Los Pecados del Lord


17: Nunca te Vayas


—¡OH, no parezcas tan alarmada! —Mei dejó el vaso en la mesa y tomó una ostra del plato de Naruto que dejó caer en la boca—. Creo que es maravilloso que hayas conseguido fugarte con el elusivo lord Naruto. Me alegro por ti, a pesar de que me haya abandonado por una mujer más joven.

Sus ojos brillaban de regocijo y su risa era sincera. La gelidez de Mei Terumi se había derretido.

—¿Te gustaría unirte a nosotros, Mei? —preguntó Hinata con serenidad—. Podemos pedir otro servicio.

La mujer le brindó una luminosa sonrisa.

—¡Oh, sería estupendo! —Se volvió e hizo gestos a un punto entre la multitud—. ¡Giorgio, estoy aquí! He encontrado a unos amigos.

Un hombre de anchos hombros y cabello oscuro se desplazó entre las mesas hacia ellos. Naruto se levantó para saludarle.

Mei le cogió de la mano cuando llegó.

—Mira, cariño: son lord Naruto y su nueva esposa, Hinata. Os presento a Giorgio Prario, el famoso tenor. Giorgio, cariño, nos han invitado a cenar con ellos.

El italiano era alarmantemente alto, más o menos igual que Naruto. Pero el signor Prario le tendió la mano de manera amigable y él se la estrechó con firmeza.

—Sí, el caballero escocés es quien nos facilitó la manera de ser felices. —Se inclinó ante ella—Milady, también se lo agradezco a usted.

Ella parpadeó.

—¿Naruto les facilitó la manera?

Los dos hombres se sentaron y, al instante, aparecieron unos camareros con los servicios necesarios. Se sirvió más champán y el maítre les ofreció personalmente las mejores viandas de sus cocinas. Naruto era un hombre rico y todos los restauradores de París lo sabían.

—El dinero de las cartas, querida —explicó Mei cuando por fin desaparecieron los camareros—. No habrás pensado que realmente me importa ese asunto que se trae la reina con su señor Brown, ¿verdad? Solo me interesaba que me pagara por no hablar. —Sonrió a Naruto—. La generosidad de Naruto fue lo que permitió que Giorgio y yo pudiéramos establecer aquí nuestro hogar. Mi marido se está divorciando en Londres y, cuando termine, podremos casarnos.

Mei era la viva estampa de la felicidad. Mostraba una sonrisa sincera, una mirada limpia; aparentaba mucha menos edad que la mujer fría y sin corazón que se había enfrentado a ella en los jardines de Rasengan.

—Giorgio es ahora el tenor más solicitado del Continente —les explicó Mei con la voz llena de orgullo—. Los monarcas más importantes exigen su presencia. Mañana por la noche da un concierto en el teatro de la ópera. Queridos, debéis asistir. Entenderéis por qué cuando le escuchéis cantar.

—Pero, Mei... —intervino ella cuando la mujer hizo una pausa para tomar aliento—, ¿por qué todo ese asunto de las cartas? ¿Por qué no decirme que necesitabas el dinero? Podríamos haberlo conseguido, incluso te hubiera ayudado a ello.

Mei agrandó los ojos.

—¿Tú, la estirada y correcta confidente de la reina, me habrías ayudado a huir de mi legítimo esposo? ¿Tú, que eres conocida por la devoción que mostraste a un hombre que te triplicaba la edad y era aburrido hasta decir basta? —Mei se llevó la copa de champán a los labios—. Me alegra ver lo mucho que te ha corrompido Naruto.

Giorgio había hecho a Naruto algunas preguntas sobre caballos y ambos estaban enfrascados en un diálogo al respecto. Observó que Naruto mostraba un evidente interés en la conversación sobre las carreras.

«Ya era una mujer corrupta, Mei. Naruto solo consiguió que lo admitiera».

—Sin duda alguna podrías haber conseguido el dinero sin recurrir al chantaje —adujo ella.

—De eso nada. Mis mal llamados amigos eran tan rectos y obtusos como tú. Prefieren seguir las reglas y padecer una vida de sufrimiento que lanzarse al vacío y disfrutar de algunos momentos de felicidad. Además, quería castigar a nuestra hipócrita reina por haberme obligado a casarme con un hombre frío como el hielo.

» Para el señor Terumi, una esposa no es más que una autómata que debe permanecer a su lado y decir lo más apropiado en cada momento. Me sorprende que no me metiera en el armario por la noche y me sacara por la mañana.

—¿Es el signor Prario la felicidad que la reina te arrebató? —preguntó ella, recordando la conversación en el jardín—. ¿La razón por la que te obligó a casarte con el señor Terumi?

