Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.

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Inevitable

Recordatorios

El bullicio de Londres jamás había sido tan reconfortante para Draco como en esos momentos que iba caminando a un lado de Astoria con un vaso de café helado en la mano, mientras la escuchaba hablar sobre anécdotas de la compañía. Con Hermione había salido muchas veces a caminar, pero la sensación era diferente. Tal vez podía culpar al hecho de que si él hacía mala cara, su ex-novia lo reprendía y aunque él sonriera para restarle importancia, en el fondo se ofendía un poco. Por otro lado, andar con Astoria era más relajado, pues la bruja de sangre limpia le apoyaba en cuanto pensamiento desdeñoso le cruzaba por la cabeza, pero a su vez todo quedaba con un chiste cómplice en contra de los muggles.

—Es impresionante —admitió el rubio al contemplar el edificio del estudio, el cual si bien no era muy alto, se podía apreciar como abarcaba varios bloques a la redonda. Era como entrar en un campus estudiantil, solo que al mirar al rededor, en lugar de ver estudiantes, se venían bailarines que entrenaban al aire libre o comían, o simplemente andaban por ahí caminando con sus enormes bolsas o vestuarios iguales a los de la castaña.

—No todos son de la compañía —explicó Astoria, sonriendo y devolviendo unos saludos que le hacían unos jóvenes que andaban en patines—. Ésta también es la academia de baile de la compañía. La mayoría son apenas estudiantes y por lo general no todos consiguen un contrato —apuntó, dirigiéndose directamente hacia el edificio principal que efectivamente, al entrar, lucía más burocrático.

—Deduzco que más de uno te debe de odiar por aparecer de la nada y conseguir uno —comentó en voz baja Draco, mirando de reojo a la recepcionista que les miraba con cierta desconfianza.

—Más de uno —afirmó la bailarina, riendo un poco y siguiendo de largo por un pasillo que tenía varias puertas a los costados—. Estos son los camarotes de la mayoría de los miembros —explicó antes de que su acompañante le preguntara—. Por lo general comparto con Whitney y dos chicas más, pero te quiero mostrar el salón de práctica. Es casi una réplica del escenario del teatro, pero con todas las paredes llenas de espejo —comentó, llegando hasta el fondo donde la entrada sin puerta conducía a un pequeño espacio que topaba con pared y a su vez tenía dos salidas laterales que llevaban al mismo lugar, un mecanismos posiblemente usado para que no se pudiera ver hacia adentro o hacia afuera con facilidad.

—Hablando de narcisistas —bromeó al comprobar que lo que Astoria le había explicado era cierto. En el centro del enrome salón había un escenario similar al del teatro, solo que era completamente redondo y sin cortinas, ni nada que interfiriera con la visión de trecientos sesenta grados. Las paredes estaban tapizadas con espejos que permitían una completa visión de cada movimiento realizado en escenario, y en el espacio libre, donde en el teatro deberían de estar las butacas, había barras e instrumentos que algunos bailarines estaban utilizando para calentar.

—Que chistoso —le reprendió, dejando su enorme bolso en el suelo, sentándose en el mismo para quitarse los tenis.

—No lo puedo creer —se escuchó una voz masculina detrás de ellos y no fue necesario que miraran para saber de quien se trataba—. Me pides un favor para desmentir rumores, pero tus acciones demuestran todo lo contrario —declaró Ethan, parándose frente a Draco y Astoria.

—Oh, por favor. No es como si los paparazzi anduvieran detrás de mí —se quejó la chica, parándose para quitarse el pantalón deportivo que cubrían sus finas piernas enfundadas en mallas y la sudadera para revelar el leotardo negro.

—Al menos hubieras dejado que la noticia se enfriara —se quejó el hombre, rodando los ojos y cruzándose de brazos.

El joven rubio permanecía en silencio al no saber que decir y miraba de reojo el atuendo de Ethan que no resultaba para nada masculino para la clase de complexión que tenía el tipo. A diferencia de los bailarines que andaban por ahí, las mallas negras del coreografo y la pegada camisa sin mangas, solo enfatizaban lo musculoso que era.

