Pt 1: Inminente desastre.

P.O.V Sesshômaru:

Alguna vez, en medio de la premura de mis viajes, había escuchado a los humanos hablar sobre su propia percepción de la vida, de la percepción de lo que eran: los había escuchado corto y claro, quejándose de sus existencias, de lo cortas que eran y la envidia que le daban los atributos de nacimiento que poseía mí gente. Habían hablado de lo increíble que sería viajar por todo el mundo conocido, de lo sencillo que sería arreglar errores sí se tuviera el tiempo suficiente como para reflexionar en ellos y corregirlos o, en medio de una desafortunada cuestión que impida hacerlo del todo, aprender. Reflexionar y llegar de ello a un apropio no solo en tus acciones sino de ti mismo, del futuro.

No supe cuando ni como, pero esos susurros provenientes de humanos fatigados se abrió —más allá de mí propia decisión u opinión— paso a través de mí interno, de mis cavilaciones. Si eran capaces de llegar a tales conclusiones en algún punto, ¿Por qué vivían como lo hacían?

La curiosidad y el querer controlar mí entorno siempre ha sigo tanto el peor de mis defectos como también mi más desdeñada virtud: despreciaba los seres humanos desde hace mucho, mucho antes del suceso deshonroso que involucró a mi padre, los odiaba desde el momento que supe que eran tan arriesgados y estúpidos en su decisiones, al ver que en virtud a su propia humanidad dedicaban toda su vida a una perdida masiva y momentánea. Ellos eran demasiado libres y la libertad para los yôkai y con aún más énfasis, para los Daiyôkai, era una cuestión de semántica.

Mí mundo estaba lleno de reglas, reglas que no habían cambiado desde hacía miles de años y habían sido establecidas mucho antes de que mí persona existiera en este mundo e incluso mí padre, y su padre (mí abuelo) y su padre antes de él —Debiendo de señalar apropiadamente que su vida había sido tan larga como se había permitido, muriendo tras el debilitante paso del tiempo y la cosecha de malicia y rencor entre sus pares —, siendo así, mí sociedad se volvía casi un círculo por completo cerrado: o naces en él y mueres, o estás fuera, bastante simple.

Los humanos no tenían esa clase de reglas, se entendía al ver lo mal formada que estaba su sociedad, buscando líderes que probablemente tienen el poco o menos conocimiento que los que los siguen, adaptándose y sobreviviendo como sí fueran animales perdidos en medio de una manada de lobos.

Mí padre había sido un estúpido revolucionario e idealista desde siempre, se había juntado con ellos difundiendo sus ideas acerca de dicha raza y empeñado en señalar virtudes que podrían unir los dos mundos, diciendo que no eran el enemigo, que eran criaturas con dotes que nosotros no poseíamos y que nuestro poder no debía ser usado para masacrarles, sino al contrario para protegerles.

¿De que sirve tanto poderío sí no tienes a quien proteger, sino tienes por qué vivir? Alguna vez él había dicho. ¿Tienes a quién proteger, Sesshômaru?

Mí madre suele hablar de que las barreras entre seres humanos y yôkai son más que palpables, que intentar borrarlas y trazar una línea de comunión solo haría que todos nos dirigiéramos al ocaso de nuestro inminente desceso como cultura, como sociedad. Dice a menudo y solía decir también, que la aceptación no está permitida, que todos los seres fuera de nuestra raza eran herramientas, no lo suficientemente valiosas como para arriesgarte por ellas: y mí padre lo había hecho, se había jugado el cuello por sus ideales.

Sí no tienes buenas razones para seguir viviendo, ¿Realmente lo haces? Él había dicho. No quiero ser la causa de sufrimiento innecesario, no voy a renegar de algo bueno, no es lo que soy: y mucho menos —así le duela dónde le duela a tu madre por ser tan cerrada— voy a renegar de algo que me hizo y hace feliz, Sesshômaru.

Es así como nunca pude odiarlo, odiaba como lo había hecho, odiaba que el fruto de sus actos caminara a través del mundo de los vivos como quien tiene derecho, odiaba que a los mismos seres a los que le había ofrecido su mano, cobijo y protección hubiesen sido los que planearon su desceso, pero no lo odiaba: no podía hacerlo, porque así como el lo decía, en mis oídos le hallaba sentido y con mis ojos podía ver de lo que hablaba, pero no quería terminar como él, no quería ser derrotado como Inô no Taishô, siendo tan solo un vestigio de su imponente sombra.

Fue por ello quizás que me llené de odio, de odio hacía mí mismo por entender, de odio hacía las estúpidas reglas y hacía los mismos humanos traicioneros, hacía los yôkai que se tendían y se arrodillaba a mis pies diciendo ser leales, odio hacía las cosas que cargaba encima.

Muy joven fui coronado como Señor del Oeste, siendo legítimamente el primogénito y teniendo a penas la edad necesaria, todos me sentaron en el trono siempre y cuando mí madre —Una hembra sensata según éstos— me orientara hasta hacerme de la hegemonía. Fue así como descubrí quien era ella, alguien despiadada, llena de tanto rencor y vicio en el que me hundió, y en el que aún no salgo, tan solo era su marioneta, su masa moldeable. Ella no toleraba las faltas y me hizo igual a ella, me volvió su copia tanto como pudo sin que me diera cuenta y las palabras de Inô no Taishô se volvieron tan solo un susurro lejano.

