.
Resignación
Hasta el agua sabe mal cuando se toma por prescripción médica
—¡Amo a estos niños! ¡Los amo totalmente!
Lady Catherine gritaba a todo pulmón, dando palmadas a la mesa, intentando no atragantarse con su propia saliva.
Intentando mantenerse sereno, Liosha asistía a Sebastian como anfitrión. Mientras él barajaba las cartas y repartía, se concentraba en atender los aperitivos y las bebidas, que habían empezado con una simple combinación de jugos con agua carbonatada que traían de Francia*, pero que a lo largo de la tarde habían exigido, al menos la dama mayor, un poco de Brandy.
Frances, por su parte, estaba estupefacta, casi podía decir que estaba disfrutando, y las risas escandalosas de su suegra ya no le parecían tan molestas. Miró a Sebastian con una ceja arqueada, realmente poseía habilidades más allá de toda comprensión.
—Déjenos a solas —ordenó la misma mujer, ya sin gritar, pero con su vozarrón daba a impresión de que sí.
Sebastian miró a la Marquesa, y esta asintió, por lo que ambos mayordomos dejaron la habitación, cerrando la puerta por fuera.
—De modo que ese niño bonito será el nuevo mayordomo de la casa Middleford.
—Sí, son mis intenciones.
—¿Y es porque es buen candidato? ¿O porque es joven y guapo? ¡Ah! ¡Joseph era tan guapo cuando lo contraté!
Frances sintió que se iba a atragantar con el sándwich de pepino.
—¡¿Qué?! —preguntó.
—No creerás que siempre ha sido viejo, ¿o sí?
Lady Catherine se contoneó, haciendo temblar su papada, completamente feliz con sus recuerdos.
—La primera vez que lo metí en la habitación de huéspedes, no podrías imaginarlo, tan guapo y tan dispuesto.
—¡Catherine! ¡No quería saber eso!
—¿Por qué? —preguntó extrañada —. Ya eres lo suficientemente vieja como para saber que los sirvientes pueden ser muy útiles de muchas maneras. Y no te culparía por no interesarte en Joseph, pero ese muchacho nuevo tiene potencial.
—Catherine —repuso Frances, pensando que lo que sea que Sebastian había hecho con ella, era excesivo y totalmente absurdo. ¿Cómo podía haber llegado a ese nivel? —. Liosha es un sirviente en el que tengo confianza para encomendarle tareas se suma importancia para el correcto funcionamiento de la casa. Soy una mujer decente, y estoy casada con un hombre digno, respetable y que casualmente es tu hijo.
Frances no sabía cómo había conseguido decir eso con tal convencimiento que la mujer, mirándola con un dejo de fastidio, apuró su vaso de brandy.
—Eres tan pesada —le dijo —. Las mujeres como nosotras tenemos ciertas ventajas sobre otras. Podemos buscar la manera de compensar nuestro aburrimiento. En África tenía otro muchacho, todo un caballero…
—Oh por Dios, Catherine, estás borracha.
Era la única opción viable, sin embargo, cuando intentó ponerse de pie para pedir ayuda y llevarla a una habitación, la mujer la tomó por el brazo, con tal fuerza que pudo volver a sentarla.
—Antes de venir a verte, vi a mi niño.
—¿A Alexis?
—No tengo otro hijo, tonta. Me contó lo que quiere el duque de Cornwally. Ese viejo degenerado. Vive solo para atrapar jovencitos sin fortuna, usando sus estómagos vacíos para aprovecharse.
La marquesa desvió la mirada, frunciendo levemente el ceño.
—Tu muchacho, ¿sabe lo que le espera?
Frances sintió que la garganta se le cerraba y que podría llorar en ese momento. Sin embargo, consiguió mantenerse regia.
—Sí. Le he explicado la importancia de mantenernos en buenos términos con Su Majestad.
Lady Catherine suspiró, aún sin soltarla.
—Si no le gusta, será cruel —le dijo —. Hace varios años, antes de que te casaras con Alexis. Lord Warpole tenía un ayuda de cámara, muy hermoso, y era artista también, un músico virtuoso. Tuve el placer de escucharlo mientras amenizaba una tarde de juegos. El Duque quedó prendado y concertó una cita apenas le fue posible. Dicen que el muchacho se apartó cuando empezó a tocarlo, eso fue todo, pero él se encolerizó.
