Espero sea de su agrado.


—Debes abandonar este castigo que te has impuesto, debes ver que ya nada de lo que fue volverá a ser. Debes comprender que la verdadera pureza que siempre residió en tu interior es lo único que necesitamos de ti. Vuelve. Escucha las voces que imploran tu bienestar… Escucha las voces que te aman… Escuchame.

El silencio perene y profundo se mueve una vez más. Late inquieto y tímido, desconfiado de lo que no ve y sabe que existe, se agita ante la primera exhalación. El vacío cobra formas, el silencio se aleja para abrir el camino. Al fin.

Aioros sostenía su mano mientras observaba como el rostro de Saga se desfiguraba cuando los temblores que su voz le producían parecían ser demasiados intensos para soportarlos. Pero el castaño no claudicaría ante el pánico, no cuando al fin la ilusión de volver a ver esos ojos brillosos se volvía con cada espasmo, una realidad.

—Saga… despierta, por favor.

Aioros apretó la mano del hombre que ama entre las suyas mientras la acercaba a sus labios, depositando un beso que acaso restauró cual leyenda, la vida en el cuerpo del Santo de Géminis. La mano que un mantiene apresada, presionó con fuera buscando entrelazar los dedos, la piel se deslizó ante el contacto harto conocido, aquel que hubiera recorrido hasta lo inaudito su propia piel, la que conocía como nadie. Y la chispa se encendió, como un vendaval de fuego que recorrió rauda por cada fibra de su ser. Saga luchó con el dolor buscando aquella otra llama que lo encendiera por completo.

Y Aioros lo sintió.

Y la felicidad se apoderó de él mientras elevaba su cosmos en perfecta sincronía con su acompañante. Como el ayer, la dulce primera vez. Respiró hondamente mientras se dejaba inundar por el cálido cosmos de Saga, ese magnánimo, casi divino, que poseía el guardián de la tercera casa, tan poderoso como lo recordaba. Y quizás más.

Y el suyo flotó más, brilló de júbilo al reencontrarse con el vinculado, el amado y extrañado.

Cuando las sensaciones mermaron un poco en intensidad y el castaño pudo despegar sus ojos pletóricos y su rostro jadeante, se halló con la mirada de Saga anclada a él, lucía cansada y el brillo que le caracterizaba era tenue, pero aún estaba ahí, y para Aioros era suficiente, él se encargaría de volver a elevar ese esplendor en sus irises.

Sonrió, observando que no solo era su mirada, el rostro de Saga al completo parecía cansado, pálido y anguloso. Con ojeras que surcaban oscuras debajo de sus ojos y labios secos que se partían en las comisuras; y aun así, el gemelo mayor era hermoso. Aioros soltó una de sus manos del fuerte agarre al que mantenía a la del peli azul, para acariciar con delicadeza su mejilla, suspirando de alivio cuando este no rechazó el contacto, por el contario, cerró sus ojos largando un imperceptible suspiro al dejarse mimar.

Al fin estaban todos juntos. Al fin lo tenía con él nuevamente.

—Al fin despiertas.

— ¿Esperaste por mí todo este tiempo?

La intensa voz de Saga resonó en el centro de su cosmos, Aioros comprendió que el gemelo no tenía fuerzas aún para hablar.

—Esperaría por ti todo la eternidad, Saga.

— ¿Aun después de lo que hice?

— ¿Acaso no luchaste lo suficiente?— Aioros se sentó a la orilla de la cama—Te levantaste para pelear por todos nosotros, para evitar que el mundo cayera en manos del enemigo. Luchaste por Athena, cargando el peso de saberte un enemigo, Saga, somos humanos y los Dioses lo saben, no te culpes más porque ellos creen que pueden destruirnos.

—No fui lo suficientemente fuerte para evitar el destino que Ker nos impuso, ni siquiera pude ayudar a mi hermano.

—Kanon también tuvo su propia redención, y ambos esperamos por ti.

—Aioros, hace tiempo te hice una promesa que no pude cumplir, no merezco nada de ti.

—Yo decidí, ahora te toca a ti… y no soy el único—dijo al tiempo que le sonreía ampliamente.

La resonancia dorada invadió al completo el cuerpo de Saga; la Armadura de Géminis llamaba a su dueño.

Hubo silencio. Saga se removió buscando incorporarse, revitalizado y conmovido por la energía que le brindaba su armadura, aun así, todavía no era suficiente. Cada músculo vibraba por el esfuerzo que tal acción conllevaba, se sentía patético por la debilidad que experimentaba, pero no cedería, Géminis y el propio Aioros le estaban entregando de su vitalidad. Logró sentare quedando a escasos centímetros del castaño, del rostro que soñó durante más de trece años de encarcelamiento mental. Nada había cambiado, los sentimientos estaba ahí, más vivos que nunca, y eso lo comprobó cuando los brazos de Aioros se movieron con rapidez atrapándolo en un abrazo apretado. Necesitado. Luchó contra la culpa y sus faltas, luchó contra todos los pensamientos negativos que se arremolinaban con fiereza en su interior. Sus sentimientos se supieron vencedores cuando el fuego gritó junto a las galaxias.

Sus cosmos volvieron a elevarse, rodeándolos como uno solo, un solo resplandor que los envolvía al tiempo que Saga se rendida y aceptaba el abrazo, sus propias extremidades rodeaban el cuello del castaño y sus dedos se enredaban en esos rizos rebeldes. Indómitos al igual que su dueño.

El dolor, el odio y el rencor son emociones extremadamente difíciles de expulsar, se arraigan a tu ser formando brazos que envuelven y ciegan el corazón. Aioria todavía albergaba resentimientos por Saga, dolores que acarreo desde niño y le llevaría tiempo purgarlos pero, ahora comprendía un poco más. Aioros no era sumiso ni dependiente del gemelo, Saga no había esclavizado ni manipulado sus sentimientos, la realidad era muy simple y excelsa; Saga hacía feliz a su hermano.

Simplemente Saga, hacia feliz a Aioros. Y ese era el punto de todo.

Aioria desvió su mirada hacia Kanon, el gemelo sonreía y sus ojos le atravesaron el corazón.


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