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| REINICIO |
Parte I
Capítulo 9
Beltane había llegado y Harry no estaba listo para afrontarlo, pero como muchas otras veces en su vida, no le quedaban más alternativas que hacerlo. Sería la última concesión que le haría al otro Harry —una identidad en la que prefería no pensar o de lo contrario se sentiría como un usurpador— antes de concentrarse en recuperar a los Weasley y en conocer a la familia de la que había sido privado.
Dobby había arreglado su atuendo para ese día: unos pantalones oscuros y prietos, una camisa abombada blanca con decoraciones en hilo dorado por los hombros y en los bordes de las mangas y una chaqueta soberbia que le caía hasta las rodillas. También le ayudó con el pelo y le recordó las cosas esenciales que no debía olvidar, como ponerse las gafas correctas, las que Ron había pedido a sus hermanos que modificasen en Industrias Potter para estar conectados en todo momento; Hermione usaría un juego gemelo durante la comida con los Weasley y podrían ver y oír lo que el otro presenciaba con tan solo tocar la patilla correcta.
No estaba seguro de que involucrar a Fred y a George fuese buena idea, pero Ron le había asegurado que lo tenía todo controlado; su supuesto don para las premoniciones le hacía ser muy convincente, al parecer.
—Hola, Hermione, ¿me escuchas? —preguntó a las once de la mañana, la hora en la que habían quedado para hacer la prueba.
—Alto y claro. ¿Escuchas algo, Ron?
—Nada de nada.
Ron había insistido en pasar a recogerla a su apartamento en su propio coche, un Renault Clío Williams al que su padre había hecho los arreglos pertinentes para que volase y se tornase invisible como el Ford Anglia de la familia. Habría sido más rápido si Hermione hubiese usado la red flu para llegar hasta la Madriguera, pero estaba tomándose muy en serio lo de volver a conquistarla.
—Vale, probemos la visión —dijo, mientras tocaba la patilla derecha.
—¡Oh, Harry! —exclamó con sorpresa cuando vio su reflejo en el espejo, lo mismo que estaba contemplando él—. ¿Qué te has hecho en el pelo?
—Ehm… Ha sido Dobby.
—¿Dobby ha hecho algo mal, señor? —preguntó de inmediato el elfo, frotándose las manos con nerviosismo—. ¡Dobby lo siente! ¡Dobby es un elfo malo! ¡Dobby va a…!
—¡No, Dobby! ¡Ya lo hemos hablado! Si vuelves a lesionarte, te echaré de aquí.
—¿Qué ocurre, Harry? — preguntó Hermione con preocupación.
—Mi pelo está perfecto, Dobby, gracias. Puedes irte.
Con un chasquido, el elfo doméstico desapareció tras realizar una reverencia demasiado exagerada una vez más.
Harry soltó un suspiro exasperado.
—No sé qué voy a hacer con él.
—¿Qué ocurre? —escuchó a Ron preguntar.
—Hablaremos de Dobby en otro momento. Voy a salir ya; estoy viendo al carruaje esperando fuera —anunció mientras lo observaba aterrizar en el descampado frente a su casa a través de una de las grandes cristaleras frontales.
Tardó en llegar a su lugar de destino lo mismo que Ron y Hermione en hacerlo a la Madriguera, el sitio donde él quería estar en ese momento, no en esa estúpida fiesta, donde no habría ninguna cara conocida que no quisiera descuartizar.
La casa de la familia Weasley continuaba estando en el mismo campo y rodeada de los mismos prados, con su correspondiente huerto y gallinero y las diferentes plantas que se habían ido acoplando una sobre otra sin orden aparente. Hermione era una chica de ciudad, quizás nunca hubiese estado en una casa como esa, y probablemente estuviese usando unos tacones inapropiados para la ocasión, así que debía de sentirse muy inquieta en ese momento.
—No estés nerviosa; estoy seguro de que les vas a gustar —la animó.
Harry se había quedado sentado dentro del carruaje, a la espera del recibimiento que darían a Hermione tan pronto aparcaran.
Ella respiró hondo. Mientras salía del coche, le susurró:
—Gracias, Harry.
Los Weasley habían sacado las mesas plegables para comer en el jardín, una idea excelente dado el buen tiempo que hacía esa mañana primaveral. Charlie y Ginny estaban fuera, volando en sus respectivas escobas mientras intentaban atrapar una snitch para hacer tiempo y Harry habría dado cualquier cosa por unirse a ellos en lugar de estar escondiéndose dentro del carruaje.
Una Molly que no había perdido peso debido a la pena salió ante la llamada de Ron, seguida por un Bill sin cicatrices visibles y con su melena larga recogida en una coleta maltrecha, y un Arthur que no tenía ojeras, los tres con las varitas en mano para transportar con magia las diferentes bandejas de comida que le hicieron la boca agua.
—Familia, os presento a mi amiga Hermione Granger —dijo y ella lo miró justo a tiempo para que Harry pudiese presenciar la mirada sutil que les lanzaba suplicando que se comportasen—. Hermione, estos son mis padres, Molly y Arthur. Mis hermanos mayores, Bill y Charlie. Mi hermana pequeña, Ginny. Y supongo que los gemelos y Percy estarán dentro.
—Estamos encantados de tenerte con nosotros, Hermione —dijo Molly, regalándole una de sus sonrisas reconfortantes—. Ron no había mencionado que fueses tan guapa.
—Oh, no, yo no…
—Mamá —intervino Ron, con expresión de angustia.
—Siéntate por aquí, Hermione —la guió Arthur—. Ron nos ha contado que trabajas para el Ministerio, ¿no? ¿En el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, creo recordar?
—Sí, así es. Trabajo en la Oficina de Realojamiento de los Elfos Domésticos.
—Newt Scamander trabajó allí también antes de escribir su libro —señaló Charlie con interés.
—Oh, sí; hay una especie de mural con fotografías suyas en la oficina.
—¿En serio? —preguntaron Ginny y él a la vez con el mismo tono a medio camino entre burla e incredulidad; Harry no pudo evitar sonreír.
Ginny estaba preciosa con el pelo largo y brillante, unos shorts vaqueros y una camiseta blanca sencilla que llevaba anudada a la altura del ombligo, dejando entrever parte de sus abdominales. Colocó sobre Hermione una de las coronas de flores que había hecho a mano y le dedicó una sonrisa amistosa mientras se sentaba a su lado, como Harry había esperado que hiciera.
—Gracias —dijo Hermione por la corona.
—Fred, George, a comer —los llamó Molly sin necesidad de gritar como solía hacer porque ahora parecía poder contactar con ellos a través de su reloj de pulsera.
