— ¿Qué está pasando? — Kagome, a pesar de las vueltas que le daba la cabeza, podía distinguir perfectamente a Sesshomaru, con forma humana, llevándosela de la pista a toda velocidad. Miró a su alrededor, intentando entender el motivo de la huida.

¿Qué hacía en su época? ¿Cómo era posible que se hubiese vuelto humano? Por lo menos lo aparentaba. ¿Y cómo es que se habían encontrado? ¿Acaso la estaba buscando?

Demasiadas preguntas para su actual estado de embriaguez.

Ahora mismo se estaba dejando llevar por él, sin saber cuál había sido el motivo de su encuentro. Pero no tenía fuerzas para nada más.

Sesshomaru frenó en seco, buscando una salida. Kagome se percató de que algo no iba bien. Al girarse logró observar cómo cuatro individuos se acercaban hacia ellos, empujando a las parejas que bailaban para hacerse paso. No los había visto nunca en el campus ni parecían ser estudiantes universitarios. Empezó a ponerse nerviosa.

El Daiyokai observó cómo unas personas salían de unas puertas que parecían los lavabos. Agarró a Kagome de la mano con fuerza, y la estiró bruscamente para entrar.

— ¡Me haces daño! — se quejó ella.

— ¡Calla, humana! — respondió él, con enojo.

¿En serio? ¿Después de todo lo que habían vivido en el pasado, no se dignaba a llamarla por su nombre? Desde luego, por muy humano que fuese, poco había cambiado durante todo este tiempo.

Entraron dentro de los baños. Al final del pasillo descubrieron una escalera que subía a algún lugar. El Daiyokai estaba decidido a huir por ella, con tal de evitar a los cuatro individuos que les estaban persiguiendo. — ¡No sabemos si esas escaleras van a algún sitio! — Exclamó Kagome, preocupada.

— ¿Prefieres quedarte aquí y que te maten? Esta gente iba a por ti.

Kagome le siguió, resignada.

Subieron las escaleras hacia un piso que daba a un largo pasillo en el que había tres puertas. Una de ellas estaba bloqueada, por lo que abrió la segunda, casi de una patada. Entraron en la habitación. Parecía un almacén de sillas rotas y pupitres antiguos. Sesshomaru sacó su revólver y ella lo miró, asustada. Se escondieron detrás de uno de los pupitres, que les hacía de escudo en caso de necesidad. Escucharon voces y pasos. Agachó a la joven y le tapó la boca con su mano. En la otra llevaba la pistola.

Uno de los hombres que les estaban buscando, entró repentinamente. Kagome experimentó cómo su corazón había empezado a latir con fuerza. No se podía mover ni resistir. Se encontraba a merced del demonio y no tenía escapatoria.

El hombre se giró al escuchar un ruido. Sesshomaru decidió mostrarse con su arma en mano y, rápidamente, disparó contra su brazo. Desarmó a aquel hombre en cuestión de segundos, pero tenían que salir de allí. El ruido del tiro atraería a los demás.

Kagome se percató de que el Daiyokai miraba hacia la ventana.

— ¿Pretendes escaparte por la ventana? ¿No podíamos haber salido por la puerta?

— ¡Silencio!

Se asomaron por la ventana para comprobar que había una altura de dos pisos. Se podía ver la puerta del local.

— Fíjate en la puerta. Hay cinco personas más esperando a que salgamos. No podemos escapar por ahí. — señaló.

Kagome observó a los cinco individuos. Tampoco parecían ser estudiantes universitarios.

— Hemos de saltar hacia el toldo que hay justo debajo.

— ¿Qué? ¿Te has vuelto loco? — Kagome estaba asustada.

— ¿Quieres morir aquí?

La joven sacerdotisa sabía que el Daiyokai tenía razón. Si no saltaban por la ventana, en pocos segundos los alcanzarían. Se agarró a su cuello, con fuerza, mientras observaba su perfecto rostro con un gesto de decisión. Parecía tan seguro de sí mismo...

Saltaron hacia el toldo que se encontraba en el piso de abajo. Rebotaron en la tela y acabaron cayendo al suelo. Sesshomaru, en un acto reflejo, la levantó para protegerla del impacto contra la acera, de forma que acabó encima de él. Kagome se ruborizó al encontrar su rostro tan cerca del suyo. ¿Acaso el alcohol le estaba jugando una mala pasada y le hacía ver lo atractivo que era aquel hombre?

