La Perfecta Duquesa
8| La Cortesana
—¿YO? —Naruto pinchó un trozo de huevo y se lo metió en la boca. Estaba frío, pero hizo de tripas corazón y se lo tragó—. ¿Por qué debería hacer algo?
—Mi querido Naruto, tienes fama de no bailar nunca con nadie, bajo ninguna circunstancia —explicó Konan.
—Ya lo sé.
Había aprendido hacía mucho tiempo que hablar con una señorita o bailar con ella creaba expectativas. Las jóvenes y sus madres comenzaban a pensar que se declararía, o sus padres a creer que podían disponer de sus contactos o favores.
Tampoco tenía tiempo para bailar con todas las damas elegibles presentes en un acontecimiento y las familias de las descartadas se lo tomaban como un desaire. Fue por eso que, al principio de su carrera, decidió que, si quería mantener sus alianzas y amistades, lo mejor era no favorecer a ninguna mujer en absoluto. Había bailado con Hinata y con Shiho, y eso era todo.
—Ya sé que lo sabes —dijo Konan—. Las madres ya saben que no tienen que exhibir a sus hijas delante de tus narices porque es un esfuerzo desperdiciado. Y de pronto, ayer por la noche, vas, te acercas a Hinata y bailas con ella el vals... ¡de la manera más vigorosa! Has destapado la caja de Pandora. Algunos especulan que es tu venganza hacia ella por haberte dejado plantado y la forma de ponerla en el punto de mira; otros suponen que quiere decir que vuelves a estar en el mercado matrimonial.
Naruto desistió de tomar los huevos y comenzó a cortar la salchicha. Parecía demasiado grasienta. ¿Qué le había ocurrido hoy a su impecable cocinera?
—Es asunto mío con quién bailo o con quién dejo de bailar.
Lord Hyûga levantó la vista del periódico tras marcar con el dedo el punto donde se había detenido.
—No cuando se tiene cierta fama, MacUzumaki. Cuando alguien es famoso, todo lo que hace acaba siendo distorsionado. Comentado y desgranado. Se especula al respecto.
Naruto lo sabía muy bien. Su vida y la de sus hermanos habían sido material de primera página de los periódicos durante todos los años de su vida, pero estaba de un humor pésimo y no tenía ganas de ser razonable.
—¿Acaso la gente no tiene otra cosa de qué hablar? —masculló.
—No —repuso lord Hyûga—. No la tienen. —Volvió a hundir la cabeza en el periódico y quitó el dedo para reanudar la lectura.
Konan apoyó los brazos en la mesa. Yahiko siguió extendiendo la mermelada al tiempo que le miraba con una amplia sonrisa que le irritaba sobremanera.
—He mencionado la Caja de Pandora —comentó Konan—, porque vuestro baile va a hacer que todas las madres de Londres y alrededores te consideren un objetivo. Intentarán interponer a sus damitas entre Hinata y tú, reclamando que sus hijas son mejores partidos. En ese caso, Naruto, deberías casarte lo antes posible para evitar cualquier batalla campal que pudiera producirse.
—No —dijo él.
—Tú te lo has buscado, hermanito —intervino Yahiko—. Fuiste tú y solo tú quien dio alas a Konan al declarar, en Ascot el año pasado, que estabas pensando en buscar esposa. Ella albergó ciertas expectativas, pero desde entonces no has hecho nada al respecto.
En Ascot, Naruto había tenido muy claro lo que estaba haciendo. Supuso que sus hermanos habrían imaginado que albergaba la romántica idea de acercarse cual caballero de brillante armadura a la empobrecida propiedad de los Hyûga, donde lucharía contra los elementos adversos, hasta dar con ella y rescatarla. Jamás habían considerado que Hinata protestaría... Y él sabía que lo haría.
