El resto ya se lo saben…

Los personajes no me pertenecen son creación de Rumiko Takahashi

Nota de la autora: yo me estoy inventando el universo vampírico de esta historia, no se rige por ninguna leyenda u otra fuente. Es como yo creo funcionaría en este universo el vampirismo.

Música de fondo:

"Ghosts" de James Vincent McMorrow


Ni todo el poder, ni todo el amor

Al salir de la bóveda las luces del techo titilan como si hubiese una falla en la electricidad, en cambio las pequeñas flamas fatuas que marcan ese extraño y misterioso sendero azul permanecen en su sitio.

Trago saliva y afianzo con más fuerza la mano de Ranma mientras avanzamos. Su piel está tan fría como la mía.

—¿Deberíamos avisarles a los demás?— doy una rápida mirada a la escalera que lleva a la parte superior del lugar, misma que estamos dejando tras nosotros.

—Será mejor no tentar esta suerte ¿no crees? — responde bajito Ranma mirándome por sobre su hombro como si temiera que las flamas le escucharan y huyeran.

—Esta bien— avanzo no muy convencida pues no creo que sea buena idea irnos solos tras un rastro mágico, pero admito que tiene razón podríamos perder la oportunidad de descubrir una pieza clave.

Las luces nos llevan fuera del museo a una exhibición externa donde se muestran cañones y casas de campaña. La simple imagen artificial me recuerda a nuestros días en el campamento.

Sin tener que decirnos nada tanto Ranma como yo tomamos con la mano disponible nuestras propias armas, alertas ante cualquier imprevisto.

Y continuamos avanzando por una pequeña colina artificial desde donde se ve otro extremo del bosque.

Ranma me mira un segundo y yo asiento —bueno el hombre relató que las luces le guiaban desde donde recogía los hongos ¿cierto?

Inspiro con fuerza —veamos hasta donde nos llevan

Un segundo de duda nos detiene antes de pasar por entre los árboles, pero al final continuamos. Las luces van naciendo a la par que las que se quedan tras nosotros se desvanecen.

—Saben que no las necesitaremos para volver— comenta en voz baja Ranma.

—O solo prefieren dejarnos aislados para que nadie más siga el rastro.

Suelta aire por la nariz —esa es otra posibilidad.

Mi mano aferra mejor y con más fuerza la daga cuando Ranma va abriéndonos camino conforme las ramas de los árboles nos bloquean el paso. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que salimos del museo? ¿Diez minutos? Tal vez menos pero me estoy poniendo nerviosa.

De repente un claro nos recibe, lleno de hongos silvestres. Algunos pequeñitos, otros más maduros. Algunos ya se han secado y otros incluso se encuentran en estado de descomposición.

—Parece que ya nadie les presta atención— comenta mi esposo cuando nos detenemos observando el sitio.

Recargado en un árbol hay varios altares típicos, se ven también descuidados y dejados al olvido. Pero las pequeñas flamas azules les ignoran pasando a un lado y continuando el sendero que iluminan más allá de estos.

Tanto Ranma como yo ofrecemos nuestros respetos a los altares al caminar a su lado y seguimos las pequeñas luces.

—Entonces el sitio donde al parecer el hombre recolectaba los hongos no es nuestra parada final.

—Pues no.

Las hojas secas del otoño crujen bajo nuestras pisadas.

—Ranko tuvo también sueños extraños— le digo a Ranma para romper el silencio en el que nos vemos sumergidos y para distraer mi mente.

—¿Qué fue lo que soñó?

—Soñó con mi padre.

Ranma me observa un segundo por el rabillo de sus ojos antes de regresar su atención al camino —¿algo malo?

—Soñó un recuerdo mío.

—Eso es raro ¿no?

—Pensé que podría deberse a que tú y ella están conectados.

—Pero…— se detiene escogiendo bien las palabras para la siguiente pregunta —¿no debería haber soñado con un recuerdo mío?

Tiene sentido, y en el fondo yo lo había sospechado renuente a dejar que la idea echara raíces en mi mente porque sé que cuando uno se aferra a los pensamientos de tal índole es porque suelen ser ciertos. Y yo no estaba lista.

Si Ranko hubiera soñado con un recuerdo que Ranma y yo compartiéramos tendría lógica.

Pero fue algo totalmente mío.

—Si lo había considerado…— mis palabras mueren en mis labios cuando lo pienso más y más y… —Ranma— lo detengo de golpe tirando de su brazo y él se da la vuelta.

—No les pasará nada ¿entiendes? Yo las voy a proteger— me acerca de un solo movimiento para rodear mi cuerpo con sus brazos.

La verdad es que Ranko no está ligada a Ranma, está ligada a mí.

Tomó aire tratando de enfocar mi mente de nuevo en las prioridades, en encontrar una falla, una grieta en las acciones de Mousse y a pesar de seguir alertas a las flamas, por esta revelación casi no escuchamos el silbido lejano que va creciendo de a poco.

Una melodía conocida.

—¿Escuchaste eso?— Ranma parece emocionado, es una prometedora pista pues esa canción que escuchamos a lo lejos era la tonada de su regimiento.

