Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold.


Parte X.


Llegó fatigado, con sueño y acalambrado. Pero estaba bien arreglado e impecable.

Al menos eso pensaba; había escogido su mejor camisa y los pantalones más lisos que llevó en su equipaje. Cepilló el cabello unas veinte veces y frotó tanto su piel que la misma se puso rosa bebé. Por supuesto, debía compensar los meses de inmundicia y abandono a la higiene personal. También se había rasurado la barba y aplicado una loción que olía bastante decente, sumado al aroma del desodorante que le regaló su padre.

Tan solo espero…

Levantó un puño y se detuvo. Lo bajó. Regresó a subirlo y dejarlo suspendido a medio camino, dándole largas al calambre en cada músculo. Los dedos le temblaron aún cuando los tenía apretados.

Cerró los ojos y dio un profundo respiro. Sus nudillos rozaron la madera antes de paralizar su extremidad, abriendo los ojos más de lo normal.

—¡No, Carmen! ¡No se suponía que sería así! — la voz de la mujer retumbó en sus oídos y envió una corriente eléctrica a lo largo de su espalda. Se enderezó sin planearlo y dejó el puño acariciando la puerta.

Se supone que debes tocar, Arnold.

—¡Es un hijo de puta!— Helga continuó vociferando. No hubo una voz contraria dando alguna respuesta acorde a sus enojadas palabras, por ende, debía estar hablando por teléfono. — ¡Que es mi libro, joder! ¿Cómo? Le arrancaré los testículos, te lo juro… — Arnold escuchó pasos apresurados, un sonido seco, como el de una bolsa llena cayendo al piso, y el tintineo de unas llaves. — Me va a escuchar el desgraciado. Él no… — el rubio no bajó el brazo, no se acomodó el cuello de la camisa ni el cabello, cómo pretendió hacerlo después del toque de su puño. No respiró, no parpadeó, no alzó la vista… como si aquella inactividad incómoda lo fuese a hacer invisible.

Es que así no se había imaginado el reencuentro.

Es decir, iba a estar en su puerta y ella iba a abrir después de tocar. Pero no tocó, y Helga estaba notablemente molesta, y él desesperado, empezando a sudar a mares, con los ojos fijos en la tela de una camiseta ligera que se amoldaba a su cinturita de guitarra.

Recordó su ombligo, pequeño y redondo, y casi se vio bajando el puño, abriendo la mano y levantando la camisa para acariciarlo lentamente. Podría inclinarse y darle un beso suave, demorándose en su tibio vientre.

—¿Qué haces aquí? — su fantasía se desintegró como el papel de libro sobre una fogata.

Arnold tragó saliva y recordó que debía agarrar aire si no deseaba perder el conocimiento. Bajó la mano y se afianzó a su silla, levantando el rostro.

—Y… yo… — allí estaba; Helga y sus ojos y su cabello suelto. Quiso decirle que estaba preciosa, que él era un estúpido, que la amaba más que nunca y que debían estar juntos.

¿Encontraría mucha resistencia? ¿Tanto orgullo y terquedad? Reconocía que la había cagado terriblemente y que ella se encontraba en todo su derecho de asestarle un puñetazo en la quijada.

Su cara bonita, enmarcada por varios mechones rebeldes, se sonrojó y de su boca salió un quejido bajo, sin palabras, solo un sonido entre sorprendido y enojado.

Él lo supo, la pilló con la guardia completamente baja. Fue inesperada su llegada y cómo no, si no avisó a nadie. Llegó del aeropuerto a un diminuto cuarto de hotel y después de su exhaustivo baño se lanzó en picada hacia sus deseos.

No tomó un par de horas siquiera para pensar en un plan; nada más deseaba inclinarse a sus pies y jurarle amor eterno.

Ya, y la tomaré en mis brazos para andar juntos hacia un hermoso atardecer…

Helga no podría rechazarlo porque también lo amaba y, ella misma lo dijo, como una maldita demente. No sería muy sano, pero Arnold sabía que con nadie más conectaría de aquella forma porque él también la quería como un maldito demente y ambos podrían desenfrenarse, acariciarse con morbo y locura y susurrar promesas que, en esa oportunidad, sí serían cumplidas.

Dios, eran perfectos el uno para el otro. Ella siempre lo supo; él tardó un poco más en entenderlo, pero no pueden culparlo por ello.

—Arnold… — la escuchó tragar saliva. Él trató de sonreír y quiso disculparse por la palpable incomodidad que rondaba en los alrededores.

—Yo…

—No tengo tiempo para ésto, Arnold — voz seca, casi en asfixia. Las llaves seguían retumbando en su mano y una chaqueta colgaba de su brazo derecho. Rápidamente, la colocó sobre su torso.

—Lo siento, yo…

—Tengo una reunión urgente con un tarado hijo de puta y tú… — le clavó una profunda mirada; él sintió las palpitaciones apresuradas de su corazón y cómo la sangre caliente se concentraba en sus mejillas rasuradas. — ¿Qué…? — Helga respiró hondamente, él trató de calmar su interior y brindarle a ella, al menos, un mínimo de tranquilidad.

—Puedo esperarte — su voz desnivelada pero audible. — Yo lamento llegar así, pero…

—¿Cómo subiste?

Él se descolocó con la pregunta. Parpadeó ininterrumpidas veces, consiguiendo señalar el ascensor después de procesar la interrogante.

—Por el…

—¿Ya funciona? — Helga salió del departamento, pasando por su lado. Arnold disfrutó de su exquisito aroma y requirió de toda su fuerza de voluntad para no tomar su muñeca y halar su cuerpo hacía sí.

La mujer presionó uno de los botones del elevador, el cual se iluminó con luz roja antes de que las puertas se deslizaran hacía los lados.

—¡Criminal! ¡Tenía más de un año dañado! — exclamó. — Debo… — giró hacía él. Arnold sonrió a medias.

Fuese como fuese esa interacción y fuese cual fuese el resultado final, él adoraba verla de nuevo.

Adoró ver su rostro histérico y anonadado, oler su perfume y casi percibir el calor de su piel. Amó escuchar su voz aunque fuese insultando a un hijo de puta que ignoraba, el muy pobre, que no debía meterse con Helga G. Pataki.

—Voy a esperarte, Helga. Tardes lo que tardes, aquí estaré. — logró nivelar su tono y prácticamente habló sin temblores entre sílabas, sin tropiezos consigo mismo.

Ella mordió sus labios y el sonrojo se intensificó notablemente sobre su blanca piel.

Algo aulló en el pecho de Arnold. Fue un bramido eufórico, retumbante, vibratorio. Un grito a pleno pulmón que por muy poco lo hacía saltar en su silla.

Helga y sus reacciones, también. - Para añadir a la lista.- Porque podían ser muy transparentes y en suma adorables.

Por Dios, si es lo más lindo que han visto mis ojos.