No, tomarla por esposa sería un acto tan calculado y deliberado como cualquiera de sus campañas políticas. El cortejo, que también llevaría a cabo, sería posterior. Por ahora, que viviera en su casa y que echara una mano a Shikamaru y Konan era la mejor manera de acostumbrarla a lo que se esperaría de ella más tarde.
Contaba con que su cuñada consiguiera que Hinata fuera a una modista para que volviera a usar ropa bonita, algo a lo que también quería que se habituara, para que le resultara difícil prescindir de ello más adelante. Había planeado financiar todos los libros, estudios museísticos y conversaciones con expertos en los que su padre estuviera interesado, de manera que ella no tuviera corazón para obligarle a renunciar a ello. Después de un tiempo, la vida de Hinata y la suya estarían tan entrelazadas entre sí, que no podría alejarse de él.
El baile de la noche anterior había sido un antojo...
«No, no fue un antojo —dijo una vocecita en su interior—, sino una ardiente necesidad».
Cualquiera que fuera el razonamiento que hubiera tenido, había usado el baile para indicar a todos los que quisieran mirar que había vuelto a fijarse en Hinata. Su partido pronto estaría al frente del país; la reina le pediría que formara el gobierno y él podría poner su victoria a los pies de ella.
—Ya te lo he dicho, Yahiko: es asunto mío.
—Un compromiso rápido también salvará a Hinata del escándalo — intervino Konan, ignorándoles a los dos—. La atención se concentrará de inmediato en tu futura esposa y el baile con Hinata pasará al olvido.
No, no iba a ser así. El mismo se aseguraría de que no ocurriera.
Konan pasó una página en su cuaderno de apuntes y señaló con el lápiz.
—Vamos a ver... La dama en cuestión tiene que ser, ante todo, escocesa; no queremos una rosa inglesa para Naruto MacUzumaki. El segundo punto importante, será que poseerá el linaje adecuado. Yo creo que, preferiblemente, hija de un conde como mínimo, ¿no estás de acuerdo? En tercer lugar, tendrá que gozar de una reputación intachable; no es conveniente que su nombre se haya visto envuelto en un escándalo.
» Cuarto, no puede ser viuda; así evitaremos que se presenten de repente familiares de su anterior marido pidiendo favores o metiéndote en problemas. Quinto, deberá poseer mano izquierda y ser capaz de limar asperezas con las personas a las que tú hayas irritado previamente. Sexto, es imprescindible que sea una buena anfitriona en las veladas, fiestas y bailes que ofrecerás; que conozca bien a los invitados para organizar adecuadamente los asientos y demás.
» Séptimo, imprescindible, que se lleve bien con la reina. A Victoria no le gustan los MacUzumaki y tu esposa deberá alternar con ella cuando te conviertas en el Primer Ministro. Octavo, ser atractiva; lo suficientemente hermosa como para ser admirada, pero no tanto como para despertar celos y envidias. —Konan levantó el lápiz de la página—. ¿Falta algo? ¿Yahiko?
—Punto nueve: ser capaz de aguantar a Naruto MacUzumaki —agregó su marido.
—Oh, cierto —escribió ella—. Añadiré también que deberá ser fuerte y resuelta. Con este último serán diez puntos. Un número perfecto.
—Konan, por favor, basta —dijo él.
Para su sorpresa, ella dejó de escribir.
—Ya está listo. Ahora solo falta hacer una lista de damas que se ajusten a los criterios, y tú podrás comenzar a cortejarlas.
—¡Ni hablar! —Sintió un golpe húmedo en la rodilla. Bajó la mirada y vio a Ben contemplándole mientras golpeaba el suelo con el rabo—. ¿Qué hace este perro debajo de la mesa?
—Ha seguido a Menma —explicó Konan.
—¿Quién ha seguido a Menma? —La alegre voz de Hinata llegó al comedor antes que ella.
