Capítulo nueve: A salvo en mis brazos.


La alarma de su celular no cesa de sonar escandalosamente dentro de las cuatro paredes de su habitación, revelando en la pantalla las 11:00 a.m. del día catorce de septiembre. Ante el estrepitoso método que perturba su paz, Mikasa pega un brinco sobre la desordenada cama y, apenas su consciencia regresa al mundo de los vivos, toma perezosamente el teléfono para deslizar el ícono blanco que le permite sumergirse en la tranquilidad del silencio. Posteriormente, estira sus entumecidas extremidades cual gato, mientras se refriega los ojos con ayuda de sus nudillos hasta lograr distinguir su entorno con total claridad. Los engranajes de su cerebro no demoran en actuar, otorgándole un recordatorio de que en pocas horas comienza la última oportunidad de conseguir un baile en las nacionales junto a Levi Ackerman.

Y hablando del rey de roma, este mismo le envía un par de breves mensajes que, mejor dicho, son órdenes estrictas que no permiten ninguna clase de objeción. Para resumirlo, exige ―la palabra «por favor» es inexistente en su vocabulario― que toda su vestimenta sea negra y se encuentre perfectamente limpia para coordinar con la suya y verse presentables en la audición. Aquello le resulta algo cómico si visualiza en su mente la expresión consternada que pondría ese hombre amargado si decide jugar un poco con él e ir totalmente contrario a lo solicitado. Es tan meticuloso incluso en ese aspecto que molestarlo a veces es inevitable.

Sin embargo, la corta risilla que escapa sigilosa de sus rosados labios, causada por aquella imagen mental, se desvanece gradualmente y es reemplazada al segundo por un resoplido que le vuela los cabellos de la frente cuando lee el infaltable y típico «mocosa tonta» al final de la oración.

―Ya lo sé, ogro... ―farfulla por lo bajo y, antes de colocarse de pie para brindarle a su cuerpo la satisfacción de una corta ducha, otra notificación la interrumpe, manteniéndola anclada en su colchón.

Ackerman Levi, 11:10 a.m.

Paso por ti a las 13:30. Más vale que estés lista a esa hora.

A este punto, cree que viajar en el inmaculado coche del azabache se ha transformado en un hábito que, en un inicio, creaba infinitos debates internos sobre si a Levi le resultaba tedioso tener que transportarla de un lugar a otro. Actualmente, no replica al respecto porque él en verdad sugiere anhelar ser su chófer personal debido al inusual comportamiento para nada característico de su día a día. Su convicción ni siquiera duda al afirmar que irán a algún sitio juntos. Tal vez es solo para cerciorarse de que ella llegue a la hora acordada y no arruine la audición con ningún retraso. O tal vez, solo tal vez...

Zarandea la cabeza con rapidez de izquierda a derecha, espantando aquellos pensamientos comprometedores que amenazan con salir a flote. La conclusión que estaba a punto de considerar era totalmente errónea, ¿cierto?

Y si no estoy lista, ¿qué vas a hacerme?

Una vez enviado el primer desafío del día con el objetivo de instalarle el mal humor en el sistema, arroja el móvil sobre el colchón y se encamina directo al clóset, adquiriendo dos toallas de este y decidiendo que aguardará por su respuesta ―probablemente escribirá un fino y educado «patearte el culo»― mientras se da una ducha.

No obstante, al regresar del baño después de unos prolongados quince minutos, descubre que la ha dejado en visto y no se ha molestado en enviarle otro mensaje.


Los resplandecientes pasillos de la academia Sina jamás se le antojaron tan interminables como en ese momento, ni siquiera cuatro meses atrás cuando plantó un pie dentro por primera vez. Con cada pasito que avanza, psicológicamente retrocede diez zancadas, y lo infame del asunto es que no distingue con exactitud qué origina aquella sensación capaz de tensar cada centímetro de su cuerpo e incentivarla a escapar despavorida como un veloz correcaminos. Ya ha memorizado la coreografía de principio a fin, no hay cabida a cometer errores; aparte, confía plenamente en Levi para que la sostenga a su antojo, amoldándola a su cuerpo cuando sea necesario. No es conveniente comenzar a alarmarse sin ninguna razón aparente.

Como se pactó en aquel mensaje hace dos horas, Mikasa se divisa envuelta en ajustadas prendas oscuras ―medias, falda y body del mismo color― calzando a la perfección con el vestuario que su compañero porta, el cual camina taciturnamente a su lado, desprendiendo en el ambiente una tranquilidad y seguridad superior que ella empieza a envidiar.

El silencio que los rodea tampoco ayuda en lo más mínimo a menguar la preocupación que prevalece en su pecho, como si aguardara la esperanza de que él detenga su camino y suelte un par de palabras motivadoras que la animen. Pero no lo hace. Averiguar cómo puede verse tan imperturbable es su próxima tarea a cometer que, sin embargo, es obstaculizada por la cantarina y familiar voz que ambos azabaches reconocen al milisegundo. Mikasa porque se trata de su amiga más parlanchina y Levi por el simple hecho de que la portadora de tal timbre es nada más ni nada menos que su adorada prima a la que considera una hermana.

― ¿Ah? ¿Qué hacen aquí ustedes dos? No me digan que también van a... ―Isabel, tan dramática como de costumbre, traslada ambas manos a su boca en una señal de pura indignación por haberse enterado recién de la participación de sus personas más cercanas―. ¿Por qué no me dijiste nada, Mikasa? ¡Y tú también, Levi! ¡Eres un terrible hermano!

El suspiro que emerge de sus bocas se sincroniza y entre ambos se echan una mirada de soslayo que emite complicidad. Es Levi quien se adelanta para intentar apaciguar el escándalo innecesario que arma la muchacha de cabellera roja ―es divertido el modo en que alza la mano y vuelve a bajarla, reprimiendo el deseo de despeinarla para no arruinar el apretado rodete que corona la cabeza de Isabel―, mientras Mikasa se encarga de dar explicaciones a la pareja de baile de esta misma.

― ¡Mika, Mika! ―Sasha se arroja sobre ella, colgándose de su cuello cual mono, al tiempo que una de sus manos baja escurridiza y le da una pequeña palmada en el trasero. Aquel saludo ya comienza a ser tradición para Mikasa, quien no replica al respecto como lo hacía en un principio―. ¿Cómo estás? ¿Nerviosa? ¡Yo sí, demasiado! Debo admitir que nunca pensé que esto sucedería. ¡Es como si de la nada Bakugou se llevara bien con Deku! ¡O como si Yuno y Akise unieran fuerzas después de que besó al estúpido de Yuki frente a ella! Realmente impresionante e imposible. Pero, ¿sabes que es lo peor? Que me lo ocultaras, mujer. Eres tan vil... ―lloriquea falsamente en su hombro―, vas a tener que recompensármelo con una pizza cuando salgamos de aquí.

―Primero, sabes que tus referencias de anime son inentendibles para mí. Segundo, no te aproveches de la situación para conseguir comida gratis ―contesta Mikasa, pellizcándole el pellejo de la cintura. Sasha chilla como un ratoncito y se retuerce en su sitio, emitiendo explosivos «¡Lo siento, lo siento, lo siento!» ―. Perdón por no mantenerlas al tanto, no creí importante que lo supieran.

―Te perdono, bebé. Después de todo, eres Mikasa Ackerman, la caja fuerte con contraseña encarnada en una humana. Apenas conozco cosas sobre ti y solo porque te forzamos con una palanca y te las sacamos a la fuerza. Pero eso no quiere decir que no te ame con todo mi corazón ―musita, oprimiéndola entre sus brazos como si se tratara de un osito de felpa. Solo la suelta cuando Mikasa palmea su espalda, advirtiendo que sus costillas lloran por ser liberadas de aquel torturante encierro―. En fin, dejemos el sentimentalismo a un lado. Con ustedes dos añadidos a la competencia, las cosas van a complicarse. Como ya ves, Historia e Ymir también se anotaron ―Sasha señala con el pulgar hacia atrás y, al seguir la dirección indicada, logra vislumbrar a las dos jóvenes mencionadas centradas en su mundo acaramelado de besitos―. Son buenas, en especial la jirafa con pecas.

―Isabel y tú también lo son. No te preocupes por pequeñeces.

―Sabes que es inevitable que suceda. Sin embargo, podemos buscarle una solución... ―la sonrisita maliciosa que nace en sus labios es pronóstico de que una estupidez escapará de su boca―. ¿Me das un besito para la buena suerte? ―sugiere, estirando su trompa―. Anda, anda.

Mikasa eleva una de sus delineadas cejas, incrustándola con su típica ojeada escéptica que manifiesta un evidente «¿hablas en serio?». Como respuesta a su investigación visual, la castaña asiente ávidamente, ratificando la seriedad de sus palabras y lo estrictamente necesario de cometer tal acción. En definitiva, obsequiarle aquel beso en la pijamada no ayudó de ninguna forma a mermar la insistencia sobrehumana de su glotona amiga.

Y, sin previo aviso, el tradicional «tch» que causa Levi al chasquear la lengua si osan a fastidiar su calma con algún comentario desatinado, viaja riguroso a los oídos de Mikasa. Posiblemente, Isabel debe estar chamuscándole los tímpanos de tanta palabrería sin sentido sobre alguna taza nueva que añadió a su colección o sandeces por el estilo. Por un segundo, tan solo por un efímero segundo, se compadece de su pareja de baile y la escasísima paciencia que esta posee, la cual se agota igual de rápido que la hamburguesa de McDonald's que viene en la cajita feliz.

―Paso ―se limita a decir Mikasa, levantando su mano derecha.

― ¡Ah! Eres un ser cruel lleno de maldad que...

― ¡Oigan, ustedes! ―Ymir es quien impide el discurso lleno de gimoteos de Sasha―. Desde ya les aseguro que ese dúo en las nacionales será nuestro.

―Ah, ¿sí? Bien por ti, ¡pero me gustaría saber quién demonios te preguntó, imbécil! ―la inocente Isabel, que rara vez maldice, es la que pilla desprevenidos a todos los presentes con su respuesta.

Alto a todo. Son compañeras desde hace bastante tiempo, ¿no es este el escenario perfecto para desearse buena suerte o apoyarse mutuamente con palmaditas en la espalda? Sin dudas, la idea está muy lejos de ser realidad. No es como lo pintan en las películas, ya que Ymir e Isabel continúan largándose palabrotas impensables y maldiciones irreversibles con la mirada; mientras tanto, la pequeña Historia y una divertida Sasha pretenden apaciguar el ambiente, sometiendo a su pareja de baile correspondiente.

