Capítulo 6


Sakura se despertó escuchando golpes, a los que siguió un estallido. Creyó que se había caído el techo. Se incorporó de golpe en el mismo momento en que se abría la puerta y entraba Sasuke. Sakura aferró las mantas y las alzó para cubrirse el pecho.

Imaginó que tendría un aspecto espantoso. El cabello le colgaba sobre la cara obstruyéndole la vista. Sujetó las mantas con una mano y con la otra se apartó el cabello de la cara.

—Buenos días, laird Uchiha.

El pudor de la mujer le pareció divertido a Sasuke al recordar que esa noche había recorrido cada centímetro de su cuerpo. Además, Sakura estaba sonrojada.

—Después de la noche pasada creo que no necesitas avergonzarte frente a mí, Sakura.

La mujer asintió:

—Trataré de no sentirme incómoda —prometió.

Sasuke se acercó al pie de la cama. Se sujetó las manos tras la espalda y miró ceñudo a la esposa.

Sakura le sonrió.

—No es de mañana —le informó— sino de tarde.

Sakura abrió los ojos sorprendida.

—Estaba agotada —se defendió, por haber dormido parte del día—. Milord, por lo común me despierto al amanecer pero el viaje hasta aquí fue agotador. ¿Qué es ese ruido que oigo? —preguntó, para no seguir hablando de su propia pereza.

—Los hombres están haciendo el techo nuevo del gran salón.

Sasuke notó las ojeras de Sakura y la palidez y lamentó haberla despertado. Entonces, recomenzó el martilleo y comprendió que, de cualquier manera, el barullo la habría despertado. Pensó que no debía de haber permitido que el trabajo del tejado comenzara ese día: la novia necesitaba descanso, no distracción.

—¿Querías algo, milord?

—Quería darte indicaciones.

Sakura sonrió, esperando que eso demostrara que estaba dispuesta a aceptar cualquier tarea que Sasuke le indicase.

—Hoy llevarás el manto de los Uchiha y mañana lo cambiarás por el que tiene los colores de los Ōtsutsuki.

—¿En serio?

—Así es.

—¿Porqué?

—Eres la señora de ambos clanes y no tienes que inclinarte hacia ninguna de las dos facciones. Sería un insulto si llevaras mis propios colores dos días seguidos. ¿Comprendes?

El laird creyó ser muy claro.

—No —repuso la esposa—. No entiendo. ¿Acaso no eres el laird de ambos clanes?

—En efecto.

—¿Y por lo tanto eres el jefe de todos?

—Así es.

La voz y la expresión de Sasuke eran arrogantes. Y su presencia... autoritaria. Se cernía por encima de la cama. Aun así, la noche pasada había sido en extremo gentil. El recuerdo del acto de amor hizo suspirar a Sakura.

—¿Ahora me entiendes? —preguntó Sasuke, perplejo por la expresión confundida de la esposa.

Sakura movió la cabeza tratando de aclararse las ideas.

—No, todavía no comprendo —confesó—. Si eres...

—No es tarea tuya comprender —afirmó.

La mujer ocultó su exasperación. Al parecer, el marido quería su aceptación, pero no la obtendría. Se limitó a mirarlo con fijeza, esperando otra afirmación irritante.

—Te daré otra indicación más —dijo Sasuke—. No quiero que te recargues de trabajos de ninguna clase. Quiero que descanses.

Sakura creyó que no había escuchado bien.

—¿Que descanse?

—Sí.

—¿Quieres explicarme por qué?

Al ver la expresión incrédula de la mujer, Sasuke frunció el entrecejo. A él le parecía obvio que necesitaba descansar, pero si quería volver a oírlo se lo repetiría.

—Te llevará tiempo recobrarte.

—¿Recobrarme de qué?

—Del viaje.

—Pero ya me recuperé, milord. Dormí toda la mañana y ya me siento descansada.

El hombre se volvió para salir, pero Sakura llamó:

—¡Sasuke Gabriel!

—Te pedí que no me llames así.

—Anoche me pediste que dijera tu nombre —le recordó.

—¿Cuándo?

Sakura se ruborizó.

—Cuando estábamos... besándonos.

Sasuke recordó.

—Eso es diferente —le dijo.

—¿Qué es diferente? ¿Besarme o pedirme que pronuncie tu nombre?

El hombre no respondió.

—Sasuke Gabriel es un nombre hermoso.

—No pienso discutirlo —afirmó.
Sakura no supo cómo reaccionar y decidió dejar de lado por el momento la cuestión del nombre. El marido ya tocaba el pomo de la puerta pero Sakura quería pedirle algo antes de que se marchara.

—¿Podría ir a cazar esta tarde?

—Acabo de decirte que quiero que descanses. No me obligues a repetirlo.

—Milord, lo que dices no tiene sentido.

Sasuke se volvió y se acercó otra vez a la cama. Parecía un tanto irritado.

De pronto, Sakura descubrió que no la intimidaba y sonrió. No entendía por qué se sentía de ese modo, pero así era. En realidad, estaba expresando lo que sentía y era la primera vez después de muchísimo tiempo. Era una sensación... liberadora.

—Ya te dije que me recuperé del viaje —le recordó.

Sasuke le sujetó la barbilla y la obligó a mirarlo en los ojos. Casi sonrió al ver la expresión enfurruñada de la mujer.

—Hay otro motivo por el que quiero que descanses.

Sakura apartó la mano del hombre con suavidad: le dolía el cuello de mirarlo hacia arriba.

—¿Qué motivo podría ser, milord?

—Eres débil.

Sakura negó con la cabeza.

—Marido mío, anoche dijiste eso pero no era verdad y tampoco lo es ahora.

—Eres débil, Sakura —repitió Sasuke, sin hacer caso de la protesta—. Te llevará un tiempo fortalecerte. Aunque tú no lo sepas, yo soy consciente de tus limitaciones.

No le dio tiempo de discutir: se inclinó, la besó y salió de la habitación.

En cuanto la puerta se cerró tras el hombre, Sakura apartó las mantas y saltó de la cama.

¿Cómo era posible que el marido se formara una opinión tan inflexible acerca de sus características en tan poco tiempo? Ignoraba las limitaciones de Sakura pues hacía muy poco que la conocía. Era ilógico que sacara conclusiones acerca de ella.

Mientras se lavaba y se vestía, Sakura siguió reflexionando acerca del esposo. El padre Mitokado le había explicado qué prendas debía de llevar debajo del manto. Se puso el atuendo de los Highlands: un bajo blusa blanco de mangas largas, una falda y luego acomodó el manto de los Uchiha. Lo arregló en pliegues perfectos en torno de la cintura, pasó sobre el hombro derecho un extremo de la larga tela de modo que le cubriera el pecho y lo sujetó con un cinturón angosto de cuero castaño.

Pensó en buscar su arco y sus flechas sin hacer caso de la orden del esposo, pero luego desistió. Quizá no fuera conveniente enfrentarse a él de manera abierta. Ya había comprendido que era un hombre orgulloso y dudaba de lograr nada si lo desafiaba.

