Capítulo 8.
Toda historia tiene siempre un principio...
Dos horas más tarde Sakura se encontraba en el suelo del baño de la habitación del hotel, llorando.
Lo había perdido todo.
La habían expulsado del seminario y con ello se habían esfumado las posibilidades que le quedaban de conservar su trabajo.
Y se había entregado a Kakashi cuando nunca debió hacerlo.
Lo había amado con desesperación y después de su ruptura siguió haciéndolo, buscando en otros hombres lo que solo había encontrado en él. Se lio un cigarro de hachís y lo fumó despacio, dejando que la droga se filtrara en su cuerpo, en su torrente sanguíneo, produciéndole algo de sosiego, una sensación de olvido momentáneo. Bebió de la botella de Becherovka casi vacía que tenía a su lado, en el suelo, tirada de cualquier modo. Todo estaba perdido. Ella estaba perdida. Después de amarla Kakashi quiso hablar, pero ella se lo impidió. Necesitaba salir de allí. Deprisa. Y no volver nunca. Cerró los ojos y recordó. Recordó cuándo empezó su descenso a los infiernos:
—Saku, Saku... ha llegado... —exclamó una emocionada Temari saltando con un sobre cerrado proveniente de la Universidad Pontificia de Comillas.
—Trae aquí. —Sakura se levantó de la mesa de la cocina, donde estaba desayunando con sus padres, y salió en pos de su hermana, que reía mientras intentaba esquivarla.
—Saku, Tema —las reprendió su madre sin demasiado entusiasmo—. Comportaos, que ya no sois unas niñas.
Ambas rieron y acabaron tropezando la una con la otra. Sakura alzó su brazo y le arrancó el sobre. Volviéndose de espaldas a todos, lo rasgó y leyó el contenido. Se quedó un momento quieta, asimilando la noticia.
—Bueno... ¿qué? —preguntó Temari por fin.
Ella se volvió despacio y miró a sus padres y a su hermana.
—Me la han concedido. Me voy dos meses a Comillas.
Su madre sonrió con dulzura. Aunque la iba a echar de menos durante todo el verano, se lo merecía, había estudiado muy duro durante todo el año para conseguir la beca.
—Lo sabía —afirmó su padre, y se levantó para darle un beso en la coronilla—. Sabía que mi princesa lo iba a conseguir.
—¡Puaf! —exclamó su hermana—. Todo el verano estudiando. No entiendo dónde le ves la emoción. Y mientras me dejas a mí el verano sola con los carcas.
—Tema —volvió a reprenderla su madre—, ese vocabulario.
Pero nada podía empañar la felicidad de Sakura. Con ese curso de verano tenía muchísimas más posibilidades de quedarse como becaria del Departamento de Estudios Medievales de la Universidad. Casi lo tenía en sus manos. Y era algo que había deseado siempre. Aunque todo el mundo se extrañó por que se decidiera por una carrera que «claramente no tenía ninguna salida, porque hija, eso no da de comer», como decía su padre. Ella había amado siempre la Historia, desde que era una niña. Cuando iban de vacaciones, los dejaba en la playa y se iba a investigar, a perderse entre Iglesias y Edificios Históricos. Había nacido para ello, y su sueño por fin iba cobrando forma.
El padre Hatake siempre quiso ser sacerdote y entregar su vida a Dios. Porque el padre Hatake, cuando era simplemente Kakashi, un niño de once años que dormía en la casa de su abuela en Roma, había visto a la Virgen. A su Madonna. Ocurrió cuando se despertó una mañana al sentir los primeros rayos de sol acariciándole el rostro, filtrándose por entre las rendijas de la vieja persiana de madera. Ella estaba allí, junto a la ventana, su silueta perfectamente recortada era lo único que impedía a la luz del sol entrar con libertad y calentar la pequeña habitación de Kakashi. Pero no importaba, ya que Ella era la luz en sí misma. Brillaba con tanta intensidad que el niño tuvo que entrecerrar los ojos para poder observar. No sintió miedo, sino una paz que lo envolvió como el canto de una nana susurrada. Ella giró su rostro hacia él, y pudo verla con claridad. Siempre se imaginó que la Virgen tenía que ser morena y de ojos negros. Pero Ella era blanca, con rizos rosas que le enmarcaban el rostro delicado y levemente sonriente. Sus ojos eran claros, pero no azules o grises, sino de un tono verde extraño, como si hubieran querido pintarlos de turquesa y no les quedaran más colores. Le sonrió y él alargó su mano para alcanzarla. Entonces desapareció. Y la luz inundó la habitación por completo. Y los sonidos del patio de vecinos se mezclaron unos con otros, porque en los instantes en que Ella estuvo con él, solo existió el silencio. Y él supo lo que tenía que hacer con su vida. Dedicarla a Dios y a su Virgen. Porque era de él. Ya nadie podría quitársela.
Casi veinte años después se encontraba en las escalinatas principales de la Universidad Pontificia de Comillas, una estructura promovida por el marqués de Comillas como «una obra pía para ganarse el cielo». Se construyó siguiendo el modelo de los primeros encargados de la enseñanza, los jesuitas, reuniendo los diferentes apartados del colegio en torno a dos patios porticados, dotada de un eclecticismo gótico-mudéjar muy ornamentado al principio, para pasar después a una decoración más modernista de amplios espacios. Estaba construida en la cima de una colina, desde la que se tenían las mejores vistas del pequeño pueblo pesquero.
