el gimnasio, veía algún programa de televisión y entraba en la cocina solo para hacerme un café o para llenar un plato con la comida preparada que hubiera pedido. Salvo por eso, pasaba todo el tiempo en el despacho, trabajando o leyendo. Pocas veces tenía compañía, rara vez llevaba a mis conquistas a casa. Mi apartamento era mi espacio personal. En todo caso, íbamos a hoteles, si alguna relación duraba más de lo normal, unas cuantas citas, la invitaba a cenar, pero se iba después de comer y no subía a las habitaciones.
En este momento, si asistía a una cena de trabajo, lo hacía acompañado por Mi esposa y la mesa estaba ocupada con mis compañeros, sus mujeres y por supuesto toda la familia Elric.
Durante una de esas cenas, alcé la vista y me encontré con la gélida mirada de nada más y nada menos que King Bradley, quien se encontraba en el extremo opuesto de la estancia.
Sabía que mi antiguo jefe estaba al tanto de mi matrimonio y también sabía que estaba prohibido pronunciar mi nombre entre las sagradas paredes de su empresa. Su furia me resultaba hasta graciosa, le di un apretón a mi rubia acompañante en un hombro y ella me miró.
- ¿Qué? – Susurró.
- King Bradley. – Respondí, también en voz baja.
Ella miró de reojo en la dirección que yo le indiqué para posterior voltear su mirada a mí.
- Creo que necesito un beso ahora mismo. – Se veía preciosa con ese malévolo y juguetón brillo en sus ojos.
- Me has leído el pensamiento.
Esbocé una sonrisa igualmente traviesa e incliné la cabeza. Ella me enterró los dedos en el pelo mientras me acercaba para presionar sus labios contra los míos. Fue un beso apasionado, brusco y demasiado breve. Lo suficiente como para enfurecer aún más a el anciano pelinegro, pero no para avergonzar al patriarca Elric. Cuando nos separamos, Winry estaba riendo entre dientes y Bradley iba camino a la salida del lugar. Besé de nuevo a Elizabeth, ese era un beso de la victoria.
- Bien hecho.
Casi todas las noches cenaba con la rubia y me descubrí hablándole de mi día, compartiendo mis proyectos con ella, ansiaba escuchar sus ideas. Ella me conocía mejor que cualquier persona en la oficina, y a menudo me ofrecía una palabra o un concepto que a mí no se me habían ocurrido. En vez de sentarme en el despacho, bajaba el portátil al salón y trabajaba mientras ella veía la televisión o leía. Descubrí que me gustaba su silenciosa compañía.
En dos ocasiones cenamos en nuestro hogar junto con Edward y Winry, le dimos buen uso a la nueva mesa que llenaba el que antes fue un espacio vacío en el medio del salón. Elizabeth me aseguró que eso era lo que hacían las parejas normales; relacionarse con otras parejas. Descubrí que tenía una vena competitiva cuando Winry anunció que había llevado varios juegos de mesa para después de la cena. - La idea de pasar una noche jugando me hizo poner los ojos en blanco, pero al final acabé disfrutando con la camaradería que generamos. Edward y yo ganamos al Trivial Pursuit, y ellas nos dieron una paliza en Pictionary y Scrabble. Con dos copas de vino, Elizabeth se desmelenó y se le soltó la lengua, lo que me resultó muy gracioso. Me recordó a Grumman.
Ya había ido en cuatro ocasiones a ver a Grumman mientras Elizabeth asistía a las clases de yoga. El primer martes se sorprendió al verme aparecer, pero una vez le enseñe las cerezas bañadas en chocolate que su nieta me había dicho que le encantaban, me recibió con los brazos abiertos. El trío de jazz tocaba muy bien y ambos disfrutamos de la música antes de regresar a su habitación para tomar un té y hablar un poco más. Me gustaba charlar con él y escuchar los recuerdos que quería compartir conmigo. De vez en cuando, soltaba detalles sobre Elizabeth y él que yo guardaba para futuras referencias. Al siguiente martes, me pasé a verlo a la hora del almuerzo y le llevé una hamburguesa con queso a escondidas, porque me había dicho que deseaba comerse una con todo el corazón.