Ella sonrojada y con los ojos brillantes, las manos en movimientos nerviosos y unos labios tersos prensados hasta enrojecer todavía más, simulando los pétalos de una rosa.

—Te voy a esperar. — repitió, enfático.

—¿Y…? — ella se sonó la garganta, enderezando su tonificado cuerpo y presionando las palmas de sus manos contra su cintura, poniendo los brazos en jarra. — Y… yo… puedo tardar horas. ¿Piensas quedarte en el pasillo todo el rato?

—No me molesta.

—¿Si necesitas el baño? — ahora cruzando los brazos sobre el pecho, lo miró. Un ceño fruncido se pronunció en el centro de su frente.

—Tocaré con algún vecino.

—¿Si te da hambre?

—Puedo soportarlo.

—Eres… ¡Bien! — regresó a pasar por su lado. Arnold se sujetó a las ruedas de la silla, más que para darle paso, lo hizo para evitar sostenerla por sus bamboleantes caderas.

El solo recuerdo de ella sobre él, moviéndose contra su pelvis, acariciando toda su virilidad dentro de su cuerpo, ardiente y húmedo, lo abrumaba en demasía.

Respiró con fuerza, evitando perderse en aquellos placenteros recuerdos.

Escuchó el barullo en la sala y por muy poco asomó la cabeza para curiosear los alrededores y conocer su espacio personal, aquel recinto que albergaba sus momentos privados y en soledad. Deseó saber más de ella, detallar y describir sus costumbres, manías y las andanzas que vivió en los ocho años pasados; agendarlo todo en su mente y en su corazón.

—¡Bien, si es lo que deseas! — Helga volvió a cruzar el umbral y de inmediato le dio la espalda, dispuesta a cerrar la puerta.

Él se arrimó un poco, -solo un poco- a ella e inhaló a profundidad, embriagándose con su fragancia; de inmediato percibió cómo si un millón de alitas de libélulas despertara en su estómago. Cerró los ojos y un suspiro brotó desde su nariz, aflorando una sonrisa tonta sobre su boca.

Cuando abrió los ojos, Helga seguía allí, parada en el mismo punto, inmóvil. Se preocupó.

—Helga, ¿estás bien? — un poco estúpido el preguntar sobre su estado cuando, a simple vista, era muy obvia su incomodidad. — Lo siento, yo…

—¿Me… vas a esperar? — casi saboreó el dulce nerviosismo que parecía emanar de cada milímetro de ella. La admiró con atención, como si deseara leer sus pensamientos o, por lo menos, hacerle saber y sentir lo que con tanto ahínco guardaba dentro de él para ella.

Quizá funcionó un poco eso de la telepatía, porque la vio agitarse dentro de un estremecimiento mientras giraba, con los ojos contemplativos y el rubor todavía en sus cachetes.

—Sí — los ojos de Arnold se achicaron, aún sonriendo.

—De acuerdo, cabeza de balón.

¿Debía tomar su apodo como una buena señal? ¿Y la iluminación en el borde azul intenso de sus avispados ojos y hasta en sus pupilas? Su cuerpo aún víctima de pequeños pero perceptibles espasmos y el calor de sus mejillas corriendo vertiginosamente ahora por todo su cuello… eran una buena señal, ¿cierto?

—No sé a qué hora regrese. Yo…

—Tómate tu tiempo — volvió a sonreír tontamente, casi en trance.

—Bien, sólo… ¡No metas tu enorme cabeza entre mis cosas! — caminó por su lado y pasó de prisa hacía el ascensor, presionando el botón con gran insistencia. La fuerza de su índice era tanta, que Arnold creyó que lo hundiría en el concreto de la pared. — Si veo que esculcaste entre mis pertenencias, Arnoldo, ¡te mataré!

—¿Qué…? — el elevador se abrió y Helga entró como un torbellino en él.

—¡Estás advertido! — fue lo que escuchó antes de ella desaparecer.

Arnold se rascó el cuello, confundido. Cuando movió la cabeza, descubrió la puerta del departamento de Helga entre junta.

Alguna criatura pareció brincar dentro de su estómago y eufórico, entró al recinto de Helga G. Pataki.

Su columna se enderezó y olfateó el aire como Abner al entrar a la cocina mientras freía tocino. Por supuesto, el perfume de Helga parecía sellar cada rincón del lugar. Miró con la emoción de un niño en una juguetería y la paciencia de un adulto en una exposición de arte, todo mezclado y al punto. El lugar era pequeño, arropado por una sencillez cálida y un poco vintage; quizá eran las pilas de libros en la mesita central, la botella de vino casi vacía junto a una portátil sobre un escritorio de madera y algunos bolígrafos desperdigados por el sofá color crema. También había un cuadro estilo Monet en la pared color caoba tras el escritorio, en donde se apreciaba la Torre Eiffel. El piso lo encontró muy limpio y mentiría si dijese que aquello no le sorprendió un poco, dada la naturaleza desordenada que Helga mostró en la pensión y en varios instantes de su niñez. Pero todo tomó más sentido cuando fue a la cocina y vio una torre de platos sostenida por mero milagro y un montón de cajas de pizzas apiladas en una esquina. Negó con la cabeza, sin desvanecer la sonrisa.

Podría ayudarla a organizar aquel desorden, pero antes deseaba inspeccionar un poco más. Solo un poco más, por encimita, porque él nunca fue un fisgón irrespetuoso y a esas alturas, era muy estúpido pensar siquiera en la idea de husmear en el cajón de la ropa interior de una mujer, especialmente después de ver más de ella que su ropa interior.

Pero sí detalló sus estantes llenos de fotos. La mayoría de los retratos eran de Ethan, y en algunos ella lo acompañaba, cargándolo con suma ternura y sonriendo feliz. Era una imagen maravillosa. También había fotos del pequeño con Olga y su padre. Una foto de Bob y Miriam y un par de retratos de Helga con dos chicos desconocidos. Se estiró un poco para alcanzar uno de ellos, estudiando a la muchacha. Helga se veía más joven, debía tener dieciocho o diecisiete años. Los otros chicos eran de la misma edad, joviales y bastante felices.

Sus ojos se quedaron en Helga por otro minuto y con un suspiro inconsciente y ojos llenos de nostalgia, dejó la foto en su respectivo sitio. Fue una agradable sorpresa descubrir después una foto de Phoebe y de Gerald, tomada quizá hacía menos de un año; su amigo lucía exactamente igual. La chica enlazada alegremente a su brazo sonreía con los dientes expuestos, unas gafas de montura negra y los ojos más achinados de lo normal.