—No, conocí a Giorgio hace tan solo un año, pero se trataba de un asunto similar. Hace diez años, el hombre más encantador del mundo me pidió que me casara con él, pero la reina se negó. No era lo suficientemente rico, su familia no era lo bastante importante como para que la reina diera su aprobación y convenció a mi familia de que no era adecuado para mí.

» Yo era muy joven y me dio miedo escaparme con él. Se marchó a América. Es probable que ahora esté casado con otra mujer. El señor Terumi estaba buscando esposa por esa época y la reina se confabuló con mi familia para que arreglaran mi boda con él. Por eso quise hacerla sufrir un poco, aunque sé que ella jamás llegará a comprender realmente lo mal que lo pasé por su culpa.

Ella sí creía comprenderla. Mei era una mujer de fuertes emociones, demasiado visceral para vivir con un hombre al que no interesaba. Debía haberle resultado muy duro. Tampoco ella se había casado con alguien de su elección, pero al menos Hiruzen Sarutobi fue un hombre afectuoso. Había sido amable con ella y se esmeró por hacerla feliz. No ser el elegido de su corazón no fue culpa suya.

Sin embargo, había algo que no entendía.

—Si estabas enamorada del signor Prario, Mei, ¿por qué iniciaste una relación con Naruto?

Mei hizo un gesto con la mano.

—Porque Naruto es conocido por hacer regalos muy caros a sus amantes. —Miró con mordacidad los diamantes que ella llevaba, haciéndola cubrirlos con la mano—. Giorgio y yo queríamos fugarnos sin renunciar a la buena vida. El ganó dinero cantando y yo de la única manera que conocía: con otros hombres. Debes admitir que Naruto es muy generoso.

—¿Y al signor Prario no le importó?

Giorgio estaba en ese momento fascinado por el debate que mantenía con Naruto, que le explicaba algo con suma concentración. No parecía demasiado preocupado porque Naruto hubiera sido el amante de su amante.

—Giorgio sabe que le amo hasta el aturdimiento —aseguró Mei—. Y sabe también que la gente como nosotros necesita mecenas; en realidad los cantantes de ópera no son tan distintos de las damas. Ahora tiene uno, un anciano francés muy rico que se vuelve loco con los jóvenes tenores. Así que no nos preocupa el dinero. —La miró con una cierta suavidad en los ojos—. No sabes, querida, lo que es dormir en brazos de un hombre que te adora. Abrir los ojos por la mañana y verle a tu lado, segura de que tu día estará lleno de felicidad. Es una dicha absoluta.

No, no sabía lo que era. Tuvo que apartar la mirada, fingir interés en el contenido de su copa. Mei siguió parloteando sin darse cuenta de que había dicho una inconveniencia.

—Es evidente que eres buena para Naruto. ¡Santo Dios! Te has casado con él, el hombre que juró en voz alta que jamás volvería a pasar por el altar. Los MacUzumaki son hombres duros, pero parece que a este lo has suavizado un poco. —Le apretó la mano—. Venid al concierto. No lo lamentareis.

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«¡Maldición! Aquí hay demasiada gente».

Naruto se removió inquieto en la silla del abarrotado palco, sobre la platea, mientras en el escenario, debajo de ellos, Prario comenzaba a cantar.

El hecho de que Mei hubiera invitado al palco de su amante a tantas personas significaba que Hinata estaba pegada a su costado. Lo que estaba bien, pero la presencia de tanta gente indicaba que no podía aprovecharse de su cercanía como le hubiera gustado. Tenía que permanecer sentado, duro y excitado, con el aroma de Hinata inundando sus fosas nasales, pero sin poder hacer nada al respecto.

Mei se había sentado al otro lado de Hinata y charlaba con sus amigos parisinos, que ocupaban las sillas de más allá. El palco era diminuto, como correspondía al siglo XVIII, la época en la que se construyó el edificio. En ese momento, Mei se inclinó hacia delante para observar a Giorgio Prario con la cara resplandeciente de amor.

Tuvo que admitir que el tipo era un buen tenor. Su potente voz inundaba el espacio y sus notas parecían inquebrantables. Intentó abstraerse en la belleza de la música y no en la presión que llenaba su bragueta. Debería haber ignorado el gesto horrorizado del ayuda de cámara francés y haberse puesto el kilt.

Hinata se inclinó hacia él haciéndole percibir aquel intoxicante calor que emanaba.

—¿Cuántos botones, lord Naruto? —escuchó su dulce voz en el oído.

Contuvo la respiración. Sintió una mano en la bragueta, pero aquel rincón del palco estaba demasiado oscuro para ver su propio regazo. El pelo y los ojos de Hinata brillaban en la penumbra y su sonrisa era provocativa.

—Bruja... —musitó en respuesta.

