7. NOCHES
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Las letras en cursiva son los pensamientos de Félix.
Lemon, apto para mayores de 18 años.
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Aun se besaban cuando entraron a su hotel. En silencio, sin palabras, sólo besos ardientes de madrugada camino a una habitación. Afirmación tácita y muda. Sí, sí, sí quiero. Movimientos ágiles y rápidos, sin darle tiempo a pensar, a razonar, a echarse para atrás. Ni un comentario, ni una observación. Síguela besando, no le des tregua. Él no tenía nada a su favor, sólo el recuerdo de un amor en el corazón de ella, o un inmenso amor en el corazón de él. Besos con sabor a licor, con sabor a vino dulce e intenso, besos con sabor a carne de labios sedientos, besos con sabor a amor. Te amo ayer, desde la placita en Montmartre, te amo hoy, a pesar que me rompiste el corazón. Y besos con sabor a candor, besos apasionados, intercambiando saliva e intercambiando esperanzas. ¿Tú también me amas, Marinette? Al menos un poco, si fuera al menos algo...un poco, casi nada, yo lo haría crecer.
Y la ropa iba cayendo, conforme él rezaba en su interior. No digas no, no te arrepientas, no digas no.
La cogió de la cintura, ya desnuda, y la lanzó sobre la cama, sujetándola instantáneamente de las piernas, estirando los muslos hacia los lados, sonriendo ganador. Pero en vez de amarla, como quizá ella esperaba, él la besó otra vez en la boca, insaciable, inaudito, imposible de detener. Y luego lamió su rostro, mordisqueó su oreja y besó succionando su cuello, dejando huella. Cuando menos lo esperaba, ella sintió como los dedos de él volaban a la entrada de sus entrañas, arrasando, descubriendo, tanteando a oscuras la puerta a su interior. Dime sí quiero, Marinette, dime "sí, mi amor". Indecisa Marinette, muerta en vida viviendo con la duda de si lo de Félix realmente era amor, o era sólo un sentimiento ligero sin denominación. Y lo de ella, ¿qué era?. Infidelidad, traición, mentira, amor, amistad. Nunca supo decidir qué fue o qué sintió, pero el fuego que ardía cada vez que veía a Félix, que le hacía feliz, que le llenaba el alma, ese fuego...ese fuego había desaparecido desde el día en que le prometió que terminaría con Adrien y ella no cumplió, provocando que él se alejara, irremediable y definitivamente. Promesa rota, promesa muerta asesinada en sus labios, promesa corrupta marcada en su cuerpo.
Y cuando lo volvió a ver en New York, sonriéndole a Lila Rossi, tuvo la sensación que el suelo se le abría a sus pies y que moría, moría de ganas de lanzarse a sus brazos, de pedirle perdón, de decirle que por favor le hablara, que le dejara escuchar su voz, o ver su sonrisa. Un "por favor, por favor, perdóname"; o un "te quiero, creo que lo nuestro sí era amor, pero perdón, perdón por favor".
Audrey Bourgeois prácticamente la había arrastrado al escenario y sujetando fieramente su codo, le susurraba: «Céntrate Marinette, sonríe y saluda». Y Marinette, como siempre, hizo caso a su mentora y sonrió y borró de su mente por unos segundos que él estaba ahí, observándola sobre la pasarela. Maldijo no haberse puesto el vestido rosa con cinturón negro que tanto le favorecía, maldijo el no haberse arreglado aun más el cabello, o el no haberse delineado con el pincel los ojos. Entonces observó a su alrededor, y miró a la diosa maldita de pechos burbujeantes, que también caminaba a su lado, y la odió, la odió de una manera irreconocible e imposible en la amable Marinette.
Sin embargo, algo dentro suyo le decía que él huiría, así que apenas bajó de la pasarela fue a buscarlo, a decirle cualquier cosa. Y luego, por unos segundos, lo había tenido enfrente suyo, a centímetros. Vio sus ojos verdes, sus pestañas doradas, vio que ya estaba hecho un hombre, ya no un púber agobiado parcialmente por el acné. Hermoso, perfecto. Mientras vestía ella a Lila Rossi horas antes, había olido en su modelo los signos del sexo reciente. Ahora entendía con quién. Con él. Y luego el beso con dedicatoria lanzado a propósito en su dirección. Lila y Félix. Ella y él.