Las dos veladas posteriores estuvieron amenizadas por dos coros locales, y abandonamos pronto el salón para tomarnos otra taza de té, compartimos más historias de Elizabeth para terminar la velada disfrutando de la exquisitez de turno que hubiera llevado para ambos y Maria Ross.
El último martes le tocó el turno a una orquesta de música clásica, pero Grumman estaba inquieto y nervioso, sufría de episodios frecuentes de pérdida de memoria. A mitad de la velada, lo llevé de vuelta a su habitación con la esperanza de que en un entorno más familiar se sentiría reconfortado.
Se tranquilizó hasta cierto punto, pero seguía nervioso, más tarde busqué a Maria Ross para hablar con ella, me explicó que de un tiempo a esa parte le sucedía con más frecuencia y que normalmente era Elizabeth quien lograba calmarlo. La llamé y vino a la residencia tras abandonar las clases.
Cuando llegó, Grumman estaba dormido en su sillón y se despertó al oír su voz.
- ¡Oh, Riza! ¡Te estaba buscando!
- Estoy aquí mismo, abuelo, Roy me ha llamado.
- ¿Quién?
- Roy.
Le miré, asomando la cabeza por detrás de Elizabeth.
- ¿Nos conocemos?
Sentí que se me desgarraba el corazón, pero le tendí una mano.
- Soy amigo de Elizabeth.
- Ah, encantado de conocerte, si nos disculpas, me gustaría pasar un rato a solas con mi Riza.
- Por supuesto. – Accedí.
Elizabeth me sonrió con tristeza. - Hasta dentro de un rato.
Aunque sabía que esos episodios formaban parte del proceso de la enfermedad, me preocupé hasta el punto de visitarlo al día siguiente. Le llevé unos bombones especiales suizos. Sus ojos negros relucieron sobre sus mejillas y me permitió acércame sin recelo.
- Ahora entiendo el motivo por el cual mi Riza está coladita por ti, Roy.
- ¿Ah sí? Bueno, es que soy un seductor. – Lo miré con una sonrisa aliviado al ver que me recordaba de nuevo.
El anciano frunció los labios.
- Creo que hay algo más.
Decidí no ahondar en el tema y me quedé hasta que se durmió. Me marché un poco más tranquilo. Si a mí me afectaba que Grumman no me reconociera, no quería ni imaginarme lo mucho que debía sufrir Elizabeth con cada nuevo episodio.
Me resultó extraño descubrir que el asunto me preocupaba. Porque así era. Decidí que necesitaba acompañar a Elizabeth durante sus visitas y también visitarlo yo solo más a menudo.
Regresé al presente y me concentré en el documento que tenía delante. La campaña de Kenner Footwear que había ideado para Van Hohenheim había sido acogida con gran entusiasmo por parte del cliente y todavía estaba elaborando los distintos conceptos. Me froté la sien, deseando poder concretarme mejor. Poco antes había hablado por teléfono con Hohenheim y me había dicho que no trabajara hasta tarde, de manera que cerré el archivo y apagué el portátil. A lo mejor podía seguir su consejo. Podía irme a casa y ver que cambios se habían producido ese día. Ver que estaba tramando mi mujer.
Mi mujer…. Mi esposa… Mi Elizabeth.
De alguna manera, el intercambio de votos había llevado consigo una tregua implícita. Las cosas que normalmente me resultaban molestas ya no me irritaban. Quizás era porque comprendía su origen o talvez yo era más paciente porque ella me comprendía.
Entre nuestras conversaciones, Grumman, las clases de yoga, las muestras de pintura, las cenas y los juegos, nos habíamos convertido en… Aliados. Tal vez incluso en amigos. Compartíamos el mismo objetivo y en vez de discutir y tirar cada uno en una dirección, nos habíamos acomodado a una vida en común. Era consciente de que mi forma de hablar ya no resultaba tan agresiva. Lo que antes era un insulto en ese momento era una broma casual.
Me gustaba oírla reír, estaba deseando compartí mi día con ella. Quería alegrarla cuando su corazón decayera al ver que Grumman tenía otro ataque o un mal día. Habíamos salido a cenar varias veces, solo con tal de verla arreglada y de que disfrutara.
