Disclaimer: Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Shirai-sensei y Posuka-sensei. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Nota de autora: Ya se acaba, perdón


Doncella sagrada

IX: Retazos


—Veo que seguiste mis instrucciones, Sung-Joo.

El recién nombrado quita la mirada del libro en sus manos, para pasarla sobre su nuevo y nada agradable acompañante. Gruñe un par de insultos en sus adentros y, tratando de mantener la compostura, regresa a su lectura sin tomarle más importancia a esa otra persona.

—No es que pudiera hacer otra cosa, Reglavalima. —Masculla, casi de mala gana. El pequeño salón de lectura, de pronto, se convierte en un lugar asfixiante. Ya no quiere estar allí, ni siquiera compartir aire con esa mujer.

Pero si se mueve y se va, eso sería perder ante ella. No puede dejar que gane todo el tiempo.

—Pensé que estarías resentido luego de relevarte como guardia de Música. —Ríe suavemente, dejando de mirarlo con insistencia, para dar vuelta e ir en busca de un libro entre las grandes estanterías.

Al darle la espalda, Sung-Joo aprieta con fuerza su propio libro, con los dedos y las uñas encajándose en la portada y rasgándola un poco. Su mirada broma y en serio desearía tener un arma cerca para poder clavarla contra el cuerpo de esa despreciable mujer. Sin embargo, lo único que tiene dentro de ese lugar, es el aire, un par más de biblias y una lámpara sobre la mesa. Nada útil.

Pero hasta esa lámpara podría ser perfecta para usar contra Reglavalima.

Y es que, en medio de su furia interna, se pregunta cómo demonios esa perra se atrevía a llamar a Música por su nombre.

Inhala profundo, relajando su postura. Aunque sabe que no debería, realmente quiere atacarla ahí mismo.

Sin embargo, ella hace un primer movimiento.

—Escuché que te has encontrado con Geelan estos últimos días —menciona de manera casual, pero como siempre, hay una intención tras sus palabras. Vuelve a darle la cara, y entre sus manos sujeta uno de los libros del estante más alto, los que sólo ella (y tal vez también Lewis) puede tocar—. Dime, ¿de qué han hablado?

—¿Es importante que lo sepas? —pregunta, en actitud evasiva.

—Claro que lo es. Estamos hablando del hombre que se había negado a que yo fuera reina —recuerda entre suaves risas, pero su dulce humor se desvanece en cuanto para, y observa de forma intensa a Sung-Joo. Sus ojos brillan tanto como los de él hace un momento, y esa era una advertencia clara—. Así que no te queda de otra que decirme, Sung-Joo.

Sung-Joo demuestra no inmutarse ante las señales, no puede dejar que eso sea visible, o estaría en más problemas. Así que guarda silencio un par de segundos, como si sopesara lo que fuera a decirle, y finalmente deja a un lado el objeto en sus manos y se pone de pie, abandonando su cómodo asiento.

—Quería saber si iría al templo un día de estos.

Y con esa excusa, decide que es mejor salir de allí, antes de que Reglavalima perdiera la cabeza con su paranoia y lo mandara a cumplir un encargo del que seguramente se arrepentiría.

Sung-Joo no era su maldito sirviente.

Pero una vez ya se ha ido, la mujer de pelo rojo se acerca a ver el libro que él había dejado abandonado a un lado del sillón de lectura. Ignorando las raspaduras en la tapa, lee su título y sonríe.

—Nada como una novela cursi.


Siente un escalofrío subir por su espalda, y se lo reclama mentalmente a Lewis, puesto que la única razón podría ser él (o quizás no, quién sabe). Tal vez, es que estaba otra vez mandándole alguna tontería como ánimos a la distancia, o planeando traicionarlo cuando menos se lo esperase, realmente no podría saber, pero ambas opciones eran vomitivas. Por eso, lo único que le queda hacer es suspirar pesadamente, arreglarse la capucha de la larga capa que ya muchas veces ha tenido que usar, y acelerar sus propios pasos para no ser descubierto por las otras personas y los vigilantes dentro de ese enorme lugar.

