Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 17

Rukia entró resoplando en la iglesia. La herida del costado escocía terriblemente y le echó un

vistazo levantándose un poco la camiseta. Sólo era un rasguño, bastante feo eso sí, pero en

unas horas no quedaría ni rastro. Había dejado la moto afuera, no se sentía con ganas de

llevarla a rastras hasta la parte trasera. Aún notaba en su interior la ira bullendo a fuego lento.

¡Habían intentado matarla! ¡La querían muerta! Aunque bien pensado y teniendo en cuenta lo

que recordaba, no entendía por qué se sorprendía. Era de esperar que un atajo de gusanos de

aquella calaña efectuara un movimiento tan execrable como citarla para darle muerte. Abrió la

puerta del aseo para dejar salir a Trece. Éste, al notar que su dueña apenas si le dedicaba una

mirada, rondó a su alrededor solicitando algo de atención.

—«Kia» —un leve susurro se coló en su mente como el aire moviendo una hoja al caer—.

«Kia, concéntrate.» —Esta vez reconoció la voz, la voz grave del sueco—. «¡Kia!»

—«Te dije que...»

Ichigo sintió una gran tranquilidad al oír su respuesta. Ella estaba bien.

—«¡No discutas, Rukia! No es el momento. Escúchame.»

—«Está bien» —respondió poniendo los ojos en blanco.

—«Llegaré ahí en unos treinta minutos más o menos, pero no llego solo. Traigo conmigo a

varios indeseables caniches pegados al culo y...». —Hizo una pausa para soltar una maldición

—. «Una mosca cojonera volando a mi alrededor. ¡Maldito cabrón!» —espetó.

—«¿Pero qué demonios estás haciendo? ¿Dónde estás?» —Rukia no entendía nada.

—«Conduciendo a casi doscientos por hora con seis motos, un coche y un helicóptero que se

acaba de incorporar a la fiesta persiguiéndome. Necesito que prepares algo para cuando llegue

ahí. ¿Puedo contar con ello?»

—«Claro. Dime qué debo hacer.»

—«Lo primero es que cojas lo indispensable, lo que puedas llevar sin problemas. Prepáralo

rápidamente, sólo pararé para cambiar de moto, por eso necesito que la Custom esté encendida

para cuando llegue y tú a punto para salir en ese mismo instante. ¿Entendido?»

—«Sí»

—«Bien, esa sólo es la primera parte, para la segunda tendré que explicarte los pasos a seguir.»

—«Espera un momento.» —Rukia imaginó que no sería nada fácil y no necesitaba tener a

Trece entorpeciéndole el paso, así que lo metió en el aseo de nuevo—. «Lista.»

—«Buena chica.»

—«No me fastidies, vikingo» —dijo bufando mientras oía la risa del sueco.

—«Debes ir hasta el conjunto de árboles que bordea el camino que viene del norte hasta la

iglesia, ¿te sitúas?»

—«Sí» —respondió con sequedad.

—«Hay cinco árboles a cada lado del camino. Si trazas una línea imaginaria de lado a lado, en el

primero que encontraré al llegar y en el tercero, existe un dispositivo que hará estallar un par de

bombas. Pero debes activarlos.»

—«¿Quieres decir que hemos pasado varias veces sobre bombas en nuestras salidas y

entradas?»

—«Sí, eso es exactamente lo que quiero decir.»

—«¡Estás como una maldita cabra! ¡Tú...!» —estalló.

—«Ya basta, Kia. No hay tiempo para discusiones. No están activadas, son inofensivas hasta

que se pone a punto el temporizador. Y ese temporizador no empieza su cuenta atrás hasta que

los detectores que están enterrados registran peso. Eso es lo que tienes que hacer; ponerlos en

marcha. Primero, el más alejado de la iglesia, luego el otro. Hay suficiente distancia entre ellos

para que un segundo de diferencia baste. ¿Entendido?»

—«Sí.» —Rukia pensó que ya tendrían una buena charla al respecto. De momento seguiría sus

instrucciones por el bien de ambos.