—Creo que cuatro. —Su aliento le erizó cada nervio.

—Ocho. —Aquello abriría por completo la pretina—. Todos.

—Es usted muy atrevido, milord.

—No creo que seas capaz —repuso por lo bajo.

Hinata desabrochó el primero, audaz y descarada, con la mirada fija en el escenario. Sentada recatadamente en la silla, siguió abriendo los botones, demasiado lentamente para su gusto. El corazón se le aceleraba con cada ojal que quedaba libre y, por fin, estuvo sentado en el teatro de la ópera con los pantalones abiertos.

Llevaba gruesa ropa interior para protegerse del frío de octubre, pero estaba seguro de que eso no sería obstáculo para Hinata. Ella se había quitado los guantes y notaba que sus dedos desnudos estaban cada vez más cerca.

En el escenario, Prario entonaba un aria. La multitud absorbía cada nota. Hinata deslizó la mano hasta dar con su inmensa y caliente dureza y la apretó entre los dedos.

Él contuvo un gemido. La música creció en intensidad y el ruido de su garganta quedó ahogado por las notas de Giorgio.

Apoyó la frente en la palma mientras ella le masturbaba. Hinata, su bruja, mantuvo la mirada clavada en el escenario e incluso se abanicó lánguidamente con la otra mano, mientras seguía apretando, deslizando, acariciando y girando la muñeca izquierda.

Cuando le rozó los tensos testículos, casi se levantó de golpe. Se obligó a permanecer inmóvil mientras seguía acariciándolo con la mano.

Todo lo que le hacía le volvía loco. Quiso arrancarla de la silla y sentarla en su regazo para rebuscar bajo sus faldas hasta alcanzar la satisfacción. Quiso arrebatarla con un largo beso; desgarrarle los botones del corpiño y deleitarse con lo que contenía.

—¡Dios mío! —susurró.

Ella sonrió. Deslizó la mano de arriba abajo por su miembro con dulces y ardientes movimientos.

¡Oh, Santo Dios! Iba a eyacular. Apretó los dientes para contener los gemidos, pero quería gritar al mundo lo que su dulce amante estaba haciéndole en medio de la oscuridad del palco.

Debajo de ellos, Prario emprendía la parte final del aria, su voz era clara y segura mientras subía las notas. Alcanzó la más alta y la sostuvo mientras él explotaba.

Sacó un pañuelo del bolsillo y se envolvió en él, apartando la mano de Hinata justo a tiempo. Su semilla se derramó en un éxtasis de placer y música, con la calidez de Hinata presionada contra su costado.

—Quiero sumergirme en ti —le susurró salvajemente al oído—. Quiero sentir cómo me tomas, quiero estar seguro de que eres mía.

—Eso me gustaría —repuso ella bajito.

Su clímax remitió justo cuando la voz de Prario se disolvía en un glissando. Por fin, el tenor abrió los brazos y elevó el tono para dar el do de pecho final.

La multitud le premió con aplausos y vivas y Mei se inclinó hacia Hinata con los ojos brillantes.

—¿No te dije que es maravilloso?

—En efecto —convino ella con serenidad mientras la otra mujer se levantaba. Hinata se puso los guantes y la imitó para unirse a la ovación, dejándole solo para abrocharse precipitadamente los pantalones en la oscuridad.

Ya en casa, Naruto despidió al lacayo en cuanto la puerta se cerró tras ellos.

—Déjanos solos —ordenó.

Bien entrenado, el hombre apagó la luz y desapareció discretamente. A Hinata se le desbocó el corazón de excitación. Naruto había rechazado la invitación de Mei para asistir a la grandiosa fiesta después de la función y la había empujado al interior del carruaje de alquiler, diciéndole al cochero que les llevara a casa de inmediato.

La presionó contra los paneles que revestían la pared, en medio de la oscuridad, sosteniéndole las muñecas por encima de la cabeza. La besó sin decir palabra, sin permitir que ella hablara o preguntara. La tomó en sus brazos, alzándola contra la pared hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.

Sus besos fueron voraces y ardientes. Naruto se había contenido a duras penas después de que su mujer jugara con él en el teatro, pero ahora estaba desatado.

—Bruja —susurró—. Excitándome en público.

Ella le lamió los labios.

—Disfruté haciéndolo. Creo que tú también disfrutaste.

La voz de Naruto se volvió suave mientras pronunciaba con ferocidad todas aquellas palabras que deberían ofenderla pero que la excitaban sin medida. Le dijo lo que quería hacerle, los nombres con los que la llamaría. Ninguna dama debería escuchar cosas semejantes, pero como él le había señalado hacía algunas semanas, no era realmente una dama.

