8. EL SECRETO PLAN B

Cuando vieron cómo los drones de la reina comenzaban a estrechar el círculo que habían trazado entre ellos y los intrusos los nervios pudieron con parte de los mercenarios. Banks se precipitó hacia la gran puerta seguido de Williams y Miles… si bien no se atrevieron a adentrarse mucho más para no darse de lleno con los huevos de xenomorfo.

- Vamos, Erika, pulsa el detonador – pidió Williams.

Habían seguido la comunicación por radio y, cuando Erika había comenzado a armar las bombas de ofuscación se habían puesto la protección. En su fuero interno el mercenario también albergaba ciertas dudas sobre la efectividad de este armamento experimental, pues solía desconfiar de las cosas que no habían tenido ocasión de ser probadas antes.

Para que las bombas de ofuscación detonaran era necesario permanecer a cierta distancia de ellas porque si te alejabas demasiado podía no llegar bien la señal del detonador y que no estallaran; de ahí que la detonación sólo dependiera de Erika, pues el resto de su equipo estaba demasiado lejos.

De todos modos Williams pensaba que todo esto era una pérdida de tiempo y que realmente debían llevar a cabo el plan B directamente. Miró de soslayo a Banks, que tenía una de sus manos puestas sobre el chaleco y miraba en dirección a Erika con una expresión de alarma y preparación.

Williams comprobó su arma y la alzó en dirección a la oscuridad en el momento en que la reina daba la señal de ataque.

- A esta puta le va la marcha– pensó – Pues es lo que te vamos a dar.

A continuación abrió fuego, secundado por sus compañeros.

Erika se arrojó al suelo de bruces cuando se inició el tiroteo llevándose consigo el cuerpo inconsciente de Stardancer. Lo apartó hacia un lado para rodar sobre sí misma y sacar sus pistolas; dos segundos después abatía a un xenomorfo que estaba a punto de saltarle encima. Por desgracia varias gotas de ácido cayeron sobre su ropa por lo que se apresuró a deshacerse del chaleco, pero asegurándose de retener el detonador.

- ¡ANDREW! – bramó, hincando una rodilla en el suelo cubriendo el cuerpo de Stardancer y abrió fuego contra otro xenomorfo.

Los dos androides que la habían servido de escudo habían comenzado a disparar en todas direcciones desde la posición en la que se habían quedado, pero fueron destruidos poco después por tres xenopanteras. El que manejaba Andrew por el contrario había echado a correr en su dirección haciendo gestos apremiantes con la mano que indicaban que pulsara el detonador.

A su alrededor las balas disparadas por el grupo que aguardaba en la puerta silbaban y alcanzaban metal y carne por igual.

Faltaban veinte segundos… Erika disparó de nuevo, esta vez contra una xenopantera que se aproximaba corriendo sobre cuatro patas; aunque las balas de sus pistolas no parecían causarle muchos daños consiguió frenar su avance casi del todo. La exmarine avanzó para interponerse entre la criatura y Stardancer mientras recargaba rápidamente con un simple movimiento hacia atrás, pues llevaba los cargadores colgando a los lados de la espalda, y continuó abriendo fuego contra la criatura, que se acercaba cada vez más furiosa.

Entonces el androide de combate restante manejado por Andrew se interpuso a su vez entre ambos, abriendo fuego a bocajarro con su rifle de pulsos contra la xenopantera.

Erika se detuvo un segundo por la aparición repentina, pero siguió disparando desde su posición de agachada contra la cabeza de la xenopantera, que comenzó su retirada al verse superada por la intensidad del fuego. Entonces Erika detectó movimiento por el rabillo del ojo y dirigió sus disparos tras recargar contra dos xenomorfos que intentaban acercarse por uno de sus flancos.

Cinco segundos… la cabeza del sintético saltó de su sitio cuando la cola de la xenopantera, que había regresado, la sesgó con un rápido movimiento de su cola. Lo que la criatura no sabía es que podía decapitar al androide de combate de tercera generación, pero éste aún poseía autonomía suficiente para continuar luchando, por lo que la criatura siseó furiosa cuando las balas siguieron perforándole la carne.

¡Cero! Erika sostuvo el detonador con todas sus fuerzas y, antes de pulsarlo, se permitió mirar en dirección a la reina, que seguía chillando y agitando sus cuatro brazos de manera furiosa. Apretó el botón.

