No voy a conversar éste tema otra vez, Konoha.

No vengo a conversar, Akaashi. Vengo a advertírtelo una última vez.

Akaashi sentía su rostro aún húmedo por las lágrimas, la angustia y el dolor anidando en su pecho como un tumor que crecía sin detenerse; Konoha, a sus espaldas, se había acercado un poco más a su posición entre los árboles, pero no había invadido su espacio. Probablemente era capaz de percibir el estado en el que se encontraba, y aún así…

Entonces, habla y vete.

Ese humano será tu perdición. Te estás alejando, te estás perdiendo en su camino. Y no soy el único que está preocupado por tu bienestar.

No me he perdido, en realidad he encontrado mi camino. Agradezco su preocupación, pero soy plenamente consciente de mis decisiones.

No, no lo eres. Eres joven, es normal que seas impulsivo y te dejes llevar por la intensidad de los seres humanos.

Konoha se acercó un poco más y Akaashi lo sintió a sus espaldas. Pese a ello, no volteó a encararlo.

Ellos viven muy poco tiempo. Todo lo asimilan vehemencia, apenas piensan. Quizás no seas algo pasajero en su vida, pero él sí lo es en tu existencia, Akaashi.

No.inspiró profundamente, intentando contener el enojo y la exasperación que volvía a sentir. Aquello se volvía reiterativo.No es algo pasajero para mi, pero si tanto les incomoda, partiré.

Akaashi…¿qué estás diciendo? ¿Has perdido la razón? ¿Cómo puedes siquiera pensar que…?

El bosque estaba sumido en apariencia en un profundo silencio, pero en realidad no era así. A los alrededores del territorio que ocupaban los Elfos, cientos de criaturas de distintas especies se movilizaban, algunas para huir a las profundidades del bosque y protegerse, otras para acercarse a la ciudad en llamas. Para ellos, eran ya fácilmente audibles los sonidos de la batalla entre los humanos pese a que se hallaban bastante lejos del foco del conflicto. Konoha posó tímidamente una mano sobre su hombro, presionando apenas.

Jamás te daríamos la espalda.

El tono suave y tranquilo de Konoha confundió un poco a Akaashi; en esos momentos, no podía distinguir qué intenciones tenía realmente al haberse acercado allí, porque la congoja e incertidumbre nublaban su juicio. Aún así, no alejó su mano ni rechazó sus palabras, sintiéndose indefenso en esos momentos.

Entonces acéptenlo. No te pido que lo integres como uno más, sólo...déjalo vivir aquí, conmigo.

Akaashi volteó finalmente, sintiéndose un poco más valiente en esos segundos. La expresión de Konoha parecía sinceramente preocupada, su ceño fruncido, al igual que sus labios. Observó sus ojos largamente, buscando algún rastro de duda en ellos.

El humano priorizó a los suyos, Akaashi. Lo siento, lo oí.

Pero volverá. Volverá a mí, lo sé.

Tu abnegación me pesa en el alma, Akaashi.

La mano que descansaba en su hombro lo sacudió levemente, apretando un poco más. Una sonrisa trémula se dibujó en los labios de Konoha en ese momento, contagiando un poco a Akaashi pese a que su mente y corazón estaban en otra parte, muy lejos de allí.

Cuando vuelva, tendrá su lugar aquí. Personalmente me aseguraré eso.

Gracias. Gracias, yo…

Akaashi alcanzó a jadear, el aire escapando de sus pulmones. No, algo había literalmente aplastado su pecho, lo había atravesado de lleno allí donde sabía descansaba su corazón. El dolor era lacerante, agudo, desmedido. Con una mano temblorosa, alcanzó a tocar la superficie de su torso y a observar su mano buscando la sangre que estaba seguro allí había.

Pero no había nada, la palma de su mano impoluta, su túnica intacta.

¿Akaashi?

Las extremidades de su cuerpo se rindieron antes de que su mente lo hiciera; sus piernas se sintieron repentinamente inútiles, laxas. Cayó de rodillas hacia delante, frente a Konoha, sin poder sostenerse por más tiempo de pie.

Y las lágrimas brotaron solas de sus ojos mientras un grito estrangulado surgía y se perdía en su garganta, el suplicio cubriéndolo todo. La vida escapaba de su cuerpo, su existencia volviéndose diminuta, diluyéndose.

Estaba perdiendo la consciencia.

¡Akaashi!

Era inútil. Oía a Konoha tan lejos que ni siquiera podía reconocer su ubicación pese a que sabía, se hallaba a centímetros suyo. Tampoco podía contestarle, simplemente porque su boca no podía abrirse, el aire no ingresaba a su cuerpo y no alcanzaba a hilvanar un pensamiento coherente, todo oscuridad y aflicción.