Una explosión de pétalos los inundó repentinamente y los sobresaltó a todos, incluido Harry. Los gemelos se aparecieron vistiendo únicamente unas bermudas beige porque se habían pintado la piel de rojo y los ojos de negro conformando una venda. Llevaban unas coronas y unas capas de flores muy llamativas y tocaban unos pequeños tambores que les colgaba de la cintura mientras entonaban cánticos rítmicos y danzaban alrededor de la mesa.
Harry soltó una carcajada al verlos y, al mismo tiempo, se le empañaron los ojos por la emoción de encontrar a Fred vivo y tan enérgico como siempre había sido, y a George sin ninguna mutilación en su cuerpo ni la depresión en la que había caído tras la pérdida de su hermano.
—¡Qué susto, hijos! —se quejó Molly, llevándose la mano al pecho—. ¿Es necesario que hagáis esto todos los años?
—¡Es tradición, madre! —exclamó George con histrionismo.
—¡Además, ya no deberías sorprenderte! —secundó Fred—. ¡Eh, Charlie! ¿Y esta traición tan gratuita? Prometiste vestirte como nosotros —acusó mientras tomaba asiento a su lado y dejaba el tambor en el suelo.
—Lo haré, pero más tarde; esa pintura no es que sea muy transpirable.
—Eh, Ronnie, buen cambio el de Percy por Granger; casi no lo había notado —bromeó George—. ¿Quién dirías que nos restó más puntos de la Casa mientras fueron prefectos?
—El idiota de Percy era el único que restaba puntos a su propia Casa —indicó Fred con fastidio.
—A favor de Percy diré que cumplía con lo que se esperaba de él y os merecíais que os restaran cada punto que os quitó —contestó Hermione y Harry, aunque no podía verla, sabía que estaba poniendo esa expresión de sabionda que tanto los había irritado de niños y que tan entrañable le resultaba ahora.
—¡No has cambiado nada, Granger! —se echó a reír George—. Toma, sírvete; el pudding de mamá está riquísimo. Y bonitas gafas, por cierto.
Por supuesto que reconocerían unas gafas que ellos mismos habían alterado mágicamente nada más verlas; Harry había sabido desde el principio que no era buena idea involucrar a Fred y a George, pero Ron le había prometido que lo tenía todo bajo control.
—Espera, ¿y Percy? ¿No vamos a esperar a que llegue? —cuestionó Ron, sentado al otro lado de Hermione.
—Si quieres esperar eternamente a que saque la cabeza del culo, allá tú —dijo Fred y se llevó un gran trozo de carne a la boca.
—Ayer fui a buscarlo en el Ministerio, pero… —Arthur dejó la frase a medias negando con la cabeza—. En fin, vamos a comer antes de que se enfríe.
Hasta Harry, que no estaba allí presente, pudo sentir la incomodidad y el malestar de los Weasley ante la actitud de Percy; Hermione miró a su plato, probablemente sintiéndose violenta.
—Percy ya hizo lo mismo en nuestra línea temporal, pero volvió para la batalla final y todos le perdonaron —reveló Harry y suspiró—. Supongo que aquí todavía no tiene claro qué es lo que realmente importa.
—¿Esta es la primera vez que celebras Beltane, Hermione? —preguntó Bill, no dejando que el ánimo decayese ante la ausencia de su hermano—. ¿Puedo llamarte por tu nombre?
—Oh, sí, claro. —Si Harry no conociese a su amiga, diría que estaba ruborizada; no es que pudiera culparla puesto que Bill siempre había sido el Weasley más atractivo de los hermanos varones—. He leído mucho sobre la festividad, pero nunca había tenido la oportunidad de celebrarla en realidad…
—Vivirlo es mucho mejor que leerlo, ya verás —dijo Ron con una mirada intensa.
Harry se echó a reír.
—Vale, no sabía que lo estuviera intentando tan duramente.
—Ajá —respondió Hermione, y aunque bien podría haber sido su respuesta a Ron, por el tono supo que le contestaba a él.
Otro día hablaría con Ron sobre sus intentos de seducción; Harry no tenía ni idea de cómo eran sus amigos en la intimidad, pero era evidente que a esta Hermione la conseguiría repeler como no cambiase de estrategia.
—¿Y cómo es que nunca lo has celebrado, cielo? —preguntó Molly con interés.
—No habría sitio para ella en la mesa de sus amigos Slytherin —comentó Ginny despectivamente y Harry quiso aplaudirla.
—No, bueno… —Hermione buscó defenderlos, pero se encontró sin argumentos.
—No todas las familias de magos discriminamos a nuestros iguales por su ascendencia —aclaró Arthur y Harry volvió a sonreír con un sentimiento muy cálido en el pecho—. Eres bienvenida a nuestra mesa para Beltane y para cualquier otra celebración; estoy seguro de que Ron ya te lo ha dicho, pero quiero recalcarlo.
—Muchas gracias, señor Weasley —dijo con emoción en la voz.
—Te dije que les ibas a gustar —le recordó Harry—. Los Weasley son la mejor familia que he conocido.
Hermione no pudo contestarle porque pronto se enfrascó en una conversación con Arthur sobre las diferencias entre los palos de golf; ella no era muy versada en el deporte, pero pudo responderle. Luego Arthur le hizo otra pregunta aleatoria sobre otro objeto muggle y ahí pudo explayarse más.
No se había dado cuenta entonces, pero la primera vez que se había sentado a comer en la mesa de los Weasley, Arthur también le había sacado conversación de la misma manera y, sin que él se percatase, logró tranquilizarlo y hacerlo sentir integrado; Arthur Weasley era un hombre maravilloso y Harry lo quería mucho.
Deseando que estuviese con él en ese momento para hacerlo sentir protegido mientras ingresaba en la cueva del lobo, Harry tocó la patilla izquierda de sus gafas para cortar la visión y volver a su realidad y, tras respirar hondo un par de veces, salió del carruaje finalmente.
La celebración de Beltane se llevaba a cabo en los jardines privados de un castillo reformado del siglo XI que había pertenecido a un linaje ya extinto. La última descendiente se había emparentado con los Peverell, mucho antes de que estos lo hicieran con los Potter. Sin embargo, los Peverell también se habían emparejado con prácticamente todas las familias presentes, así que el lugar se consideraba propiedad de todos y lo usaban para ese tipo de celebraciones por la magia ancestral que albergaba, o eso le había explicado Hermione, quien consideraba muy importante que conociese lo básico de su historia.