Cada palabra que escuchó sobre el novio de Lila le había parecido vacía y hueca, sin sentido, nunca había escuchado; pero en ese instante, en New York, entendió que Lila Rossi era la pareja de Félix y llegar a esa conclusión, la volvió más taciturna que de costumbre, más callada, más muerta si aún eso era posible. Decidida a hablar con Félix, sí o sí, y decidida a alejar a Lila de él, se montó en el primer avión a Londres, y ahí, frente a su madre, Marinette suplicó por información, porque debía advertirle, decirle, que Rossi era lo peor de lo peor. Disoluta mujer de carne vibrante, picante pecado, lujuria, deseo y placer. Lila Rossi era todos esos sinónimos. Félix debía alejarse, sino moriría carbonizado por ella. Amelie la miró, le dijo que la había extrañado todos estos años, cogió un papel, escribió el número de teléfono de su hijo, el hotel donde creía que podía hospedarse, y le apuntó la ciudad. Amelie entendió que el destino tiene sus propios motivos o sus propias maneras de que pasen las cosas. Destino inevitable, pensó. Y dio un paso al costado y dejó que ella partiera en el primer tren a Francia y luego en cualquier tren a Bruselas, para seguir a Amberes. Ojalá volviera como su nuera o algo parecido a eso.
La carne de él traspasando su cuerpo la trajo al presente, a la cama de hotel, a su amor inmortal, al fuego renacido en su interior. Cenizas que volvían a la vida, amor resucitando de entre los muertos. Gemidos de amor, de unión, de cuerpos esperando una oportunidad para unirse. Dí que me amas, Marinette, que siempre lo has hecho. Félix improvisaba sobre la marcha, sorprendido de lo que estaba pasando, de tenerla ahí, sometida, ofrendada, entregada. Marinette, mi amor. Y decidido a dejar huellas imborrables en su cuerpo delgado y ligero, sacó la artillería y la experiencia, y esa noche, no hubo trocito de piel que no hubiera tocado, ni pezón que no hubiera mordido, ni vello que no fuera manipulado. La giró, la atrajo hacia sí, la arrastró de un lado a otro de la cama, de todas las maneras, la comió a besos y caricias, apretando sus pechos, colgándosela del cuello, estirando su piernas, saboreando su piel en lugares inexplorados... o quizá ya fuera tierra conquistada, quizá todo eso ya lo hubiera vivido con él, con su primo.
El pensamiento de Adrien repasando a Marinette una y otra vez, se le atravesó en la garganta. Un cachito de su alma murió como siempre que lo recordaba, pero instantáneamente, su mente le decía que mantuviera la esperanza, la fé y el amor. Y una ráfaga de viento helado entró por la ventana para recordarle su promesa y su canción.
El amor es una guerra, es batalla y tregua, es ceder y ganar. Es otorgar y regalar, ofrecer sin conveniencia. Y al final, es probable que te rompa el corazón.
Félix se sentó en el borde de la cama y la atrajo hacia él, mientras le cogía de las piernas y la colocaba encima suyo, para entrar más profundo, más certero. Ni un segundo de paz, ni tregua, no ahora, de ninguna manera. Sus pechos se batían en duelo con la gravedad, mientras él la sujetaba de la cintura y la llevaba de delante a atrás, una y otra vez. Ella, entonces, estiraba su cuello hacia atrás, ofreciendo su cuerpo y su piel al hombre-pecado, al hombre-traición.
- Fé, ya no puedo más, no...-
Y él incrementó el ritmo, la sujetó aún más fuerte y la obligó a no retirarse, a dejarse llevar así, sobre él, con su carne atravesando el introito. Grita, gime, di mi nombre, dilo, dilo. Plegarias y rezos en su mente. Por favor, por favor. Ella le clavó las uñas en los hombros, mientras apoyaba su frente sobre la de él. Su visión se fue a negro y luego, lucecitas resplandecientes aparecieron en su mente y gimió su nombre, mientras su cuerpo estallaba y empezaba a temblar intensamente.