¿Así que Hinata estaba exhausta después de la velada? ¿Por haber bailado vigorosamente con él? ¿Por haberle besado, primero en la escalera y después en el lavadero? No, de eso nada. Su apariencia era relajada y fresca, olía a jabón de lavanda cuando pasó junto a él camino del aparador. Lavanda... Era el aroma que siempre le hacía pensar en ella.
La vio llenar el plato. Cuando se dirigió a la mesa se inclinó para besar a su padre en la mejilla y se sentó entre lord Hyûga y él.
—El viejo Ben —respondió Konan—. Le gusta Menma.
Ella miró debajo de la mesa.
—Oh, sí. Buenos días, Ben.
«Así que le da los buenos días al perro —fue su irritado pensamiento—, pero ni hola para mí».
—Hinata, ¿Qué opinas de Sasame Fûma? —preguntó Konan.
Ella comenzó a comerse los huevos fríos y las salchichas grasientas como si fueran manjar de dioses.
—¿Qué pienso de ella? ¿A qué te refieres?
—Como potencial esposa para Naruto. Estamos haciendo una lista.
—¿De verdad? —Hinata siguió comiendo, con la mirada clavada en Menma y en su periódico—. Sí, Sasame Fûma sería una buena esposa. Tiene veinticinco años, es guapa, educada, sabe cómo tratar a los ingleses más conservadores y es buena con la gente.
—Recordad que su padre es el viejo John Fûma —intervino Yahiko —. El laird del clan Fûma y un auténtico ogro. Da miedo a muchas personas, entre las que me incluyo, por supuesto. Estuvo a punto de matarme cuando era joven.
—Eso fue porque estabas bebido y pisoteaste uno de sus campos —le recordó Konan.
Yahiko se encogió de hombros.
—Es cierto.
—No se preocupen por el viejo John —les tranquilizó Hinata—. Es muy amable si se le sabe llevar.
—De acuerdo —dijo Konan—. La señorita Fûma está apuntada en la lista. ¿Qué opinan de Suiren Butterworth?
—¡Por el amor de Dios! —Naruto se levantó de golpe.
Todos los presentes se quedaron quietos y clavaron los ojos en él, incluyendo a Menma.
—¿Tengo que consentir que me pongan en ridículo en mi propia casa?
Yahiko se recostó en la silla con las manos detrás de la cabeza.
—¿Preferirías que lo hiciéramos en la calle? ¿En Hyde Park, tal vez?¿En pleno Pall Mall? ¿En la sala de juego de tu club?
—¡Yahiko, cállate!
A lord Hyûga se le escapó una risita, pero se apresuró a fingir un ataque de tos. Naruto bajó la mirada a su plato y observó que parte de la salchicha que había cortado había desaparecido. No había sido él quién se la había comido.
Llegó un sonido sospechoso de debajo de la mesa y Hinata parecía, de repente, demasiado inocente. Notó que le subía un grito a la garganta y no iba a poder impedir que saliera por su boca. Su voz retumbó contra los cristales de la lámpara de araña; incluso Ben dejó de masticar.
Se alejó bruscamente de la mesa, haciendo que la silla cayera al suelo. De alguna manera logró salir de allí, recorrer lo más rápido que pudo el vestíbulo y subir las escaleras.
—Caray... ¿Qué le pasa esta mañana? —Escuchó que preguntaba Hinata.
Daba igual que Naruto se hubiera ido, pensó Hinata, llevándose el tenedor a la boca con dedos temblorosos. Se sentía muy tímida esa mañana después de los intoxicantes besos que habían compartido en la lavandería y de que la hubiera sentado en la barandilla de hierro de las escaleras. Se había puesto los calzones que él había sostenido la noche anterior entre sus dedos; Maigdlin se los había llevado esa misma mañana.
La doncella no había mencionado que los sirvientes hubieran encontrado la lavandería en un estado deplorable, porque no lo habían hecho. Ella se había quedado allí un buen rato doblando de nuevo cada prenda, antes regresar al baile para echar una mano a Konan durante el resto de la velada.