Bokuto. Se trataba de Bokuto, no le cabían dudas. Cerró los ojos, dejando de luchar contra la sensación opresiva, el dolor multiplicándose por momentos en su pecho. Oyó más voces a su alrededor, alguien lo sostenía. ¿Con quién había estado hablando? ¿Había estado con otro Elfo antes de caer al suelo?

¿Estaba en el suelo?

Bokuto...mer mela…

Akaashi, vuelve a nosotros. Controla tus emociones, corta el lazo.

Q-Qué…

¿De quién era esa voz?¿Quién apretaba su mano tan fuertemente, quién sacudía así sus hombros? Oyó otra voz. Aquello no era un canto, era un hechizo. Alguien estaba intentando atar su alma a su cuerpo, tan inútil, tan tarde para hacerlo…

Tienes que desligarte del humano, ahora. Estás muriendo, te está arrastrando con él.

No puedo...no...no quiero hacerlo. Déjenme reunirme con él.

Fue lo último coherente que alcanzó a decir antes de que la oscuridad lo cubriese. Ya no oía ninguna voz, ya no sentía el tacto de aquella mano cálida que lo había sostenido. Aún así, se sentía relativamente tranquilo. El dolor se había disipado un poco, su pecho aún ardiendo, atravesado quizás por una lanza invisible. Su respiración seguía siendo dificultosa, pero el aire había vuelto a ingresar en sus pulmones nuevamente.

Había una esperanza, un atisbo de luz en aquella penumbra que representaba la muerte.

Con ese único pensamiento claro, Akaashi encontró fuerzas donde no tenía. Nuevamente, oyó el cántico en élfico, la voz que prácticamente le gritaba en la cara y la mano presionando la suya. Bruscamente, tomó una bocanada de aire y abrió los ojos, presionando todavía más la mano gentil que intentaba darle fuerzas.

Konoha, hermano mío, debes ayudarme.

¡Akaashi! Por todos nuestros ancestros, me va a dar un ataque. ¡Tú, deja de cantar, ha despertado!

Akaashi no tuvo tiempo ni fuerzas para voltear y ver a quién le había gritado porque tampoco podía reconocer la voz del otro Elfo. Guardándolo en su memoria para agradecerle después, presionó la mano de Konoha con mayor ahínco para que su atención se fijara nuevamente en él.

Óyeme bien. De esto depende mi existencia.

Dilo y será hecho.

Salva a Bokuto, ayúdalo.la expresión de Konoha se torció al oírlo, pero no lo interrumpió.Sálvanos, te lo ruego. No puedo hacer nada por él ahora, yo…

Que tu corazón descanse. Éste hermano tuyo se hará cargo de todo.

Gracias. Te estaré eternamente agradecido por esto.

Y Konoha fue testigo por segunda vez en pocos minutos de como Akaashi perdía el conocimiento. Su mano se volvió laxa entre sus dedos, pero la expresión de su rostro estaba más relajada que antes, su respiración acompasada. Lo observó durante largos minutos; ofuscado, bufó y realizó una seña con la mano que tenía libre y los Elfos que los rodeaban los dejaron a solas, sus pasos silenciosos fuera del recinto donde Konoha había transportado el cuerpo de Akaashi en plena crisis.

Intentó controlar sus propias emociones mientras observaba el semblante apacible de Akaashi; si él estaba sufriendo el dolor de aquel humano, el resto sufría el doble al no poder aplacarlo. Impotente, había tenido que presenciar el momento exacto en el que supo que Akaashi moriría. Lo vi claro ante sus ojos, incluso por unos segundos, había dejado de respirar.

La consternación y la angustia se hicieron nuevamente presentes en su corazón. ¿Cómo era posible que Akaashi, el Elfo más sensato, juicioso y prudente de su generación, hubiese terminado de aquella manera tan bochornosa? Enamorado de un ser humano, ni más ni menos. Cuando un atisbo de aquella desgracia se había dejado entrever en el rostro ajeno cuando años atrás Akaashi le había comentado su encuentro con aquel niño perdido en el bosque, Konoha había querido malinterpretar la expresión anhelante y alegre, la voz contenida en emoción y las manos apretadas entre sí en un gesto claro de ansiedad.

Era sólo un juego, una curiosidad pasajera, se había dicho Konoha. Akaashi nunca había tenido contacto real con un ser humano y era obvio que se sentiría atraído por ellos, criaturas insulsas pero inofensivas para ellos.

Sin embargo, tan sólo pocas primaveras después, Akaashi había vuelto con el mismo cuento del niño que ahora ya estaba deambulando el trayecto hacia su rápida y prematura adultez. La emoción en el Elfo ahora parecía ser mayor que la de antaño y, conforme las estaciones se sucedieron y repitieron, una y otra vez, Konoha fue testigo no silencioso del camino peligroso al que Akaashi se estaba metiendo, porque había tenido a bien advertírselo muchas veces, discutir e intentar evitar que lo siguiera frecuentando, todo por su bien.