― ¡Mikasa y Levi les pasarán el trapo a ustedes dos! ¿Me oíste?

―Disculpa, ¿qué dijiste? No logré escucharte con claridad.

―Dudo mucho que puedas comunicarte como una persona normal si te cargas esa altura de Slenderman ―lleva su vista a la muchacha de cabello rubio y rostro angelical―. Ahora comprendo por qué tu relación con Historia va en picada ―ante esta declaración, Ymir aprieta los labios e, inmediatamente, abraza a su novia posesivamente, balbuceando «No la escuches, cariño».

Que Isabel comparta demasiado tiempo con su primo no es lo ideal si ella anhela mantenerse ajena a los conflictos y conservar la sanidad de su escurridiza lengua. Para colmo, el semblante de Levi se expone sumamente orgulloso por la conducta luchadora de su prima. La comisura izquierda de su labio inferior se mantiene sutilmente levantada, solo falta que enuncie «¡Esa es mi creación!» para evidenciar enteramente el regocijo que recorre sus venas.

―Te divierte, ¿no es así? ―averigua Mikasa en un murmuro, posicionándose a su lado.

―Es infantil, pero entretenido de cierta forma. Ymir no es precisamente agradable.

¿Con qué derecho lo dice él? La lengua de Mikasa pica intentando no añadir comentario alguno que exprese su opinión respecto a la similitud entre sus actitudes podridas.

Por otro lado, sí puede admitir que existe verdad escondida en sus palabras, lo sabe perfectamente. Si bien, es estúpido de su parte recordar aquel hecho sucedido hace meses y guardar una pizca de recelo al respecto, todavía no olvida el comentario que Ymir formuló el primer día de ensayo, cuando apenas ingresaba a la academia Sina. «Lo dudo, otro año perdido». Tal vez no lo haya manifestado con mala intención ―a esta altura, sabe que la pecosa controla un sentido del humor bastante retorcido― mas no consigue cavar en el olvido que la atribuyeron de arruinar las nacionales con su presencia añadida al grupo.

Afortunadamente, el cotorreo insaciable de ambas jóvenes estanca su curso, dándose por finalizando cuando la puerta del estudio E es abierta con torturante pausa. Una corta cabellera rubia se asoma por el marco y el distinguido rostro de la profesora Nanaba realiza acto de presencia en el pasillo. La mujer barre a cada uno de los bailarines con un vistazo de advertencia que se detiene en las muchachas alborotadoras que perturbaban la armonía hace segundos. Tantos años instruyendo han rendido sus frutos, otorgándole la habilidad de percibir quiénes de sus numerosos estudiantes no manejan una buena relación y se desafían como dos perros rabiosos cada vez que obtienen la oportunidad. No hay forma alguna existente de engañar a su ojo analítico.

―Ymir Lenz e Historia Reiss, son las primeras ―anuncia finalmente.

Sin necesidad de recibir mandatos, las susodichas ingresan al estudio con el nerviosismo brotando por sus poros ―en Historia es más evidente, pues aprieta con fuerza descomunal la mano de su novia― y la puerta se bloquea a sus espaldas, privando a los demás la vista de lo que ocurriría adentro. La secuencia es tan idéntica a lo sucedido siete días atrás que, por un instante, Mikasa cree tontamente que su móvil va a tintinear y, apenas conteste, obtendrá una horrible noticia. «Eres estúpida, Mikasa Ackerman», se reprende a sí misma, inhalando profundamente y exhalando para arrojar las malas energías. Pensar en cosas negativas justo antes de la audición no es correcto si quiere mantener al margen el revoltijo de emociones que se apodera lánguidamente de su cuerpo.

― ¿Te quitarás eso? ―aquella pregunta la quita de su estupor, transportándola al mundo real.

Algo desorientada, Mikasa persigue los ojos azulinos de Levi ubicados fijamente en su pecho, y se tropieza con la cadenita dorada obsequiada por su madre. Sutilmente, casi dubitativa, sujeta entre sus delicados dedos el dije con forma de zapatillas de ballet. Conoce las reglas: usar accesorios en el cuerpo se encuentra rotundamente prohibido dentro del estudio, debido a que estos pueden lastimar al bailarín mientras elabora su danza. Empero, no es la única que está quebrantándolas. Se percata al santiamén de ese pormenor.

―Lo mismo digo ―replica Mikasa, observando atenta el anillo rodeando el dedo anular del chico.

«Lo considero un amuleto de la suerte. Si no lo uso, algo sale mal. Así de simple», eso es lo que piensa Levi de aquel objeto con picos que se encargó de arruinar sus medias nuevas durante un ensayo. Y ella entiende más que nadie la sensación desagradable que sobrelleva quitarse el collar, semejante a un vacío que grita a máximo volumen que lo regrese a su lugar correspondiente; sin embargo, en esta ocasión, necesita ignorar aquella implorante vocecita interna.

El nuevo inconveniente que se le presenta ahora es que ninguno de los dos ha traído algún bolso donde guardar sus pertenencias. Mejor dicho, Mikasa abandonó su mochila en el auto de Levi, e ir al estacionamiento para buscarlo no es una elección viable porque, posiblemente, ellos sean los siguientes. Dejarlos al cuidado de un tercero tampoco es oportuno, considerando que ambos son estrictamente recelosos y no los cederían a cualquier persona irresponsable ―y con cualquier persona irresponsable, se refieren Isabel y Sasha― bastante propensa a extraviarlos fácilmente. Las dos muchachas no pierden la cabeza solo porque la tienen puesta.

Al minuto, una bombillita de luz imaginaria se enciende sobre su cabeza. Y, sin detenerse a sopesar la idea, Mikasa extiende su mano derecha, solicitándole de esa taciturna manera que entregue el anillo. Al principio, Levi se muestra ligeramente desconfiado ante la sospechosa exigencia de su compañera; no obstante, al percatarse de la convicción plasmada en el rostro femenino, decide darse por vencido y otorgarle lo pedido sin ningún tipo de inconveniente.

Bajo el atento escrutinio del azabache, Mikasa encaja el anillo dentro de su cadenita para que ambos accesorios se mantengan juntos y seguros en un mismo lugar. Inmediatamente, cierra el seguro del collar y lo deposita en su puño, aguardando en silencio sin dar explicaciones. Mientras tanto, Levi la analiza con un semblante confuso al no saber por qué lo ha hecho. Tampoco alcanza a averiguarlo porque Ymir e Historia salen del estudio con una sonrisa de autosuficiencia en sus caras. Al parecer, les ha resultado mejor de lo que imaginaban.

―Levi Ackerman y Mikasa Ackerman ―indica Nanaba con una sonrisa dedicada a la muchacha―. Adelante.

Y es entonces, cuando se sitúa a sí misma rodeada de inmensos espejos, siendo inspeccionada de reojo por los tres desconocidos que todavía anotan los puntajes de las bailarinas anteriores, que la dura realidad cae sobre ella como un enorme balde de agua fría.

Hasta la fecha, Mikasa había tomado el rol de serenar a sus compañeras con las mejores palabras de aliento que se le ocurrieron ―incluso a Gaby, una niña desconocida con la que se topó en el baño de mujeres―, mas no se detuvo a recapacitar en que jamás vivió en carne propia una situación como la presentada. Siendo una simple espectadora, se le antojaba una tarea sencilla y no era capaz de comprender al cien por ciento el ataque de nervios que se apoderaba de sus amigas a la hora de audicionar. Hoy en día, los papeles se han intercambiado. Esa preocupación que luchaba por predominar mientras transitaba por el pasillo junto a Levi, acababa de germinar, tentando a sus talones a girar y huir como una cobarde.

Temerosa, retrocede un paso y se paraliza de golpe, causando que Levi gire hacia su trayectoria apenas se percata de su ausencia. La expresión de su pareja se conserva imperturbable, seria y circunspecta como de costumbre, y ese hecho la hace sentir tan tonta que las ansias de abofetearse aumentan considerablemente con el correr del tiempo. Es indudable que los pensamientos de Levi deben rondar en lo patética que se mira solidificada a medio camino como una gatita asustadiza. Con la vergüenza viajando a cada sector de su pálido rostro, apunta su vista hacia cualquier rincón del lugar y aguarda muda el regaño de su compañero. El Ackerman se posiciona a escasos centímetros de su cuerpo y, para su sorpresa, no vacila al sostener firmemente su muñeca con el fin de atraerla hacia sí mismo y murmurarle al oído, tan bajito que solo ella consigue escucharlo.

―No te inquietes, mocosa tétrica ―farfulla con esa voz ronca que logra erizarle la piel de la nuca―. Desde el principio lo has hecho bien sin mi ayuda, no te acobardes ahora.

¿Qué? ¿A qué se refiere con todo eso? No comprende absolutamente nada si rememora toda la ayuda que él le ha otorgado durante cuatro meses sin recibir una recompensa a cambio. Sin embargo, no es beneficioso quedarse quieta para averiguar el significado oculto tras aquella frase, no si los dos anhelan conseguir ese dúo en las nacionales a como dé lugar y evitar ser echados por demorarse en exponer la presentación.

Sería estúpido e hipócrita de su parte no aceptar el efecto positivo que proveyó en ella tras las palabras de Levi, las cuales le brindaron el valor suficiente para echar a un lado las inseguridades que poco a poco la carcomían. Conducida por aquel ápice de motivación, Mikasa asiente despacio y, finalmente, Levi la libera de su agarre.

Antes de olvidarlo, Mikasa trota hacia una de las barras adheridas a la pared con el objetivo de colgar cuidadosamente la cadenita en uno de los extremos. Sin más preámbulos, ocupa su lugar a la derecha de Levi, notando que cualquier rastro de nerviosismo abandona su sistema cuando establece su postura erguida y alza la cabeza en espera de la música.

Uno.

Dos.

Tres...

Las teclas del piano viajan con libertad en cada rincón del estudio, y su esbelto cuerpo se desliza parsimoniosamente a la izquierda, calcando a la perfección los movimientos de su pareja que acompañan a la lenta melodía. «Hay atajos para la felicidad y el baile es uno de ellos, Mikasa. Bailar te hace sentir viva, nunca lo olvides». Los añejos consejos de Aiko resurgen del preciado cofre de su memoria, haciéndola sonreír al no poder estar más de acuerdo con ella. Porque, ¿de qué se trata todo esto? Exacto, de sentir, de mover, de aflojarse, de tensionar, de subir, de bajar, de no parar, de dolor, de pasión, de amor...