Pero había más de un modo de entrar en un castillo. La madre de Sakura solía murmurarlo cuando discutía con el padre. La madre de Sakura era una mujer sabia. Claro que era leal al esposo pero, al cabo de los años, había aprendido cómo vencer la obstinación del marido y Sakura aprendió del ejemplo de la madre. La mujer estaba llena de dichos sabios que había traspasado a la hija. Le explicaba que nunca intentaba manipular al esposo porque eso hubiese sido deshonroso y, a fin de cuentas, no siempre los fines justificaban los medios. Sin embargo, era muy inteligente y por lo general encontraba la manera de conciliar a todos los habitantes de la casa.

Sin que la madre lo supiera, el padre también llevaba aparte a Sakura cuando había discutido con la esposa. También él le daba consejos, le explicaba los delicados métodos que empleaba para llevarse bien con la esposa cuando ésta se mostraba empecinada. Para Sakura, las sugerencias de la madre tenían más sentido que las del padre, aunque de éste aprendió algo muy importante: que amaba a la esposa y que hubiese hecho cualquier cosa para verla feliz. Sólo que no quería que la mujer lo supiera. Los dos jugaban ese juego de ocultamientos en el que ambos resultaban vencedores. A Sakura le parecía que el matrimonio de los padres era un tanto extraño, pero habían sido muy felices juntos y eso era lo más importante.

Sakura sólo pretendía vivir una vida tranquila y apacible. Para lograrlo, se aseguraría de no interponerse en el camino del esposo. No se metería en los asuntos de Sasuke y haría un sincero esfuerzo por llevarse bien con él. En retribución, esperaba que él también intentara llevarse bien con ella y no se interpusiera en su camino. Después de los años pasados con Aoi, Sakura estaba convencida de que sería feliz si la dejaban en paz.

Se concentró en ordenar la habitación. Hizo la cama, barrió el suelo, desempacó la ropa y la guardó en el baúl y luego metió sus tres talegas debajo de la cama. Tenía prisa por salir pues el día estaba espléndido. Cuando quitó la piel que cubría la ventana la luz del sol inundó la habitación y el aroma de los Highlands perfumó el aire. La vista era tan bella que quitaba el aliento: el prado junto al arroyo, verde como las esmeraldas, más allá las colinas pobladas de pinos gigantes y robles. Manchas de color salpicaban el paisaje: eran las flores silvestres rojas, rosadas y purpúreas que bordeaban un sendero serpenteante que parecía el camino al paraíso.

Después de tomar un ligero refrigerio, Sakura decidió llevar al pequeño Yoshio a dar una caminata a través del prado y subir por ese sendero. Recogería muchas flores en la falda para ponerlas sobre la repisa de la chimenea.

No fue fácil encontrar al muchacho. Bajó las escaleras y se detuvo en la entrada del gran salón esperando que alguno de los soldados reparase en ella. Había cuatro hombres echando abajo la pared del extremo opuesto y otros tres sobre el techo, trabajando con las tablas.

Todos la vieron al instante y los golpes cesaron. Los hombres la miraron y Sakura hizo una pequeña reverencia a modo de saludo y les preguntó si sabían dónde estaría Yoshio.

Ninguno le respondió y Sakura se sintió incómoda. Repitió la pregunta pero con la mirada fija en el soldado que estaba de pie ante el hogar. El hombre le sonrió, se rascó la barba y se encogió de hombros.

Por fin, el primer comandante de Sasuke explicó:

—No la entienden, milady.

Se volvió sonriendo hacia el soldado.

—¿Sólo hablan en celta, señor?

—Sí —respondió el hombre—. Sólo hablan celta. Por favor, no me llame señor. Sólo soy un soldado aquí. Prefiero que me llame Itachi.

—Como quiera, Itachi.

—Es una chica bonita para usar nuestros colores.

Pareció avergonzado al hacerle el cumplido.

—Gracias —respondió Sakura, preguntándose qué querría decir con "bonita".

Giró hacia los hombres que la observaban y repitió la pregunta en celta, con la frente surcada de arrugas de concentración. Ese idioma le resultaba difícil, casi imposible de pronunciar, más teniendo en cuenta que estaba nerviosa, pero cuando terminó la pregunta sólo el más viejo de los hombres hizo una mueca. Los demás sonrieron.

No obstante, ninguno le respondió sino que todos dirigieron la vista hacia el borde del vestido de Sakura. La joven se miró para ver cuál era el problema y luego se volvió hacia Itachi en procura de una explicación. Notó que los ojos del hombre brillaban divertidos.

—Milady, en realidad les preguntó si sabían dónde están los pies de usted.

—Lo que quise preguntar es si habían visto al hijo de Sasuke —explicó.

Itachi le dijo la palabra correcta y Sakura repitió la pregunta.

Los hombres negaron con la cabeza. Les agradeció la atención y dándose la vuelta se marchó. Itachi se apresuró a adelantarse para abrirle la puerta.

—Tengo que mejorar mi pronunciación —afirmó—. Por la expresión de uno de los caballeros advertí que estaba haciendo un embrollo.

"Así es", pensó Itachi. Pero no dijo nada pues no quería herir los sentimientos de la señora.

—Milady, los hombres valoran el hecho de que lo intente.

—Es esa erre gutural, Itachi —dijo Sakura—. Todavía no me sale bien. Es un idioma difícil —agregó—. Si quisiera, usted podría ayudarme.

—¿Cómo? —preguntó el hombre.

—A partir de este momento, diríjase a mí sólo en celta. Creo que si es lo único que escucho aprenderé más rápido.

—Por cierto —dijo Itachi, en celta.

—¿Cómo?

—Dije "por cierto", milady.

La joven sonrió.

—¿Ha visto a Yoshio?

Itachi negó con la cabeza.

—Es probable que esté en los establos —respondió en gaélico, señalando en dirección de los establos para ayudarla a entender.

Como Sakura se concentró en entender lo que Itachi le decía, no advirtió lo que sucedía en el patio. Había soldados por doquier, pero la joven no se fijó en lo que estaban haciendo.

Por fin entendió lo que Itachi decía, le dio las gracias y corrió a través del patio.
De pronto se encontró en medio de un ejercicio de entrenamiento. Itachi la aferró por los hombros y la apartó hacia atrás justo a tiempo: una lanza había estado a punto de clavársele en medio del cuerpo.

Uno de los soldados Ōtsutsuki soltó un juramento. Sasuke, que observaba el ejercicio desde el extremo opuesto, vio el incidente y de inmediato dio orden de detener el entrenamiento.

Sakura quedó horrorizada con su propio comportamiento. Se avergonzó de su descuido. Levantó la lanza que el soldado había dejado caer y se la entregó. El rostro del hombre estaba encarnado y Sakura no supo si de furia o de incomodidad.

—Le ruego que me perdone, señor. No me fijé por dónde iba.

El soldado moreno hizo un breve gesto de asentimiento. Itachi todavía la sujetaba por los hombros y la hizo retroceder con suavidad.

Sakura se volvió para agradecerle por la velocidad con que había acudido en su ayuda y entonces vio a su esposo que se acercaba hacia ella. Cuando le vio la expresión, la sonrisa de Sakura se esfumó.

Todos los soldados la observaban. Los guerreros Uchiha sonreían y los Ōtsutsuki fruncían el entrecejo.