Pero había sido inevitable, el destino estaba escrito. Cuando Akaashi finalmente le había relatado el sentimiento de dicha y pesar simultáneo que había experimentado al percibir el lazo formado entre su existencia eterna y aquella vida mortal, Konoha supo que estaba perdido.

Sin embargo, que su amigo estuviese recorriendo el peor camino que podía elegir no significaba que Konoha iba a quedarse de brazos cruzados y permitir que su paso por aquel mundo terminara tan rápido.

Tú vas a morir de pena, y yo del disgusto, maldito mocoso enamorado.

Soltó la mano de Akaashi posicionándola delicadamente sobre su vientre, encima de la otra que allí descansaba. Se aseguró de que su semblante siguiese igual de tranquilo, su respiración regular y apacible. Salió de aquel recinto y se dirigió exactamente al mismo lugar donde Akaashi había colapsado, sus pasos apenas emitiendo un leve sonido al aplastar las hojas secas, su túnica ocre ondeando sutilmente al ritmo de su caminata.

Ya había percibido la entrada de intrusos al bosque hacía un par de minutos, y se dirigían hacia allí. No cabía la menor duda de que aquel humano tenía un dios aparte, además de Akaashi.

Aguardó pacientemente la llegada de los tres individuos. Dos llevaban a un tercero, y uno de ellos producía tanto ruido que podría haberlo oído desde el otro lado del bosque; sin lugar a dudas, ese era otro humano. La otra criatura pertenecía al bosque, a las profundidades de las cuevas subterráneas, lejos del territorio de los Elfos. Le resultó extraño y sospechoso que estuviese ayudando a los humanos, pero en cierta manera, también gratificante. En tiempo de crisis parecía no haber diferencias entre las especies.

Alto ahí.

Habló fuerte y claro, casi gritando para que el humano también pudiese oírlo. Aún, sus ojos no alcanzaban a divisarlos en medio de la oscuridad reinante entre los árboles, pero no era necesario. Los pasos se detuvieron a unos 30 metros de su posición, quedando todo en absoluto silencio otra vez. Luego de unos segundos de escucharlos susurrar, la criatura se acercó con paso lento, pausado.

Iarthro. Hemos venido y nos iremos en paz.

Conozco el propósito de tu llegara, habitante de las grutas.

Entonces, ayúdalo.

La expresión en el rostro de aquella criatura era un poema, y no era por el sólo hecho de que tenía manchones de sangre por todos lados. Su semblante demostraba ansiedad, preocupación, incertidumbre. Estaba realmente desesperado, pero había sabido mantener la calma frente a él. Konoha suspiró, elevando el mentón y arqueando las cejas, ya molesto nuevamente.

Tráelo ante mi.

Aquel hombre no se lo pensó dos veces; desapareció tan rápido como había aparecido ante él y entabló una nueva conversación con el otro humano que ahora cargaba sólo con el compañero de Akaashi. El sólo pensamiento, la aceptación de aquel hecho, enervaba el ánimo de Konoha un poco más, pero ya no había tiempo ni energías para gastar en oponerse. Era el momento de actuar, no de quejarse.

Mientras oía reanudar la marcha frente a él, Konoha elevó una mano por encima de su cabeza; detrás suyo, un par de compañeros se habían acercado, preocupados también por su rumbo. Luego, enlazó ambas manos y dio uno, dos pasos hacia delante.

Su expresión ofuscada cambió a una de asombro e inquietud cuando finalmente los tres estuvieron frente a él. El otro humano también tenía sangre cubriendo su armadura, su piel, pero estaba claro que no era suya. Dio un paso más y estiró una mano, apenas rozando la cabeza del tal Bokuto, aquel humano impetuoso y salvaje. Su vida pendía de un hilo; inconsciente, con la tez antinaturalmente pálida y un agujero en el centro del torso, Konoha realmente creyó en los milagros al ver su pecho elevarse y deprimirse en una respiración irregular, pero firme. No todo estaba perdido. Rápidamente, evaluó la herida a grandes rasgos y supo cómo debía proceder a continuación.

Ante un movimiento de su cabeza, los Elfos que lo custodiaban se acercaron y tomaron el cuerpo inconsciente del humano moribundo, desplazándose hacia el interior del valle. El otro humano hizo el ademán de seguirlos, pero Konoha se lo impidió deteniéndolo con un brazo frente a él.

Su camino ha llegado hasta aquí. Ahora, deben abandonar el bosque.

Es mi amigo, quiero saber cómo de mal está realmente.

Ya no es tu asunto, Edain.

Qué carajos es eso.

Iwaizumi, espera.Kuroko dio un paso al frente, intentando calmar las aguas.- Sólo está preocupado por el humano, es de los nuestros.