El estruendo de la caída atrajo a los cinco individuos que les estaban esperando en la puerta. No había tiempo para titubear. Se levantaron del suelo y empezaron a correr. Los cinco hombres corrían tras ellos. Empezaron a escuchar disparos. Kagome dejó caer los bonitos tacones que llevaba con el vestido que se había puesto para la fiesta. La prioridad era escapar de aquel lugar con vida, y necesitaba correr todo lo rápido que le permitían sus piernas.

La calle estaba vacía a aquellas horas de la noche. Necesitaban despistar a esos tipos de alguna forma.

— ¡El metro! ¡Hemos de ir al metro! — gritó la joven, exhausta.

A lo lejos podía vislumbrarse la estación. Se apresuraron en llegar, sabiendo que aún no habían despistado a sus perseguidores. Sesshomaru intentó abrir las puertas de entrada a las vías mientras que Kagome trataba de localizar su "Oyster Card" dentro de su pequeño bolso, que iba a juego con el vestido.

— ¡Date prisa, humana!

Kagome estaba demasiado nerviosa como para poder encajar la tarjeta a la primera. Los hombres se estaban acercando a toda velocidad. Logró abrirlas al tercer intento.

El tren de la "Central Line" se encontraba a punto de cerrar las puertas para continuar su viaje. Sesshomaru llegó a tiempo para introducir uno de sus brazos y forzar al maquinista para que les permitiese la entrada. Se quedó en medio del paso hasta que llegó Kagome, sin fuerzas y a punto de vomitar.

El vagón permanecía vacío, a excepción de ellos dos.

— No me encuentro bien… — murmuró ella.

— ¿A quién se le ocurre beber tanto?

— ¿Me estabas espiando? — preguntó, indignada. — ¿Qué pretendes de mí, a Sesshomaru? Porque no me pienso tragar que has venido de la era feudal para salvarme.

Se negó a responder. La joven lo miró, recelosa. No entendía el motivo de haber aparecido ante ella, con forma humana y sin darle ninguna explicación. Observó cómo un gesto de dolor inundaba su rostro y cómo su mano se había llenado de sangre al tocarse el costado.

— ¡Estás herido!

— Déjalo. No es nada… — contestó él, mirando a través de la ventana del vagón.

— Ahora pareces humano. Es posible que la herida no sane rápidamente si has perdido tus poderes de Yokai.

Acercó su mano para apartar la camisa. Sesshomaru la interceptó, desviándola de él.

— ¡Te he dicho que no es nada! — exclamó de forma insolente.

Sin duda se trataba del Daiyokai que había conocido antaño. Tan antipático y arrogante como siempre.

Las gotas de sangre de su herida empezaron a caer al suelo. Se estaba desangrando. Kagome no sabía cómo hacerle entrar en razón. Lo que sí que empezaba a tener claro es que por algún motivo había dado con ella. Lo más probable es que la necesitara para algún diabólico fin, así que podría aprovecharse de esta circunstancia.

— Te estás desangrando y pronto perderás las fuerzas para poder seguirme. Si no me dejas verte la herida, me bajo en la próxima parada.

Sesshomaru la miró con ira, y accedió a su petición, a regañadientes. Kagome le desabrochó dos botones de la camisa para poder acceder a la herida, que parecía hecha por una bala.

— Necesito que te quites la camisa. Cortaré un trozo de tela para hacer presión. Debo llevarte al hospital.

— ¡No! ¿Tú no eres médico? Házmelo tú.

Kagome lo miró, sorprendida. ¿Cómo sabía que era estudiante de medicina? Estaba claro que había venido a por ella.

Sesshomaru pareció haberse dado cuenta de sus pensamientos.

— Me alojo en un hotel cerca de aquí. Allí me puedes curar… — decía, mientras se quitaba el traje y la camisa.

Arrancó un trozo de la manga y volvió a vestirse con la chaqueta del traje. Estaba sucio y destrozado. Kagome lo usó para taponarle la herida, haciendo presión.

— Está muy al costado. No parece que la bala se haya quedado dentro.

— Te lo dije. Era una simple rozadura.

Sesshomaru la observaba, pensativo, esperando a que se frenara la hemorragia.

Ahora que se respiraba algo de tranquilidad, la joven sacerdotisa estaba deseando preguntarle por sus amigos. ¿Qué había sido de ellos durante todo este tiempo? Necesitaba saber de Inuyasha.

— Están bien.