—«Ten mucho cuidado» —añadió, dejando entrever cierta preocupación—. «No quiero tener

que recoger trocitos de ti cuando llegue. Tengo mucha prisa» —añadió esta vez con un tono

divertido.

—«Que te den, Ichigo.»

—«Bueno al menos cambia algo la cantinela... Cuando llegue quiero que estés esperándome

detrás de la iglesia, montada y en marcha ya para partir a toda velocidad. Dudo que pueda

deshacerme de toda esta escoria antes.»

—«Allí estaré» —aseguró y el fulgor de una señal verde golpeó su mente por espacio de un

segundo. ¿Qué demonios sería?

Pestañeó un par de veces y se retiró el cabello de la cara para deshacerse de la imagen que aún

mantenía fija en su cabeza aunque ya no pudiera verla. Tenía mucho que hacer y el tiempo

contaba. ¡Vamos!

Corrió al máximo hasta unos metros antes del pequeño conjunto de árboles para reducir el paso

después, haciendo memoria sobre la ubicación del detector de peso y sintiendo un escalofrío

por todo el cuerpo. Durante el poco tiempo que llevaba con el sueco ya había tenido que

enfrentarse a otro explosivo. Recordar cómo tuvieron que saltar por la ventana del apartamento

mientras todo estallaba a sus espaldas le trajo a la mente de nuevo la excusa que después le

dieron en aquel mensaje a su teléfono móvil. Un señuelo para asegurar su infiltración en la

operación. ¡Ja! Cabrones, hijos de... Jamás había rehuido ni temido un combate cuerpo a

cuerpo, pero las bombas... Eso era otro cantar, contra eso poco podía hacer.

Sus ojos barrieron el terreno, buscando los dispositivos. Ichigo no había mencionado dónde se

encontraban. Sólo reparó en la soga atada a una rama en mitad del camino. Si hubiera

mantenido la boca cerrada seguramente no habría olvidado decirlo. Como por arte de magia la

imagen de un pequeño cajetín con una pantalla digital enterrado junto al tronco de un árbol

invadió su mente. Automáticamente se puso manos a la obra, bendiciendo por primera vez el

don del sueco. «Aunque probablemente será la última», se dijo.

Encontró el temporizador donde le había mostrado la fugaz imagen. Bien, si la idea era que

explotaran después de su paso, para que fueran efectivos debía poner el primero a unos tres

segundos y el siguiente a uno. Así, cuando el detector de peso registrara su entrada se iniciaría

la cuenta atrás. Una vez activados, volvió sobre sus pasos hasta la Ducati que había dejado en

la puerta.

La puso en marcha y condujo hasta la parte de atrás, para bajarse e ir en busca de la Custom

de Ichigo.

Eso le hizo preguntarse el porqué necesitaba aquella motocicleta si en ese momento se

encontraba montando una. Se encogió de hombros, del mismo modo que hubiera hecho el

sueco y giró la llave puesta en el contacto. Comenzaba a darse cuenta de que hacerse

preguntas sobre el proceder del macho era una gran pérdida de tiempo y energía.

Dos minutos después, fue en busca de algo de ropa para ella que metió en la mochila no sin

dificultad. Miró hacia el rincón donde Ichigo dejó la suya cuando llegaron allí por primera vez,

sin encontrarla. Dónde demonios la había metido era un misterio para ella. Pero era un

licántropo de recursos, pensó sonriendo fríamente, acordándose de la jugarreta que le había

hecho con su montura. Ya conseguiría encontrar algo que ponerse. Se la colgó al hombro y fue a

liberar a Trece. El chihuahua la miró con ojos desconsolados en cuanto abrió la puerta.

—Lo siento, pequeño. Pero vas a tener que viajar con el hombre del saco. Yo no tengo dónde

meterte —le dijo tomándolo en brazos y rascándole debajo de la mandíbula.

Lo llevó hasta la Custom y lo dejó con cuidado dentro de una de las grandes alforjas de piel

tachonadas de metal en los bordes. En la otra metió su mochila, sería mucho más cómodo que

llevarla a cuestas.

