16 Deseo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Kurenai muere menos de dos horas después de nuestra charla. Se entrega a la muerte casi con entusiasmo, como un viejo amigo con el que se ha reunido al fin.
Tan pronto como se va, la casa se siente fría y solitaria, como si su alma se hubiera ido con la de sus dueños.
A diferencia de las otras familias con la que nos hemos alojado. Peste no permite que los cuerpos de Asuma y Kurenai se descompongan en sus propios hogares. En su lugar, lo veo en el patio trasero, con una pala en la mano, mientras cava una gran tumba.
Salgo y lo ayudo a mover los cuerpos hacia la tumba. Los vellos de la nuca se me erizan al tocarlos. La muerte se siente perversa. Ahora que lo que sea que hacia vivos a Kurenai y a Asuma se ha ido, me parece que lo que queda de ellos es casi insoportable de tocar.
—Está bien, Hinata —dice Peste, viendo mi malestar—. Ve adentro. Yo terminaré de ocuparme de ellos.
Mi mirada viaja a los cuerpos, a sus formas entrelazadas. Debería estar pensando en lo apropiado que es que estén enterrados en los brazos del otro, pero a mí, la vista me hace tragar bilis.
La mano de Peste agarra mi hombro.
—Ve adentro —repite, más suave esta vez.
Ahora yo soy la débil, la que no puede soportar mirar, y Peste es el fuerte y entero. Hago lo que me dice y entro. Termino bañándome en el baño principal de Asuma y Kurenai. El proceso lleva un tiempo ridículamente largo ya que tengo que hervir el agua para calentar la bañera.
Por otro lado, la falta de electricidad me da una excusa para reunir todas las velas y lámparas que puedo encontrar y dispersarlas por el baño.
Suspiro cuando finalmente me meto en la bañera, el agua está justo en el punto del escaldado. Llené excesivamente la ya gran bañera, porque hoy deseo cuidar un poco de mi misma.
Justo en medio de mi baño, Peste regresa dentro, debe de buscarme porque eventualmente se dirige al baño principal.
Mi primer pensamiento cuando lo veo es que no es justo ser tan guapo. Incluso cubierto de vetas de barro, es el más guapo que he visto en mi vida.
Su mirada se suaviza cuando me ve.
—¿Te sientes mejor?
Me encojo de hombros, y la acción hace bajar sus ojos. La primera vez que me vio desnuda, había una especie de desapego clínico en su mirada.
Definitivamente ese no es el caso ahora. Cuanto más mira, más anhelante se vuelves expresión.
Qué más da.
—¿Quieres unirte a mí? —pregunto, porque… me estoy haciendo un obsequio.
En lugar de responder, comienza a desabrochar su armadura.
Tomaré eso como un sí. Esta tiene que ser hasta el momento mi mejor idea—o mi peor.
Los ojos de Peste estañen mi cuando se quita la última prenda de ropa. Es perfecto, su cuerpo fluye de un contorno esculpido a otro. Y ahora estoy segura de que soy la que tiene la expresión anhelante.
Peste entra en la bañera, el agua se oscurece con el barro que cae de él.
Pensé que había suficientemente espacio para los dos, pero tan pronto como el jinete se sienta, me doy cuenta de lo grande que es, incluso doblado.
Mi pie rozas cadera, y sus piernas me tienen inmovilizada en su lugar. Todo tipo de piel se está tocando y es una gran distracción. Despacio, desliza su mano arriba y abajo por mi pierna, lentamente prendiéndome fuego. Mi pie se sacude en el momento en el que sus nudillos rozan su arco.
—¿En qué piensas, querida Hinata? —dice finalmente.
Que estoy a una mala decisión de saltar sobre tus huesos.
—¿Por qué los enterraste? —pregunto en su lugar.
Peste levanta mi pierna, estudiándola mientras la coloca en su regazo.
—No hablemos de cosas tristes en este momento.
Deliberadamente pasa el pulgar sobre el arco de mi pie, sonriendo un poco cuando mi pierna se mueve de nuevo en respuesta.
—¿La mayoría de los seres humanos se bañan juntos? —pregunta.