La nota alta de la canción se avecina y Mikasa recibe las manos de Levi sujetando con ímpetu la estrechez de su cintura; no duda al impulsarse y dejarse elevar, dividiendo sus piernas espléndidamente en el proceso. «Porque estarás a salvo en mis brazos». Indudablemente, en los brazos de su gruñón compañero se encuentra protegida, plenamente a salvo, porque sabe que él no la dejará caer. Y si lo hace, se asegurará de que nada le ocurra.

Run to You es preciosa, deleitante para los oídos; es innegable que Kuchel posee un buen gusto musical. Está eternamente agradecida con la madre de Levi por su excelente elección, la cual fue prácticamente obligada a tomar después de advertir la disputa infinitiva entre ellos por no ponerse de acuerdo. Y, aunque parezca bastante descabellado e imposible, Mikasa cree en su fuero interno que la canción les pertenece, aun si el significado de esta no describe ni remotamente cerca la relación entre ambos. No le interesa. Solo es de ella y él. De Mikasa y Levi. De nadie más.

La letra rebotando incesante dentro de su cabeza, su espalda pegándose con el duro pecho de Levi. «Solo llama mi nombre al final de la noche y correré hacia ti». Se arrastran al unísono, saltando, girando, encajando como piezas de rompecabezas cuando sus largas y torneadas piernas rodean como sigilosas serpientes el cuerpo de su Teseo, quien la guía cual muñeca, con tanta facilidad que resulta deslumbrante para sus espectadores.

«Tomaré el dolor, tomaré todo y le daré un significado». El escenario en torno a ellos se fragmenta como miles de cristales volviéndose añicos bajo sus pies. Olvidan la audición, olvidan todo, se dejan llevar. Sus irises se buscan con urgencia cuando yacen frente a frente, azul marino y gris tormenta conectándose de forma única, creando una combinación inigualable.

«Dejémonos llevar, deja que sea el comienzo, sabes que siento lo mismo». Una sonrisita cursa inconscientemente sus delicados labios cuando el rostro de Levi pende sobre el suyo y se percata de la proximidad peligrosa que los envuelve. «Dejémonos llevar por nuestros corazones rotos». La sangre bailotea en sus venas, su cuerpo le exige bailar porque su alma lo necesita, porque danzando a la par de Levi siente que toca el cielo mientras se arrastra por el suelo al mismo tiempo. Es verdaderamente alucinante.

«Solo llama a mi nombre al final de la noche y correré hacia ti». Transpiran y agotan el pulso, consumen rápido el oxígeno y provocan un incendio humano. La sensación los embriaga, es inútil de erradicar. «Incluso si esto me va a lastimar, amor, haré mi camino hacia ti». La canción entra a su recta final, pero no existe ningún sigo de agotamiento en sus cuerpos, los cuales continúan acompañándose eternamente. Los ropajes oscuros que portan los asemejan a dos sombras que se coordinan de forma armoniosa. Son un maravilloso espejismo del otro.

«A cualquier lugar que me lleve, amor, correré hacia ti...»

Suavemente, la música detiene su curso y el estudio E se suma de un silente mutismo contrastado, únicamente, por las espiraciones agitadas de ambos bailarines, quienes cometen todo lo que está a su alcance para mantener a raya sus precipitados corazones. A pesar del estado exacerbado que sus cuerpos atraviesan, ninguno de los dos olvida la reverencia que les corresponde hacer. Tomándose de las manos por puro instinto ―en los ensayos, aquel detalle nunca fue partícipe― estiran paulatinamente el empeine al frente, arrastrándolo al costado por el lustrado piso de madera y, por último, lo dirigen hacia atrás e inclinan el torso para dar el cierre tradicional, agradeciendo así el tiempo, dedicación y atención que se les fue otorgada durante la audición.

Se retiran bajo la interesada mirada de los prestigiados jueces que apuntan los resultados en sus libretas. Son acompañados hacia la puerta por la profesora, quien marcha en busca de la tercera y última pareja de la tarde. Sasha e Isabel entran alborotadamente, casi corriendo, apenas ellos salen al pasillo.

―Bien hecho ―los felicita Nanaba antes de desaparecer nuevamente tras la puerta.

La adrenalina todavía recorre cada centímetro de su sistema, y es esta misma la que impulsa a Mikasa a saltar directo a los brazos de su pareja. No se detiene a recapacitar en lo comprometedor de sus arrebatadas acciones; por el contrario, sus níveas manos trazan un lánguido recorrido desde los costados hasta los omóplatos del chico, sintiendo en el camino los músculos tensos y la piel ardiente bajo sus palmas. Lo aprieta cariñosamente contra su pecho, cerrando sus párpados y soltando una sutil risa imperceptible que simboliza todo el alivio que la regocija luego de tanta tensión.

― ¿Qué bicho de mierda te picó? No me toques ―inquiere él, apartándola de sopetón y poniendo suficiente distancia entre ambos cuerpos.

―Lo siento. Fue... la emoción ―se excusa en un murmuro, ignorando el dolor punzante en su pecho por el indiscutible rechazo del chico.

―Como sea, me largo ―tras sus palabras, da media vuelta, dispuesto a marcharse rápidamente del lugar.

―Espera un segundo, ¿no es necesario que nos quedemos?

―No, los resultados estarán una semana después de las audiciones para un trío. Pero si te apetece perder el tiempo aquí, no me interpondré ―levanta su mano a modo de despedida que, más bien, parece un ademán desinteresado.

Mikasa no le quita el ojo de encima, apreciando cómo Levi se aleja por el extenso pasillo sin añadir comentario alguno o siquiera volver a mirar atrás. Su boca se retuerce en una diminuta mueca de incomodidad. ¿Por qué su actitud cambió repentinamente a una tan esquiva y huraña? Es decir, por lo general, Levi se carga ese humor pesado con la mayoría de las personas que, según él, le cagan la existencia ―Hange Zöe es el miembro principal de aquel innumerable grupo―, pero nunca había cruzado esa línea con ella. Y, sorprendentemente, se siente algo... abatida.

Resopla por lo bajo, enterrándose las uñas en el antebrazo para obligarse a detener aquella presión en su pecho que la culpa de haber hecho algo equivocado.

―Es la tensión sexual más poderosa que he presenciado en toda mi existencia... ―la oración dicha por Ymir la hace voltear instintivamente.

Si Mikasa se encuentra avergonzada por su indecorosa aclaración, no lo manifiesta en lo más mínimo. En cambio, le echa una ojeada despectiva al estilo Ackerman, haciéndole saber que su comentario no le ha parecido para nada cómico ni tampoco bienvenido.

― ¿No deberías irte? ―inquiere imperturbable.

―Voy a esperar a ese pelo de menstruación, todavía tenemos una discusión pendiente ―se encoge de hombros―. Ya, en serio, ¿por qué no te lo coges? Créeme, les hace falta. Incluso puedes aprovechar para ver si se le quita la expresión de estreñido o le cambia ese temperamento vomitivo.

Mikasa rueda los ojos en una transparente señal de fastidio, ignorando al motivado diablito en su hombro izquierdo que la incentiva a encajarle un golpe en el rostro por andar de metiche. Al mismo tiempo, Historia, con una carita de cachorro arrepentido, le ruega mil disculpas por el atrevido comportamiento de su novia.


《Levi》


Apacigua su acelerada respiración lo más disimuladamente posible para no delatar los arranques nerviosos que asaltaron su cuerpo sin ninguna clase de consideración. Como único método de sosiego al alcance, juguetea con sus largos dedos, como si estos fueran una pelotita anti estrés capaz de serenarlo. Su inquietud no se debe precisamente a todo el movimiento realizado en la audición. Ojalá solo se tratara de algo tan simple como eso.

―Te odio tanto...

Oprime sus delgados labios y refunfuña para sus adentros, calumniando a cualquier objeto que se atreve a cruzarse en su camino.

Una vez ubicado en la recepción, el ápice de raciocinio que no se ha marchado a por cigarrillos, le solicita las llaves de su auto a Hannah, la recepcionista, quien le ha hecho el favor de guardarlas en un cajón de su buró mientras él se ocupaba de sus asuntos.

La simpática mujer se despide con una amable sonrisa escoltada por un dulce «¡Hasta luego!» que no es correspondido gracias a que la total atención del Ackerman se acumula en otro universo. ¿Sus ojos están viendo correctamente? Ojalá no, porque todo su ser desea que se trate de una puta broma. Pestañea con sobrada lentitud, enfocando con la vista a dos individuos de pie en la entrada de la academia, los cuales mantienen una conversación entre ellos, tan ensimismados que ninguno se percata de su silenciosa presencia.

―Pasa de largo y no los mires, pasa de largo y no los mires ―se ordena a sí mismo, poniendo en marcha su improvisado plan. Es una oportunidad única para escaparse y se convertiría automáticamente en un estúpido si no la rinde al máximo.

Un toque más rápido de lo habitual, sus pies traspasan las puertas de vidrio, al tiempo que vira su rostro en la dirección contraria para no ser reconocido. Festeja internamente su victoria cuando consigue adelantarse unos cuantos metros, dándoles la espalda a las personas que continúan aguardando por su llegada sin saber que él comete retirada. «Solo un poco más...», se alienta al distinguir su preciado auto negro a la lejanía.

― ¡Levi, aquí estamos, corazón de melocotón! ―la mujer que menos soporta en el mundo se aproxima vertiginosamente como una corredora profesional hasta colisionar contra su espalda y colgarse de su cuello con nula delicadeza.

―Me cago en la puta ―susurra, apretando los dientes.

― ¿No nos viste? ¡Oh! Debes estar distraído por cierta "mocosa", ¿no es así? ―sonríe, bajándose de su cuerpo y acomodándose los lentes que se removieron debido al movimiento―. Pero no te preocupes, mamá Hange reconocería tu escasa altura y cara de amargado donde sea, osito gruñoncito.

―Uh, sí, claro... ―murmura, haciéndose el desentendido.

― ¿Cómo estás? ¿Qué tal les fue? ―averigua Erwin, caminando con las manos en los bolsillos hacia su encuentro. Su perfil divertido expresa que ya ha adivinado las verdaderas intenciones de su mejor amigo. Nadie es tan distraído como para obviar su atroz altura a un lado de la entrada, no por nada él ha sido apodado como Everest cejón.

―Bien, supongo ―responde seco, absteniéndose de dar detalles al respecto.

― ¿Cómo que supones? ¿Sabes, Levi? Eres un lento, incluso más que Lento Rodríguez y el perezoso de Zootopia combinados ―niega lánguidamente, señalando lo decepcionada que está de su actitud―. ¿No has hecho ningún avance, eh? ¿Cuándo vas a mojar el bizcocho? Porque lustrarse el sable pensando en la pobre chica es muy triste, demasiado diría yo.