No sucedió nada. Por un momento Erika dudó de si lo había pulsado bien así que lo hizo una segunda vez, una tercera y una cuarta, y varias más… pero no sucedía nada. ¡No había funcionado! Espera…

Algunos xenomorfos estándar y las xenopanteras habían comenzado a hacer cosas raras: unos pocos se habían encogido, otros se habían dado de cabeza contra la pared y otros agitaban sus cabezas y colas como si intentaran sacudirse algo molesto. Algunos de los huevos que habían eclosionado por la agitación y cuyos facehugger habían llegado a salir ahora se habían desplomado inertes en el suelo.

Sí que había funcionado… pero sólo a medias. Las bombas de ofuscación no habían incapacitado del todo a los xenomorfos. La reina, el principal objetivo de la misión, seguía más que despierta, aunque también agitaba la cabeza de un lado a otro en movimientos ondulantes, como si estuviera borracha.

- ¡ERIKA!

Apenas escuchó su nombre, pero fue suficiente. Se sacó los protectores de los oídos en el momento en que Williams llegaba a su lado; el resto del grupo de mercenarios seguían disparando contra los xenomorfos que aún se movían.

- ¡Emmet! – llamó ella, usando por primera vez su nombre de pila.

- ¿Estás bien? – preguntó y luego miró a la pobre Stardancer, aún de bruces en el suelo, totalmente ajena a lo que sucedía a su alrededor, y a lo que quedaba del último androide de combate, manejado por Andrew, que yacía en medio de un charco blanquecino con el cadáver de la xenopantera de antes justo delante - ¿Qué cojones ha pasado? ¿Por qué no ha funcionado?

- ¿Y me lo preguntas a mí? ¡Yo qué sé! ¡Quizá no fuera suficiente con tres bombas!

Williams abrió fuego contra otra xenopantera que se les aproximaba y que ya parecía recobrada de la desagradable experiencia de la bomba.

- ¡Tenemos que salir cagando leches de aquí! – gritó Miles, cerca de ellos.

- ¡No podemos marcharnos sin ejecutar el plan B! – le respondió Erika y se puso a mirar alrededor hasta que vio lo que buscaba - ¡Banks! – llamó.

El viejo soldado se volvió hacia ella sin dejar de disparar su arma. La exmarine le hizo la señal convenida y él asintió. Bajando su arma comenzó a desplazarse en abanico apoyado por el fuego de Miles. A continuación, abrió su chaleco de par en par, mostrando el motivo por el cual no había querido desprenderse de él cuando aquel xeno le atrapó: iba cargado de explosivos, indetectables debido a un tejido especial del chaleco, que era poco común. El plan B: volar todo por los aires y a tomar por el culo.

Todos habían estado de acuerdo cuando Erika expuso su plan durante la noche anterior, entre cerveza y cerveza: Williams, Miles, Stardancer y Banks. Deacon era el único que no había votado a favor, salvo que no quedara más remedio. No obstante, prometió guardar silencio y no mencionarle a nadie ajeno a ese grupo lo que se proponían; había cumplido con su promesa antes de morir.

Por esto a fin de cuentas había firmado Erika el contrato finalmente: porque el aceptarlo le permitía regresar y acabar con los xenomorfos de una vez por todas para que nadie se aprovechara de su potencial ni que corriera el riesgo de que llegaran a otro mundo que estuviera poblado. Era su forma de ajustar a la Weyland-Yutani las cuentas y estaba más que dispuesta a aceptar las posibles consecuencias, incluso su propia muerte, con tal de salirse con la suya.

Erika se volvió hacia Stardancer: si iban a ejecutar el plan B debían sacarla de allí. Puso su mano sobre la espalda de la mujer pero Williams la detuvo.

- Yo me encargo. Tú cúbreme las espaldas.

Erika iba a discutir porque prefería ir a ayudar a Banks y Miles pero terminó asintiendo mientras enfundaba sus pistolas y tomaba de nuevo el rifle de asalto, puesto que si Williams cargaba con la mujer no podría defenderse. El mercenario cogió el cuerpo de la pelirroja y lo alzó en volandas, sosteniéndolo en sus fuertes brazos y corrió hacia la salida con Erika pisándole los talones mientras hacía hablar a su rifle de asalto. En ese momento escucharon un nuevo chillido de la reina, unido a un desagradable crujido, lo que provocó que todos volvieran las cabezas en su dirección.

Erika se quedó totalmente estupefacta ante la escena que estaba teniendo lugar ante sus ojos. Tampoco el doctor Harlow les había avisado de que algo así fuera posible: la reina estaba desgarrándose.