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Toma Madono era pequeño de estatura para su edad o al menos siempre lo parecía comparado con el resto de sus compañeros. Aunque no era extraño pues él no había nacido en ese imperio, como tampoco sus padres.

Ellos habían tenido que emigrar de una isla entre dos grandes imperios llamada Togenkyo. Ya nada vivo existía ahí y si Toma hubiese querido buscarla nunca la habría encontrado de cualquier modo.

Siendo ya un huérfano se enlistó en el ejercito demasiado joven por curiosidad y la curiosidad le llevó al regimiento del general Tendo. Tuvo suerte pues sabía que el hombre era una leyenda entre los altos señores del imperio. También sabía que era el favorito del emperador mismo a tal grado que su casa guerrera se uniría, gracias al matrimonio de una de sus hijas, con la casa del daimyo Saotome.

Cuando Toma terminó en el campo instalado al sur del territorio pensó que había llegado su oportunidad de demostrar el gran soldado que genuinamente era y algún día convertirse en uno de los samuráis que rodeaban al capitán Saotome. No por nada él era descendiente de reyes y si Togenkyo no hubiese caído en desgracia él seguiría siendo un príncipe.

Sin embargo un mes después de que el joven capitán se marchara para cumplir con sus nupcias el ambiente se volvió denso. Toma sospechaba que podía deberse al mal carácter de la líder de las amazonas e intentó acercarse a ellas, nadie mejor que un extranjero para comprender a otro extranjero.

Resultó ser una buena idea. No con la líder, claro que no, pero en cambio si con su nieta. La mujer más hermosa que Toma hubiese visto hasta ese entonces. De a poco se fue ganando su confianza y una noche ella le pidió un favor.

El resto de lo sucedido a partir de esa charla que tuvo con la princesa amazona en la mente del joven Toma era solo una bruma de recuerdos. A veces vívidos, a veces demasiado fantásticos como para tomarlos en serio.

Lo único cierto era que luego de que el capitán Saotome volviera al campamento con su esposa su regimiento había sido envenenado por rebeldes, y que entonces hubo un incendio desmedido cuando se ordenó quemar los cadáveres.

Al menos es lo que las mujeres de la tribu amazonas le habían contado cuando despertó sumergido en los cuidados proferidos por las mujeres una semana después de todo lo sucedido, lejos ya del campamento y establecidos en el territorio del daimyo Unryu.

Supo que el capitán Saotome había fallecido en el incendio, al igual que su bonita esposa. Una pena y una tristeza para ambas grandes casas de guerreros. Una tristeza que igual embargó al emperador mismo.

Así que Toma se unió al ejercito del general Kuonji, al servicio del daimyo que había protegido la tribu extranjera.

Los años pasaron, la vida cambio, el ejercito dejó de ser de importancia para Toma cuando se casó y formó una familia. Y el destino lo llevó de vuelta en sus años de vejez al sur, donde en algún momento pensó que debía conquistar la gloria de los samurái.

Ahora no, él estaba satisfecho con su vida. No podía quejarse, amaba los amaneceres al lado de su adorable mujer y los nietos llenaban de calor su hogar.

Para pasar los días le gustaba ir al bosque, buscar hongos que luego usaban para comer o para vender. El sendero que lo llevaba de ida y vuelta estaba ya tan usado que era imposible perderse. O eso creía él.

Hasta que un silencio entumido encontró al anciano mientras recogía los hongos un día cualquiera, pero supo que era un alma conocida de su juventud quien le esperaba entre los árboles que coronaban el atardecer con sus copas altas y sus hojas rojizas del otoño.

—¿Vienes por mí?— preguntó un poco sorprendido por la visita sin detenerse en lo que hacía —yo he cumplido tu petición y siempre la he cuidado.

Pero la respuesta fue un silencio y un vacío. Así que cuando Toma se adentró en la oscuridad para buscar una respuesta la presencia ya se había esfumado y él no recordaba porque se había metido entre los árboles.

No le dio importancia, un anciano ya no piensa en las consecuencias de sus acciones de igual forma. Seguro se había distraído. Seguro se había confundido. Seguramente… no importaba.

Cargó con su cesto al hombro y se dirigió de vuelta a casa, pero sus acciones si habían tenido consecuencias pues había perdido el rastro. La noche le cubrió y el miedo le invadió por primera vez en los últimos 20 años.

—Ocúltame— susurró un espectro en su oído con voz cantarina, un repentino recuerdo de su vida como soldado. Una promesa que seguía cumpliendo sin entender el motivo o la forma.

Y entonces diminutas flamas fatuas marcaron un nuevo sendero frente a sus pies. Conduciéndolo de a poco hasta un par de tumbas que deberían ser una premonición macabra y que sin embargo resultaron algo familiar.

Toma olvidó todo detalle de lo sucedido, así como cuando perdía la noción del tiempo mientras cosechaba esos hongos salvajes en el claro del bosque. Su memoria se guió por costumbre desde ese día, como la de llevar flores a una de las tumbas cada semana que se adentraba en su ritual en el bosque.