Harry observó con admiración la edificación, que si bien tosca y poco esplendorosa comparada con castillos y palacios de siglos más recientes, desprendía una sensación mágica que solo había sentido en Hogwarts; era como si le estuviera dando la bienvenida.
Cruzó los jardines frontales y se adentró en el vestíbulo, donde elfos domésticos vestidos con harapos atendían las necesidades de las personas allí reunidas, pero la mayoría de los asistentes a la celebración se encontraban en los jardines traseros, que eran mucho más grandes y hermosos que los de la entrada. Al querer cruzar para bajar las escaleras, un elfo doméstico anunció su llegada con la voz claramente amplificada con magia:
—El señor Harry Potter.
Al menos media centena de ojos se giraron para observarlo y Harry contuvo la respiración inconscientemente. No reconocía muchos de los rostros presentes, pero a los que podía otorgar nombre habían sido mortífagos o habían estado relacionados con Voldemort de alguna manera. La sangre le hirvió hasta el punto de que llevó la mano al bolsillo para sostener su varita con disimulo mientras bajaba las escaleras con cautela, preparado para desenfundar ante el menor atisbo de peligro.
—Hacía tiempo que no te veía vestido apropiadamente, querido —dijo Pansy Parkinson saliendo de la nada y agarrándose a su brazo de inmediato, como si hubiera estado esperando su llegada—; estaba comenzando a pensar que se te había olvidado cómo hacerlo.
Por extraño que pareciese, la presencia de Parkinson a su lado lo reconfortó. Harry sacó la mano del bolsillo de la varita y la depositó sobre la de ella.
—Si siempre vistiera apropiadamente, querida, nunca te sorprendería y tu vida sería menos entretenida de lo que es.
Parkinson sonrió y asintió dándole la razón.
Dejó que lo llevase consigo a saludar a la gente, paseándolo como si fuese su trofeo; a Harry no le importó mientras fuese ella quien llevase el peso de la conversación. A esas alturas ya estaba seguro de que Parkinson era algo así como su mánager: le organizaba la agenda, negociaba sus contratos publicitarios y ahora lo exhibía como si de un producto a la venta se tratase. Sin embargo, no pudo dedicar falsas sonrisas a quienes habían torturado y asesinado a tantísimos inocentes en su línea temporal, porque aunque Voldemort no hubiese llegado a convertirse en el Señor Oscuro, nada garantizaba que sus seguidores no conservaran sus ideas y estuviesen inmiscuidos en asuntos de dudosa moralidad.
—Harry, querido, deja de mirar a todo el mundo como si quisieras lanzarles una imperdonable, ¿quieres? —pidió Parkinson entre dientes mientras lo conducía hacia la siguiente familia—. Luce más sexy y menos amenazante, hazme el favor.
No estaba seguro de si realmente resultaba ser intimidante, pero esperaba que así fuera, porque aunque no tenía pruebas de que las actividades que desempeñaban fueran ilegales, tampoco tenía dudas de que un gran número de ellos merecía estar presos en Azkaban, empezando por Lucius Malfoy.
Parkinson se cuidó mucho de no acercarlo a los Malfoy, quienes volvían a estar reunidos con los Greengrass, aunque tampoco había hecho falta que lo hiciera para tener la ardiente mirada de Draco Malfoy clavada en la nuca; era una sensación que reconocería en cualquier época y universo.
Ambas familias parecía haberse puesto de acuerdo para ir a juego con sus túnicas oscuras de gala y lucían una elegancia que superaba la habitual en ellos. Los únicos que aportaban algo de color a su vestimenta eran Draco con un chaleco gris que llevaba un bordado sutil de flores y Astoria, cuyo vestido era de un verde transitorio al amarillo, el más brillante de todos los trajes presentes.
—Es evidente que Astoria planea algo, solo hay que ver cómo viene vestida —criticó Parkinson—; no voy a permitir que un nuevo escándalo ponga en peligro mis negocios, Harry, así que hazte a la idea de que me vas a tener colgada de tu brazo todo el día.
—No podría imaginar mejor compañía, Pansy —contestó, inclinándose para hablarle con cierta intimidad, sin cortar el contacto visual con Malfoy, cuya expresión de fastidio lo regocijaba.
—Yo tampoco —murmuró Hermione al fondo de su mente, y Harry no supo si le estaba contestando a él o a algún Weasley.
Era muy complicado tener a los Weasley conversando de fondo, con el resto de los sonidos que se estaban produciendo en esa mesa, y concentrarse al mismo tiempo en las conversaciones de su alrededor; más de una vez había tenido que disimular una sonrisa ante los comentarios divertidos de Ginny o las bromas de los gemelos.
En algún momento de la ronda de saludos, a Harry lo alcanzó una risa que reconocería en cualquier parte y buscó con la mirada hasta que encontró a su emisor: Sirius estaba charlando animadamente con nada menos que Frank y Alice Longbottom, ambos luciendo un aspecto estupendo y en absoluto demencial, y un parecido más que razonable con Neville. Junto a ellos también se encontraba Augusta, el propio Neville y un chico que debía tener la edad de Primrose y que probablemente fuese su hermano pequeño; una sensación cálida llenó su pecho al descubrir que su amigo también había recuperado a su familia con el reinicio.
Los nervios del comienzo volvieron a apoderarse de él al darse cuenta de que el hombre que hacía sonreír a Augusta era su propio padre. James Potter llevaba un traje colorido, con ribetes y bordados en hilo dorado, y repleto de detalles que sentarían ridículamente a cualquier otra persona, pero a él no le restaba dignidad alguna. Volvía a usar chistera y, ese día además, portaba un bastón muy similar al que Lucius Malfoy solía usar, solo que con la cabeza de un león en el pomo en lugar de la de una serpiente.
—Tu padre realmente no tiene sentido de la vergüenza —comentó Parkinson cuando se percató de a quién observaba, y antes de que Harry pudiese salir en su defensa, añadió—: ojalá pudiera ignorar la opinión de los demás como lo hace él.
—Es un talento innato —respondió.
—Qué pinta tiente —escuchó al mismo tiempo decir a Hermione.
Harry sonrió y se dejó guiar una vez más, esta vez rumbo hacia los Longbottom, su padre y Sirius, quien al reconocerlo, le dedicó una amplia sonrisa y golpeó a James para que prestase atención a quiénes se acercaban; cuando su padre fijó su vista sobre él, su corazón bombeó sangre a una velocidad alarmante.
—Señores Longbottom, Sirius… padre —saludó, pasando la mirada de uno en uno, tratando de controlar su voz para que no se le quebrase—, estoy seguro de que ya conocen a la señorita Parkinson.
