De pequeña a Narcissa le daba miedo la oscuridad. Sus padres insistían en que era ridículo, se trataba de una muestra de debilidad impropia de un Black. Aún así, cuando se asustaba, se escabullía al cuarto de su hermana mayor que le hacía sitio en su cama. Si Bellatrix estaba a su lado, ni su propio boggart le causaba temor. Cuando crecieron dejaron de hacerlo. Hasta que muchos años después, la morena se unió a Voldemort. Cada vez que él la rechazaba, ella lloraba, incendiaba cosas y lamentaba haber nacido. En esas noches, su hermana pequeña la obligaba a dormir con ella y así Bellatrix se sentía menos sola (y feliz porque eso obligaba a Lucius a acostarse en el sofá o el jardín con sus pavos reales).
Por eso, cuando la noche anterior la bruja encontró a Nellie llorando porque el amor de su vida la había rechazado, se acordó de su hermana a quien realmente añoraba y actuó sin pensar. Comprendía la tristeza de dormir sola: en su caso se preocupó la noche que se descubrió pensando que echaba de menos a Rodolphus. Amaba la soledad, pero se sentía demasiado abandonada en ese siglo… Así que había sido agradable volver a sentir a alguien junto a ella; hasta a las asesinas psicópatas les gusta tener un peluche para achuchar. Por supuesto el estar borracha y muerta de sueño también ayudó... Pero en cuanto despertó y fue consciente de la situación, salió del cuarto sin hacer ruido y se apareció en su piso.
Cuando Nellie amaneció tras la mejor noche de descanso que recordaba, estaba sola. Llegó a pensar que lo había soñado. Pero sus sábanas olían al perfume francés de su inquilina y en algún momento se había deshecho de las sábanas gracias al calor de su cuerpo. Ignoraba cuándo se había marchado, pero mejor así. Si los primeros clientes del día hubiesen visto a la adivina pasearse en camisón por su casa habría resultado difícil de explicar.
Mientras se preparaba para empezar la jornada, intentó olvidar el disgusto de la tarde anterior. Sweeney y Lucy eran felices. Ella no pintaba nada ahí, hora de asumirlo. Se centró en lo positivo: no había tenido pesadillas (solían acompañarla desde que empezó a mutilar cadáveres), se sentía descansada e incluso la espalda y las rodillas que le dolían de tanto trabajar le habían concedido una tregua. Y ahora tenía una amiga, alguien con quien hablar. Era verdad que Isabelle era igual de huraña que Sweeney e inspiraba incluso más temor, pero también la escuchaba con más atención y la intentaba aconsejar (a su extraña manera).
-Es lo mejor que he tenido en décadas –murmuró terminando de abrocharse el corsé.
Salió a la cocina a desayunar y se sorprendió al ver que estaba todo recogido. Ella solía dejarlo manga por hombro, poco importaba; sus clientes eran como gorrinos, tragarían igual estuviese como estuviese. Dedujo que había sido la morena cuando bajó a cenar, aunque le extrañó sobremanera: en absoluto parecía que aquella mujer hubiese lavado un plato en su vida. Y mucho menos fregado y barrido el suelo…
La francesa tenía comportamientos extraños, había cosas en ella que no le cuadraban. Sin ir más lejos, lo silenciosamente que apareció en su casa la noche anterior pese a haber tenido que usar la ruidosa puerta de la calle que debía estar cerrada con llave... Lo mismo cuando cambió todos los muebles del apartamento en tiempo record. O lo bien que hablaban sus clientes de ella, ¡si solo era una timadora muy guapa! Sería por eso: mucho mejor una estafadora de melena sedosa y mirada seductora que los habituales gañanes edéntulos… En cualquier caso, su cocina nunca había estado tan limpia.
-Debería bajarle el alquiler…–meditó la pastelera- Aunque fue ella la que decidió el precio…
Esa tarde, cuando subía a llevarle la comida, se cruzó con la última clienta de la mañana. Era una chica joven acompañada por una criada que se despedía de la tarotista con vehemencia:
-¡Muchísimas gracias, de verdad, es usted brillante! ¡Es capaz de hacerme ver lo que yo misma intento ocultarme! ¡El dinero mejor pagado, vuelvo la semana que viene!