Flores silvestres para un espíritu rebelde, solía decir cada vez que las dejaba en la tumba.

Luego sus nietos continuaron con su costumbre cuando él dejó este mundo, una promesa muda. Y después los nietos de sus nietos, una manda para la protección y buena fortuna en nombre de su familia. Hasta que su familia se vió obligada a abandonar el lugar.

Pero lo único cierto es que lo que hizo Toma con la petición del espectro nadie lo supo jamás, porque ese secreto quedó solo entre él y la aparición.

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Siento un silencio nervioso repentino a nuestro alrededor. El silbido se deja de escuchar en cuanto retomamos el camino.

Ni un solo ruido. Nada de aves u otros animales. Hasta las hojas parecen haberse quedado mudas de repente.

—Se siente como una tumba— comenta Ranma sujetando de nuevo mi mano, afianzando nuestros dedos entrelazados.

Lo miro a cada paso, su porte de guerrero y su perfil confiado. Siempre seguro de lo que hace aunque muchas veces no tenga idea de como hacer que las cosas sucedan. Él ha jurado protegerme, la gran mayoría de esas veces lo ha conseguido y cuando no ha podido no fue por su culpa.

Pero con los siglos adquieres experiencia. Y a Ranma y a mí nos sobra bastante. Los dos sabemos que no siempre se puede ganar, que muchas veces debe haber perdidas y que aunque somos inmunes a todo las consecuencias de las batallas duelen esas derrotas. El dolor es lo único que podemos contabilizar.

Y esta batalla contra Mousse será dolorosa.

Las flamas se dividen, se vuelven pequeñitas y muestran un camino ruinoso. De repente un desmesurado frío se expande como una red que nos atrapa y envuelve por igual.

—Hay una presencia— suspiro apretando más la daga y reforzando mejor mi agarre de la mano de Ranma.

Yo también he jurado muchas veces protegerlo y esta no será la excepción. No puedo dejar que el dolor le haga algo.

Las flamas se terminan antes de dos montículos de tierra, uno de los cuales sin duda alguna reconozco como el de Cologne.

Tanto Ranma como yo inspiramos con fuerza, inhalando el aroma del viejo campamento. Entonces el ruido regresa de forma ahogada, como cuando se te tapan los oídos por la presión del aire en el avión.

Los fantasmas existen, son tan reales como nosotros.

Un aroma rancio y húmedo acompaña a la aparición que se presenta con movimientos irregulares de a poco, y con cada sombra que desplaza se paladea el aire salado de la costa cercana pero mil veces más intenso

Con un andar ralentizado la figura etérea, si es que figura se puede denominar al espectro frente a nuestros ojos, atraviesa la porción de bosque que ahora existe luego de las tumbas. Y entonces se detiene y nos observa y sus ojos se abren mucho antes de volverse cálidos.

El fantasma se hace más tangible y corpóreo. Piel aparece donde antes solo había sombras. Juventud, donde antes había un decrépito porte encorvado. Flores en su mano que coloca con devoción sobre la segunda tumba que ahora comprendo a quien le perteneció.

—Siempre le dejo flores a la hermosa amazona— suspira cuando baja una rodilla el espectro de quien alguna vez fuera el joven Toma Madono.

—¿Sabes quién estuvo ahí enterrada?— pregunta Ranma.

—Ella me lo dijo cuando ya no me quedaban muchos días— su voz es clara y tibia, reconfortante de algún modo. El recuerdo oculto al fondo de mi memoria de un jovencito amable —yo les ayudé a sacar el libro mágico capitán y ella quería que pagara mi traición trayendo flores frescas constantemente.

Ranma se acerca más, conmigo a cuestas —pero fue porque yo te lo ordené.

—Eso no importa ya, yo lo supe hasta que morí— responde sin dejar de ver las flores —ella me lo contó.

—¿Hablas de Shampoo?— ahora soy yo quien interviene.

—Antes de tener que irme pero ahora no la puedo ver más— parece triste —la princesa no puede estar donde yo estoy, su alma no ha descansado aún.

—Yo tengo su alma— dice Ranma seguramente pensando en la piedra que tiene Ukyo.

Toma alza la mirada, sus ojos están ahora huecos y su piel se escurre de sus huesos como una terrorífica estampa —deben destruirla, yo la escondí para que él no la encontrara pero deben destruirla— su voz es grave y oscura.

—¿Cómo la destruimos? — pregunta Ranma.

El soldado se vuelve una sombra de nuevo —la reliquia amazona es la única manera— me señala con lo que parece ser su brazo extendido —eso fue lo que la mató a usted hermosa princesa.

Un dolor hueco golpea mi pecho, como si alguien me hubiera tirado una flecha a la mitad del cuerpo. Me llevo la mano, soltando mi daga en automático, hasta la herida que una vez sufrí a causa de Shampoo y cuando bajo la mirada veo mi palma ensangrentada. Y el espacio vacío donde está mi corazón muerto.

Grito.

Grito aterrada.

—¿Qué pasa? ¿Akane?— Ranma me sujeta de los hombros y trata de alzar mi rostro por la mandíbula —Akane, Akane, Akane.

