Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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Feliz Cumpleaños Princesa
24 de Abril de 1995
Era un Lunes atareado y lleno de deberes. La segunda prueba del Torneo de los tres magos se acaba de realizar algunos meses atrás y la prueba final estaba por venir. Aunque eso no era algo que le causara especial emoción o preocupación a los Slytherin. Quizás algunos, como Draco Malfoy, daban su apoyo a Vicktor; pero el resto les daba soberanamente igual quien ganara o perdiera.
Si bien a muchos les agradaba la idea de que Hogwarts fuera el colegio ganador, las opciones que tenían no eran muy agradables. Por un lado estaba Pipotte, el odioso niño que vivió. Por el otro lado estaba Digory, quien no sería tan malo de no ser porque pertenecía a Hufflepuff. Así que no, no había mucha emoción.
Ni siquiera cierta castaña que ese día cumplía sus trece primaveras parecía estar emocionada. Muy por el contrario. La joven lucía desconcertada, ausente y perdida en sus pensamientos. ¿Qué por qué? ¿Qué por qué no reía como siempre? ¿Qué por qué no se animaba a celebrar con sus amigos su cumpleaños? Bueno, tenía una única y poderosa razón. Una razón que tenía nombre y apellido: Draco Malfoy.
Para cuando el año había empezado y después de una largo verano, él y ella habían quedado en buenos términos. Habían hablado finalmente en vacaciones, durante el cumpleaños de Daphne. Sin embargo, pese a haber solucionado sus mal entendidos anteriores, hubo algo que no pudieron superar. Draco salía con Pansy, mientras que Astoria andaba con Cole. Y aunque ninguno lo fuera a admitir porque solo eran "amigos," se morían de celos.
Por esa razón todo el progreso que habían hecho durante el verano y al principio de año se fue al diablo el día del baile de navidad. No tanto porque Draco fuera con Pansy. Eso era que Astoria sabía que pasaría. Lo que no esperaba escuchar al día siguiente era esa "aventura" en los invernaderos que el rubio había tenido con la cara de perro. Lo peor del caso es que él no desmintió nada y Pansy tampoco. Fue así que un muro de resentimiento volvió a formarse entre ellos. El heredero Malfoy quiso arreglar las cosas en un principio, pero tras las primeras negativas de Astoria se escudó tras la frase de: "Ella anda con Cole, no sé porque se molesta tanto."
Los días pasaron y para el día de los enamorados discutieron. Discutieron, reprochándose hasta los bombones que en alguna ocasión Draco le había robado a Astoria cuando tenía años, respectivamente. Había sido una discusión sin sentido, causada por tontos celos que aún se negaban a aceptar. Después de eso se dejaron de hablar. Solo se dedicaban miradas, algunas llenas de reproche, otras llenas de resentimiento.
Quienes los conocían no los llegaban a entender. Pensar que de pequeños se adoraban y ahora no podían estar en la misma habitación. Por eso todos se llevaron una sorpresa cuando, tras más de un mes de no dirigirse la palabra, habían terminado en una comprometedora situación. Un beso en la biblioteca. Un beso que Draco le había plantando en frente de todos en la biblioteca. Un beso de improviso, sin sentido. Un beso que había tenido como consecuencia el rompimiento de Astoria con Cole. Un beso que le había revuelto los sentimientos dentro de un caldero burbujeante y que estaba por explotarle en las narices.
—Ya quita esa cara y vamos a celebrar —le decía Paige a su amiga—. Mira que no todos los días cumples trece años —insistió.
—No quiero —respondió de nueva cuenta la castaña de ojos verdes.
—No puedes estar aquí escondida toda la vida, Astoria —le dijo seriamente la otra chica. Y es que Astoria se había refundido en el baño de chicas del segundo piso tras aquel beso con Draco. Más que nada por todos los murmullos y miradas que recibía por parte de los demás. Era claro que Pansy se había encargado de que todos se enteran de lo ocurrido y había dejado a Astoria muy mal parada.
—Puedo intentarlo y no será toda la vida, solo mientras salgo de Hogwarts —contestó de manera tajante la pequeña Greengrass.
—No puedes estar hablando en serio —chilló la pelirroja, arrugando el entrecejo y notando que su amiga realmente no tenía intenciones de moverse un milímetro de su lugar—. Si no vienes conmigo, le diré a Zabini que venga a buscarte —amenazó, sin mucho resultado.
—Blaise ya vino hace rato y le dije lo mismo que a ti: No quiero celebración ni nada —declaró Astoria algo irritada.
—¿Ni siquiera piensas abrir los regalos? —indagó, haciendo sus últimos intentos de convencer a su amiga—. Mira que te han llegado mucho.
—Quizás en la noche, ahora prefiero terminar mis deberes —respondió de forma tajante, dejando claro que no pensaba seguir con aquella discusión que no tenía nada solución.
—Como quieras —gruñó Paige, chasqueando la lengua y abandonado finalmente el lugar.
Astoria ya no dijo ni media palabra. Se limitó a continuar con su lectura de Historia de la Magia, para poder terminar el reporte sobre la casería de brujas en Europa. Se perdió entre las letras, intentando apartar de su cabeza los pensamientos que involucraran a Draco. No quería que los sentimientos la siguieran abrumando. No quería estar sintiendo todo eso que sentía en esos momentos por culpa del rubio. Ese rubio que quería desde hace tantos años atrás. Ese rubio que le había dado su primer beso...