—No te muevas de ahí. Enseguida vuelvo —advirtió a la mascota.

Echó un vistazo a su reloj de pulsera mientras se encaminaba de nuevo hacia la puerta

principal. El sueco venía desde Uppsala. Si se encontraba a mitad de camino cuando habló con

ella, eso quería decir que en ese momento estaría aproximadamente a la altura de Sigtuna, de

donde ella había venido. Por lo tanto, descontando el tiempo que empleó en cumplir con sus

órdenes debían restar unos cinco minutos para que llegara.

Fueron los cinco minutos más largos de su vida. Incluso más que cuando tuvo que esperar

durante horas formando ante el alto mando militar para ser admitida o rechazada, viendo como

otros compañeros daban los dos pasos reglamentarios para abandonar la formación y acceder

al mundo castrense. En un par de ocasiones estuvo tentada de correr hacia los árboles de

nuevo para asegurarse de que todo marchaba como era debido. No obstante, su sentido común

le decía que no era adecuado hacer semejante tontería. ¡Ni que fuera la primera vez que formaba

parte de algo así! ¡Por el amor del cielo! Sabía que lo mejor era volver hasta las motos y

esperarlo montada en la suya tal como la había advertido Ichigo, así que caminó de nuevo hasta

ellas. Cuando ya estaba sobre la Ducati, a punto de ponerla en marcha, sus ojos volaron

involuntariamente hasta la alforja donde había metido a Trece.

—Trece, pequeño... —lo llamó al no ver su hociquito salir al exterior—. ¿Trece?

Rukia desmontó y abrió la alforja para encontrar únicamente un arma que Ichigo guardaba en

ella.

—¡Trece! ¡Oh, no! ¡Trece! —gritó llamándolo.

Un ladrido lejano la advirtió de que se encontraba dentro de la iglesia.

—¡Maldita sea! ¡Perro malo! ¡Perro muy malo! —exclamó yendo a por él. Lo encontró parado en

mitad del pasillo central.

Trece la recibió volviendo a ladrar y meneando la cola muy animadamente. Rukia se detuvo, si

seguía caminando con la energía que requería el acelerado pulso de sus venas, probablemente

el chihuahua interpretaría que deseaba perseguirlo.

—Ven bonito... Vamos, ven... —dijo curvando un poco la espalda y dotando a su voz de toda la

dulzura de la que fue capaz. Necesitaba convencerlo de que ir a sus brazos era mejor idea que

salir a jugar—. Ven, pequeñín... Vamos, Trece, ven conmigo.

El perro siguió moviendo la cola pero no hizo ademán de ir hacia ella. Sin erguirse, tomó la

determinación de dar pequeños pasos para acercarse—. Trece..., vamos bonito, no tenemos

tiempo para esto... —murmuró entre dientes sin dejar de sonreír.

Un zumbido lejano se abrió paso hasta ellos, Trece levantó las orejas y por fin dejó el rabo

quieto y tieso. Rukia se irguió lentamente. El helicóptero, no cabía duda.

—Trece por todos tus familiares perrunos, ven aquí —rogó.

Pero el can ya no tenía oídos para ella, sólo para aquel extraño ruido de aspas cortando el

viento que se acercaba rápidamente. Un nuevo ladrido consiguió que Rukia volviera a posar

sus ojos sobre el perro con determinación, sólo para ver cómo se lanzaba hacia el exterior

llevado por la curiosidad. Corrió tras él con desesperación, no podía dejar que siguiera

empecinado en su huida y cayera presa de las bombas que había conectado. Justo en el

momento en que de un gran salto caía en el suelo de la misma entrada de la iglesia y lo agarraba

por las patas traseras vio llegar la comitiva que perseguía la gran Suzuki Hayabusa y, sobre ella,

el rubio sueco de sus pesadillas.

Ichigo forzó la máquina cuanto pudo, nada más ver aparecer la pequeña arboleda. Necesitaba

separarse del contingente rodado si quería que todo saliera bien. Ahí estaba parte de su plan de

escape. Con suerte quedarían al menos la mitad de sus perseguidores, esparcidos por doquier

en pequeños pedacitos sanguinolentos para ser pasto de las alimañas nocturnas. Pero el motor

estaba ya muy tocado debido a algún que otro disparo que había rozado piezas importantes.