Frente al imponente edificio, en la lejanía, podía ver cómo se erguía el Palacio de Sobrellano, residencia del marqués, desde la que este había podido observar la creación de su mayor obra. El Palacio recogía varios estilos, desde el gótico civil inglés hasta pinceladas de los palacios venecianos, destacando los relieves mocárabes y sobre todo su fachada gótica, retando en belleza clásica al edificio de la Universidad y dando la impresión a todos los que se encontraban allí de estar rodeados de un aura de historia atesorada y palpitante en cada esquina del pueblo modernista.
El padre Kakshi se enamoró al instante del lugar, y se alegró de que lo hubieran invitado como Profesor de Teología al curso de verano de ese año. Observó al ecléctico grupo que conversaba en los bancos de piedra y apoyados en las barandillas de hierro del mirador, y entonces sintió que todo su mundo se tambaleaba. Parpadeó varias veces y finalmente se sentó en las escalinatas de mármol, creyendo que se iba a desmayar. El sonido exterior se apagó. Las conversaciones dejaron de escucharse. El viento susurrando entre los árboles se quedó inmóvil. Solo existía el silencio rodeándolo. Frente a él, escondida entre el resto de los alumnos, sin que nada la distinguiera como especial, salvo la luz que emanaba de ella como un aura invisible, estaba su Madonna. En ese instante, ella se volvió y le sonrió de forma cálida con esos extraños ojos claros. Él no reaccionó, siguió observándola escudado en el numeroso grupo de alumnos, temiendo dejar de respirar en cualquier momento. Y supo que toda su vida había estado dirigida a encontrarse con ella. En aquel momento. En aquel lugar.
El primer día de clase, Sakura estaba más concentrada en el rostro del padre Hatake que en sus explicaciones, y eso que tenía que reconocer que con su ligero acento italiano y su voz grave, hacía que quedaras atrapada al momento por su narración. Nunca se había sentido atraída por ningún profesor, con el típico enamoramiento adolescente, quizá porque nunca había tenido un profesor tan atractivo como lo era el padre Hatake. Porque tenía que reconocer que parecía más un deportista que un sacerdote. Más de un metro ochenta, cuerpo delgado pero musculoso, vestía con ropa de calle, informal. Solo una cosa indicaba que era sacerdote: el alzacuellos blanco bajo su camisa negra de manga corta. Aun así resultaba demasiado atractivo para ser un sacerdote. Los curas, según su escasa experiencia, tenían que ser bajitos, rechonchos, ancianos y con gesto agrio, ¿no? Pues debía ser que no. Porque él era completamente diferente a esa descripción. Su pelo plateado corto y sus ojos oscuros enmarcados en unas pestañas tupidas y largas le daban más el aspecto de un pirata que el de un sacerdote.
Cuando llegó por la tarde a su apartamento compartido con una joven griega que estudiaba otro curso diferente al de ella, se dio cuenta de que no se había enterado de nada en toda la mañana. Miró sus folios con apenas escritas unas frases, la mayoría sin final, y no comprendió qué le había sucedido.
El padre Hatake, aquel mismo día, desde el refugio de su pequeña habitación en un piso alquilado, se preguntó qué le había ocurrido esa mañana. Apenas recordaba nada de sus explicaciones sobre el nacimiento de la Iglesia Católica en Occidente. Esperaba no haber dicho ninguna tontería. Estuvo toda la clase perdido en la mirada inocente y algo enfurruñada de su alumna, Sakura Haruno. No paraba de tocarse el alzacuellos. Aquella vez fue la primera vez que le molestó llevarlo puesto, como si no le perteneciese, como si no fuese merecedor de su condición de sacerdote. Se dio una ducha, comió algo y decidió ir a misa de ocho en una iglesia cercana. Solo allí podía pensar en paz. Pero esa vez la paz no le llegó, porque ni siquiera pudo concentrarse en la homilía sin que la imagen de su Madonna apareciera a cada momento destellando en su mente como si siempre hubiera estado allí, escondida y esperando a mostrarse.
Pasaron los días y el trabajo de Sakura se fue acumulando en su pequeño escritorio de madera. Habían transcurrido dos semanas en las que tanto el padre Kakashi como ella se observaban a hurtadillas, temerosos de descubrirse mutuamente. La consecuencia fue que Sakura tenía tres libros pendientes de leer y un trabajo de más de cincuenta folios en el que solo había conseguido poner su nombre en el encabezamiento. Decidió que aquel día después de las clases se quedaría en la biblioteca, estudiando y preparando el trabajo con calma. Todos sus compañeros habían decidido bajar a la playa, hacía un día perfecto para disfrutar del sol y de las frías aguas del mar Cantábrico. No había una sola nube en el cielo, completamente azul, y aunque soplaba un suave viento del norte, eso solo invitaba a salir al exterior más que a quedarse encerrada entre cuatro paredes cubiertas de libros. Sakura examinó con la mirada la biblioteca completamente vacía. Suspiró. Ella no tenía otra opción, o se ponía al día o acabaría suspendiendo. Cogió uno de los libros, abrió una carpeta a su lado y comenzó a leer.