Supe después que esa había sido la idea, en boca de todos era como mí padre, en boca de todos, tan solo era alguien manipulable, un chiquillo talentoso que iba a ser sacrificado si se permitía el descanso. Y luché, luché y me hice a mí mismo, me volví como los demás y abracé ese odio, me volví tan lejano de cualquier calidez y de la sombra de mí padre, tan buen y firme gobernante que me prefirieron antes que a alguien tan eficaz pero viciosa como ella y me libré de su yugo, me libré de su pesada sombra.

Todo estuvo en calma después de eso, era el Lord que no todos querían pero sí el que necesitaban y respetaban, sembré el odio hacía mí y al mismo tiempo la alabanza: no me temblaba la mano pero tampoco era injusto con mis pares, todo fue así de simple hasta el golpe anárquico y desestabilizante que resultó ser Naraku, todo se había ido momentáneamente al demonio con ese mestizo.

Era bastante evidente el hecho de que carecía de respeto hacia la vida humana lo cual agradaba a muchos, pero también lo era el que tampoco le importaban los yôkai, éramos ahora sus herramientas curiosamente: el alimento que necesitaba para acrecentar sus poderes. Sin embargo, no muchos lo entendieron a la brevedad, creían que era un mesías, alguien dispuesto a acabar una vez por todas con la inmundicia humana. Fue así como le declaré la guerra, siendo imposible aliarme con alguien que deseaba correr la sangre del vástago de mí padre —que me correspondía por leyes yôkai— y al mismo tiempo, de alguien que había pretendido usarme y burlarse de mí, de mí pueblo y mí autoridad.

Me había enfrentado a él, a todas sus ideas y me habían ganado el odio de muchos, los susurros de comparación con mí padre volvieron y me gané el odio competente de nuevo. Y no ayudó el que me hiciera después con Rin en medio de mis viajes.

Sí bien sabía que no era beneficiosa su presencia a mí lado y que estaba en más peligro que segura conmigo, no pude dejarla atrás después de revivirla con el colmillo de mí padre.

Una espada que devuelve la vida en un momento así, tremendo chiste de tu parte padre. Fue lo que pensé en dicho momento.

No obstante, los ojos de Rin me habían visto de frente y aún así, me habían brindado una sonrisa tan sincera pero tan imperfecta que no pude dejarla atrás, no pude evitar que me importara a diferencia de tiempo atrás, de tantos años de haberme deshecho de tales sensaciones de forma apropiada.

Los rumores siguieron, hubo rebeliones, acabé con Naraku en compañía del imbécil de Inuyâsha y sus allegados y ahora todo estaba encima, Naraku se había ido pero había sembrado la semilla que deseaba. Había avivado el odio hacía los humanos y todos creían que su líder era un traidor a la causa y que el Lord del Este era alguna especie de nuevo protector, siendo ayudado y apoyado directamente por mí progenitora, quién clamaba a todos que se librara el mundo de la plaga.

Y es que lo supe desde el momento en que ella me miró y en sus ojos tan parecidos a los míos, ví indignación: ví odio, rencor y malicia en medio del ámbar al permitirme salvar a Rin, al permitirme tenerla.

El Oeste estaba en peligro, mí mano se había llevado a los traidores pero la lealtad se había desvanecido: para todos era el hijo de mí padre y casi estaba más a salvo fuera del Shiro.

Fue así como decidí acercarme a Rin, disfrutar de ella un poco, cuidarla porque sabía que estaba en peligro inminente, sí todos me odiaban no sabía que tanto podía odiar a la humana que me había ablandado. La había dejado con Inuyâsha, sabía que sí él tenía al Colmillo de Acero, estaban a salvo y su sacerdotisa cada día que pasaba era más conocida en el mundo yôkai, hablaban de ella como una leyenda.

Al principio no lo entendí, la mujer no tenía nada de especial, nada fuera de lo común: me ganó la curiosidad antes que el sentido común al volver a verla, aún tenía la espina de lo ocurrido con el colmillo. Pero al sentir su poder de lleno, al hacer contacto con su aroma algo dentro de mí parecía haber cambiado, la bestia que siempre había estado enmudecida y bajo mí control se había hecho un manojo de peticiones obscenas por la mujer de mi medio hermano.

Me sentí desfallecer, Rin me hablaba de sus bondades y virtudes, de lo increíble que ella era y me llenó de calidez, siendo sometido al mismo tiempo por los instintos más bestiales y profundos que alguna vez había sentido.

Fue así como me sumergí en una extraña obsesión, su sola presencia nublaba mí juicio y acudí a su encuentro, la observé entre las sombras, entre los pastizales y entre las colinas, volviéndome parte de ellas, renegando y al mismo tiempo sin ser capaz de dejarlo atrás, con mí hegemonía casi perdida y mí mundo hecho un estropajo. Todo estaba perdido.

Habla con ella. Bokuseno había aconsejado, orientándome en este mar de inéditas confusiones pero eso era imposible.

Pronto, todos notaron mis ausencias, todos notaron que desaparecía por largos periodos y me siguieron, viendo al sujeto de mí obsesión y a la niña humana que protegía, todo se volvió un desastre con cada día que pasaba, un inminente ocaso. Los había amenazado, había matado sin escrúpulos a quien debía, pero Rin no estaba a salvó, y ella tampoco. Tenía que hacer algo.