—Qué espléndido sombrero ha escogido, señora Longbottom —la elogió con una voz melosa que hasta ahora no había empleado—. Ya me gustaría tener tan buen gusto como usted.
Si no estuviera tan nervioso, Harry habría puesto los ojos en blanco, porque Parkinson tenía un gusto para la moda incuestionable. El vestido que usaba ese día era turquesa, entallado y tenía un bordado de flores tan sutil como el del chaleco de Malfoy, probablemente diseñado por la misma persona. Por encima llevaba una capa negra que le caía con elegancia por los hombros. Tenía las manos enguantadas y sus tacones debían de tener menos centímetros de los habituales porque Harry era ligeramente más alto que ella, lo cual demostraba que los había elegido a conciencia porque ya tenía planeado convertirse en su sombra con anterioridad.
—Paparruchas, querida. Sabes que estás estupenda; de lo mejorcito que estoy viendo hoy —respondió la abuela de Neville y paseó la mirada con desaprobación por el jardín—. ¿Es esto Beltane o una fiesta del tres al cuarto? Ni siquiera hay suficientes flores.
Harry recordó lo infestado de flores que había quedado el salón donde se llevaría a cabo la fiesta de esa noche para los jóvenes y pensó que Augusta le daría su aprobación, si bien él no había hecho nada.
—Tenía entendido que eras alérgica al polen, Augusta —comentó James con una sonrisa divertida—; de ahí que esté usando una flor mágica para no agraviarte.
Harry se había fijado en que su padre llevaba un lirio rojo en el ojal de la chaqueta, y no sabía si era coincidencia o no, pero prefirió no pensar en ello.
—Tú siempre tan considerado, James —sonrió la abuela de Neville, y quizás esa fuera la primera vez que la veía hacerlo.
—¿Dónde está la señorita Armstrong, señor Potter? Tenía entendido que anunciarían su compromiso hoy.
Los ojos de Harry se abrieron tanto como los de su padre ante la sorpresa; Augusta Longbottom también soltó una exclamación de desconcierto y se giró hacia él.
—¿Compromiso, James? ¿Se puede saber de qué está hablando esta jovencita?
Todos los presentes aguardaron su respuesta; la abuela de Neville continuaba inspirando pavor, pero su padre había fruncido el ceño y no parecía amedrentado. Quien sí lo estaba era Harry, porque su padre lo miraba con sospecha y él necesitaba hacerle entender que no tenía nada que ver con el asunto, pero no le salía la voz.
Cuando James volvió a hablar, su tono fue serio y demandante:
—No es público todavía, Pansy. ¿Cómo lo has sabido?
—Se ha visto a su futura suegra hablando con madame Devereaux este pasado fin de semana en el club de campo —contestó ella sin verse intimidada lo más mínimo—; sabiendo que solo se dedica a trajes de novia, no ha sido complicado de deducir.
—Vamos a anunciarlo apropiadamente en breve, Augusta; lamento que te hayas enterado de esta manera.
—¿Es que no va a ser hoy? —exclamó con indignación—. ¡Eres el cabeza de los Potter, James! Si no es en Beltane, ¿cuándo va a ser?
—¿No están tardando en servir los entrantes? —intervino el padre de Neville en ese momento; Frank miró a su alrededor, logrando despistarlos—. ¿Quién más falta por llegar?
—Mi querida prima —respondió Sirius con una mueca de fastidio—; no tiene respeto alguno por los estómagos vacíos.
—Me consta que Blaise Zabini lleva las apuestas sobre los duelos este año; confío en que me harás ganar una pequeña fortuna hoy, Sirius —dijo el hermano pequeño de Neville, que demostraba una confianza en sí mismo que Neville nunca había tenido, si bien en aspecto eran muy parecidos y casi igual de altos.
—Por supuesto —confirmó con una sonrisa gallarda—; Bellatrix y yo vamos empatados. Este año cumple ya cincuenta y uno, así que será el duelo definitivo para que no pueda achacar su derrota a la edad.
—¿Te vas a enfrentar en duelo a Bellatrix Lestrange? —cuestionó Harry sin poder evitarlo.
Un sudor frío recorrió su cuerpo inmediatamente e imágenes de lo ocurrido en el Departamento de Misterios hacía seis años se sucedieron rápidamente frente a sus ojos. El duelo, el velo, Sirius desapareciendo tras él.
El pecho comenzó a dolerle.
—Claro, Harry, lo hacemos cada año. Es tradición —confirmó Sirius ajeno a su estado y extrañado por su pregunta—. ¿Qué te crees que hago aquí si no?
—Comer seguro que no —señaló Alice y le hizo sonreír.
—Espero que todos apostéis por mi victoria; ¡vamos a dejar tiesos a esas serpientes!
—Disculpadme, acabo de ver a alguien…
Harry se soltó de Parkinson y se alejó de ellos, no pudiendo pretender que la idea de verlos combatir nuevamente no le afectaba.
Se mezcló rápidamente con el resto de los presentes para evitar que Parkinson lo siguiese y se adentró en los jardines para alejarse de los invitados hasta que encontró unos setos tras los que pudo refugiarse. Entonces tocó la patilla derecha y su visión cambió a la mesa de los Weasley.
—Hermione, Sirius y Bellatrix Lestrange se van a batir en duelo. Necesito saber cómo impedirlo. Ahora.
Hermione, que había estado mirando a Bill mientras contaba una anécdota de su último viaje a México, bajó la mirada a su plato y luego la dirigió hacia Molly.
—Si me disculpan un momento… ¿El baño, Ronald?
—Te acompaño —se ofreció él, poniéndose en pie también—. Es un poco complicado de encontrar.
Sus amigos abandonaron la mesa del jardín ignorando las miradas significativas del resto de los Weasley y se adentraron en la casa, pero Hermione no observaba un punto concreto el tiempo suficiente como para que pudiese apreciar los cambios.
—¿Pasa algo con Harry?
Hermione repitió lo que él había dicho.
—Mierda. No había pensado en que esa lunática estuviese viva y suelta —reconoció Ron.
—Los duelos son parte de la tradición, Harry —explicó Hermione—, no creo que puedas interrumpirlo fácilmente. Pero no debería pasar nada, no son duelos propiamente dichos, sino más bien exhibiciones para el entretenimiento del público.
—Tú no has visto a esa loca y al padrino de Harry enfrentarse, Herms —declaró Ron con expresión de preocupación—; en nuestra línea temporal, Sirius murió en un duelo contra ella.
—Oh…
—Tengo que impedirlo. Tengo que hacer algo. La sola idea de volver a perderlo…
Harry no pudo continuar, ni siquiera podía pensar en ello. Caminaba frenéticamente tras el seto, girando cada vez que llegaba a su extremo para no quedar visible.