El mundo se vuelve rojo en un estallido de dolor. Morir así, con esa cuchilla atravesada en la piel dolió.

Si, y dolió mucho.

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Mi cuerpo se sobresalta cuando siento que caigo.

—Tranquila Akane, aquí estoy— es la voz calmada de mi esposo, moviendo primero mi rostro y luego ayudándome a levantar mi espalda de una suave superficie.

Cuando enfoco la vista me doy cuenta que estamos ya en el avión privado otra vez.

—Perdiste el conocimiento, te llevé de vuelta al museo y estamos ya a una hora de llegar a Tokio— explica y me entrega un vaso de agua —bebe.

No pregunto nada, simplemente doy un sorbo y… —¡cielos! Es sangre— digo preocupada y contenta al mismo tiempo.

—Es de Ukyo, pensamos que la necesitarías.

Alzo la vista buscando a los demás. Los Hibiki y Ranko están en la parte delantera del avión, platicando, incluso riendo, como si esto hubiese sido un simple viaje de placer.

—Están todos muy animados— trato de no parecer fuera de lugar y busco sonreír, sin embargo es Ranma quien si lo consigue mientras acaricia mi nuca y me insiste en que siga bebiendo.

—Bueno tenemos un plan gracias a Toma y a Herb.

—Recuerdo que Toma mencionó algo sobre la daga de las amazonas. ¿Donde vamos a encontrarla?

Ranma sonríe aún más, mostrando en el proceso sus dientes.

—Mousse la tiene— susurro al notar la obviedad de su gesto y él asiente —¿Herb se lo dijo a Ranko? Pero ella no puede preguntarle nada a él.

—No se lo dijo Herb, lo sabemos porque esa daga estaba entre las colecciones que recién ha robado Mousse. El museo se construyó donde antes había casas y una de estas era de la familia Madono.

—Oh— mi cuerpo tiembla —¿entonces tenemos la ventaja?

—Tenemos la ventaja. Herb nos está ayudando a ganar tiempo al mantener encerrado en la casa de té a Mousse, ha creado una fortaleza.

—¿Qué hay de Taro?

Ranma alza un hombro —debe estar seguramente con él. No tenemos tantos detalles amor.

—¿Iremos por la daga directamente hasta la guarida de Mousse?

Mi samurái niega con el ceño fruncido —nada de iremos, yo iré a buscarla.

—Ni hablar— trato de levantarme pero Ranma me empuja contra el asiento y se coloca a mi lado.

—No voy a arriesgarte y tampoco voy a arriesgar a Ranko. Las dos se quedarán en la bóveda de la fundación.

—Es igual de riesgoso— frunzo los labios —si Mousse no nos ve a alguna de las dos contigo sabrá que lo hemos descubierto.

—Dudo que la intención de Mousse fuera unir a Ranko contigo y presiento que lo ha hecho Herb adrede.

Me cruzo de brazos ofendida —¿me explicas la lógica de eso?

—Fácil— su mirada engreída crece igual que su pecho alzado —soy el más fuerte y hábil de los dos, Ranko sería un ancla para mí y presiento que esa era la verdadera intención de Mousse. Dudo que le importe mucho si yo me sacrificaba, solo quería detenerme.

—¿Y si va a buscarnos?

—La bóveda es impenetrable.

Bufo —contra algún ataque terrorista humano— me burlo —esto es magia, son seres sobre naturales como tú y yo.

Las manos de Ranma sujetan mi mano libre, jugando con mi anillo de matrimonio —estando dentro de la bóveda ¿percibiste algún sonido del exterior?

Niego.

—Y cuándo me fui a hablar con Ranko ayer por la mañana ¿te quedaste dentro de la bóveda como una estatua?— me mira a los ojos ahora —¿totalmente quietecita?

Niego.

—De hecho lloré un poco.

Una ceja se alza, culpable —¿lloraste?

—Me topé con uno de los libros de mi padre y recordé a mi familia. Pensé en sus vidas y me consolé al recordar que no tuvieron más problemas luego de mi muerte.

Ranma asiente a modo comprensivo.

—Si no me lo hubieras contado…— se inclina hacia mí —no lo hubiese sabido— con el dorso de una de sus manos repasa el contorno de mi rostro y gira cuidadoso mi perfil para besarme con dulzura.

Yo cierro los ojos, siento angustia pero también esperanza de nuevo.

—En cuanto acabemos con el infeliz volveremos a concentrarnos en encontrar la cura ¿sí?

No puedo distraerlo, no puedo decirle que ya sé cual es la única forma de recobrar la vida.

—De acuerdo— es lo mejor que puedo hacer por ahora.

Ranma vuelve a besarme, con sus manos sujetando mi rostro y yo me aferro a la tela de su abrigo como si fuera mi salvavidas. De verdad me encantaría que solo fuéramos nosotros dos en ese avión para poder demostrarle todo lo que lo amo.

Mi esposo parece notarlo porque sonríe malicioso.

—Yo también te deseo con locura— susurra y yo vuelvo a meter mi lengua en su boca.