Con cautela, se detiene frente a una de las puertas del gigantesco corredor lleno de pilares, y mira de aquí para allá. No hay guardia alguno, así que la información y ayuda que había recibido era cierta. Aun así, no puede relajarse ni por un segundo, por lo que rápidamente entre al lugar que estaba buscando.

Una vez adentro, se quita la capucha, revelando su poco común pelo rojo. Por fin respirando, observa su nuevo entorno. A diferencia de otros lugares, allí puede respirar algo parecido a la paz real, de la que no puede alcanzar ni en su mejor momento.

El olor a incienso inunda su nariz, pero no es nada que moleste. Con cuidado y en calma, camina por el gran salón, yendo derecho hasta detenerse frente a un gran estrado, con imágenes y estatuas. Allí mismo está la persona a la que busca, de rodillas.

—Sacerdote Daesung.

El viejo hombre religioso por fin se da cuenta de su presencia, y se pone de pie tras terminar sus oraciones. Sung-Joo hace una pequeña reverencia de respeto, viendo acercarse al anciano de largas túnicas blancas.

—Joven Sung-Joo, qué gusto verte —lo saluda el sacerdote, con alegría—. Hace tiempo que no venías, por un momento creí que ya habías abandonado tus creencias.

—Sacerdote, no tengo tiempo para aclarar malentendidos —lo detiene el muchacho, seriamente, indicando la gravedad del asunto—. Escúcheme, es sobre la doncella sagrada.

—Sí, sí. Lord Geelan me avisó de esto —asiente el viejo hombre—. Dime, hijo, ¿qué sucede con esa niña?

Sung-Joo respira profundo. Lo que estaba a punto de hacer, definitivamente haría que su hermana deseara arrancarle la cabeza por cuenta propia.

Pero eso no era del todo importante.


Sus ojos queman, pego no hay lágrimas que deseen escaparse de ellos. La garganta le duele como si hubiera tomado veneno, y todo su cuerpo está entumecido. Tiembla de pies a cabeza, no puede controlar sus manos, que se aferran desesperadamente a la manta sobre su pecho, la que no la abriga lo suficiente del frío que la rodea. Y mientras dure en silencio todo eso junto a un millar de pensamientos que no es capaz de descifrar por sí misma, siente un toque caliente como el infierno sobre su barbilla, obligándola a levantar la cabeza para conectar su mirada con la culpable de sus desdichas.

Los ojos de la reina, tan oscuros como un abismo sin fin, van acompañados perfectamente de una de sonrisa sin escrúpulos, llena de gozo como sólo alguien demente lo estaría luego de ser bañada en sangre inocente. Su vestido ya se ha acomodado sobre su cuerpo, no está rasgado ni roto como el de Música, quien no tiene de otra que quedarse allí a esperar otra vez.

Reglavalima se ríe de la desgracia que siempre le causa a la pobre niña maldita.

—No te veas tan lamentable, querida —pide con suavidad, con algo parecido a cariño, pero que no lo es y nunca jamás lo será. Música podría vomitar por culpa de las náuseas que siente al oír ese tono y esas palabras—. Recuerda que no me gustan las cosas que no son bellas, y tú eres bella incluso por debajo de mí. Mantente así y deja de mostrar un rostro tan horrible.

La suelta, de manera brusca. La chica no hace sonido alguno, sólo espera, con paciencia, a que la sádica monarca se largue de ese cuarto y vuelva a dejarle sola. Como siempre hace, acaba todo en medio de un silencio abrumador, donde su corazón golpea con fuerza, queriendo romper su pecho, mientras que por sobre sus ojos bailan imágenes llenas de crueldad donde la reina juega con su ser, una y otra vez, mancillando y rasgando lo poco que le queda de dignidad y de libertad. Y en medio de esa epifanía de horror puede sentir los dedos ajenos hurgar en su piel, comerle los sueños y hundirse en su existencia misma, mientras la obliga a callar pese al dolor que le causa tales atrocidades contra su débil ser.

La joven llora en medio de su cama. Las lágrimas saben amargas. Y antes de poder parar, se da cuenta de que ya no hay nadie que fuera a entrar por la puerta a envolverla en una manta y abrazarla hasta que el día acabe —si no es que fuera a acompañarla también en las noches, cuidando a que nadie la lastimara, ni siquiera las pesadillas escondidas bajo sus ojos—.