- Félix, Félix.-
Él no podía pedir más, cerró los ojos, mordió sus labios y gruñó, dio un quejido y también se dejo llevar dentro de ella. Su premio fueron sus besos tiernos en su rostro, sus dedos limpiándole las mejillas. ¿Lágrimas? ¿sudor? Marinette le besó la cara, la boca, el cuello. Todavía juntos y tiritando de placer. La carne entre sus piernas aún latía cuando ella lo abrazó, y decidió que era buen momento de confesarse, de decirse cosas.
- Te quiero Fé- y le besó la frente.
Antes que él pudiera contestar, el sonido del móvil de ella sonó furioso en su abrigo, tirado en cualquier sitio de la habitación. Ella se retiró de él, sobresaltada, preocupada, lo miró, y luego se lanzó a buscar el aparato. Súbitamente el teléfono dejó de sonar, pero Félix podía darse cuenta de su reacción, nerviosa, agobiada, abochornada, desnuda. Marinette cogió el aparato y vio el autor de la llamada. Apretó los labios, frunció el ceño. El móvil volvió a sonar, la misma melodía. Lo tuvo que coger, no podía escapar de él.
- ¡Marinette! Te llevo llamando todo el día, ¿Dónde estás? ¿Qué pasó? Audrey me dijo que desapareciste luego del desfile.
Era Adrien, su novio, el hombre con el que se iba a casar en algo más de dos meses. Y ella estaba ahí, en un hotel en Amberes, desnuda, mojada entre sus piernas, con la piel hinchada de tanto amor, y acompañada por alguien que no era él.
Las mismas palabras de antes, taladraban su cabeza y su ética. Infiel, traidora, mentirosa. El tacto del algodón suave y blandito sobre su piel, la despertó de su trance. Era Félix quien le acercaba un albornoz blanco del baño. Ella le miró, con la mirada cristalizada, un sabor agrio en sus ojos, un poco de incomodidad o de recelo.
¿Qué había hecho? Arrepentimiento.
¿Por qué con Félix otra vez? Amor.
Y ahora mucho más grave. Desesperación.
¿Quería redimirse? Perdón.
¿O quería dejarlo definitivamente? Indecisión.
Marinette Dupain-Cheng se encontraba en esos momentos vitales en los que uno debe tomar una decisión que cambiará su vida para siempre. Seguir o dejar. Terminar o continuar. Casarse o no. Uno u otro. Félix o Adrien.
Ojalá nunca hubiera conocido a Adrien.
Ojalá nunca hubiera conocido a Félix.
- Estoy en Amberes, Bélgica. Vine para investigar sobre el diseño de joyas y diamantes. Quiero explorar esa línea de diseño.-
- ¿Y no podrías decírmelo? Estoy preocupadísimo, desapareciste y no se lo dijiste a nadie. Ni siquiera a tus padres, Mari. Acabo de llegar de Tokio y lo primero que me encuentro, es que no estás aquí, como me prometiste y que nadie sabe donde estas. Bueno, esta bien, no estoy molesto la verdad, sólo preocupado. Ahora que ya sé dónde estás, iré mañana a recogerte o a esperarte hasta que termines lo que tengas que hacer y luego de ello...
- ¡No! No vengas, ya pronto me iré.-
- Pero Marinette, no te veo desde hace varias semanas, te extraño, ¿Cuándo volverás? -
Marinette quería llorar, empezó a mover nerviosamente su pie, golpeando el suelo.
- No lo sé, mañana o pasado mañana. Quizá pasado mañana.-
- Te extraño-
- Lo sé-
- Di que me amas, Marinette-
Pensó en colgar inmediatamente, irse corriendo de ahí e irse a vivir al Ártico o a Marte. Lejos de los problemas, lejos de decisiones difíciles. Lejos del amor, que sólo le traía sinsabores, dolor y agonía. Huir, como una cobarde. Indecisa y cobarde Marinette. Se odio a sí misma, quería llorar mucho más ahora. Ahí, esa noche, una parte de su corazón murió cuando tuvo que responder:
- Te amo, Adrien - e inmediatamente, colgó.
Félix estaba detrás suyo a menos de un metro y con el pantalón de pijama puesto. Los brazos cruzados, el ceño fruncido, el pelo rubio desordenado. No dijo nada, no habló. Se limitó a acercarle la ropa, y luego los zapatos. Ella se quedó callada, ninguno de los dos no dijo nada. Se vistió en silencio, sin saber qué hacer ahora, o adonde ir, sin aclarar nada, sin proponer qué hacer.