El padre Hatake observó por la ventana de su despacho como los alumnos salían y comenzaban a bajar el camino de tierra que rodeaba la colina sobre la que se erguía la Universidad. Pero no estaba Sakura, lo que quería decir que seguía dentro del edificio. Sentía su presencia como si la tuviera justo a su lado. Supo al instante que estaría en la biblioteca, ¿dónde si no? Les había propuesto varios libros de lectura y encargado un trabajo bastante complejo. Era un curso avanzado, para los mejores de cada Facultad, y Sakura era una de ellos. Con paso decidido se encaminó hacia allí. Entró y al principio no vio a nadie. Se preguntó si su suposición había sido correcta. En ese momento escuchó un pequeño suspiro y volvió a mirar con más atención. Sakura se había situado en una pequeña mesa al fondo, escondida entre dos estanterías de madera cubiertas de libros. Estaba de espaldas a él, y pudo observarla sin temor a que lo descubriera. Su espalda recta y la cabeza ligeramente inclinada sobre un libro. Mordisqueaba la punta del bolígrafo y de vez en cuando tomaba notas. No supo cuánto tiempo pasó así, vigilándola, memorizando en su mente cada rasgo, cada pequeño movimiento de su delicado cuerpo. Ni siquiera recordaba cómo tuvo el valor de avanzar hacia ella. Solo recordaba haberse situado justo a su espalda.
Sakura sintió que una mano le apartaba el pelo que le caía sobre el hombro derecho y supo que era él. Se quedó inmóvil y casi sin respirar. No quería hacer ningún movimiento que provocara que él se apartara. Un dedo le recorrió desde el lóbulo hasta la clavícula con delicadeza, marcándola. Le apartó el tirante de la camiseta y lo dejó caer sobre su brazo. Sakura emitió un pequeño gemido y su corazón aleteó nervioso. Sin embargo, siguió quieta. Él producía ese efecto sobre ella. Temía moverse porque temía que él desapareciese. Su mano cálida se posó en su hombro y bajó hasta el comienzo de su pecho, le apartó un poco más la camiseta y dejó suficiente espacio para que un dedo curioso se deslizara entre la tela de su sujetador y la piel. El dedo rozó levemente su pezón y este se irguió protestando tan poca atención, así que el dedo llamó a otro y entre los dos acariciaron su tibia redondez hasta que esta se convirtió en un botón duro y anhelante. Solo entonces Sakura levantó la vista.
—Kakashi —susurró.
—María —dijo él.
E inclinándose sobre su rostro la besó con calidez en los labios. Ella abrió la boca y exigió más. Él se lo concedió. Sakura apenas podía respirar, ni pensar. Solo podía sentir. Sentía frío. Sentía calor. Quería que la acariciase suavemente. Quería que la tomase con fuerza. No sabía lo que quería. Pero sí lo que deseaba. Lo deseaba a él.
Un golpe de la puerta de la biblioteca al cerrarse hizo que los dos se apartaran asustados y respirando entre jadeos. Solo se escuchaba el sonido del atardecer del verano en el exterior, el zumbido de una abeja, el grito lejano de algún bañista traído por el viento. Ambos permanecieron un momento estáticos, mirándose, pero sin pronunciar palabra alguna.
—Padre Kakashi, ¿es usted? —La voz del bedel de la Universidad se alzó haciendo estallar el silencio.
—Ahora salgo. Solo estaba consultando unos documentos. —Kakashi se asombró de que su voz sonara del todo normal.
—No te vayas —suplicó Sakura susurrando.
Él la miró un momento y, respirando bruscamente, se volvió.
—Espere. Voy con usted.
Kakashi no volvió la vista atrás. Si lo hubiera hecho no habría tenido fuerzas suficientes para apartarse de ella.
Durante los tres días siguientes el padre Kakashi no dio las clases, su lugar lo ocupó otro profesor adjunto, claramente menos capacitado que él. Se le notaba nervioso y no estaba acostumbrado a expresar sus ideas frente a un grupo numeroso de gente. Hablaba en voz baja y la mayoría de las veces mascullando. Con lo que todos los alumnos acabaron frustrados y con la sensación de que había sido una pérdida de tiempo. Sakura la que más. «¿Se está escondiendo de mí?», se preguntó angustiada. «¿Será que le resulto tan repelente que no soporta verme ni siquiera en clase?». Su ánimo, normalmente alegre y dispuesto, fue decayendo hasta que casi le costaba hilar una frase con otra al mantener una simple conversación.
Al siguiente día por la tarde comenzó a llover, y lo que en principio parecía una simple tormenta de verano atraída por el calor de los últimos días, se convirtió en un pequeño temporal. Los alumnos habían abandonado ya la Universidad en dirección a sus respectivos alojamientos y ella se había quedado en la biblioteca, esperando con ansia que él volviera a aparecer. No lo hizo.
Kakashi pasó tres días en el infierno, literalmente. El torbellino de emociones que despertaba su Madonna en él lo tenía desconcertado y claramente excitado durante la mayor parte del tiempo. Se había sobrepasado. Con una alumna. Él no era un hombre libre. Era un sacerdote. Estaba casado con el Altísimo. Había entregado la vida a su servicio. Lo que había sucedido con Sakura no tenía que volver a ocurrir. Nunca. Jamás.