—Déjame las gafas —pidió Ron y Hermione se las tendió—. Harry, colega, ¿estás bien?
—Sí —mintió con naturalidad, pero por supuesto, su amigo no le creyó.
—Ya, bueno, tranquilo, ¿vale? Hay mucha gente presente como para que suceda alguna desgracia. Los mortífagos nunca existieron en esta línea temporal, ¿recuerdas?
—¿Ah, no? ¿Y eso qué es?
Harry se asomó y miró en dirección a los invitados concentrados. A pesar de encontrarse a una distancia considerable, si él podía reconocer sus caras, entonces Ron también: los Malfoy no eran los únicos que disfrutaban de los tentempiés que los elfos domésticos ofrecían en sus bandejas, no muy lejos de ellos se encontraban los Nott, los Yaxley y los Mulciber enfrascados en una conversación grupal. También había reconocido a los Carrow con sus respectivas familias, los Crabbe y los Goyle. Había visto a Barty Crouch hijo charlando animadamente con Antonin Dolohov y Evan Rosier. A la familia Travers saludando a los Rowle. Y más rostros cuya identidad nunca había llegado a conocer o no recordaba.
Parecía que en cualquier momento aparecía el mismísimo Voldemort y daría la orden de capturarlo para poder matarlo.
—¿Y si hablas con Regulus? —sugirió Ron—. Imagino que estará por alguna parte. Quizás él pueda ayudarte a impedirlo.
—¡Buena idea, Ron!
Harry salió de su escondite y se apresuró en regresar con los demás, buscando a Regulus Black entre el gentío. Dudaba mucho de que los Black y los Malfoy se alejasen demasiado, así que encontró a Draco con facilidad debido a su llamativa cabellera platina, y buscó a su alrededor hasta hallar a su objetivo.
Regulus volvía a vestir completamente de negro, pero con un traje bajo la capa que a Harry no le importaría tener en su armario. Su parecido con Sirius seguía siendo impactante, si bien su cabello era mucho más corto y ordenado y carecía de barba. Estaba rodeado por tres chicas de belleza singular, las mismas tres chicas que lo habían acompañado en la fiesta de compromiso de su padre y que, probablemente, se tratasen de sus hijas. El parecido de las mismas con Bellatrix, Andrómeda y Narcissa era apabullante, aunque las tres tenían el cabello oscuro y los ojos grises de su padre.
Cuando Harry se aproximó a ellos, la mayor, que era la que más se parecía a Narcissa, dio un paso adelante y alzó el mentón.
—¿Cómo te atreves a presentarte frente a nuestro padre después de lo que le hiciste, Potter? —escupió con desprecio.
Harry se había olvidado por completo de que la última vez que había visto a Regulus, lo había lanzado por los aires con un depulso sin varita y había salido huyendo sin mirar atrás.
Su corazón latía a una velocidad desenfrenada para entonces, pero Harry era capaz de disimularlo con maestría.
—Por eso es precisamente que me acerco: quiero ofrecer mis disculpas apropiadamente, si me lo permites.
—Está bien, Cassie, déjalo hablar —dijo Regulus, quien no por primera vez desprendía el aura adecuada para ser el cabeza de la familia Black.
Si Parkinson había pensado que él intimidaba, no quería saber qué opinaría de Regulus erguido de esa manera y con los ojos fríos como témpanos de hielos penetrándole el alma.
—Lo siento —dijo con sinceridad, descartando cualquier otra frase pomposa que se le pudiera ocurrir para adornar la disculpa—. Siempre intentas ayudarme y solo te causo problemas. No debí reaccionar de esa manera y mucho menos atacarte. Lo siento mucho.
Los cuatro Black se habían quedado perplejos y no reaccionaron hasta que la pequeña de la familia, que quizás no fuese a Hogwarts todavía, miró a su padre en busca de su respuesta:
—Disculpas aceptadas, Harry. Pero no volveré a tolerar un comportamiento violento por tu parte, ¿queda claro?
—Sí, señor.
No había dudas de que Regulus era profesor en Hogwarts porque el tono imponente que empleó era digno del jefe de la casa Slytherin, que Harry suponía que era él dado que ocupaba el puesto que había desempeñado Snape en su línea temporal.
—Bien. En ese caso, ¿qué tal va todo? He oído que no has faltado ni una vez a los entrenamientos de esta semana, me sorprende gratamente.
—Oh, sí, estoy intentando ponerme a dieta de bludgers, pero no estoy teniendo mucho éxito.
Su comentario hizo gracia a la mediana de las hermanas Black, cuyo parecido con su tía Bellatrix se acentuó aún más al sonreír, provocándole un vuelco en el estómago.
—Disciplina, Harry, esa es la clave del éxito.
—Y una Felix Felicis —añadió Cassiopeia con una sonrisa maliciosa.
—Creo que voy a necesitar una centena si quiero mantenerme como titular —reconoció y suspiró—. En fin, hay una cosa de la que me gustaría hablarte en privado, si fuera posible.
—Odio cuando os contáis secretos —protestó la pequeña de las hijas de Regulus, la que tenía la misma cara que Andrómeda probablemente había tenido a su edad y la que ponía los mismos morros que Teddy cuando se enfurruñaba.
—Nosotros también tenemos secretos, ¿o no? —contestó su padre con complicidad.
La niña asintió, no convencida todavía de ser excluida, pero su hermana mayor intervino:
—Venga, Spica, vamos a buscar más canapés.
Spica aceptó la mano de su hermana y la siguió en busca de un elfo doméstico con bandeja de canapés; Harry todavía no había probado ninguno, pero tampoco es que tuviera apetito dada la situación.
—Vigila que Meissa no altere la comida otra vez; lo último que quiero es que acabemos todos con diarrea de nuevo —pidió Regulus mientras las veía marchar.
—No soy su niñera, padre —protestó Cassiopeia—. ¿Por qué siempre tengo que estar pendiente de ellas?
—Porque eres la mayor. Ahora ve.
Refunfuñando, Cassiopeia siguió a sus hermanas, ondeando su capa con el dramatismo que solo una auténtica Black era capaz de conseguir.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Regulus mientras le hacía un gesto para que lo siguiese a un lugar menos aglomerado.
Sintió la mirada de Malfoy de nuevo clavada sobre él, así que le devolvió el contacto visual sin poder evitarlo, pero enseguida apartó la vista para concentrarse en lo que quería pedirle a Regulus.
—No quiero que Sirius se enfrente en duelo a Bellatrix.