Esa reacción contradictoria la confundió. Pero Sasuke ya estaba delante de ella y le obstruía la visión. La atención de Sasuke estaba fija en Itachi y Sakura comprendió que el hombre todavía la tomaba de los hombros. En el instante en que la soltó, el laird volvió hacia su esposa el rostro ceñudo.

El miedo aceleró los latidos del corazón de Sakura. Hizo un intento desesperado por mantener la compostura pues no deseaba revelar a Sasuke lo asustada que estaba.

No quiso darle tiempo a que la regañara:

—Milord, estaba distraída y sé que eso está mal. Podrían haberme matado.

Sasuke negó con un gesto.
—No te habrían matado. Insultaste a Itachi al sugerir que él podría permitir que te hirieran.

No pensaba discutir con el esposo.

—No quise ofender —dijo, y se volvió hacia Itachi—: Por favor, acepte mis disculpas. Quise suavizar el enfado de mi marido adelantándome a admitir mi estupidez.

—¿Tienes problemas con la vista? —preguntó Sasuke.

—No.

—¿Entonces por qué, en nombre de Dios, no viste que mis hombres estaban peleando con armas?

La joven interpretó la irritación del marido como enfado.

—Ya lo expliqué, milord, estaba distraída.

El esposo se limitó a seguir mirándola con fijeza, esperando que se le pasara la exasperación. Al verla tan cerca de la muerte se asustó mucho y le llevaría un poco de tiempo superarlo.

Se hizo un prolongado silencio y Sakura creyó que su esposo estaba pensando en cómo castigarla.

—Me disculpo por haber interrumpido esta tarea tan importante —dijo—. Si quieres pegarme, por favor, hazlo ahora. La espera se me hace insoportable.

Itachi no podía creer lo que oía.

—Milady...

Sasuke lo interrumpió con un ademán.

En el mismo instante en que alzó la mano, Sakura retrocedió. Era una reacción aprendida en el pasado y cuando advirtió lo que hacía volvió a su lugar.

Sería mejor que él comprendiera que no pensaba permitir la repetición de ese pasado.

—Milord, quiero advertirte algo. No puedo impedir que me pegues, pero en el instante en que lo hagas me marcho de aquí.

—No creerá que nuestro laird...
—Itachi, no intervengas —dijo Sasuke en voz dura.

Estaba furioso por el insulto que su esposa acababa de inferirle pero comprendió que el temor era genuino. Tuvo necesidad de recordar que Sakura no lo conocía bien y, en consecuencia, había sacado conclusiones erróneas.

Tomó a Sakura de la mano y comenzó a subir los escalones pero, al oír los martillazos, cambió de dirección. Quería que estuviesen tranquilos para esta importante conversación.

Cuando Sasuke giró, Sakura tropezó con un escalón, se enderezó y se apresuró a seguirlo. Itachi sacudió la cabeza al ver al laird arrastrar a su dama tras él. Lo que lo preocupaba no era la torpeza de Sakura sino la palidez que vio en el rostro de la señora. ¿Creería que el laird la llevaba a un sitio discreto para poder golpearla sin testigos?

Shisui, el jefe de los soldados Ōtsutsuki, se acercó a Itachi.

—¿Qué te preocupa? —preguntó.

—Lady Sakura —respondió Itachi—. Alguien le llenó la cabeza de cuentos terroríficos con respecto a nuestro laird. Creo que le teme.

Shisui resopló.

—Hay mujeres que dicen que la señora le teme a su propia sombra. Ya le dieron un apodo —agregó—. En cuanto la vieron, la apodaron "Valiente". Es una vergüenza que se burlen, que la juzguen sin darle oportunidad de hacerse conocer.

Itachi estaba furioso. Claro que al llamarla "Valiente" querían decir precisamente lo contrario: la consideraban una cobarde.

—Será mejor que Uchiha no se entere de esto —advirtió—. ¿Quién comenzó con esta blasfemia?

Shisui no estaba dispuesto a darle el nombre pues la mujer era una Ōtsutsuki.

—No importa quién—repuso—. El apodo prendió. El modo en que lady Sakura tembló al ver al perro del laird hizo que algunas mujeres sonriesen socarronas, y cuando vieron la expresión temerosa que adoptaba cada vez que Uchiha le dirigía la palabra las llevó a la conclusión de que...

Itachi lo interrumpió:

—Tal vez sea tímida, pero no creo que sea cobarde. Shisui, sería conveniente que inculcaras el temor a Dios a tus mujeres. Se creen muy astutas con ese jueguito. Si escucho el apodo de algún Ōtsutsuki, tomaré represalias.

Shisui hizo un gesto de asentimiento.

—Para ti es más fácil aceptarla —dijo—. Pero a los Ōtsutsuki les cuesta perdonar. Recuerda que fue el primer marido de lady Sakura quien destruyó todo lo que nos dio tanto trabajo construir. Les llevará tiempo olvidar.

Itachi movió la cabeza.

—Un highlander nunca olvida y tú lo sabes tan bien como yo.

—Perdonar, entonces —sugirió Shisui.

—La mujer no tuvo nada que ver con las atrocidades que se cometieron aquí. No necesita que nadie la perdone. Recuérdales a las mujeres esa importante verdad.

Shisui asintió, aunque no creía que eso sirviera de mucho. Las mujeres estaban en contra de Sakura y no se le ocurría qué podía decir para hacerlas cambiar de opinión.

Los dos guerreros, con la mirada fija sobre el laird y su esposa, los observaron hasta que desaparecieron tras la colina.

Sasuke y Sakura ya estaban solos, pero el hombre aún no se detenía. Siguió caminando hasta llegar al prado. Quería librarse de la cólera antes de hablar con su esposa.

Finalmente, se detuvo y se volvió hacia Sakura. La mujer no lo miró. Trató de desasirse de la mano de Sasuke pero él se lo impidió.

—Me inferiste una grave ofensa al sugerir que yo era capaz de hacerte daño.

Sorprendida, Sakura abrió los ojos: Sasuke parecía tan furioso como para matar a alguien. Pero se sentía herido y Sakura creyó que la golpearía.

—Esposa, ¿no tienes nada que decirme?

—Interrumpí el entrenamiento.

—¡Así es!

—Casi provoco que un soldado me hiriera.

—¡Sí!

—Y tú parecías muy enfadado.

—¡Estaba enfadado!

—¡Sasuke!, ¿por qué gritas?

El hombre suspiró.

—Me gusta gritar.

—Ya veo.

—Pensé que llegarías a confiar en mí, pero ahora cambié de idea: confiarás en mí —ordenó—. Ahora mismo.

Lo dijo como si fuera tan sencillo.

—No sé si es posible, milord. La confianza debe de ganarse.

—¡En ese caso, resuelve que la gané, demonios! —le ordenó—. ¡Dime que confías en mí, maldición, y dilo en serio!

Sabía que estaba pidiendo lo imposible y suspiró otra vez.

—Aquí, ningún hombre puede golpear a la esposa. Sakura, sólo un cobarde sería capaz de maltratar a una mujer y ninguno de mis hombres es cobarde. En este sitio no tienes nada que temer ni de mí ni de ningún otro. Te perdonaré el insulto porque no lo sabías. Pero en el futuro no seré tan tolerante y conviene que lo recuerdes.

Sakura lo miró en los ojos.