Cuando se estaba vistiendo, tuvo ganas de quedarse, de echarse a dormir con Félix. Ver a Adrien le sabía a obligación, a una carga pesada muy difícil de llevar. No quería despedirse de Félix, aun no, quería abrazarlo y explicarle, explicar su difícil situación. Ella tenía su vestido de novia en su habitación en Paris, colgado de una percha. Por las noches, se ponía los zapatos que iba a usar el día de su boda para que no le hicieran daño. Y Adrien se estaba encargando de la cena, de la recepción. Y antes del desfile, habían firmado la compra-venta de un chalet en un exclusivo barrio parisino. Marinette ni siquiera había visto la casa, firmó el contrato como una autómata, seca, sin alma. Adrien fue quien pagó en totalidad el 20% de la cuota inicial para la casa. También estaba la hipoteca de sus padres, hace unos años, sus padres se endeudaron para hacer una reforma, pero hubo un incidente y al final, todo se echó a perder, y hubo que hipotecar la panadería para resarcir las deudas. Por supuesto que había sido Adrien quien se puso de aval. También estaba lo de Audrey Bourgeois, aunque Audrey la quería con ella, siempre se asumía que Marinette estaba ahí por ser "la novia de..." y eso, en el mundo de la moda, era como una peste, porque la trataban como tal, como una apestada. La gente asumía que tenía conexiones con alguien y que, por eso, Bourgeois, al no verle talento, dilató lo más que pudo su propio desfile. Al-no-verle-talento.
Esas cosas: su dependencia a Adrien, sus lazos ya formados luego de más de una década de relación, su boda; esas cosas la descolocaban y al final, la hacían dudar.
Se vistió como pudo, y cuando terminó, sintió que la cogían del codo y que una fuerza irreconocible, la arrastraba hacia la puerta.
- Fé, Fé, espera, debemos hablar. Es complicado y un poco complejo y ...-
- Marinette, no he pedido explicaciones, no hay nada que hablar.-
- No se lo dirás a Adrien, ¿verdad?-
Felix no lo podía creer, ella se estaba arrepintiendo. Otra vez, mil veces más. Indecisa Marinette. Tanto amor, otra vez desperdiciado.
- No, Marinette, nunca se lo diría.-
Comprendió que perdía una batalla, pero que quizá aun habrían otras cosas por las que pelear, otras batallas que ganar.
El amor es una guerra, es batalla y tregua, es ceder y ganar. Es otorgar y regalar, ofrecer sin conveniencia. Y al final, es probable que te rompa el corazón.
El amor era una guerra, efectivamente, pero ahora tenía la impresión que no iba a sobrevivir a ella, de ninguna manera. Sacó a Marinette de la habitación, le dio su abrigo y sus zapatos, para luego cerrarle la puerta a velocidad relámpago. Ella intentó decir algo, detenerlo, pero se encontró con la fría madera de la puerta. Se puso el abrigo y los zapatos. Decepcionada de su vida y su existencia, revisó sus bolsillos y se puso a andar.
El amor es una guerra, es batalla y tregua, es ceder y ganar. Es otorgar y regalar, ofrecer sin conveniencia. Y al final, es probable que te rompa el corazón.
Félix llevaba tanto tiempo con el corazón roto, que esta vez no sintió nada cuando se lo hicieron trizas nuevamente. Quizá ya no valiera la pena pelear por ella.
Quizá ya no.
El viento amigo ahora no soplaba aunque la ventana estuviera abierta. Y Félix no escuchaba ya nada. Se revisó el pecho, buscando algún dolor o molestia. No encontró ninguna, quizá tampoco tenía ya corazón.
Quizá ya no.
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Saludos, hermanos y hermanas en la fé del felinette.
Estoy recuperándome muy lentamente. Mi ritmo de actualización en todas las historias bajará a consecuencia de esto. Espero como siempre, no decepcionarlos. Muchas gracias a todos.
¿Final feliz? puede ser. En serio, no lo sé. Esta historia no será muy larga. De hecho, ya estamos en la mitad. Un fuerte abrazo.
Cambio y corto
Lordthunder1000