Uno incluso hizo blanco en el depósito, agujereándolo de extremo a extremo, aunque

demasiado alto para perder combustible. No obstante, podía oler cómo una buena cantidad se

evaporaba irremediablemente.

La necesidad de estar atento para esquivar las balas y los intentos de sus perseguidores de

hacerlo caer le impidió ver como Rukia, tirada aún en el suelo, sujetando a Trece contra sí,

miraba atónita su llegada. Sólo tenía ojos para franquear el primer par de árboles.

Pasó junto a ellos a velocidad vertiginosa y cuando estuvo a una distancia considerable frenó

bruscamente. La parte trasera de la Suzuki derrapó levantando una gran nube de polvo. Tres

segundos después, el vehículo atravesó el camino seguido por un par de motos. La explosión

irrumpió en la noche como la erupción del Krakatoa acompañado de fuegos artificiales,

obligándolo a protegerse los ojos. Rukia lo había hecho magníficamente. Echó un vistazo

hacia la iglesia. ¿Pero qué mierda? ¡Joder!

—¡No deberías estar ahí! —exclamó, al instante la Pura se puso en movimiento y desapareció de

su vista.

Sonriendo a su pesar, volvió a prestar atención a sus perseguidores, las otras cuatro motos

trataban de buscar un lugar por el que sortear las llamas.

Una nueva ráfaga de disparos proveniente del helicóptero lo obligó a ejecutar un giro de

muñeca para poner la moto en movimiento. Había llegado el momento de encargarse de ellos. El

coche, volcado a causa de la explosión, serviría perfectamente a su propósito. Aceleró y se

subió sobre él. La estructura crujió mientras iba siendo devorada por las llamas, pero consiguió

hacerlo balancear hasta caer hacia el lado contrario para usarlo de trampolín.

Esperó, preparándose para saltar, hasta que el helicóptero se situó justo donde deseaba, frente

a él. Se permitió el tiempo necesario, manteniendo a raya los nervios; las chispas volaban a su

alrededor y alguna podía hacer diana sobre el depósito agujereado. Nadie dijo que meterse con

el Consejo fuera aburrido.

Cuando el morro del artefacto volador lo apuntaba directamente y pudo ver el rostro de quienes

iban dentro, apretó el freno y aceleró metiendo la marcha más potente, revolucionando el motor,

luego lo soltó. Salió disparado, directo hacia el helicóptero, como un misil tierra aire.

Calculando la distancia y la velocidad con precisión, sólo saltó de su montura cuando estuvo

completamente seguro de que daría en el blanco. Durante la caída pensó que le estallaría el

corazón por el ritmo frenético al que le latía. El fuerte encontronazo con el suelo ocurrió a la vez

que su moto se incrustaba contra el aparato y rodó sobre sí mismo protegiéndose el cuerpo

cuanto pudo de los pedazos de metal que volaron por todas partes. Casi sin aliento, se puso en

pie mientras la parte más pesada del pájaro caído se estrellaba contra el suelo y corrió hacia la

iglesia como alma que lleva el diablo. No había tiempo que perder ni siquiera para echar un

vistazo a su obra y regocijarse. Las cuatro motos restantes ya habían encontrado un lugar por el

que esquivar las llamas y se preparaban para atravesarlas.

Rukia corría con Trece entre sus brazos hacia la Custom cuando una tremenda explosión

seguida de un temblor bajo sus pies la frenó en seco. ¿Qué demonios...? Emprendió de nuevo

la carrera a toda velocidad, introdujo a Trece otra vez en la alforja, con una mirada de

advertencia que hablaba a las claras de lo que haría con él si volvía a escapar y montó sobre la

Ducati. Se cubrió la cabeza con el casco en menos de un segundo y giró la llave del contacto

mientras echaba un vistazo hacia atrás. Ichigo corría hacia ellos con todo el poder de sus

piernas.