—¿Y si en el futuro te insulto? ¿Qué harás?

Sasuke no tenía la menor idea pero no estaba dispuesto a admitirlo.

—No volverá a suceder.

Sakura asintió. Se volvió y comenzó a caminar de regreso al patio pero luego cambió de parecer.

Su esposo merecía una disculpa.

—A veces reacciono antes de pensar. ¿Lo comprendes, milord? Al parecer, es un instinto. En verdad, intentaré confiar en ti y te agradezco tu paciencia.

A juzgar por el modo en que se retorcía las manos, Sasuke comprendió que la confesión no era nada fácil para Sakura. Tenía la cabeza gacha y la voz sonó acongojada cuando añadió:

—No sé por qué espero lo peor. Si hubiese creído que me maltratarías jamás me habría casado contigo y, aun así, hay una pequeña parte de mí que se resiste a creerlo.

—Tú me complaces, Sakura.

—¿Sí?

La sorpresa en el tono de Sakura lo hizo sonreír.

—Así es —repitió—. Sé que esa confesión te resultó dura. ¿Adónde ibas cuando trataste de pasar a través de la lanza? —La pregunta fue un intento de cambiar de tema. Le pareció que su esposa estaba a punto de llorar y quería serenarla.

—A buscar a Yoshio. Pensé en dar un paseo para conocer la propiedad.

—Te ordené que descansaras.

—Daría una caminata tranquila. Sasuke, detrás de ti hay un hombre a gatas.

Lo dijo en un murmullo, acercándose al esposo, pero Sasuke no se dio la vuelta. No era necesario.

—Es Kagami —le informó.

Sakura se acercó más a su marido para poder ver mejor al hombre.

—¿Qué está haciendo?

—Cavando hoyos.
—¿Porqué?

—Usa el bastón para golpear una piedra y meterla en los hoyos. Es un juego que le encanta.

—¿Es tonto? —murmuró, para que el hombre no la oyese.

—No te hará daño. Déjalo tranquilo. Se ha ganado el derecho de hacer lo que le dé la gana.

Sasuke la tomó de la mano y comenzó a caminar colina arriba. Sakura siguió mirando sobre el hombro al sujeto que caminaba a gatas por el prado.

—Es un Uchiha —exclamó—. Lleva tus colores.

—Nuestros colores —la corrigió el esposo—. Kagami es uno de nosotros. Sakura, Yoshio no está aquí. Esta mañana, temprano, lo envié al hogar del hermano de la madre.

—¿Cuánto tiempo estará allí?

—Hasta que esté terminado el muro. Cuando el castillo sea seguro, Yoshio volverá a casa.

—¿Cuánto tiempo será? —preguntó Sakura—. Sasuke, un hijo necesita de su padre.

—Esposa, soy consciente de mis deberes, no necesito que me lo recuerdes.

—Pero puedo darte mi opinión —repuso la joven.

Sasuke se encogió de hombros.

—¿Comenzaste a trabajar en la pared? —preguntó Sakura.

—Llegamos a la mitad.

—¿Y entonces, cuánto tiempo...?

—Unos meses más —respondió el hombre—. No quiero que camines por las colinas sin una escolta apropiada —agregó, ceñudo—. Es muy peligroso.

—¿Es muy peligroso para cualquier mujer o sólo para mí?

Sasuke guardó silencio y ésa fue suficiente respuesta. Sakura contuvo la irritación.

—Explícame esos peligros.

—No.

—¿Por qué no?

—No tengo tiempo. Limítate a obedecer mis órdenes y nos llevaremos bastante bien.

—Claro que nos llevaremos bien si yo obedezco cada una de tus órdenes —musitó Sakura—. En serio, Sasuke, no creo que...

—Los caballos son excelentes.

La interrupción distrajo a Sakura.

—¿Qué dijiste?

—Que los seis caballos que me diste son excelentes.

Sakura exhaló un suspiro.

—Estábamos hablando de la obediencia, ¿no es así?

—Sí.

Sakura rió.
Sasuke sonrió.

—Tendrías que hacerlo más a menudo.

—¿Qué cosa?

—Reír.

Habían llegado al borde del patio y los modales de Sasuke sufrieron un cambio radical. Su expresión se endureció. Sakura pensó que el semblante grave era para los testigos: todos los soldados los observaban.

—¿Sasuke?

—¿Sí? —dijo en tono impaciente.

—¿Podría darte mi opinión?

—¿De qué se trata?

—Usar el patio para el entrenamiento es tonto y peligroso.

Sasuke meneó la cabeza.
—No era peligroso hasta esta mañana. Quiero que me prometas algo.

—¿SÍ?

—Nunca amenaces con dejarme.

La intensidad con que habló sorprendió a Sakura.

—Lo prometo —respondió.

Sasuke asintió y siguió caminando.

—Nunca te dejaré ir. Lo entiendes, ¿verdad?

No esperaba una respuesta. Sakura se quedó observando mientras su esposo reanudaba la sesión de entrenamiento. Sasuke resultaba ser un hombre complejo. Naruto le había dicho que el laird se casaría con ella para apropiarse de las tierras y sin embargo Sasuke actuaba como si Sakura también fuese importante para él.

Comprendió que esperaba que eso fuese cierto. Si le agradaba a su esposo, se llevarían mucho mejor. Vio que Sasuke hablaba con Itachi. El soldado miró en dirección de Sakura, asintió y se encaminó hacia ella. La joven no esperó a enterarse de cuál era la orden que su esposo le había dado al primer comandante. Se volvió y corrió colina abajo, hacia el prado. El Uchiha llamado Kagami la intrigaba: quería saber qué clase de juego era ése para el que había que cavar agujeros en la tierra.

El anciano tenía una abundante melena blanca. Cuando Sakura lo llamó se levantó. Por las profundas arrugas que tenía en torno de la boca y los ojos, Sakura calculó que debía de tener cuando menos cincuenta años, tal vez más. Tenía hermosos dientes blancos, bellos ojos negros y una sonrisa cálida y amistosa.

Antes de dirigirse a él, Sakura hizo una ligera reverencia y se presentó, hablando en celta.

El anciano entrecerró los ojos e hizo una mueca como de dolor intenso.

—Muchacha, estás asesinando nuestra bella lengua —le dijo.

Hablaba rápido, las palabras tropezaban entre sí y el acento era tan denso como el estofado de la madre. Kagami se vio obligado a repetir la acusación tres veces hasta que Sakura le entendió.

—Por favor, señor, dígame qué palabras pronuncio mal.

—Te las ingenias para estropearlas todas.

—Quisiera aprender bien el idioma —insistió la joven, sin hacer caso de la burlona expresión de horror que adoptó el viejo ante su acento.

—Una inglesa requeriría de mucha disciplina para hablar con fluidez nuestra lengua —dijo—. Tienes que concentrarte. Yo dudo de que los ingleses tengan esa capacidad.

Sakura no entendió gran cosa de lo que decía y Kagami se dio una dramática palmada en la frente.

—¡Por todo lo sagrado, muchacha, le quitas toda la gracia a mis insultos! ¡No comprendes una palabra de lo que digo!

El anciano se aclaró la voz y volvió a hablar, pero en francés: el dominio que tenía del idioma era impresionante, y Sakura se impresionó: Kagami era un hombre educado.