Probablemente había sonado mucho más directo de lo que el otro Harry solía sonar, siendo el Slytherin que era, pero no le importaba. No estaba en la condición mental necesaria para interpretar a otra versión de sí mismo, ni siquiera quería hacerlo.
—¿Por qué no?
—Tengo mis razones —contestó y tragó saliva—. No sé cómo pedirle a Sirius que no lo haga sin alentarlo a hacerlo.
Regulus, que probablemente lo conociese tan bien como James, inspiró profundamente en un acto de concesión.
—Es complicado, sí, pero no puedo ayudarte si no me das un motivo para hacerlo.
Por qué todo tenía que ser tan complicado era una pregunta que Harry había dejado de formularse hacía mucho tiempo; ya había aceptado que nunca habría nada sencillo en su vida, pero no dejaba de ser molesto.
—¿Y si te pido que confíes en mí?
—Mi confianza es algo que perdiste hace mucho tiempo, Harry Potter.
—Eso ha dolido —contestó con un hilito de voz, porque aunque hacía dos semanas que conocía a Regulus Black en persona, y ni siquiera habían mantenido una conversación de más de cinco minutos todavía, era el hermano de Sirius y la persona que le había dado la pista sobre los horrocruxes.
—Que no te sea indiferente es buena señal entonces.
—Olvídalo —musitó con frustración por lo infructuosa que estaba siendo la charla.
—Si no quieres que se enfrenten, Harry, dale un motivo para no hacerlo. O una distracción.
Una distracción, reverberó en su mente, y durante las siguientes horas, Harry estuvo rebanándose los sesos para determinar qué podría distraer a Sirius para que se olvidase de su duelo con Bellatrix.
Los asistentes a la celebración de Beltane habían comido en las mesas del exterior, bajo el cielo despejado de ese día. Manjares exquisitos habían aparecido en las mesas redondas, donde cada familia había ocupado la suya, rodeados por sus parientes más cercanos; había sido como desplegar un mapa genealógico de la alta sociedad británica.
Una vez saciado el apetito, una orquesta tocaba música clásica pero animada mientras los invitados conversaban en pequeños grupos y reían disfrutando de sus bebidas y cigarros. Los duelos comenzarían cuando todos hubiesen reposado la comida y antes de que el té fuese servido, pero Harry continuaba sin saber cómo impedir que Sirius se enfrentase a su prima.
Una melodía hipnótica comenzó a sonar desde el piano que había sobre la tarima en donde los instrumentos sonaban encantados con magia. El cambio en el registro había sido tan llamativo que muchos de los presentes se giraron para observarlo, al igual que lo había hecho Harry.
Sentado al piano se encontraba Draco Malfoy, con su traje de pantalón y chaleco, y con las mangas de la camisa remangadas. No había ni rastro de la marca tenebrosa que una vez había estado tatuada en ella, pero a Harry le pareció ver alguna inscripción en tinta, aunque por supuesto no podía reconocer el mensaje desde la distancia que los separaba.
Malfoy tocó el piano con la maestría de quien llevaba toda la vida practicando asiduamente y Harry, al igual que el resto de los presentes, fue incapaz de despegar la vista de él, completamente capturado por su melodía de notas fervientes, por la pasión y el sobrecogimiento que desprendía.
No es que a Harry no le gustase la música, pero nunca había tenido mucho tiempo para pararse a disfrutarla. No tenía grupos o cantantes favoritos, nunca había asistido a un concierto, y desde luego no sabía tocar ningún instrumento, ni siquiera podía apreciar apropiadamente lo que estaba tocando Malfoy. Solo sabía que le gustaba, que esa canción se quedaría grabada a fuego en su memoria, y que su corazón estaba latiendo acompasado al tempo de la melodía.
La canción tan solo duró unos minutos, pero fue un momento mágico que finalizó con los aplausos de los espectadores. Él no pudo aplaudir, porque no pudo hacer nada que no fuese observar a Malfoy inclinarse en una reverencia educada hacia el público y regresar juntos a sus padres, quienes lo recibieron con miradas de orgullo y palabras de halago, probablemente.
Harry no sabía si Malfoy había aprendido a tocar en esa línea temporal, aprovechando que había vuelto a vivir su adolescencia por segunda vez, o si era una habilidad que ya le había acompañado desde antes; la sorpresa había sido descubrir que todavía quedaban facetas sobre él que desconocía.
Sintiendo su mirada, Malfoy le devolvió el contacto visual, y Harry sintió una sensación electrizante recorriéndole el cuerpo. Pero en esa ocasión, Malfoy no se la sostuvo demasiado tiempo: le vio suspirar y apartarla, incluso darle la espalda para dejar de tenerlo en su campo de visión y eso, de alguna forma en la que no iba a profundizar, molestó a Harry.
—Ha sido precioso —musitó Hermione con la voz cargada de emoción.
—Sí —reconoció Harry en apenas un murmullo.
—Debe haberla compuesto hace poco porque nunca se la había escuchado; ha estado escribiendo mucho últimamente.
—Hermione, ¿qué haces ahí apartada? —la llamó Ginny—. Ven, vamos a preparar la hoguera.
Harry tocó la patilla derecha de sus gafas justo a tiempo para ver a Ginny bañada por el sol de la tarde mientras sonreía y cogía a Hermione de la muñeca para tirar de ella, una Ginny sin la sombra de la guerra a sus espaldas, sin el peso de la tragedia sobre ella. La Ginny joven, vibrante y feliz que siempre debió haber sido.
Solo habían pasado dos semanas desde que había estado reunido con los Weasley por última vez, pero Harry los extrañaba como si hubiesen pasado años. Cuando Beltane terminara y pudiese dejar de fingir ser quien no era, concentraría toda su energía en recuperarlos; era una promesa a sí mismo.
Un grupito se le acercó justo a tiempo para distraerlo de su nostalgia por su familia de pelirrojos favorita. Le preguntaron por su fiesta privada, aunque no fueron los únicos; la mayoría de los jóvenes presentes había intentado sonsacarle qué había preparado para esa noche, pero Harry había tenido éxito haciéndose el misterioso tal y cómo había insistido Hermione en que tenía que hacer. No podía revelar información porque en realidad, ninguno de ellos quería que lo hiciera, solo estaban expectantes por la noche que se les presentaba y deseando que terminasen las celebraciones del día para comenzar con la fiesta de verdad.
Poco después de la actuación de Malfoy comenzaron los votos: los matrimonios presentes pasaron por un antiguo altar de casamiento decorado por un arco repleto de flores. La tradición, pudo comprender Harry al ser testigo, era que cada pareja tomase una flor, profesase brevemente su amor y su fidelidad hacia su pareja en público y luego tirasen la flor a la hoguera para consumarlo de esa manera.