Dando un último vistazo, a ver si corría con suerte y podía apropiarse de alguna fotito en donde Helga estuviese sola ya que - lo que es igual no es traición, tampoco- llegó a la puerta de su habitación. Quiso y no quiso y por supuesto que su buen juicio vacilaba sobre una delgada cuerda floja cuando se trataba de Helga G. Pataki… así que, para qué hacerse el tonto. Entró a la recámara y volvió a respirar a la hondonada, entumeciendo sus sentidos. Los latidos de su corazón se hicieron más profundos y, lentamente, aumentaron el ritmo.

Mierda, como que sí soy un loco pervertido. Debí quemar esta etapa en mi maldita adolescencia, ¿no es así?

No metió mano en su ropa interior, pero quiso echarse en la cama y soñar con ella, con su milagro rubio, y fantasear.

Cuando Helga llegó, lo encontró aguardando en medio de la sala. Tenía sus manos sujetas sobre su regazo y la espalda tan recta que parecía tener un palo clavado desde la nuca hasta el trasero.

Lo cierto era que estaba un poco avergonzado, feliz también, y eso le hacía sentirse más avergonzado. Y estaba ahora muy nervioso porque Helga lo miraba con aprensión, el ceño fruncido y los labios estirados. Igual de hermosa, incluso un poco más.

El reloj indicaba las seis de la tarde; fueron cuatro horas transcurridas con él soñando despierto en el departamento, entre inspecciones, fisgoneo y un poco de quehaceres, porque la vajilla lucía ahora como si recién hubiese sido sacada de su caja.

—Hola — murmuró, levantando una mano en saludo. Helga alzó una ceja, dando unos pasos al frente y arrojando las llaves en la mesita central.

—¿Qué pasó?

Arnold pensó en las vueltas de la vida y las burlas del destino. Allí estaba él, tratando de recuperar lo perdido, cuando hacía tan solo poco más de cuatro meses fue ella quien reapareció en su mundo para tratar de remediar lo que estaba roto.

—Bueno, Helga, yo quería…

—No, digo… ¿qué es ese olor? — prácticamente corrió a la cocina.

—Yo… disculpa, me tomé el atrevimiento de preparar algo y pensé que quizá llegarías con hambre. Es tan solo pasta y una salsa casera que mi papá me enseñó. Lo he mantenido caliente, no sabía a qué hora regresarías. Lamento si… — la siguió.

—¡Bendito sea el señor! — Helga había enredado una gran cantidad de tallarines en la punta de un tenedor, llevándolo a su boca y saboreando con notable deleite. — Criminal, muero de hambre. — tomó un plato reluciente y se sirvió una porción generosa de pasta con abundante salsa roja.

Arnold la observó, llenándose de un sentimiento agradable y curativo. Una sonrisa se elevó desde una esquina de su boca y estuvo a punto de gemir de felicidad por la dichosa sensación.

La mayoría de las personas no descubren lo que quieren para el resto de sus vidas con tanta antelación. Pero él, incluso cuando solo era el niño Shortman -pequeño y metiche- siempre supo lo que deseaba aunque nunca se lo mencionase a nadie en voz alta. Quizá, quien lo conociese, podría suponerlo si le dedicara un mínimo de esfuerzo y atención. Él siempre fue un tipo clásico, chapadito a la antigua, tradicional. Y eso quería, allí, ese momento por muchos días más; Helga llegando a casa y él recibiéndola con la comida caliente… y a veces podría ser al revés. Quería matrimonio y una familia. Un escenario natural, sencillo, íntimo y perfecto.

La mujer disfrutó de la pasta como quien no comía nada decente desde hace meses. Y tal vez fuese el caso, porque era extremadamente vaga en cuanto a los asuntos culinarios. Las cajas de pizza y restos de hamburguesas en el cesto de basura eran prueba de ello.

Cuando Helga deslizó el pequeño trozo de pan sobre los restos de la salsa en el plato, se lo llevó a la boca con ojos cerrados. Arnold siguió la línea húmeda que dibujó la punta de su lengua sobre sus labios rosados, saboreando el momento quizá tanto como ella.

Creyó derretirse por dentro.

Suspiró bajamente, tratando de redirigir sus pensamientos hacia la realidad presente.

—Esto… — ella lo miró, levantándose del pequeño mesón para dejar el plato en el ahora inmaculado fregadero. — Te quedó bien, Arnold.

Por alguna razón, el que lo llamara por su nombre lo alteró de mala forma.

No es normal, no cuando no sabemos dónde nos encontramos. Incluso en el sexo, eran más los apodos.

Nunca había deseado tanto en su vida escucharla decirle cabeza de balón, como cuando llegó.

—Helga…

—¿Qué…? — dos sombras rosáceas arroparon sus mejillas y el hombre quiso besarla más que en cualquier otro momento.

—No pienso dar tantas vueltas, Helga. No cuando sé lo que ocurre entre nosotros.

—¿Y qué se supone que ocurre? — se cruzó de brazos, pasando por su lado para dirigirse al sofá. Arnold la siguió de cerca, quedando quieto junto a la mesita llena de libros.

—Nos amamos — aclaró, contundente. Ella no se inmutó; continuó sentada firme, con el nudo de sus brazos tensos como sogas sobre su pecho. Él decidió continuar. — Nos amamos y eso es… — tragó saliva. El que ella lo viese sin parpadear siquiera lo hacía temblar como gelatina sin cuajar, incluso creyó escuchar los engranajes de la silla tronar entre sí. — Ese es el punto más importante. — calló y todo discurso en su mente se redujo a una pregunta que, supo, sería muy estúpida para entablar. Pero lo hizo, porque - más vale estar seguro-. — Helga, ¿todavía me amas?

No vio a la pequeña niña rubia hecha un manojo de nervios, hablando de más y tratando, por todos los medios, de ocultarse tras sus impenetrables murallas. Tampoco vio a una chica insegura, vacilante, con la frente gacha y manos temblorosas.

Lo que vislumbró fue a una mujer entera, madura, con los rasgos más finos y a su vez rudos que alguien pudiese tener. Sí, estaba sonrojada, con los ojos brillantes y la boca todavía húmeda, pero se veía tan… fuerte, como un relámpago. Tan bella y capaz de cualquier cosa. Era su diosa dorada, indómita y única.

—Debió fallarte el oxígeno durante tu viaje, Arnold. O te caíste de tu silla y golpeaste tu cabezota idiota porque, y escucha bien lo que te voy a decir; no te pude olvidar en ocho malditos y tortuosos años de mierda y ahora, ¿crees que pude hacerlo en unos meses? ¿Es en serio? Y… ¡Quita esa ridícula sonrisa de la cara!

Trató pero no pudo. Incluso comenzó a reír con felicidad incontrolable.

—Lo… lo siento… Hel… mi… yo…

—¡No te burles! — se levantó del sofá y llegó hasta él con dos zancadas. Le dio un zape que Arnold apenas sintió entre la dicha que lo atrapó. — ¡Arnoldo! — dio un puñetazo en su hombro.