La besó en el pecho, apresando los diamantes con los dientes; llevó las manos a los broches que cerraban la espalda del corpiño y tiró con fuerza al tiempo que emitía un gruñido de frustración.

—Rómpelo —susurró ella—. No me importa.

Y era cierto. ¿Por qué detener aquellas sensaciones cuando simplemente con aguja e hilo se podrían reparar los daños?

Naruto sonrió salvajemente y dejó de ser suave. Tiró del corpiño con brusquedad, besando y lamiendo la piel que dejó al descubierto. Con la madera a la espalda y la ardiente dureza de su marido al frente, se sintió mareada, decadente, pervertida.

Él la desvistió prenda a prenda, allí mismo, en el vestíbulo, bajo la curva de la escalera en espiral. Eran muchas las capas de ropa que llevaba una dama y él la besó y acarició mientras la despojaba de cada una de ellas.

Ella no protestó hasta que él se bajó los pantalones sin molestarse en quitarse la chaqueta.

—Estamos en el vestíbulo —le recordó.

—Estábamos en un palco en el teatro. Entonces no te preocupó la conveniencia.

—Estaba oscuro.

—También está oscuro aquí y mis criados saben mejor que nadie que no deben molestarme.

Mientras hablaba, la alzó contra la pared, ofreciéndole como almohada los duros músculos de sus brazos. La sostuvo con las caderas y ella le envolvió entre sus piernas, como él le había enseñado, antes de que entrara en ella con un rápido envite.

El deseo de él la excitaba, la volvía loca. Sus palabras se convirtieron en alientos susurrados mientras su fuerza impedía que cayeran.

En ese momento no existía nada más que ellos dos. La cruda sexualidad de Naruto, sus labios suaves, sus roncos gemidos mientras la poseía.

Calor, excitación, sensaciones. Se arqueó contra su amante, percibiendo el placentero roce de la chaqueta contra la piel desnuda. Él se apoderó de sus gritos de necesidad con los labios.

La embistió contra los paneles de madera. Naruto tenía en ese momento las pupilas dilatadas, sus ojos eran oscuros cuando ella sintió que se derramaba en su interior. Siguió penetrándola, sus besos eran más calientes, pero también más suaves a medida que el frenesí se disolvía en medio del calor.

Naruto la llevó arriba, donde el fuego de la chimenea caldeaba el dormitorio, y la depositó sobre el diván para desnudarse rápidamente. La ropa de Hinata estaba desparramada por todo el vestíbulo. Ella había comenzado a decir que deberían recogerla, pero la silenció con un beso; para eso pagaba a los malditos criados, gruñó.

Él quería amarla, no hablar. El diván, sin reposabrazos, era el lugar perfecto para tenerla encima; poco después, estaba otra vez sepultado en su interior y ella suspiraba de placer.

¡Dios, qué hermosa era! Sus pechos se balanceaban mientras le cabalgaba, con los rosados pezones, oscuros contra la pálida piel escocesa. Hinata seguía teniendo el pelo recogido, pero algunos pequeños mechones se habían soltado y caían por la nuca.

Cuando ella le sonrió con los ojos entrecerrados, supo que ninguna mujer sería tan hermosa como ella. La suavidad de su cuerpo, incluso las tenues estrías de su vientre, la convertían en algo precioso para él. Le pertenecía para siempre. Era suya.

Había disfrutado cuando le apresó con su mano, pero estar en su interior era diez veces mejor. Era estrecha y apretada, muy apretada. Le encantaba. La amaba.

Ese último pensamiento le hizo perder el control. Se arqueó hacia ella con las manos en sus muslos mientras Hinata extendía los dedos por su torso sin dejar de contonearse. La escuchó gemir dulcemente al alcanzar el clímax, pero su éxtasis fue mucho más brusco. La aferró con fuerza, casi dolorosamente, y su «¡Oh, maldición!» resonó en toda la estancia.

«Nunca te vayas. Nunca. Necesito esto. Te necesito».

Tiró de ella hacia abajo y la abrazó, adormeciéndose ambos con el calor del fuego. Apretó la mejilla contra el pelo de Hinata mientras ella abría los dedos sobre su pecho, acariciándole, los dos exhaustos por la pasión.

No se permitió pensar en nada mientras seguían allí acurrucados. Aquel momento era demasiado importante para desperdiciarlo pensando. Solo existían Hinata, él y el presente.

Reposó allí con ella hasta que la ventana comenzó a ponerse gris. Ella dormía contra su pecho mientras él la abrazaba, respirando contra su piel.

Por fin, se levantó y la llevó a la cama sin despertarla. La dejó sobre el lecho y la arropó tiernamente, como solía hacer con Konohamaru cuando era pequeño.

Ella abrió los ojos.

—Quédate conmigo —susurró—. Por favor, Naruto.

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Continuará...