En realidad, lo que la criatura estaba haciendo era simple y llanamente deshacerse de su ovopositor. La principal desventaja de poseer un saco de varios metros de longitud adosado a tu cuerpo es que limitaba o anulaba prácticamente cualquiera de tus movimientos, con lo que te convertías en una criatura totalmente dependiente de otras de tu alrededor. Un precio a pagar necesario a cambio de perpetuar tu especie. Pero si las circunstancias se torcían para la colonia y en especial para su alteza, en el sentido de que peligrara su integridad, ella podía elegir desprenderse de su ovopositor para recuperar su plena autonomía y capacidad de lucha... y de evasión.

La reina de Esteno había decidido, dada la situación, que ese momento había llegado, por muy doloroso que le resultase. A fin de cuentas, cuando todo se calmara podría volver a acomodarse y regenerarlo, pero no podía quedarse de brazos cruzados mientras asesinaban a toda su progenie, poniendo en peligro su propio futuro.

Se había arriesgado enormemente a que los intrusos llegaran hasta sus dominios con la esperanza de ir reduciendo su número para tomar al resto como incubadoras para sus hijos: se había asegurado que sus obedientes subordinados aniquilaran el mayor número posible de los seres inanimados no aptos que los acompañaban. Pero la reina no había contado con que fueran tan agresivos y ese había sido un error fatal. Le habían causado mucho dolor. Tenía que aniquilarlos a todos o escapar por el momento, no había más opciones.

Para Harlow no había tampoco más opciones que hacerse con la reina, por lo que no paraba de berrear órdenes a pesar de que los mercenarios no llevaban puestos en esos momentos sus auriculares. Había sobrestimado su creación, estando convencido que con tres de las bombas de ofuscación serían más que suficientes para tumbar a la reina: como su alteza, tampoco estaba dispuesto a asumir las consecuencias de su error y por eso se desgañitaba, perdiendo los estribos, para hacerle llegar su mensaje a Sokolov para que lo intentaran de nuevo El resto de técnicos que estaban con ellos controlando la situación le miraban con cierta aprensión y temor, pues parecía poseído por el mismísimo diablo. Y cuando vio con sus propios ojos que la reina se estaba liberando su humor no mejoró: el cabello normalmente bien peinado ahora lucía revuelto por las continuas pasadas de manos a los que lo había sometido, su rostro desencajado lucía rojizo por los gritos y sus ojos azul glacial estaban inyectados en sangre.

Andrew, quien había perdido la opción de controlar al otro sintético de combate cuando fue decapitado, mantenía su habitual compostura artificial a pesar de que veía que todo el plan de Harlow se estaba yendo a la mierda. Pero, a diferencia del doctor, que intentaba salvar la situación, Andrew había comprendido hasta qué punto habían perdido sus opciones, y más teniendo en cuenta que había algo que él sabía y que el doctor no. Lo que le había dicho a Erika Chambers en el hangar era a propósito y ahora, viendo lo sucedido y conociéndola, sabía qué era lo que ella iba a hacer a continuación; igualmente era consciente de que ella haría lo mismo con o sin su beneplácito, pero Andrew no podía evitar sentirse… secretamente satisfecho, aunque eso significara que sus jefes estarían descontentos. Pero quizá fuera lo mejor, dadas las características de esos seres, que fueran destruidos.

Pero para su decepción Sokolov respondió finalmente a Harlow.

Erika y Williams no perdieron más tiempo en admirar sobrecogidos la magneficiencia de la reina de xenomorfo, pues tenían que salir de allí.

Vieron a Sokolov responder por radio a Harlow y Erika le observó llamar a Ray y Adams quienes, cerca de él, mantenían el tipo aunque perdían terreno. Cuando los vio sacar sus bombas de ofuscación vio lo que se proponían.

- ¡BANKS! – gritó de nuevo.

A pesar de sus temores los mercenarios arrojaron sin ningún tipo de cuidado las bombas y echaron a correr en dirección a la puerta de entrada, llegando hasta Williams y Erika, quienes se resistían a abandonar el lugar a sabiendas de que sus otros dos compañeros seguían allí.

Entonces del tórax del viejo soldado surgió el extremo de una cola de xenopantera y gran cantidad de sangre saltó en todas direcciones. La criatura le había pillado por la espalda y le había atravesado de lado a lado; ya no parecían estar interesados en tomar anfitriones, si no en asesinar a aquellos que amenazaban a su reina. Con un zarandeo hizo que su presa cayera al suelo como si de una muñeca de trapo se tratara.