Solo los estúpidos.
—No.
Aprieta mi pie.
—¿Entonces, ¿por qué me invitaste entrar?
—Porque me gusta estar cerca de ti —le respondo, con la voz ronca. Sus cejas se elevan por la admisión. Creo que los dos estamos sorprendidos por mi honestidad.
—¿Te arrepentirás de esto mañana?
—Probablemente —respondo.
Sus ojos vuelven a mi pierna. Durante un largo minuto, recorre su longitud arriba y abajo. Cada vez que sus dedos se mueven alto sobre mi muslo, me tenso.
—¿Cómo elige un humano a un compañero? —pregunta Peste de la nada.
Asuma y Kurenai claramente se metieron bajo su piel.
—Bueno, primero —digo—, no los llamamos compañeros… bueno, al menos no por lo general. Tenemos toda clase de nombres para personas significativas: novio, novia, esposo, esposa, alma gemela.
Sus ojos se estrechan de una manera que sugiere que está tomando mis palabras demasiado en serio.
Todo el tiempo su mano se mueve arriba y abajo por mi pierna. Arriba y abajo. Para el séptimo pase, mis pezones servirían para cortar vidrio y mi centro duele.
¿Sabe lo salvaje que me está volviendo su toque?
—¿Cómo alguien encuentra a… una persona significativa?
Palpo el agua con la mano, cualquier cosa para distraerme de la atención de Peste. Ya es problemático para mis hormonas, pero a la luz de lo que estamos hablando… bueno, me está recordando que es un mundo solitario y que esta chica casera no ha tenido nada en un largo tiempo.
—No lo sé —digo—. En cualquier parte, supongo. Realmente no importa cómo, dónde o porqué te encuentras. Se trata más de cómo te hace sentir.
—¿Y cómo debería hacerte sentir?
El tono de su voz me pone la carne de gallina, y no puedo dejar de mirarlo.
Un error.
Sus ojos brillan de una manera que definitivamente no está ayudando a mi ritmo cardiaco. Mis ojos siguen perdiéndose por su torso desnudo, su musculoso cuerpo es dolorosamente agradable de mirar.
Enfócate, Hyūga.
— Um… debería hacerte sentir bien. —Paso las manos por la superficie del agua—. Pero, nuevamente, salir con alguien, tener una novia o novio, no es lo mismo que tenían Asuma y Kurenai. Eran almas gemelas, y por lo que sé, las almas gemelas sacan lo mejor de la otra persona. —A diferencia de todos mis ex, que sacaban lo peor de mí.
—Son aquellos con los que te gustaría pasar todos tus minutos, — agrega Peste, conectando esta conversación con la anterior. Me está mirando como si estuviera teniendo un momento de encendido de bombilla.
—Uh, si —estoy de acuerdo. No me di cuenta de cuánto cuidado les ponía a mis palabras—. Creo que cuando encuentras al indicado, quieres pasar todos los minutos que tienes con él.
—¿Y cómo sabe uno cuando ha encontrado… al indicado? —indaga Pese, con su mirada escudriñando la mía.
Le miro desesperanzada.
—La verdad no tengo idea. Nunca he conocido a un hombre que me haga sentir así.
Mentirosa, susurra una parte traidora de mi cerebro. Esta conversación se está acercando peligrosamente hacia las Cosas que Hacen que Hinata Hyūga se Sienta Extremadamente Incómoda.
Peste frunce el ceño ante esa respuesta. Abruptamente, reorganizo mi cuerpo, deslizo mi pierna fuera del agarre del jinete. En la acción, la mirada del jinete cae sobre mis pechos expuestos.
Se ve absolutamente paralizado ante la vista de ellos.
Ya sabes, no está nada mal, siendo la primera mujer con la que este tipo se ha encontrado. Mi cuerpo está plagado de defectos, sin embargo, lo mira como si hubiera sido diseñado por una mano maestra.
¿Qué pasaría si cediera ante su mirada?
Está bien preocuparse por él, incluso amarlo. Las palabras de Kurenai hacen eco en mi cabeza.
Esto no es amor, pero es algo. Actuando por impulso, muevo mi cuerpo resbaladizo sobre sus muslos.