El rubio no supo cómo pero se atrevió a tomar su mano agresiva y halarla hacía sí. Helga perdió el equilibrio y cayó en su regazo.

—Así — Arnold se obligó a tranquilizarse, atrapando el cuerpo entre sus brazos y hundiendo el rostro en su cuello levemente transpirado. ¡Por fin, se sentía en casa! Ella no regresó el abrazo, la percibió rígida contra su pecho, respirando profundamente. — Nunca me burlaría de ti, menos de tus sentimientos. Amor, ¿acaso me crees capaz de eso?

—No, pero los rechazaste. — el tono de su voz le erizó a Arnold los pelos de la nuca. — Idiota. Después de que te desnudé mi alma, después de que me dijiste que me amabas más que a tu vida, vienes y…

—Helga… yo nunca te rechazaría… yo… soy yo, amor. Yo y mi incapacidad de pensar que puedo hacerte feliz cuando…

—¿Podemos hablar mañana? — Arnold se descolocó por completo.

Ella seguía regia, inaccesible, firme dentro de su agarre. Sentía su respiración y los presurosos latidos de su nervioso y enigmático corazón.

—Helga…

—Tuve una larga discusión con un imbécil, casi pierdo la oportunidad de ser publicada. Tú llegas de la nada a pretender seguir como si… y sinceramente, tu pene presionándose contra mí no me ayuda a pensar con claridad.

—¡Helga!

—¿Qué esperas que perciba cuando me sientas sobre ti?

—¿Qué esperas que sienta yo cuando veo, huelo y toco a la mujer de mi vida?

—Yo… — ella se alejó, levantándose precipitadamente. — No puedo hablar así. Mañana…

Arnold tragó la bola nerviosa de saliva y se obligó a calmarse. Ella era prioridad; sus sentimientos, su tranquilidad.

—Está bien. Yo… — los dedos sujetaron las ruedas de la silla. — Me iré y…

—¿A dónde? — la miró a punto de cubrirse la boca con una mano, retándose por su inquietud y la nota asustadiza.

Arnold se llenó de ternura, de ansias, de esperanza y todavía de más amor.

—Me estoy quedando en el hotel Vine, a tan solo unas calles. Llamaré a un taxi y…

—Puedes quedarte aquí — ella lo dijo y pareció arrepentirse de inmediato. Se estrujó las manos y mordió sus labios.

Arnold sonrió tenuemente. Esa sugerencia era un deseo demasiado grande, pero ella parecía querer y no querer y si lo primordial era la aclaración de su mente, quizá lo más idóneo era darle su propio espacio.

—No te preocupes, yo…

—Que… quédate, cabeza de balón.

El corazón del hombre aleteó, acariciando su espíritu, calmando el temor y reduciendo la bola de nervios hasta dejarla no más grande que un limón.

—¿Estás segura? — preguntó en un susurro, casi arrepintiéndose, porque si ella decía que no…

—Sí, bueno… si no te molesta dormir en el sofá.

Su sonrisa se pronunció hasta llegarle a cada oreja.

—¡Quita esa cara!

—¿Cuál? — el tono soñador y en suma bastante infantil le dio a Helga razón suficiente como para darle otro puñetazo a su hombro. — Auch… ¡Helga!

—Estúpido cabeza de balón — farfulló, yendo con rápidos pasos hacia su habitación para encerrarse.

Arnold quedó allí, plantado pero feliz. Risueño y con ánimos renovados. Incluso la fatiga, el sueño y el calambre habían desaparecido.

Se acomodó en el sofá y esperó, con las manos juntas sobre sus rodillas. Una mochila pequeña colgaba de uno de los manubrios de la silla, pero no contaba con una muda de ropa ni cepillo dental.

Como si Helga hubiese leído sus pensamientos, salió de la alcoba con unos pantalones anchos y una camisa de algodón holgada de rayas. Las lanzó a su lado.

—Tienes suerte, la mayoría de mis pijamas son propias para tipos. La marimacho que hay en mí no desapareció del todo, ¿eh?

—Gracias — puso una mano en las ropas sin despegar los ojos de ella.

Su cabello continuaba libre y una toalla colgaba en uno de sus hombros, dispuesta para un baño.

Se mordió el interior del cachete antes de sugerirle su compañía para tallar su linda espalda, cómo aquellos divinos momentos en la pensión, en donde contó, delineó y besó cada una de sus vértebras.

—Sí… bien. — volvió a correr, esta vez hacia el baño.

El siguió sonriendo amorosamente. Aquello estaba sucediendo como no se lo imaginó pero con Helga, era común esperar lo inesperado.

Miró en su reloj de bolsillo; transcurrieron apenas cuarenta y cinco minutos desde que ella regresó. Era demasiado temprano para dormir y él no quería esperar más tiempo para solucionar la relación. Pero Helga debía estar agotada, además; y un baño tibio después de tremendo plato de pasta la tumbaría en la cama como peso muerto sin esfuerzo alguno.

Se relajó contra los cojines y echó la cabeza hacia atrás, mirando el techo, pensando sin pensar, feliz de estar allí y a la vez añorando su habitación. Le hacía falta su claraboya, enorme e insegura pero siempre genial. Ver las nubes a través del cristal le permitía sosegar sus miedos y relajar su cuerpo, disipar el celaje que en ocasiones abrumaba todos sus sentidos. Allí, solo podía anotar el hecho de que la pintura del techo estaba un poco resquebrajada y había una enorme huella de grasa redonda justo arriba de él.

Lanzó un respiro, cerrando los ojos al escuchar el agua del baño llenar la bañera. Helga no soltó sus pensamientos y mucho menos sus ansias. Lo tenía a su merced aún sin darse cuenta. ¿Podría suceder aquello, por lo cientos de poemas y altares que construyó para él en el pasado? ¿Tendría la chica una especie de magia que, con cada acción y palabra de alabanza, despertaba y lo atrapaba poco a poco?

Es una bruja.

Soltó una carcajada ante ese pensamiento, destensando los músculos de sus brazos; sentía nudos por todas partes.

Respiró profundamente y abrió los ojos. El sonido del agua deslizándose prendió una llamarada en su vientre y contrajo los músculos ya bastante afectados. Sólo quería ir y sumergirse en Helga, acurrucarla contra sí y prometerle el mundo si ella lo deseaba. Acariciar su rostro y sujetar su cabello, llevarla hasta sus labios y después de un beso, empujar su cabeza hacia su regazo.

Dos manchas rojas nacieron en sus mejillas. Apretó las manos en puños y se removió, incómodo. La tensión en su entrepierna comenzaba a volverse dolorosa y quizá no fue una buena idea el no caer ante la tentación y resistirse a echarse él mismo una mano desde que se excitó en la habitación de ella, pegando la cara a su almohada e inhalando como un drogadicto aspirando coca por la nariz.