La mujer guardó silencio por un momento, sin mirar nada en particular, como ida en un recuerdo en el que prefería no ahondar, de hecho, tragó saliva y buscó la botella que había ordenado a Liosha dejar en la mesa antes de que se fueran.
—Lord Warpole lo recogió en el establo de la casa de Su Majestad, apenas vivo. Le vistió, preparó un veliz con dinero, algunas joyas y lo embarcó para Australia.
Frances sintió de pronto que ella también necesitaba un trago.
—Pero no puedo simplemente despreciar su invitación —dijo, tras dar un trago —, menos ahora con la boda tan pronto, y con Ciel tan joven.
El alcohol no había conseguido quitarle el mal sabor de boca. No había manera, en ese momento más que nunca, que simplemente dejara marchar al joven hacia su destino.
—¿En serio no has educado al muchacho? —le preguntó Lady Catherine.
La Marquesa no tenía ni idea de lo que la expresión de su rostro transmitía, o si había podido mantenerse inmutable, pero su suegra entreabrió los labios, aún con la mirada achispada por los efectos de la bebida.
—Ahora es muy viejo —dijo —, quizás busque experiencias nuevas. Los viejos nos aburrimos rápido.
—¿Y qué sugieres?
—Estrangularlo con el cinto de su bata —repuso con simpleza, alcanzando un panecillo de pasas con crema.
—Esa no es una opción —repuso Frances —. Pero quizás podría poner cicuta en su té.
—O provocarle un accidente de caza. Es un clásico de la nobleza.
Las dos suspiraron al mismo tiempo.
—¿Y si realmente le gusta? —preguntó, preocupada por las opciones.
—Buscará la manera de quitártelo. Aunque no es que los conserve por mucho tiempo. Apenas pierden el aspecto de muchachos, los hecha de la casa, algunos con más suerte que otros.
Frances sacudió la cabeza enérgicamente. Se negaba absolutamente a cualquiera de las dos opciones.
—El mayordomo de la familia Phantomhive se está haciendo cargo de aleccionar a Liosha —dijo al cabo de un rato en que se habían quedado en silencio.
—¿Es de esos? —preguntó.
—¿De cuáles?
—De los desviados.
—No —repuso, ofendida.
Sabía de primera mano cómo se comportaba con las mujeres, o al menos con ella, porque no era como si le hubiese visto con ninguna otra. Aunque no podía negar que ella misma había concebido esa idea en algún momento de esos extraños días.
—Deberías vigilarlos —dijo de pronto lady Catherine —. No será que se malacostumbren.
Frances volvió a sentirse consternada.
—¿Cuál es tu fijación con esto? —preguntó —¿Por qué insistes en lo mismo?
—¡Para ver si se te quita lo frígida!
La Marquesa rodó los ojos, se quitó la servilleta del regazo y se puso de pie sin que esta vez pudiese detenerla. Sentía que se avecinaba un dolor de cabeza, algo que no le apetecía sobrellevar en compañía de esa mujer.
—¿Necesita algo? —preguntó Sebastian, saliéndole al paso.
—No sé cómo lo hiciste —le dijo —, pero devuélveme a la vieja bruja de siempre, no puedo con esta, ¡no puedo!
El mayordomo sonrió de medio, inclinándose levemente.
—Aunque lady Elizabeth me ha pedido encarecidamente algunos detalles para que la cena le resulte agradable a su abuela.
—¿Qué se le va a hacer? Es la futura Condesa, no puedo socavar su autoridad.
—¿Quiere que le envíe a Liosha? —preguntó Sebastian, dejando entrever el verdadero sentido de su pregunta. Ella lo notó enseguida y le dirigió una mirada dura.
"Cuánta impertinencia", pensó.
—No, gracias. Hasta el agua sabe mal cuando se toma por prescripción médica.
Y siguió su camino, quería acostarse un rato para despejar su mente de la incómoda reunión que había tenido.
Comentarios y aclaraciones:
*Me refiero a la Perrier, que salió al mercado en 1903, técnicamente andaríamos por el año 1893, con Elizabeth de unos 19 años (Ciel de 18), pero bueno, detalles más, detalles menos.
Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.
¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.
Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!
Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.
¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto
¡Gracias por leer!