Salió al exterior y caminó bajo la lluvia sin protección alguna, dejando que el agua fresca le calmara y arrastrara parte de su culpa con él, cayendo en charcos oscuros que la tierra seca tragaba en instantes, haciendo que pequeñas volutas de vapor se evaporaran nada más alcanzar la libertad. Cuando bajó la colina y llegó a la calle, se dirigió con paso firme por la carretera en dirección a la playa, con el único pensamiento consciente de alejarse de Sakura. Allí, a la izquierda, se elevaba en un promontorio el cementerio, donde la impresionante escultura del Ángel Exterminador, realizada por Llosep Limona, y construida sobre los restos de la antigua iglesia del siglo XV, dominaba buena parte del cielo de Comillas. Subió con paso furioso hasta pararse justo debajo de la escultura intimidatoria, incluso más ahora con el cielo oscurecido y una furiosa tormenta girando a su alrededor. No había ningún turista fotografiando la escena, todos habían huido de las inclemencias del tiempo, por ello le extrañó escuchar pasos sobre la grava del antiguo cementerio. Entró en el sagrado lugar y dobló la esquina tropezando con una joven de frente. A esta se le cayó la mochila que llevaba precariamente sujeta sobre un hombro y él, mascullando una disculpa, se agachó a ayudarla.
—¡Sakura!
—¿Kakashi?
—¡Señor! ¡Estás empapada!
—Tú también.
—¿Qué haces aquí?
—Me gusta venir aquí. A pensar. Este lugar tiene algo místico que no sabría explicar. ¿Y tú?
—He venido a lo mismo.
—¿A qué?
—A pensar cómo puedo alejarme de ti.
Sakura lo miró con tanto dolor en los ojos que Kakashi se arrepintió al instante de sus palabras.
—¿Y? —Ella pareció recuperar algo de ímpetu con esa única sílaba.
—He descubierto que es imposible.
Sakura abrió los ojos desmesuradamente y un cercano trueno retumbó sobre sus cabezas.
Kakashi no lo pensó más, porque teniéndola frente a él no cabía la posibilidad de pensar con claridad.
—Vamos —le exigió cogiendo su mochila y a ella de un brazo—. Si no te secas pronto cogerás un buen resfriado.
El Ángel Exterminador observó cómo se alejaban y, aunque nadie pudo verlo, una lágrima silenciosa se deslizó por su rostro marmóreo perdiéndose entre la lluvia.
Ella se dejó arrastrar sin mostrar ningún tipo de resistencia. De hecho, si alguien menos preocupado en no mojarse por la incómoda lluvia se hubiera fijado, se habría dado cuenta de que la joven casi levitaba al lado del hombre moreno que la sujetaba con demasiada fuerza, como si temiera que ella fuera a salir huyendo.
Llegaron en pocos minutos al centro del pequeño pueblo, Kakashi se paró en una antigua casa de piedra de dos alturas, abrió una pequeña puerta de madera que daba a la calle y le indicó que pasara. Ambos subieron el primer tramo de escaleras de terrazo levemente canteadas por el uso y llegaron a un rellano con dos puertas.
—¿Dónde estamos?
—En mi apartamento —contestó él.
Entraron en lo que parecía un recibidor con suelo de granito. Una puerta abierta frente a ellos mostraba un pequeño salón, con un sofá tapizado en tela marrón y una televisión antigua sobre una mesa. Al fondo, un escritorio y un ordenador portátil. La puerta de la izquierda era el dormitorio de Kakashi. La hizo pasar allí. Era una habitación sencilla, con una cama individual y un Cristo en madera tallada sobre ella. No había más adornos. Era la celda de un sacerdote. Dentro había una puerta que comunicaba con el baño.
Sakura había comenzado a temblar, por el frío, por el súbito cambio de temperatura o por el calor que sentía junto a él. No lo tenía muy claro.
—¡Estás temblando! Ven. —La empujó al baño—. Date una ducha con agua muy caliente, si no enfermarás.
Y dicho lo cual, se volvió y cerró la puerta tras él.
Sakura se quedó mirando de forma algo estúpida la puerta cerrada no sabiendo muy bien qué hacer a continuación. Finalmente y con un resignado suspiro, se desnudó con dificultad despegando su ropa mojada de la piel y se metió en la ducha.
Kakashi se dedicó a pasear en su pequeña habitación de un lado a otro frotándose el pelo con desesperación varios minutos. «¿Pero qué estoy haciendo?». «Nada bueno», le pareció que susurraba el Cristo sobre su cama. Lo miró detenidamente y por un momento sintió el impulso de descolgarlo y esconderlo en un cajón. No le dio tiempo, Sakura salió del baño solamente envuelta en una enorme toalla blanca bajo sus brazos, con el pelo todavía húmedo goteando sobre su pecho. El corazón de Kakashi se saltó un latido, luego dos, luego tres y después, como si hubiera estado esperando a coger velocidad, se desbocó en su pecho.
—No tengo nada que ponerme —se excusó ella algo atemorizada por la mirada que le había dirigido Kakashi.
—Mio Dio, mi perdoni per quello che faccio —susurró él mientras se acercaba a ella.
Se paró frente a Sakura respirando con dificultad y apretó los puños contra su cuerpo. Evitó mirarla, pero cuando lo hizo y vio el gesto sorprendido y algo atemorizado de su Madonna, ya no tuvo opción. Estaba perdido.
Le cogió el rostro acalorado con las manos, lo levantó hacia él y la besó. La besó como no había besado a ninguna mujer en su vida. Y Sakura fue besada como nunca antes la había besado ningún hombre. Ella entreabrió la boca y dejó que Kakashi tanteara cuidadosamente con su lengua, pero al instante comprobó que la intensidad de él era más fuerte que un simple beso. La arrastró cuidadosamente y la tendió en la cama, todavía envuelta en la toalla.