No puedo. ¡No es correcto!

Le parecía una falta de respeto a su casa, pero…

Mierda.

Gotas de sudor laminaron su frente. Cada parte de su existencia se convirtió en un manojo de deseo estremecedor y la visión de Helga frente a él, húmeda de pies a cabeza y embutida en una corta toalla, ocasionó que el aire caliente escapara gramo por gramo de su sistema.

Contuvo el aliento, gimiendo sin proponérselo.

—¿Estás bien, Arnold? — su preocupación era cautivante y él la odió por encontrarse tan lejos.

Trató de capturar la mayor cantidad de oxígeno en una respiración prolongada, apretando las manos contra sus rodillas.

—Estoy excitado — confesó. — Válgame el cielo, Helga. Antes de ti solo estuve con una chica, nada importante. Regresaste a mi vida, me hiciste el amor, conocí el sexo y el placer gracias a ti, te amo y te tengo semi desnuda a unos pasos de mí. ¿No te parece lógico que esté sufriendo con esto? — miró el bulto en su entrepierna. — No he podido controlarme desde que te vi hoy. — levantó el rostro y la observó a los ojos, atentamente. Ella, en una especie de trance hipnótico, lo enfrentó. — Te amo — repitió y no se detuvo, impidiéndole cualquier refute. Si iba a lanzarse en picada, mejor dejar todo a la vista de una vez. — Te amo y te pido perdón. Regresaste a mí queriendo solucionar todo y yo…

—¡Yo no…! — ella se movió hacia delante, dejando sus pies plantados en el suelo. — Yo no regresé a Hillwood por ti — musitó y Arnold plasmó una tierna sonrisa ante su boba mentira.

—Amor, eres una de las personas más inteligentes que conozco. Por ello me pregunto cómo fue posible que olvidaras que en Atlanta no hay tormentas desde hace muchísimos años. Es más, me inquieta el no saber por qué no ideaste una mejor excusa para tu enclaustramiento en mi humilde morada, siendo tan brillante para inventar mentiras cuando se te pilla desprevenida.

Helga apretó los labios, después los abrió, y luego los volvió a cerrar, simulando un pez fuera del agua.

Arnold continuó sonriendo.

—Y tus padres, desde Atlanta, regresaron aquí. No iban a estar lejos de su nieto en navidad.

—¿Quién te dijo eso?

Arnold movió la cabeza, restándole importancia a ese punto. Igualmente, no podía delatar a su mejor amigo.

—Fue el idiota de Geraldo, ¿verdad? — oh, pero su rubia era tan inteligente… — Phoebe y su maldita maña de hablar en altavoz. ¡Voy a estrangular a su novio y así…!

—No importa, Helga. Te digo que te amo y que siento haber arruinado todo. Tus planes, tu… yo no soy digno de ti y aún así quiero intentarlo. Mierda, debí empezar desde hace tiempo. ¡Fueron ocho miserables años! Si hubiese sido más listo, más… valiente, más seguro, hubiese venido por ti desde el día en el cual dejé de recibir tus cartas y llamadas. Te hubiese enfrentado, hubiese descubierto tus razones para abandonarme y hacerte ver que ninguna era válida. Lo hubiésemos solucionado, porque debemos estar juntos y ahora lo sé. Me arrepiento por no haber dado el primer paso pero te agradezco que tú lo hicieras incluso después de tanto tiempo. Y lamento haberlo arruinado. Perdóname, acéptame, y te acompañaré a donde vayas. Si quieres regresar a Hillwood, iré contigo, si quieres quedarte aquí, me quedaré también. Si deseas mudarte a China, África o vivir en Cuba, allí estaré. Yo… — jadeó con sorpresa cuando Helga se lanzó desesperadamente hacia él, cayendo en su regazo y atrapándolo en un abrazo mojado. Su pelo le empapó la camisa y Arnold se sintió renacido.

Capaz, entero, intocable.

Por Dios que sentía tanta alegría que no sabía cómo expresarla. ¿Debía llorar? ¿Gritar? ¿Reír? Quizá hacer todo junto, como un lunático.

—Eres tan estúpido… ¡Soy yo quien no soy digna de alguien como tú! Te dejé sin ninguna explicación, ignorándote, despreciándote por años, y…

—Hermosa… — con una mano en su espalda y otra en su nuca, la dirigió a sus labios para un beso profundo y aclarador, lento e invasivo. Fue tan absorbente, posesivo y rico que Arnold olvidó, por un momento, otro punto importante a tratar.

Besó su mentón, sus pómulos, su frente, sus mejillas. Regresó a su boca y acarició sus labios con parsimonia, dando un piquito que la hizo suspirar. Él respiro su aliento, vibrando de alivio, contentura y placer.

—Tengo… que decirte algo más — susurró él, todavía sosteniendo su espalda húmeda. Las puntas de sus dedos rozaron el borde de la toalla y reprimió por muy poco las ganas de soltarla y dejarla completamente expuesta. — Mi amor, hay algo que… — Helga lo observó con ojos llenos de sentimiento, de fuerza y vulnerabilidad. De pasión y completa entrega.

No debían darse tantas vueltas. Ser directos facilitaba las cosas; ser directos y pertenecerse mutuamente.

La felicidad y gratitud eran tan grandes que su corazón parecía rebotar como un balón de básquet entre su pecho y el estómago.

Arnold tuvo que aplicar un poco más de resistencia a sus arrebatadoras ansias de exhibirla y hacerle el amor con desesperación. Lo que debía decir era importante, en suma.

—Yo… necesito que te levantes un momento — ella elevó una ceja.

—Oh, ¿eso es lo que quieres? Justo cuando… — sus caderas bajaron y apretaron su virilidad. Ambos soltaron una honda exhalación.

El sexo prometía ser sino igual, más estimulante y placentero. Era sorprendente el deseo, la atracción, la receptividad y el erizamiento nervioso. La emoción e incluso mariposas bajo la piel, como si esa fuese su primera vez.

Es que somos el uno para el otro.

—Es una tortura pero, de verdad, necesito decirte algo y no podré si no… organizo mis pensamientos y… Dios, Helga, es enserio. Bien dijiste que así no se puede pensar.

Su diosa rió y aquel sonido que tanto había extrañado, arrojó una nueva ola de cosquillas y estremecimiento tanto a su miembro como a su médula espinal, haciéndolo arquearse y apretarse a ella.

Helga y su risa. Debería grabarla y tenerla para todo momento.

—Por favor… — miró sus ojos dilatados y no dudó en creer que él debía tenerlos incluso más oscuros.

Ella resopló, deteniendo el vaivén de sus caderas. Arnold mordió su labio inferior antes de pedirle continuar y perderse en la ondulación perfecta de su cálido cuerpo.

—Solo un momento… — le dio un beso rápido antes de tomar su cintura e instarla a sentarse a un lado.