Cuando se puso los calzones, recordó que Naruto había besado la tela mientras le decía que pensara en él. Lo había hecho, y ahora casi juraba poder sentir la huella de sus labios en el trasero.
Cogió lo que quedaba de salchicha en el plato de Naruto y se la dio a Ben.
—¿Por qué haces una lista de posibles esposas para Naruto?
Konan dejó el lápiz sobre la mesa.
—Ah, pero no es de verdad, Hinata, es solo un engaño. Todos sabemos que tú eres la mujer perfecta para él. Pero necesita que le den un empujón.
Hinata sintió frío.
—Creo que Naruto tiene razón en una cosa, Konan; eso es algo que nos incumbe solo a nosotros, a él y a mí.
—Bueno, no irás a ponerte imposible tú también, ¿verdad? Sabes de sobra que tengo razón. ¿No opina lo mismo que yo, lord Hyûga?
Su padre dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa.
—Hinata, no sería mala idea que te casaras con él.
Ella le miró con sorpresa.
—¡Papá! Siempre he pensado que te alegraste cuando rompí el compromiso. Me apoyaste por completo.
—Sí, es cierto, en ese momento me pareció lo más conveniente. Naruto era entonces un joven arrogante y peligroso y tú estabas muy dolida. Pero ahora la situación es diferente. Me estoy haciendo viejo, cariño, y cuando yo muera quedarás en la ruina; sin posesiones ni propiedades. Reposaría mucho más tranquilo si supiera que disfrutas de todo esto. —Hizo un gesto con la mano para señalar el lujoso comedor.
Ella pinchó un trozo de huevo con el tenedor.
—Bueno, no importa demasiado lo que queráis o no queráis. La decisión es nuestra, ¿no?
Enfrente, Menma miraba fijamente un bote de miel. Como si no fuera consciente de lo que hacía, estiró la mano y cogió el gotero, que levantó para dejar que la fluida miel dorada cayera de nuevo en el tarro.
—¿Qué opinas tú, Menma? —le preguntó ella. Al menos Menma le daría una respuesta sincera. Quizá demasiado sincera, pero eso es lo que necesitaba.
Él no respondió. Volvió a alzar el gotero, formando pegajosos remolinos de miel mientras observaba cómo caía en una pátina iluminada por el sol.
—No insistas —intervino Yahiko—. Está pensando en Tanahi.
—¿De verdad? —preguntó—. ¿Por qué lo sabes?
Yahiko le guiñó un ojo.
—Confía en mí. A Menma se le ocurren excelentes usos para la miel, puedes creerme.
Konan se sonrojó, pero parecía feliz.
—Creo que en realidad fue Nagato el que comenzó esa tontería.
—No es una tontería. —Yahiko se chupó un dedo y se inclinó hacia su esposa—, Mmm, muy sabroso...
Lord Hyûga sonrió y volvió a concentrarse en el periódico. Ella siguió observando a Menma.
—La echas de menos, ¿verdad?
Menma apartó la mirada de la miel y la clavó en ella.
—Sí.
—Te reunirás con ella muy pronto —aseguró Yahiko—. Partiremos para Berkshire la semana que viene.
Menma no respondió, pero ella pudo leer en su fugaz mirada que veía muy lejos la semana siguiente. Hinata dejó el tenedor en el plato, empujó la silla hacia atrás y rodeó la mesa para acercarse a él.
Yahiko y Konan observaron con estupor cómo rodeaba con los brazos el cuello del menor de los MacUzumaki y se inclinaba para besarle la mejilla. Les vio tensarse, como a la espera de la reacción de Menma; a él no le gustaba que le tocara nadie que no fueran Tanahi y sus hijos.
Pero le parecía tan solo y triste, que se había sentido impulsada a consolarle. Menma había abandonado a su amada Tanahi para viajar a Londres y asegurarse de que su dominante hermano mayor no le rompía el corazón.