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El avión aterriza con facilidad, miro por la ventanilla que el viento sopla gentil y que también parece que el invierno hará de las suyas.

—¿Entonces los fantasmas existen?— pregunta por tercera vez incrédula Ukyo mientras Ryoga ríe nervioso.

—Me sorprende que se te haga difícil de creer cuando ustedes nos conocen y conocen las leyendas— la voz de mi esposo es tranquila y adorable cuando responde al desconcierto de la joven historiadora.

Ryoga se pone rojo —bueno imagino que tiene sentido querer guardar cierto escepticismo.

Todos nos reímos de su comentario, Ukyo incluso le besa la mejilla. Los observo como ella nos ha estado viendo a Ranma y a mí todo este tiempo, con fascinación por la belleza del amor proclamado. Escucho sus corazones latir casi al unísono. Es una hermosa sinfonía.

El piloto nos informa que podemos descender de la nave.

En el auto Ranma y Ryoga repasan el plan. Ellos irán a buscar la daga, nosotras nos quedaremos en la bóveda y Ukyo permanecerá en comunicación constante entre ambas partes. Pero noto que tampoco está de acuerdo.

—Es demasiado peligroso para Ryoga— le hablo bajo a Ranma y él me mira con seriedad. No voy a conseguir hacerlo cambiar de opinión.

—Él quiere estar ahí, necesito una distracción.

—¿Y piensas que no corre peligro?

—Te prometo que no lo voy a arriesgar. Tengo un as bajo la manga— guiña un ojo.

—Debería ser yo quien fuera contigo, eres un necio.

—Necesito— habla pausadamente, está muy nervioso y evita mostrarlo pero quien mejor que yo para saberlo —alguien tiene que cuidar de Ranko.

Asiento.

El hechizo lo puso Herb antes de las dos de la tarde. Miro mi reloj de pulsera y veo que nos quedan poco más de un par de horas.

—Y si no conseguimos detener a Mousse ¿qué pasará con Herb y el hechizo?

—Yo haré que lo retire.

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Solo un descuidado pelearía cuando sabe que no ganará. Y Mousse no era un descuidado.

Llevaba casi toda su vida planeando conseguir el poder de las amazonas. Había sido tan cauteloso y detallado en sus acciones que consiguió enamorar a la heredera, aunque admitía la joven tenía encanto. El plan era casi un sueño hecho realidad. Se casaría con ella y con el tiempo, paciente como era él, la joven Shampoo se volvería la líder y después de haberla convencido él compartiría también ese poder.

No era un mal plan. Sabía, por las escrituras sagradas, que el poder podía dividirse y que incluso podía ser de toda la tribu si la líder así lo quería. Pero ¿cuántas veces una líder había querido dar un poco de magia a sus vasallos?

Todo parecía ser posible en la mente del joven soldado Mousse, hasta que una guerra se interpuso y sin saberlo en el momento que se despidió de su hermosa novia con el tiempo su obstáculo sería un capitán del imperio vecino.

Pero si algo tenía Mousse era resiliencia y un poco de afán enfermizo para conseguir su objetivo.

Si, se preocupo en extremo cuando volvió de la guerra y no encontró el camino habitual donde se halló alguna vez su hogar. Y sin embargo la suerte le sonreía pues supo por pobladores vecinos que la tribu se había escapado de sus dedos al atravesar el mar.

Extraño, muy extraño.

Tenía que reconocerlo, Cologne era una desgraciada perra que había sospechado bien de él desde el principio. Pero no importaba, el premio solo se había distanciado unos kilómetros. Eso era todo.

Conforme planeaba su viaje al otro extremo del mar tal vez la propia Shampoo lo encaminó para el extraño encuentro que tuvo con una singular pareja que descubrió, gracias a su instinto guerrero, que se trataban de demonios de reciente creación. Un capitán y su esposa.

Eran amables e incluso a pesar de su condición maldita demostraban poseer cierto honor. Un samurái sin duda alguna. Una doncella criada entre samuráis. Los vio matar ladrones y asesinos para alimentarse de ellos.

Curiosos.

Y aunque hubiese sido natural seguir la travesía a su lado él tenía que retomar su objetivo. El matrimonio le había contado un poco sobre lo que sucedía en el imperio vecino, confirmó entonces como encontrar a las amazonas y se imaginó que había más de lo que le contaban.

Así que una noche, aprovechando que ellos se habían alejado para bañarse en unos manantiales, Mousse recolectó pistas de entre sus pertenencias. Una peineta, unos cuantos rastros de cabello de ambos, una vieja prenda. Nada lo suficientemente sospechoso pero sí lo suficientemente valioso para él, para un brujo.

Mousse tenía la magia en su sangre, solo era cuestión de despertarla. Pero para ello debía volver a su hogar.

Unos días después se despidió del matrimonio. La joven mujer le deseo buena suerte con su búsqueda y él, en el fondo de su corazón, les deseo buen viaje y esperaba no tener que volver a toparse con ellos porque de ser así sabía que su reencuentro no sería agradable. Porque Mousse... él siempre tenía un plan.