Él se arrancó el alzacuellos con furia y lo tiró a una esquina de la habitación, donde quedó tambaleándose en el suelo de granito. Se deshizo de su camisa negra y se quitó los pantalones de vestir del mismo color, a la vez que empujaba con los pies para quitarse los calcetines y los zapatos. Se quedó frente a ella en ropa interior. Se detuvo justo cuando sus dedos rozaron la cinturilla de los calzoncillos, ante la mirada de horror de Sakura. Y entonces lo comprendió todo. Y se asombró de no haberlo averiguado antes. Ella era su María, su Madonna, y como tal era virgen.
—Nunca has estado con un hombre, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza, porque temió que las palabras no brotaran de su boca. Había visto algún compañero desnudo e incluso había tenido una o dos relaciones antes, que no habían pasado de algún beso y alguna mano curiosa bajo su camisa. Pero ante ella tenía a un hombre. Un hombre de verdad, con el pecho firmemente cincelado, con una mata de pelo plateado que se perdía en el escondite de su ropa interior. Y sintió que un rubor la cubría por completo, y se avergonzó de ser tan timorata.
—Lo siento —logró decir.
Él sonrió con ternura.
—No tienes por qué sentir nada. Es el mejor regalo que podías hacerme.
—¿Por qué? —preguntó ella ahora con curiosidad. Había creído que a los hombres les gustaban las mujeres experimentadas.
—Porque tú eres María, mi Madonna. No podía ser de otra forma.
—Pero... —se atragantó levemente y carraspeó—, no sé cómo hacerlo. Vamos, en teoría sí, pero yo... yo...
Kakashi se sentó en la cama junto a ella y, mientras le abría la toalla con cuidado, acariciando su piel al hacerlo con dedos firmes y cálidos, susurró:
—No tienes por qué hacer nada. Solo siente. Siénteme a mí. Yo te guiaré. Seré tu maestro. Seré tu Pigmalión y tú mi Galatea.
—¿Galatea? —No entendía la comparación y así lo expresó con la mirada.
—Sí, yo te moldearé hasta convertirte en mujer, solo entonces despertarás a la vida y serás mía, para siempre.
Sakura ya estaba completamente desnuda frente a él, y sin embargo no sentía ninguna vergüenza, era como si toda su vida hubiera estado destinada a ese único momento, a ser amada por Kakashi.
Él se levantó un momento y se quitó los calzoncillos observándola con cuidado. El quedo gemido que emitió Sakura y sus ojos completamente abiertos con las pupilas dilatadas le dio fuerzas para continuar.
—No debes temer nada de mí. Seré paciente y cuidadoso. No te haré daño. Lo prometo.
—No tengo miedo, Kakashi, en realidad estoy deseando que...
—¿Que te haga mía?
—Creo que ya lo soy.
—Tienes razón. Siempre lo fuiste.
Ya no hubo más palabras. El silencio de la habitación los envolvió durante las siguientes horas, hasta el murmullo de la lluvia al caer en el exterior y el repiqueteo de las gotas sobre los cristales quedaron acallados por el amor que comenzó a crearse en la pequeña y oscura celda del sacerdote, bajo la atenta mirada del Cristo crucificado.
Kakashi acarició su piel con delicadeza, cada centímetro de ella fue besado y susurrado con su boca hambrienta. Le deslizó los dedos siguiendo el contorno de su rostro, y bajó por su cuello besándola dónde su vena latía cada vez con más intensidad.
Siguió el descenso acariciando sus brazos largos y delicados, deleitándose en la fragilidad de ella. Besó el comienzo de su pecho y sus costillas, que se mostraban en finas protuberancias sobre su torso desnudo, siguiendo las líneas curvas hasta llegar al ombligo, que se estremeció ante su contacto. Sakura emitió un suspiro entrecortado y abrió las piernas de forma instintiva, deseando que él la acariciara donde latía su deseo.
Pero él solo pasó las manos con los dedos tan suaves como alas de mariposa sobre el contorno de sus caderas hasta seguir por las largas y firmes piernas de ella. Le flexionó una y le acarició detrás de la rodilla, produciendo con ello un estremecimiento que recorrió todo el cuerpo de Sakura. Solo entonces se inclinó y le abrió la carne palpitante entre las piernas, acariciándole el pequeño montículo ardiente. Ella gimió con más fuerza e intentó acercarse a él. Quería tocarlo, sentirlo, acariciarlo como lo hacía él. Pero se obligó a seguir quieta, con los ojos cerrados, perdida en el tumulto de sensaciones que le recorrían cada poro de la piel. Kakashi le besó un pezón y lo acarició con su lengua haciendo que este se irguiera deseando más. Succionó con fuerza y suspiró un aliento cálido entre sus pechos. Solo entonces una mano inquisidora se aventuró en su interior. Un dedo cauteloso comprobando su disposición. Ella se arqueó ante la intromisión y abrió los ojos de golpe, para encontrarse el rostro algo enrojecido y con el pelo revuelto de Kakashi sobre ella. No habló, pero sus ojos le dijeron que estaba a salvo. Con él siempre estaría a salvo. Él le empujó las piernas con la rodilla para situarse sobre ella y sintió su pene erecto rozándole la carne excitada entre las piernas. Y con ese simple roce ella estalló en un grito entrecortado y sintió como sus músculos se contraían y extendían sin que tuviera ningún control sobre ellos. En ese momento Kakashi la penetró, despacio, calculando la presión y la intensidad. Pero ella solo lo sentía a él y se abrió para recibirlo en toda su plenitud. Sin miedo. Sin rechazo. Completamente entregada. Con un empujón un poco más fuerte Kakashi rompió su barrera y ella gritó e intentó apartarse. Él se quedó quieto, pero no salió de su cuerpo. Se tendió sobre ella y le susurró al oído palabras tranquilizadoras. Luego le fue besando el cuello hasta alcanzar un pezón, que friccionó con suavidad hasta tenerla otra vez completamente excitada. Entonces comenzó a moverse en su interior.
