Hola, queridos lectores y lectoras, lamento ausentarme tanto. Pero agradezco sus review.
Este one-shot, es para mi esposo, recordándole que, no se debe tener presente la muerte de una persona, sino la vida que tuvo. Las sonrisas que proyectaba y todo lo bueno que trajo. Porque los recuerdos persisten, y para que esa persona se sienta feliz debemos seguir viviendo con todo el ánimo posible.
Y a todos a quienes perdieron a alguien cercano. Recuérdenlos como a ellos les hubiera gustado que lo hagan.
Conexión
Despertó a las 3 am, de pronto, sin motivo, con los ojos abiertos de par en par. El viento soplaba con vehemencia y provocaba que las ventanas rechinaran. Pero el ruido excesivo no era el motivo, ni siquiera el frio que se colaba por las rendijas de dicha ventana. Nada de lo anterior mencionado era causante de su insomnio, simplemente no quería dormir, o mejor dicho, no podía.
Ahogó un suspiro antes de levantarse de su lecho y buscar un modo de que el sueño volviera a él. Arregló su coleta alta antes de emprender camino hacia su cocina. Esta era pequeña y sencilla, casi inutilizada por Hao, que pocas veces tenía tiempo de cocinar por su atareada vida.
El piso estaba tan frio que deseo haberse puesto unas pantuflas. Estaba a unos metros de llegar a la cocina cuando el ruidoso sonido de su celular lo detuvo abruptamente. Maldijo en voz baja y volvió a su habitación.
Por algún motivo, se quedó unos segundos en el marco de la puerta, mirando con detenimiento el aparato que no dejaba de sonar. El desconcierto que sentía era evidente.
¿Por qué no quiero contestar?
Su divagaciones eran absurdas y solo estaba evitando algo ridículo. Seguro era alguno de sus idiotas amigos para pedirle algo. Esperaba que no fuera Peyote pidiéndole que lo sacara de la cárcel como la última vez.
—Diga—contestó en cuanto tuvo el celular.
—Debes venir—la voz al otro lado de la línea estaba a punto de romper el llanto. Hao la conocía, esa mujer no se quebraba por nada, y ahora su voz parecía acumular una profunda y casi voraz tristeza.
La llamada terminó y con ella su tranquilidad.
Dos palabras habían bastado para que su corazón empezara a latir con prisa, ensordeciendo su alrededor.
Después de ese momento, todo pasó en cámara rápida. Vestirse, tomar las llaves del auto, ni siquiera se fijó si había cerrado todo de la manera correcta, ni mucho menos si todas las luces de los semáforos eran verdes. La voz en su interior lo asfixiaba con reclamos dolorosos, recordándole cada error que cometió, cada maldito fallo en su estúpida vida.
Giro el vehículo en U, sin importarle que otro auto estuviera en el carril contrario. La velocidad era lo de menos, lo de verdad vertiginoso era su corazón palpitar más rápido, parecía una bomba a punto de explotar.
Llegó a su destino en breves minutos, pero había sufrido cada segundo. No toco la puerta ni menos pidió permiso, las llaves de repuesto eran suficientes.
El primero que lo vio entrar fue Diethel. El peliverde a penas lo vio, lo increpo evitándole el paso. Asakura intento evadirlo, pero el hombre, aunque delgado, tenía la fuerza suficiente para detenerlo.
—Vete Hao—bramó empujándole con ambas manos en su pecho—No te necesita.
El castaño no contestó, simplemente lo miró con ansias de romperle la cara, dejando magulladuras en ese rostro de princesita que se cargaba.
—Te dije que te vayas—dijo Lizerth—No me hagas usar la fuerza, porque lo haré.
Las amenazas cayeron el saco roto en el Asakura.
—No tengo problema en romper tu nariz Diethel, pero sé que Anna odiará que llene de sangre la estancia.
Estaba dispuesto a soltar todo el veneno que se merecía Hao, pero la voz de Anna los detuvo.
—Hao—llamó la rubia, ataviada en una bata de dormir. Parecía más mayor de lo que era. Sus labios, siempre rosados, habían perdido color, y esas pronunciadas ojeras solo resaltaban su desastroso aspecto. Parecía que la mano de todo ser divino había abandonado a la hermosa Rubia—Está esperando.
Apretó los labios de manera inconsciente, apretó los puños y se preparó para entrar a ese lugar tan temido por él. Subió las escaleras, cada paso lo llevaba hacia él, y sabía que esto ya no lo podría evitar.
Golpeó la puerta con suavidad, casi acariciando la textura rugosa de madera.
—Pasa.
Obedeció y entro en la habitación. El lugar era completamente tornado de tonos fríos y cálidos, era una extraña pero acogedora decoración. Ahí, semi recostado estaba su pequeño hermano menor. Su pelo tan desordenado como siempre, y esa mirada siempre relajada, ya no tenía el mismo animo de hace años ¿Qué había hecho la enfermedad con él? Lo único que permanecía en su rostro, era esa sonrisa eterna que siempre dibujaba por cualquier tontería, en conjunto con su lema de la tranquilidad.