— ¿Qué? ¿A qué te refieres? — Kagome se preguntó si le estaba leyendo el pensamiento.

— El idiota de Inuyasha y los demás están bien. — Repitió él, contemplando el oscuro paisaje que se intuía a través de la ventana.

Conocía a Sesshomaru, y sabía que pocas palabras le iba a ofrecer acerca de su hermano y de los demás. Aun así, fueron suficientes para respirar tranquila. Sus amigos estaban bien, y eso era lo que más le importaba.

Bajaron en la parada de Green Park. Las luces de la calle alumbraban el camino hacia el hotel, al que llegaron sin ningún contratiempo. Kagome solicitó un botiquín de primeros auxilios en recepción. Miró su reloj. Eran las dos de la madrugada. Todavía tenía el estómago revuelto por todos los acontecimientos, y el alcohol que se había tomado en la fiesta no la estaba ayudando en absoluto.

Sesshomaru abrió la puerta de la habitación, observando a su alrededor para comprobar que nadie les había seguido. Había perdido sangre y parecía cansado.

— Déjame que te cure la herida. — Insistió Kagome.

El Daiyokai la miró con resignación. Se sentó en la cama lentamente, con una mueca de dolor. Apretó los dientes y cerró los ojos. Se desprendió de la chaqueta del traje.

Kagome se acercó a él, tímidamente, con el material de primeros auxilios que había conseguido en la recepción, un barreño lleno de agua y un paño para limpiar la herida. Se sentó a su lado, observando impresionada cada detalle de su torso. Desde luego tenía un cuerpo impresionante, perfectamente fibrado y con unos prominentes abdominales. El calor se iba apoderando de su cuerpo a medida que le frotaba las heridas. ¿Por qué sentía que empezaba a temblar?

Alzó la mirada y se encontró con la suya, fría y penetrante. Una sabia mirada que había vivido innumerables batallas y aventuras. El Daiyokai más poderoso de las Tierras del Oeste se encontraba a merced de una humana que se había sentado junto a él para sanarle las heridas. Aquella situación debía ser bastante dura para su orgullo, por lo que procuró romper el hielo para no morir asesinada.

— ¿Qué estás haciendo aquí, Sesshomaru?

— No te importa.

La joven se levantó, enfurecida.

— ¿Que no me importa? ¿Cómo eres capaz de decirme eso si prácticamente me has secuestrado? Has venido a la fiesta a buscarme. ¡No me digas que no me importa!

Sesshomaru la miró de soslayo con aquellos hermosos ojos dorados que la acechaban sin cesar.

— Tu vida corre peligro. Te quedarás aquí conmigo. — Sentenció, seriamente, sin un ápice de dudas.

— ¡Ni hablar! Cuando acabe de curarte la herida me iré a mi casa.

Intentó levantarse, pero él se lo impidió. La agarró de la mano con fuerza, atrayéndola hacia él. Kagome empezó a respirar agitada, completamente nerviosa. Su enfado era latente, pero no podía evitar las descargas eléctricas que sentía en su interior. ¿En qué momento había empezado a pensar en lo atractivo que le parecía aquel salvaje y despiadado demonio? Aún así, no podía fiarse de él. Ya había intentado acabar con ella en el pasado, y no dudaría en volver a hacerlo si no le fuese útil para algún malvado plan que le estaba ocultando. Tenía que ir con mucho cuidado.

Sesshomaru seguía agarrándola con fuerza, incesante, mientras intentaba aguantar el equilibrio. La empujó hacia la cama, desplomándose en el cómodo colchón al mismo tiempo que él se quedaba encima de ella, sujetándole las piernas con las suyas. ¿Qué pretendía? ¿Por qué no la dejaba marchar?

Notó un objeto frío alrededor de su muñeca.

— ¡¿Qué?! — gritó Kagome al darse cuenta de sus perversas intenciones. La acababa de atar a la cama con unas esposas.

Sesshomaru se levantó, impasible ante la mirada furiosa de la joven, y haciendo caso omiso de sus súplicas. Entró en el baño y encendió el agua de la ducha.

Kagome se quedó sola en la habitación, colérica y con ganas de gritar por haberse dejado secuestrar, y se odió a sí misma al haberse ruborizado con la belleza del Daiyokai.

— ¡Me las pagarás, idiota! — exclamó, exaltada, consciente de que el ruido del agua ahogaría sus gritos.

Le esperaba una larga noche a merced del atractivo y despiadado Sesshomaru.