Sakura se dio cuenta de que sus brazos tendidos a lo largo de su cuerpo se habían deslizado a la espalda de él y que su cuerpo se movía debajo de él guiándole e instándole. Ya no había dolor, solo otra ola de placer que la recorrió como una corriente eléctrica por todas sus extremidades estallando en un eco de su corazón, repiqueteando como campanas en sus tímpanos. Se arqueó con fuerza, le sujetó las nalgas tensas y lo obligó a poseerla con más fuerza. Solo entonces Piero se dejó llevar y, levantándose apenas sobre sus brazos, gruñó como si le hubiesen arrebatado el alma. Porque su alma fue robada en ese mismo momento, por su joven Madonna tendida bajo él.
Algún rato después, cuando ella estaba tendida sobre su ancho pecho, con un brazo rodeándola por la espalda, se atrevió a preguntar.
—¿Cómo...? —Carraspeó para aclararse la garganta aunque su voz siguió sonando ronca—. ¿Cómo sabías lo que tenías que hacer?
Su pecho retumbó en una risa que no llegó a brotar bajo el rostro de Sakura, que enrojeció de repente.
—No soy virgen, si es eso lo que preguntas. Tuve una novia durante varios meses antes de tomar los hábitos.
—¿Por qué te hiciste sacerdote entonces?
—Porque amaba más a Dios que a ella.
Sakura no se atrevía a hacer la siguiente pregunta, que flotaba entre los dos queriendo ser atrapada.
—Y a mí, ¿me amas? —preguntó casi susurrando.
Él se volvió a mirarla y la abrazó con fuerza.
—¿Cómo podría no amarte?
—¿Por qué?
—Porque siento que siempre te he amado. Que te he esperado sin saber qué era realmente lo que esperaba hasta que te encontré.
—¿Kakashi?
—¿Sí?
—Creo que yo siento lo mismo.
—¿El qué?
—Te amo.
—Lo sé, mi Madonna, lo sé.
.
.
Al día siguiente despertaron con los cuerpos entrelazados, cálidos del sueño que se negaba a abandonarlos. Cuando Sakura abrió los ojos, tenía la mirada oscura de Kakashi fija en ella. La besó con ternura. Y ella se abrazó más a él. Pero Kakashi se apartó con cuidado.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estás algo dolorida. Ahora deberíamos descansar un par de días por lo menos.
—No me duele. Estoy bien —protestó ella.
—Eso es lo que crees, pero si intento hacerte el amor ahora sentirás dolor. Y no quiero que eso ocurra. No quiero que sientas dolor conmigo, solo quiero darte placer. Solo quiero amarte.
—Pero besarme puedes, ¿no? —insistió ella con el deseo recién descubierto y decidida a disfrutarlo todo lo que pudiese.
—Puedo hacer eso y otras cosas —sonrió él. Y bajando el rostro le besó el cuerpo haciendo que ella volviera a estremecerse. No una, sino dos veces más.
Las horas pasaron comiéndose a los días y estos a las semanas. Kakashi y Sakura vivieron su amor prohibido entre clases y tardes a solas en la biblioteca, escondiéndose entre las estanterías de libros y amparándose en los recovecos del bello edificio de la Universidad, entre columnas, esquinas y despachos cerrados. Por las noches ella abandonaba su apartamento protegida por la oscuridad del verano, que cada día les daba unos minutos más de tiempo para estar juntos y amarse en la pequeña cama de la celda del padre Kakashi. Si alguien lo supo, fue fiel a su amor y se mantuvo en silencio.
Sus compañeros algunas tardes bajaban a la playa e incluso una o dos veces Kakashi les acompañó, disfrutando de estar junto a ella sin esconderse, aunque ocultando sus sentimientos.
—A los curas les tendría que estar prohibido estar tan buenos —exclamó una compañera viendo como Kakashi se lanzaba de cabeza al agua cuando una ola llegaba lamiendo la orilla con furia contenida.
Sakura no contestó, pero observó detenidamente a su amor prohibido, deleitándose en su esbelto cuerpo y su atractivo rostro cubierto por el agua salada del frío mar Cantábrico. Tenía razón, debería existir una ley que lo prohibiera. Su compañera no notó nada inusual, ella estaba observando con la misma intensidad al padre Hatake.
No habían hablado del futuro. Ambos se concentraron solo y exclusivamente en disfrutar de sus encuentros furtivos y robados al tiempo. Lo que ambos no sabían era que no hablaban del futuro porque no había un futuro para ellos.