-Cuando quieras, querida –se escuchó a la morena dentro de la tienda.
La joven asintió, saludó a Mrs. Lovett al verla en la escalera y se marchó satisfecha.
-Vaya, sí que se te da bien adivinar cosas –comentó la pastelera sonriente.
-Por supuesto –respondió Bellatrix recogiendo las cartas-, soy muy buena en mi trabajo.
-¡Házmelo a mí! –respondió la muggle dejando la comida a un lateral y sentándose- Échame las cartas, así veo por qué tos hablan tan bien de ti.
Se lo sugirió con una sonrisa afable, no con ánimo de desenmascararla ni nada similar. Así que la bruja suspiró y volvió a ocupar su asiento. Barajó las cartas y le preguntó qué quería saber. Nellie respondió que si al final se casaría con Sweeney.
-¡No! –respondió la slytherin de inmediato.
-¡Sí que son rápidas las cartas, aún están bocabajo! –comentó la muggle divertida.
-Basta con ver cómo han quedado dispuestas –masculló la bruja arrepentida de su arrebato.
Levantó un par de arcanos menores que confirmaron que remover el pasado no era buena idea; el barbero cuanto más lejos, mejor. Cuando Nellie le preguntó qué iba a ser entonces de ella, la bruja decidió no perder mucho tiempo y responderle lo que quería oír:
-Por lo que veo aquí… Has tenido una vida dura pero te irá bien. Encontrarás a alguien, cambiarás de aires y podrás dedicar menos tiempo al trabajo. Solo tienes que tener paciencia y esperar.
Le dio un par de explicaciones más y juzgó que ya era suficiente. Nellie la miraba con la ligera sonrisa del escéptico. Sinceramente esperaba algo mejor, un poco más preciso y menos previsible.
-Gracias, cielo, es lo mismo que me prometió el cura si me unía al grupo de oración, pero te lo agradezco.
Bellatrix frunció el ceño. Se lo tomó como un ataque personal. Eleanor Lovett no sabía con quién se estaba metiendo. Sin decir nada, volvió a barajar las cartas y a repartirlas por el tablero. Empezó a levantarlas en el orden que mejor le vino y comentó:
-El tres de copas invertido dice que hay alguien de tu pasado que tienes miedo de que vuelva… Un novio o… ¡No, no! Un hijo, un criado o algo así. Es posible que esté más cerca de lo que crees.
Mrs. Lovett empalideció al pensar en Toby.
-Interesante… La carta de la justicia nos habla de asuntos pasados sin resolver que volverán a ti. El universo restablecerá el equilibrio por los abusos y podría ser doloroso... No tiene por qué ser literal, tranquila –comentó la bruja como si nada-, supongo que para ti tendrá algún significado simbólico.
Eleanor no creía en la adivinación ni en la videncia. Era imposible que las cartas le revelaran a esa mujer que habían matado a un juez y a decenas de inocentes. Pero solo ella y Sweeney lo sabían y desde luego no lo habían contado. Le había confesado que se involucraron en asuntos turbios pero no le dio detalles de su naturaleza. Tenía que ser casualidad, pura suerte. Solo que con la siguiente carta que la bruja analizó, recordó su infame canción "Have a little priest" con la que surgió la idea del canibalismo:
-El sumo sacerdote. Está invertida, lo cual podría traducirse en una degradación moral en la que te involucraste. Pero también habla de tu voz interior, de que en el fondo ya has asumido el futuro y eres consciente de lo que este te depara. Muestras una cara que en realidad es la opuesta a tu verdadera naturaleza y el peligro es que el mundo se dé cuenta.
-Entonces… ¿es todo malo? –preguntó la muggle con un hilo de voz.
-No tiene por qué. El problema que veo aquí es que tu pasado te lastra tanto que incluso has renunciado al futuro. Debes olvidarlo, cortar todo lazo con antiguas faltas y deseos y centrarte en buscar algo más que dé sentido a tu vida. Quizá si te relajas y te centras en vivir el día a día la solución vendrá sola.