—Por favor —bufó Astoria sin darle mayor relevancia al asunto—. Solo diles que es mi primo o algo así, si te vuelven a molestar —argumentó con cierto fastidio, sin si quiera voltear a ver a su coreógrafo.

—Mi pregunta es... —murmuró Ethan, mirando a Draco de reojo—. ¿Qué es en realidad? —preguntó y el rubio más joven no dejó pasar por alto el tono que el mayor había utilizado, ese tipo parecía estar celoso.

—Ya te dije, un amigo —volvió a argumentar la Greengrass, quien para esas alturas ya se había puesto sus zapatillas de punta y comprobaba la resistencia de estas, notando que estaban muy suaves.

Todas las zapatillas nuevas eran duras y había que romperlas, doblarlas lo suficiente para que se amoldaran a la flexibilidad del pie. Con el uso, las zapatillas se iban suavizando y resultaba más cómodo bailar con ellas. Sin embargo, en ese punto de confort era cuando los accidentes podían pasar. Una zapatilla demasiado suave no brindaba el suficiente soporte al pie y no importaba que tan fuertes tobillos tuvieran, ni que tanto dolor se pudiera soportar, un mal paso y mínimo se quedaban fuera del escenario por un mes o para siempre.

Astoria se quedó pensando en eso por unos instantes, absorta en su mundo de baile, hasta que la chillona voz de una chica rubia se escuchó a sus espaldas.

—¿Entonces es verdad que andas con ese tipo? —preguntó Isis, entrando al estudio en compañía de otras chicas que Draco recordaba haber visto en la fiesta.

—Necesito nuevas —comentó Astoria, refiriéndose a sus zapatillas e ignorando por completo a la otra chica—. Creo que pasaré del entrenamiento de hoy —dijo, mirando a Ethan tranquilamente.

—Estás en vacaciones, no es necesario que vengas en toda la semana, lo sabes —remarcó él, sin parecer molesto, aunque quizás se podía sentir un poco de reproche en su voz.

—Claro, la señorita natural no necesita entrenar —remarcó la tan Whitney con sarcasmo y desdeño en sus palabras, siendo apoyada por las risas de sus compañeras. Fue inevitable para Draco imaginarse a sí mismo en esa posición, cuando en Hogwarts se burlaba de Potter y sus dos eternos amigos reforzaban sus burlas.

—¿Me acompañarías a comprar zapatillas nuevas, Draco? —propuso la chica al rubio, quien hasta el momento se había mantenido en silencio contemplado aquel ambiente familiarmente hostil.

No le había tomado más de cinco minutos al desheredado de los Malfoy caer en cuenta de que en aquel privado mundo del baile había muggles que no eran muy diferentes a algunos Slytherin. De cierta forma entendía porque Astoria pese a estar en ese lugar, conviviendo con muggles, no había cambiado mucho en lo que era su forma de ser, claro que tampoco era como si él pudiera dar muchos detalles de cómo era realmente la castaña, pero se daba una idea de la imagen general. Era fácil mantener los colmillos y el elitismo en aquel nido de víboras no mágicas.

—Claro, vamos —contestó finalmente, tomando el bolso de la chica, para que ésta pudiera ponerse la ropa deportiva nuevamente y así salir de aquel lugar.

La singular pareja de magos salió del estudio y sin necesidad de voltear, ambos pudieron sentir como sobre sus nucas estaban las miradas de dos personas que no los tenían como santos de su devoción. Isis odiaba a Astoria por el simple hecho de haber entrado en la compañía sin haber pasado por todo el protocolo con el que ella había tenido que lidiar. Mientras que Ethan comenzaba a sentir cierta apatía por Draco por esa repentina cercanía que mostraba con lo que él había asumido ya era de su propiedad.

—Lamento el mal trago —se disculpó la castaña, recuperando su bolso del hombro de Draco.

—No te preocupes, no ha sido nada —aseguró él, regalándole media sonrisa a la aludida.

—Generalmente son más odiosos —admitió con una pequeña risa para darle vuelta de tornillo a la perspectiva.

—Me imagino que si —concedió, riendo un poco también, a la par que abandonaban el edificio—. Pero no me molesta. Digo, estamos acostumbrados a ese ambiente, ¿no? —comentó, manifestando por fin ese pensamiento que había cruzado por su cabeza momentos atrás.