Una acción demasiado noble.
—Estaré bien —le dijo—. Vuelve con ella.
Menma se quedó inmóvil; Yahiko y Konan contuvieron el aliento y simularon no ver nada; incluso su padre alzó la mirada, preocupado.
Menma alzó la mano lentamente y le dio un apretón afectuoso en la muñeca.
—Tanahi ya se dirige hacia Berkshire —explicó—. Me reuniré allí con ella.
—¿Te irás hoy? —preguntó ella.
—Sí, hoy. Shino lo preparará todo.
—Estupendo. Dale un beso de mi parte —le pidió al tiempo que le rozaba la mejilla con los labios. Se incorporó.
Konan y Yahiko volvieron a respirar y se concentraron en sus desayunos, sin mirar a Menma. Ella regresó a su lugar, secándose disimuladamente las lágrimas que anegaban sus ojos.
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—Shikamaru —dijo Hinata algunas horas después, alzando la mirada de la máquina de escribir Remington—. Esta carta no tiene nada escrito, solo un nombre y una dirección.
El secretario la miró por encima del escritorio.
—Milady, no hay nota —explicó—. Únicamente hay que meter un cheque dentro del sobre y poner la dirección.
«A la atención de la señora Whitaker», escribió en el sobre.
—¿Eso es todo? ¿Ninguna nota que diga «Por el pago de...» o «Por favor, acepte esta contribución a sus obras benéficas»?
—No, milady —repuso Shikamaru.
—¿Quién es la señora Whitaker? —preguntó, preparando el sobre para mecanografiar la dirección—. ¿Y por qué Naruto le envía... —Dio la vuelta al cheque que Shikamaru había colocado boca abajo en el escritorio—, mil guineas?
—Su Excelencia es un hombre generoso —aseguró Shikamaru.
Ella le miró fijamente, pero él inclinó la cabeza y se puso a escribir.
Hacía tiempo que sabía que Shikamaru no era una buena fuente de información sobre la familia MacUzumaki. Aquel tipo se negaba a chismorrear sobre cualquier cosa interesante. Estaba segura de que esa característica era la que había provocado que Naruto le ascendiera de ayuda de cámara a secretario particular, pero ella la encontraba muy inconveniente. Shikamaru era la discreción personificada.
Por lo que sabía, el secretario era un ser humano parte del tiempo. Tenía un hijo, su esposa estaba en Kent, y estaba loco por ellos. Guardaba sus fotos en el cajón del escritorio, les compraba chocolate y algunos regalos, y se jactaba ante ella de sus logros a su manera calmada.
Sin embargo, jamás, hablaba de Naruto. Si no quería que ella supiera por qué Naruto enviaba mil guineas a esa tal señora Whitaker, se llevaría el secreto a la tumba.
Ella se dio por vencida, escribió la dirección en el sobre —George Street, cerca de Portman Square— y metió el cheque dentro.
Quizá Naruto había encontrado a la persona que enviaba las fotos. Quizá estaba pagando a esa mujer para que las destruyera o mantuviera la boca cerrada; quizá quería convencerla para que le enviara el resto.
O también era posible que la señora Whitaker no tuviera nada que ver con las fotos. Cerró el sobre y lo añadió al montón de correspondencia contestada.
La casa próxima a Portman Square en la que vivía la señora Whitaker era de lo más corriente. Ella la estudió con detenimiento mientras pasaba frente a ella por tercera vez.
Había fingido tener que realizar algunas compras para acercarse hasta Portman Square, haciendo coincidir su salida con el momento en que Konan se dirigió a su casa para ponerse de acuerdo con los decoradores. Para dar veracidad a su disculpa, vagó por las tiendas y calles cercanas, comprando regalos para los niños de los MacUzumaki y sus madres. Maigdlin la seguía con los paquetes.