—Veo que te sorprendí. ¿Me tomaste por un tonto?

Sakura comenzó a sacudir la cabeza pero luego se detuvo.

—Estaba usted a gatas, cavando pozos y yo deduje que estaba un poco...

—¿Chiflado?

La joven asintió.

—Le pido disculpas, señor. ¿Cuándo aprendió a hablar...?

Kagami la interrumpió.

—Hace muchos años —explicó—. Ahora bien, ¿para qué interrumpiste mi juego?

—Tenía curiosidad por saber qué clase de juego era —dijo Sakura—. ¿Por qué hace pozos?
—Porque nadie los hace por mí —respondió el anciano, celebrando con risas su propia broma.

—Pero, ¿para qué?

—En este juego, se necesitan hoyos para que caigan dentro los guijarros, si es que se apunta bien. Utilizo el bastón para golpear piedras redondas. ¿Te gustaría probar, chica? Llevo este juego en la sangre y quizás a ti también te dé la fiebre.

Kagami la tomó del brazo y la llevó adonde había dejado el palo. Le mostró cómo tenía que sujetar el bastón de madera, y cuando Sakura puso los hombros y las piernas en la posición exacta que el anciano le indicaba, Kagami se apartó para seguir explicándole.

—Ahora, dale un buen golpe. Apunta hacia el hoyo que tienes delante de ti.

Sakura se sintió ridícula: en verdad, Kagami estaba un poco chiflado. Pero, por otra parte, era un individuo gentil y lo complacía el interés que Sakura le demostraba. La joven no quiso ofenderlo.

Golpeó el guijarro redondo, que rodó hasta el borde del hoyo, vaciló y luego cayó dentro.

Enseguida quiso volver a intentarlo y Kagami quedó encantado:

—Atrapaste la fiebre —afirmó con un gesto de asentimiento.

—¿Cómo se llama el juego? —preguntó Sakura, mientras se arrodillaba para recuperar el guijarro. Retrocedió hasta la posición original, trató de recordar la postura correcta y esperó la respuesta de Kagami.

—El juego no tiene nombre, pero es muy antiguo. Una vez que hayas dominado los tiros cortos, te llevaré conmigo a la loma para que pruebes con los tiros largos. Pero tú tendrás que colaborar consiguiendo tus propios guijarros. Claro que cuanto más redondos, mejor.

Sakura falló el segundo tiro y Kagami le dijo que no prestaba atención. Por supuesto, volvió a intentarlo. Se concentró tanto en complacerlo y en acertar el hoyo, que no advirtió que hablaban en gales.

Pasó gran parte de la tarde con Kagami. Evidentemente, Itachi había recibido orden de vigilarla: cada tanto aparecía en la cima de la colina y comprobaba que seguía estando allí. "Y que no me meto en problemas", supuso Sakura. Después de unas horas, Kagami suspendió el juego y le hizo señas de que fuesen hacia el extremo opuesto del prado, donde había dejado sus pertenencias. La tomó del brazo y soltó un gruñido cuando se sentó sobre la tierra. Luego le indicó que se sentara junto a él y le entregó un odre de cuero.

—Chica, voy a invitarte a algo —anunció—. Esto es uisgebreatha.

—Aliento de vida —tradujo Sakura.

—No, muchacha, "agua de vida". Yo fabriqué mi propio recipiente para hervir, estudiando el que había en el feudo de los Sabaku. Nuestro laird me permitió traerlo cuando vinimos a la tierra de los Ōtsutsuki. Todos nosotros somos unos descastados.

Sakura estaba confundida.

—¿Descastados? No entiendo, señor.

—Todos nosotros fuimos echados de nuestros respectivos clanes por diversos motivos. El destino de tu marido quedó sellado el día en que nació bastardo. Cuando se convirtió en un hombre, nos reunió y entrenó a los más jóvenes para transformarlos en excelentes guerreros. Desde luego, cada uno de nosotros tiene una destreza. Si te dejaras de vacilaciones, podrías recibir una demostración de la mía. Yo mismo quiero probar un traguito.

Habría sido una grosería rechazar la invitación. Sakura alzó el odre, le quitó el corcho y bebió un sorbo.

Creyó que había tragado fuego líquido. Hizo un sonido ahogado y comenzó a toser. A Kagami le encantó la reacción de la muchacha. Primero, se palmeó las rodillas y luego le golpeó la espalda para ayudarla a recobrar la respiración.

—Es fuerte, ¿eh?

Sakura sólo pudo asentir.

—Ahora vete a casa, chica —le ordenó el anciano—. El laird Uchiha debe de estar buscándote.

Sakura se levantó y luego extendió la mano para ayudar a Kagami.

—Gracias, Kagami: pasé una tarde encantadora.

El viejo sonrió.

—Captaste el acento, chica. Me alegro. Eres inteligente, ¿no? Debes de tener algo de sangre de los highlanders en las venas.

Sakura comprendió que Kagami bromeaba. Hizo un gesto de saludo y se volvió para marcharse.

—Kagami, ¿querrá llevarme mañana a la loma? —preguntó por encima del hombro.

—Tal vez —le respondió el anciano.

Sakura no pudo dejar de sonreír: el día había resultado magnífico. Claro que había comenzado irritando a su esposo, pero aquel pequeño incidente no fue espantoso y el resto de la tarde fue delicioso. También había descubierto algo importante con relación a su esposo Sasuke: era capaz de controlarse, no se dejaba dominar por la cólera. Mientras ascendía por el camino de la colina, Sakura evaluó la importancia de ese descubrimiento.

Itachi estaba esperándola. Inclinó la cabeza a manera de saludo y caminó junto a ella hasta el castillo.

—Vi que jugaba el juego de Kagami —señaló el soldado.

—Es muy divertido—respondió Sakura—. ¿Sabe, Itachi? Creo que Kagami es uno de los hombres más interesantes que he conocido, a excepción de mi padre, claro.

Itachi sonrió ante el entusiasmo de la joven.

—Además, Kagami me recuerda a mi padre. Cuenta el mismo tipo de historias sustanciosas sobre los tiempos pasados y adorna los hechos con leyendas, como siempre lo hacía mi padre.

Pensando en hacerle un cumplido, Itachi dijo:

—A Kagami le agradaría que lo comparase con su padre.

Sakura rió.

—Al contrario, se sentiría insultado. Mi padre era inglés, Itachi. Kagami no podría digerir ese hecho. —Cambiando de tema, agregó—: Estoy segura de que tiene usted responsabilidades más importantes que cuidarme a mí. ¿Acaso mi esposo espera que me siga todos los días?

—Milady, no hay tarea más importante que proteger a mi señora —respondió el soldado—. Pero mañana se le asignará esta tarea a Shisui.

—Shisui es el primer comandante de los soldados Ōtsutsuki, ¿no es cierto?

—Así es. Sólo responde ante nuestro laird.

—¿Y usted comanda a los soldados Uchiha?

—Si.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué, milady?

—¿Por qué no hay un solo jefe para los Uchiha y los Ōtsutsuki?

—Creo que eso tendrá que preguntárselo a su esposo —sugirió Itachi—. Tiene sólidos motivos para dejar que los Ōtsutsuki tengan su propio jefe.