—Si lo piensas bien... —murmuró la aludida, examinando la información y entendiendo a lo que él se refería, sin necesidad de recibir más explicaciones—. Tienes mucha razón —admitió—. Eso explicaría porque nunca me he sentido muy fuera de lugar en la compañía —dijo, riendo nuevamente.

—Claro, eres como una serpiente en su nido —bromeó él, riendo con ella de nuevo. Draco debía de admitir que sin necesidad de decir demasiado, la estaba pasando bien y hacía mucho tiempo que no se divertía de aquella manera.

—Ni yo lo pude haber dicho mejor —la chica le dio por su lado y siguieron platicando durante el resto del camino de cosas relacionadas a sus años en Hogwarts, en aquellos tiempos en los que llevaban en su pecho la insignia de Salazar.

Casi sin darse cuenta, entre cruce y cruce de calles, ya se encontraban en el centro de la ciudad. El paso de los carros era más escaso en esa zona donde andaban, ahí se veían más transeúntes y personas en bicicletas. Hacia donde se volteara había tiendas y el rubio no recordaba haber pasado por ahí antes, ni siquiera en sus salidas con Hermione.

Astoria lo tomó del brazo para guiarlo hacia donde ella se dirigía. Tuvieron que esquivar a un par de personas al pasar por aquellas apretadas calles atestadas de gente, pero sin mayor dificultades llegaron al local que había mencionado la bailarina. Se trataba de una tienda dedicada a proveer todo tipo de artículos y recursos para la gente dedicada al baile, no solo el ballet. Aunque por lo visto, la castaña era una cliente frecuente del lugar, pues la encargada no tardó en saludarla como si fuese una vieja amiga de la bruja.

La mirada que aquella mujer le dedicó a Draco no pasó desapercibida por parte de ambos clientes, pero nadie dijo nada al respecto. La plática se limitó al asunto que ahí los había llevado y tras unos cuantos minutos, salían de aquel lugar con dos pares de zapatillas de punta en sus respectivas cajas, las cuales iban en una bolsa que el rubio se había ofrecido a cargar. La amabilidad no era mala, mucho menos la caballerosidad, pero internamente el chico sintió un deje de culpa, pues durante sus últimas salidas con su ex-novia había renegado de tener que cargar las compras y ahora se ofrecía sin que Astoria si quiera se lo pidiera.

—Deberíamos de ir a comer algo —comentó el rubio tras un buen rato de camino en el que se les había acabado la conversación.

—¿Qué se te antoja? —ofreció la chica, dándole la razón pese a no tener mucha hambre.

—No sería de caballeros escoger la comida cuando ni siquiera voy a pagar —le recordó con un deje de burla para si mismo.

Su compañera rio un poco y negó con la cabeza, al tiempo que miraba al rededor para ver qué locales estaban al alcance. Descartó la comida rápida por amor propio a su salud, pasó de largo las cafeterías porque ahí solo encontrarían cosas ligeras como para que se les pudiera llamar comida, pero tras unos segundos, sus ojos verdes se fijaron en lo que parecía ser un pequeño restaurante de comida italiana que tenía un singular balconcito con mesas al aire libre.

—¿Te apetece algo de pizza? —propuso, señalando el lugar que se distinguía por tener una bandera italiana debajo de la bandera del reino unido.

—Suena bien para mí —aceptó, comenzando a tomar rumbo hacia el local e inconscientemente, llevó una de sus manos a la espalda de su compañera como si la fuera empujando por el camino, pero paso a paso la mano se deslizó hacia la cadera de la chica y la dejó descansar ahí, mientras caminaban a la par.

O-O-O

La mañana había pasado y por más que Ginny se había esforzado, no encontraba manera de animar a su amiga. Al final, la pelirroja había pensado que sería buena idea salir de compras, pues de esa manera Hermione podía distraerse un poco al estar en un ambiente diferente al que había compartido con Draco durante todos aquellos años. Y como era de esperarse, la esposa del salvador del mundo no se había equivocado demasiado. Tras un par de tiendas, pese a no haber comprado demasiado, su mejor amiga parecía estar algo más distraída, incluso se le habían escapado algunas cuantas sonrisas y varios comentarios que eran plenamente característicos de ella.