Descubrí que deseaba ser cariñoso con ella, me resultaba natural tomarla de la mano, besarla en la frente o darle un beso fugaz en los labios, y no siempre cuando estábamos en público. Ella solía darme un beso en la cabeza antes de irse a la cama y a veces yo la abrazaba o la besaba en la mejilla para darle las gracias por la cena o las buenas noches. Eran actos instintivos, que formaban parte de mi vida junto a ella.
Podría sorprenderla esa noche, invitarla a salir si le apetecía quizás podríamos ir a visitar a Grumman y llevarle algunos bombones de los que tanto le gustaba, o podíamos pedir la cena para que nos la llevaran a casa. Después, me relajaría, ella vería alguna de las series que tanto le gustaban o, tal vez podríamos ver una película juntos. Tal vez una noche tranquila me ayudara a despejarme. Le preguntaría qué le apetecía hacer.
Aún me gustaba ver la sorpresa y la confusión que aparecían en su rostro cuando le daba la opción de elegir nuestras veladas.
En el preciso instante en el que abrí la puerta del apartamento voces invadieron mis sentidos, sonreí al reconocerlas, Winry estaba de visita… Otra vez.
- ¡Elizabeth cariño!
Oí unos pasos apresurados por el pasillo y enseguida apareció por la esquina. Parecía alterada, algo poco habitual en mi calmada esposa. Estaba acostumbrado a verla serena y me sorprendió ver que me echaba los brazos al cuello para estrecharme con fuerza.
- ¿Te encuentras bien?
- Winry tiene miedo a las tormentas y Edward está de viaje. Me preguntó si podía quedarse aquí hasta que pase la tormenta.
La advertencia implícita en sus palabras me golpeó de repente.
- ¿En tu dormitorio? – Le pregunté preocupado.
- Sí.
Me alejé de ella.
- ¿Está…?
- Todo preparado, sí.
- De acuerdo.
- Yo no… - Balbució.
- No pasa nada.
Eché a andar por el pasillo y ella me siguió.
- Hola Winry.
La mujer que siempre había visto llena de energía, entusiasmo y alegría se encontraba acurrucada en un rincón de mi sofá y no parecía alegre en absoluto. Estaba muy pálida y parecía asustadísima.
- Roy, lo siento. Las tormentas me dan pavor. Mis suegros no están y Ed tampoco. No sabía qué otra cosa hacer, la casa me parece enorme cuando él no está.
Me senté a su lado y le di unas torpes palmaditas en una pierna.
- No pasa nada, me alegro de que hayas venido.
- Riza me ha dicho que no he interrumpido, que no tenían planes para hoy.
- No, de hecho, tengo un poco de migraña. Estaba deseando pasar una noche tranquila en casa. La pasaremos juntos, ¿De acuerdo?
Me aferró la mano con la suya que estaba temblando.
- Gracias.
Me levanté.
- De nada, voy a darme una ducha y cambiarme de ropa.
- Te llevaré una pastilla de paracetamol. – Dijo Elizabeth. – Tienes mala cara, Roy ¿Seguro que estás bien?
- Se me pasará, voy a recostarme un rato.
- Creo que también te llevaré una compresa fría.
Pasé a su lado y me incliné para darle las gracias con un beso en la frente.
- Gracias, eso me ayudará.
Una vez arriba, eché un vistazo a su dormitorio, ya que no lo había visto desde que empezó a redecorarlo. Los muebles que había encargado se habían retrasado, de manera que el proyecto se había demorado más de lo que ella había planeado, y lo había acabado esa misma semana. En el suelo había una bolsa de viaje, que supuse era de Winry. El dormitorio estaba acabado y Winry lo tomaría por la habitación de invitados. No había ningún objeto de Elizabeth por ningún lado. Había puesto unas estanterías en las que descansaban los adornos y los libros que había llevado en las cajas. En un rincón se emplazaba un nuevo diván, junto con una mesita y una lámpara. Algunas de las acuarelas de Grumman adornaban las paredes. Abrí los cajones de la cómoda y los del armario, para comprobar que ambos estaban vacíos, salvo por un par de cajas que seguían allí. Las sábanas de la cama eran nuevas, la escena era perfecta.