—Sí, se lo preguntaré —dijo Sakura—. Tengo interés en aprender todo lo posible sobre este país y sus habitantes. ¿Dónde está mi esposo?

—Cazando —respondió Itachi—. Debe de estar a punto de regresar. Milady, ¿se dio cuenta de que estamos hablando en celta? Es impresionante lo bien que domina nuestro idioma, teniendo en cuenta que sólo estuvo aprendiendo unas pocas semanas antes de llegar aquí.

Sakura negó con la cabeza.

—No, Itachi, estuve estudiando casi cuatro meses bajo la supervisión del padre Mitokado. Cuando conocí a vuestro laírd estaba algo nerviosa pero no creo que lo haya advertido porque sé disimular muy bien mis reacciones. Cuando Uchiha me preguntó cuánto tiempo había estudiado el galés yo respondí lo primero que se me ocurrió. La expresión de usted, me demuestra que aún no domino bien la "erre" gutural.

Por extraño que pareciera, en cuanto Itachi hizo notar que estaban hablando en celta, Sakura comenzó a titubear y a pronunciar peor que nunca.

Acababan de cruzar el patio cuando Itachi divisó al laird.

—Aquí está su esposo, milady.

Sakura giró para saludar a Sasuke mientras apresuraba a arreglarse un poco. Echó una hebra de cabello sobre el hombro, se pellizcó las mejillas para darles color y se acomodó los pliegues del manto. Entonces se miró las manos: las tenía pegoteadas de barro seco por haber estado cavando hoyos toda la tarde con Kagami. Ya no tenía tiempo de lavárselas y las ocultó tras la espalda.

La tierra se estremeció cuando la banda de guerreros subió a caballo la última cuesta. Sasuke conducía a los soldados. Montaba uno de los animales que Sakura le había dado como regalo de boda. La yegua que había elegido era la más temperamental del grupo. A juicio de Sakura, también era la más hermosa. Tenía un pelaje blanco como la nieve, sin una sola mancha. Era mucho más corpulenta que los otros caballos, de buena musculatura y soportaba sin dificultades el peso de Sasuke.

—Monta mi caballo favorito —le dijo a Itachi.

—Es una belleza.

—Y ella lo sabe —dijo Sakura—. Katsuyu es muy vanidosa. Le encanta hacer cabriolas: es su modo de hacerse notar.

—Se da importancia porque está orgullosa de llevar a nuestro laird —afirmó Itachi.

Sakura creyó que estaba burlándose y rió, pero vio que Itachi hablaba en serio.

Itachi no comprendió qué era lo que le parecía tan divertido. Se volvió hacia ella para preguntárselo, vio las manchas de barro que tenía en las mejillas y él también sonrió.

El galgo de Sasuke dobló una esquina del castillo y corrió hacia el amo. El enorme animal asustó a la yegua y Katsuyu trató de retroceder y de saltar al mismo tiempo. Sasuke la controló y se apeó. Uno de los soldados se llevó a la yegua.

El galgo se precipitó hacia adelante. De un solo salto apoyó las patas sobre los hombros de Sasuke. En esa posición, era casi tan alto como su amo y tenía el mismo aspecto feroz. Al contemplarlos, a Sakura se le aflojaron las rodillas. Por fortuna, el perro le tenía un gran cariño a su amo: se afanaba en lamerle la cara pero Sasuke giró la cara antes de que el animal lo mojara. Le dio una palmada cariñosa y del pelo del perro se elevó una nube de polvo. Por fin, Sasuke hizo bajar al animal y se volvió hacia la esposa.

Le hizo un gesto de que se acercara. Sakura se preguntó si esperaba que ella también le posara las manos sobre los hombros y le diese un beso. La idea le pareció divertida. Dio un paso adelante y se detuvo cuando el animal comenzó a gruñirle.

Tendría que ser Sasuke el que se acercara a ella. Alarmada, Johanna no apartó la vista del perro mientras su esposo se adelantaba. Vio que el perro se pegaba al costado del amo y caminaba junto a él.

A Sasuke le divirtió el miedo de Sakura: era evidente que el perro la asustaba y no comprendía por qué. Oyó el ronco gruñido y Sakura también. Sakura retrocedió y Sasuke le ordenó al animal que dejara de hacer exhibiciones de bravuconería.

Algunos soldados Ōtsutsuki todavía estaban sobre los caballos y observaban al laird y a su esposa. Algunos sonrieron al ver que Sakura le temía al perro pero otros menearon las cabezas.

—Milord, ¿fue buena la caza? —preguntó Sakura.

—Sí.

—¿Había bastante grano para tomar? —preguntó Itachi.

—Más que suficiente —respondió Sasuke.

—¿Fuiste a cazar grano? —preguntó Sakura, confundida.

—Y otras cosas que necesitamos —le explicó el esposo-. Tienes la cara sucia. ¿Qué estuviste haciendo?

Sakura trató de quitarse el barro, pero Sasuke le sujetó las manos y las miró.

—Ayudé a Kagami a cavar hoyos.

—No quiero que mi esposa tenga las manos sucias.

El tono de Sasuke indicaba que estaba dándole una orden importante y parecía bastante irritado con ella.

—Pero acabo de explicarte que...

—Mi esposa no debe realizar tareas vulgares.

Sakura se enfadó.

—Milord, ¿tienes más de una?

—¿Más de una qué?

—Esposa.

—Claro que no.

—En ese caso, parece que tu esposa sí se ensucia las manos —dijo—. Lamento que no te agrade, aunque no entiendo por qué. Te aseguro que me las ensuciaré otra vez.

Intentó emplear la lógica para calmarlo, pero Sasuke no estaba de ánimo para ser razonable. Movió la cabeza y la miró ceñudo.

—No lo harás —ordenó—. Sakura, eres la señora del lugar. No tienes que rebajarte a hacer tareas semejantes.

Sakura no supo si reír o enfadarse y al fin se decidió por un suspiro. Ese hombre abrigaba las ideas más extrañas.

Al parecer, Sasuke quería una respuesta y Sakura intentó aplacarlo.

—Como desees, milord —murmuró, dispuesta a ocultar la irritación que sentía.

Sasuke pensó que trataba de ser dócil y que sin duda le costaba un gran esfuerzo. Tenía una mirada asesina aunque seguía sonriendo con aparente serenidad y hablaba en tono humilde.

Sakura preguntó a Itachi:

—¿Dónde se lavan las mujeres?

—Milady, detrás del castillo hay un pozo, pero la mayoría se bañan en Rush Creek.

Itachi iba a acompañarla pero Sasuke tomó su lugar. Le aferró la mano y la llevó.

—En el futuro, se te llevará el agua para el baño —le dijo.

—En el futuro, te agradecería que no me trates como a una niña.

A Sasuke lo sorprendió el tono colérico de la voz de Sakura: a fin de cuentas no era nada tímida.

—También te agradecería que no me regañes frente a los soldados.

El hombre asintió y eso calmó la irritación de Sakura.