—Yo creo que un libro tuyo se vendería todavía con mayor facilidad —aseguró Ginny, cuando salían de una librería del centro en la cual habían gastado más que en todas las demás tiendas juntas.

—Oh, por favor —rió la castaña—. Yo no soy ni la mitad de imaginativa de lo que es J.K Rowling —argumentó, mirando la copia del libro de aquella escritora inglesa que acaba de comprar junto con otros.

—Vamos, Hermione —alentó su amiga—. Las anécdotas de todo por lo que pasaron tú, Harry y Ron, fácilmente superarían cualquier libro de ficción —siguió insistiendo, más que nada por lo extraño que era ver a la chica más inteligente que conocía admirando a una escritora de fantasía muggle. No es que ella tuviera algo en contra, para nada, ella también disfrutaba mucho de aquellas obras, pero no por eso dejaba de ser extraño. Aunque honestamente se alegraba de que la ex-leona se mostrara más entusiasta.

—Claro, pero esas fueron cosas que pasaron en realidad —insistió—, hechos históricos de nuestro mundo. Mientras que Rowling saca todo de su cabeza, sin saber nada de nuestro mundo, ha creado su propio mundo mágico —volvió a alagar, abrazando aquel ejemplar contra su pecho y sonriendo.

—Vale —concedió la pelirroja sonriendo y suspirando—. Pero en el mundo que sea, tengo hambre —comentó, cambiando de tema porque su estómago ya se comenzaba a quejar ante la falta de alimento.

—Ya es hora de la comida —apuntó Hermione, mirando su reloj de pulsera.

—¿Qué te parece ese lugar? —preguntó Ginny, señalando un restaurante de comida italiana que estaba cruzando la calle.

—Se me antoja una lasaña —admitió la otra chica, sintiendo como su estómago asentía afirmativamente ante la idea.

—¡Entonces, andando! —animó la pelirroja, adelantándose y siendo seguida por su amiga para entrar al lugar.

Apenas cruzaron la puerta, el recepcionista las atendió, invitándolas a que escogieran la zona que fuera de su agrado. Tras echar un vistazo al lugar, ambas decidieron que comer en el balcón sería agradable con el clima que había. La primera plata era clásica, como la de cualquier restaurante lujoso y la música se podía escuchar claramente. La segunda planta era más casual, como de un bar, donde las mesas eran mayormente para pocas personas, altas y sin manteles. Por otro lado el balcón tenía ambiente de cafetería, con mesitas redondas con manteles color crema.

Una mesera llevó a ambas chicas a la zona que habían escogido y les entregó las cartas, dándoles tiempo para que escogieran lo que mejor se les antojara. No pasó mucho tiempo para ambas hicieran su elección e hicieran su orden. En lo que esperaban a que llegara la comida, comenzaron a platicar de nuevo y aunque Ginny se resistió un poco, evadiendo el tema, terminaron hablando de Malfoy.

—Ya deja de pensar en él, no te hace bien —comentó la pelirroja sin ocultar su preocupación.

—Es que no puedo —admitió la otra chica—. Yo sé que él no se merece que yo le de tanta importancia después de lo que me hizo, pero tres años no se pueden borrar solo así como así —confesó, suspirando y haciendo una mueca—. Pensar que hace apenas unos días me propuso matrimonio y ahora... —titubeó, notando como su voz temblaba.

—Es un idiota —aseguró Ginny, frunciendo el ceño—. Siempre fuiste demasiado mujer para él —añadió desdeñosa, pues aunque siempre abogaría por la felicidad de su mejor amiga, casi hermana, debía de admitir que nunca había dejado de detestar a Malfoy. De hecho, quizás solo Harry era el único de ellos que había hecho borrón y cuenta nueva para el ex-mortifago, dándole una legítima oportunidad de formar una amistad cordial. El resto sólo hacía lo mejor por amor a Hermione, porque en el fondo seguían viendo al rubio como una persona ruin que le terminaría haciendo daño a la castaña y lamentablemente no se habían equivocado.