Banks escupió una buena cantidad de sangre oscura, llevándose la mano al estómago con los ojos abiertos por la perplejidad. Apenas miró el estropicio que tenía más abajo, pues era plenamente consciente de que ahí acababa todo. Él, antiguo soldado que había sobrevivido a la batalla de Tannhäuser, iba a morir en un agujero infecto de una luna perdida de la mano de Dios. Cualquiera hubiera podido desesperarse en su situación pero Banks abrazó su destino con una sonrisa para sus adentros. No se le ocurría un final mejor para alguien como él. ¿Por qué si no había decidido continuar al pie del cañón a pesar de sus años y renunciar a la generosa pensión de jubilación del ejército dejándola almacenarse en una cuenta bancaria y de tener su propia casita con su parcela y su huerto? Porque él era un soldado, no sabía hacer otra cosa en la vida que luchar. No se arrepentía de nada de lo que había hecho en su vida, salvo el no haber hablado con su hijo una última vez, pues llevaban años sin dirigirse la palabra. Sabía que se había casado y que tenía dos hijos, pero Banks nunca los había conocido. Y ahora estaba aquí y, aunque había firmado un contrato, casi había llegado a arrepentirse cuando supo todo lo que había detrás de esas ruinas alienígenas y de una especie alienígena conflictiva que, casualmente, vivía en ellas. Jamás hubiera podido concebir que sería algo así. Banks apretó los dientes crispando su rostro por la furia y la determinación; si esas cosas salían de Esteno podrían destruir todos aquellos mundos a los que llegaran, incluido aquél donde residía su familia… y eso no lo iba a permitir. Por eso estuvo de acuerdo con el plan de Erika y, descubrir que era la superviviente de Esteno, no le dolió más allá del simple hecho que la joven no hubiera confiado en ellos si no que además le permitió verla desde otro ángulo: era valiente, tenía sentido común… y era una soldado.

Luchó por incorporarse, buscando el detonador que le había saltado de la mano. Escuchó a la criatura que le había herido de muerte siseando detrás de él y a otras tantas más a las que habría atraído el olor de su sangre. Si eso daba a los demás algo de margen, tanto mejor. Cuando encontró el detonador lo asió con fuerza y alzó la vista, viendo a los xenomorfos rodeándole.

Se llevó la mano libre a su chaleco donde llevaba escondidos los explosivos; no había tenido tiempo de quitárselo y arrojarlo hacia la reina, que percibía muy cerca de su posición, pues el suelo temblaba con sus pasos. Estaba claro que aquellas cosas iban a destrozarle, pero él no tenía miedo. Dedicó una última mirada a sus compañeros para asegurarse que ninguno de ellos era alcanzado por la explosión: vio a Erika forcejeando con Miles, con una mano extendida hacia él mientras Miles intentaba sacarla de allí. Tanto mejor, pues la muy insensata encontraría una muerte absurda e innecesaria si se acercaba.

Pensó en su hijo y su familia, a la que no conocía, una última vez; al menos todo el dinero que había ahorrado de su pensión iría para ellos una vez muriera. Pocos segundos después, justo en el momento en el que los xenomorfos se le echaron encima y comenzaron a despedazarle con sus garras y dientes, Banks apretó el botón del detonador.

La explosión provocada por Banks fue lo que salvó la vida de los mercenarios supervivientes. Banks había caído en una posición intermedia entre la mayoría de los xenomorfos, incluida su temible reina, y el resto de sus compañeros. Con la detonación murieron todos los xenomorfos que habían rodeado al soldado caído para destrozarle y se provocó un derrumbamiento que echó abajo buena parte del techo de las ruinas extraterrestres.

Erika, que lo último que vio fue a Banks desaparecer entre una maraña de cuerpos negros, con la reina xenomorfo alzada en toda su majestuosidad justo detrás, cayó hacia atrás junto con Miles por la explosión. Estaban muy cerca de la puerta por lo que rodaron hacia fuera de las ruinas, salvándose por los pelos de morir aplastados cuando todo se vino abajo.

A pesar de que sabía que era inútil cuando Erika se recobró no perdió ni un segundo en incorporarse e hizo amago de volver adentro a buscar a Banks, pues le llamaba a pleno pulmón.

- ¡No, Erika! ¡Es inútil! – gritaba Miles interponiéndose y empujándola hacia atrás - ¡Está muerto!

Al escuchar aquella maldita Erika se detuvo bruscamente y miró entristecida las rocas que habían sepultado la entrada a las ruinas.

Pero apenas tuvo tiempo de lamentarse cuando Miles chocó contra ella y cuando Erika intentó darse la vuelta para ver qué sucedía lo único que vio fue la culata de un arma proyectándose contra su cabeza.