Tan perdida estaba en sus pensamientos, en su debate interno y en sus intentos por leer, que apenas notó cuando alguien se coló al baña de chicas pese a no llevar falda. Ni siquiera se dio cuenta de cuando esa persona se puso detrás de ella. Solo notó la otra presencia cuando unos fuertes brazos la abrazaron, haciéndola soltar un agudo grito por culpa del repentino susto.
—Feliz cumpleaños —le susurró la persona que la abrazaba y no le fue muy difícil identificar de quien se trataba.
La pequeña castaña se quedó helada por varios segundos. Y cuando reaccionó, su primer instinto fue soltarse.
—¿Pero que diantres haces aquí, Draco? —pregunto algo molesta y desconcertada—. ¡Es el baño de chicas! —chilló, aún intentando soltarse, aunque sin conseguir mucho, pues Draco la agarraba con fuerza.
—Lo sé —respondió tranquilamente el rubio—. Pero como nadie te ha podido sacar de aquí y yo te quería felicitar...
—No seas hipócrita. Sabes que los últimos años no me has felicitado —contestó mal humorada la pequeña Greengrass; olvidando las charlas anteriores que habían tenido los dos, donde habían aclarado esos infortunios de los años ateriores.
—Ya habíamos hablando de eso —declaró Draco, con un tono de estar ofendido por la acusación, aunque sabía que en parte era verdad. Pero ya habían aclarado eso. Él ya le había explicado que el primer año su lechuza había sido herida por un muggle. Él segundo año le había mandado una carta y Theo era testigo de eso. Y el año pasado, esa caja de calderos de chocolate que estaba sobre su cama la había mandado él.
—Eso no te justific... —intentó reprochar nuevamente la chica; pero el rubio cortó sus palabras con un beso—. Basta, Drac... —quiso decir otra vez y otro beso la volvió a cortar. Así estuvieron por un largo rato. Una y otra vez cada que Astoria intentaba recriminar o decir algo, Draco la besaba. Sin embargo, Astoria no correspondía los besos, ni sonreía y arrugaba cada vez más su naricita de botón.
—Antes solo bastaba un beso para hacerte feliz —murmuró el rubio—. Ahora ya he perdido la cuenta y por tu cara veo que sigues molestas —añadió con cierto tono jovial, suspirando con algo de resignación.
—Antes era una niña tonta —respondió ella.
—Eras una niña hermosa —aclaró Draco, apartando unos mechones de cabello del rostro de la pequeña cumpleañera—. De hecho, aún lo eres —se apresuró a añadir, mientras le apretaba suavemente la mejilla.
—¿Por qué haces esto? —cuestionó Astoria, sintiéndose algo desconcertada y notando como sus mejillas se tintaban.
—Si no mal recuerdo, hace no mucho tiempo te dije que me importas —respondió el rubio.
—No entiendo porque —insistió ella, suavizando su expresión un poco y sintiéndose enternecida con las palabras del joven Malfoy.
—¿No entiendes? —dijo él, enarcando una ceja con algo de escepticismo. Astoria solo negó ligeramente con la cabeza. Quizás en el fondo la pequeña niña que en ella vivía quería creer en esas ilusiones que había tenido desde muy pequeña, pero su razón no la dejaba soñar. Ella era una mocosa comparada con Draco y además él andaba con Parkinson, hasta donde recordaba.
—No, no lo entiendo. Yo no te debería importar —argumentó la castaña, desviando la mirada.
—Pero me importas, Astorias —contestó él—. Me importas mucho —persistió, tomando con delicadeza el mentón de la chica para obligarla a que lo mirara a los ojos. Buscaba el contacto visual, pues solo así sus palabras tendrían credibilidad.
La aludida le sostuvo la mirada, perdiéndose en sus orbes plateadas. Recordó vagamente cuando era niña. Esos días en los que la simple presencia del rubio alegraba su existencia. Podía recordar claramente como antes lo único que espera de Draco era una mueca y si bien le iba un saludo a regañadientes. Antes se conformaba con nada. ¿Y ahora? ¿Ahora que esperaba de él? La había besado. La había abrazado. Le estaba diciendo que ella era importante. ¿Qué más podía esperar? ¿Qué más quería escuchar? Ella lo había querido de siempre y le gustara o no, Draco era su debilidad.
—Eres un tonto, idiota y cabeza hueca —murmuró Astoria, arrugando la nariz y abrazándole con fuerza, acurrucándose entre los brazos que la recibieron sin dudar un solo estante. Brazos fuertes que la envolvieron con una calidez que no había sentido antes. Era una sensación que no era capaz de explicar, al menos no con palabras. Aunque, era una sensación que la hacía sentir muy bien.
—Por ser tu cumpleaños, puedes decirme como quieras, princesa —respondió el aludido, esbozando una media sonrisa. A nadie más en el mundo le permitiría que le insultara de aquella manera. Y si se lo permitía a ella, era porque de cierta forma sentía que se lo merecía. Había sido un tonto, un idiota y un cabeza hueca al no aceptar antes que Astoria significa mucho para él.
La pequeña castaña sonrió ante la contestación. Seguía sintiéndose algo confundida en cuanto a todos esos sentimientos encontrados. Seguía aún si querer celebrar su cumpleaños. Pero la verdad, la niña pequeña de seis años que aún estaba en su interior, moría de felicidad. Pues no había mejor regalo que los afectos de Draco. Afectos pequeños, confusos y quizás hasta inciertos, pero afectos a final de cuentas. Afectos que la hacían sentir especial y única. Que la hacían feliz.