No había visto ningún tipo de actividad en el interior o cercanías de la casa de la señora Whitaker, así que había continuado caminando por George Street. Ninguna doncella ni ningún lacayo salió a realizar recado alguno. Las verjas permanecieron tan cerradas como la puerta.
Con idea de demorarse en aquella calle algo más de tiempo, comenzó a fijarse en las carretas de los mercaderes que recorrían la calzada mientras decidía qué regalo comprar al hijo de Nagato, Konohamaru.
El chico tenía ahora dieciocho años y era más difícil acertar. Cuando lo conoció era un chico salvaje e infeliz, siempre metido en problemas, con los que provocaba la ira de su padre. Se había resistido a todos los acercamientos maternales que ella realizó, pero sin embargo le mostró su colección de escarabajos vivos, algo que según Naruto era un honor sin igual.
Por lo que pudo observar, Konohamaru se había convertido en un hombre de provecho a pesar de crecer en una casa llena de MacUzumaki solteros. Ahora estudiaba en la universidad de Edimburgo, y parecía tranquilo y feliz.
Estaba concentrada en sus pensamientos sobre Konohamaru cuando se abrió la puerta de la señora Whitaker. Un lacayo, un chico tan grande y musculoso como los de Naruto, la atravesó. En ese mismo momento, un carruaje se detuvo frente a ella y el muchacho se apuró para abrir la puerta.
Ella se quedó inmóvil frente a un vendedor callejero que ofrecía pasteles y observó a una doncella que también salía de la casa seguida por una mujer que debía de ser la señora Whitaker.
La mujer no era demasiado alta, pero sí voluptuosa; una característica que no se molestaba en ocultar. Incluso a pesar de la capa de piel que se había puesto para protegerse del frío, lucía sus grandes pechos. Iba maquillada —tenía las mejillas teñidas de color carmesí y los labios muy rojos— y el pelo que asomaba por debajo del sombrerito era negro y peinado siguiendo la moda imperante.
La vio ajustarse los guantes de cabritilla y agradeció el gesto del lacayo con una inclinación de cabeza antes de subir al carruaje. Miró fijamente cómo el vehículo se alejaba llevando en su interior a la mujer y a su doncella. El lacayo regresó a la casa sin mirar a su alrededor y cerró la puerta.
—¡Cielo Santo! —dijo al hombre que vendía los pasteles—. ¿Quién es?
El vendedor lanzó una mirada de soslayo al cada vez más lejano carruaje.
—No es el tipo de mujer que debería conocer una dama, señorita.
—¿De verdad? —Le tendió una moneda y el hombre le puso una magdalena todavía caliente en la mano—. Ahora ha despertado mi curiosidad. No se preocupe, ya tengo mis años y no me escandalizo con facilidad.
—No es una mujer buena, y es la verdad, señorita. Los caballeros entran y salen a todas horas... Algunos de muy alta cuna, ¿puede creerlo?
Sí, claro que se lo creía. Que la señora Whitaker fuera una cortesana no la sorprendía en lo más mínimo. Y que era de las que tenía éxito se veía en las pieles caras, el elegante carruaje y los espléndidos caballos.
Ocultó su desilusión doblando el papel que envolvía el dulce para mordisquear una esquina.
—¿De alta cuna?
—Quiero decir de la más alta cuna —aclaró el vendedor—. Si yo le contara... Incluso he visto entrar a príncipes. Y duques, como ese escocés, el que lleva siempre esa faldita. Tampoco entiendo que un hombre lleve siempre puesta una falta, no entiendo que quiera sentir frío en el trasero, ¿y usted? ¡Perdone, señorita! Siempre meto la pata.
—No se preocupe, por Dios. —Le sonrió y le dio otro mordisco a la magdalena.
Sin duda la curiosidad mató al gato. La señora Whitaker era una cortesana y Naruto MacUzumaki le había enviado un cheque de mil guineas. ¿Por las fotos o por la razón normal por la que un caballero pagaría a una cortesana?