No pienses demasiado en esto. Inclinándome hacia delante, le doy un beso en los labios.
Sus manos rozan mi torso, sus pulgares rozan la parte inferior de mis senos. Pero eso es lo más lejos que va. Me trago un gemido impaciente. Me muevo sobre su regazo, debería ser evidencia suficiente para que las cosas progresen, pero Peste no entiende las señales, y aunque lo hiciera, no estoy segura de que el noble caballero vaya a actuar sobre ellas de todos modos.
Vas a tener que iniciar esto.
Tomo sus manos, y las coloco sobre mis pechos. Toma aliento.
—Hinata…
—Puedes tocarme —digo—. Me gustaría que me tocaras.
Sus manos continúan sin moverse. Bien, si no hace nada en los siguientes segundos, podría morir de mortificación.
— Por favor —suelto, completamente por accidente. Oh, maldición.
Peste deja escapar un gemido.
—No debería —dice, con los ojos fijos en mi pecho—, no cuando me arrojas esa palabra, y no cuando ofreces tu carne. Pero encuentro… no tengo en mí… nada para resistir esa súplica.
Bendición a todos los malditos santos, casi alcanzo el clímax al sentir sus manos mientras agarra mis pechos.
—Nunca imaginé que serían tan suaves —murmura. Está mirando mis pechos como si fuera un niño de trece años que descubre las revistas de desnudos de su padre por primera vez.
En lo que parece ser un capricho, se inclina hacia adelante y toma un pezón en su boca. Un jadeo sorprendido se escapa de mí ante la sensación. La punta de su pene se roza contra mí, y se siente duro como una roca. Todo tipo de pensamientos ilícitos cruzan mi mente.
¿Cómo sería tener todo eso presionando sobre mí? Estoy casi sin sentido con la necesidad de averiguarlo. Los dos estamos jugando a un juego peligroso. Borra eso, yo estoy jugando a un juego peligroso. Es probable que Peste ni siquiera sepa que se está jugando a algo.
Tómalo despacio, si no es por tu bien, por la de él.
Sus manos comienzan a descender cuando me alejo, moviéndome a mi lado de la bañera. Su expresión todavía es ardiente, y parece estar debatiéndose entre perseguirme o no.
—No deberíamos estar haciendo esto —le digo, plenamente consciente de que le estoy dando señales mixtas—. No aquí, de todos modos —agrego, como si este lugar fuera de alguna manera sagrada, cuando hace un minuto no me importaba nada.
—¿Qué problema tendrían los muertos? —dice Peste—. Están más allá de estas cosas.
Buen punto.
Aun así, no hay prisa.
Recojo la mano de Peste y presiono sus nudillos contra mi mejilla.
Algo del ansía enfebrecida de sus ojos se suaviza. Tira de mi mano y me acerca a él, pero en lugar de continuar nuestra pequeña cita, simplemente me abraza. De alguna manera, a pesar de lo que estábamos haciendo segundos atrás, el abrazo se las arregla para ser cariñoso, amoroso.
Es difícil para él también, recuerdo. Tiene esta tarea pero comprende el horror de la misma y ahora la pérdida.
Y, sin embargo, me está consolando. Me apoyo en él y dejo que me abrace. Acuna mi cabeza y lo siento besar mi cabello. Ni siquiera sabía que esto era lo que quería todo el tiempo, pero lo hacía.
—Descansa, Hinata.
Y la terrible verdad es que en sus brazos, lo hago.
Para el momento que dejamos la casa de Kurenai y Asuma hay un silencio en los barrios circundantes y un tenue aroma en el aire. Era la muerte instalándose para una larga temporada. Es mortalmente inquietante.
Llueve mientras cabalgamos, lo que realmente no es sorprendente teniendo en cuenta que estamos viajando a lo largo del noroeste del Pacífico, el lugar de nacimiento de la lluvia.
Cuando el jinete y yo estamos a solas, podemos ocultar nuestros defectos. Él puede ser mi caballero noble y elegante, y yo puedo ser su extraña compañera, pero una vez que estamos en un camino abierto donde es imposible ignorar los signos del apocalipsis, recordamos cómo son realmente las cosas.