—De acuerdo, me dices que desde que llegaste no has podido evitar prenderte como el pervertido que eres. Me vuelves loca con tus palabras, me excitas con solo verte, estoy desnuda y lista para clavarte en mí y luego…

—¡Helga! — contrario a otras veces, el hombre rió de gusto y placer. No ocultó el encanto que sus palabras descaradas lograban en él. Quiso abrazarla y quedarse allí para siempre, contra su piel limpia todavía decorada con algunas gotitas de agua.

—¡Habla ya, cabezón! — pidió con exasperación. Él también estaba desesperado y un poco loco.

—Bi… bien. — ahogó la risa pero no quitó su sonrisa de enorme felicidad. — ¿Me permites un cepillo?

—¿Cómo? — ella lo miró sin tener idea de nada.

—Un cepillo para barrer, o un trapeador.

Helga arqueó una ceja pero no habló. Se levantó del sofá y los ojos de Arnold continuaron su camino con ella, andando provocativamente hacia la cocina para después volver con el cepillo de barrer.

Sus muslos tersos lo llamaban a gritos y sintió como si un pajarillo volara por todo su interior.

—¿Para qué lo necesitas? — Helga le alcanzó el cepillo.

Arnold lo tomó y lo giró, dejando las cerdas apuntando hacía el techo. Cerró los ojos y recordó las recomendaciones de Connor.

Le dolía cada fibra muscular y ligamentos como la madre. Sin embargo continuó, y respiró hondamente en el proceso. Sus brazos fuertes, su espalda trabajada durante todo ese tiempo en silla de ruedas y la dureza de su pecho y abdomen ayudaron a que su propósito se cumpliese, compartiendo todo el peso de su cuerpo completo, aumentando la resistencia. Sus extremidades temblaron y su frente volvió a expedir gotas de sudor que pronto se convirtieron en líneas corriendo por sus sienes.

Estuvo a punto de rendirse cuando escuchó el sollozo de Helga, parada dos pasos lejos de él.

Levantó la cabeza, hasta los momentos gacha para mayor concentración. Lo había logrado. Se afianzó con ambas manos al palo de la escoba y miró a la mujer, a su mujer, en total asombro y frenesí.

—Helga… — sus azules y vivos ojos se humedecieron y las manos cubrieron su boca. — Yo… ¡Carajo! — volvió al sofá, rebotando al caer. — Lo siento, no puedo permanecer más de unos segundos. Todavía yo…

—¡Arnold! — el peso y el calor de Helga volvieron a envolverlo. Dejó caer la escoba y la abrazó contra su pecho; una sonrisa amplia y venturera partiendo su cara en dos.

—Hel… — le acarició el cabello húmedo, sintiendo los espasmódicos movimientos de sus hombros desnudos. — Amor…

—¿Cómo…? — su voz se cortó un poquito, lo que le hizo carraspear y tragar saliva. Habló con el rostro oculto en su cuello, rozando la piel con la punta de su nariz. — ¿Cómo es posible?

—Me había decidido a venir contigo a mediados de marzo, poco antes de tu cumpleaños, pero antes me obligué a un chequeo, porque estuve sintiendo cierta tensión y hormigueos constantes en algunas partes de mis piernas, especialmente después de cada masaje. — una mano le apretó la cintura y la otra se escabulló entre su pelo, masajeando el cuero cabelludo. — Connor me hizo realizar los viejos ejercicios que ayudarían a levantarme, empleando la mayor cantidad de músculos. Fueron días de extensas sesiones hasta que una tarde, lo conseguí. Él me preguntó qué clase de ejercicios estuve empleando los últimos meses y en realidad, no hubo cambios; hacía la misma rutina y aplicaba los mismos masajes día tras día hasta que… — hundió la nariz en el pelo húmedo. — hasta que tú volviste y bueno… el sexo…

—¡Aguarda! — Helga se irguió; una expresión de sorpresa e incredulidad en su rostro de muñeca avispada. — ¿Me dirás que el sexo te ayudó?

—Si quieres resumir, entonces sí — sonrió de modo brillante, acunando sus mejillas y acariciando la piel con los pulgares. — Escucha — continuó, pues ella parecía escéptica ante sus palabras. — Cuando tenemos relaciones, todos los músculos de nuestro cuerpo se ven involucrados. Cuando… liberamos…

—Cuando llegas al orgasmo y eyaculas, Arnoldo. Di las cosas como son. — Helga blanqueó los ojos.

—Bueno… — sonrojado, continuó. Sus dedos pulgares pasaron a delinear la boca de la mujer, suavemente, como si la misma estuviese hecha del más fino y delicado cristal. Helga se estremeció y él sonrió tiernamente. — El acto en sí es un ejercicio muy completo; como te dije, todos los grupos musculares se involucran. Los músculos del suelo pélvico, en especial, se tensan fuertemente, desde la excitación, pasando por el sexo en pleno hasta el orgasmo. Creo que estar contigo activó mis fibras de una forma… que ningún otro ejercicio pudo hacer. El acabar potentemente dentro de ti… — y pensar que al inicio no creía posible aquello. — El buscar acercarme por completo a ti aunque más unidos no podíamos estar, movimiento tras movimiento… quería fundirme en tu cuerpo, que me atravesaras y quedarme así para siempre… mis nervios se dispararon. Era un enorme punto sensible en contracciones constantes, y era extremadamente feliz. La motivación también es muy importante, los ánimos, la seguridad de algo que una vez creíste imposible. Connor me lo explicaba (de modo totalmente técnico e impersonal) y yo solo podía pensar en cómo retribuirte todo lo que has hecho por mí. Tú… — atrajo su rostro hasta unir frente con frente. — Siempre fuiste mi ángel navideño y en esta ocasión no fue diferente. Es que no podría ser de otra forma, ángel — Helga dio un brinquito sobre él. — ¿Qué pasa? — ella había cerrado sus ojos. Arnold admiró su piel lozana y el inevitable erizamiento de sus poros.

—Ese nombre… — habló en voz baja.

—¿Ángel? Te parecerá lo más cursi del mundo pero eso eres para mí, Helga; un sarcástico, directo, loco, sensible y hermoso ángel. ¿Te molesta que te llame así?

—No… — abrió sus ojos, apenas alejándose un poco para verlo de frente. Su mirada brillaba, como si un par de velas hubiesen sido puestas allí. — Digo… una vez me llamaste así, en un sueño.

—Y yo soy el cursi — bromeó, acercándola por la nuca. Ella le dio un coscorrón.

—Sigue burlándote y…

Dio fin a la distancia de sus labios y la besó con devastador apremio. Sus sentidos se llenaron de ella y con el atrevimiento descarado que solo Helga era capaz de avivar en su interior, le arrebató la toalla con una mano.