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Ranma me abraza con fuerza mientras Ryoga, Ukyo y Ranko pasan a nuestro lado hacia la bóveda subterránea donde permaneceremos Ranko y yo.

—Vas a reportarte en cuanto salgas de ese sitio— una orden y Ranma mueve su cabeza afirmando —y vas a volver a mí al instante que tengas la daga— otro asentimiento —y te juro que si no sales de ahí vivo yo misma te iré a buscar al infierno y te mataré de nuevo con mis propias manos por mentirme.

Ranma ríe ronco y su pecho se agita cuando lo hace, con sus manos subiendo y bajando por mi espalda —no esperaría menos de ti amor y estaría ansioso de esa muerte a manos tuyas.

Entierro mi nariz en su cuerpo inspirando con mucha fuerza, impregnando todos mis instintos de su presencia.

—Tienes tus dagas listas— susurra sobre mi cabeza —y Ranko está también armada— inspira con fuerza mi aroma —Ukyo estará al frente con toda la seguridad necesaria y nos avisará cualquier infiltración.

Clavo mis dedos en su espalda —hemos sobrevivido a mucho, esto no es nada.

—Esto no es nada— responde besando la coronilla de mi cabeza y luego me aparta para tomar mi rostro entre sus dedos, mirándome con fuerza a los ojos —Akane Tendo te amo con cada espacio de mi corazón y sobreviviremos también a esto ¿entiendes?— sus cejas se unen ligeramente al centro.

Trago saliva —sí— me paro de puntitas y acerco mis labios a los suyos y nos besamos como si fuera la primera vez. Con dulzura y amor.

—Ranma Saotome— digo con seriedad cuando nos separamos con una sonrisa en mis labios sujetándole de la armadura —tienes que volver a salvo para hacerme el amor.

Sus hombros se relajan, su gesto se tranquiliza —es una promesa princesa— y vuelve a besarme.

Mi samurái me guía galante hasta la puerta de la bóveda, juega con mis dedos y acaricia con su pulgar el dorso de mi mano. Ambos vamos enfundados con las pieles escamadas de nuestras armaduras.

Alza su vista para mirar a Ranko y a Ukyo —manténganse alerta, no sabemos que pueda haber planeado Mousse.

Los mensajes dejaron de llegarle a Ranko antes de subir al avión que nos regresaba a Tokio.

—Ustedes también, por favor— responde Ukyo soltando con pesadumbre la mano de Ryoga y entregándole el libro de las amazonas.

Esa será la llave para lograr entrar con Mousse. Llevarle el libro.

Ranma saca del bolsillo lateral en su muslo un par de pequeñas viales de cristal con nuestra sangre dentro, le entrega uno a Ryoga y el otro a Ukyo —esto deberían volverlos casi invisibles— explica —pero si no funcionan con Mousse o su brujo— Ranko hace una mueca de disgusto —bébanlo en caso de necesitarlo.

Ambos frágiles humanos asienten colocando alrededor de sus cuellos los dos objetos. Las viales las obtuvimos hace años como pago por un trabajo de una bruja celta.

Miro el reloj de mi muñeca y Ranma extiende su mano hacia Ryoga antes de mirarme por última vez —vamos.

En un parpadeo desaparecen. Ranko entra a la bóveda y yo me giro para sostener la mano de Ukyo —Ranma no dejará que nada le suceda— le digo a mi amiga y ella me mira preocupada.

—Les avisaré cualquier situación anormal— señala el intercomunicador en la orilla de la puerta.

Se suelta de mi agarre y yo entro tras Ranko y cierro.

La joven agente camina nerviosa alrededor de la mesa, hasta un extremo en donde desenfunda un par de sus armas y revisa de nuevo el número de balas que contengan.

—Estas consciente que ¿todo esto puede fracasar?— la voz de Ranko es neutral mientras continúa indiferente haciendo lo que hace.

Yo camino hasta donde se encuentra y me siento a su lado —pero estamos listas para enfrentarlo ¿cierto?

Por fin sus labios se mueven en una curva de medio lado —ese bastardo se metió con la familia equivocada.

Me levanto y apoyo una de mis manos en su hombro —Herb y tú.

Ranko alza su vista con lentitud.

—¿Qué tan serio es lo suyo?

Toma aire y su pecho se infla —es la primera vez que me sentía yo misma con alguien.

No decimos más. Yo me muevo por entre los estantes y voy en la búsqueda de más armas archivadas que puedan ser de utilidad solo en caso de que todo salga mal. El reloj en mi muñeca se mueve, escucho como el engranaje avanza y sé que solo han pasado unos cuantos minutos.

—La espera será insoportable ¿no?— digo a Ranko a lo lejos pero ella no responde.

Imagino que está ocupada tratando de no pensar mucho en lo lento que pasa el tiempo, en lo largo que se siente solo esperar noticias, en la insufrible posibilidad de que todo falle.

Saco un estuche largo y delgado de un estante, la etiqueta hace referencia a un sable. Un sable no es mala idea como un arma adicional.

—Sé que amas a mi tío— la voz de Ranko es suave en el eco de la bóveda.