El esposo daba largas zancadas. Doblaron la esquina y comenzaron a bajar la cuesta. La colma estaba flanqueada de chozas y la base estaba rodeada de un amplio círculo de ellas. Unas cuantas mujeres Ōtsutsuki, provistas de baldes, esperaban en fila que les tocara el turno de juntar agua fresca. Varias de ellas lanzaron exclamaciones de saludo al laird. Sasuke les respondió con un gesto y siguió su camino.
El muro estaba tras la línea de chozas y Sakura quiso detenerse a mirarla pero Sasuke no la dejó. Cruzaron la abertura de la gigantesca estructura y continuaron.

Sakura tenía que correr para mantenerse junto al esposo. Cuando llegaron a la segunda cuesta, estaba sin aliento.

—Sasuke, aminora un poco el paso. Mis piernas no son tan largas como las tuyas.

Sasuke la obedeció de inmediato pero no le soltó la mano y Sakura, a su vez, no trató de soltarse. Oyó las risas de las mujeres a su espalda y se preguntó de qué se reirían.

Rush Creek era una corriente de agua ancha y profunda. El esposo le explicó que corría a todo lo largo de la montaña, desde la cima hasta un estanque al pie, donde las tierras de ellos limitaban con el territorio de Akimichi. A los costados de la corriente había líneas de árboles y las flores silvestres eran tan abundantes que parecían nacer del agua tanto como en las orillas. El lugar era de una belleza que quitaba el aliento.

Sakura se arrodilló en la orilla, se inclinó hacia adelante y se lavó las manos. El agua era tan transparente que se veía el fondo. Sasuke se arrodilló junto a ella, y llenó el hueco de las manos con esa agua helada y se la echó sobre la nuca. De entre los árboles apareció la mascota de Sasuke, lanzó un gruñido y luego se puso a beber del arroyo.

Sakura humedeció el pañuelo de hilo y se limpió la cara. Sasuke se echó hacia atrás para contemplarla: cada uno de los movimientos de su esposa estaba lleno de gracia. Era un misterio para él y supuso que su curiosidad se debía a que no había pasado demasiado tiempo junto a ninguna mujer.

Sakura no le prestaba la menor atención. En el fondo de la corriente divisó una piedra perfectamente redonda; pensó que serviría para el juego de Kagami y se inclinó para agarrarla.

La corriente era mucho más profunda de lo que había imaginado. Si el esposo no la hubiese sujetado y tirado de ella hacia atrás, habría caído de cabeza al agua.
—Es costumbre quitarse la ropa antes de bañarse—dijo Sasuke en tono seco.

Sakura rió.

—Perdí el equilibrio. Quería tomar una piedra que me gustó. ¿La sacarías para mí?

Sasuke se inclinó a mirar.

—Esposa mía, hay muchas piedras; ¿cuál es la que te gusta?

Sakura la señaló:

—Esa redonda.

Sasuke se estiró, levantó la piedra y se la dio a Sakura. Esta le sonrió agradecida.

—A Kagami le gustará ésta.

Sakura se corrió hacia atrás sobre la cuesta cubierta de hierba, metió los pies debajo del manto y dejó caer la piedra sobre su regazo. El aire estaba perfumado por el aroma de los pinos y de los brezos tempranos. Era un sitio íntimo y apacible.

—Escocia es muy bella —dijo Sakura.

Sasuke movió la cabeza.

—Escocia no —la corrigió—. Los Highlands son bellos.

Al parecer, Sasuke no tenía prisa en regresar a sus tareas. Apoyó la espalda contra el tronco de un pino, cruzó un tobillo sobre el otro y acomodó la espada al costado para que no se rayara. El perro se acercó al otro lado y se tendió junto al amo.

Sakura contempló un rato al marido antes de volver a hablar. Ese hombre tenía la capacidad de embrujarla y creía que el motivo debía de ser que fuese tan grande. Por cierto, era tan alto como Naruto pero mucho más musculoso. Al menos, eso creía Sakura.

—Dime qué estás pensando.

La petición del esposo la sobresaltó.

—Nunca vi a Naruto sin la túnica puesta. Eso era lo que estaba pensando. Creo que eres más musculoso que mi hermano, pero como nunca lo vi... Eran ideas tontas, marido.

—Sí, en efecto.

Sakura no se molestó por la afirmación pues la sonrisa lenta de Sasuke le demostró que estaba bromeando. Sasuke parecía contento, con los ojos cerrados y una suave sonrisa en el rostro. En verdad, era un hombre arrebatador.

Sakura vio que el perro hociqueaba la mano de Sasuke y fue recompensado de inmediato con una rápida palmada.

El esposo ya no la preocupaba. No sólo era capaz de controlar la ira sino que además tenía una veta de gentileza en su carácter. El modo en que le había respondido el galgo era un importante indicio del temperamento de Sasuke.

Sasuke la sorprendió contemplándolo. Sakura se ruborizó y bajó la mirada hacia su regazo. Todavía no quería marcharse. Disfrutaba de ese momento apacible con su esposo. Se le ocurrió continuar la conversación antes de que Sasuke sugiriera que regresaran.

—Milord, ¿acaso Escocia y los Highlands no son lo mismo?

—No, no lo son —respondió Sasuke—. Nosotros no nos consideramos escoceses, como nos llamáis vosotros, los ingleses. Somos "highlanders" o "lowlanders", según el caso.

—Por el tono con que dijiste "lowlanders", supongo que no te agrada demasiado esa gente.

—No, no me agradan.

—¿Por qué?

—Han olvidado quiénes son —le explicó Sasuke— Se convirtieron en ingleses.

—Yo soy inglesa —se le escapó a Sakura, sin poder evitarlo.

Sasuke sonrió:

—Ya lo sé.

—Claro que lo sabes —acordó Sakura—. Quizá, con el tiempo lo olvides.

—Lo dudo mucho.

Sakura no supo si estaba bromeando o no y prefirió cambiar a un tema menos delicado.

—Kagami no es tonto.

—No, no lo es. Son los Ōtsutsuki los que lo creen, no los Uchiha.

—Marido mío, en realidad es muy inteligente. El juego que inventó es divertido: deberías probarlo alguna vez. Requiere habilidad.

El hombre asintió para aplacarla: le pareció admirable que defendiera al anciano.

—Kagami no inventó el juego: existe desde hace muchos años. Tiempo atrás se jugaba con piedras pero también con bolas talladas en bloques de madera. Algunos, hasta fabricaron pelotas de cuero y las rellenaron con plumas.

Sakura almacenó la información con vistas a usarla en el futuro. Tal vez pudiera hacer unas bolas de cuero para el juego de Kagami.

—Kagami dice que pesqué la fiebre.

—¡Que Dios nos ayude! —dijo Sasuke arrastrando las palabras—. Kagami juega todo el día, todos los días, llueva o haga sol.

—¿Por qué te molestaste al verme con unas pequeñas salpicaduras de barro en la cara y en las manos?

—Ya te lo expliqué: ahora eres mi esposa y debes comportarte de acuerdo con tu rango. Existe rivalidad entre los Uchiha y los Ōtsutsuki, y hasta que los dos clanes no se habitúen a convivir en paz, yo debo hacer exhibición de fuerza, no de vulnerabilidad.

—¿Acaso yo te hago vulnerable?

—Sí, así es.
—¿Por qué? Me gustaría entender —le dijo—. ¿Se trató de mi cara sucia o del hecho de que pasé la tarde con Kagami?

