Sting Dreyar no respondió a Lucy inmediatamente, aunque sin duda se sonrojó. Intentó tomarla del brazo para acompañarla hasta la puerta, pero ella se desasió de un tirón.

—No ha habido que llegar a ese extremo, ¿verdad?

—Pero ¿se podría haber llegado?

—Cálmese. Papá dijo que la trajéramos aquí de un modo u otro. Tampoco la habríamos retenido demasiado tiempo, solo el suficiente para irritar a los Heartfilia.

Aquella insoportable enemistad. Pero ya estaba bien que los Dreyar y ella tuvieran la misma agenda, por así decirlo, o no se le habría presentado aquella oportunidad. Aunque estaba segura de que no le habría gustado que la tuvieran allí de rehén, cosa que la hubiera obligado a revelar su verdadera identidad, lo que a su vez la habría llevado directamente a su padre, cosa que no iba a ocurrir si ella podía evitarlo.

Aquella insoportable enemistad. Pero ya estaba bien que los Dreyar y ella tuvieran la misma agenda, por así decirlo, o no se le habría presentado aquella oportunidad. Aunque estaba segura de que no le habría gustado que la tuvieran allí de rehén, cosa que la hubiera obligado a revelar su verdadera identidad, lo que a su vez la habría llevado directamente a su padre, cosa que no iba a ocurrir si ella podía evitarlo.

Así que se limitó a mirar ceñudamente a Sting y a preguntarle con sequedad:

—¿Son ustedes rancheros o forajidos? Me gustaría saberlo antes de poner los pies en su… guarida.

—Respetamos las leyes, señorita.

—Suena más a que las evitan.

—No le pagaríamos a usted el doble de lo que vale si quisiéramos evitar nada, ¿no le parece?

Lucy se ruborizó levemente por aquella respuesta, así que asintió lacónicamente y cruzó el umbral de su casa temporal. Y se paró en seco. Y estornudo. Y volvió a estornudar. Los Dreyar no necesitaban un ama de llaves, necesitaban una casa nueva. Aquella parecía un vertedero.

Un rastro de barro seco llegaba a la mitad del reducido vestíbulo que daba a la gran sala principal, donde había varios sofás y sillas esparcidos. Era evidente que los habían traído del Este y que en otros tiempos habían sido muebles elegantes, pero ya eran tan viejos que la tapicería si había decolorado a un gris sucio. El humo del hogar ennegrecido por el hollín probablemente había invadido la sala innumerables veces. Los cuadros de las paredes estaban torcidos, algunos muy torcidos, el suelo de madera estaba cubierto por una capa de polvo tan espesa que las pisadas quedaban marcadas en ella. ¿Acaso no había ninguna criada en aquella casa?

Lucy se volvió para preguntárselo a Sting, pero en vez de eso dio un chillido al verse en un espejo oval colgado en el vestíbulo. ¡Su tez estaba de un gris pálido a rayas! Apenas se reconoció. Inmediatamente sacó el pañuelo y se frotó la cara, aunque sin agua lo único que hacía era mover el polvo y la mugre de un lado al otro.

—¿Ha visto un ratón? —le preguntó Sting, que entraba por la puerta llevando su enorme maleta con la ayuda de Rufus. Como Lucy lo miró fijamente con cara de no entender nada, añadió—: Ha gritado, ¿no?

—Yo no he gritado —lo corrigió indignada—. Sólo ha sido un chillido de nada. —Y al punto le advirtió—: No tolero los ratones. Si me está diciendo que tienen la casa infestada de ratones, le pido que vuelva a poner mi maleta en el carro.

—No tenemos ratones, al menos yo jamás los he visto —se rió él—. Ahora suba arriba y elija en qué habitación quiere que dejemos este bulto tan pesado.

—Puede dejarla aquí. En este momento sólo tengo una prioridad: que me indique dónde puedo bañarme. No soporto ni un segundo más este velo de polvo que usted y su hermano…

—Lleva la maleta arriba Sting —dijo otra voz—. Yo acompañaré a la señorita adonde quiere ir.

Sting miró detrás de la muchacha y dijo:

—Creía que…

—Me ha vencido la curiosidad —dijo el recién llegado, y volvió atrás por donde había llegado, de modo que cuando Lucy se giró hacia él, no vio más que unas espaldas anchas—. Sígueme, Blondie. El baño es por aquí.

En circunstancias normales, Lucy no se habría movido ni un centímetro. ¿En serio acababa de ponerle un mote basándose simplemente en el color de su pelo? Pero le empezaba a picar todo de tanto polvo que se le había metido entre la ropa, así que corrió detrás de aquel hombre alto. Tenía el pelo rubio y algo largo para su gusto. Lo habría tomado por un criado de la casa sino hubiera llevado pistolera, ¿o tal vez incluso los criados iban armados en Montana?