—Lo amo— respondo desde donde estoy, bajando con cuidado el estuche que contiene el sable al suelo para poder abrirlo.

—No quería decirte todo eso en el museo.

Sé a lo que se refiere.

—Estamos conectadas Ranko, es normal que externes mis viejos temores y rencores.

Escucho una risita ronca y mi cuerpo se destensa —¿tú sientes lo que yo siento?

Medito buscando si percibo algo distinto en mí —creo que no.

—Bueno tú eres una reliquia— ríe al fin. Una risa que me recuerda a la de Ranma.

—Y deberías valorarme por ello— rio también.

Saco al fin el sable y lo observo de arriba abajo, es precioso.

—Ranma dijo que te especializaste en simbología— su rostro aparece entre los últimos estantes.

—Ha sido por los años de ver armas tras armas— explico pasando mis dedos encima del mango del arma —mi padre solía explicarme los detalles de los escudos y su significado. Decía que era importante conocer a fondo a tu enemigo. Su origen.

—Debes haber extrañado mucho a tu familia— su mano se coloca por encima de su corazón —lo siento.

Alzo una ceja —pero fueron felices y yo también.

—Si pudieras volver a ese día, cuando Shampoo les maldijo ¿hubieras preferido morir y llegar al más allá con tus seres queridos?

Uno de mis más grandes temores es que luego de tanto tiempo robado a la vida si llego a morir al fin mi alma no tenga derecho a descansar.

Tomo aire —no creo que valga la pena preguntarse que otras opciones hubiese tenido. Esta es la vida que tengo.

—Pero…— camina más hasta donde estoy, su mirada se vuelve más seria —si hubieses podido elegir ¿te habrías quedado con el capitán?

Un temblor me recorre la columna y sujeto con cautela el sable para apoyarme y ponerme de pie.

—Será mejor volver al frente y esperar buenas noticias.

Pero Ranko sigue avanzando con pasos lentos, luego su cabeza se inclina y mira hacia el techo señalándolo con su dedo índice —¿crees que la historiadora pueda escuchar tus gritos cuando te llene de balas el pecho?— desenfunda en un movimiento rápido su pistola y me apunta con ella.

—Ranko— mi respiración se agita —suelta el arma— afianzo con mis manos el sable —soy más rápida que tú y las balas no me llegaran pero pueden rebotar de regreso hacia ti. Por favor, esta no eres tú.

Sus labios se contraen en una sonrisa forzada, una sonrisa que intenta no reflejarse en su rostro.

—Ya no sé quien soy— sus ojos se oscurecen —las voces no paran de decirme lo infeliz que eres, lo triste que estas, lo miserable que ha sido todo para ti.

—Eso no es verdad— me defiendo —no es cierto, yo no soy miserable.

Ranko aprieta el gatillo y la bala pasa junto a mi rostro por unos milímetros apenas cuando alcanzo a moverme. Soy más rápida, por supuesto. Sin embargo es cierto, puedo lastimarla si me defiendo.

—Detente, respira por favor, piensa en tu familia.

—¿En mis padres de mierda?— su entrecejo se marca con fuerza —ustedes son lo único que tengo y están muertos. Son cadáveres andantes.

Veo mi oportunidad cuando baja su brazo y se lamenta la batalla que seguramente debe estar librando. Su cabeza se agacha y me doy cuenta de cual puede ser el motivo de este repentino arranque de desolación.

El alma de Shampoo se balancea dentro del relicario que cuelga en su cuello. Pensamos que sería mejor tenerla lejos de Mousse y se decidió que permanecería junto a nosotras dentro de la bóveda.

Aprieto los dientes buscando con la mirada la forma de arrebatársela sin lastimarla.

—Todo esta perdido Akane, no vale la pena continuar de cualquier forma— sus ojos se mueven un instante hasta mi reloj, han pasado 15 minutos —no van a llegar a tiempo. ¿Qué será de mí?

—Te convertiré en una vampiresa— digo pensando en la última opción que tenemos para evitar que Ranko muera —ya estamos unidas— alzo un hombro buscando sonar tranquila —solo sería sellar el pacto.

—¿Y que clase de vida me espera?— sus labios tiemblan, sus manos también —no, no quiero eso— alza la pistola de nuevo apuntándome —no quiero ser como tú.

—No quieres morir Ranko.

—No, tampoco— confirma.

—Ranma conseguirá la daga y conseguirá romper el hechizo de Herb.

Niega efusivamente —fueron tan tontos— se lamenta —fueron tan estúpidos para creer que iban a detener a Mousse.

No hay forma de acercarme. El gatillo vuelve a ser apretado por sus delgados dedos y la bala sale directo a mi pecho, consigo moverme pero aún así rasga mi hombro.

Gruño del dolor y escucho el eco de Ranko por lo mismo. Huelo la sangre que sale de su herida gemela a la mía mucho antes de ver con mis propios ojos lo obvio.

Inspiro, suelto el sable y mientras los ojos de Ranko observan con lentitud humana como cae al piso yo saco de mi cadera una de mis dagas y me la clavo en el brazo con el cual Ranko sostiene la pistola.