—¡Vamos! —exclamó.

Mientras los motores acusaban la aceleración, el estruendo de cuatro máquinas cruzando la

iglesia se unió al ronroneante sonido.

—¿Adónde vamos?

—¡Sígueme! —gritó antes de acelerar.

En poco tiempo recorrían el asfalto en dirección norte. Ambos sabían que juntos podían hacerles

frente a los cuatro licántropos. Probablemente terminaría la contienda con alguna herida pero

poco más que lamentar.

El problema es que iban armados y de cuando en cuando alguna bala pasaba peligrosamente

cerca de ellos. Las fuerzas de seguridad eran los únicos de la raza a los que se les permitía usar

armas de fuego y todos, absolutamente todos, llevaban la reglamentaria; una pistola

especialmente diseñada por sus ingenieros para herir considerablemente a las víctimas, ya que

una arma común poco podía hacer frente al poder de un licántropo. Los proyectiles eran más

pesados y de mayor calibre. No conseguían acabar con la vida de uno, pues para ello habría que

aniquilar el corazón, pero sí restarle energía, potencia, fuerza..., para recibir después el golpe

final. Y estaba claro, por el modo en que apretaban los gatillos en cada oportunidad, que iban

bien provistos de munición.

Ichigo la advirtió sobre la encerrona que les estaban preparando, aunque ya se había percatado

del movimiento que realizaban en ese momento. Intentaban cortarle el paso colocándola entre

los dos. Aprovechando la vía de doble sentido, Rukia jugó al gato y el ratón durante el tiempo

que pudo esperando que apareciera algún vehículo de gran tonelaje, pero únicamente se

cruzaron con ellos dos o tres turismos que proclamaron su enfado apretando el claxon con

exaltación.

El sueco, por su parte, guardaba un as en la manga. Levantó las piernas sobre el manillar de la

moto para sujetarlo y no perder velocidad, echando el cuerpo hacia atrás, consiguió meter la

mano en la alforja derecha. En menos de un segundo se encontró apuntando a uno de los que

asediaba a Rukia con... ¿Pero qué narices...? ¡Trece! El maldito chucho temblaba como un

pastel de gelatina cubierto de pelo marrón. Por un instante, estuvo tentado de estrellar contra el

pavimento a aquella rata deforme, pero explicar a la Pura la desaparición del chihuahua sería

mucho más peligroso que enfrentarse, él sólo, con los cuatro perseguidores armados hasta los

dientes.

Una bala rasgó el aire a escasos centímetros de su cabeza. Volviendo los ojos hacia atrás, sin

perder de vista a quien le disparaba, sujetó a Trece con el otro brazo e introdujo la mano libre de

nuevo en la alforja. Esta vez sí, se hizo con su arma. Sin cambiar la posición, arqueó el cuello

para tener mejor ángulo de visión y disparó, haciendo un blanco perfecto. Bajo la sorprendida

mirada de su compañero, el licántropo salió despedido hacia atrás por el impacto de bala, la

moto carente de conductor abandonó la carretera para estrellarse unos metros más adelante.

Uno menos del que preocuparse.

Volvía a prestar atención a la situación de Rukia cuando el hostigamiento del otro motorista

que lo seguía lo obligó a incorporarse. Metió a Trece en el interior de su cazadora y se enderezó

sobre el manillar.

Rukia esperó pacientemente mientras los dos licántropos trataban de acorralarla,

desacelerando. Aprovechó un momento en que uno de ellos se acercó demasiado, apuntándola

para asegurar el disparo. Con nervios de acero, propinó una potente patada al lateral de la

máquina.