—Hola Onii-san
Que lo llamara así solo provocó otra oleada de remordimiento.
—Ya no eres un niño para decirme así—recriminó. Yoh sonrió con más apremio y lo invito a sentarse al pie de la cama—Siempre serás mi onii-san, Hao.
Sentarse cerca de él y notar su delgadez aún más notoria, rompió su corazón. El hombre al frente suya tenia dolores, lo sabía, dolores espantosos que solo se cubrían por la sonrisa que dibujaba. Ese niño que siempre cuidó estaba ahí, recostado en una cama, sin poder comer ninguna de sus naranjas o molestarlo con sus ocurrentes preguntas.
—Deberías estar durmiendo, Yoh —dijo con una sonrisa diminuta—Son como las 5 am, y tú no duermes. Hasta tuve que llegar aquí para que lo hagas.
—Dormiré pronto, onii-san—prometió extendiendo la mano hacia él—Antes de hacerlo quiero que me cuentes un cuento como antes.
—Eres un mimado—tomó la mano de su hermano con cuidado. Estaba tan frágil que temió romperlo—Siempre te mimaron más que a mí.
—También me mimabas—recordó. Una risita escapó de los labios del Asakura mayor—Me diste todo lo que quería, y nunca pediste nada para ti.
—Nunca te di nada que no merecías—acarició la palma de su hermano para no ver su rostro—Todo lo que tienes es por ti.
—Amas a Anna—no preguntó, lo afirmó tan abiertamente que Hao quedó mudo—Seré un poco despistado pero no soy idiota, y sé que la amas tanto o más que yo. También que te retiraste de su vida por mi causa.
—Te armas dramas, que hasta puedes ser novelista—se burló con lo poco de fuerzas que tuvo—Es tu esposa, Yoh, ella te ama, y te eligió. No debes buscar cosas más allá de eso.
—Lamento robarte la felicidad, Hao—mencionó con pesar mientras se asomaban pequeñas lagrimas por el rabillo del ojo—La oportunidad de disfrutar tu vida por cuidarme.
—Tantos años de vida y sigues siendo un niño tonto—Hao se acercó hasta su hermano y recargó su frente con la ajena—Ser tu hermano mayor siempre ha sido lo mejor que me pasó. Nada de lo que hice conllevó un sacrificio. Y Anna siempre te amo. En eso no tuve nada que ver.
—Cuídala por mí, ¿sí?—las lágrimas de Yoh y Hao brotaron de pronto. La conexión que ambos hermanos tenían nunca se desvanecería, pero sí que ambos existieran en la misma realidad, en el espacio y tiempo de ese mundo—Anna es frágil, tiene miedo.
—Lo prometo.
Ambos quedaron juntos, con las frentes unidas y los corazones latiendo a un mismo ritmo. Aunque uno de ellos estaba por apagarse.
Yoh tenía leucemia desde los 10 años. Una enfermedad complicada, dolorosa y con una lucha constante. Las variadas quimioterapias, medicinas y toda clase de tratamientos habían resultado de manera breve, hasta que la enfermedad lo atacó de manera inminente.
Hao e Yoh, no tenían padres, estos se habían ido antes de que cumplieran cinco años. Lo único que tenían era a sus ancianos abuelos que los cuidaban como podían. La enfermedad de Yoh provocó una incesante búsqueda por dinero, y el medio para costear la supervivencia del niño. Hao, como hermano mayor, tuvo que asumir un rol totalmente diferente de su edad y empezó a trabajar de manera habitual. No recordaba cual había sido su primer empleo, ni cuanto le pagaban por ello, solo recordaba la enorme sonrisa de su hermano cuando llegaba a casa para darle una naranja que había comprado. Adoraba hacer feliz a Yoh, así que le dio cada oportunidad que el mismo Hao no podía disfrutar.
—Gracias, onii-san. Por dejarme vivir hasta ahora, fui muy feliz.
Los ojos de Yoh, tan iguales a los suyos, se cerraron con lentitud mirando a su gemelo mientras lo hacía.
—Duerme Yoh, ahora la abuela no te regañará por eso. Todos estaremos bien—las palabras de consuelo llegaron al corazón de Yoh, que latió por última vez antes de morir.
Lo estrechó en sus brazos. Igual que todas las veces que el pequeño iba a quimioterapia y tenía miedo. Cada vez que no podía dormir, o cuando alguna pesadilla se colaba en sus sueños.
Aclaración: El motivo porque Lizerth estaba enojado es porque Hao ya no visitaba a Yoh. Dejandolo casi solo en su etapa terminal. Hao tenia miedo de precenciar su muerte, pero al final pudo despedirse.