Grita. Grito. Pero funciona, suelta el arma y yo corro de manera sobre natural siendo solo viento en su cuerpo arrancando el relicario que contiene el alma de Shampoo.

Cuando mi cuerpo golpea el otro extremo de la bóveda y me giro Ranko cae al piso, primero las rodillas y pocos segundos después el resto.

Exhalo. Retiro la daga de mi brazo, limpio mi sangre en mi muslo y regreso el arma a su lugar.

Aferro con fuerza en mi puño el relicario y camino de vuelta hasta donde Ranko comienza a moverse.

—¿Estás bien?— pregunto agachándome para asegurarme que no este lastimada. Su brazo ya esta sanando, como el mío.

Me mira, sus ojos han vuelto a ser azules como los de Ranma —estoy bien, estoy bien— se apresura a confirmarlo sujetando su brazo —yo, no podía parar. Quería pero todo estaba sucediendo ajeno a mí.

—Era por el alma de Shampoo— le muestro el relicario y ella tuerce su gesto —no me sorprende, después de todo ella me sigue odiando. Cree que le quité a alguien que pensaba le pertenecía.

Las dos nos sentamos en el suelo, una junto a la otra. Puedo escuchar su corazón buscando tranquilizarse.

—¿Y si no consigue Ranma eliminar nuestro hechizo?— vuelve a preguntar.

Yo solo la miro. Y sus ojos muestran el dolor supurante de lo que será su vida si mi amado samurái no consigue el objetivo principal de su misión en la casa de té.

—Una vida eterna no es tan mala Ranko.

Suspira —pero si yo me vuelvo vampiresa entonces nunca tendrán la cura.

La miro con los ojos abiertos.

—Amenacé a Ryoga de que si no me lo decía levantaría cargos en su contra.

Largo un suspiro recargando mi cabeza en el mueble de acero tras nosotras —Ranma no puede saberlo aún— empujo con mi hombro su cuerpo —yo se lo diré, pero de cualquier forma debes entender que nunca podríamos aceptar esa solución.

—Creí que querían tener familia propia— se entrecorta su voz conforme baja su cabeza.

—Ya tenemos familia propia— dejo el relicario entre mis piernas y le sujeto las manos con fuerza —tú eres nuestra familia.

Nos acurrucamos una junto a la otra.

—Gracias— comenta quedito.

El tiempo se estira, se vuelve la eternidad que he vivido a cada segundo que camina con lentitud en el reloj. Pasa un minuto. Pasan cinco. Y sé que si tuviera un corazón que bombeara sangre como debería estaría retorciéndose como mi estómago.

Ranko se levanta en algún punto y busca rápido uno de los botes de basura cercanos. Se deshace ahí, su estómago se contrae sacando todo el alimento de las últimas horas.

Y yo me estremezco con más fuerza.

Y cuando pasan 30 malditos minutos desde que Ranma y Ryoga se fueron siento un hormigueo en la palma de mis manos.

—No me siento bien— dice Ranko antes de que otra arcada le haga escupir bilis en el bote.

Le llevo una de las botellas de agua que están en la mesa y ella la bebe completa de un solo trago. Sus ojos están llorosos por el esfuerzo y su piel está fría por la pérdida de todo alimento. Sus labios incluso se ven más pálidos, como su tez.

Coloco mi mano sobre su frente y casi de inmediato ella la aparta —estás muy caliente Akane.

—¿Qué?— miro mi mano pero ni siquiera puedo entender algo cuando un golpe en mi pecho me tira al suelo. Y antes de que pueda reponerme otro. Y otro. Y otro. Y entonces lo escucho, mi viejo y seco corazón se contrae y extiende cuando empieza a moverse —¿qué?

Si Ranma no consigue separarnos a Ranko y a mí pronto, al término del lapso del hechizo impuesto por Herb yo me robaré la vida de Ranko y obtendré la cura, tal como dijo Ryoga.

Sigo jadeando, sudando ahora. El calor incluso me resulta insoportable. Agonizo con cada sensación que resulta nueva y entre este arrebato de vida comienzo a escuchar que algo está goteando. Busco si se trata de Ranko pero ella sigue sacando el vacío de su interior en el bote de basura, no, no es Ranko.

¡Plop!

¡Splat!

¡Plop!

—Huele a sangre— susurro tratando de levantar mi existencia del suelo —huele a sangre...

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Feliz año nuevo! Espero que este año disfruten más todo. Apreciar el mundo entero que nos rodea, lo bueno, lo malo, lo dulce y las tristezas. Todo cuenta.

Les mando un abrazo enorme y quiero agradecer con todo mi corazón las reseñas que han tenido el amor de dejarme. Las leo y releo porque me llenan el alma escritora jaja, así que millones de abrazos ultra gorditos para ustedes.

Gracias infinitas a Serena de Kou, Niomei, Esmeralda Yasmin, Sary Topai, Nicky, Benani0125 (mil gracias también por seguirme a esa nueva aventura en otro fandom me dio mucha emoción ver tu review!), Tendo Black y Saritanimelove.

Gracias, gracias, gracias!