Bueno, Naruto era un hombre. Su amante de siempre había muerto y los caballeros tenían sus necesidades; era un hecho científico. Las esposas de buena cuna no comprendían dichas necesidades corporales ni podían aliviarlas... O eso decían los eruditos. Según ellos, las señoras de alta cuna no podían satisfacerlas porque no sentían los mismos deseos.
«Un disparate». Ella se reía de esa creencia, y también lo hacía su padre. Lo cierto era que los caballeros visitaban a las cortesanas porque les gustaban, mientras las damas permanecían en su casa y toleraban que sus maridos sacaran los pies del tiesto porque no les quedaba otra alternativa.
Naruto jamás había sido un santo, y tampoco estaba comprometido con nadie por el momento, así que no debería condenarle.
Pero aún así... Le dolió el corazón y, durante un momento, la calle se nubló ante sus ojos y le resultó imposible moverse. Al cabo de un rato llegó otro carruaje, un cuadrado oscuro en su borrosa visión.
El coche se detuvo justo delante de la casa.
—Hablando del demonio... —comentó el vendedor—. Ese es su escudo. Me refiero al duque escocés que le comentaba.
Su visión se aclaró. No tenía tiempo de correr y ningún lugar donde esconderse. Se intentó parapetar tras una farola, apoyando el hombro contra el fuste y escondiendo la cara para dar otro mordisco a la magdalena.
Ella vio que unas brillantes botas se detenían frente a ella. Observó el borde del kilt azul y verde de los MacUzumaki justo por encima. Subió la mirada por la tela que se ceñía a sus caderas, por la impoluta camisa que llevaba debajo de la chaqueta, hasta la inescrutable cara de Naruto por debajo del sombrero.
Él no dijo una palabra. Sabía de sobra por qué ella acechaba la puerta de la casa de una cortesana llamada señora Whitaker, no era necesario que preguntara nada. Ella podía decir que era una coincidencia que hubiera decidido comprar un dulce a cinco metros de la puerta, pero él no le creería.
Le sostuvo la mirada, negándose a sentirse arrepentida. Después de todo, no era ella quien había visitado a una cortesana ni la que le había pagado mil guineas.
Podrían haberse quedado allí, en la fría calle, con los ojos clavados el uno en el otro durante el resto del día si la puerta de la casa no se hubiera abierto otra vez. Salió el mismo lacayo musculoso, cargando a un hombre sobre el hombro. Naruto ni siquiera parpadeó cuando el chico se dirigió a su carruaje y dejó al tipo dentro.
Ella apenas pudo contener el asombro cuando vio que también Toneri Õtsutsuki salía de la casa, miraba el cielo nublado, se ponía el sombrero y subía al carruaje de Naruto.
Se volvió hacia él con una pregunta en los ojos.
Naruto señaló el vehículo.
—Sube.
Ella se giró y el vendedor callejero, que observaba el intercambio con evidente curiosidad, pareció preocupado.
—Tranquilo, no es necesario —le aseguró a Naruto—. Cogeré un cabriolé. He venido con Maigdlin y tengo que hacer todavía algunos recados.
—Sube al coche, Hinata, o te ataré al pescante.
Ella puso los ojos en blanco y dio otro mordisco a la magdalena. Luego hizo señas con la mano a la muchacha, que estaba un poco más alejada.
—Ven, Maigdlin. Nos vamos.
La doncella puso una expresión de visible alivio, antes de trotar hacia el carruaje de la familia MacUzumaki, donde entregó las bolsas al lacayo de la señora Whitaker para que se las sostuviera antes de subir.
El vendedor no se perdía detalle, lo que provocó que se le quemara el siguiente dulce.
—No se preocupe —le dijo ella—. Su Excelencia no puede evitar ser un grosero. —Se dio la vuelta rumbo al vehículo—. Naruto, por favor, dale a ese hombre una corona por las molestias, ¿quieres?.
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Continuará...