El pasillo se había estrechado y oscurecido tras dejar atrás las escaleras que llevaban arriba, pero al fondo salía luz de una puerta que había quedado abierta. Que era adonde la llevaba aquel hombre, a la cocina. Lucy miró alrededor y cerró los ojos con fuerza. Y empezó a contar hasta diez mentalmente. Y rezó para no empezar a gritar. Quien fuera la última persona que había cocinado allí había dejado la cocina sembrada de platos y sartenes sucios.

—Estoy de acuerdo con que te conviene con un buen fregoteo —dijo una voz profunda con una risotada.

Lucy abrió los ojos de golpe y localizó a su chistoso acompañante en pie frente a otra puerta que acababa de abrir. Sólo vagamente vio una bañera de porcelana detrás de él, porque su mirada se detuvo en el rostro del hombre y se quedó fija allí. Unos ojos azules claros contrastaban con el pelo rubio y una piel muy morena. Todavía permanecía en sus ojos un centelleo de risa, que sugería que estaba de buen humor. Con una nariz marcada y una frente amplia, la suya era una cara masculina bastante atractiva. Alto, esbelto y musculoso, llevaba una camisa negra de manga larga y un pañuelo azul al rededor del cuello, pantalones azul oscuro y unas botas negras sucias de barro.

Señaló con la cabeza hacia la puerta que tenía detrás de él.

—La bañera tiene un desagüe. Las tuberías llevan al jardín que arregló Ed el Viejo detrás de la casa. Así la tierra se mantiene húmeda, aunque a veces jabonosa.

Debía de estar bromeando sobre lo del jardín jabonoso, así que no le hizo caso y preguntó:

—¿Quién es Ed el Viejo?

—El cocinero que lamentablemente nos dejó. No pudimos convencerlo de que se quedara. El viejo chiflado dijo que ya era hora de conocer mundo.

—¿Y no era demasiado viejo para eso?

—No tenía nada de viejo, tal vez unos treinta y tantos.

—¿Y entonces porque le llamas viejo Ed?

—Se le quedó el pelo gris hace unos años tras vérselas con un oso gris. Ed había salido a cazar algo para cenar, y el oso también. Ed tuvo claro que el oso volvería contento a casa cuando del susto se le cayó el rifle.

Sin duda no era un tema para unos oídos delicados, pero la curiosidad la venció.

—Pero ¿escapó?

—Echó a correr como alma que lleva el diablo, y corrió aún más rápido cuando oyó que el oso le disparaba.

Lucy miró fijamente al hombre.

—Eso es absurdo, ¿no?

El tipo se rió, seguro de que ella, cosa que la hizo volver a tensarse de indignación. Para ser un vaquero, era demasiado amistoso y también demasiado impertinente. Pero imaginó que un hombre tan atractivo estaría acostumbrado a flirtear con las chicas.

—Por supuesto que es absurdo —respondió él—. Pero Ed el Viejo estaba tan asustado que fue la idea que se llevó. Al día siguiente volvió y encontró su rifle en el suelo y la huella de una pata ensangrentada en el cañón. El oso debió de curiosear aquel objeto brillante que le habían dejado y seguramente se disparó en la pata. Pero Ed se despertó al día siguiente con el pelo canoso.

Cosa que a Lucy le recordó:

—Yo no soy Blondie.

—Se acerca bastante —discrepó él con una sonrisa—. Si quieres añadirle agua caliente a la bañera, enciende la estufa. Si no, ya lo tienes todo a punto. Hace pocos años le acoplamos una bomba por insistencia de Ed. Le molestaba que todo el mundo fuera a llenar cubos a su fregadero mientras él trataba de hacer la cena. Le molestaba mucho. Se negó a preparar ni una comida más hasta que tuvo su bomba.

—No puedo esperar tanto. Me temo que me pondré a chillar si no me quito esta mugre de encima.

El hombre se encogió de hombros y se apartó de la puerta para que no pareciera que no la dejaba entrar al cuarto de baño.

—Haz lo que quieras.

¿Que hiciera lo que quisiera? Lucy se dio cuenta de que era justo lo que había estado haciendo. ¡Conversar con un perfecto desconocido aún sabiendo lo inapropiado que era, al menos antes de las presentaciones! No era algo habitual en ella. Lo culpó a él, claro. Pero es que jamás se había encontrado con ningún hombre tan apuesto.

Enojada consigo misma por dejarse aturullar de aquel modo, se lanzó.

—¿Tú quién eres? ¿Trabajas aquí?

—Aquí todo el mundo trabaja. Y hablando de trabajar, ¿no eres un poco joven para ser ama de llaves? Tengo la sensación de que bien limpia se te verá muy guapa… y más joven.

—Soy mucho mayor de lo que parezco, probablemente de tu misma edad. ¿Cuántos años tienes?

El joven sonrió.

—Si te lo digo, ¿me lo dirás tú a mí?

¿Por qué seguía hablando con ese vaquero?

—No importa.

—Era lo que pensaba. —Él volvió a sonreír—. Me quedaré aquí vigilando la puerta. Aunque bien pensado, será mejor que cierres con el pestillo, así estarás a salvo de mí.