―Vete directo a la mierda, ¿quieres? Conoces bien el camino, así que no vas a perderte, miope subnormal ―sus intimidantes ojos azules no causan el efecto deseado en la extrovertida mujer que lo mira como si se tratara de un tierno cachorrito enojado―. Ojalá te mueras atragantándote con tus propias heces.

― ¡Ey, eso es lo más tierno que me has dicho en la semana!―se lleva la mano al corazón, emocionada―. Peeeeero, hoy evitaré mi estadía en mierdalandia. Apurémonos u oscurecerá.

―Zöe, no exageres, recién son las tres ―interviene el rubio de gruesas cejas, obligándola a checar la hora en la pantalla de su celular―. Tenemos toda la tarde.

―Ya sabes lo que dicen: ¡Mientras más tiempo, mayor oportunidad de ocultar el cadáver!

―Creo que es momento de que dejes el café ―opina Erwin, despeinándole el cabello.

Un segundo, ¿acaso se perdió de algo y no se ha enterado? Levi los escanea con el ceño fruncido al no captar nada de lo que nace de sus bocas.

― ¿Se puede saber de qué carajo hablan? ¿Y por qué diablos cargan bolsos? ―agrega al percatarse de los objetos mencionados colgando de sus hombros. En total son tres.

Erwin y Hange giran sus cuellos, presentando en sus semblantes clara incredulidad que no se molestan en disimular. La fémina del grupo acapara el papel de detective y escruta a Levi con un solo ojo, rastreando cualquier huella que le permita saber si él bromea o habla con la mayor seriedad. Sin embargo, como las payasadas no están configuradas en el sistema de malhumorado amigo, la respuesta no demora en darse a relucir.

― ¿El cloro lo usas para limpiar o te lo tragas? ―Hange lo reprende con un certero cachetón en la espalda que resuena y provoca que Erwin arrugue el entrecejo, agradeciendo a los cielos no ocupar el lugar del azabache. Eso debió doler, sin dudas, mas Levi no se inmuta ante el contacto―. ¿Cómo que "de qué carajo hablan"? Estuvimos planeándolo toda la semana.

La expresión de Levi no se inmuta un centímetro, dando a entender que todavía no cae.

―Ni siquiera has intentado recordarlo, zopenco ―cruza sus brazos, tomando una posición molesta―. Quedamos en que, luego de tu audición, iríamos a la finca de la familia de Erwin. Lo organizamos en el grupo.

Oh, el grupo de WhatsApp fundado por ella hace varios años, cuando la amistad entre los tres apenas daba inicio. «¡Los tres mosqueteros!» es el nada original nombre. Eso explica claramente por qué su cerebro no capta ninguna información en base a la salida, pues tiene el chat silenciado desde su nacimiento. Habitualmente, sus amigos envían una exuberante cantidad de mensajes hasta para avisar que respiran ―en una ocasión, alcanzó los nueve mil solo en veinticuatro horas―. Por lo tanto, solo se toma la molestia de abrir el grupo cuando la burbujita verde o el aviso de «mensajes sin leer» le arruinan la vida, picando en su nuca como una molestia que no desaparece hasta que todo se halle en perfectas condiciones.

―Qué fastidio, vayan ustedes, yo me quedo ―sentencia con desinterés. Tras esto, Erwin lo envía una advertencia a través de sus ojos celestes, indicándole que acaba de condenar su vida con esa simple oración―. Tengo un examen importante el lunes y...

Para su desconcierto, la facepalm que Erwin se proporciona a sí mismo frena su coartada improvisada. ¿A qué viene tanta decepción de repente? ¿Y por qué Hange tiene la cara más roja que el trasero de un mandril?

― ¡Oh, por favor, ya para con ese teatrito de viejo amargado! ―ruge escandalosamente, realizando ademanes exagerados con ambas manos. El ambiente divertido cambia de forma abrupta a pura tensión―. Te informo que mañana es domingo, eso significa que tienes todo el santo día para estudiar. Bien sabes que el otoño está a la vuelta de la esquina y ya no tendremos la oportunidad de divertirnos así hasta el siguiente año... ―toma aire por la boca, descansando de aquella sarta de palabras que brotaron desde lo más profundo de su alma. Levi, un poco repuesto, entreabre los labios para refutar o añadir algo en su defensa, mas no se le es permitido el habla―. ¡No, no vas a objetar nada! ¿Me escuchaste? Siempre haces lo mismo. Cuando es verano, te quejas por el sudor y te la pasas encerrado en tu casa, enamorado del aire acondicionado. Ah, pero cuando hace frío te quejas porque se te congela el culo. ¡Por todo, repito, por todo te quejas! ―brama, picándole el pecho con el dedo índice―. Por lo tanto, iremos a divertirnos todos juntos y no dirás ni una maldita palabra al respecto, ¿entendiste?

¿Desde cuándo Hange Zöe pierde los estribos tan rápido? Es decir, sí es una mujer excéntrica que causa alboroto con facilidad, al igual que un arrasador tornado que destruye tímpanos y paciencia a su paso; no obstante, es inusual verla furiosa, echando humos por la cabeza.

«¿Qué coño le sucede? Está más salvaje de lo normal», piensa con el entrecejo fruncido. Inmediatamente, le envía una solicitud de ayuda a su mejor amigo a través de un vistazo ladino, pero Erwin no hace más que encogerse de hombros, expresando sin necesidad de palabras que se tenía ganado aquel sermón. «Traidor de mierda. Cuando menos te lo esperes, voy a quemar tus cejas».

No es hora de divagar sobre la lealtad de Erwin, ni qué método es más factible para conseguir su venganza. Todavía posee graves asuntos pendientes que resolver con la loca posicionada frente a él y, si es necesario, aplicará la última carta que le queda a su favor.

―No tengo nada preparado, eso nos retrasará.

― ¡Oh, no te preocupes por eso, cariño! Fuimos a tu casa más temprano y le pedimos a Kuchel que preparara un bolso con tu ropa ―sonríe, sacudiendo su mano en círculos. Su faceta original regresando a la normalidad en menos de un pestañeo―. Estamos al tanto de que no lees los mensajes del grupo. El regaño fue una bromita piadosa... ¡Auch! ―el manotazo de parte de Levi por poco le tira los lentes―. ¡Eh, podemos invitar a Mikasa! ¿Qué te parece la idea?

―Terrible. Andando.

―Podrás verla en bikini, enano picarón... ―pero, el aviso que Levi le entrega a través de sus ojos, da a entender que será asesinada pronto si continúa derrochando incoherencias―. Bueno, al menos lo intenté ―alza las palmas, indicando que admite la derrota―. ¡Comandante de mi corazón, tú conduces!

Igualable a la velocidad de la luz, Hange roba las llaves que cuelgan de la mano de Levi y sale corriendo hacia el auto como alma que lleva el diablo, abriendo la puerta y arrojándose cual jabalina en el asiento del copiloto. Erwin libera una risa seca antes de seguirle el paso y ocupar el lugar que, usualmente, le pertenece a Levi. Este último no guarda más elección que imitar sus acciones, azotando la puerta una vez que se acomoda en los asientos traseros.

― ¡Hakuna matata, mi vida! Deja de preocuparte por todo ―aconseja Hange mientras se coloca el cinturón de seguridad. Erwin, por su parte, adapta el asiento del conductor a su comodidad, aseverando que todo esté en orden para encender el motor.

― ¿Puedes dejar de usar esas estúpidas frases? Eres ridícula ―farfulla, desquitando su frustración con la camiseta negra que acaba de quitarse y hacer un ovillo.

― ¿Que cante la canción entera dices? ―mira hacia atrás con una sonrisa inocentona y levanta el dedo índice, comenzando a canturrear como el fastidioso gallo desafinado―. Hakuna matata, una forma de ser... Hakuna matata, ¡nada que temer! ¡Sin preocuparse es como hay que vivir!

Recuesta la cabeza entre los asientos, bufando ante las inmensas ganas de cabecear una bala que son verdaderamente apetecibles incluso para su lado racional. La expresión mortal en su rostro colérico no se modifica ni un ápice en los treinta minutos de tortura auditiva que se le antojaron desquiciantemente lentos.


― ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Métete con nosotros, métete con nosotros, métete con nosotros!

―Por milésima vez, bosta andante, no lo haré. Suficiente tengo con que me hayan arrastrado aquí, ahora no te quejes ―Levi la analiza despectivamente desde su posición. Ella le sostiene con ímpetu la mirada hasta que, sin previo aviso, la mano de Hange toma impulso y le salpica con agua parte del abdomen, con ello su ropa.

Levi jura que, si repite la acción, lo único que flotará en la inmensa piscina va a ser la cabeza de su maniática amiga a la que le faltan varios tornillos desde fábrica. Es imposible frenar que aquellos pensamientos turbios inunden cada rincón de su mente cuando él está apartado en una reposera a la orilla de la alberca, sin perturbar la paz de ningún individuo.

―Erwin, controla a esa pesadilla ―ordena, cerrando los párpados y llevándose el índice y pulgar al puente de la nariz para apretarlo hasta que comience a doler.

La sombrilla anaranjada sobre él le proporciona la suficiente sombra como para resguardar su lechosa piel del radiante sol que quema como los mil infiernos. Una de las principales razones añadida en su larga lista titulada «odio el puto verano» ―además del asqueroso olor a sudor que emane de las personas la mayoría del tiempo ― es lo rojizo que termina al exponer su cuerpo sin ningún tipo de protección sobre este. Hace unos dos o tres años, no lo recuerda con exactitud, al regresar a la ciudad después de unas cortas vacaciones a la playa junto a Kenny y Kuchel, sus cercanos se pusieron de acuerdo para burlarse una semana entera de su penoso aspecto, apodándolo «lindo tomatito» cada vez que lo veían o cruzaban palabra, cosa que lo enervaba a niveles inhumanos.

Por compasión a su sensatez, Erwin cede a su petición y logra mantener alejada a Zöe de la zona de peligro, transportándola al otro lado de la espaciosa y profunda piscina. La armonía, finalmente, abunda en el ambiente, permitiéndole respirar hondo y acomodarse en la reposera como más le place. La idea de echarse una siesta ―de al menos quince minutos― suena bastante deseable, ya que en la noche no ha logrado conciliar el sueño correctamente. Lo sopesa por varios minutos, indeciso, y termina por declinar la oferta; no puede cometer acciones sin antes pensar en las consecuencias que traerían. Si deja que su consciencia decaiga, lo más probable es que despierte con el rostro pintado o siendo partícipe de una cómica sesión fotográfica.

Para evitar quedarse dormido y ser el centro de bromas durante un mes completo, opta por la iniciativa de recorrer los alrededores. Mientras sus mejores amigos se ubican lejos, distraídos con la jugarreta de ahogarse entre ellos, se coloca en pie y baja sigiloso por las escaleras de piedra. En el tiempo que le toma llegar hasta la tranquera, analiza el terreno transformado en un lugar bastante espacioso y adecuado para divertirse los fines de semana; el pasto verde que se ha mantenido en condiciones, el área de juegos utilizada más que nada por los niños que conforman la familia Smith ―y Hange obviamente―, el precioso rosedal, la piscina y la gran casa moderna.

― ¡Ey! ¿A dónde vas? ―el grito lejano de la castaña no detiene su andar, en cambio, provoca que camine mucho más ligero.

Obviando los incesantes reclamos de su amiga, abre la tranquera y abandona el sitio. Transita a paso moderado por el camino de ripio que conecta todas las fincas del sector, pateando una que otra piedrecilla desinteresadamente.

Sus pensamientos cambian de rumbo, amoldando la bella forma de una particular muchacha tenaz, de mal genio, suave cabellera ónix y unos cautivadores ojos cenicientos que lo invitan a perderte en ellos eternamente. Esa muchacha astuta que adquirió con ridícula facilidad lo que nadie antes: ser su pareja de baile. Esa muchacha inigualable que lo asió completamente desprevenido con un acogedor abrazo que, para él, se igualó a una descarga eléctrica apta para de suministrarle un cortocircuito a su estúpido cerebro que reaccionó de la peor forma.

―Soy un imbécil de mierda ―se amonesta al meditar en las palabras vanamente hirientes que salieron expedidas de su boca mientras la apartaba como si el solo contacto calcinara su piel.

Si se le permite justificarse, considerando la apacible personalidad de la chica, nunca creyó en la posibilidad de que ella efectuaría algo como tal; la situación se le escapó como agua de entre las manos y su mecanismo de defensa solo cometió lo habitual al actuar arisco e insensible cuando se advertía a kilómetros que ella solo se sentía inmensamente emocionada y aliviada de que todo haya resultado como esperaban. Incluso mejor.

¿Los nervios lo traicionaron? Definitivamente. ¿Y cómo impedirlo? No todos los días la chica que te gusta se arroja a tus brazos para estrecharte contra su delicado cuerpo tan cariñosamente como ella lo hizo. Porque sí, Mikasa Ackerman lo trae loco, y no es algo que admita abiertamente a cualquier persona.

Mejor dicho, nadie que haya descubierto el secreto se ha enterado por boca suya. Kuchel, como buena madre fisgona que desea saber cada detalle de la vida amorosa de su único hijo, sospecha desde hace varios días debido a las diarias visitas de la chica en cuestión dedicadas a ensayar para el dichoso dúo. Es imposible para él vivir con la guardia alta las veinticuatro horas del día. De lo contrario, su progenitora jamás hubiese arrojado aquella interrogante tan íntima: «Levi, ¿qué es ella para ti?». Esa noche, imploró a cualquier dios existente que la tierra lo tragara y escupiera al otro lado del mundo porque, si ella ya estaba al tanto de su situación, lo más probable es que su tío también. Después de todo, ellos son culo y calzón, dos viejas cotorras que se reúnen, únicamente, a chismear sobre todos los temas habidos y por haber mientras se bajan una botella de vino tinto. Levi guarda la esperanza de que, al menos, el viejo tenga un mínimo de respeto a su privacidad y no corra con el cuento a Isabel y Farlan. Las burlas se catalogarían como interminables hasta el fin de los tiempos.

En cambio, Erwin Smith y Hange Zöe, designados como los primeros fanáticos de la pareja, se dieron cuenta apenas advirtieron la existencia de Mikasa. Lo recuerda bien porque él admiraba la escena ubicado a unos metros. La azabache iba distraída, tecleando en su celular sin mirar al frente y, como consecuencia, tropezó con el cuerpo de Hange, arruinando así la pantalla del aparato que resbaló de sus manos hasta estrellarse contra el suelo. Su mayor error fue quedársele viendo como un mocoso baboso y hormonal, mientras ella se alejaba a, lo que supuso, arribar el autobús. Incrédulos y con las mandíbulas casi tocando el piso, sus amigos sacaron la ficha en un chasquido de dedos, y fue imposible pretender engañarlos una vez que Hange, maravillada por su descubrimiento, chilló interminables «¡Te gusta! ¡Te gusta! ¡Te gusta!», avivando en su pálido rostro un visible sonrojo típico de un estúpido adolescente incapaz de ocultar sus sentimientos. Desde entonces, esos dos anormales organizan planes obtenidos de dudosas páginas de internet ―como invitarla al club Rose con la excusa de recompensar su pantalla trizada― para juntarlos y dejarlos a solas. Admitir que son remotamente ingeniosos no es un problema, ya que Mikasa no parece desconfiar de sus verdaderas intenciones, pero eso no significa que las ganas de asesinarlos desaparezcan mágicamente si recapacita en que cada vez son menos disimulados.

Afirmar la fecha puntual en la que quedó prendido a la chica es indeciso. Tal vez, apenas la vio. Suena bastante masoquista de su parte, sin embargo, la forma que ella empleó para ignorarlo descaradamente cuando chocaron, le interesó de sobremanera. Mucho más al hallarla dentro del estudio y descubrir que compartían el mismo gusto por la danza clásica.

Levi se permite liberar una risa seca al conmemorar lo hijo de puta que fue con ella en esa ocasión. La profesora Nanaba los había emparejado para realizar el ejercicio del día, mas él no se dignó a practicar con ella o siquiera moverse de su lugar por más miraditas fulminantes que esta le enviara. ¿La razón? Deseaba ver de qué tanto era capaz la joven que compartía su mismo apellido; además, le causaba gracia vislumbrarla con esa linda carita enojada.

Tal vez, en su primer baile, cuando sospechó seriamente que su corazón explotaría de latir tan desenfrenado. La sincronía que establecieron sin práctica, el cosquilleo único en sus manos que recorrían libremente el cuerpo femenino o lo alzaban con la confianza ella le había brindado aun si no eran más que meros desconocidos y ella una principiante en Sina. Todavía tiene tatuado en su mente cada paso de la coreografía a la perfección e, incluso, la canción usada: «Rainbow» de Liz Huett que descargó una vez llegó a su casa. Cuando se permite un tiempo para escuchar música antes de ir a dormir, la reproducción aleatoria le toma el pelo al instalar esa canción en especial como las primeras, obligándolo a desvelarse a lo desgraciado y rememorar aquel día por toda la noche.

Tal vez, al verla cometer esa inofensiva competencia de piruetas contra Petra Ral, una de sus compañeras y amiga de Mikasa. El cabello salvaje de la chica que se había librado del rodete ajustado, el adorable coloreo en sus mejillas gracias al esfuerzo realizado, su expresión de pura concentración y motivación ―aunque no salió victoriosa― lo cautivaron en demasía.

Tal vez, al topársela en el parque Stohess y oír la cómica conversación que sostenía con su mascota entre risas contagiosas. Mikasa ama los perros de la misma forma que él lo hace. ¿Acaso puede ser más perfecto? Esa tarde, en una banca pública, compartieron papitas fritas junto al roce accidental de sus manos ―en realidad, por parte de Levi no fue tan accidental―, y ese simple contacto administraba cosquillitas inoportunas directo a su estómago que ansió golpear cada cierto intervalo de tiempo para detenerlas a toda costa.

Supo con claridad que cayó rendido en el abismo cuando el pensamiento de besarla en el club Rose podía mucho más con su escaso raciocinio. Ella pendía sobre él, casi subida a su regazo, como resultado de querer arrebatarle el vaso de champagne. Sus carnosos labios, teñidos de un deleitable escarlata que anhelaba degustar, lo tentaban a aproximar su rostro lentamente y disminuir los centímetros que los separaban del otro. «¿Por qué se mantenía quieta? ¿Por qué Mikasa no se apartaba?», cuestiones similares merodeaban por su cabeza en ese preciso momento, otorgándole una mínima cuota de valentía para lanzarse y evidenciar sus desordenados sentimientos con el toque de sus bocas. Sin embargo, no resultó como lo imaginaba, pues ella se quitó de encima justo cuando su mano libre se decidió por aventurarse hasta su nuca. Sintió una desilusión inmensa que no permitió distinguir ni por descuido a los ojos de alguien más.

Esa madrugada, hundido en la comodidad de su mullida cama, se reprochó dos cosas. Una: en lo estúpido que fue dejarse llevar e ir tan lejos cuando ella, claramente, no sentía la misma necesidad que él. Dos: recalcarle a Mikasa que nadie podría excitarse por ella, dando a entender que no era atractiva. ¡Si ella supiera! Su lengua es un arma de doble filo que lo traiciona a la hora de ponerse nervioso. Por lo general, si se trata de la azabache, siempre es propenso a medir las palabras antes de expulsarlas por miedo a soltar algo erróneo que la anime a alejarse de su compañía.

De ese modo transcurrieron los días junto a ella, brindándole el apoyo necesario cuando lo precisaba e, inclusive, aceptando sin rechistar su invitación a realizar un dúo para las nacionales. Admirarla bailar es como un ritual hipnótico para Levi, ella es una bella ninfa a la que es imposible quitarle el ojo de encima. Si bien, aun le cuesta bastante admitirlo, tener frente a él a la chica que adora, en la posesión de ropas pequeñas, significa un auténtico tormento. Mejor dicho, es una sensación de amor y odio porque, sin necesidad de mentir, le gusta apreciar su hermosa figura, pero al mismo tiempo presiente que no es correcto hacerlo tan descaradamente.

Y ahí se encuentra ahora Levi Lance Ackerman, el hombre caracterizado por su ilimitado malhumor, terrible para las relaciones, tanto sociales como amorosas, marchando sin rumbo por callejones vacío, cavilando en esa mocosa tétrica y en cómo, sin ser consciente, ha puesto sus emociones y barreras patas arriba en tan solo cuatro meses.

Como señaló Hange anteriormente, el otoño se sitúa a la vuelta de la esquina, y el cambio de estación exige a que la gente renuncie a la idea de seguir asistiendo a las casas veraniegas. Por lo tanto, ni un alma deambula dentro de las fincas correspondientes a los vecinos de la familia Smith.

O eso creía.

Es exento de sus cavilaciones cuando, lo que simula ser un alarido de dolor, alerta inmediatamente a Levi, quien se obliga a agudizar sus sentidos para localizar de dónde provino con exactitud. Trota un par de metros y el chillido agudo vuelve a rebotar en su oído izquierdo, guiándolo a un sector bastante descuidado o, en otras palabras, abandonado gracias a las pésimas condiciones en las que se encuentra.

Se trepa a la tranquera de aquella finca y examina el panorama, hasta que alcanza a distinguir algo negro zarandeándose entre la vegetación. Confuso, aprieta el entrecejo, deseando que no se trate de ningún roedor, y se pasa por el arco del triunfo el cartelito que indica «Propiedad privada». Cae de pie sobre el seco pasto de la misma y se aproxima a paso silencioso con el propósito de no espantar al ser lastimado. Se agacha de cuclillas y aparta cuidadosamente las plantas espinosas que obstruyen su vista. Finalmente, los ojitos de un cachorro conectan con los suyos.

El pequeño de oscuro pelaje no tarda en espantarse ante su presencia, ansiando huir arrebatadamente; sin embargo, las dañinas plantas se enredan entre sus patitas, prohibiendo que continúe su trayecto. Aplicando su última táctica, lloriquea de un modo aturdidor mientras muerde las manos de Levi que pretenden atraparlo sin ser abrupto.

―Tranquilo ―musita, ignorando el pequeño mordisco que le provee a su palma. Luego de un par de intentos fallidos, consigue alzarlo y sostenerlo contra su pecho―. Qué salvaje eres, me recuerdas a cierta persona.


― ¡Levi Enano Ackerman! ¿Qué haces con ese perro, por el amor de Dios?

―Cargándolo, ¿no es obvio? ―dice sin mirarla, concentrado en la tarea de quitar minuciosamente cada bolita de pinches adheridos a su pelaje. De ahí la razón de su llanto―. ¿Y desde cuándo crees en Dios?

―Deja de hacerte el tonto. ¿Te lo robaste? No podemos dejarte un segundo solo porque apareces acompañado de una jauría.

―No seas melodramática.

―Podría ser de alguien... ―opina Erwin desde un rincón.

― ¡Tienes que devolverlo! ¿Acaso olvidas que también raptaste al perro de una niña en pleno centro? ―interrumpe la fémina, realizando gestos exuberantes que demuestran su desespero―. Peor, Erwin y yo tuvimos que dar la cara mientras esa chiquilla lloraba a mares y la madre nos acusaba de ladrones.

―Tch, sabes que no recuerdo esos días ―niega en el evento ocurrido hace unas semanas. Fue divertido ver cómo sus amigos se disculpaban en su nombre―. Está famélico. ¿Por qué crees que es de alguien?

―No lo sé, pero podría serlo ―replica.

―Lástima, tendrían que haberlo cuidado mejor ―contesta simplemente, dispuesto a no dar el brazo a torcer.

― ¿En serio te lo llevarás? Tu madre va a colgarte si llevas otra mascota a la casa. Con este pequeñín serían diez animales en total.

―No caigo en eso, Hange ―alza una ceja, petulante porque el argumento de la mujer pierde toda validez al mencionar a su progenitora―. Kuchel es la loca de los perros, le encantará.

―¡Ay! ―libera un suspiro de pura resignación, admitiendo la derrota. Es inútil hacerlo cambiar de opinión―. Bien, niño terco, hay comida dentro de la casa. Fíjate qué puedes darle.

Permanecen en la finca hasta que el atardecer cae tiñendo el cielo de pinceladas naranjas, amarillas y rojas que ofrecen un maravilloso panorama digno de fotografiar quince veces con el celular de Erwin. Estima mucho los momentos como este, en donde la paz prevalece y solo es necesaria la compañía de sus amigos junto a una buena bebida. Es tranquilizador, agradable, cómodo. Mucho más con el cachorro en su regazo que no cesa de acariciar.

―Muchachos, fue un gusto convivir una tarde con los hombres de mi vida ―expresa escoltada de una sonrisa de oreja a oreja―. Pero ya es hora de irnos. Levi, cariño, tú guardas los bolsos.

El susodicho es obligado a acatar la orden, transportando las pertenencias de cada uno a la cajuela del auto, mientras los dos restantes juegan con el nuevo integrante de la familia. Se compadece del can asustadizo que abre los ojos al máximo al estar entre los brazos de la mujer de lentes. Parece traumado.

―Vagos de mierda ―refunfuña.

Deposita los tres bolsos dentro del auto y, cuando está a punto de cerrar, alcanza a divisar al fondo una familiar mochila negra con la estampa de Linkin Park. La arrastra hasta la orilla y, sin nada de moderación, abre el cierre para averiguar qué contiene, topándose con un cambio de ropa, un poco de dinero, objetos de higiene personal, llaves, tarjeta del autobús y un celular roto. Las cosas de Mikasa.

«¿Qué tan despistada puede llegar a ser esa mocosa?», se cuestiona a sí mismo, al tiempo que, curioso, enciende la pantalla del móvil. El fondo de bloqueo continúa siendo exactamente el mismo: ella abrazando a un joven de corta cabellera rubia y ojos celestes, el mismo que aparece en una publicación de su Instagram ―sí, ya la ha stalkeado un par de veces―. La identidad de aquel desconocido es un enigma para él, a tal punto que consideró en reiteradas ocasiones seguir a ese tal Armin para indagar en su perfil y conocer qué clase de persona es o qué relación mantiene con Mikasa. Sin embargo, en todas renunció a la idea porque el muchacho conserva su cuenta en privado, y lo que menos quiere es dejar sus huellas regadas tan fácilmente. ¿Será su novio? ¿Su amigo? ¿Su primo lejano? No lo sabe, Mikasa nunca le ha mencionado absolutamente nada acerca de él. Tal vez se tomará la molesta de idear un plan para preguntarle a Isabel, ella debe saber algo. Si le compra una taza nueva que añadir a su colección, es seguro que ella divulgará la información en menos de lo que canta un gallo.

Da varias vueltas al celular, inspeccionando desde todos los ángulos posibles mientras en su mente se crea un debate interno entre el bien y el mal. El pensamiento de revisarlo arremete contra él por segunda vez ―la primera fue durante la salida al club Rose, cuando accidentalmente se llevó el teléfono, pero no hizo más que agregar su número de contacto y, de paso, agendar a Mikasa en el suyo―; sin embargo, termina haciéndole hace caso al angelito, eligiendo la acción de volver a bloquearlo y guardarlo en la mochila.

Inevitablemente, tendrá que ir a su casa para regresarle sus cosas.


El can dormita pacíficamente, usando su antebrazo izquierdo como una cómoda almohada de plumas. Entre tanto, Levi realiza malabares para bajar la mochila del auto y no perturbar sus dulces sueños en el proceso. Una vez que todo está equilibrado, rige su rumbo directo a la puerta del hogar de Mikasa.

¿Qué nombre sería adecuado para el nuevo animalito? ¿Pelusa? ¿Bigotes? ¿Pulgas? No, claramente no. ¿Blacky? ¿Panda? ¿Whisky? Se da por vencido casi instantáneamente porque está al tanto de que es malísimo en la búsqueda de nombres; por ese motivo, siempre es Kuchel quien los bautiza.

Con su mano libre, pulsa el timbre adherido al muro. Una, dos, tres veces. Sin respuestas. Las luces no se encuentran encendidas, ¿no hay nadie en casa? En un principio, piensa desistir y volver a la mañana siguiente, pero, por alguna razón inefable, se mantiene anclado a su lugar. Acontecen un par de minutos, en los que continúa apretando el botón cada cierto tiempo, hasta que un foco se enciende en el recibidor y, posteriormente, la puerta es abierta, permitiéndole a Levi ver a la figura del otro lado.

A pesar de las hebras negruzcas ligeramente desordenadas y la carita de dormida, para él nunca se ha visto más hermosa. Sus grandes ojos grises lo evalúan con confusión, como un gatito curioso incapaz de maquinar la situación. Al parecer, la ha despertado abruptamente de la siesta y su consciencia todavía no resucita del letargo.

― ¿Me dejarás pasar o te quedarás ahí bugeada? ―inquiere Levi apenas consigue salir de esa maldición hipnótica que rodea a Mikasa.

La chica coloca los ojos en blanco, apartándose para permitirle la entrada, realizando esa expresión quejosa que a Levi tanto le gusta. Ya dentro, lo primero que percibe es el aroma a desodorante de limón que viaja en el ambiente y es aprobado por su quisquillosa nariz. Si sus cálculos no fallan, el hogar fue higienizado hace poco, se nota por los pisos relucientes y la inexistente capa de polvo en los muebles.

― ¿Me concederías el honor de saber por qué estás aquí? ―exige saber ella, cruzando los brazos bajo sus pechos y apoyando el peso en su cadera.

―Tu mochila ocupaba espacio en mi auto ―dice descolgándola de su hombro para ofrecérsela. Ella la recibe con normalidad, no existe ningún indicio de alivio en su rostro por recuperar sus pertenencias―. Se está haciendo una costumbre que olvides tus cosas.

―Huiste de mí antes de que pudiera buscarla, no es mi culp... ―paraliza la oración al bajar su vista y hallar al cachorro (que se camuflaba en la oscura ropa de Levi) ya despierto por el ruido de voces.

Ensimismada, extiende sus manos y, sin pedir permiso, le roba al can con suma suavidad. Lo eleva a la altura de su rostro, analizando cada detalle. En su cara habita una sonrisa casi imperceptible adornando sus rosados labios. En seguida, lo acurruca contra su pecho y deposita un piquito en su peluda cabecita. Sin dudas, nunca ha pensado que un perro lograse darle celos hasta este momento. No obstante, es innegable admitir que la tierna y bella imagen oprimió su corazón.

― ¿Cómo se llama?

―No tiene nombre, acabo de encontrarlo ―explica bajo la atenta y luminosa mirada de la chica―. ¿Alguna sugerencia, mocosa?

―Oh, qué tal... ―lo gira para descubrir su sexo, dudando por unos momentos ―. ¿Taffy? ―sugiere.

―Como sea ―se encoge de hombros, aceptando la propuesta. Por lejos es mucho mejor a los que él consideraba.

―Ok, Taffy, eres muy lindo ―alcanza a escuchar que le murmura en el oído antes de inclinarse hacia adelante y dejarlo en el piso, admirando cómo la bolita de pelo comienza a inspeccionar el interior de la casa con algo de inseguridad―. ¿Quieres tomar algo?

La pregunta lo pilla totalmente desprevenido, así que adquiere su debido tiempo para recapacitar en una respuesta y no cagarla. Normalmente, se hubiese negado a la oferta, ya que es muy devoto a rechazar invitaciones de ese tipo. Sin embargo, es una oportunidad única de pasar tiempo a su lado fuera de lo profesional, Mikasa le está ofreciendo en bandeja de plata conocer más acerca de ella y averiguar si existe o no algún indicio de que logren estar juntos. Por lo cual mueve la cabeza en una señal afirmativa.