Demasiado fue el calvario de esperar como para darse tiempo de admirar. Helga le quitó la camisa con urgencia, en un arranque tan desesperado que incluso le rasgó las mangas y casi lo ahorcó con la prenda. Abrió sus pantalones y ella apenas los llevó hasta mitad de sus muslos con bóxer incluido. Con las rodillas hundidas en el sillón, su mujer se alzó sólo para descender, magnífica y rápidamente sobre él.

La sobrecarga de placer y amor fue tan increíble que el pecho le dolió. Soltó un gemido gutural, alucinante, buscó su boca y la besó hasta no sentir aire. Abrazó su cuerpo y se perdió, entero y con gusto, en la entrega tanto divina como torturante y veloz. El cielo se abría y las estrellas empezaban a caer. La apretó a él, un poco más rápido, rápido, rápido, y todo a su alrededor se desniveló. Sentía caer en un abismo y se aferró más a ella, hundiendo la cara entre sus pechos en movimiento ahora sudorosos. La tenía tan cerca… ella embistiendo frenéticamente, y aún así la necesitaba todavía más, y más, que lloró, emitiendo palabras que ni él mismo entendía. Besó la piel rosa de sus areolas y se apropió de un pezón tembloroso que succionó con fascinación. Rápido y más rápido, y todo seguía en completo desnivel.

Helga y sus gemidos... para grabarlos también. ¡La amo!

—Te amo — Helga le alzó la cara para besar su boca, ni tiempo le dio de gritar que también la amaba, sintiendo sus mechones rubios acariciando sus mejillas. — Arnold…

—Yo...

El orgasmo terminó por sacudirlo sin clemencia. El grito que profirió parecía una alabanza al universo mientras sentía como Helga llegaba junto a él, arqueándose, apretándolo, sexo contra sexo y tronco contra tronco y placer tras placer. Espasmos y humedad caliente.

Respiró, exhausto pero feliz, mucho muy feliz.

—Eso... — Helga pareció derretirse como una barrita de mantequilla puesta sobre sartén caliente; Arnold la acunó con suavidad entre sus brazos, siempre listos para ella.

—Creo… que… me morí por un segundo — dijo él. La mujer rió bajamente. — De verdad, Helga… Mi corazón se detuvo un poco. — acarició su cabello antes de pasar a su espalda, realizando un recorrido lento pero indetenible desde su nuca hasta el inicio de su lindo trasero. — Eres demasiado hermosa, tanto que verte lastima un poco.

—Zopenco — ella abrazó su cuello. — Siento como si mi corazón fuese a abrir un hueco en mi pecho y escapar.

—Sé lo que sientes — besó uno de sus hombros. — Puedo sentirlo y yo estoy si no igual, más loco que tú. Mi corazón dejó de palpitar y, combado de anhelo por ti, regresó a latir frenéticamente.

—Tonto — ella sonrió contra su piel. — Entonces… cabezón, ¿cuál es el plan?

—Estar juntos, Helga. Ese siempre fue el plan, ¿no?

—Ese siempre fue MÍ plan, pero…

Arnold la separó levemente por los hombros, regresando después a tomar sus mejillas rojas. La observó con determinación, serio y decidido.

—No permitiremos que nuestras inseguridades nos separen de nuevo. Helga, seamos capaces de hablar y resolver cualquier inquietud que pueda andar jodiéndonos la mente. Creo que podremos ser lo suficientemente maduros como para ello, y, Dios, te amo. Primero me cortaría un dedo antes de alejarme otra vez de ti. — la besó. — Dos dedos — otro beso. — La mano entera. — Su lengua se abrió paso y demoró en recorrer cada rincón de su boca. Ella suspiró, temblando. — Las dos manos — aseguró, dándose una larga inhalación. Rozó su nariz y ella volvió a suspirar, cayendo completamente en él. Arnold dejó escapar una risa que terminó de desenredar los gruesos nudos que quedaban tanto en su cuerpo como en su alma.

—Es… todavía mejor que en mis sueños. ¡Y no te burles! — Arnold casi pudo verla blandiendo el puño. Atajó sus manos y besó sus dedos con infinita dulzura.

—Jamás me he burlado de ti y debes saber que nunca lo haría... — Helga sonrió. — Pero… bromear contigo…

—No empieces.

—¿Puedes ser más gráfica cuando hables de tus sueños?

—¡No te diré nada sobre ellos! — rezongó, moviendo la cabeza.

—Un poco injusto, siendo que todos son sobre mí.

—No te creas tanto, Arnoldo — la acercó para un beso atrevido y abrumador. Un contoneo de sus caderas lo hicieron gemir y sufrir de goce al saberse todavía dentro de ella, acobijado por su estrechez y su esencia.

—Hermosa… — el suave bamboleo de su pelvis regresó a someterlo, friccionando la piel caliente con la intención de provocarlo.

—Si el sexo te ayudará… entonces… — los dedos de Helga se hundieron en sus hombros. Ella se arqueó tanto sobre él que su cuerpo dibujó un arco perfecto, exponiendo sus pechos en pleno, su garganta al echar la cabeza hacia atrás… su piel guardaba leves vestigios de las marcas que él le había obsequiado en navidad. — Entonces… será mejor… — gimió en éxtasis. La ondulación de su figura curvilínea simulaba una preciosa y sensual danza árabe.

—Helga… — presionó su cintura. Sintió como si estuviese hecho de papel endeble y a su vez, de piedra irrompible. Las uñas de Helga rasparon desde sus hombros hasta la base de su cuello. Ella se enderezó, poderosa como una guerrera, como una verdadera Diosa, observándolo fijamente. Sus pupilas expandidas le permitían verse reflejado en ellas.

Él la tomó de las caderas, aplastó nariz con nariz y la impulsó más a su regazo . Las embestidas eran muy lentas, caricias dulces y templadas.

—Sigue… así… — pidió, rozando su boca con un beso tan terso como febril. — No… — gimió. — no te detengas.

—Nunca — exhaló sobre sus labios.

Arnold no podía pensar en algo más natural, soberbio e inmaculado que hacer el amor con Helga G. Pataki. El nuevo orgasmo los llevó a través de una serena corriente; él sentía flotar sobre aguas cristalinas.

Abrazó a Helga y soltó su espalda en el sofá, acomodándose. Se sentía tan a gusto y confortable que bien podía estar así toda la noche, toda la vida. Helga acarició su cabello, apenas deslizándose un poco para poder apoyar la cabeza en uno de sus hombros. El movimiento los hizo separar sus sexos y jadear en el proceso.

Ella acarició ahora su pecho con parsimonia, utilizando las yemas de sus finos dedos de seda.

—Arnold…

—Dime — dio un besito a su pelo, respirando el vivo aroma de su champú. Volvió a inhalar cuando el mismo olor le hizo sentir todavía más relajado y en absoluta paz.

—¿En serio podrás volver a caminar?