Hubo todo tipo de declaraciones, algunas más románticas que otras, pero uno a uno desfilaron y pasaron por el ritual. Harry contempló a los señores Malfoy detenerse frente al altar, tomar cada uno de ellos una flor, mirarse a los ojos y profesarse palabras que, si bien eran presuntuosas, también ponían de manifiesto su afecto de manera sincera. Lanzaron las flores al fuego a la vez y, tomados de las manos, compartieron un beso mientras los demás aplaudían. Harry volvió a buscar a Draco y lo vio sonreír con infinito cariño mientras observaba a sus padres.
Lo que sintió a continuación fue pura envidia; Malfoy siempre había tenido a sus padres consigo, unos padres que lo querían y con los cuales tenía buena relación, tanto en esa como en la anterior línea temporal. No es que deseara lo contrario para ellos, pero no era justo que los Malfoy, con todo lo malo que representaban, siempre estuviesen unidos, mientras que él parecía condenado a no tener padres incluso si estos estaban vivos.
Buscó a James con la mirada y lo encontró en otro de los altares, donde Frank y Alice Longbottom se estaban profesando su amor con sendos sonrojos mientras sus hijos, Augusta, Sirius y James eran testigos.
Debería estar con ellos, disfrutando del día sin preocupaciones, a la espera de que fuese el turno de sus padres para detenerse bajo el altar, tomar una flor cada uno, decirse palabras bonitas y culminar la tradición lanzando sus promesas al fuego de Beltane. Pero Lily no estaba allí, no formaba parte de la vida de James y parecía que tampoco de la de Harry.
Amargado por el pensamiento y por el sentimiento de soledad que volvía a hacer mella en él, Harry agarró una copa, la primera del día, y se la bebió casi sin respirar.
—Has estado poco sociable hoy, Harry. Eso no es propio de ti.
Astoria Greengrass, enfundada en su precioso vestido verdoso que degradaba a un amarillo llamativo y poco apropiado para la ocasión según Augusta Longbottom, se le había acercado, una vez más, sin que pudiera advertirla y logrando tomarlo por sorpresa. Desconocía a qué se dedicaba, pero su habilidad para camuflar su presencia era digna de los inefables o de la élite de los aurores.
—Me preguntaba cuándo volverías a asaltarme.
—Hoy no —contestó con una sonrisa que sin dudas era atractiva.
—La respuesta es: no, nunca lo volveré a hacer.
—Oh, vamos, nos lo hemos pasado bien.
Volvía a insinuarse, pero esta vez con una sutileza mucho más elegante que las veces anteriores, quizás por el lugar en el que se encontraba, tal vez porque solo necesitaba que los vieran juntos para conseguir su propósito.
Harry no quería volver a ser usado, así que desvió la conversación:
—Una pregunta, Astoria. ¿Quién dirías que es el mejor duelista de nuestra generación?
La muchacha alzó las cejas ligeramente, pero no necesitó pasear la mirada por el jardín para tener clara su respuesta.
—Helena Mulciber. Es una duelista profesional después de todo.
—Claro —murmuró, recordando haber visto a los Mulciber en el mural quién es quién que Hermione había configurado para él.
—Pero si quieres llamar la atención, entonces reta a Lestrange.
Harry la miró con las cejas alzadas; por un momento pensó que se estaba refiriendo a Bellatrix, pero pronto comprendió que debía estar refiriéndose a un descendiente que en su línea temporal no había existido puesto que Bellatrix se había consagrado a la causa de Voldermort y eso no le había dejado demasiado tiempo para la maternidad.
—No le has invitado a tu fiesta, ¿verdad? Imagina las ganas que tendrá de humillarte en un duelo para desacreditarte.
No pudo evitar sonreír al descubrir que al otro Harry tampoco le gustaba Lestrange; por fin algo en lo que podía estar de acuerdo.
—¿Dónde está? Creo que no le he visto.
—Oh, no vendrá hasta que empiecen los duelos; ya sabes que no le gusta la charla insulsa.
—Desde luego.
Astoria se inclinó sobre él para arrebatarle su segunda copa y sonrió insinuante:
—Estaré en primera fila para ver cómo te destroza, así podré practicar mi llanto falso.
Se alejó de él contoneando sus caderas, sabiendo que la seguiría con la mirada y apreciaría las curvas que su vestido acentuaban.
Durante la siguiente hora, Harry aguardó cerca de la entrada al jardín privado, a la espera de que los elfos anunciasen la llegada de Corvus Lestrange. Cuando lo hicieron, Harry pudo apreciar que tenía el cabello y los ojos oscuros como los Lestrange, la piel clara y la complexión atlética de quien cuida su cuerpo. Su traje era impoluto y no había ni una pizca de color en él, su barba estaba cuidada y recortada y los cabellos largos los llevaba recogidos con un lazo.
Corvus Lestrange descendió por las escaleras como si el lugar le perteneciese, paseando una mirada desdeñosa por los invitados, ignorando a aquellos que no merecían su atención.
Si no hubiera reconocido de inmediato al hombre pelirrojo que lo seguía como un miembro más de su séquito, Harry habría sido capaz de mantenerse imperturbable por su presencia.
—Hermione, no le digas a Ron que Percy está aquí —suplicó—. Se lo diré mañana u otro día, pero no quiero arruinarle la fiesta hoy.
—Vale —murmuró.
Percy Weasley vestía un traje tan elegante como el resto de sus compañeros, completamente negro, así que tanto su cabellera pelirroja repeinada como sus ojos azules resaltaban. Se erguía con arrogancia y caminaba con la seguridad que otorga estar bajo la protección de la persona adecuada, que en este caso no era otro que Corvus Lestrange.
Cómo había llegado Percy a ser uno de sus seguidores era algo que Harry descubriría fuera como fuese para poder enmendarlo.
Corvus se aproximó a saludar primero a Walburga Black, una de las personas cuya compañía estaba más solicitada. Harry la había observado desde lejos, porque aunque más mayor que en el retrato de Grimmauld Place del que tanto le había costado desprenderse, le resultó fácil reconocerla, y había mantenido las distancias pese a la tentación de revelarle los cambios que había efectuado en la noble casa de los Black sin su consentimiento.