—¡No lo puedo creer! —exclamó la mayor de las chicas, con un tono de suma ingenuidad.

—¿Ah? —la ex-jugadora de Quiddich no entendió de buenas a primeras a que venía eso, pero cuando miró a su amiga y luego volteó a ver hacia donde aquellos ojos avellanas miraban fijamente, todo tomó sentido—. Ese desgraciado —masculló sumamente molesta.

Ahí, entrando al balcón en compañía de la misma mesera que las había atendido a ellas, se encontraban Draco y la tal Astoria. Como si no fuera suficientemente indignante verles juntos, después de lo que habían escuchado aquella mañana en la televisión, el rubio rodeaba descaradamente la cintura de su compañera. Cualquiera que les viera, aseguraría sin temor a equivocarse que eran una feliz pareja de enamorados que andaban de paseo, con todo y que la bailarina andaba como si hubiese recién salido de un gimnasio.

—Vayámonos de aquí antes de que nos vean —fue lo primero que dijo Hermione, sin pensar demasiado. En circunstancias normales no sería así de cobarde. De hecho, ella jamás se había acobardado cuando en el pasado se topaban a Draco en alguna tienda del callejón Diagon, por más malas calaras que les hiciera el chico o los padres de éste. Ella llevaba con mucha dignidad su frente en alto, pero en esos momentos las cosas habían cambiado un poco. No era falta de valor, sino mecanismo de preservación. El famoso "corre o pelea" que se activaba cuando alguien estaba en peligro y ella prefería correr en esta ocasión.

—Claro que no —se apresuró a decir Ginny, quien lucía sumamente indignada—. Que se vayan ellos —gruñó, poniéndose de pie para ser vista.

—Ginny —llamó la castaña, sin evitar clavar sus ojos en aquellos dos que ya habían notado su presencia, pues apenas estaban por sentarse en la mesa de adjunto.

—No pensé que personas como ustedes se rebajaran a venir a un lugar como este, con lo odiosos que son —atacó la señora de Potter, sin inmutarse al habar, ignorando por completo a la mesera y a los demás clientes que repentinamente les dirigían una mirada curiosa.

—Y yo no pensé que dejaran entrar a personas como ustedes a un lugar así —se defendió enseguida Astoria, frunciendo el entrecejo—. Con lo fino que parece el lugar —agregó desdeñosa, ignorando las miradas, incluyendo esa que se dedicaba la ex-pareja.

—Vamos a comer a otra parte —intervino Draco, estrechando a la castaña contra sí y cayendo en cuenta, solo en ese momento, que la llevaba abrazada como si fuese algo más que solo su amiga. Pese a eso, no retiró su mano, no a esas alturas, nada ganaba soltando a la chica y en el fondo, de alguna forma, quería hacer sentir mal a su ex-novia. Si, quería que Granger supiera que él no estaba solo y así como ella tenía a toda esa manada de leones a su lado, él aún conservaba serpientes del suyo.

—Vayámonos —apoyó la bailarina, dejándose guiar fuera del lugar, ante la ingenuidad de la mesera que se había quedado con la palabra en la boca.

La singular pareja salió sin cruzar más palabras o miradas con el par de brujas que ahí estaban y que ahí siguieron hasta que su comida llegó. No obstante, el ánimo de Hermione tocó suelo y terminaron pidiendo todo para llevar. La leona aún tenía algo de dignidad como para derrumbarse en público. Aunque apenas llegaron al departamento de la mayor, su cordura se fue al demonio.

—Por favor, Hermione —llamó Ginny, tocando la puerta del cuarto en el que la castaña se había encerrado para llorar a solas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Harry, quien en compañía de Ron habían ido al departamento para invitar a las chicas a comer, aprovechando que era su hora de almuerzo. Claro que se habían topado con que no había nadie y luego con que ambas aparecían, pero eran ignorados.

—Nos hemos topado con Malfoy —informó su esposa, suspirando y desistiendo de tocar la puerta.

—Ese hurón, ¿qué le hizo ahora a Hermione? —quiso saber el pelirrojo, visiblemente molesto.