Por millonésima vez, espero que mis padres estén bien. Me he resignado ante la realidad de que nunca los volveré a ver, pero ahora, después de ver morir a Kurenai y Asuma, soy más consciente que nunca de que mi mamá y mi papá pueden haber soportado el mismo destino.
Y esa posibilidad me aterroriza completamente, así que prefiero la esperanza de que escaparan de la Fiebre indemnes.
Peste lleva a Kyūbi a galope, obligando al incansable caballo a correr kilómetros y kilómetros. Así es como entramos en Otogakure, con casas y farolas, establos recién abandonados y tiendas muertas que pasan zumbando.
Aprecio la velocidad. La mayor parte de mi atención se centra en seguir en el caballo, en lugar de en qué tipo de degradable bienvenida nos espera en una de las grandes ciudades de Otogakure.
Sin embargo, a pesar de la distracción, no puedo engañar a mi cuerpo para que se relaje. Mis músculos están tensos hasta el punto del dolor, y mis miembros tiemblan, tanto por el terrible frio como por mi ansiedad creciente.
Cuanto más tiempo pasamos sin que pase nada, cualquier cosa, más aprensiva me vuelvo. No hay un alma a la vista. Ni una sola alma asustada.
No es hasta que los edificios bajitos y deteriorados y los centros comerciales desaparecen y dan paso a los rascacielos más altos y deteriorados que me doy cuenta de que esto es inusual. Realmente, realmente inusual. Las ciudades evacuadas son más animadas que esto, especialmente cuando son así de grandes.
Estás obligado a toparte con alguien.
—¿Dónde están todos? —pregunto.
Probablemente esperando el mejor momento para atacar, Hyūga.
A mis espaldas, Peste está en silencio, casi contemplativo. Una ola de inquietud me inunda. ¿Algo cambió mientras nos quedábamos en la casa de Kurenai y Asuma? ¿Arrojó el Gran Hombre la toalla y decidió que ninguno de nosotros valía la redención?
Si eso fuera cierto, Einstein, estarías muerta también.
Eventualmente veo a un hombre con una barba desaliñada y el cabello castaño sucio apoyado contra la pared de un edificio alto. Me siento tan extrañamente aliviada de ver a otro ser humano que me toma un segundo darme cuenta de que algo sigue muy mal. Hay varias llagas abiertas en su rostro, y mira apáticamente hacia la calle.
—Detén el caballo. —Estoy sorprendida por la vehemencia de mi voz.
Peste tira de las riendas, y Kyūbi se detiene. Deslizándome del corcel, corro hacia el hombre.
Incluso a varios metros de distancia huele a podredumbre y fluidos corporales, y sus ojos no se mueven de la calle.
Muerto. Esa es mi evaluación profesional. Solo que, cuando coloco dos dedos contra su cuello, su pulso late débilmente.
Me balanceo hacia atrás.
¡Oh por Dios! está vivo.
No por mucho tiempo.
Sus ojos enfebrecidos se mueven lentamente hacia los míos, y sus labios agrietados se mueven.
— Ayuda.
Mi estómago se aprieta ante su súplica. No tengo corazón para decirle que no hay mucho que pueda hacer en este momento.
En cambio, me dirijo a Kyūbi y cojo algunos analgésicos que robé de la casa de Kurenai y Asuma, junto con una cantimplora de agua.
Cuando vuelvo con el hombre, le muestro las pastillas.
—No te curarán —le explico—, pero pueden aliviar el dolor.
Abre la boca débilmente, demasiado cansado para si quiera alcanzar la medicina. Los coloco en su lengua, luego sostengo mi cantimplora contra su boca. Detrás de mí, escucho el relincho impaciente de Kyūbi, y siento la mirada ardiente de Peste.
El hombre toma algunos tragos débiles, casi ahogándose en el proceso. Estoy a punto de ponerme de pie cuando agarra mi mano con una fuerza sorprendente. Sus ojos febriles están clavados en los míos.
—Lo veo —dice. Mis cejas se unen.
—¿Quién?