No tiene de otra más que gritar, en ese lugar vacío, sucio de fluidos, de sangre y de lágrimas. No le queda nada.

Y tras calmarse, sólo está ella, de vuelta con un vestido que no le gusta, que le hace olvidar los que usaba antes de llegar a un palacio de oro. Sus trenzas, que ella misma se ha hecho, esta vez están desordenadas, y sus orbitas claras miran tras las cortinas de terciopelo y las rejas de la ventana, a la noche de luna llena que está tan llena de estrellas. Estrellas que ya nunca más va a poder tocar ni en sus tontas ilusiones.

Se abraza a sí misma, hecha un ovillo sobre su enorme colchón. Las almohadas están desparramadas por el suelo, ninguna es lo suficientemente cálida como para acompañarla esa noche tampoco.

Suelta una exhalación, dejando de ver el cielo nocturno y mirando sus pies, se da cuenta de que extraña demasiado escuchar los pasos de Sung-Joo al entrar a su cuarto a esas horas, con la excusa de que tiene que cuidarla de cerca.

—Excusas tan tontas no sirven ni para niños que no saben mentir —reprocha en voz baja, y luego se ríe un poco—. Pero yo me las creía.

—¿Tú creías qué?

Gira la cabeza a toda velocidad, y su cuello hace un sonido de crack, dejándole algo de dolor de paso. Pero antes de siquiera prestar atención a eso, sus ojos se abren como platos y la voz y el aire se le van. Tiembla otra vez, pero en esta ocasión no es por miedo a que las garras de un extraño fueran a cortar su cuello. Es algo más, algo sobre lo que no le molesta acabar reaccionando de esa manera.

Con lentitud, deja de abrazar sus rodillas y gatea hasta la orilla de la cama, extendiendo el brazo, deseando tocar lo que tiene enfrente.

—¿Eres... real? —Murmura, con la voz rota. Le duele la garganta. Sus dedos tocan la piel ajena, sólo para lograr que sus ojos se llenen de lágrimas y se desborde por completo, empapando todo su rostro—. Estás... aquí... No estoy alucinando, ¿verdad?

—No por el momento —anuncia tranquilamente, casi ajeno a las expresiones de conmoción y dolor de la pobre fémina. Sin embargo, apenas la escucha sollozar, hace una mueca—. Espera, por favor no hagas tanto ruido. Se supone que no debería estar aquí.

—Sung-Joo... Sung-Joo... —lo llama entre sollozos, dejando de extender el brazo para ocuparse de su rostro mojado. Intenta limpiarse las lágrimas, pero éstas no sé detienen—. Creí que... no volvería a verte...

—Lamento romper tus ilusiones —masculla, cansado—. Pero en realidad, no tenemos tiempo para hablar ahora mismo. Vámonos antes de que el guardia despierte. —Avisa apresurado, agarrando el brazo de la chica para estirarla y sacarla de la cama.

Música pronto empieza a dejar de llorar, entrando en la cuenta de la situación. Pero eso no le quita las dudas y la confusión.

—¿No lo mataste? —pregunta, un poco sorprendida de haber escuchado a Sung-Joo decir que solamente había noqueado a su nuevo guardia personal.

—Dejarlo vivo hará que Reglavalima quiera interrogarlo, y eso es tiempo extra para nosotros —señala astutamente. La chica abre la boca, queriendo decir algo, pero al final se calla—. Aun así, no podemos relajarnos. También tengo que deshacerme de los guardias en el jardín si es que quiero sacarte de aquí en una pieza.

—Espera, Sung-Joo, no.

Música se detiene justo antes de que él pueda abrir la puerta para salir de allí, y se suelta de su agarre. El pelirrojo gira a mirarla, confundido por ese actuar.

—¿Qué sucede? ¿No quieres salir de aquí? —impaciente, termina alzando la voz, sintiendo también molestia por verla actuar testaruda justo en un momento como ese.

—... No me iré de aquí.


Continuará.