—Estábamos en un restaurante —comenzó a decir la chica, levantando la bolsa donde estaba la comida que habían ordenado—, pero el muy infeliz apareció acompañado de Astoria —dijo en voz baja, solo por si su amiga podía escucharla. No quería recordarle aquello a la castaña.

—Vaya descaro, hace nada que se separó de Hermione y ahora anda con esa —murmuró molesto Ron.

—Son amigos, ¿no? —intentó argumentar el otro chico, ganándose una mala mirada por parte de los dos Weasley.

—Esta mañana salió en las noticias como es que supuestamente esos dos tienen una relación —explicó Ginny, echando por suelo los argumentos ingenuos de su marido—. Es obvio que si andan juntos, abrazados y por la calle, es porque que alguna clase relación tienen —sentenció, comenzando a caminar hacia la cocina, donde dejó la bolsa con comida y también las otras de compras—. Pueden comer, a mí se me ha ido el apetito —proclamó, seguido de un largo suspiro.

El par de chicos que tenían que regresar al ministerio, no se hicieron del rogar y devoraron todo a toda prisa. Mientras comían, Ginny prendió la tele para ver que había y para reafirmar sus palabras, los comentaristas de espectáculos del noticiero de la tarde, mostraban pequeñas tomas y fotos de aquella pareja entrando al estudio de entrenamiento de la compañía. De no ser porque la mujer rubia que daba el chisme atacaba a Astoria por cambiar a ese tal Ethan Karamakov, la pelirroja hubiera cambiado de canal.

Media hora después, cuando ya los chicos se habían ido y Molly Weasley había aparecido en el departamento junto con el pequeño James y Ted, Hermione salió para ser recibida cálidamente. La castaña lucía menos afligida. Pasó un rato jugando con los pequeños, mientras Molly se ofrecía a cocinarles algo ya que los tragones de Ron y Harry no les habían dejado ni migajas. Aunque había que admitir que la comida casera de la mujer pelirroja era por mucho mejor de lo que hubiera sido la comida del fastidioso restaurante italiano.

—¿Por qué no vas a visitar a tus padres, Hermione? —propuso Molly, sirviendo dos platos de comida para su hija y la otra chica a la que casi consideraba como tal.

—Muchas gracias, señora Weasley —agradeció primero por la comida y luego se quedó divagando sobre aquella opción. Desde la última reunión navideña, hacía unos meses atrás, no había tenido contacto directo con sus padres. Les llamaba, se preocupaba por ellos y todo eso, pero como ellos no querían a su ex-novio, la cercanía ya no era tanta como antes. En cierta forma, era una forma en la que los señores Granger mostraban su disconformidad. En un principio su madre iba a visitarla casi todos los días desde que se había mudado de casa, pero desde que Draco vivía con ella, la mujer prefería evitar pararse en el lugar.

—No les has dicho, ¿cierto? —comentó Ginny, llevando a su boca una buena cucharada de pure.

—No he tenido tiempo, todo ha pasado tan rápido —se excusó y no mentía, pues los únicos que sabían eran los que habían presenciado todo el alboroto y posteriormente la señora Weasley sabía porque a sus hijos se les había escapado la información.

—Ellos serían un buen apoyo en este momento, querida —animó la mujer mayor, vigilando desde la barra de la cocina que Ted viera programas adecuados para su edad en la televisión y que James siguiera dormido.

—Mamá tiene razón —apoyó la joven pelirroja—. Además de que deberías de decirles antes de que se enteren por culpa de la televisión que su ex-nuero andaba con una desabrida bailarina —añadió, sin poder ocultar su desdén y enojo contra esos dos que hacían sufrir a su amiga.

—¡Lo había olvidado! —chilló Hermione, quien lucía de repente como si acabara de despertar tarde para algún examen.

No, la chica no había considerado hasta ese momento la posibilidad de que aquello pasara. Por alguna extraña razón se había quedado con la idea de que sus padres, al igual que la mayoría de los que ella conocía, estaban aislados de las noticias muggles. ¡Menuda tontera! Sus padres eran muggles y eran fanáticos de estar viendo las noticias, ya fuera en la televisión o en el periódico, y aunque no les gustara mucho la farándula, tarde que temprano verían toda esa basura de "el galán y la protegida de Karamakov" sea quien fuera este último, no le importaba, pero le preocupaba porque reconocerían a Draco como el susodicho galán.