No debería complacer al hombre. Es probable que la fiebre lo haga alucinar, y su desaliñado estado sugiere que no pudo haber estado demasiado sano antes de que la peste atacara.
— La Muerte Alada —sisea.
Intento que no me afecte, pero mi piel se eriza de todos modos. Este es el año 5 del jinete. Lo sobre natural existe, y está furioso.
La Muerte aún duerme.
Dándole a su mano un último apretón, me alejo del hombre y vuelvo donde Peste. Sigue sentado en su montura, esperándome atento.
—¡Viene a por mí! —grita el hombre a mi espalda—. Viene a por todos nosotros…. —Sus palabras se cortan cuando comienza un ataque de tos seca.
Mis ojos se encuentran con los de Peste.
—Ya has estado aquí —le digo.
La verdad está escrita sobre todo el hombre moribundo. El jinete inclina la cabeza.
—Monté hasta aquí hace algunas noches —admite—. No quería una repetición de Iwagakure.
No sé cómo me siento acerca de eso. Agradecida, supongo. Sé que lo hizo más para mi beneficio que para el suyo. Pero entonces, ¿qué tipo de persona se siente agradecida porque la muerte llegue temprano a esta gente?
Aturdida, vuelvo al corcel.
Los dos cabalgamos adentrándonos más en Otogakure, el silencio amenazante de la ciudad se instala en mis huesos. Algunas hojas de papel se dispersan en el viento. Echo un vistazo a uno. Evacuar Ahora, se lee con una fuente gruesa de color rojo antes de volar.
El lugar me pone los pelos de punta. Puedes sentir a la Muerte aquí, su mano presionada contra las paredes de este lugar, su sombra eclipsando al sol.
Veo a varios individuos más—algunos apoyados contrala pared como el último hombre, otros colapsaron en el medio del camino, como si sus cuerpos se hubieran caído antes de poder llegar adonde necesitaban ir. Ya puedo oler la podredumbre en el viento.
Para cada persona que encuentro, Peste detiene a su caballo para que pueda ayudarlos, si están vivos para recibirlo. La mayoría no lo están.
Los cascos de Kyūbi hacen eco en los costados de los edificios mientras avanzamos por las calles abandonadas.
—Pensaba que habría más... cuerpos —digo finalmente.
Tal vez es macabro por mi parte, pero sabiendo ahora que Peste ya se ha abierto paso en Otogakure, sigo esperando ver muertos en todas partes. Cientos, tal vez incluso miles, de personas debieron haberse quedado en una ciudad tan grande. ¿Dónde están sus cuerpos?
—Los humanos prefieren rincones tranquilos para morir —dice Peste.
Sus palabras, erizan mi piel y mi mirada se mueve hacia los edificios que se elevan a nuestro alrededor.
Lógicamente, sé que ya nadie vive tan alto—los elevadores están todos reventados—pero no puedo evitar preguntarme cuántos cuerpos están atrapados en estas estructuras Goliat, cuerpos que se pudrirán y apestarán e infectarán a los vivos, quién sabe durante cuánto tiempo.
Peste aprieta su agarre y hace un chasquido con la lengua. El trote constante de Kyūbi se transforma en un galope, y las estructuras imponentes comienzan a difuminarse.
En la calle hay otro cuerpo inclinado, pero esta vez, el jinete no muestra signos de parar.
—Pest…
—Suficiente, Hinata. No puedes ayudarlos a todos.
Claro que no puedo. Ya probé esa ruta y aterricé aquí, en compañía de un caballo que hace trucos y su maestro trágico y monstruoso.
Mi estómago se retuerce al pasar junto a la persona, una anciana. Parece muerta, me digo a mí misma.
Pero no todos lo parecen. Algunos lloran cuando pasamos, pidiendo ayuda o la muerte, cual sea que prefieran. Me duele en una parte profunda y fundamental de mí el no hacer nada.
Al final, sin embargo, eso es exactamente lo que sucede. Salimos de la ciudad y de la horrible tormenta helada, hasta que no son más que una sucia sombra a nuestras espaldas.
La Historia tiene la Finalidad de Entretener.
Continuará...