Algún fin de semana salió con sus compañeros a tomar unas copas, pero siempre desaparecía la primera, aduciendo el cansancio de la semana, e iba corriendo y cuidando de que no la descubrieran al apartamento de Kakashi.
Una noche él la reprendió:
—Mi Madonna, tienes que salir más, debes disfrutar con tus compañeros en vez de estar encerrada aquí conmigo.
—Podrías venir con nosotros alguna vez —propuso ella.
—Eso es imposible. Además de las clases tengo otras obligaciones y lo sabes. Incluso soy demasiado mayor para seguiros el ritmo.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó de improviso Sakura. Ni siquiera se le había ocurrido pensarlo.
—Treinta y siete. Podría ser tu padre.
—No, yo tengo veintiuno.
—Podría. Créeme.
—¡Ah! Entiendo. —Y ella enrojeció profundamente.
—Vamos, mírame —exigió él volviéndola para encararla directamente—. No ha habido ninguna mujer desde que me ordené. Y no habrá ninguna más después de ti.
—¿Qué vamos a hacer, Kakashi? Cuando el curso termine y tú vuelvas a Roma y yo a Madrid. ¿Qué va a ser de nosotros?
—No lo sé, mi amor. No lo sé. Solo sé que no dejaré que te separen de mí —aseveró, y la abrazó con fuerza. Pero ni él mismo sabía qué iba a ocurrir en el futuro, que se acercaba peligrosamente.
Kakashi notó la desazón que había comenzado a crecer en Sakura.
—¿Te gusta bailar?
—Sí, creo que sí, como a todos, ¿no? ¿Por qué?
—Porque no puedo ofrecerte una cena en un restaurante, ni una salida romántica a un bar de copas, ni a una discoteca, pero puedo ofrecerte un baile, ¿quieres?
—Sí.
Kakashi conectó su iPod a los altavoces y seleccionó una canción. La voz ronca de Zucchero cantando Il Volo inundó la pequeña habitación. Él la cogió en sus brazos y, abrazándola con cariño, giró con ella en el espacio reducido. No hizo falta luces de neón ni gente a su alrededor, ellos dos se bastaban.
—¿Entiendes lo que dice? —susurró él a su oído.
—Apenas.
Entonces él comenzó a traducir suavemente, con cuidado de no sobrepasar la grave voz de Zucchero: «Te di mi amor y no lo olvides, mi corazón y mi alma... cuando el amor te implore abrázalo, abrázalo... este amor tan inmenso te doy, abrázalo...».
A partir de entonces aquella preciosa melodía se convirtió en su canción, y Sakura se sorprendía a sí misma cantándola a todas horas, tanto en presencia de otras personas como en soledad. Pero sobre todo se la cantaba a él, en las noches oscuras, en las que compartían todo lo que eran, todo lo que tenían.
Quedaba una semana para que acabara el curso. El cálido verano estaba desapareciendo dejando paso a días cada vez más cortos y frescos, y el pequeño pueblo se fue vaciando de estudiantes y turistas para retomar el ritmo tranquilo del otoño. Sakura subió las escaleras que daban al apartamento de Kakashi y entró con la llave que él le había facilitado. Lo encontró haciendo las maletas.
—¿Qué ocurre? —preguntó sobresaltando a Kakashi, que dio un respingo y se enderezó de repente.
—Me han llamado. Tengo que acudir a Roma. Creo que nos han descubierto. —El tono de él era preocupado, pero su rostro estaba sereno.
—¿Cómo...?
—Creo que no hemos sido del todo discretos. Puede que no conozcan toda la historia, pero lo principal lo saben. Eres mi alumna, yo soy tu profesor, pero además estoy casado, mi Madonna. Estoy casado con Dios.
—¿Qué vas a hacer? —Sakura expresó la pregunta con temor.
—Intentaré solucionarlo.
—¿Cómo vas a hacerlo? —Ella estaba crispada, nunca conseguía una respuesta certera de Kakashi.
—Como mejor pueda.
—Pero ¿volverás?
—¿A qué te refieres?
—¿Colgarás los hábitos? A eso me refiero —dijo ella cruzando los brazos sobre su delgado cuerpo.
Kakashi se pasó la mano por el pelo y soltó un hondo suspiro.
—Lo haré, Sakura. Lo haré si eso es lo que tú deseas. Pero no tengo nada que ofrecerte. Ni siquiera sé si podré encontrar un trabajo como profesor después de esto.
No fue lo que expresó lo que asustó a Sakura, sino que utilizara su nombre real.
—No me importa que no tengas nada. Solo te quiero a ti. No deseo nada más.
Él se acercó y la abrazó con fuerza.
—Prométeme que volverás. Prométemelo.
—Te lo prometo, mi amor. Nunca te dejaré.
Cuando Sakura despertó por la mañana, Kakashi ya se había ido.
Se concentró como pudo en las últimas clases y terminó el curso con excelentes calificaciones. Cuando volvió a Madrid, Kakashi no había regresado. Intentó llamarlo varias veces, pero su teléfono siempre le daba apagado o fuera de cobertura, y comenzó a odiar con mucha intensidad la voz grabada que le indicaba que su amor no quería contestar a sus llamadas.