La madre de Sirius y Regulus había ignorado al primero y pasado gran parte de la velada cerca del segundo y de sus nietas, vigilando que se comportasen como debían hacerlo a pesar de no haber dejado nunca de conversar con sus interlocutores. Orión Black, por el contrario, había estado charlando amistosamente con señores de su edad, riéndose de chistes internos y bebiendo más copas de las que quizás debería. Ese era el hombre que había enseñado a Harry prácticamente todo lo que sabía sobre hechizos defensivos y encantamientos protectores gracias a sus escritos en la biblioteca del que había sido su hogar durante los últimos cuatro años, pero Harry no podía profesar su admiración ni su repulsión porque él nunca había pisado Grimmauld Place en esa línea temporal.
Era extraño que Walburga y Orión estuviesen presentes, como lo era que lo estuvieran prácticamente el resto de los asistentes, pero ahora que tenía dos copas de alcohol en el cuerpo, se sentía lo suficientemente confiado como para seguir a Corvus Lestrange por los jardines, rodeado del pequeño séquito con el que había llegado y del que Percy formaba parte, todos hombres de su edad, como si fueran los Peaky Blinders de la sociedad mágica británica.
Ciertamente la proyección era similar: la gente se apartaba del paso de Corvus, quien llegó hasta sus padres para saludarlos con el mismo respeto que le había profesado a su tía abuela. Bellatrix, cuya apariencia soberbia y elegante había sorprendido a Harry, sonrió al ver llegar a su hijo y lo presentó a la gente con la que hablaba en ese momento.
No podía imaginarse lo que sería tener a alguien como ella de madre, pero todo el lenguaje corporal de Corvus indicaba que era un hombre seguro de sí mismo, probablemente arrogante y engreído, y sobre todo peligroso; si había heredado la ideología de sus padres, entonces también sería un completo desecho.
Lo siguió de cerca, manteniendo las distancias y camuflándose entre los invitados, esperando la oportunidad para aproximarse y retarlo a un duelo, como había sugerido Astoria.
Cuando Corvus se detuvo junto a Malfoy, quien charlaba con Parkinson, Zabini y dos chicos más a los que reconoció del mural de Hermione como Jonas Snyde y Harvey Pearson, Harry se tensó sin saber por qué.
—No esperaba verte hoy por aquí, primo —lo saludó con una sonrisa sardónica que sin dudas había heredado por parte materna—. Pensé que te quedarías llorando en la falda de tu madre ahora que Astoria te ha robado al novio. ¿O ha sido tu novio quien te ha robado a tu prometida? No me queda claro.
Sus seguidores rieron despectivamente, pero Malfoy, con esa nueva expresión impertérrita que había pulido, ni siquiera se inmutó.
—No voy a malgastar saliva explicando en qué consisten los negocios a quien no los entiende, primo.
—Si el negocio es vender los cuernos que no te dejan pasar por la puerta, entonces bien hecho.
Volvieron a reírse de él y Harry, molesto porque aireasen sus asuntos de esa manera, metió las manos en los bolsillos para contener el impulso de sacar la varita y apuntarles.
—Eh, Lestrange, me han dicho que no tienes planes para esta noche —intervino, sin necesidad de esforzarse en sonar impertinente; todos se giraron hacia él—. Ah, cierto, no te he invitado al evento del año. Bueno, seguro que mañana podrán contártelo. O pasado, quizás, depende de lo que tarden en recuperarse.
Las emociones habían regresado al rostro de Malfoy, quien lo miraba como si quisiera arrancarle la cabeza de cuajo. A su lado, Parkinson, Zabini, Synde y Pearson observaban expectantes, al igual que los secuaces de Corvus, incluido Percy.
—Tu fiesta insulsa no me importa, Potter —declaró, pero había perdido la sonrisa—. Un asqueroso mestizo como tú ni siquiera sabe cómo organizar una que dé la talla. La gente se aburrirá y se marchará enseguida.
—¿Entonces por qué habré recibido confirmación a todas las invitaciones?
Más allá de Malfoy, vio a Zabini ocultando una sonrisa tras su copa; Parkinson, por su parte, no se molestó en ocultar la diversión que le estaba produciendo la escena; Snyde y Pearson, sin embargo, eran más difíciles de descifrar.
—Harry, no —escuchó a Hermione en el fondo de su cabeza.
—Que te vistas, hables y te comportes como uno de nosotros no te convierte en uno —indicó Corvus dando un paso hacia delante y alzando la barbilla, como si su diferencia de altura no estuviera lo suficientemente marcada—. Siempre serás un despojo, una herramienta para el entretenimiento que la gente usará y tirará. Disfruta de tu fiesta, Potter, porque tus deudas te ahogarán después.
Corvus Lestrange le pasó de largo, no sin golpearle el hombro por el camino, y sus esbirros lo siguieron riendo, a excepción de Percy, pero ninguno más se atrevió a tocarlo.
—¿Qué estás haciendo? —masculló Malfoy entre dientes.
—Detente, Harry. Ese es Corvus Lestrange; no te conviene tenerlo como enemigo —advirtió Hermione con preocupación.
Harry los ignoró a los dos y se giró hacia Corvus, lo justo para poder mirarlo de lado, con las manos todavía en los bolsillos.
—Debe ser muy humillante ser el único no invitado a la fiesta a la que todos asistirán y de la que se hablará el resto del año, ¿pero sabes qué, Lestrange? Hoy me siento generoso —dijo, esperando estar pavoneándose lo suficiente como para colmar su paciencia—. ¿Qué tal si nos jugamos tu invitación en un duelo? Si me desarmas, te la escribiré a mano. Pero si gano yo, te disculparás públicamente por llamarme asqueroso mestizo.
—Ron, no está escuchando —se impacientó Hermione.
—No quiero tu invitación, Potter. Jamás iría a un evento organizado por alguien como tú —escupió con desprecio, deteniéndose para girarse a encararlo una vez más.
Harry supo que lo tenía en el bote, tan solo tenía que darle el último empujoncito:
—¿Asustado de que alguien como yo te gane, Lestrange?
Vio pavor en el rostro de sus seguidores, quienes compartieron miradas de vacilación; Percy incluso lo observaba como si se hubiera vuelto loco por su osadía.
—Oh, no… —se lamentó Hermione.
Corvus Lestrange cuadró los hombros y volvió a alzar el mentón.
—Vas a lamentar tu atrevimiento, Potter. Acepto el desafío.
—¡No me jodas, Harry! —exclamó Ron, quien debía de tener las gafas puestas en ese momento.
Harry se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo interno de su chaqueta. Sacó las de repuesto que llevaba para poder ver bien y la varita.
—¿Comenzamos?
Continuará...
Lamento el retraso en la actualización, pero vuelvo a tener la salud un poco delicada y ando de hospitales. Intentaré publicar el próximo lo antes posible y espero que este os haya gustado.
Hasta pronto.