El licántropo perdió el control instantáneamente y aunque apretó el gatillo, el proyectil erró el

blanco por varios centímetros. Tener una de las manos ocupadas en el arma le imposibilitó

dominar la moto. Rukia aceleró con rapidez para impedir que se interpusiera en su camino y la

hiciera caer con él. Pero el respiro fue breve. A su izquierda, el otro se preparaba para atacar de

nuevo, esta vez, realizando sobre la moto un verdadero ejercicio circense. Ichigo vio cómo el

licántropo se transformaba dolorosamente pero con rapidez mientras se erguía sobre el asiento,

dejando el manillar libre para saltar sobre Rukia. Si lograba hacerlo, hundir la zarpa y abrirse

paso hasta su corazón no le sería difícil. Con un sabor metálico en la boca y miles de

pensamientos batallando en su mente por tomar el control de sus actos, aceleró a todo gas,

llegó hasta ella y sujetándola del brazo tiró con fuerza. Rukia se encontró volando por los aires

durante un segundo para caer sobre la moto del sueco, justo delante de él. La inercia que hizo

que la Ducati volcara hacia el lado contrario consiguió el resto. El tercer licántropo cayó

rodando sobre la calzada, perdiéndose en la distancia.

—Podía habérmelas arreglado yo sola —se quejó.

—Claro —dijo Ichigo con cierto tono irónico.

—Hubiera frenado en seco y ese hijo de perra habría besado el suelo. Lo tenía todo controlado.

—Por supuesto.

La complaciente respuesta no gustó a Rukia que mostró un mohín de enfado.

—Al menos, déjame que conduzca yo, después de todo estoy delante.

—Bien, yo me encargaré del que queda.

Ichigo dejó que Rukia llevara la motocicleta y volvió la cabeza hacia atrás para localizar al

único que aún les perseguía. ¿Dónde demonios se había metido?

—Se ha largado —comentó Rukia—. Vi que ponía pies en polvorosa cuando me obligaste a

perder mi máquina. ¡Joder! ¡Me encantaba esa moto!

—Olvídala, ya encontraremos otra para ti —dijo mientras volvía a meter a Trece y la pistola en la

alforja.

—¿Siempre te deshaces de las cosas con tanta facilidad? —La pregunta intentó ser irónica

pero, como el sueco siempre hacía, la usó para otros menesteres.

—No siempre —oyó que le decía junto al oído mientras notaba cómo las manos masculinas

recorrían su torso—. En realidad hay cosas de las que me cuesta desprenderme —dijo mientras

volvía a ver el momento en que el último licántropo caído trataba de saltar sobre ella.

—Sí, como por ejemplo esa facilidad que muestras para crisparme los nervios.

—O para hacerte gemir de placer...

Las anchas manos ahora se posaron sobre los redondos senos de la Pura y ésta frunció el ceño

tratando de concentrarse con más tesón en la carretera. La dureza del sexo masculino se hizo

notar pegado a su trasero. No supo exactamente cuándo sucedió pero el sueco, en un alarde de

idiotez extrema, se quitó el casco para posar los labios en la base de su cuello y mordisquearlo

repetidamente.

—Hay veces que no sé si ese proceder tuyo es el resultado de la locura, la vanidad o de una

rotunda e irreversible deficiencia mental.

La vibración que sintió a su espalda era el resultado de las carcajadas del sueco.

—Deja que sea yo quien se preocupe por mi estado psicológico, tú dedícate a conducir —dijo

mientras lograba colar una mano bajo el pantalón de la licántropo.

—Me lo estás poniendo muy difícil —jadeó al sentir los juguetones dedos de Ichigo abriéndose

paso hasta su entrepierna.

Se maldijo interiormente, porque de nuevo, con sólo tocarla, volvía a sentir la necesidad de

unirse a él. El hormigueo que precedía a la completa neblina que se apoderaría de su mente se

hizo patente, iniciándose en las piernas. El eco de su otro yo, ése que la impelía a gozar del

rubio e imperioso licántropo, se abrió paso rápidamente, relegando cualquier otro pensamiento.

El deseo impregnó como un veneno cada centímetro de su piel mientras Ichigo continuaba con

aquella peligrosa exploración a doscientos kilómetros por hora.

Los inquietos dedos no mostraron paciencia buscando la entrada a su interior y Rukia gruñó

apretando los dientes. Cerró los puños en torno al manillar tratando de controlar el temblor que

se apoderó de sus muslos.

—Ve hacia la izquierda —dijo con voz ronca—, casi hemos llegado.