CAPITULO 7
Para cuando volvimos a la cabaña y desempacamos los artículos que habíamos comprado, ya eran casi las cuatro. Edward y yo no hablamos mucho desde que dejamos el muelle hasta que hubimos terminado de ordenar las provisiones. Parecía distante de un modo que nunca antes había estado desde que comenzamos a salir y eso me preocupaba. Me senté a la mesa del comedor mientras él comenzaba a entretenerse en la cocina.
—Edward. Tenemos que hablar.
Levantó la vista de los vegetales que estaba picando y miró de reojo.
—¿Sucede algo?
Era sorprendente que no se diera cuenta de lo que estaba pasando. La ira que se había ido acumulando bajo mi piel estaba a punto de estallar.
—Aquello no estuvo bien.
—¿Qué cosa?
—No te hagas el tonto. Cada segundo que pasaste hablando con Irina Diamond deseaste que yo no estuviera allí.
Edward inhaló profundamente, dejó el cuchillo y se sentó junto a mí a la mesa.
—No es cierto. Estoy muy contento de que estés aquí.
Me crucé de brazos. No había forma de que se escapara fácilmente de esta.
—No intentes convencerme con tu labia para evadir el tema. ¿Quién es ella?
—Ella te lo dijo, es una surfista. De hecho, es una surfista de primera categoría. Muy renombrada en la industria.
—Está bien. ¿Y qué más?
—Mi compañía le envía productos gratuitos para que los pruebe y los promocione. Eso es lo que escuchaste cuando hablaba de la nueva tabla que quería que le enviara.
—Está bien, eso lo explica. ¿Y qué me dices de "Eddie"?
No dijo nada. Su mirada de mil yardas me recordó la manera en que lucía en la tienda.
—¿Y bien?
—Te estás molestando demasiado por esto.
Odiaba la manera en que se estaba desviando del tema. Cuanto más evadía, más me daba cuenta de que pasaba algo.
—¿Eso crees? ¿Has tenido sexo con ella?
Dio un respingo.
—¿Por qué importaría eso?
—Porque te estoy preguntando. Tuviste, ¿no es así? ¿Por qué no me lo dijiste?
Se echó las manos a la cabeza.
—¡Porque no tiene importancia! ¿De verdad quieres que te haga una lista de todas las mujeres con las que me he acostado?
Pensar en la extensión de esa lista me dio náuseas. Estaba segura de que había dormido con muchísimas más personas que yo. Aun así, ahora no se trataba de eso.
—No, preferiría no pensar en ello. Pero ¿ibas a esperar que yo sacara el tema a colación antes de decirme algo acerca de tu relación con ella?
Movió la mandíbula pero permaneció en silencio. Podía percibir que estaba analizando mentalmente las opciones de lo que podía decir. Después de varios minutos de esperar que hablara, sentí que debía hacer que la conversación avanzara.
—Bien, no estás siendo demasiado comunicativo acerca del tema, así que simplemente te preguntaré: ¿el tatuaje de diamante que tienes en el pecho te lo hiciste por Irina? ¿O simplemente es una extraña coincidencia?
La boca se le transformó en una línea delgada. Inhaló varias veces profundamente y luego apoyó la mano sobre la mesa.
—Debería comenzar desde el principio: me hace sentir tan viejo decir esto, pero hace trece años que conozco a Irina Diamond. Desde que era adolescente.
Asentí. No conocía a nadie desde hacía tanto tiempo excepto a mis padres. Me observó por un minuto pero yo no decía nada. Continuó.
—Nos conocimos cuando iba a la universidad. Ella formaba parte del equipo con el que surfeaba en California mientras estaba en la facultad y también después. Se podría decir que crecimos juntos. Así que conocí toda su carrera y ella, toda la mía.
—¿Y eran novios?
Él asintió.
—Sí, finalmente nos pusimos de novios. Me hice el tatuaje por ella cuando tenía veinte.
—¿Durante cuánto tiempo salisteis juntos?
—Algunos años. Íbamos y veníamos. No somos verdaderamente compatibles, aunque en aquella época luchaba contra ello. Lo único que realmente tenemos en común es el surf.
—Entonces, ¿la amabas?
—Definitivamente creía que sí por aquel entonces.
La siguiente era una pregunta para la cual no estaba segura de si obtendría una respuesta honesta.
—¿Aún la amas?
Negó firmemente con la cabeza.
—No. Todavía tenemos una amistad, pero seguí adelante hace mucho tiempo. Tenía mis reservas. Llevaba un tatuaje dedicado a aquella mujer. Ella era más que un simple amorío que había dejado atrás.
—¿De verdad? ¿Por qué no te quitaste el tatuaje?
—¿Por qué lo haría? No terminamos mal. Simplemente no somos el uno para el otro como pareja. Eso no significa que no podamos ser amigos.
Pensé en mi único ex de verdad. James. No terminamos exactamente bien. La idea de ser amiga de una persona con la que alguna vez había tenido una relación amorosa me resultaba bastante extraña, pero para muchos funcionaba.
—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que tuvisteis relaciones?
Se encogió de hombros.
—No sé, cinco o seis años quizás.
La forma en la que era tan despreocupado con el tema del sexo solía encenderme pero, ahora precisamente, me hacía sentir bastante insignificante. Tenía que hacer que la conversación continuara o sabía que le seguiría dando vueltas al asunto.
—¿Así que todas aquellas insinuaciones que te hizo eran simplemente una broma?