O-O-O

Por su parte, en el otro lado de Londres, un par de amigos llegaban al departamento donde actualmente residían. En sus manos ya no solo llevaban bolsas de la tienda de ballet, sino también del supermercado. Después de aquel incidente en el restaurante, ambos magos decidieron que sería mejor comer en el departamento y como Astoria recordaba que no había mucho de donde escoger en su nevera, fueron a comprar provisiones.

Las compras con Astoria resultaron ser más entretenidas que las compras con Hermione, tal vez porque la chica de ojos verdes no tenía inconveniente en discutir con muggles y vengarse un poco de forma inofensiva. Vamos, ¿para qué tener magia no se le sacaba ventaja? Por ejemplo, ese idiota que casi los había atropellado al salir del establecimiento, y cuyas llantas de su carro se habían ponchado de forma muy curiosa, cortesía de la Greengrass. Si, la supremacía mágica era algo demasiado arraigado en la mente de ambos como para dejarse molestar por un simple muggle sin tomar represarías. Ese era un lujo que no se podía haber dado con su ex-novia, cuyos valores morales no le permitían ni siquiera dejar que insultara a quien había tomado la última Nutella antes que él.

—Abogo por meter al horno la lasaña congelada —declaró el rubio, dejando las compras sobre la mesa de la cocina.

—Deseo concedido —dijo Astoria, dejando su bolso en el suelo y encendiendo el horno—. Muero de hambre —se quejó pucherosa, permitiendo que su compañero metiera la comida congelada al horno.

—Tal vez porque ya son casi las tres de la tarde y no hemos comido nada desde el desayuno —comentó Draco, yéndose a sentar a la mesa, mientras Astoria acomodaba unas cuantas cosas en la alacena.

—Menudo día nos ha tocado —bufó, maldiciendo entre dientes al no poder colocar unas latas en la parte superior. No por nada tenía unas pequeñas escalerillas, el desdichado departamento había sido diseñado para gente gigante o al menos más alta que ella. Claro que su deje de orgullo no le dejaba usar las escalerillas en presencia de alguien más. Aunque por otro lado, cuando ese alguien más era Draco, corría el riesgo de...

—Deberías de comprar un banquillo —sugirió el rubio, quien para ese entonces ya la había tomado de la cintura para levantarla esos centímetros que le hacían falta para alcanzar la repisa superior.

Astoria rio por los nervios y la ironía de aquellas palabras, acomodando aquellas cosas que no se usarían en un buen tiempo y que por eso no ponía en lugares más accesibles a diferencia del cereal u otras cosas de mayor consumo.

—Para eso te tengo a ti —bromeó, escapándose de Malfoy para ir a guardar al refrigerador lo que hacía falta.

—Ser tu banquillo personal no suena tan mal empleo —contestó, siguiendo el juego y riendo un poco.

—También podrías ser mi control personal y prender la tele —pidió, volteando a verlo sobre el hombro y notando como el aludido solo reía y rodaba los ojos para ir a hacer lo que le pedía.

Apenas la voz del periodista se escuchó, el rubio cambio de canal. Cambio y cambió hasta poner una programación que le asegurara que no tendría que escuchar ni por casualidad el chisme del día. Pese a no decir nada, Astoria se lo agradeció internamente, porque ella también estaba harta de escuchar sobre lo mismo. Así que, echados en el sofá, mirando una serie de ABC, llamada Dance Academy, esperaron a que su comida estuviera lista.

—Esa serie debería de contener el mensaje de "cualquier parecido con la vida real, es mera coincidencia" —decía el rubio, una vez apagaron el televisor para ir a comer a la cocina.

—¿Lo dices porque Isis es idéntica a Abigail? —la bailarina rió, sirviendo en platos blancos una buena porción y acomodándolos sobre la mesa.

—Eso lo podrías decir tú mejor que yo —le siguió él, sacando el jugo para llenar los vasos de cristal que Astoria acomodaba también.

—Ciertamente, espero que Isis jamás vea ese programa —admitió divertida, dejando los cubiertos y servilletas en su lugar para concluir de poner la mesa.