Ya no.

Al oír el tono altanero y despectivo de Konoha, Iwaizumi intentó aproximarse otra vez; Konoha no retrocedió, se limitó a observar el forcejeo mudo que tenían entre ambos, humano y criatura.

Ahora es de los nuestros. Váyanse, ahora. No voy a repetirlo.

Gracias, Iarthro.

No lo hago por ustedes.

Konoha dio media vuelta sin aguardar respuesta. No tenía tiempo que perder en el juego de niños que aquellos dos estaban haciendo en mitad del bosque, espectáculo de bestias insípidas. Tenía asuntos más importantes que atender en ese momento.

¿Por qué dejas que se vaya así, sin más? Maldita sea.

Iwaizumi, ¿te has vuelto loco o qué mierda te pasa? Eso que viste ahí.Kuroo señaló el punto en el que los tres Elfos habían desaparecido junto a Bokuto, internándose en el bosque nuevamente.Son Elfos. El que nos mandó a la mierda es Iarthro, es el puto hechicero de los Elfos, dueño de la Luz.

¿No que los hechiceros eran otra cosa?

No entiendes alegorías ni metáforas, ¿verdad? Ahora entiendo por qué Bokuto es tan idiota. Es de la especie.

Controla lo que dices. Estará bien, ¿no es así?

Kuroo comenzó a desandar el camino hecho hacia los límites del bosque, un tanto apesadumbrado. Iwaizumi lo siguió por temor a perderse allí dentro en la penumbra, pero a decir verdad, sus ánimos estaban ya por el suelo. No tenía deseo alguno de mover un músculo. Recordó la torre del castillo incendiada y supo que habían perdido incluso antes de poder luchar. Iba a tener que abandonar la ciudad, pero ¿adónde iría, qué haría a continuación?

¿Qué rayos iba a hacer con Oikawa?

Está en las mejores manos. Si hay alguien que puede salvarlo, es ese sujeto.

Que así sea. ¿Qué harás ahora?

Llegados al límite mismo donde el bosque dejaba paso a un prado que conducía a la ciudad, ambos miraron al frente. Desde lejos, el panorama era como mínimo, desolador. Más de la mitad de la ciudad aún estaba en llamas, la otra mitad expulsando humo y cenizas. No se oía otra cosa que no fuera el crepitar del fuego. Ningún grito, ningún choque de espadas. El castillo seguía humeando, ahora en más de una torre.

Debo irme.la voz grave de Kuroo espabiló a Iwaizumi, quien ladeó el rostro para ver el del otro. Quizás sus emociones se veían reflejadas en los ojos de aquella criatura a la cual llamaba amigo. Carecían del brillo habitual, sus ojeras más pronunciadas que antes

¿Volverás a la profundidad del bosque?

Iwaizumi, debo irme de aquí.

En ese momento, sus miradas se cruzaron e Iwaizumi comprendió lo que realmente le estaba diciendo. Recordó bruscamente la charla fugaz que habían tenido antes que todo aquello les estallara en la cara. Oikawa. Sus secretos, el miedo de Kuroo. La incredulidad y las dudas de Iwaizumi volvieron otra vez al presente, aplastándolo un poco más. Kuroo estaba hablando de desaparecer. Irse de la ciudad a la que no pertenecía y del bosque en el que ya no se sentía seguro.

Otra vez, se percató que Bokuto no era el único que iba a despedirse para siempre aquella noche de un ser querido.

Nos volveremos a ver. Tenlo por seguro.

Sí, en otra vida.Kuroo alcanzó a esquivar el golpe que Iwaizumi intentó propinarle, ambos riendo.No sé cuándo podrá ser, pero también estoy seguro de que así será. ¿Qué harás tú?

Creo que eso es obvio.

Suerte con eso.

Luego de unos segundos, Kuroo abrazó rudamente a Iwaizumi, atrayéndolo. Éste palmeó violentamente su espalda resistiendo el impulso de llorar que había estado conteniendo hacía horas. Luego de un parpadeo, ambos se separaron y Kuroo volvió a colocarse la capucha de su capa oscura, esquivando su mirada.

Que te sea leve, Iwa-chan.

Muérete, cabra estúpida.

Ya quisieras.

Iwaizumi aún no comprendía cómo todas aquellas criaturas se desplazaban tan veloz y sigilosamente. Kuroo desapareció en cuestión de segundos por el camino contrario a la ciudad. Iwaizumi se quedó mirando el punto donde éste había desaparecido por un par de minutos, la mente en blanco. Luego, volteó el rostro hacia el bosque, silencioso e inmenso.

Exhaló el aire que había estado conteniendo y sus pasos se dirigieron colina abajo, hacia la ciudad incendiada. Tenía el mal presentimiento de que allí encontraría a Oikawa.