—Sakura, no quiero que te pongas de rodillas. Tienes que actuar con propiedad y decoro en todo momento. Mi esposa no hará tareas vulgares.

—Ya diste tu opinión.

—No es una opinión —repuso Sasuke—. Es una orden.

Sakura intentó no revelarle lo exasperada que se sentía.

—A decir verdad, me asombra que te preocupen a tal punto las apariencias. No pareces la clase de persona que se preocupe por lo que piensen los demás.

—Me importan un ardite las opiniones de los demás —replicó Sasuke, irritado por la conclusión de la esposa—. Lo que me importa es que estés a salvo.

—¿Qué tiene que ver mi seguridad con mi conducta?

Sasuke no le respondió.

—Tendrías que haberte casado con una Ōtsutsuki. Eso resolvería el conflicto al unir a los clanes, ¿no?

—Tendría que haberlo hecho —admitió Sasuke—. Pero no lo hice: me casé contigo. Y los dos debemos sacarle el mejor partido posible, Sakura.

La voz de Sasuke sonó resignada. Todavía estaba de buen humor y la joven decidió cambiar de tema formulándole una pregunta que sin duda no lo exasperaría.

—¿Por qué no le agrado a tu perro?

—Sabe que le temes.

Era verdad, y Sakura no lo discutió.

—¿Cómo se llama?

—Aoda.

Al oír su nombre en la voz del amo, el perro alzó las orejas y Sakura sonrió al verlo.
—Es un nombre extraño —señaló— ¿Cómo se te ocurrió?

—Encontré al animal cerca del feudo de Dumfries. Estaba atrapado en un pantano y yo lo saqué. Desde entonces, está conmigo.

Sakura se acercó más a Sasuke y se estiró lentamente para tocar al perro. El animal la observaba por el rabillo del ojo y cuando estaba a punto de tocarlo, lanzó un gruñido amenazador y escalofriante. Sakura se apresuró a retirar la mano. Sasuke le tomó el brazo y la obligó a tocar al galgo. El perro siguió gruñendo pero no intentó morderla.

—¿Te lastimé anoche?

El cambio súbito de tema la hizo parpadear. Inclinó la cabeza para que su esposo no advirtiera que se había ruborizado y murmuró:

—No me lastimaste. Me lo preguntaste después de que nosotros...

Sasuke le alzó el mentón con la mano y la expresión de los ojos de Sakura lo hizo sonreír. El pudor de Sakura lo divertía.

La expresión de los ojos de Sasuke hizo que el corazón de Sakura acelerara los latidos. Creyó que quería besarla y deseó que así fuera.

—Milord, ¿querrías hacerme el amor otra vez?

—¿Tú quieres? —preguntó el hombre.

Sakura lo miró a los ojos largo rato antes de responderle. No se haría la tímida ni la audaz. Pensó que así sólo embrollaría las cosas pues nunca había aprendido las bellas artes de la coquetería como otras damas jóvenes que vivían la vida cortesana de Londres.

—Sí —murmuró, lamentando para sus adentros el temblor de la voz—. Me gustaría que me hicieras el amor otra vez. No fue nada desagradable, milord.

Sasuke rió y advirtió que ahora el sonrojo de Sakura era como un fuego. Con todo, el pudor no le impidió ser sincera. El hombre se aparró del tronco y se inclinó para besarla. La boca de Sasuke rozó la de Sakura en una tierna caricia. Sakura suspiró y le apoyó las manos sobre los hombros.

Sasuke no necesitó más. Antes de comprender sus propias intenciones, la alzó sobre su regazo, le rodeó la cintura con los brazos y volvió a besarla. Cubrió la boca de Sakura con la propia e introdujo la lengua para saborear, acariciar y enloquecerla. La joven se aflojó entre los brazos del esposo. Se aferró a él y lo besó con la misma pasión. La rapidez con que todo su cuerpo respondía al esposo asombró a Sakura. Los latidos del corazón se volvieron frenéticos, sintió estremecimientos en las piernas y en los brazos y se olvidó de respirar.

Sasuke también estaba perplejo por su propia reacción ante la esposa. Sakura no era capaz de reservarse nada. Sasuke supo que confiaba en él, pues de lo contrario no se habría mostrado tan desinhibida. La apasionada respuesta de la mujer encendió la de Sasuke; "¡que Dios me ayude! —pensó—, no sé si podré contenerme".

¡Diablos, sí no cesaba el dulce tormento la poseería en ese mismo momento y en ese lugar! Se apartó con brusquedad. No tendría que haberla mirado en los ojos, que estaban nublados de pasión. ¡Maldición, tenía que besarla otra vez!

Cuando al fin Sasuke detuvo el juego amoroso, los dos estaban estremecidos y con el aliento entrecortado.

—Milord, me haces olvidarme de mí misma.

Sasuke lo tomó como un cumplido. La levantó de su regazo y se puso de pie. Sakura todavía se sentía sacudida. Tenía el rostro sonrosado y las manos le temblaban cuando se alisó el cabello y rehizo la trenza. Muy divertido, Sasuke observó cómo trataba de recomponer su apariencia.

"Las mujeres se ruborizan con facilidad —pensó—. Y la mía, más que ninguna."

—Mi cabello es un desastre —tartamudeó Sakura al ver la sonrisa del esposo—. Pensaba cortármelo... con tu permiso, desde luego.

—No es asunto mío lo que hagas con tu cabello. No necesitas mi permiso. Tengo cosas más importantes en qué pensar.

Suavizó la respuesta con un beso breve. Luego se agachó para recoger la piedra que Sakura quería darle a Kagami y se la entregó. Sí, estaba ruborizada, y eso le agradaba.

Sasuke le guiñó el ojo a su esposa y se volvió para regresar.

Sakura se enderezó los pliegues del manto y se apresuró a alcanzarlo.

No podía dejar de sonreír. Sin duda, Sasuke sabía que la aturdía con sus besos pues el rostro del esposo exhibía una expresión de marcada vanidad masculina, pero esa arrogancia no la molestó.

Todo saldría bien. En el camino de regreso colina arriba, Sakura suspiró sin cesar. "Sí —pensó—, adopté la decisión correcta al casarme con Sasuke".

Sakura estaba de tan buen humor que casi no le importaron los gruñidos de Aoda cada vez que ella se acercaba al marido. Ni siquiera esa bestia enorme le estropearía el ánimo, Sakura rozó la mano del marido con la propia pero Sasuke no captó la insinuación. Repitió el gesto, en vano. Sakura desistió de ser sutil y aferró la mano del esposo.

Sasuke se comportó como si Sakura no existiera. Tenía la vista fija en la cima de la colina y ella supuso que ya pensaba en las tareas que le esperaban. No le molestó que no le prestara atención y, cuando llegaron junto al grupo de chozas de los trabajadores, le soltó la mano. Imaginó que no le agradarían las muestras de cariño frente a los miembros del clan. Pero Sasuke la sorprendió volviendo a tomarle la mano. Le dio un suave apretón a los dedos y apretó el paso hasta que otra vez Sakura tuvo que correr para seguirlo.

¡Señor, se sentía feliz! Sí, había hecho lo correcto. Se había casado con un hombre de buen corazón.


Esta historia es de Julia Garwood. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto.