Aquella noche volvió al cuartel andando, solo y en silencio. Llegó a la puerta al día siguiente con la ropa manchada de polvo, el pelo y cuerpo sucios y los zapatos rotos por culpa de la larga caminata hasta allí. Dio el la identificación y entró sin decir palabra a los soldados que lo escoltar hacia la explanada de armas. El sol lo molestaba pero no le dio importancia. Tampoco a las risas y a los cuchicheos de otros soldados que comenzaron a reírse de él al verlo de esa guisa. De forma mecánica, se dirigió a su barracón, se ducho y cambio de ropa y se dirigió hacia la cantina en busca de Carter.
Encontró a la mujer en la barra discutiendo acaloradamente con un recluta. Aunque intentaban disimular su tono de enfado y la música de una gramola cercana sonaba a todo volumen confundiéndose con una multitud enmarañada de voces, Steve pudo distinguir trazos de la conversación.
—¡Te digo que ayer no estaba en su despacho! —dijo el hombre que se encontraba de espaldas a Rogers.
—¿Lo comprobaste bien? —insistió Carter.
—Ya te lo he dicho. Ayer no estaba y en todos estos años de investigación jamás ha salido de este sitio. Algo debió de ocurrir ayer que lo sacó del laboratorio —dijo el hombre.
—Ninguno de mis agentes al mando lo vio por la ciudad así que, no puedo puedo fiarme solo de lo que tu me estás diciendo.
—¡Dios, Peggy! No sé cómo explicártelo ya. La puta rata alemana no estaba ayer en el Ala Secreta. Salió a hacer algo ayer en nuestras putas narices. ¿Crees que sabe que le vigila todo el operativo de S. H. I. E. L. D. ?
—No, no creo. Algo le hizo salir de su madriguera pero nosotros no porque no nos movimos de nuestros puestos.
—Si no hubieras estado ocupada tirándote a ese tal Burnes, quizá lo habrías visto salir —le increpó el hombre desconocido. Steve, que había oído el apellido de Bucky, se acercó a un grupo de soldados que conversaban alegres y se agazapó junto con ellos al amparo de la penumbra que sus cuerpos formaban. Carter se echó a reír.
—Yo estaba en mi puesto y además con ese hombre ya no tengo nada. ¿Burnes? Es un bujarra. Le gustan más los hombres que a mí. Cuando le conocí se hizo el machito al principio pero luego después se acobardó. Me confesó el muy memo que le gustaba ese enclenque. ¿Te lo puedes creer?
—No te creo —se carcajeó el tipo—. ¿El enano del experimento?
—Ese mismo. Yo por él no me preocuparía. Solo es un chico de Brooklyn enfermizo y sin muchas luces. Erskine le ha tomado cariño pero ya sabes; los nazis sienten debilidad por los jovencitos —contestó Carter guiñando un ojo de manera descarada.
Steve arrugó el gesto. La ira fluía por su sangre como un torrente descontrolado mientras ellos se carcajeaban. De haber tenido más fuerza, habría salido de las sombras y les habría arrancado la cabeza de cuajo. Al fin y al cabo Bucky era su... ¿Realmente era su amigo? Él mismo se había buscado esa situación, no le debía absolutamente nada. Entonces ¿por qué se sentía tan furioso con aquellos dos? ¿Por qué el corazón le iba a mil por hora de nuevo tras haber sido testigo de una revelación tan chocante como la de que le gustaba a Bucky? Era absurdo porque ya no sentía nada. Ni por Bucky ni por nadie.
—Ugh, detesto a los maricones. Ojalá pudiera patearles la cara a cada uno de ellos. Déjame patearsela a ese Burnes —pidió el tipo.
—Haz lo que quieras —repuso Carter con indiferencia—. Yo si fuera tú, no me buscaría problemas teniendo en cuenta tu reputación en el pasado. No me extrañaría que te expulsaran del ejército y entonces tu tapadera se iría al garete.
—Soy de Manhattan. Lo raro es no ser como yo he sido —replicó el hombre con sorna—. Pero si hay algo que puede más que mi templanza es el hecho de que exista esa escoria. Los odio con toda mi alma. Más incluso que los nazis. Están por todas partes y pervierten a los chiquillos.
Carter arqueó una ceja y le dio un trago a su vaso de bourbon. Después hizo un gesto con su mano y el tipo con un ademán cómico se alejó de la barra. Steve no consiguió verle el rostro ya que se marcho precipitadamente y no le dio tiempo a fijarse bien.
Esperó a que Carter se terminará su bebida y saliera también. Tras unos segundos de prudencia, dejó la cantina y corrió en su busca. La alcanzó cuando ella se disponía a entrar en el cuartel principal.
—Señorita Carter —dijo Steve con aquella voz escalofriante y novedosa. La mujer sobresaltada se giró y le dedicó una mirada de amargura.
—¡Madre mía, Rogers! Qué susto me has dado. ¿Tú no estabas fuera con tu familia?
—Sí pero ya he vuelto. Quisiera hablar con el coronel Phillips y el doctor Erskine.
—Tienes un permiso. Úsalo y vuelve cuando se haya acabado —dijo la mujer con brusquedad—. El coronel Phillips seguro que quiere de todo menos hablar contigo, niñato.
—Yo no le he dado permiso para que me hable así, señorita Carter —cortó Steve mostrando de repente una valerosa frialdad que dejó descolocada a la agente.
—¿Qué has dicho, retaco? —dijo ella entonces encarándose con él.
—He dicho —continuó Steve— que no le he dado permiso para que se dirija a mí de esa manera. No le tengo miedo, señorita Carter.
Ella le agarró del cuello de su camisa con violenta rapidez. Él le aguantó la mirada imperturbable. Era cierto. Ya no tenía nada que perder de modo que los golpes le iban a doler menos. Ella se dio cuenta de que algo había cambiado y cuando estaba a punto de pegarle un puñetazo, se detuvo y observó los tristes ojos azules inyectados en sangre de su protegido. Steve había estado llorando y ya no le debían de quedar lágrimas ni terror que mostrar. Lo liberó apartándole de un empujón y le dijo frunciendo el ceño:
—Voy a llamarlos. Espera aquí.
Él obedeció y al rato ella vino con los dos hombres con paso rápido. El coronel se cuadró frente al chico y le dedico una mirada inquisitiva.
—¿Se puede saber qué ocurre, Rogers?
—Le pasa algo en los ojos —informó la mujer que se había situado al lado de la autoridad militar.
Steve miró a Erskine que fingía sorpresa mientras le reconocía con una pequeña linterna.
—Debe de ser por la inyección inmunológica —explicó el científico con un timbre de alarma—. Dejen que lo lleve a mi despacho. Podría tratarse de alguna reacción adversa.
—Ocúpese de él inmediatamente, doctor —ordenó Phillips con una muñeca de fastidio—. Y usted, señorita Carter haga el favor de venir conmigo.
Steve se desnudó por completo frente al doctor en su sala vacía. Erskine se colocó los auriculares del estetoscopio en la oreja y procedió a medirle el ritmo cardíaco por el pecho. Cuando terminó le ofreció a Steve otras de sus sonrisas bonachonas.
—Estás perfecto. Tienes un poco de fiebre pero es solo una reacción normal. Se te pasará en unos días. Aunque quizá te aparezca enrojecimiento de ojos más a menudo. Pero por lo demás estas perfecto.
—Sospechan de usted, señor —susurró entonces Steve en alemán y sin mirarlo—. Está bajo el punto de mira de esa mujer inglesa. Ayer, cuando mató a esa escoria americana, se habían percatado de su ausencia en el cuartel.
—¿De qué estás hablando? —respondió Erskine también en el mismo idioma. Su rostro demudó en uno de alarma y fastidio—. ¿Oíste algo más?
—Sí —continuó Steve en un susurro carente de toda emoción—. No es del servicio secreto británico como ella había dicho. Pertenece a algo llamado S. H. I. E. L. D. Posiblemente era la organización que mi padre quería destruir cuando vino a América.
—¿Estaba sola?
—No. Estaba hablando con un hombre. Era un soldado de aquí pero como nos encontrábamos en la cantina y en penumbra, no logré verle el rostro.
Se desvaneció toda bondad en el científico cuando este, iracundo, dio un golpe en la mesa con su puño haciendo sobresaltar al chico. Después se sentó, se llevó las manos al rostro y se lo frotó con lentitud. Finalmente miró a Steve y le dijo:
—¿Te vieron?
—No, señor.
—Van a por mí. Tenemos que convertirte ya o no dará tiempo a completar el plan de Hydra —explicó Erskine—. S. H. I. E. L. D. quiere secuestrarme y torturarme para que les cuente el secreto del suero. Debes llevarlos tú a Berlín para que V pueda clonar la fórmula.
—¿Cuál es el nombre completo de V, señor?
—Nadie lo sabe. Es un agente sin identidad, sin pasado. Nadie lo ha visto pero Schmidt el único que puede comunicarse con él y te llevará hasta él —dijo Erskine con nerviosismo—. Ya vienen. Si no es hoy será mañana. Tenemos que concluir con el proceso.
—Si ven que me he saltado un paso en las pruebas, sospecharán de usted y de mí —dijo Steve entonces muy serio—. Haga que me examinen en la disciplina de tortura. Que sea hoy. Por eso he venido. He acudido a usted para que me ayude a completar mi misión. Es usted el que me dijo que debía hacer que el barón se sintiera orgulloso.