Entré en mi dormitorio y me detuve por un instante. Elizabeth estaba en todos los rincones de mi habitación, su bata descansaba a los pies de la cama; la seda roja brillaba a la tenue luz, había unas cuantas fotos de Grumman con nosotros. La mesilla de noche, que antes estaba vacía, tenía libros y un vaso medio lleno. En la cómoda había varios frascos, botes y también estaba su perfume preferido. Sin mirar, supe que había guardado su ropa en los cajones inferiores de la cómoda y que en el armario seguía todavía todo lo que había planeado trasladar esa misma semana. Sus cosméticos estaban en la encimera del lavado. Debía de haberse movido a la velocidad de un tornado para hacer que esa también pareciera su habitación.
Me estaba esperando cuando salí de la ducha, con la compresa fría en una mano y las pastillas en la otra. Había cerrado la puerta en aras de la intimidad.
- ¿Cuánto tiempo has tenido? – Pregunté en voz baja.
- Unos cuarenta y cinco minutos más o menos. Todavía hay algunas cosas sin sacar en las cajas. Cuando me llamó llorando para preguntarme si podía pasar la noche con nosotros. Empecé a cambiar las cosas de sitio, todo lo más rápido que pude. Me llamó a mi celular, le dije que estaba fuera y que volvería a casa en una hora. No pude decirle que no.
- Te entiendo. – Repliqué.
- ¿Te parece bien?
Suspiré y extendí una mano para que me diera las pastillas.
- No pasa nada, menos mal que la cama es grande. Tú te quedarás en tu mitad y yo, en la mía. – Sonreí. – Esta noche vas a escuchar mis resoplidos desde la primera fila.
La vi poner los ojos como platos, un gesto que me arrancó una risilla. Había estado tan nerviosa colocándolo todo que no había pensado en lo que sucedería después. Tomé las pastillas y extendí el brazo para que me diera la botella de agua que llevaba acompañando el medicamento.
- Al menos, por supuesto, que quieras renegociar el tema de "follar por follar". Has logrado resistirte a mis encantos durante más de un mes. – Me miró con el ceño levemente fruncido y no pude evitar inclinarme para depositar un beso en sus rosáceos labios. – Piénsalo, cariño. – Murmuré sin despegar ni un centímetro mis labios de los suyos.
Ya me estaba cansando de mi mano, esos encuentros no eran para nada divertidos.
Elizabeth puso los brazos en jarras.
- Dudo mucho que estés en condiciones de demostrar tu habitual maestría en este momento, sobre todo porque has perdido la práctica… Y porque te duele la cabeza.
Sonreí y me dejé caer sobre el colchón. Solté un gemido aliviado cuando ella me colocó la compresa fría sobre la frente.
- Podría hacer el esfuerzo… Dicen que ayuda a curar el dolor de cabeza.
Me sorprendió el sentir que en está ocasión era ella quien unía nuestros labios en un cálido rocé.
- Que te follen Mustang.
Sus palabras carecían de veneno y mi oferta era una broma. Ambos lo sabíamos y nos echamos a reír. Nuestras carcajadas hicieron eco en la habitación.
- Descansa y te avisaré cuando la cena esté lista.
Le cogí la mano y se la besé.
- Te estás ablandando. – Dijo al tiempo que pasaba la otra mano por mi adolorida cabeza.
Cerré los ojos y me rendí a sus tiernas caricias.
- Tú tienes la culpa. – Murmuré.
- Lo sé. – Me replicó mientras cerraba la puerta tras ella.
Contestando Reviews:
A todos mis lectores: El lunes habrá actualización y se empieza a venir lo bueno en esta obra, espero que estén disfrutando como han ido creciendo nuestros protas y no solo entre ellos también con los demás personajes que los han ido rodeando.
Arual17: Jajaja ya vimos que el alcohol y Roy no son del todo una buena combinación, pero en su estado de sobriedad puede ser bastante lindo. ¿Tú crees que serán ex esposos o no? ¿Y cómo va con eso de recuperar su alma? Pienso que si lo logra.
Kimbluefish:¡Hola! ¡Bienvenida a esta historia! Sentí que los personajes quedaban perfectos con Riza y lo que muchos pensaban de Roy antes de saberse que no andaba de coqueto por la vida, que andaba de espía con las señoritas que trabajan con su tía. Feliz año nuevo para ti y te mando un saludo desde Guatemala a Chile.
Niolama: Me alegro que te gustara y te prometo que de aquí en adelante va para mejor la interacción entre todos los personajes… ¡Gracias por estar fiel a esta historia!