—Probablemente estaba tratando de hacer que perdieras los estribos. Estoy seguro de que sabía que estábamos juntos así que probablemente te estaba probando para ver cómo reaccionarías si coqueteaba conmigo.
¿Acababa de decir que estábamos juntos? No lo sentía de ese modo, en especial después de que hubiera dejado que Irina me probara de esa manera. ¿Querría yo estar con alguien que dejara que me sintiera avergonzada?
—¿Estamos juntos? Porque me sentí invisible mientras hablabas con Irina y es incluso peor si eras consciente del hecho de que ella intentaba hacer aquello.
Arqueó las cejas.
—¿Te sentiste invisible?
—Por favor. Ni siquiera me presentaste como tu novia.
De acuerdo, no estaba segura de que fuera su novia. No habíamos hablado acerca de si nuestro estado era de pareja o si siquiera éramos una pareja.
Soltó un suspiro profundo e hizo una mueca.
—Lo siento, no me di cuenta. Estaba sorprendido y en realidad no lo pensé.
Aquello no era una respuesta.
—Pero tú sabías que ella me estaba probando y simplemente la dejaste continuar. ¿Por qué lo hiciste?
—¿Qué querías que hiciera? Por cómo lo hacía, tendría que haber dicho algo muy inoportuno y nos hubiera hecho sentir a todos muy incómodos. Lo que hizo fue casi inocente.
—¡A mí no me pareció inocente! ¿Y por qué le restaste importancia al surf que practicamos en nuestra primera cita cuando te preguntó?
Parpadeó.
—No lo hice. Le dije "no realmente", que es cierto dado lo que había preguntado. Por lo que recuerdo, estuve más concentrado en ti que en el surf durante aquella cita.
—¿Quieres decir que, en realidad, no puedes divertirte surfeando conmigo porque no soy lo suficientemente buena?
—Lo pasé excelente y creo que podríamos divertirnos haciéndolo de nuevo.
Si es que alguna vez volvíamos a surfear.
—¿No te aburres conmigo?
Levantó la vista y negó con la cabeza. Se estaba frustrando.
—¿Qué es lo que he hecho para hacerte creer que posiblemente me aburría contigo?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije algo que había estado pensando desde hacía un tiempo.
—No puedes surfear y hacer las muchas otras cosas para los amantes de la adrenalina que te encantan cuando estás conmigo.
—Isabella, soy grande. Si creyera que no somos compatibles o si me aburriera, o algo similar, simplemente te lo diría. El hecho es que no me siento de ese modo. La compatibilidad es algo mucho más complejo que compartir aficiones. Y una relación es algo mucho más profundo que los momentos emocionantes. No hace mucho tiempo que estamos juntos, pero ambos sabemos que tenemos una química excelente. Todavía estoy loco por ti y sigues siendo la única mujer que quiero o necesito.
Una sensación de calidez me invadió desde el rostro hacia todo el cuerpo. Se sentía bien oír esas palabras. Incluso después del día anterior y aquella mañana, verlo con Irina había desestabilizado la confianza que tenía en la atracción que Edward sentía por mí. Si me hubieran mostrado una foto de Irina Diamond cuando estaba haciendo la investigación inicial sobre Edward, habría dicho que eran la pareja perfecta. Pero eso era antes de conocerlo. Había más acerca de él que lo que dejaba que el público conociera.
—¿Me lo juras? —le pregunté.
—Sí —me respondió sonriendo—, te lo juro.
Sonreí ampliamente. Edward, como si se hubiera dado cuenta de repente, saltó y se fue a la encimera. Para cuando me volteé para ubicarlo, llevaba una cámara y tomó una fotografía.
—Perfecta. Hace rato que quería tomarte una buena fotografía como recuerdo. Échale un vistazo. Creo que es una toma excelente.
Se acercó y me extendió la cámara. Me había captado sonriendo ampliamente y mirando directo a la cámara. Tenía algunas lágrimas en los ojos pero aun así me veía feliz. Tenía razón, era una toma perfecta. Informal, pero bien enfocada. Un fotógrafo profesional estaría orgulloso.
—Voy a hacer dos copias. Una para la cabaña y otra para el apartamento. ¿No tienes inconveniente, verdad?
Negué con la cabeza. Reflexioné sobre la importancia de que mi retrato estuviera junto a las fotografías a las que tanto cariño les tenía, incluida aquella con su hermana. La mía sería la única en la que habría una sola persona.
—Haría una para el escritorio de mi oficina. Pero no quiero poner en peligro tu trabajo si tu empleador descubre que estamos juntos.
.
Cayó la noche y nos acurrucamos afuera, en la carpa de la playa, para mirar las estrellas, las cuales eran mucho más numerosas que en Nueva York, donde tenías suerte si veías alguna. Me había puesto la lencería negra sexy que había traído y tuvimos sexo aquella noche pero fue mucho más lento e íntimo que el arrebato de lujuria de la noche anterior. Mis prendas no se prendieron fuego y no hubo chocolate. Edward acabó una vez más adentro de mí y, después, nos acurrucamos durante el resto de la noche, compartiendo besos cariñosos y pequeños detalles irrelevantes acerca de nuestras vidas.
Pasamos el día siguiente empacando para el viaje y luego viajando. En su mayor parte, había sido un viaje relajante y, cuando aterrizamos en JFK, deseé que hubiera durado aunque fuera un poquito más.