—Tienes razón, joven. Espera. —Se levantó de su silla y se acercó a un gran armatoste que se encontraba cerca de la mesa de operaciones. Era una caja fuerte que parecía muy pesada y muy difícil de abrir. Con una serie de movimientos precisos y complejos abrió la puerta y del interior extrajo unas bolsas de plástico con un extraño líquido azul iridiscente que tendió a Steve junto con una especie de cubo igual de azul y frío como el hielo—. Escóndelos. Usa todo y a todos los que puedas para esconderlos. Y cuando estés con Schmidt en Alemania procura que lleguen hasta él intactos.
—Sí, señor así lo haré.
—La dosis que te corresponde a ti está en manos del coronel Phillips. No creo que S. H. I. E. L. D. pueda llegar hasta él. Una vez en la sangre, nadie podrá clonar la fórmula —concluyó Erskine—. Vístete, tienes trabajo que hacer.
Una vez terminado el reconocimiento médico Erskine solicitó a Phillips la prueba que le faltaba. El coronel al principio se mostró escéptico pues tras haber visto los síntomas que Steve había manifestado, no creía buena idea someterle a todo el proceso. Pero, sin embargo, a medida que pasaron los minutos y las horas y vio que Steve ni se inmutaba en su celda de aislamiento, accedió a continuar.
Steve se encontraba realmente tranquilo. Nada parecía perturbar aquel estado de calma, ni siquiera la música tan alta y desquiciante que le habían puesto. Sucedieron a esta grabaciones de chillidos, de tanques en movimiento y disparando, y de bombas haciendo explosión pero no parecían hacerle ningún efecto. Una serie de soldados pasaron por la celda para pegarle y maltratar cada una de las partes de su cuerpo y él, como un muerto, se dejaba hacer. Una vez incluso hasta le sonrió a uno de sus verdugos con una sonrisa ensangrentada que daba escalofríos. Ellos no sospechaban que estaban pegando a su futura perdición.
No tenían ni idea de donde había escondido el cubo y las bolsas de líquido brillante. Estaba a salvo y sin nada que perder. Y Phillips, tras dos jornadas agotadoras de continua tortura, le dejó salir de su cautividad. Había pasado la prueba con éxito para sorpresa de todos. Sin mediar palabra fue escoltado por un grupo de soldados a cargo del coronel hacia el barracón abandonado. Allí el suelo se abrió y dio paso a un pasadizo subterráneo que olía a humedad. Caminó junto a los soldados mirando al frente.
Me llevan al matadero, pensó irónico mirando de soslayo a la visión fantasmal de Zetter que permanecía en silencio junto a él observándolo con asco. Ninguno de ellos le había vuelto a hablar. Solo caminaban junto a él, callados y sumisos.
Allí le esperaba el equipo de Erskine y el propio doctor junto a una especie de tanque cilíndrico abierto de par en par. El científico le dedicó una elocuente mirada de impaciencia y temor por su vida, y Steve le dirigió otra que le dejó aún más intranquilo. Sus ojos habían adquirido más rojez en el iris y su azul limpio celeste, se estaba enturbiando con un extraño matiz escarlata.
Lo introdujeron en el tanque que se cerró con fuerza. Phillips le tendió entonces al científico una bolsa con suero y este comenzó a suministrarlo por una sonda. En el interior del oscuro tanque, Steve había comenzado a canturrear en susurros una siniestra canción que nadie pudo oír salvo él. No podía sacársela de la cabeza desde que la escuchó en la celda de tortura.
—Chicos, voy a ir a St. James Infirmary
a ver a mi nena allí.
Ella está tendida en una mesa larga y blanca.
Tan fría, tan dulce, tan dulce, tan bella...
Philips y Erskine empezaron a escuchar gritos de terror y de dolor que salían del tanque. Nada había preparado a Steve para soportar aquella terrible tortura, ni siquiera la prueba anterior. Podía notar como sus huesos, su piel se expandían y sus músculos se ensanchaban sin darle tiempo a recuperarse de la lacerante sensación. En el exterior observaron cómo el chico pegaba golpes contra las paredes del tanque y pedía que lo liberarán pero todo el mundo se mantuvo inflexible pese a las súplicas dolorosas.
—¿Cuanto tiempo durará esto, doctor? —dijo Phillips.
—Hasta que se termine la bolsa.
El final nunca llegaba y la agonía se eternizaba. Podía escuchar a mil voces en su cabeza. Podía oír el llanto de su verdadera madre mientras el padre le asestaba las repetidas puñaladas que acabaron con su vida. Podía oír los gritos de dolor de Marielle enfermando sin remedio. Lo escuchaba todo. De pronto, su mente de centró solo en un grito. Una exclamación desesperada que Bucky había pronunciado años atrás, cuando lo encontró convulsionando en la calle tras la huida. Le estaba llamando, aterrorizado. Le decía que se levantara y Steve, gimiendo le contestaba a su recuerdo.
—Bucky... Ayúdame... Ayuda...
Y el silencio.