La pastelera asintió nada convencida de esa hipotética mejora. No se movió mientras la bruja recogía definitivamente. Se había quedado paralizada. Aunque objetivo conseguido: ahora entendía por qué tenía fama y sus clientes le guardaban tanta fe. Porque acertaba. Realmente tenía un don, era capaz de ver el alma de las personas. Contempló las cartas mientras las recogía, hacía dos minutos le parecían objeto de burla y ahora las pintorescas figuras le inspiraban temor. Por suerte, enseguida estuvieron a buen recaudo en su estuche de terciopelo.
La bruja cogió la cena y empezó a devorar la ensalada con pollo ahumado que le había preparado. Viendo el rostro de la muggle aún más pálido de lo habitual se preguntó si no se habría pasado. Iba a quitarle importancia a sus predicciones cuando por fin Nellie reaccionó y se levantó. En lugar de marcharse, se acercó a la estantería donde la bruja guardaba las pociones. Bellatrix frunció el ceño. Nunca permitía a sus clientes tocar sus expositores, pero con ella hizo una excepción.
-Entonces sí que funcionan… -susurró para sí misma.
La mortífaga entendió que Nellie había deducido que si su don como vidente era real, el de fabricante de pociones también. Temió que la muggle estuviese maquinando lo que ella sospechaba. Y así era. Su discurso de desterrar el pasado no había surtido efecto.
-¿Cuánto pides por ellas?
-Un chelín.
-Es mucho. Las de los vendedores ambulantes suelen valer un penique o dos.
-Las mías funcionan.
Bellatrix creyó que se lo discutiría o regatearía, pero no lo hizo. Simplemente asintió y sacó su monedero para ver si llevaba suficiente dinero.
-Es igual. Descuéntamelo del alquiler –indicó la bruja con ligero pesar-. ¿Estás segura? El sentimiento no será real.
-Pero al menos será –murmuró Nellie observando el filtro amoroso.
La morena la contempló durante unos segundos. Finalmente se encogió de hombros, lo había intentado. "Entonces coge uno de los frascos del fondo" se rindió sabiendo que esos eran los que más poción real llevaban. La muggle obedeció. Le dio las gracias y le comentó que volvería tarde. Bellatrix asintió. No hacía falta que le dijera que de nuevo iba a invertir la tarde en visitar a Sweeney Todd.
Cuando Nellie llegó al paupérrimo barrio donde su antiguo inquilino habitaba, el sol empezaba a esconderse y negros nubarrones encapotaban el cielo. Confió en que no fuese un presagio. Se quedó contemplando su nuevo negocio desde la acera de enfrente. Era tan solo un pequeño local donde tenía la silla de barbero y poco más. Su corazón dio un vuelco cuando le vio recogiendo sus veneradas navajas tras terminar la jornada. Esta vez su mujer no estaba a la vista, estaría en el cuartucho que se adivinaba al fondo. La muggle temblaba visiblemente. Era muy decidida y despreocupada, pero aquel asunto le afectaba demasiado. Se aseguró de llevar el pequeño frasco en su escote para poder sacarlo con rapidez. Así era. Cogió aire y entró a la tienda.
Sweeney abrió la boca, probablemente para indicarle que ya había cerrado. Pero al ver que era ella, se quedó paralizado sin saber qué decir.
-Mr. Todd…
Al contemplarlo de cerca, Nellie se dio cuenta de que el barbero estaba intentando recuperarse, al menos físicamente. Su aspecto empezaba a recordar al del hombre que fue antaño y su gesto parecía menos hosco, aunque infinitamente más cansado. Adivinó que de nuevo todo se debía a su amada Lucy.
-Mrs. Lovet… -respondió él sin ninguna emoción- ¿A qué ha venido?
-Solo quería saber qué tal estaba y qué tal va la pobre Lucy.
La pastelera vio cómo un relámpago de ira surcaba fugazmente los ojos del barbero. Probablemente al recordar cómo ella le había mentido sobre su mujer y él estuvo a punto de asesinarla. Pero sorpresivamente se contuvo. Suspiró y le confesó la verdad: la había llevado a que la examinaran y su estado mental parecía irreversible. Le habían recetado medicamentos para suavizar los ataques y también estaban tratando sus carencias físicas por vivir tantos años en la calle. Por supuesto todo eso era caro, así que Sweeney trabajaba a destajo y compartía el local con otros dos peluqueros. Nellie impostó palabras de ánimo y después le sugirió tomar una cerveza para desconectar.