Mikasa lo conduce a la cocina comedor, señalando que se ponga cómodo. Levi, en cambio, se dedica a apreciar la secuencia de movimientos de la azabache; cómo lava, sacude y seca sus manos, cómo llena una pava con agua caliente para luego encender la hornalla y hervirla. Siendo sincero, jamás fue muy delicado en ese aspecto ―mejor dicho, no le importa si debe tomar agua, jugo o lo que sea―, pero justo ahora ruega al cielo que no se le ocurra ofrecerle un café. Aborrece esa bebida con cada trozo de su alma.

― ¿Y tu padre? ―interroga él, sacando tema de conversación al notar el mutismo. Camina hasta posicionarse a su derecha y usar un poco de detergente, aseando sus manos en el fregadero doble. Al concluir la tarea, decide sentarse en una de las sillas expuestas alrededor de la mesa rectangular, con el propósito de contemplar desde un mejor ángulo las acciones de la chica.

―Salió con unos amigos ―explica Mikasa, mientras adquiere una taza verde de la estantería y una cuchara del segundo cajón―. Probablemente estén bebiendo en un sótano con olor a humedad, jugando a los naipes y creyéndose hombres de la mafia ―se encoge de hombros―. ¿Sabes? Tuve suerte de llegar aquí antes de que mi papá se fuera. Después de todo, te llevaste mis llaves.

Ok, una disculpa es lo menos que Mikasa merece. Empero, esa palabra no está disponible en su vocabulario todavía, es desconocida. ¿Se siente culpable? Por supuesto que sí, ya que también la ha hecho caminar alrededor de treinta o cuarenta minutos, pues la tarjeta del transporte público estaba cautiva en la mochila. Y todo por irse apurado gracias a los malditos nervios que tanto aborrece.

―Ya no es hora de quejarse, tus llaves están aquí, ¿no? ―en su interior, un mini Levi está golpeándolo a escobazos por actuar tan desconsiderado.

―Sí, supongo ―responde ella, depositando en la mesa una taza de té frente a él.

Vacila al darse cuenta de que no ha puesto una azucarera ni nada para acompañar. O Mikasa es pésima anfitriona o ya sabe que a él no le gusta mezclar la infusión con cosas dulces. Duda sensatamente que la segunda opción sea la correcta, ya que nunca le ha mencionado aquel detalle por boca propia. No opina nada, solo toma un pequeño sorbo para confirmar su teoría: sabe amargo, justo como le gusta.

― ¿Y el azúcar?

Mikasa, quien acaba de sentarse frente a él, pestañea con lentitud, como si no comprendiera su mismo idioma.

―Oh... Es que, siempre que conversaba con tu madre, notaba que nunca le echabas a tu té, así que supuse que no te agradaba el azúcar ―dice y Levi jura que logra percibir un deje de timidez en su aterciopelada voz―. Al parecer me equivoqué. Ahora te traigo.

―No, espera. Acertaste ―musita con un tono de voz estoico, muy contrario a la fiesta que se lleva a cabo en su interior. Todo su sistema es un caos catastrófico por el solo hecho de pensar en que ella le presta atención, percatándose de pormenores que la mayoría pasa por alto.

Los siguientes minutos se resumen en Levi bebiéndose el té de a poco, disfrutando el silencio y enviándole miraditas fugaces a la joven que simula estar bastante inquieta. Por momentos, juega con un largo mechón de cabello o lo coloca detrás de su oreja, se muerde el labio inferior o repiquetea sus uñas contra la superficie de la mesa, incluso sacude su pie ansiosamente bajo esta.

― ¿Tienes hormigas en el culo o qué? ―averigua Levi, intrigado por su inusual comportamiento.

―No, es solo que... ―su cuerpo por fin se queda quieto y sus iris se detienen sobre él―. ¿Puedo hacerte una pregunta?

―Acabas de hacerla.

―Bueno, ¿puedo hacerte dos preguntas?

―Derrochaste la segunda pregunta ―se mofa, entretenido ante la expresión de pocos amigos que instala en su lindo rostro.

―Eres insufrible ―sisea, dejando escapar un resoplido―. ¿Cuatro preguntas?

―Prosigue.

―Antes de la audición dijiste que desde el principio lo había hecho bien sin ti. ¿A qué te referías?

―No lo sé, ¿a qué será? ―pregunta, desviando la vista. Su mente maquina a toda velocidad miles de formas para salir de esa situación, obteniendo resultados negativos. No estaba en sus planes que ella recordara la dichosa frase.

― ¿Acaso solo lo inventaste para hacerme sentir mejor? ―entrecierra los ojos, forzando una posición molesta que le advierte lo cuidadoso que debe ser al responder si no quiere hacerla enojar.

―No lo hice ―comenta con fingida serenidad, apoyando la taza en la mesa una vez acabada la infusión de manzanilla―. Pero tienes que averiguarlo tú misma ―esa es su excusa ganadora para escapar. No quiere admitirle por nada del mundo que ella lo hizo excelente sin su ayuda la primera vez que bailaron juntos. De seguro, solo él rememora detalles como esos. Evidenciar su sentimentalismo al traer a la actualidad situaciones sucedidas hace bastante tiempo, no está en lo acordado―. Mira el lado positivo, puedes demostrar tus habilidades como la próxima Sherlock Holmes. Aunque dudo que lo logres, después de todo, llegaste a la conclusión de que Hange era mi novia.

―Eso fue un malentendido ―replica con un motín que se le antoja adorable―. Te odio.

―Me alagas.

Mikasa se pone de pie, encubriendo con ayuda de su cabello la sonrisita dibujada en sus labios ante su cinismo. Por suerte, alcanza a capturarla justo a tiempo, y ese diminuto mohín incita a que su pobre corazón sufra un mini paro cardíaco. «Maldición, es hermosa», la husmea totalmente embelesado, omitiendo como puede la vestimenta que envuelve su curvilíneo cuerpo, la cual consiste en una blusa de tirantes sin nada bajo esta y un short considerablemente corto junto a unos soquetes negros usados a falta de pantuflas. Retiene el aire en sus pulmones, desviando la vista hacia los movimientos que Mikasa realiza. Está disponiendo sobre el mármol una tabla de madera, cuchillo, bolws, especias, y demás materiales utilizados para cocinar.

― ¿Estás ocupado?

―No, ¿por qué lo preguntas?

― ¿Quieres quedarte a cenar? ―suelta de repente, todavía de espaldas―. Seguramente, mi papá no volverá hasta la madrugada, y dicen que la comida saber mejor en compañía. O bueno, eso comenta Sasha.

El cerebro se le tilda en su esfuerzo por procesar las palabras. No sueña, ¿cierto? Porque si lo está, anhela con todas sus fuerzas caer en un coma eterno. La chica que le gusta lo acaba de invitar a comer, de noche, en una casa donde solo habitan ellos. ¿Es esto acaso una bendición? Afirmativo, lo es, un ángel lo ha besado.

―Te advierto que no soy muy productivo en la cocina.

― ¿El gran Levi Ackerman admitiendo que no es bueno en algo? Vaya ―sonríe socarrona, observándolo desde su hombro.

―Sí, ya sabes, en algún punto debo dejarte destacar.

― ¿Qué quisiste decir con eso? ―cuestiona notoriamente ofendida, agarrando el mango del afilado cuchillo y apuntándolo hacia él.

―Tómalo como más te plazca ―alza una ceja petulante―. Ahora deja de amenazar mi vida y mejor hazlo con la del alimento al que necesitas acuchillar.

―Levi al horno con papas, ¿te apetece?

Efectúa una mueca para evitar reír mientras ella, después de arrojar un bufido de exasperación, regresa a su tarea de hurtar un par de papas guardadas en el canasto de verduras, lavarlas minuciosamente para pelarlas y cortarlas en forma de bastones.

― ¿Tienes una obsesión con comer eso? ―no es habitual en su personalidad ser tan charlatán, pero tampoco es la primera vez que comen lo mismo juntos y aquello le causa intriga. Además, ya la ha visto bajarse junto a Blouse las papitas fritas que esta última reparte a sus amigas después de la clase de ballet.

―Oye, son prácticas y deliciosas. ¿No te has parado a pensar en todo lo que se puede hacer con esto? ―indica, señalando el tubérculo―. Es multiuso.

―Ya veo que el objetivo principal de esa glotona no fue conquistarte, más bien ha sido lavarte el cerebro.

― ¿Y tú como sabes que quiere conquistarme?

―Porque te acecha como un depredador y se le cae la baba cada vez que te ve.

Exactamente como le sucede a él.


Friega, seca y guarda todos los utensilios a la vista, dejando la cocina impecable. Levi es el encargado de lavar los platos y Mikasa de acomodar en el refrigerador las sobras de la cena destinadas a Elias Ackerman. Probablemente, el hombre devore lo primero que se le cruce en el camino luego de la resaca de domingo.

Cuando se le ocurre pensar en una excusa barata para ganar más tiempo al lado de Mikasa, su celular tintinea con un mensaje de WhatsApp. Lo saca de su bolsillo y, al dibujar el patrón de desbloqueo, descubre que se trata de su madre, a quien no le ha respondido desde las seis de la tarde. Eso significa peligro y un certero regaño.

Señora insufrible, 6:01 p.m.

Cariño, ¿cómo estás? ¿Se divierten? Recuerda ponerte protector solar. Te quiero.

Señora insufrible, 7:15 p.m.

Hijo, ¿ya vuelven? Avísame si llegan más tarde.

Señora insufrible, 8:00 p.m.

Como no te dignas a responder ninguno de mis mensajes, tuve que preguntarle a tu adorable amiga Hange. Me dijo que hace quince minutos la dejaste en su casa y que tenías una sorpresa para mí. ¿Dónde estás?

Señora insufrible, 10:57 p.m.

¿Dónde diablos te metiste, muchachito? En una hora va a ser medianoche y en cualquier instante sufro un infarto por tu culpa. Los mensajes te llegan, pero si no respondes, me veo en la obligación de llamar a la policía para que investiguen tu desaparición.

Incrédulo, se masajea el entrecejo, releyendo la última oración una y otra vez, asegurándose de que sea real. No tarda en comenzar a teclear lo más rápido que sus dedos le permiten antes de que Kuchel cometa una locura.

Mujer, sabes que te quiero, pero no exageres. Voy en 15 minutos.

Inmediatamente, recibe otro mensaje.