—Lo intentaré — la achuchó contra sí, cerrando los ojos. De pronto, dormir le resultaba demasiado tentador.

—Y… ¿Qué opinan tus padres sobre quedarte aquí?

—Si no me decidía a venir a verte, creo que iban a dejar de reconocerme como su hijo. — esbozó una media sonrisa, disfrutando los delicados roces de los dedos de Helga sobre la piel. Un ronroneo mimoso sonó desde detrás de su garganta.

—¡Oh! ¿Y Juliet? ¿Cómo tomó la noticia?

—Debo escribirle una carta todos los días. Incluso me regaló las estampillas que no pudo utilizar en las cartas que iba a enviarme desde Boston. — rió.

—Sabes, Arnoldo, existe el teléfono. ¿Por qué te empeñas en emplear medios de comunicación de los años de Matusalén? ¡Un día te veré enviando señales de humo!

Él volvió a reír, alegre y optimista. Sentía ser el Arnold de hacía muchos años sólo que un poco mejor a pesar de sus piernas inmóviles; con historia y cicatrices pero con mucho aprendizaje y retos por cumplir. Enamorado hasta los tuétanos y amado del mismo modo.

—Lo que tú digas, Helga.

—¿Qué pasará con Abner? — su preocupación por el perro parecía tan aguda como la preocupación por la misma Juliet.

—Amor, está todo resuelto — sus labios presionaron sobre la frente, justo entre sus cejas. El besito deshizo el ceño fruncido.

—Pero él… es tu perro. ¡Y sé que su presencia te ayuda! Es como tu compañero terapéutico y te extrañará mucho y no…

—¿Quieres que venga con nosotros? — recibir a Helga en casa o ser recibido por ella, en compañía de Abner, se pintaba demasiado bien.

—A mí no me molestaría. — Arnold expuso la perlada sonrisa de dientes expuestos.

—Debo ajustar unas cosas. — habló con emoción. — Además de contactar a un colega que Connor me recomendó en Oregón, debo también ir a la universidad estatal. No sé qué profesión me veo ejerciendo en unos años, pero algo haré. Debo hacerlo. — su mente hiló un proyecto de vida fantástico. Eran sólo ideas, anhelos simples pero especiales. — Y quiero disfrutar de ti, Helga, de nosotros. Ir al cine, a comer, ver partidos de béisbol y las luchas si tanto te siguen gustando, y quiero viajar contigo. Conocer a Ethan… — ella se levantó, él regresó a tomar sus mejillas. — Si chocamos con alguna diferencia, conversar y resolverlo.

—Tardamos ocho años en solucionar el primer gran malentendido.

—Y en unos meses el segundo.

—Estamos batiendo récords. La próxima discusión podrá resolverse en unas semanas. — ella repartió caricias por su cabello.

—Trataré de que sea en menos tiempo.

—¿En unos días?

—En unas horas. — sonrió. — Prometo que será más lo bueno que lo malo, Helga. Pase lo que pase, trataré de que así sea. Nos lo debemos.

—Y seguirás comportándote como un enorme muñeco hecho de dulce de leche, ¿verdad? Más empalagoso que el almíbar. — ella rodó los ojos, Arnold pronunció su ya de por sí, enorme sonrisa.

—Creo que funciona bien; contrarresta con tus rudos pero atractivos arrebatos y a su vez, combina perfectamente con tu suave y cursi interior.

—Eres un tonto. — él se inclinó para un beso, catando el rico sabor de su piel.

—Quiero ser el primero en la fila para verte brillar con tus libros. Quiero tus obras firmadas y acompañarte a recibir los premios que mereces.

—Estás exagerando en tus predicciones, Arnoldo.

—Yo no lo creo, pero lo que sea que venga a nuestra vida, a tú vida, quiero ser el primero en disfrutarlo contigo, aunque suene egoísta y muy ambicioso, es lo que quiero. ¿Estás de acuerdo? — decidió callar y esperar, porque si continuaba soltando la lengua, podría incluso pedirle matrimonio.

Por supuesto que aquello también entraba en sus planes, pero, como se había dicho, un pasito a la vez.

Ella suspiró; el sonidito suave y chistoso de su infancia se imprimió en sintonía con el temblor de su cuerpo desnudo.

Respondió con melodía en su voz, ojos velados y sonrisa enamorada.

—De acuerdo.

Fin.


N/A:

¡Feliz Navidad! Espero que pese a todo lo que aconteció este año, hayan pasado una linda noche buena y recibido la navidad de la mejor forma posible; con salud para ustedes y sus familias y comida en sus mesas. 3

¡Y llegamos al final! Porque desde siempre me fijé en una historia corta y simple pese a la condición de Arnold. Quería un fic con mucho Arnold y Helga, sin tantos mambos ni terceros en discordia. Sé que no es el mejor escrito, pero como con cada cosa que escribo, le tengo un gran, gran cariño. Amo el fadom y le agradezco enormemente a estos personajes maravillosos por hacerme la vida real más llevadera.

Yendo al fin de la trama… ¡viva el sexo saludable y curativo! El mejor ejercicio para los males del cuerpo y a veces de la mente! Jajaja…

Es posible, no imposible, dependiendo de la condición del paciente y el nivel de la lesión presente. Siempre me fijé dejar a Arnold con la esperanza de volver a caminar, (lo siento, Rukkia!) Pero soy terapeuta ocupacional, he trabajado con personas hemipléjicas, parapléjicas, amputadas, con espina bífida… y si estuviese en mis manos el poder de reescribir sus historias, los haría a todos caminar de nuevo (aunque me quede sin empleo). Ciertamente, se puede vivir plenamente así, ser independientes y felices, pero no iba a dejar a Arnold embutido en esa condición, sin un mínimo de fe. Quiero decirte también que AMÉ tus comentarios y que los aprecio inmensamente! GRACIAS por tu tiempo y por los ánimos, porque cada palabra de ustedes me llena de inspiración y ganas de seguir y mejorar en la escritura.

Butter (Adri divina), paloma, Dhamar, Sandra, Irise, LMild, Clau, rocio, Rosalía, Kimagure, los anónimos y TODOS los que leyeron y comentaron en su momento, ¡GRACIAS TOTALES! Espero sepan disculpar las fallas y los errores que se me pudieron escapar.

Solo me resta desear que el final no les haya sido una decepción completa. A partir de ese punto, comienza otra historia para Arnold y Helga. Hay que desearles lo mejor. :)

¿Alguien aquí comenzó a leer Todoterreno antes de su eliminación? Porque pienso planteármelo como meta para el 2021. Quizá. Ya veré.

¡Les deseo la mejor de las vibras para el pronto año nuevo! Dios los bendiga en sus proyectos y andanzas.

¡Un enorme abrazo a distancia! Y no bajen la guardia, ¡sigan cuidándose!

Cariños,

Yanii.