—¿Te da miedo que saque ideas? —cuestionó Draco, enarcando una ceja con diversión.

—Si me sabotearan el vestuario antes de una presentación, haría que cancelaran la función —confesó, haciendo una mueca ante la idea.

—Y no dudo que te cumplirían el capricho —dijo el rubio antes de retirar la silla de su compañera para ayudarla a sentar como todo caballero.

—No es mi culpa que los hombres me malcríen tanto —alegó a su favor, sonriendo cómplice para dejar en claro que la pedrada también iba para él.

El aludido le devolvió la sonrisa y negó ligeramente con la cabeza antes de tomar lugar. El silencio se hizo presente, pero siguió sin ser incómodo para ambos, quienes tranquilamente comieron bocado tras bocado. Las únicas palabras que cruzaron fueron para preguntar y contestar si querían más jugo o comida. Al cabo de una hora, cuando terminaron, volvieron a entablar conversación. Retomaron el tema de la serie de televisión que acaban de ver, hicieron alusión a la ironía de ser bailarina y ver una serie de ballet, a la par que la Greengrass lavaba los platos con varita en mano y Malfoy guardaba el resto de la lasaña.

La conversación dio un giro hacia lo que había sido la vida antes de estar en el mundo muggle y casi sin querer, el rumbo de la charla se desvió hacia un tema poco peor que el rompimiento de Draco y Hermione. Aunque más que molesto, el gesto agobiado del rubio fue muy claro cuando su amiga mencionó a sus padres y el hecho de que debería de hacerle llegar la noticia de alguna u otra forma.

—No, en serio —insistió Malfoy, tomando asiento en el sofá frente al que su compañera se había sentado.

—En serio, seguro te perdonan si les dices que ya no andas con ella —volvió a decir Astoria, tomando un cojín para abrazarlo y acurrucarse en su lugar, cual gato que busca una siesta después de la comida.

—Puede que mi madre sí, pero mi padre querrá que compense lo que hice de alguna forma —expuso, tras darle varias vueltas al asunto.

—Antes que nada, quiero aclarar que no me molesta que estés aquí —dijo seria y mirando fijamente los ojos grises—, pero creo firmemente que deberías de reconciliarte con todas las personas a las que dejaste de lado por Granger —añadió con el mismo tono de voz.

—Ellos me dejaron de lado a mí —le recordó, algo desdeñoso.

—¿Y puedes culparlos? —la pregunta algo retórica de la castaña hizo que el chico frunciera el ceño—. Lo digo en serio, Draco. Si hubiera sido al revés, ¿no les hubieras dejado de hablar por andar con una impura? —cuestionó, ya más persuasiva.

—Posiblemente —admitió.

—No te digo que los perdones, ni mucho menos que les pidas perdón —rectificó—. Eso es algo que ni yo haría —admitió con sonrisa sindica—. Pero admitamos que son nuestros amigos, nuestra familia y las únicas personas con las que podemos estar sin sentirnos fuera de lugar —apuntó.

—Ciertamente —susurró el rubio, algo pensativo.

—Ya, no quería agobiarte más —declaró la bailarina, estirándose un poco y bostezando—. Solo piénsalo y tomate todo el tiempo que quieras —propuso.

—Lo haré —aseguró él, enfocando su vista en la castaña que parecía prepararse para tomar una pequeña siesta en el sofá. Media sonrisa se formó en su rostro cuando por su mente cruzó el pensamiento de que Astoria había llegado como caída del cielo. No solo para ayudarlo en esos momentos que lo necesitaba, sino para en general hacerlo retomar su vida como debía de ser.

En vista de que la bailaran ya parecía haberse quedado dormida, Draco encendió el televisor con volumen bajo, topándose con que estaban transmitiendo una de esas series de dibujos animados japoneses que su sobrino Teddy a veces miraba. Su primer cuadro fue el de una mujer de cabellera negra muy larga, vestida con un kimono y fumando. No entendía de que iba la serie, pero la frase que escuchó decir a la mujer, se le quedó muy grabada en la cabeza: "Las coincidencias no existen en este mundo, solo existe lo inevitable."