Señora insufrible, 10:59 p.m.

¡No me dijiste dónde estabas!

Bloquea el celular, sin molestarse en contestar nuevamente. De cualquier forma, va a ganarse un tirón de oreja apenas atraviese la puerta de su hogar. Levanta la mirada, observando a Mikasa que termina de repasar la mesa con ayuda de un trapo.

―Oye, tétrica, me voy.

―Ok...―pasa una mano por su nuca y, de repente, abre los ojos como si hubiese recordado algo sumamente importante―. Cierto, olvide devolvértelo.

Dicho esto, toma la cadenita dorada que cuelga de su cuello y el delicado dije de bailarina junto a su propio anillo de picos salen de su escote ―obviamente, a Levi no se le escapa ese detalle―. La azabache quita el candado, separando así el objeto que le pertenece. ¿Qué tan despistado podía estar como para olvidar algo tan valioso? ¿La bella mujer ubicada frente a él le ha echado algún tipo de maldición? Quizás.

Sus manos adquieren un contacto prologando cuando Mikasa le entrega el anillo, y de nuevo siente esa presión molesta en la boca del estómago que lo incentiva a salir corriendo antes de que pierda el control sobre sus cabales y finalice comiéndole la boca de un beso. Desconoce por qué ella no quita los dedos de su palma, mas no se detiene a recapacitar en su peculiar actuar porque dentro de su sistema se lleva a cabo un simulacro que incluye luces rojas, salida de emergencia, alarmas y megáfonos a máximo volumen anunciando la pronta retirada. Empero, no puede irse sin encontrar al paquete que trajo consigo.

― ¿Dónde está el saco de pulgas? ―comenta, apartando su mano abruptamente para cerrarla en un puño.

―No lo sé ―carraspea ella, retornando su viaje a la realidad.

Barre con la mirada la extensión del comedor libre de la presencia del susodicho. Preocupados, ambos se destinan al living ―el único sitio que queda disponible, pues las otras habitaciones parecen ubicarse escaleras arriba, haciendo imposible que alguien tan pequeño como Taffy logre subirlas― y es ahí donde lo vislumbran dormido sobre un almohadón rojo, perteneciente al sofá, que se cayó al suelo con anterioridad.

Mikasa muerde su pulgar, conteniendo la sobredosis de ternura que la asalta de golpe ante semejante obra de arte. Él permanece solidificado en su sitio, en cambio, ella se aproxima despacio al animalito y palpa su lomo con la punta del índice para no asustarlo. Taffy abre los ojitos negros y bosteza apenas interrumpen su dormitar. Mikasa le hace upa, distribuyendo caricias en su cara junto a besitos explosivos como método de despedida.

El cuadro es enternecedor para Levi y para cualquier persona que se detenga a ver la inigualable conexión entre ellos. La ternura del cachorro que reparte pequeñas lamidas a la piel diáfana de Mikasa, la bella sonrisa de la chica y sus facciones risueñas que certifican la alegría que predomina en todo su ser. Ni siquiera duda sobre la decisión que acaba de zanjar.

― ¿Dónde lo encontraste? Todavía tiene olor a bebé ―habla la azabache una vez que concluye su adiós.

― ¿De qué hablas?

―Sí, mira, huele su aliento. Es de bebé.

―Paso.

―Amargado ―le reprocha, situando a Taffy junto a su rostro y levantándole la papita en señal de fuck you. Levi arruga la nariz, dando un aspecto mosqueado por su pequeña bromita que, en realidad, le ha caído tierna―. Ten.

―No, quédatelo.

―Vamos, no es momento de ponerte orgulloso ―le extiende al can en espera de que lo reciba―. Apuesto a que fue Kuchel quien te envió un mensaje, debe estar preocupada.

―No entiendes, mocosa tonta ―Levi niega con la cabeza, maldiciéndose a sí mismo por no expresarse correctamente y tener que repetir como un loro―. Es para ti.

― ¿Qué?

―Taffy es tuyo.

Mikasa no brinda reacción alguna hasta que los ojos se le humedecen, reviviéndola de su aturdimiento. El dolor de perder una mascota es horrible, desgarrador, y Mikasa todavía no se recupera de la muerte de Charlie. Cualquiera lo tacharía de insensible por no pensar en sus sentimientos primero, pero él lo cree más que necesario, porque el contento que ella dejó entrever tan fácilmente es único y valioso. Taffy estaría bien con Mikasa. Mikasa estaría bien con Taffy.

― ¿Estás... hablando en serio?

Percatándose de la vacilación en el semblante de la muchacha, Levi formula un «Tch, ¿acaso tengo cara de payaso como para bromear?» que la hace negar con la cabeza y reír ligero. Suspirando, apoya su mano sobre la coronilla de la joven y, casi con miedo, como si temiera ser rechazado en el intento, despeina su larga cabellera.

―Gracias...

Mikasa extiende su mano libre hacía él, mas la detiene a medio camino como si se hubiese arrepentido de un segundo a otro. Levi nota al instante cómo la chica se pierde en un debate interno consigo misma, y no tarda en descifrar que ella pretendía abrazarlo, pero hay algo que se lo impide. Algo que logra adivinar sin muchas vueltas. «¿Qué bicho de mierda te picó? No me toques». Ojalá pueda enmendar su error.

Levi avanza un paso sin titubear, enviando parsimoniosamente su mano a la espalda baja de la fémina para atraerla hacia su cuerpo y encerrarla con el cuidado suficiente de no aplastar a Taffy. Su aroma a vainilla inundando sus fosas nasales, la habitual comodidad de sus cuerpos unidos, la respiración templada chocando en su cuello. Todos estos factores corroboran una vez más lo perdidamente enamorado que está de Mikasa Ackerman.

«Porque estarás a salvo en mis brazos».


Su agotado cuerpo cae sin nada de sutileza contra el mullido colchón, y toda su cabeza da vueltas con ese simple movimiento. Un grande bostezo escapa de su boca mientras se revuelve el cabello húmedo gracias a la ducha que acaba de otorgarse. Tiene claro que necesita dormir, aún más luego de un día tan agotador, pero primero solicita unos momentos de quietud para rememorar lo que ha avanzado hasta ahora. Todos y cada uno de los regaños de su madre valieron totalmente la pena.

Busca su celular para desactivar las alarmas que suenan cada mañana sin falta a las 5:00 a.m. Pero, como es tradicional, su lado atortolado toma el control, yendo directamente a abrir el penúltimo chat de su WhatsApp por indeterminada vez en lo que va del día.

Mocosa , 11:12 a.m.

Y si no estoy lista, ¿qué vas a hacerme?

Inconscientemente, captura su labio inferior entre sus dientes, suspirando al imaginar a la chica emitiendo aquel mensaje con su preciosa voz. Deja reposar su cabeza hacia atrás, hundiéndose entre las blancas almohadas de su cama.

Esa mocosa tétrica no tiene ni idea de lo que ocasiona en su interior.


A continuación, queridos lectores, voy a sacar toda mi frustración, así que si no les apetece leer mis babosadas, son libres de ignorarme xD.

Bien, aquí está por fin el capítulo que más canas me ha sacado durante mis dos años como ficker. Después de 50 días, logré terminarlo el 24 de septiembre a las 6:20 de la mañana. Ocurrieron varias desgracias que ya mencioné en mi tablero. En primer lugar, todos los archivos que tenía en la computadora sobre Cristal se borraron, con ellos lo que sería el boceto del capítulo nueve que solo tenía 5.000 palabras. Soy una persona que se enoja muy fácil, por lo tanto, estuve resentida por varios días ante lo sucedido. Luego se me pasó obviamente, pero, ¡bum! Ya no podía entrar a mi cuenta de Wattpad y estuve intentando por un día entero, casi me muero. Por suerte un amigo que sabe de esas brujerías me ayudó a recuperar la contraseña xD.

Sigo: se rompió el pin de carga de mi computadora (no era el cargador como yo pensaba) así que la mandé a arreglar y recién llega en 3 días. Mi única solución era escribir en el celular, cosa que aborrezco con toda mi alma, no sé por qué. Hasta que mis dos neuronas se conectaron y me recordaron la existencia de otra computadora en mi casa, que anda para el re orto, se apaga de la nada, y las teclas están más duras que yo después de pasar 14 horas seguidas frente a la pantalla de la misma. Entonces dije: ¡algo es algo! Y aquí estoy, batallé como nunca, pero aquí estoy jajaja.

Ahora, me pongo a hablar del capítulo.

Acá, como podrán ver, Levi no es ningún salame (bueno, un poco sí) él sabe muy bien desde el principio lo que siente por Mikasa, solo que obviamente tiene varias inseguridades al creer que no es correspondido (yo sé que quisieron matarlo cuando le dijo que no lo tocara xD). Aun así, no se da por vencido. ¿Se esperaban que fuera tan directo? ¿Sí? ¿No? ¿Qué les pareció?

No quise describir mucho los pasos en la escena del baile. Opté por expresar cómo Mikasa se sentía y eso es todo.

Ya era hora de que Taffy apareciera, ¿no creen? Yo amo con toda mi alma a este perro imaginario jajaja, es como mi creación y me encanta añadirlo a las historias.

¡Ah! Si mi memoria no falla, este es el capítulo más largo que he escrito, sobrepasando las 13.500 palabras. Ni yo me lo creo. Supongo que este detalle puede recompensar mi tardanza... ¿No? ¿No puede? Uh, ok.

Diría que es mi capítulo favorito por todos los sentimientos bonitos que tiene, pero estoy en 50/50, lo amo y lo odio al mismo tiempo por hacerme rabiar tanto. Por cierto, si notan un poco floja la narración del pov de Levi es porque no congeniaba a veces. Intentaré arreglarlo en estos días.

Como seguro se dieron cuenta, la canción usada para el baile aparece arriba en multimedia. Es muy bonita. Me gustó bastante jugar con la letra y colocarla después de que Mikasa y Levi se abrazan. Fue muy chu para mí.

Por último y, como siempre repito cual loro insoportable, disculpen si encuentran algún error. Trataré de corregir los que vea, pero si pillan alguno porfa díganme. Leí tantas veces esto que ya me cansé y no veo nada xD, pero yo sé que siempre algo se me escapa.

Ojalá les haya gustado. No prometo una fecha exacta para traerles el próximo para no decepcionados. Lo que sí puedo afirmar es que el capítulo 10 es el que más me va a gustar escribir. Tengo en mi cabeza cada escena y, ¡aaaah! Ya quiero que lo lean. Estoy muy emocionada.

Cuídense, tomen agüita y quédense en casa. Los quiero muchísimo.