En el mismo instante en que Sakura cruzó las puertas de su casa en Madrid recibiendo todo el cariño de su familia arropándola, rompió a llorar sin poder soportar un momento más el estar separada de él. Todos se volcaron en ella, su madre, en un esfuerzo inútil, le preparó día tras día su comida favorita y su padre volvía antes del trabajo, pero ella no contó nada a nadie. Solo explicó vagamente que había conocido a un chico y que ahora él se había ido a su ciudad. Solo su hermana, la que compartía las noches con ella y escuchaba hora tras hora en la oscuridad el quedo lamento de Sakura consiguió descubrir lo que verdaderamente había pasado. Solo a ella se lo confesó, porque entre ellas nunca había habido secretos. Y su hermana se convirtió en el consuelo de sus noches solitarias, mientras lloraba con amargos sollozos y dejaba que Temari le acariciara la cabeza y la espalda hasta que se dormía en sus brazos. Cuando conseguía que Sakura por fin descansara, ella se tumbaba en su cama con un solo pensamiento en la cabeza.
—Lo mataré. Si algún día lo tengo frente a mí, juro que lo mataré.
A miles de kilómetros de distancia, en la minúscula pero poderosa Ciudad del Vaticano, en uno de los múltiples despachos de la curia dos hombres discutían en italiano gesticulando y enfrentando sus miradas con furia.
—¿Cómo has podido ser tan imbécil de dejarte seducir por una jovencita? — exclamó el Obispo Hatake.
—No me he dejado seducir por nadie. La amo —respondió Kakashi.
—¡Olvídate de esas palabras!
—No lo haré. Quiero la secularización. Volveré a España y buscaré trabajo como profesor.
—¿Crees que lo conseguirás? Siempre te consideré un hombre juicioso. Pero estás actuando como un estúpido. No sabes el daño que hará eso a tu familia. Todos teníamos grandes esperanzas puestas en tu futuro. El Papa, ¡Bendito sea!, está enfermo y pronto habrá cambios. Sabes perfectamente que yo mismo te eduqué para que hicieras carrera en la Iglesia.
—No quiero ser un político de Dios. Para eso ya estás tú, querido tío —respondió con amargura Kakashi.
El Obispo Hatake cambió de táctica viendo la terquedad de su sobrino favorito.
—¿Crees que a ella le estás haciendo un favor? Mírate, eres un hombre de casi cuarenta años, y ella solo una niña. Le destrozarás la vida. ¿De verdad crees que ella se lo merece?
—Ella me ama. Me ama. Lo sé —afirmó furioso Kakashi.
—Eso es lo que te ha dicho, pero los jóvenes son volubles. En cuanto empiece su nuevo trabajo encontrará a un hombre de su edad, se enamorará y si Dios lo quiere formará una familia con él. Seguro que ya apenas te recuerda. Para ella solo has sido la aventura excitante del verano.
—No hables así de ella. —Kakashi apretó los puños y dio un golpe fuerte sobre la mesa de madera maciza, que se tambaleó ligeramente por el impacto.
—Si no sigues los dictados de la Iglesia, yo mismo me aseguraré de que ninguno de los dos tengáis futuro. ¿Es eso lo que quieres? Me has dicho que es una joven de brillante futuro. Me has dejado claro que no te importa perder el tuyo, pero ¿arriesgarías el de ella?
—¿Me estás amenazando?
—¡No me insultes, Kakashi! Un obispo nunca amenaza.
—Ahora lo estás haciendo. Me dices que si no la dejo, te encargarás de arruinar su futuro, ¿me equivoco?
—Piensa lo que quieras. Ya eres adulto para saber cómo funciona esto.
—¡Maldito seas! ¡Ojalá te pudras en el infierno! —soltó abruptamente Kakashi saliendo de la estancia.
Pero el Obispo Hatake no reaccionó ante el insulto. Él era Obispo de Roma, y por lo tanto estaba seguro de que tras su muerte le esperaba el Reino de los Cielos.
Dos días después Sakura recibió la última llamada que le haría Kakashi en siete años. Ella contestó con tanta ilusión que creyó que su emoción traspasaría las ondas y le llegaría a Kakashi como una caricia.
—¿Sakura?
—¿Sí?
—Verás. Las cosas se han complicado. No voy a poder regresar a España. Es difícil de explicar. Finalmente he aceptado un puesto de profesor en la Univerzita Karlova de Praga para el próximo año. —Kakashi se había negado a seguir carrera política y lo único que pudo conseguir para huir de Roma fue la plaza en Praga. Le pareció un sitio lo suficientemente lejano para que la tela de araña que estaba tejiendo su tío, el Obispo Hatake, no lo alcanzara ni a ella ni a él.
—No me importa. Iré allí. Ya me buscaré algo. Puedo decir que necesito un año sabático o algo así —contestó Sakura sin entender todavía el propósito de la llamada.
—No. No quiero que vengas. —Kakashi creyó que se atragantaba al pronunciar esas palabras.
—¿Por qué?
—Porque no.
—¿Me estás dejando, Kakashi? —Sakura lo susurró con tanto dolor en su voz que él sintió la necesidad de alargar su mano y tocarla. Sin embargo, respiró hondo y pronunció su condena y su castigo.
—Sí.
—Pero... —Las palabras se perdieron en el teléfono, que indicaba que la comunicación había sido cortada.
Sakura intentó recuperar la llamada, pero el teléfono siguió señalando una y otra vez, día tras día, con la insidiosa voz de la operadora, que se encontraba apagado o fuera de cobertura.
Y todo terminó.
Y Sakura en ese mismo momento perdió algo que nunca llegaría a recuperar del todo.
Su vida.