-Podemos ir al bar de aquí al lao y así no nos alejamos. –sugirió ella y viendo que no iba aceptar añadió- Invito yo.
Logró vencer su reticencia. El barbero llevaba todos esos meses sin poder pagar un gota de alcohol y lo necesitaba. Antes de que salieran, la informó de que tenía que asegurarse de que Lucy estaba bien. Ella asintió con una sonrisa que se convirtió en una mueca de odio en cuanto desapareció en la trastienda. Volvió un par de minutos después comentando que estaba dormida, podían salir. Entraron al antro de al lado en el que un par de borrachos le dirigieron a la pastelera miradas y comentarios lascivos. Ella respondió con insultos punzantes y ambos se achantaron. Ocuparon una oscura mesa al fondo y pidieron dos cervezas.
-¿Qué tal el curro en este barrio? –preguntó ella con una sonrisa.
Al principio él parecía reticente a abrir su alma. Pero pronto la castaña se dio cuenta de que necesitaba desahogarse. Le contó todos sus problemas para cuidar de Lucy, las deudas que estaba adquiriendo para conseguir su medicación, los días que llevaba sin dormir… Nellie le escuchaba algo desconcertada. Ese ya no era el barbero loco de Fleet Street, pero tampoco el dulce y cabal Bejamin Barker; se había convertido en un miserable atrapado entre ambas facetas. Y era culpa de su mujer, la pastelera no tenía duda. Aún así no dijo nada. No le presionó, aguantó con paciencia hasta que por fin abordó el tema que más le interesaba:
-Y si solo fuera eso… -masculló el barbero tras la tercera cerveza- Luego están los problemas legales. No puedo recuperar mi verdadera identidad o sería el primer sospechoso de la desaparición de esa escoria… Mi nombre falso me sirve para trabajar, pero tengo problemas con todo lo demás: desde registrar a mi mujer en el hospital (vamos a uno clandestino) hasta enfrentarme a los cobradores del Estado.
-Lo siento mucho, amor –respondió ella.
Él no la escuchó, era como si estuviese hablando consigo mismo. Llevaba tantos meses guardándose eso dentro que ahora que por fin lo soltaba resultaba liberador. Así que continuó:
-Les digo que somos extranjeros, de Australia, y estamos esperando que nos envíen la documentación, pero no sé cuánto tiempo vamos a poder valernos de esa mentira… Vinieron a verme dos policías.
-A mí también –intervino Nellie con el corazón acelerado por miedo a que la hubiese delatado.
-Me lo contaron. Me dijeron que usted les dijo nosequé de que venía su hermana y ya lo habíamos hablado y por eso me fui.
Mrs. Lovett asintió. Sweeney no se había molestado ni en recordar su coartada; como todo lo relativo a ella, nunca consideró importante recordarlo. Y seguía tratándola de usted, como si no se conocieran. Aún así no comentó nada y Sweeney prosiguió:
-Les dije que era cierto, que yo estuve de acuerdo porque ya tenía pensado buscar otro sitio porque usted me cobraba caro el alquiler.
Su interlocutora abrió notablemente los ojos. Eso contradecía su versión: ella les reveló que nunca le pagó. Mierda. Los habían pillado.
-¿Cuándo fue eso? –preguntó intentando que no se notara el miedo en su voz.
-No sé, todos los días son iguales, trabajo incluso los domingos ahora. Creo que a principios de esta semana, hace dos días... Yo qué sé –respondió con lo que hubiese sido rabia de haberle quedado energía para ello.
Eleanor asintió con horror. La policía estaría preparando el caso y en pocos días volverían a su tienda para acusarla formalmente y detenerla. Tenía que huir ella también, debía marcharse del país y…
-Voy a echarle un ojo a Lucy, pídame otra –murmuró el hombre apurando la quinta cerveza.
Al instante Nellie apartó su angustia y asintió. Siguió su figura con los ojos y en cuanto salió, sacó de su escote el pequeño frasco. La poción amorosa era de un color verde transparente que se disolvería bien en la cerveza; aunque la pastelera sospechó que no se percataría ni aún echándole petróleo. Estaba tan ido que aparte de lamentar sus miserias y maldecir, no parecía interesarle nada más. Así que destapó el frasco con cuidado y pensó: "Ahora o nunca".
